viernes, febrero 27, 2009

Lo que arraiga en el hueso, Robertson Davies

Trad. Concha Cardeñoso. Libros del Asteroide, Barcelona, 2009. 487pp. 21.95 €

Sofía Rhei

En un solo personaje, espectador privilegiado al mismo tiempo que partícipe, se describe la historia de todo el siglo XX. A bote pronto se me ocurren Vida y destino, de Vasili Grossman, Autobiografía de Alice B. Toklas, de Gertrude Stein, El tambor de hojalata, de Gunter Grass, Hijos de la medianoche, de Salman Rushdie, La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes, Novecento, de Baricco, Chiquita, de Antonio Orlando, Memorias de una caja a prueba de hormigas, de Mark Helprin, Lestat el vampiro, de Anne Rice (sí, el porno para chicas también puede tener su barniz histórico). Puede que la biografía (novelada, en la que ficción y fuente se contaminan) como metáfora de las transformaciones sociopolíticas sea una de las razones de ser de la novela en tanto que género, si es que de tal puede hablarse. Muchos de estos títulos se refieren específicamente a un país.
La lenta y fragmentaria construcción de la identidad canadiense y la correspondiente necesidad de mirarse, a la menor oportunidad, en el espejo de Inglaterra, son dos de los temas a los que el galardonado autor Robertson Davies sacó más partido a lo largo de su vida. No debe olvidarse que él mismo se educó en Oxford a pesar de haber nacido en una pequeña ciudad de Ontario, al igual que Francis Cornish, el protagonista absoluto de la novela de hoy. La historia de su protagonista transcurre entre Canadá y Europa mostrando tanto la permeabilidad de los diferentes tejidos sociales a algunas ideas como su tenaz resistencia a otras, y recoge las consecuencias de ambas actitudes gracias a la visión panorámica que permite el paso del tiempo.
Tras una breve introducción, que recoge el hilo argumental del tomo anterior de la trilogía (este libro es el segundo), la historia se convierte en una biografía al estilo clásico, empezada a narrar desde la generación de los abuelos de Francis Cornish, futuro pintor, millonario, falsificador y espía. Con estilo ameno y una interesante técnica, casi cinematográfica, de observación psicológica de las cosas pequeñas, que podríamos llamar plano detalle, se va desgranando la infancia, adolescencia y edad adulta de este controvertido personaje a ambos lados del Atlántico.
No se trata de un libro moderno, e incluso puede que sea intencionadamente anticuado, como si el autor tratara de ignorar todas esas cosillas que habían pasado en la literatura en las últimas cuatro o cinco décadas. La estructura es una línea temporal, lo que constituye un reto para el estilo (que Davidson supera brillantemente), pero esto no hace más que subrayar esa voluntad del escritor de convertirse en un "pintor de historia", de tratar de llegar a esa escritura atemporal que parecen poseer algunos clásicos. Lo que pasa es que no es tan fácil saber cuál es la causa y cuál el efecto en lo relativo a que un libro se convierta en un clásico o tenga una escritura aparentemente atemporal.
El punto de vista acerca de lo sobrenatural está basado en una tradición documental ligeramente poetizada (ángel de la biografía, daimon de la inspiración), y su función es poco más que pretexto biográfico; escrita veinte años después de El mago de John Fowles, la novela de Davies parece anterior.
El curioso hecho de que el artista empiece a practicar su arte mediante la observación y copia de naturalezas muertas humanas (los cadáveres de la funeraria) me ha traído a la memoria al pintor de muertos de Las horas náufragas, de Mercedes Chozas.
A pesar de tratarse de la vida de un pintor y de sus elecciones, las reflexiones acerca de los innumerables nexos entre el arte y el poder económico no ocupan un lugar fundamental en la novela, cuya prioridad es el retrato naturalista de los personajes, las pasiones de la mente y las del espíritu, las debilidades del cuerpo. Hay mucho diálogo, una de las tácticas del autor para hacer amena la lectura.
Cronista excepcional, sí. Posee la voluntad de dibujar el fresco de la historia viva, de retratar a cada miembro de las fotos oscurecidas en carne y sonrisa, de reunir lo que merece ser reunido, de decir muy bien lo que ya ha sido dicho. Sin embargo, los hilos entre lo que ya ha sucedido y lo que está sucediendo, o lo que va a suceder, y la exploración de todo lo que queda por decir, se echan de menos en este libro.

