viernes, noviembre 28, 2008

Entre mujeres solas, Cesare Pavese

Trad. Esther Benítez. Lumen, Barcelona, 2008. 172 pp, 17.90 €.

Ignacio Sanz

En 2008 se cumplen los 100 años del nacimiento del gran escritor italiano. Cesare Pavese se suicidó en un hotel de Turín el 27 de agosto de 1950. El dato no resulta baladí en relación con esta novela. Estaba a punto de cumplir los 42 años y era un escritor que ya había cosechado todos los reconocimientos que se pueden cosechar a una edad en la que todavía queda media vida por delante. Vista ahora en la distancia su obra resulta apabullante. Y, su influencia, decisiva. Pienso, sobre todo, en la primera etapa de Italo Calvino, otro de los grandes y compañero de trabajo en la editorial Einaudi. Pero también en el cine neorrealista que parece calco de su obra, escrita con tanta naturalidad y tanta crudeza.
Entre mujeres solas fue publicada en 1949. Clelia, la narradora, es una mujer nacida y crecida en Turín, procedente de la clase baja que emigró joven a Roma donde se abrió paso en el mundo de la moda. Ahora su jefa le envía a Turín para abrir una tienda. Clelia se debe ocupar de que todo esté listo; se hospeda en un hotel y se rodea de mujeres ociosas y desencantadas. De entre todas estas mujeres jóvenes, guapas y frívolas llama la atención Roseta, la más desvalida y desorientada. Estas mujeres viven ajenas a los avatares trágicos y dolorosos de un pueblo que acaba de salir de una guerra. De hecho, la alusiones a la guerra son escasas y de pasada.
Lo que queda claro es que estas mujeres no acaban de encontrarse a sí mismas:
“Mamá rezongaba siempre que un hombre, un marido era un mal negocio, que los machos no son malos, sino necios. Hasta mi ambición, mi manía de arreglármelas sola, de bastarme, ¿no venía de ella?”
“Alguien exponía cuadros, pero no había necesidad de mirarlos. Nos quedamos sentadas debajo de ellos, las tres, dejando que a nuestro alrededor la gente fuera y viniera. Aquellas caras me parecía conocerlas todas; eran las mismas de los hoteles, de los desfiles de modelos. A nadie le importaban nada los cuadros”
“—¿Usted cree en eso de los bajos fondos?
—Son cosas que una hace por ver —dijo Roseta. Es una vida, es una miseria que a nosotras se nos escapa.”

Estos tres fragmentos espigados de la novela dan una idea del ese trasfondo de despreocupación e insolidaridad en el que se mueven los personajes. También del desparpajo con el que escribe Pavese. Una vez más nos conduce, poco a poco, hacia un drama que el lector comienza a adivinar a la mitad de esta novela escrita con pasmosa vivacidad y en la que aparentemente no pasa nada. Esas mujeres frívolas no hacen más que entrar y salir de las fiestas. Apenas hay hombres y los que hay no pertenecen a su clase social o son viejos o llenos de flaquezas que los hacen descartables. Algunas mujeres mantienen relaciones lésbiscas como consecuencia de la carencia de hombres. ¿Sólo como consecuencia de la falta de hombres?
El lector que llegue al final de esta novela amarga en medio de tanta frivolidad, se va a encontrar con ese drama que late a lo largo de estas páginas vivaces en las que parece que lo dominante son las exposiciones, las modas y las salidas nocturnas de una clase que vive de espaldas al las tensiones de su época.
Pero, acaso, lo más sorprendente, es que el lector se va a encontrar con un desenlace que, de algún modo, le resulta conocido, terrible y premonitorio. Podría decirse que en esta novela Pavese nos anuncia su propio final.

