viernes, abril 03, 2009

Tierra y cenizas, Atiq Rahimi

Trad. Masoud Sabouri. Lengua de Trapo, Madrid, 2009. 96 pp. 8.98 €

José Morella

Tierra y cenizas cuenta el viaje de un hombre, Dastguir, y su nieto, Yasin, hacia la mina de carbón donde trabaja el hijo del primero y padre del segundo. Van a contarle que su aldea ha sido arrasada por los rusos, y toda la familia excepto ellos ha perecido. Yasin se ha quedado sordo por culpa de las bombas, pero él piensa que, por el contrario, las bombas le han quitado la voz a todos los demás. El estilo lacónico y pulcro de Rahimi es un esfuerzo por representar la máxima violencia con la mayor delicadeza posible. Consigue evitar lo obsceno de la guerra y explicar la guerra al mismo tiempo, sin quitarle un ápice de dolor. Salpica el desierto narrativo de su historia con gotas de poesía destilada, mineral. Eso es lo que la literatura todavía puede ganarle a la imagen televisiva. Se pierde lo obsceno y se gana profundidad y verdad. Porque la verdad necesita una reflexión, un proceso de digestión mental, y la imagen de la pantalla no es más que brutalidad en el salón de tu casa. Acto sin reflexión.
Atiq Rahimi habla de su país desde una posición que podríamos llamar la del extranjero autóctono. Tal vez ningún otro afgano, demasiado implicado en su propio tejido de país, podría haber escrito una novela como esta. Rahimi lleva años de exilio en París. Cada día, a las diez de la mañana, se va a un bar, siempre el mismo. Pide un desayuno, y en cuanto el bar comienza a estar lo suficientemente lleno para que él se sienta solo, se pone a escribir. Se va de allí unas doce horas después. En una entrevista, Rahimi explica que eso sería imposible en su país: «en ciertos países, como Afganistán, no se tiene derecho a la soledad. La vida en familia, la vida social, política e intelectual te obliga a estar todo el tiempo en contacto con otras personas (... ) Hay miradas, sabes que estás siendo vigilado». En el año 2000 volvió a su país para hacer un reportaje fotográfico de encargo para una revista francesa, y notó el choque del retorno: «todo el mundo dice que partir es morir un poco. Yo digo que volver también es morir», dice Rahimi. Su país parece obsesionarle, pero para poder hablar de él necesita colocarse en el mundo como un extranjero. Acercarse a sus compatriotas como si estos fueran extraños. Y lo son. Ahí descansa la calidad de su mirada. En el extrañamiento. Ver en las cosas que creemos normales lo extrañas que en realidad son. En el rodaje de la película basada en Tierra y cenizas, rodada en Afganistán, Rahimi se sintió totalmente fuera de lugar, extranjero: habían programado incendiar un pequeño pueblo para algunas escenas. Era un pueblo totalmente destruido y abandonado. Reconstruyeron parcialmente el lugar de forma muy frágil, apenas unos decorados, todo en papel y madera. También reconstruyeron una mezquita. De repente, apareció gente que empezó a ir a rezar a la improvisada mezquita de cartón piedra. Les daban las gracias, imaginando que eran una ONG que iba a reconstruir todo el pueblo. Rahimi dice: «cuando digo que el arte es inmoral quiero decir esto: teníamos los medios para construir un pueblo sólo para destruirlo después. ¿Imagina el efecto de eso en aquel lugar? Yo les explicaba lo que era y les mostraba que, si se apoyaran en la pared de la mezquita, todo se iría abajo. Pero el día en que íbamos a filmar una escena muy importante, una parte de la mezquita se incendió y hubo una revuelta. Llegó gente de otros pueblos con armas. Fue peligroso. Durante todo el tiempo estuvimos amenazados y quisieron colocar explosivos donde filmábamos». Rahimi es, al mismo tiempo, el extranjero más alejado posible y el afgano que más de cerca, con más amor y sutilidad, nos ofrece una crítica honesta. Él mismo se coloca en el centro de la crítica cuando dice que el arte es inmoral, y no le importa. Esa autocrítica es la esencia de ser un extranjero «de la casa». Por ella lo es. Su mirada está corrompida de exterioridad y, precisamente por eso, es la más limpia posible.

jueves, abril 02, 2009

El amante imperfecto, Carlos Chernov

La otra orilla, Barcelona, 2008. 256 pp. 17 €.

