viernes, marzo 27, 2009

Mendel el de los libros, Stefan Zweig

Trad. Berta Vias Mahou. Acantilado, Barcelona, 2009. 64 pp. 9 €

María Ruisánchez Ortega

Mendel el de los libros es un relato que ha permanecido inédito en castellano hasta este momento. Acantilado nos trae de nuevo a Stefan Zweig con una novela escrita en 1929, que versa sobre la exclusión, y retrata la Viena nazi, a través de un personaje, Jakob Mendel, extraño ser, librero de profesión, que vive ensimismado en una realidad diferente y opuesta a la de sus contemporáneos.
Cualquier librero querría tener esa memoria prodigiosa de la que hace gala Mendel para almacenar tantos datos, precios y detalles acerca de los libros que atesora. Cada tomo le cae en las manos como un regalo que escrupulosamente disecciona. Único en apreciar lo que hay detrás y entre las cosas. Capaz de encontrar cualquier ejemplar. El personaje de Mendel, no se narra a sí mismo, no piensa en párrafos, a penas habla, son los que le rodean los que lo describen. Pero a pesar de que tenemos un punto de vista externo, nos damos cuenta de cómo esto le confiere al personaje más profundidad, que si estuviésemos alojados en su cabeza, viendo por sus ojos a través de sus lentes gruesas, ya que sólo descifraríamos unas letras que se arremolinarían en valiosas hojas. Sería cómo estar dentro de una computadora, una base de datos llena de libros, precios, editoriales y tamaños. Por eso, paradójicamente, la visión externa del personaje, nos retrata a Mendel mejor, de lo que él mismo podría retratarse.
Tan importante como el personaje, es también en esta novela el lugar, un café Gluck en el que se ve la transición de una época, donde los viejos valores humanos van perdiendo potestad a favor del progreso, y un mundo más práctico, más productivo, con más beneficios, que deja de lado a las personas. En este sentido encontramos la metáfora en la propia remodelación del café, su cambio de dueño, y con ello, el cambio brutal de época histórica. No olvidemos, que ese lugar conforma todo el mundo de Mendel.
Stefan Zweig utiliza un lenguaje sencillo, conciso, elegante, salpicado de frases para la eternidad, demoledoras: «Mendel ya no era Mendel, como el mundo ya no era el mundo». Este lenguaje sin artificios es perfecto para la fábula, para la alegoría. Al leer este relato he sentido la necesidad de extrapolarlo, arrebatarle las épocas y los tiempos, para confirmarme que también hoy, en el mundo que nos rodea existe una exclusión total hacia el diferente, hacia el que hace su vida en otro mundo, hacia el inteligente. A menudo pensamos que se premia una conducta intelectual, pero los medios de comunicación, la gente de a píe da constantemente bofetadas al saber, lo excluye de sus vidas, porque pensar, quizás, es demasiado doloroso. Y esto es lo que he visto en Mendel, como un hecho absurdo, como la ignorancia extrema, lleva a un hombre a la muerte.
No en vano, la novela concluye con estas líneas: «Precisamente yo, que debía saber que los libros sólo se escriben para, por encima del propio aliento, unir a los seres humanos, y así defendernos frente al inexorable reverso de toda la existencia: la fugacidad y el olvido».