jueves, noviembre 27, 2008

Mariposas para los muertos, Diane Wei Liang

Trad. Lola Díez Pastor. Siruela, Madrid, 2008. 228 pp. 18,90 €

Carmen Fernández Etreros

Mariposas para los muertos es el título de la nueva novela negra de Diane Wei Liang en el que cuenta un nuevo caso de la detective china Mei Wang, tras el éxito de El ojo de jade. Una novela que supera con creces sin duda en complejidad argumental y pasión a la primera. La autora en esta ocasión vuelve a poner a la protagonista, la detective Mei, en peligro para investigar la verdad en una sociedad que tiene día a día que convivir con los secretos del pasado.
La escritora se enfrenta en Mariposas para los muertos a ese silencio tácito, no en vano sus libros están censurados en China, y relata una historia del pasado reciente del país: la masacre de Tian’anmen. ¿Qué fue de los chicos que participaron en esa revuelta? ¿Dónde están casi veinte años después? La escritora se enfrenta al silencio oficial, a esa plaza vacía que se cierra siempre cuando se cumple un año más de la masacre y que ella misma no puede pisar. Muchos huyeron al extranjero y otros fueron encarcelados. La propia autora Diane Wei Liang, (Pekín, 1966) se encuentra entre los que tuvieron que huir, en su caso a Estados Unidos, ya que participó en las protestas estudiantiles de la plaza de Tian’anmen en 1989. La escritora conoció en persona el infierno que supuso aquella noche y con este libro parece que quiere contar la historia de aquellos que fueron encarcelados y como se rompieron todas las esperanzas que tenían esos jóvenes que participaron.
Mariposas de papel comienza con la puesta en libertad en un pueblo remoto de China de Lin, un activista político encarcelado nueve largos años tras la masacre de Tian’anmen. Lin ahora es un hombre avejentado, triste y sin ilusiones, que se dirige a la capital del país, donde espera encontrar de nuevo a los suyos y quizás rehacer su vida. Pero han pasado nueve años y a veces la vida cambia para siempre en la tristeza de una noche...

Sin descanso he viajado
buscando por todas partes;
y lo que no he encontrado
es mi corazón de antes
(pág.93)

Lin busca el pasado que tuvo que abandonar abruptamente hace nueve años, pero ya él no es el mismo, ni los familiares que dejó, ni sus amigos, ni su barrio,... Un vida rota en el silencio de una noche.
Mientras tanto la detective Mei Wang acepta investigar la desaparición de una fulgurante estrella del pop, Kaili, joven, hermosa y brillante. Una joven que sin embargo desaparece sin explicaciones en un pasado turbio que debe descubrir Mei. La detective volverá a encontrarse con el glamour de las clases altas del Pekín moderno, la droga y el lujo de los garitos nocturnos de la capital. Pero al mismo tiempo este mundo le llevará a los viejos, sucios y desvencijados “hutongs” de la periferia de Pekín donde se sigue viviendo de manera silenciosa, donde se sigue tirando a la calle el agua sucia. La pista de una delicada mariposa de papel que Mei encuentra en el apartamento de Kaili, descubrirá toda una trama de traición y secretos guardados durante años.
La protagonista, la detective Mei, no participó, muy a su pesar, en la revuelta de Tian’anmen, oyó los disparos y se escondió entre sólidas paredes. Mei siente esa falta de actividad como una deuda ante los que participaron y pusieron en peligro sus vidas y así lo va reflejando a lo largo de la historia. Un peso que lleva arrastrando estos nueve años y que le acerca a la desgraciada vida de Lin y su entorno.
La escritora gana en esta novela en ritmo, en complejidad de la intriga, en profundidad, en construcción de los personajes y logra crear esa atmósfera de silencio sobre el pasado que domina toda la novela. Las cartas de Lin a su amada dan un toque maestro a toda la novela y nos acerca a los sentimientos de este joven. En suma una novela sobre traiciones y sobre desengaños, que pretende recordar la historia de los olvidados de Tian’anmen y recuperarlos del silencio dejando en la puerta de sus casas mariposas de papel.

miércoles, noviembre 26, 2008

Doble mirada: Todo un placer. Antología de relatos eróticos femeninos, VV.AA.