Miguel Sanfeliu

Carlos Chernov es poco conocido en España. De hecho, sólo había publicado el libro de cuentos Amores brutales (Mondadori, 1998 – Reservoir books), cuyo contenido es todo un catálogo de deformidades que fue suficiente para que me interesara seguirle la pista. Esperaba que se publicara alguno de sus libros. Pero la espera fue infructuosa. Le busqué por internet y averigüé cosas sobre él, como que había nacido en Buenos Aires, en 1953; o que en 1993 ganó el premio Planeta en Argentina, con su novela Anatomía humana; que es médico psiquiatra; que es autor, además, de las novelas La conspiración china y La pasión de María, y de otro libro de cuentos titulado Amor propio. En una entrevista dijo: Hay un nivel que tiene que ver con la extrañeza y la inverosimilitud, pero por debajo de eso hay personas: escribo desde el sentimiento, lo cual es una buena descripción de su manera de enfocar la literatura y del modo en que trata a sus personajes, manteniéndoles en el límite entre la normalidad y el delirio.
El IV Premio de novela La otra orilla lo ganó Carlos Chernov con su obra El amante imperfecto, lo cual nos ofrece la oportunidad de descubrir a este autor singular cuyas historias se deslizan con el paso lento e inexorable del reo que se encamina al cadalso. Sabemos que la tragedia puede aparecer en cualquier momento. Somos testigos de delirantes conclusiones, de planes inverosímiles por parte del personaje, locamente enamorado de una muchacha evidentemente idealizada por su mirada.
Guillermo, tímido, apocado, que vive con su madre, cuyos largos y embarazosos abrazos soporta con estoicismo ejemplar, está perdida e irremediablemente enamorado de Helenita, una joven vulgar que se siente encantada de ser la destinataria de una pasión tan intensa, por lo cual, aunque se casa con otro hombre, procura no perder el contacto con él, alimentando un deseo que, cuando parece alcanzable, le estimula a emprender las más absurdas empresas, encaminadas todas ellas a deslumbrar a la amada. Su vida se convierte en un trayecto hacia Helenita. Todos sus actos van encaminados a conseguirla, lo cual dificultará su relación con otras mujeres. El amor convertido en obsesión, en motor de la propia vida en el sentido más literal del término.
Chernov maneja con maestría la tercera persona subjetiva y nos involucra en las elucubraciones de su personaje, en los razonamientos que guían sus actos, en sus conclusiones. De este modo, nos hablará del amor como finalidad y elemento determinante del ser humano, las conexiones entre el deseo y su consecución, el papel del sexo y de la capacidad de interpretar los acontecimientos de acuerdo a un patrón establecido, pero, por encima de todo, de cómo el ser humano interpreta la realidad según sus propios intereses.
El amante imperfecto es una obra muy amena, narrada con un estilo muy cuidado y medidas dosis de humor. Pese a que nos mantiene pegados al personaje de Guillermo, a su forma de pensar, mantiene una distancia que transmite cierta ironía y que bordea la caricatura sin llegar a caer en ella. Un libro que se lee con interés y que permite conocer a un autor muy recomendable.

miércoles, abril 01, 2009

El sueño de la fiebre, Miguel-Anxo Murado

Traducción del autor. Lengua de trapo, Madrid, 2009. 172 pp. 18,50 €.

Ignacio Sanz

Dos amigos, desconocidos entre sí, me habían hablado con mucho entusiasmo de Murado, escritor gallego que se ganaba la vida como reportero de guerra en algunos de las refriegas abiertas en el mundo. Uno de ellos, además, me contaba que cada día se trasladaba al frente en un taxi junto con otros compañeros. Salían del hotel los periodistas y fotógrafos y le decían al taxista: llévenos al frente a ver cómo anda aquello. Como si fueran descendientes directos de Gila. A partir de esas experiencias Murado escribía, convenientemente distorsionados, relatos tremebundos sobre las contradicciones y disparates que se producen en todas las guerras.
Parte de esas experiencias las volcó en Ruido. Relatos de guerra, centradas en el conflicto yugoslavo, un libro que corrió de mano en mano entre los lectores fervorosos. Posteriormente publicó Fin de siglo en Palestina, considerado como el «Libro del año» por la Asociación Gallega de Editores donde ahonda en las brechas que abre la guerra en la sociedad circundante.
Con El sueño de la fiebre, objeto de este comentario, Murado no se aparta del todo de la guerra, porque alguno de los relatos tiene como protagonista de fondo el conflicto palestino, pero el hilo conductor de estas historias es la fiebre, los estados febriles que sacan al mundo de la realidad y lo colocan en ese grado de calentura en la que se pierde la nitidez para contemplar pero, al mismo tiempo, nos descubre realidades fantasmales latentes en nuestra cabeza. Entre relato y relato y entre lo real y lo ficticio, Murado hilvana unos excursus sobre la fiebre entre reales y ficticios que recorren todo el libro y que resultan muy reveladores: «La fiebre no es una tiniebla, es una luz cegadora. Recuperarse de ella es como flotar en la oscuridad, como cuando se sale a flote de un baño de agua caliente. La temperatura del cuerpo va descendiendo lentamente y la carne se estremece con un placer que tiene que ser similar al placer de revivir.»
La fiebre, los estados febriles, a veces de apariencia irreal o fantástica, dan vida a la mayoría de los relatos ambientados en escenarios que van de la Galicia rural de Los otros, El sueño de la nieve o El remordimiento hasta los situados en una Roma lejana o en un Santiago de Compostela inquisitorial. Pero todos están tocados por un hilo sutil de fiebre, de irrealidad, de fantasía contenida, muy lejos de la fantasía desbordante de su paisano Cunqueiro en el que Murado bebe, sí, pero a tragos cortos, con templanza.
Jan Van Iriis, joyero, el cuento con el que se abre el libro, que discurre en un Santiago de Compostela de principios del siglo XX, podría servir como ejemplo de esa atmósfera inquietante y perturbadora que salpica al resto de los relatos. Por lo demás, Murado escribe con la agilidad propia de un periodista, es decir, con eficacia.
Acaso por ello el lector se transforma con la lectura de estas historias y acaba, también él, poseído por la fiebre, empujado a leer, a seguir leyendo, como si estuviera contagiado por la reverberación febril en la que nos mete Murado con estas historias fantásticas, escritas o al menos imaginadas, si no en un estado febril, sí en estado de gracia.