jueves, febrero 26, 2009

Esa polilla que delante de mí revolotea. Poesía Reunida (1982-2008), Olvido García Valdés

Galaxia Gutemberg, Barcelona, 2008. 460 pp. 25.50 €.

José Luis Gómez Toré

La concesión del Premio Nacional de Poesía a Olvido García Valdés (Santianes de Pravia, Asturias, 1950) por el libro Y todos estábamos vivos, recogido en este volumen, supuso tan sólo la confirmación de lo que era un secreto a voces entre muchos lectores, la constantación de que estamos ante una de las trayectorias más interesantes y arriesgadas entre las voces que se dieron a conocer en la poesía española de los años ochenta. Esa polilla que delante de mí revolotea, precedido de un inteligente prólogo de Eduardo Milán, recoge los libros La caída de Ícaro, Ella, los pájaros, Caza nocturna, Del ojo al hueso y el ya citado Y todos estábamos vivos (en estos dos últimos poemarios es, probablemente, donde su escritura se muestra más convincente, donde se nos hace más necesaria). Se incluyen además en el volumen algunos inéditos así como varias notas de la propia autora sobre el hecho de escribir, que constituyen un complemento nada superfluo a la lectura de los poemas. García Valdés se muestra como una lúcida lectora e intérprete de sí misma aunque en su prosa sigue presente, aunque en sordina, esa perplejidad ante la existencia y ante la propia escritura que encontramos en toda su poesía.
Precisamente, en dichas notas, la autora destaca la yuxtaposición como mecanismo central de su poesía, que, a su entender, es una «escritura realista, quiero decir literal». Conviene pensar con detenimiento la cuestión del realismo, porque éste no cabe entenderse a la manera que fue predominante en el canon oficial de la poesía de los ochenta y de los noventa. En la escritura de García Valdés, realidad e irrealidad no son tanto antónimos, como dos formas de nombrar el enigma de la vida. Como para Alberto Caeiro, el heterónimo de Pessoa (con el que, sin embargo, poco tiene que ver el yo lírico de estos poemas), el misterio de las cosas parece residir no en su profundidad, sino en su superficie: en lo que parece una recreación de «la rosa sin porqué« de Angelus Silesius y de la rosa de nadie de Rilke y Celan, García Valdés escribe «Recogida, salvo/ la vida, nada esconde la rosa» (Del ojo al hueso). Por ello, no es de extrañar que el sistema imaginario sobre el que se sustenta su obra sea más metonímico que metafórico: la extrañeza que produce su escritura no se logra, excepto en raras ocasiones, mediante mecanismos de sustitución metafóricos sino mediante la yuxtaposición de presencias, de fragmentos de experiencias, de objetos, de discurso. En estos poemas lo literal deviene símbolo y lo real, la máxima irrealidad: cada fragmento de lo real, huérfano de un contexto sólido, adquiere así un aire fantasmal y a la vez se nos muestra extraordinariamente nítido. Contribuyen a ello las estructuras paratácticas, el frecuente asíndeton y el uso personalísimo de los signos de puntuación, en especial de la coma, que convierten todo en una enumeración que, aun cuando parece responder a una lógica discursiva, se nos antoja casi siempre caótica.
«Lo que llamo niñez no aparece como tiempo y espacio de felicidad, sino, en todo caso, de intensidad, de la intensidad con que se percibe una —quizá inherente— condición desdichada de habitar el mundo». Así se expresa García Valdés en «La poesía, ese cuerpo extraño», una de las notas sobre la escritura incluidas en el libro. La intensidad que nos transmite esta poesía tiene que ver tal vez con esa mirada que proviene de la infancia, una intensidad que no siempre es vivificante y puede convertirse en una carga para un yo que es a la vez infantil y adulto. Ante la mirada asombrada de esta poesía, la vida se vuelve irreal en el espejo de la muerte; la muerte parece una ilusión ante la evidencia doliente o gozosa de la vida.
Esa enigmática oposición parece teñir también la vivencia del cuerpo, que es al mismo tiempo lo indeclinablemente nuestro y lo otro, así como la experiencia turbadora del lenguaje. La voz poética no oculta el desarraigo de un lenguaje que no sabe quién dice y se dice en el poema. La radicalidad con que se presenta la experiencia del habla nos sitúa ante la dificultad de decir yo con convicción («ese yo que es el miedo» se nos dice en La caída de Ícaro). ¿Es el yo el que crea el lenguaje o es el lenguaje el que se inventa un sujeto, un yo? Ese enigma del yo obliga asimismo a la escritura a tomarse muy en serio la responsabilidad de decir tú. Hay que mostrarse precavidos ante la posibilidad de nombrar al otro y a lo otro, ante el riesgo de convertir al otro en un objeto, borrado en la violencia del discurso. Y es que «Todo dice poder, calla/ carencia» (Y todos estábamos vivos). De ahí que, pese a la apariencia ensimismada de esta escritura, casi onírica a pesar de su fisicidad, no se soslaya una dimensión ética en el decir: «no mentir,/ no mirarse al ombligo, no ser/ deliscuescente, no llegar/ al decálogo» (Caza nocturna). La respiración de esta escritura consiste en un ir y venir de lo exterior a lo interior y de esta interioridad de nuevo al afuera de un mundo que no está al margen del lenguaje. Pero esa interioridad trasciende al sujeto. Como dice en Caza nocturna, «Condición/ de real al margen de lo real./ Lo real dice yo siempre en el poema». La poesía se convierte así en un ritmo respirado, a veces acompasado, otras veces entrecortado, acelerado, nervioso, pero siempre formando parte del impulso de una voz que afronta con lucidez la coexistencia de la vida y la muerte, del cuerpo y de su sombra. De esa sombra que es tal vez el lenguaje.