Selección y prólogo de Elena Medel. Berenice / Books4pocket, Córdoba, 2008. 192 pp. 7 €

1. Ignacio Sanz

El libro que ahora reseño lleva ya tres años largos en el mercado, pero me ocupo de él porque Berenice lo ha publicado en su colección de bolsillo, dándole nuevo aliento y poniéndolo a disposición de nuevos lectores.
Se trata de un libro exclusivamente femenino; tanto la introducción como la selección han corrido a cargo de la poeta Elena Medel. Resulta sorprendente el rastreo minucioso que despliega Medel por el mundo narrativo femenino. Como si no hubiera escritora por remota que fuera que escapara a su control; se encarga Medel de poner las cartas boca arriba y de reivindicar un espacio para la mujer que, pese a ciertas campañas, no deja de ser la parte más invisible del mundo literario.
El libro resulta interesante porque ofrece una panorámica de la narrativa femenina que nos permite catar el estilo de diez escritoras variopintas nacidas entre 1962 y 1976, si descontamos a la propia antóloga, una muchacha precoz que vino al mundo en 1985.
Las escritoras invitadas a participar con un relato son Pilar Adón, Cristina Cerrada, Espido Freire, Esther García Llovet, Paula Izquierdo, Ana Prieto Nadal, Eugenia Rico, Cristina Sánchez Andrade, Care Santos y Marta Sanz.
La bibliografía, los premios y el reconocimiento alcanzado por algunas de estas autoras, pienso sobre todo en Freire, Izquierdo, Rico, Santos o Sanz, desmienten, al menos de manera parcial, algunos de los argumentos que Medel desliza en la introducción.
Pero vayamos con los relatos. El hilo conductor de todos es la pasión y la sensualidad. A veces esa pasión viene sofrenada por las buenas formas, mientras que en ocasiones se desata y nos lleva por el erotismo más explícito. Caramba con las mujeres, cómo se las gastan. Es verdad que Almudena Grandes o Mercedes Abad ya lo habían abordado el género con verdadera maestría. Este lector gusta más de aquellos en los que el erotismo no sólo se insinúa, sino que aparece de manera descarnada, aquellos que incitan a la lectura con una sola mano como dijera Baudelaire. El libro tiene, por tanto, cierto peligro para ser leído en una playa, al menos por el género opuesto porque deja al descubierto ciertas respuestas en la anatomía.
En todos los casos resulta una lectura placentera en el doble sentido de la palabra, una lectura que nos permite acercarnos al universo femenino y comprobar cómo encontramos en él tantos estilos y sensibilidades como personas. En definitiva, que no estamos ante un mundo unívoco. Un aserto por otro lado muy repetido.
Me han impresionado de manera especial los relatos de Paula Izquierdo, por su contundencia, su brevedad y lo bien que resuelve con una mirada cinematográfica su historia. El de Care Santos está escrito desde el fetichismo sexual, tomando como objeto una muñeca. El más complejo y ambicioso acaso sea el de Marta Sanz. El de Ana Prieto Nadal destaca por la intensidad lírica del lenguaje.
Pero es la variedad, este conjunto de voces y de registros narrativos, lo que aporta riqueza y hace interesante el libro. Por lo demás es un gusto que sean ellas, siguiendo el rastro de otras grandes agitadoras, las que se sumen a la tarea de alborotar nuestras cabezas.