jueves, marzo 26, 2009

Envidia, Yuri Olesha

Trad. Marta Rebón. Acantilado, Barcelona, 2009. 200 pp. 17 €

Carmen Fernández Etreros

Yuri Olesha es considerado como uno de los mejores escritores rusos del siglo XX y, sin embargo, es casi un desconocido para los lectores europeos. Yuri Olesha (Ucrania, 1899 - Moscú, 1960) presenta en esta novela Envidia una sátira original sobre la sociedad rusa de la época y sobre las consecuencias irreparables del asentamiento de un sentimiento tan básico como la envidia en el alma humana.
El escritor Yuri Olesha nació en el seno de una familia noble de origen polaco, estudió en la Universidad de Novoróssiya, sirvió en el Ejército Rojo y ejerció como periodista. En 1922 se instaló en Moscú y colaboró en el periódico Gudok, junto con Mijaíl Bulgákov e Ilf & Petrov. Entre sus obras destacan la novela Los tres gordinflones (1928) editada en España por Siruela en 1992 y la comedia La lista de las recompensas (1931).
Esta novela Envidia (1927) se considera su obra cumbre y, gracias a la Editorial Acantilado que la ha editado recientemente, podemos ahora disfrutar de su ironía y cinismo. Su argumento es sencillo: Un hombre Andréi Bábichev es considerado un ciudadano ejemplar para el sistema. Trabaja como director de una fábrica de alimentos cuya misión es proveer de salchichas al proletariado. El azar y la mala suerte le lleva una noche a encontrarse con Nikolái Kavalérov, que acaba de ser expulsado borracho de una taberna. Andréi lo invita a vivir en el sofá de su casa y, a trabajar para él a cambio corrigiendo pruebas. Pero este amable gesto no bastará para atemperar el odio teñido de envidia que se va asentando y creciendo en silencio hacia su benefactor. Ese único sentimiento «la envidia» se convertirá en el peor enemigo del “hombre admirable” para la sociedad, una vez que se instala definitivamente en el corazón de Nicolái:
«—...Sí, la envidia. Aquí se tiene que representar un drama, uno de esos grandiosos dramas del teatro de la historia que durante mucho tiempo suscitan en la humanidad el llanto, el éxtasis, la compasión y la ira. Usted aunque no lo comprenda es el portador de una misión histórica. Usted es, por decirlo así, un grumo. Un grumo de envidia de la época que perece. La época moribunda envidia lo que la desplaza» (p. 130).
Aunque la novela al principio parece un alegato a favor del sistema, y así paso desapercibida para la crítica de la época, a medida que avanzamos en la lectura nos damos cuenta del ataque velado y certero. Un papel destacado supone el personaje del hermano de Andréi, Iván, hombre excéntrico, vengativo e intrigante, que incitará y alimentará la envidia de Kavalerov en una «conspiración de los sentimientos», incluso hasta hacerle pensar en el asesinato del «hombre honorable».
De Envidia hay que valorar sin duda el análisis psicológico de los personajes, y sobretodo la descripción minuciosa del carácter dubitativo de su protagonista Nicolái Kavalerov a través de sus pensamientos, sus paseos por la ciudad o sus conversaciones con Iván. En estos reconocemos la crítica del autor, sus dudas y ataques al sistema.
Una novela diferente a las que nos encontramos en el panorama literario actual y que sorprende por esa defensa del poder de los sentimientos, «de una conspiración de sentimientos» como motor de cambios insospechados. Un simple sentimiento humano y natural como la envidia puede poner en peligro toda la maquinaria de la vida cotidiana, e incluso a veces puede herir de muerte una sociedad.

miércoles, marzo 25, 2009

La Gran Guerra, John H. Morrow Jr.