martes, marzo 31, 2009

Con la soga al cuello, Flavia Company

Páginas de Espuma, Madrid, 2009. 139 pp. 14 €

Rubén Castillo Gallego

Una de las dificultades, y de las magias, que tiene un volumen de relatos, es que la persona que lo compone debe cambiar de tono, de registro, de personajes y de tema varias veces, sin que el conjunto se resienta, se desnivele o resquebraje. Es un esfuerzo titánico, que pocas firmas consiguen. La escritora Flavia Company (de la cosecha bonaerense del 63) ha compuesto, en este libro que le acaba de publicar el perspicaz Juan Casamayor en Páginas de Espuma, una de esas raras piezas. Diecinueve composiciones, diecinueve malabarismos, diecinueve universos, condensados en un tomo de bellísima presentación y de enjundioso contenido, que captura a los lectores desde las primeras líneas. Tenemos allí, esperándonos, a las ancianas que conviven con la dignidad y con la pobreza en Una vida en común; la intrigante situación de Paqui, una sirvienta de la que su señora no puede tener más queja que el hermetismo que la envuelve (La criada); la historia de infidelidad de una abogada escrupulosa y ordenancista, que traiciona a su pareja con su nueva ginecóloga (Rodajas de limón); la anómala convivencia de un hijo que frisa los sesenta años y un padre que supera los ochenta, tan maniático como manipulador (Padre e hijo); el desasosiego que genera un hombre de mentalidad inestable en los miembros de su familia (La réplica); etc. Las ofertas y seducciones literarias que nos lanza Flavia Company son muy diversas, y todas construidas con finura, elegancia y sensibilidad. Además, hay algunos cuentos que habrían hecho las delicias de otros tantos maestros del género, y que parecen rendirles tributo. Así, el relato Con luz verde explora las posibilidades infernales de un taxi, de la misma forma que Cortázar había indagado las de un autobús; y Julio Equis, aparte de su intrínseco homenaje nominal, sin duda hubiera sido del agrado de quien escribió sobre las peripecias de Lucas o sobre las cosas que suceden cuando se da la vuelta al día en ochenta mundos... Pero es que la versátil Flavia Company (de la que se nos dice en la solapa del volumen que es licenciada en Filología Hispánica, traductora, periodista, profesora, patrona de yate y que toca el piano) no se conforma con regalarnos diecinueve argumentos sorprendentes, sino que postula otros tantos lenguajes, otras tantas piruetas estilísticas, para que el lector no se acomode nunca en una aproximación fácil y repetida: los cambios de voz narrativa, la sintaxis mutante y la movilidad de escenarios salpican el texto de mercurio, de fiebre, de alegría. Se nota que la escritora disfruta contando, y que lo desea hacer (y lo hace) de mil maneras distintas. Dice José Carlos Llop en uno de sus libros (El informe Stein) que el padre Cristino “sabía a la perfección a quién iba a suspender la vida, a quién iba a aprobarlo y a quién a darle un notable. Porque el padre Cristino sabía que la vida no regalaba jamás un sobresaliente”. Es una frase dura y quizá cierta. Pero no es arriesgado asegurar que el talento desplegado por Flavia Company en este volumen editado por Páginas de Espuma sí que se merece, cuando menos, un notable bien alto.