2. Fernando Sánchez Calvo

Excitación sin catástrofes. Eso es Todo un placer. O lo que es lo mismo: eso es cada uno de los diez relatos eróticos escritos por mujeres que componen la recopilación prologada y seleccionada por Elena Medel y publicada por Editorial Berenice. Autoras tan diversas como Esther García Llovet, Cristina Sánchez Andrade, Espido Freire, Care Santos o Pilar Adón (de cuyo relato, La influencia de Marte, hemos adoptado la definición del placer) copan estas páginas con mayor o menor intimismo, pero con una intención común: el hecho de que el erotismo o el despertar sexual trae amargura, pesadumbre, ansiedad, frustración, “incluso” sufrimiento, pero también trae aprendizaje.
Aprender sufriendo, pero sin catástrofes. Saber que el amor, saber que el placer, deriva casi siempre en un drama; pocas veces en tragedia. No vamos a descubrir a día de hoy la revolución femenina en las letras (aunque, como bien apunta Elena Medel, aún apenas representa un cuarto de la producción escrita en España). Tampoco se trata de exhibir el erotismo como arma de reivindicación de la libertad para la mujer. Atrás quedaron los años en los que autoras como Carson McCullers en Estados Unidos o Marguerite Duras en Francia aprovecharon la literatura para descubrirse delante de la sociedad. Atrás quedaron los años también en los que Almudena Grandes y Las edades de Lulú arrancaron a gran parte de los españoles (más que a españolas) ciertos comentarios o asombros. En Todo un placer dicha revelación sobra, no hace falta, es un paso que ya se ha dado. No se trata de provocar (el sexo, en ese sentido, quedó agotado y sobreagotado con Bukowski). De lo que se trata ahora es de explotar las distintas vías formales por las que hemos de llegar a comprender que erotismo (pocas veces pornografía) y aprendizaje van de la mano.
Los estilos de los cuentos son diversos. El lector se podrá encontrar con una vertiente más o menos realista (Véase Playa Monza de Esther García Llovet), otra más o menos lírica (69, Amor de Cristina Sánchez Andrade) e, incluso, una línea vanguardista (Variaciones sobre el montaje de una mujer articulada, de Care Santos) donde el Yo femenino, en la mayoría de las ocasiones protagonista de estos relatos, gana una nueva identidad gracias a la emotiva artificialidad de las muñecas. De todos modos, y por lo menos en un par de relatos de la antología, el hombre se apodera de la voz narrativa, lo cual supone todo un ejercicio de distanciamiento que en la literatura femenina poco se había visto hasta ahora. Hombres en ocasiones perturbados, a veces enfermizos, pero que al igual que sus compañeras adquieren una pátina de sacrificio, de ingenuo mártir que admite el sufrimiento como etapa indispensable para llegar al amor o, en su virtud, al placer.
Objeto o sujeto, quien entra en el juego sabe a lo que se atiene. La literatura, como el sexo, duele, “ma non troppo”. Excitación sin catástrofes.