Trad. David León Gómez. Edhasa 2008. 764 pgs. 40,50 €

Alberto Luque Cortina

Es muy probable que en el futuro las dos guerras mundiales del siglo XX se estudien como un solo conflicto de treinta años de duración, un gran tsunami del que aún padecemos la última y más devastadora ola, la producida entre los años 1939 y 1945, Hitler, el exterminio judío, la bomba atómica, el «nuevo» orden mundial siempre igual de viejo. Aunque la Segunda Guerra Mundial ocupa un lugar destacado en el imaginario popular, su hermana mayor, la guerra del 14, la primera, la Gran Guerra, constituye en mi opinión uno de los momentos más trascendentales de la historia moderna de Occidente, como lo fue en su momento la colonización europea de América, por lo que supuso de quiebra de los principios y valores dominantes hasta la fecha.
Premonitoriamente, la noche en que Inglaterra declaró la guerra a Alemania, Sir Edward Grey, ministro británico de Asuntos Exteriores, afirmó: «Se están apagando las luces de toda Europa, y no vamos a volver a verlas brillar en nuestra vida». Aún hoy resulta difícil evaluar las consecuencias de este conflicto. La Gran Guerra, de John H. Morrow Jr., es un intento de ofrecer nuevas perspectivas a esta contienda, cuya historiografía, entre la que destaca la obra de Hew Strachan, no es muy abundante en el mercado español, si bien es cierto que la cultura occidental se ha hecho eco de la Primera Guerra a través de múltiples manifestaciones, muchas de ellas sobresalientes: desde la literatura autobiográfica –Adiós a todo eso (Robert Graves, 1929) –, a la novela basada en la experiencia personal –El fuego (Henry Barbusse, 1917), o Sin novedad en el Frente (Erich Maria Remarke, 1927) –, pasando por el cine –Senderos de Gloria (Stanley Kubrick, 1957) o Gallipoli (Peter Weir, 1981) – hasta los inquietantes grabados y pinturas de Otto Dix. Todas estas obras subrayan la barbarie de una guerra para la que, merced a los nuevos avances tecnológicos, ninguno de los bandos estaba preparado.
El estudio de Morrow, profesor de Historia de la Universidad de Georgia, es muy revelador en este sentido. En primer lugar, los importantes avances tecnológicos propiciaron las mejoras del armamento tradicional y la invención de nuevas armas, como los obuses y morteros, los lanzallamas o las ametralladoras, los tanques o las nubes de gas, frente a las cuales las viejas estrategias militares, como las cargas de caballería, resultaban inoperantes y por completo desastrosas. A esto debe sumarse una deficiente operatividad sustentada muchas veces en pésimas comunicaciones y rígidas cadenas de mando cuyas órdenes eran emitidas desde lugares alejados del campo de batalla.
Todos estos errores se pagaron con un elevado coste humano. Más de nueve millones de soldados perecieron en acciones, muchas de ellas suicidas, donde el honor nacional y un trasnochado sentido del deber se anteponían a la vida de los combatientes. Este espíritu parece reflejarse en la contundente respuesta del general alemán Von Falkenhayn al canciller Hollweg, tras conocer la entrada de los ingleses en la guerra: «Aún si perecemos, habrá sido una experiencia exquisita». Su epitafio, según los datos de Borrow: 2,3 millones de soldados rusos muertos; 2 millones de alemanes; casi 2 millones de soldados franceses; austrohúngaros: 1.000.000; británicos: 800.000; turcos: 770.000; 450.000 italianos; 126.000 estadounidenses; serbios: 125.000; australianos: 59.000; canadienses: 57.000; belgas: 40.000; senegaleses: 29.500. Esto sin contar otros pequeños contingentes y las víctimas civiles, entre las que se hallan cientos de miles de armenios.
Los datos aportados por el autor sobre la evolución de la guerra en los diversos frentes son muy significativos, y en el caso francés apelan directamente a la incompetencia del general Joffre y su nefasto sucesor Robert Nivelle, quien hizo famosa la frase, después utilizada en contextos bien distintos, «Ils ne passeront pas!» («¡No pasarán!»). El 21 de agosto de 1914, por ejemplo, en la batalla de Charleroi, los franceses sufrieron 130.000 bajas. De los dos millones de soldados galos muertos, 450.000 cayeron en los cuatro primeros meses de guerra. Estas cifras son extensibles al resto de contendientes. A modo de ejemplo, en el primer año de guerra, de los 1.100 combatientes del batallón de fusileros reales de Gales sólo sobrevivieron 86 tras tres semanas de combate en Ypres.