lunes, marzo 30, 2009

Corazones sagrados, Juan Pimentel

Ediciones de La Discreta, Madrid, 2007. 144 pp. 13 €

Juan Marqués

Del investigador Juan Pimentel (Madrid, 1962) ya son bien conocidos y admirados los ensayos que ha ido produciendo su carácter de apasionado historiador en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. En ellos, y entre otras muchas virtudes, se podían apreciar sus excelentes dotes para la lectura, y no era difícil sospechar que alguien tan hábil para descifrar textos ajenos debía tener un cajón lleno de intentos propios.
Esta actividad literaria, más o menos secreta, ha quedado ahora felizmente demostrada con la silenciosa aparición (en una editorial cuyo nombre parece una simpática declaración de intenciones) de Corazones sagrados, una colección de doce cuentos perfectamente independientes que, sin embargo (y como es habitual en los libros de relatos breves), tienen también voluntad y vocación unitarias y comparten intenciones, en este caso de forma muy clara. Son todos textos que tienen mucho de iniciático, como fragmentos o episodios de una pequeña bildungsroman particular, y en ellos late la retrospección autobiográfica. La contracubierta nos avisa de sus evidentes ecos memorialísticos, pero a la vez nos previene contra las apariencias, recomendándonos sabiamente no ser demasiado crédulos ante lo que se nos relata. Hay al menos tres cuentos protagonizados por un tal Juan, pero ni sabemos si en todos los casos es el mismo, ni —si así fuese— convendría identificarlo automáticamente con el autor, el cual sabe difuminar su yo, consiguiendo, más que un ajuste de cuentas con su infancia, unas narraciones donde subyace una gran complicidad consigo mismo. Tener razón antes de tiempo es una forma de equivocarse, decía no sé qué emperador romano, y no conozco mejor consejo a la hora de leer cualquier género de narrativa, sobre todo si viene teñida por la «realidad» o por el recuerdo íntimo.
Resulta especialmente sugerente ese pequeño cuento que va explorando a lo largo de los años la Plaza de Castilla (que es ya uno de los epicentros de cierta nueva mitología madrileña), cuyo último párrafo puede hacer pensar que no se nos habla tanto de la plaza como del propio relato que estamos terminando de leer, de todo lo que queda por encima y por debajo de nosotros y del texto, intuido y presente pero no visto, no dicho, en una suerte de versión de la teoría del iceberg de Hemingway. Pero también se disfruta del que abre el libro (donde al final hay una justa desmitificación de las drogas expuesta con cierto moralismo contenido y no molesto), o aquel en el que el bañador verde de una adolescente da forma y color al recuerdo (casi como una erótica magdalena proustiana) de un verano muy especial. Algo muy parecido sucede en “Mentiras sobre Ondarreta”, y también el “Primer paseo en bicicleta” supone un hito en la educación sentimental del narrador, invitado por su padre a la valentía vital (y ése es un regalo que, pasados los años, sabe agradecer más que el de la propia BH azul).
Un tono más melancólico y privado tienen las “Cuatro posdatas” que constituyen la segunda y última sección del libro, y que seguramente son también las piezas mejor escritas y las más emocionantes. Son cuentos especialmente breves y también valientes, porque Pimentel no tiene complejos ni prejuicios a la hora de terminar unas páginas preciosas con el deseo de “Que Dios bendiga tu vuelo” (p. 127). Los escritores «posmodernos» padecen un miedo atroz a resultar o parecer cursis o blandos, o a que les crean creyentes, y así renuncian a palabras y símbolos muy valiosos. Su aversión a lo espiritual (y no es lo mismo espiritual que religioso) les hace rechazar también muchas posibilidades de alcanzar cierta belleza o conmoción, que Pimentel aprovecha aquí incluso en el título general del libro. Se puede ser sentimental sin resultar ridículo, o delicado sin caer en lo lacrimógeno, y esto queda completamente demostrado en esas «posdatas»: las cartas que el narrador (o los narradores) envía a su hija Carmen, a su hijo Javier y a su pareja, y la evocación agridulce de su hermana Luisa. En ellas les dice cosas sabias y hermosas, les anima a vivir con intensidad y atención, y les desea felicidad y suerte en un mundo (tanto el «real» —este de aquí, tan nuestro— como el narrativo —ese de «allá», de papel y de tinta—) en el que, si se lee bien, «aún se escucha un silencio antiguo, el eco de una pena honda» (p. 123). Es ese eco del pasado, por encima de cualquier otra cosa, el protagonista verdadero de este inesperado y excelente libro. Un eco que rastrea palabras que nos salven. Un impulso que querría fundar un mundo que no duela.