martes, noviembre 25, 2008

Todo lleva carne. Peio H. Riaño

Caballo de Troya, Madrid, 2008. 149 pp. 12.90 €

Marta Sanz

Cristales rotos. Cortes. Furia y cansancio. Dolor físico y moral. Dolor ideológico. Y el leitmotiv de que el deseo siempre acaba desembocando en angustia; la expectativa, en frustración. En el centro y en los bordes de un mundo donde no todos navegamos en el mismo barco por mucho que se empeñen en decirnos que sí: hay burros de primera y de segunda en esta arca de Noé. Las cifras cantan en la vida cotidiana y en la escritura de Peio H. Riaño que, defenestrándose desde lo alto de la torre de marfil de un supuesto experimentalismo metaliterario, baja, se coloca sobre las aceras, se lo llevan un poco los demonios y se muestra sanamente maleducado al hablar de dinero, evidenciando lo que, aunque no suela importar en la literatura, de verdad es importante: “Una chabola no es gratis, cuesta cerca de trescientas mil pesetas”. O las veces que se va a Zara en un año. El reverso convencional de la poesía –la zafiedad de los números, el álgebra, los años de cotización, las úlceras de estómago y una tristeza que se sabe muy bien de dónde viene- es la propia poesía. Y digo esto de la poesía, porque yo leo este libro como un poema en el que, sobre todo, se agradece que algunos escritores metan la nariz donde no les mandan: en las páginas de economía de los periódicos, en los entresijos del cuarto mundo, acá y allá, en la somatización de una miseria globalizada que nos convierte en la carne de cañón (todo lleva carne, pero habría que preguntarse ¿la carne de quién?) de las tumbonas de los psicoanalistas, de las esterillas de las lecciones de yoga, de las respiraciones profundas de los gurús de la meditación...
Cristales rotos que se clavan en las partes blandas y también, sin la delicadeza quirúrgica del perro andaluz de Buñuel, en la pupila y en el blanco del ojo de una voz poliédrica y múltiple, acaso convenientemente esquizoide, que comienza hablando en voz baja –“Yo era un modesto empresario que se arruinó. Un niño disléxico..."- para ir subiendo el tono hasta alcanzar la desvergüenza, la incorrección, el alarde de vulnerabilidad que implica cada grito: “Ahora que no existo para nadie desapareceré por dentro. Adiós.” La elocución del libro me recuerda a esa canción del grupo argentino Bersuit en la que su cantante calvo comienza cantando entre dientes, con una sonrisa, y acaba vociferando, aullando... “¡En la selva se escuchan tiros!” Creo que se titula Sr. Cobranza. El autor de Todo lleva carne golpea al lector justo en el plexo solar: lo hace con un brazo fatigado, pero a la vez lleno de una pasión y racionalidad reconciliadas a lo largo de estas páginas. Por debajo de todas las palabras hay pulso que late muy deprisa y la propuesta de lectura es, consecuentemente, vertiginosa; la palabra te conduce al vórtice del sumidero a través de distintos géneros textuales: los listados, los diálogos onanistas –que no son de besugos, porque, insisto, aquí todo lleva carne-; los jpg que cuestionan la tesis de que el pensamiento crítico es incompatible con la brevedad y la fugacidad de los textos telemáticos; poemas y versos que son como canciones; historias sin continuidad, historias que no lo son y que cobran sentido desde la simultaneidad que construye nuestro tiempo. No hay apología de la fragmentariedad posmoderna sino constatación del desconcierto y del dolor ante el desorden, ante la sinrazón impostada de las piezas del puzzle.
A Peio H. Riaño parece que le importa muy poco escribir una novela o no. Quiere contar algo que no es necesariamente una historia. No se empeña en conseguir que el lector pase las páginas para morder el queso de una aventura. De una historieta. De una luz que de pronto se enciende en el torreón de una casa sumergida en la bruma y la luz lunar. No se explota el subterfugio de las decoraciones ni de la elipsis. A veces ni siquiera el personaje convencional nos ayuda mantener nuestro pacto con su propuesta; sin embargo, nos quedamos a su lado porque sabemos que este escritor, esta voz que a veces es una y a veces múltiple, que a veces se imposta y a veces suena sospechosamente a autobiografía (¿hay algún problema con este tipo de discurso? Espero que no...), en definitiva, este autor sabe que a menudo se usa “la ficción como licencia para mentir”. Así que él se coloca en otro lugar: en el de un discurso apasionado y anti-irónico, próximo al de la poesía, un discurso tan alucinado y visionario como racional, quizá un discurso de revelación que no tiene miedo y a la vez manifiesta su propia incertidumbre, su debilidad, su incapacidad para el dogmatismo y para no caer en contradicciones. Será por la angustia. Una desoladora idea de futuro se atenúa – o tal vez se intensifica- con la llegada de un hijo al que se atiende sin profesionalidad, con la misma actitud un poco desprolija con la que el autor o la voz del texto se trata a sí misma: la personalidad, la identidad, no importan... sin embargo, nos pasamos todo el día dándoles vueltas hasta el punto de que incluso seguimos perpetuándonos –en los libros, en los hijos, en los árboles...- en las peores condiciones. Un libro incómodo: es decir, muy recomendable.