miércoles, febrero 25, 2009

Solo con invitación: Hacia la luz, Care Santos

Espasa, Madrid, 2008. 302 pp. 19,90 €.

Hilario J. Rodríguez

«Esta mañana, al regresar a casa, subí en el ascensor con una mujer a la que no había visto en mi vida. Sólo sé que iba al tercero, ni siquiera me miró a los ojos al decírmelo. Aunque en la calle no hacía frío, ella llevaba un echarpe anudado alrededor del cuello. Parecía una serpiente intentando estrangularla. Me llamó la atención porque la falda de aquella mujer apenas le llegaba hasta las rodillas y porque las mangas de su blusa eran cortas. Quizás, pese a no ser friolera, tenía la garganta delicada. Puede que esta misma noche intervenga en un recital poético o que sea una profesora con alumnos demasiado díscolos o que vaya a cantar madrigales en el Liceo de Barcelona. También podría ser que necesitara recordar algo importantísimo y llevar una prenda alrededor del cuello la tranquilizase más que ponerse un reloj de pulsera al revés. O que quisiera ocultar a su novio un inexplicable chupetón. O que el novio ya hubiese visto el chupetón y el echarpe ocultara una cicatriz perfecta…»
Una desconocida, un echarpe, un ascensor y alguien que da forma a un relato con esos elementos. Care Santos, por ejemplo. Mucha gente, al leer sus novelas, suele dar por hecho que no van con ella, que son puras invenciones, productos de una imaginación febril, inquieta. Yo no estoy tan seguro. Antes de seguir, me gustaría dejar claro que soy amigo de Care y que posiblemente no sea la persona más idónea para hablar sobre sus libros, aun así creo que conocerla me proporciona cierta ventaja con respecto a quienes no la han tratado jamás. En más de una ocasión nuestra amistad me ha permitido acceder a su particular laboratorio de ideas. Gracias a eso, he logrado unir piezas que a cualquier otro le resultarían distantes. Por eso el aparente desarraigo de su obra, con miles de páginas yendo en direcciones contrapuestas, a mí nunca me desconcierta. Sé que —como yo— ella es una nómada perpetua, una narradora forastera que busca su territorio allí donde la guíen la pasión y la curiosidad. Poco importan las dificultades, los obstáculos. Tampoco el miedo. Basta con una breve noticia en un periódico o con una conversación escuchada a medias; basta con un recuerdo que regresa de pronto o con una coincidencia anómala; basta con una súplica o con un susurro… En Hacia la luz lo que despertó el interés inicial de Care fue la muerte y las extrañas ramificaciones que se establecen a partir de ella.
Walter Benjamin recordaba en Sobre el programa de la filosofía futura y otros ensayos cómo durante la Edad Media la muerte aún no había sido desplazada del contexto social y los adultos llevaban a sus hijos al pie de la cama de los moribundos, para que pudiesen asistir a una valiosa lección antes de que su maestro expirase. Hoy en día eso ya no es posible. La sociedad occidental ha decidido higienizarlo todo y desplazar la muerte a los márgenes, quizás porque no es demasiado rentable. Algo así no tendría mayor importancia si tras la punta del iceberg no hubiese otras cosas sepultadas. Por un lado están muchos más asuntos que se intentan borrar, como la enfermedad, la pobreza, la vejez o la ignorancia; y por otro está el cinismo con que se habla sobre lo anterior en los foros públicos, demostrando un inquietante interés la mayoría de las veces.
Lo que está claro es que, en términos literarios, los lectores accidentales prefieren visiones optimistas de la muerte o de la enfermedad, mientras que los más sesudos prefieren los ominosos trazos del pesimismo. Al final, sin embargo, la actitud de unos y de otros es igual de intransigente. Si los primeros se abstienen de leer libros como Bajo el signo de Marte, los segundos no reparan en las posibles virtudes de Hacia la luz. Por desgracia, lo que empuja a las dos partes a reaccionar así no es en ningún caso una cuestión estética o ética sino una cuestión de temperamento. Los primeros se quejan de lo triste que es la autobiografía del suizo Fritz Zorn (un seudónimo de Fritz Angst) y los segundos se quejan de lo vigorosa que es la novela de Care Santos (y ya sabemos que hoy el vigor se deja para los vigoréxicos y para los gimnasios). Como no quiero establecer jerarquías entre ambas posturas, me conformaré con decir que no comparto ninguna de ellas.