En contra de las intenciones alemanas, la invasión de Francia y Bélgica pronto se estancó, dando lugar a la guerra de trincheras y a una prolongación ruinosa del conflicto. Muchas posiciones, a veces sólo separadas por unas decenas de metros, apenas llegaron a moverse durante los tres años y medio siguientes y sólo a costa de numerosas vidas. La mortandad continuó en 1915. Las cuatro quintas partes de las tropas de la Entente apostadas en Tesalónica murieron de paludismo. En Gallipoli murieron casi medio millón de hombres, pero para los australianos constituye un hito clave en la creación del sentimiento de nación. 1915 fue también el año del exterminio del pueblo armenio a manos de los turcos. En 1916 llegaría la batalla de Verdún, la más larga de la guerra, sin consecuencias decisivas, aunque los franceses la consideraron como una victoria, pírrica si se considera el número de bajas galas –1,2 millones– frente a las alemanas –700.000–. Los británicos tuvieron su propio Verdún en el Somme: el 1 de julio de 1916 lanzaron un ataque en el que sufrieron, sólo ese día, 60.000 bajas y 20.000 muertos.
Estas cifras, no siempre pacíficas entre los historiadores, manifiestan la crudeza del enfrentamiento, pero no añade nada nuevo a los estudios previamente publicados. El interés de la obra de Morrow está en la visión panorámica de los diversos frentes, desde la guerra submarina hasta la aérea –donde aún «sobrevuelan» los nombres de los aviadores Oswald Boelcke, Manfred Freiherr von Richthofen, o Lanoe Hawker–, incluyendo la retaguardia civil, de especial importancia, donde se aborda, entre otros, el papel de la mano de obra femenina y sus consecuencias sociales en la lucha por la igualdad de sexos.
Por lo que se refiere a la crónica de los episodios bélicos, Morrow incluye las voces de los soldados anónimos gracias a su acceso a numerosa correspondencia, y repasa los diversos escenarios de la guerra, desde Bélgica hasta el África Oriental, donde tuvo lugar el enfrentamiento, glosado abundantemente por la épica belicista, entre el ejército colonial de Paul von Letow-Vorbeck, en su mayoría formado por nativos, y las tropas, superiores en número y pertrechos, de la Entente. Durante más de tres años el contingente de Letow-Vorbeck fue perseguido infructuosamente a través de selvas y montañas por todo el África Oriental. El militar alemán nunca fue derrotado y se rindió el 25 de noviembre de 1918, 14 días después del armisticio.
Aunque los combates e insurrecciones en las colonias fueron parciales y focalizados, los europeos lograron extender el conflicto «importando» combatientes nativos a los principales campos de batalla. A los regimientos indios reclutados por los británicos deben sumarse los más de 600.000 senegaleses que combatieron bajo bandera francesa. De los africanos se temía su promiscuidad sexual –de hecho fueron confinados, al igual que los indios, para que no se mezclaran con las mujeres blancas– y se admiraba su raza guerrera. Los senegaleses participaron en la vanguardia de los ataques más arriesgados con el objetivo expreso de evitar, en la medida de lo posible, «el derramamiento de sangre francesa». Clemenceau afirmó, refiriéndose a estos, que prefería «ver muertos a diez de ellos que a un solo francés». Esta suerte de racismo, no en vano hablamos de una guerra entre cuyas causas se encuentra la carrera colonialista, mostró su cara más áspera en el desprecio del gobierno y la sociedad civil estadounidense hacia los batallones de negros que lucharon en Europa. Mal equipados por sus superiores, algunos de estos regimientos tuvieron que combatir con cascos, pertrechos y armamento franceses.
Aunque en ocasiones el texto pueda pecar de efectista por lo que se refiere a las descripciones de los hechos bélicos, La Gran Guerra es una interesante introducción a una contienda donde casi todos perdieron a excepción, quizá, de Estados Unidos, cuya intervención resultó decisiva para la guerra y para su encumbramiento como primera potencia mundial militar y económica. Los abundantes datos incluidos y el enfoque amplio del estudio pueden servir de estimulante preámbulo para la reflexión sobre un conflicto desgraciadamente inacabado.