lunes, noviembre 24, 2008

Pequeñas cosas, Jeffrey Brown

Trad. Montserrat Terrones. La Cúpula, Barcelona, 2008. 356 pp. 15 €

Guillermo Ruiz Villagordo

Hace un año y pico, mientras trabajaba en una tienda de cómics, cayó en mis manos una de las obras de Jeffrey Brown, Inverosímil. No me gustó. Por medio de un dibujo feísta, como pergeñado de forma apresurada, mostraba una larga serie de escenas independientes de una relación sentimental desde su inicio hasta su final. Estas escenas eran muy cortas, de una o dos páginas por lo que recuerdo, y en general ninguna de ellas “contaba” nada, en el sentido popular del término. Eran sólo momentos, pequeños detalles, trozos de vida (slice of life los llaman), aquéllos en los que no ocurre nada en la superficie pero por debajo desfilan mil y un sentimientos. Pero el caso es que yo no sentí empatía con el personaje, lo que atribuí a la incapacidad de un autor sobrevalorado (es de destacar que nada menos que Chris Ware lo convirtió en su protegido, lo que no es moco de pavo) y no a un defecto de mi gusto, que me resultaba bastante improbable dado que tengo especial predilección por la temática realista, particularmente la autobiográfica, y este volumen, que forma parte de una “trilogía de las novias”, se presentaba, como todos los suyos, como un fragmento de la memoria auténtica del autor.
No hubiera leído nada más de Jeffrey Brown si La Cúpula no me hubiera mandado por sorpresa un ejemplar de Pequeñas cosas. Bueno, me dije, ya que me lo mandan le daré otra oportunidad. Y no sé si se debe a que en este volumen se recopilan historias de diversa extensión en las que el amor deja de ser el tema exclusivo para convertirse en un elemento más de su día a día junto con la familia, los amigos, el trabajo o la creación artística; a que he acabado acostumbrándome a su dibujo, tan poco apto para ojos acostumbrados a un dibujo “clásico proporcional” (aunque los míos son muy “abiertos”); o a que mi sensibilidad ha evolucionado un tanto o está más libre de lo que estaba en aquel tiempo, pero ahora ha conseguido mi atención y sí, me gusta.
Al terminar de leer un libro como éste descubres que ese dibujo deslavazado era capaz de comunicar cualquier estado de ánimo mejor que cualquier detallado estudio del cuerpo humano. Y de repente te encuentras en la piel de Brown cuando admira el impresionante paisaje del parque natural de Stehekin, que destaca mediante viñetas a toda página mientras va dando cuenta de cada pormenor del par de semanas que pasa allí con un amigo y su ambigua compañera, en los que le vemos observar y escuchar todo lo que ocurre a su alrededor, pero también dormir, pasear y comer. También cuando pasa por una situación ridícula y estresante en París en el transcurso de un ajetreado viaje en coche con una amiga. Ah, y si no tienes gato en casa, será como si lo tuvieras, porque aparece como secundario en varias historias (y es que es una de las pasiones de Brown, hasta el punto de dedicarle todo un volumen, de próxima publicación por La Cúpula, Cat Getting Out Of A Bag).
El mejor resumen, concreto y sencillo como no podía ser menos, de la actitud creativa de Brown, particularmente en este libro, son estas palabras: “No sé si [las pequeñas cosas] son las cosas más importantes, pero le dan forma a nuestras vidas y por tanto creo que son realmente importantes. Para mí, tienen tanto significado estos momentos como las grandes cosas que nos puedan ocurrir en la vida.” (El resto de esta interesante entrevista puede leerse aquí: www.13millonesdenaves.com/especiales.php?idespecial=42 )
Ni que decir tiene que estoy deseando leer el resto de sus obras y, por supuesto, redimirme ante Inverosímil.