«¿Aún te acuerdas de la desconocida con la que me encontré esta mañana en el ascensor? Bien, te dije que el echarpe anudado al cuello encubría un buen número de hipótesis narrativas, lo que no te comenté es que a veces llego a las historias a través de inopinados caminos, porque antes me pierdo en especulaciones filosóficas, sociológicas o como quieras llamarlas. Y en el caso de la mujer con el echarpe me ha sucedido algo así: al verla me dio por pensar que ocultaba algo, seguramente un linfoma o una inflamación del tiroides. Hace años le oí decir a mis padres que muchos enfermos creen que llega con ocultar los órganos dañados para que su mal desaparezca. Según parece, bastantes personas prefieren no saber, confían en la ignorancia, pero la ignorancia sólo les libra de ser conscientes de que la tempestad se les echa encima, no de sus consecuencias. De poco vale esquivar la palabra cáncer si al fin y al cabo va a ser el cáncer, y no un catarro, el que acabe matando a uno. No entiendo a quienes siempre esquivan las evidencias. Y, por supuesto, esta mañana no pude entender a la mujer del ascensor. Ojalá supiese cuál era la evidencia que estaba ocultando. Como no lo sé y como va a ser difícil que alguien me saque de dudas, creo que escribiré un libro sobre personas que ocultan cosas, sobre personas que se niegan a aceptar cosas que les afectan, sobre la mortalidad y la inmortalidad, sobre la palabra y el silencio, sobre el miedo y los mecanismos para vencerlo…»
Hacia la luz es el equivalente literario de una película comercial seria. Su velocidad no le impide pensar a sus páginas. De hecho, los pensamientos suelen ser tan trepidantes como la acción, porque abordan un tema como la eutanasia sin dejar nada en el tintero. Recopila, medita, cuestiona, expone, aventura… Su despliegue resulta asombroso, como si antes del proceso de escritura hubiese habido otro proceso aún más largo y trabajoso, de igual o mayor importancia. Es como JFK (ídem, 1991), donde Oliver Stone exploraba el asesinato de John Fitzgerald Kennedy desde todos los ángulos posibles. La novela no se permite tiempos muertos ni derivaciones. Tiene muchas cosas que decir. Y una historia (varias) que contar. Una mujer debe reconducir su vida, un hombre debe cuestionar sus planteamientos éticos y profesionales (que quizás sean la misma cosa y él no se haya dado cuenta), un médico comprende la diferencia entre opinar y actuar, y varios moribundos se preparan para una aventura que harán en solitario, la última de sus vidas.
Buena parte de la literatura política (o comprometida o informativa o como quiera llamársela) que se hace en Europa siempre me ha parecido como escuchar un debate entre torys y laboristas en la Casa de los Comunes de Gran Bretaña o, en menor medida, como escuchar a nuestros representantes políticos en el Congreso de los Diputados. Las palabras pueden sonar más o menos convincentes, pero las propuestas suelen resultar decepcionantes porque rara vez contienen la urgencia que requiere el presente. Parece como si los novelistas obedeciesen las mismas reglas protocolarias de los políticos, haciendo una literatura tranquila y cabal, para jubilados y no para gente a la que de verdad le interesa conectarse con el tiempo que le ha tocado vivir. A menudo las novelas carecen del lado más salvaje de aquello que pretenden poner en evidencia, están atrapadas por constreñimientos similares a los de cualquier informativo donde se intenta no ofender al público más allá de lo razonable. Hasta cierto punto, son anestésicas, nunca sobrepasan ciertos límites (fijados por la decencia, además de por cuestiones relacionadas con la necesidad de abarcar a un mayor número de lectores). Por eso me gusta la falta de remilgos y la agresividad de Care Santos, que nunca se anda con coñas cuando quiere contar algo de provecho sobre temas como la eutanasia. Estoy de acuerdo con que posiblemente el libro no sea uno de esos artefactos minimalistas y crueles, graciosos pero sin gracia, fríos como un témpano, maduros en la forma y juveniles en el contenido, tan sugerentes que a veces no dicen nada; sin embargo, ningún lector podrá negar que es emocionante de principio a fin.