martes, marzo 24, 2009

Historia de las despedidas, Pedro Sorela

Alianza Editorial, Madrid, 2008. 299 pp. 18 €

Alba González Sanz

Un personaje de este libro se pregunta, como metafísica apertura, dónde empiezan los viajes. Sus respuestas van desde el control de pasaportes de un aeropuerto a su propia vida en el momento del relato, pero no dan una mejor que una vez escuché de alguien acostumbrado a estas lides: un viaje comienza en el asiento del avión, a punto de despegar, cuando todo son nervios porque uno está al borde de la aventura. Un viaje empieza en los despegues, en el último pitido del tren dentro de la estación, un instante breve en todo caso que pronto queda eclipsado por otros asuntos pero cuya emoción condensada es única. Así los cuentos.
Pedro Sorela (Bogotá, 1951) presenta y mantiene, en el conjunto de su obra narrativa, una de las propuestas más innovadoras y más sólidas con las que se va a enfrentar el lector. Opinión tal vez demasiado tajante pero que sostienen, a mi juicio, no sólo sus colecciones de cuentos como esta reciente Historia de las despedidas, sino novelas como Viajes de Niebla o Ya verás (publicadas ambas en Alfaguara). La innovación tiene, lo mismo en estos cuentos, diversos factores. Uno de las más notables es la fusión de tradiciones que distingue la creación de mundos de este escritor hijo de familia hispano-colombiana con una capacidad lectora y de conexión portentosa. También la muy bien entendida sensación de movimiento al encarar la acción, que en su última entrega de cuentos es fundamental y, en general, conecta con la presencia del viaje y sus implicaciones más estrechas en toda su obra previa. No falta tampoco una exploración de las capacidades del lenguaje para construir la ficción, un intento de ir más allá con las viejas fórmulas, empresa arriesgada para quien, por generación, bien podía estar a otros asuntos, a más cómodos realismos y menos disquisiciones sobre fronteras en la escritura, en los géneros o en los trayectos.
Y las tramas, claro. Historia de las despedidas es un viaje por muchos viajes, por muchas vidas y muchas geografías. Es una mirada sobre la India que no toma un tópico si no es para hacer que lo olvidemos bajo una nueva propuesta: léase entonces lo que le ocurre a un postmoderno Pigmalión en el breve Lo que cuelga de los ojos, dentro del segundo relato del libro Neura de tigre en Rantampoor. Son más los destinos y podemos pensar que estos cuentos se construyen sobre geografías íntimas, como el genial Aquí nos vemos de John Berger pero con una mayor distancia vivencial en la voz, en las voces, que nos van acompañando en cada relato. Así hay un París y una Venecia de postal que esconden en su apariencia plastificada para el viajero inexperto, secretos mucho más profundos. Están Barcelona y El Salvador, Ámsterdam y el Norte de África, todo lo que se esconde bajo el inquietante genérico con el que nos referimos a la Europa que queda entre Alemania y Rusia, marco intangible en el que puede darse un relato como “Nada que ver en Miskolc”: lo que parece una vuelta a los paisajes de la infancia adquiere al final giros de verdadera locura.
Las ciudades no son nada sin sus habitantes, esto es, sin los amantes (solos, en parejas, en extrañas y libres asociaciones) que dotan de literatura y fragor a las calles. Hay muchas parejas (o lo que antaño lo fueron o aún no lo son, potenciales andróginos) gastando suelas en estas ciudades. Podríamos decir que dotan de espesor al libro al hacer que estos viajes no sean meros catálogos de lugares, sino fogonazos de emociones de quienes en un momento de su vida, lejos de hipotéticos centros, se hallan sorprendidos o asustados, felices o tremendamente solos, en cualquier lugar del mundo. Si pensamos además que el viaje tiene todas las potencialidades de lo que no es pero podría ocurrir porque lejos de ese centro cambian las reglas, encontraremos una constante en algunos relatos: el sujeto que se descubre en el otro, en lo extraño, en las decisiones que de otro modo, en otro espacio, no habría tomado. En el riesgo de la fábula que decide vivirse y no sólo contarse.
Las historias de este libro están trazadas sabiendo muy bien cómo operan la casualidad y la concatenación de azares. Probablemente estén pensadas para que la extrañeza embargue al lector a la vez que lo obligue a asentir ante los sucesos extraños que puedan darse en ciertos momentos (los relatos hindúes, en este punto, son reveladores). Yuxtaposición y sorpresa en todo menos en el lenguaje, donde hay mucho más que oficio, hay toda la capacidad de no dejar escapar la morbidezza, de saber pintarla, como desea el aprendiz del taller veneciano en uno de los relatos.
Historia de las despedidas tiene más de una veintena de cuentos y es justo decir que por los muchos que sorprenden, que suenan tremendamente frescos y son apuesta de novedad para el relato, hay alguno que puede dejar la sensación de no haber llegado donde los otros. Así los viajes. Cara a repasar todos los cuadernos que los componen, no hay ataques radicales a la armonía general del libro, al mundo ficcional levantado. Como si esos finales “Efectos de la lluvia en Portugal” cayeran sobre los textos e hicieran que de todos ellos se elevase una tristeza extraña, me atrevería a decir que alegre, una tristeza fiera y animal, de sonrisa a gritos.