Care Santos: «Experimento al vivir un placer sin límites y tendré al morir una satisfacción sin límites»


—Tu obra suele articularse a partir de mecanismos de ficción y temas reales o de actualidad, pero en ningún caso la situaría en terrenos afines al Nuevo Periodismo, tampoco la considero híbrida (tal y como se entiende el término hoy en día, aunque toda literatura tiene su punto mestizo).
—Me interesa la realidad como punto de partida, no como fin en sí misma. Tiene que ver —supongo— con las razones que me llevan a escribir. Retener la realidad es una de ellas. Aunque no basta con eso. Si yo conociera de primera mano un crimen como el que narra Truman Capote en A sangre fría, contaría la historia del vecino que lo vio todo pero calló porque esa misma noche se la pegaba a su mujer con otra. Más que la realidad, me interesan sus intersticios, la grieta por donde todo se resquebraja. Y con respecto a las hibridaciones: hace tiempo que quiero escribir novelas que combinen géneros supuestamente populares y otras cosas. La novela de terror, el thriller de médicos, el realismo social, la novela sentimental e incluso la novela negra están en Hacia la luz.


Lee la entrevista completa aquí

martes, febrero 24, 2009

Creta lateral travelling, Agustín Fernández Mallo

Editorial Sloper, Palma de Mallorca, 2008. 138 pp, 18 €.