lunes, marzo 23, 2009

El libro negro de los secretos, E.F. Higgins

Trad. Mireia Terés Loriente. Puck, Barcelona, 2008. 253 pp. 13 €

Sofía Rhei

Es posible que, ante la gran cantidad de libros juveniles con portadas parecidas, llenas de elementos posiblemente mágicos, oscuros, intrigantes y anacrónicos, pueda ser difícil distinguir unos libros de otros, e identificar cuales son los más adecuados para cada lector o cada edad. Bien es verdad que la estela rowlingniana ha dejado una profunda huella en el diseño (no sólo gráfico) de los libros, y que esa presencia de elementos comunes puede dar lugar a error. Por ejemplo, ¿es El libro negro de los secretos un libro de fantasía o solo de ficción? ¿Trata elementos oscuros, satánicos, criminales? ¿Es una lectura de calidad o un nuevo golpe de efecto? ¿Se trata de un libro juvenil, como sugiere su aspecto?
Respuestas: no es un libro de fantasía, aunque lo pueda parecer. Tiene elementos criminales, pero poco oscuros, y desde luego no satánicos (aunque la trama incluya una pequeña reflexión acerca de las advertencias clericales). Su calidad literaria es alta, y el objetivo del autor es conseguir una escritura atemporal, con reminiscencias victorianas. Y solo se trata de un libro juvenil en la medida de que no contiene temas que habitualmente están poco recomendados para los jóvenes, pero tampoco es un libro modelado para adolescentes, de esos que persiguen satisfacerles a cualquier precio. De hecho, el libro sólo contiene en un grado muy pequeño la famosa «tensión sexual no resuelta» tan importante en esa franja de edad. Se trata de un buen libro, a secas; no busca los golpes de efecto, pero los encuentra gracias a la solidez de su trama. Absolutamente cualquier lector puede disfrutar mucho de él, pues el motor principal de la acción son los secretos privados de las personas, y esto quiere decir sus pasiones, sus errores, sus debilidades y sus crímenes.
En un entorno decimonónico y rural, en esa Inglaterra casi abstracta, un viajero aparentemente errante se instala en un pueblo perdido, y se anuncia como prestamista. Pero poco a poco sus habitantes van descubriendo que la verdadera mercancía que él compra no es otra que los secretos de las personas. Cada noche, una persona del pueblo se acerca a la casa del prestamista y le confiesa uno de sus secretos a cambio de dinero… y hasta ahí podemos contar. El narrador es el joven aprendiz del prestamista, un pequeño pícaro procedente de La Ciudad (versión algo expresionista de los barrios bajos del Londres de la época), que sufre una evolución personal al conocer al prestamista, y que también tiene sus propios secretos.
Esta reflexión sobre la naturaleza humana, sobre los tipos psicológicos y las situaciones extremas en las que las personas pueden verse forzadas a actuar en contra de su voluntad, sobre las desigualdades, las mentiras y las verdades, se deja leer estupendamente (gracias a la acertada traducción) y tiene algo de novela policíaca y psicológica envuelta en la bruma inglesa, algo de ese ambiente en el que cualquier cosa parece posible tan apreciado por los amantes de la fantasía y algo de aventura clásica en plan La isla del tesoro, tono proporcionado por el punto de vista del joven ayudante.
Para regalar y disfrutar.