Inés Matute

Sabemos, porque así lo ha afirmado, que a A.F.M le gusta la imagen de una cama elástica perfectamente tensada: a simple vista, nada ocurre en esa superficie muerta, pero si dejamos caer cualquier objeto, por leve que sea, al mínimo roce saldrá rebotado con una energía que en apariencia no guarda relación con esa cama, un paisaje quieto y casi mineral. Para Agustín, esa es una de las posibles definiciones de belleza: la tensión que es sinónimo de inquietud. Por ese motivo, supongo, y buscando la belleza, buscando la tensión, el autor gallego escribió en el año 1998 una obra tan desconcertante como aguda; un texto inclasificable embrión de todo lo que habría de venir después, pues Creta Lateral Travelling no es un libro de viajes al uso, ni un recorrido por la isla griega con itinerarios, anécdotas chispeantes y pellizcos de queso feta. Aunque sí participe de la aceleración medida de un buen Sirtaki. De hecho, nada en Fernández Mallo se inscribe dentro de los parámetros de lo previsible, pues, como él mismo ha afirmado en más de una ocasión, «mis textos producen zonas híbridas, cartografías literalmente monstruosas, y es esa zona fronteriza la que me interesa investigar». ¡Qué diablos! La poesía bebe de tantas fuentes como el mundo que la rodea, y en el caso de Agustín, sirve, disfrazada de prosa, maquillada de ciencia, para situarnos en el presente.
Fiel a su proyecto de hibridación de géneros, de temas y de voces, y años después de una publicación casi clandestina —pese a todo, Premio Café Mon de Palma de Mallorca, año 2004—, C.L.T adquiere su verdadera dimensión al ser contrastada con las dos primeras obras de la Saga Nocillera: ahí está todo, comprimido, esbozado, apretado en una primera píldora. Qué puedo decir. A ratos, en esta lectura que también es un viaje y un recorrido por una Creta privadísima, Fernández Mallo me recuerda a Ray Loriga. Un Ray Loriga con imágenes más potentes y aligerado de palabras. Palabras, las justas, las que perfilan al poeta excéntrico que juega a explicarnos una fórmula y no atina, ofreciéndonos, a cambio, un paisaje irrepetible del cual, extrañamente, ya formamos parte.
Román Piña, el editor, ha tenido el buen gusto de aportar, además, dos ensayos del autor con los que la edición queda más completa. Sus títulos, Poesía postpoética: hacia una nuevo paradigma y Un diagnóstico, una propuesta, nos dejan bien claro que el azar o el ingenio aquí no pintan nada —ni el uno ni el otro garantizan buena literatura— y que en este encaje de bolillos que es su escritura, todo se mide, todo se pesa, y, sin embargo, fluye con una precisión que no deja de ser intuitiva. La precisión intuitiva que David Brooks reivindica constantemente.
Un libro para disfrutar y también para reflexionar, para hacerlo nuestro, no me cabe duda.

lunes, febrero 23, 2009

Los números del elefante, Jorge Díaz

Planeta, Barcelona, 2008, 426 pp, 19,50 €.

Recaredo Veredas

Nos encontramos frente a un auténtico novelón realista, de la estirpe más clásica y perdurable. No es una obra de vanguardia y, posiblemente, nunca lo podría haber sido. Por esa misma causa podrá ser disfrutada dentro de cincuenta años con la misma intensidad con que lo es ahora. Su única innovación proviene de un leve toque metaliterario, tan sutil que no resulta cargante. Por supuesto muestra las variopintas peripecias que disfruta —y sobre todo sufre— un peculiar héroe durante su largo viaje circular, cuyo comienzo y fin es la miseria, con breves paradas en el esplendor. La circularidad es fruto de los caprichos de la suerte lo que siempre —y mucho más en un drama— resulta sumamente peligroso pero la maestría del autor y su conocimiento, tanto de la extraña lógica del azar como de la percepción que de esa lógica posee el lector, consiguen que la verosimilitud se mantenga.
Los números del elefante muestra cómo un desdichado labriego, criado en la más dura posguerra española, puede convertirse en uno de los amos de Rio de Janeiro. También exhibe el crecimiento y decadencia de un sueño llamado Brasil, un país destinado a convertirse en una auténtica potencia mundial que por las mismas causas de siempre —la corrupción, la más negra avaricia— nunca levantó el vuelo. Díaz se aproxima a la novela histórica, pero no termina de irrumpir en el género por la falta de intervención del antihéroe en la alta política de su país. Sin embargo, la narración de las peripecias históricas no desentona, al contrario, funciona como un perfecto correlato del auge y caída del protagonista. El país se convierte en un personaje más que, como Bernardo, soñó con la prosperidad. Contemplamos con nitidez la degradación de las favelas, el triunfo de Brasil en el mundial del 58, la eclosión de Brasilia. Es una novela llena de derivaciones, de minúsculas subtramas que por sí solas poseerían un poderoso interés narrativo, desde el suicidio del presidente Getulio Vargas a la trágica vida de Garrincha, aquel futbolista brasileiro que pudo convertirse en el mejor del mundo y a quien el alcohol y la mala vida convirtieron en el reverso oscuro de Pelé. El excelente pulso de Jorge Díaz, su absoluta conciencia de lo que es importante y lo que es superfluo, evita la desfocalización.
La elección de punto de vista no sigue, como suele ocurrir en los best sellers más premeditados, criterios de facilidad. Al contrario, la opción elegida es la más difícil, tanto desde una perspectiva técnica como puramente comercial: la primera persona. En el tramo final el lector comprende que es la única posible. Escoge a un narrador, además, de una cultura y una formación muy limitada, lo que se manifiesta en su lenguaje y podría coartar las posibilidades expresivas que, sin embargo, no quedan suprimidas, sino perfectamente adaptadas a las limitaciones de la voz. Evidentemente a veces el discurso se desvía y crece más allá de sus limitaciones pero el vigor de lo narrado impide la incoherencia. La descripción espacial es perfecta. Rio de Janeiro, como ocurre con el propio Brasil, se convierte en un personaje más, contemplamos sus lujos y sus miserias —concretados en el crecimiento y degradación de las favelas, que pasan de ser barrios humildes a convertirse en auténticos sumideros—. Es una voz turbia, dominada por una culpa indefinida, instalada en un lugar tan profundo, con tantas raíces, que su supresión resulta imposible. Cuando el narrador pierde a sus hijos nos hallamos frente a una tragedia, pero el autor no tiene que esforzarse para que así lo creamos. Puede mantener su sobriedad ya que comprendemos a la perfección su manera de contemplar el mundo. Sabemos que nunca exhibirá su dolor.
Convierte a los despiadados mafiosos sean personajes complejos, abocados irremediablemente a una muerte violenta y, si las suerte les complace, a una brevísima gloria. Los hay justos e injustos, compasivos e innobles. Tanto como los políticos, con quienes establece un curioso paralelismo, que demuestra la inverosimilitud de la realidad histórica: los servidores del pueblo resultan mucho más pintorescos que los delincuentes declarados que, en comparación, parecen puros personajes de realismo sucio. Gracias a esos matices logra que comprendamos la difícil relación que mantiene el protagonista con su antagonista y salvador, ese otro emigrante gallego llamado Albino, con quien mantiene un agradecimiento y una rivalidad eternas.
Además Jorge Díaz domina a la perfección recursos narrativos tan difíciles como el ritmo. Es capaz de narrar cuarenta años en una página y que lo escrito resulte plenamente coherente con el resto de la obra. Tal es su templanza que logra incluso máximas magistrales: Estos cuarenta años me he dedicado solo a ver pasar el mundo delante de mis ojos. El sorprendente desenlace —emplazado en el límite del exceso— pone en duda la certeza de todo lo mostrado pero al mismo tiempo realza su condición literaria, su vigor artístico.