viernes, noviembre 07, 2008

Agua y otros cuentos, Torgny Lindgren

Trad. Marina Torres y Francisco J. Uriz. Nórdica, Madrid, 2008. 215 pp. 18€.

Juan Gómez Espinosa

Hay voces capaces de anular tiempo, lugar e ideología. Voces capaces de anular circunstancia. La identidad individual es otro asunto, claro, ya que (debería) permanecer fija en su esencia, incluso en su sana movilidad. Sin embargo, esas voces que devastan coyunturas también pueden llegar al tuétano de esa identidad esencial de cada cual, obligar a ser observadas y, finalmente, asimiladas. Conexión de entrañas, vaya. Es una suerte poder escuchar esas voces alrededor de una mesa, con un café humeante o una de esas cervezas que en los países nórdicos te sirven en grandes y estilizadas jarras (cervezas con sabor determinado). El afortunado que entre en ese mínimo auditorio podrá escuchar una voz que se desplaza suave, fluida, tejiendo una historia sometida a breves, muy breves, digresiones, hijas del suave éxtasis de la misma voz al ser enviada. Una voz que no corresponde a la oratoria académica pero que genera su propio ritmo, que genera su propio aire, que genera su propia historia. Porque esa historia, balanceada por esa voz, sólo puede pertenecer a sí misma. La voz no gritará en ningún momento, tampoco gritarán sus personajes pese a estar echando abajo todo muro con sus palabras, sus silencios y sus actos. Los personajes que son, sólo, de esta historia que es, sólo, de esta voz. Quien no tenga la suerte de encontrar la mesa con el café, o la cerveza eterna, o, sobre todo, con la voz señalada, puede, al menos, disfrutar de este libro que recopila veinticinco años de labor cuentística de Torgny Lindgren. Será lo mismo, aunque sobre papel.
Más que flaco, insignificante es el favor que le hago al veterano Lindgren hablando con entusiasmo sobre él (perdón, sobre su obra). No lo necesita. Es lo que tiene ser un sabio maestro, un ejemplo de voz. También sería una necedad sacar apuntes de cada uno de sus cuentos; diría demasiado de mí y muy poco de él. Sin embargo, como me pagan por renglón (es broma) allá va una pequeña muestra de lo que una mente pequeñuela como la mía puede sacar de alguno de ellos (y no será, ni de lejos, todo lo posible):
-Agua: la imposibilidad de todo tipo de fertilidad sin la voluntad del deseo.
-Las palabras mayores: la ambigüedad entre misticismo y mero aprovechamiento carnal.
-La hermosura de Merab: el odio de lo muerto hacia lo vivo (esto sí es realismo mágico y no el cansino e hipertrofiado del cono sur americano).
-Rut y Signar: el sometimiento del ser humano a su propia creación de la divinidad.
-Alfred Krummes: la pureza pese a los vaivenes del mundo.
-El apóstol Santiago: la verdadera senda de la Verdad (si es que existe).
-Das Lied von der Ende: una paráfrasis sobre la génesis de una obra maestra, una historia que, de no ser cierta, debería serlo. Y además con una explicación somera y naturalista de lo que es una escala pentatónica.
-El entierro de Thomas Mann: el genio que prevalece a pesar de los que se acercan a su cadáver.
Etc. Detrás de cada coma estaría esa voz sabia y generadora de su propia cadencia. Si debiera encontrar algún “pero” (por eso de ser crítico, más que nada) sólo señalaría el frágil equilibrio en el que se mueven los relatos de Buda y la paloma y El pase atrás, próximos a la filosofía para tocador de menopáusicas y esnobs vegetarianos tipo Coelho, pero salvados finalmente por la sabia técnica del maestro Lindgren.
Gracias, maestro, y gracias a Marina Torres y Francisco J. Uriz por dejar a un lado los egos y homogeneizar en sus respectivas traducciones la voz originaria. Un placer.

jueves, noviembre 06, 2008

Las puertas de lo posible, José María Merino

Páginas de Espuma, Madrid, 2008. 224 pp. 15 €.

Fernando Sánchez Calvo

Un libro es un objeto curiosamente movedizo, que puede permanecer estable, en su forma de paralelepípedo, o abrirse en tantas posiciones como láminas, que, como he dicho, tienen todos sus lados exentos de sujeción, excepto el que las une a las demás, de forma que giran sobre él, adelante y atrás, como las puertas de las construcciones históricas de Tierra.
No lo dice José María Merino, autor de Las puertas de lo posible (Editorial Páginas de Espuma, Prólogo de Eduardo Souto), sino uno de los muchos desheredados vitales que ocupan las páginas del último recopilatorio de cuentos del escritor gallego. Concretamente la cita pertenece al relato El viaje inexplicable, donde el libro, especie en extinción allá por el siglo XXIII, XXIV o XXV (poco importa), se erige como protagonista y como último secreto de una civilización de la que apenas se encuentran ya huellas. Esa civilización es la nuestra.
Desde Philip K. Dick y su novela ¿Pueden los androides soñar con ovejas eléctricas? e incluso, si rastreamos más, desde el mismísimo Julio Verne, el interés de los artistas por centrar una historia en el mañana para hablar del presente ha dado muy buenos resultados y éste no es una excepción. En Las puertas de lo posible, Merino reinventa un futuro (tarea harta difícil en literatura) no sólo a partir del espacio, no sólo a partir del tiempo y no sólo a partir de los personajes que deambulan por estos cuentos. Lo importante es que reinventa otro futuro a partir del lenguaje.
Por ello, todo aquel que se aventure a leer este libro debería empezar por el final, por el glosario, y debería familiarizarse con términos como “terro”, “burga”, “ferrulio”, “esnicolas”, “auvi” o “maquinena”. En general, no es digno del buen escritor explicarse delante del lector. Sí es digno, sin embargo, darle el idioma y sus herramientas (las palabras) cuando el nuevo mundo descrito es, valga el contrasentido, tan nuevo y viejo a la vez.
Mundo de extremos, hipermoderno, paradójico, donde conviven:
1. Ateos en extinción y fanáticos religiosos en claro ascenso.
2. Ratones de baja ralea (piel gris) y princesas cuyo mayor aliado es la dermoestética.
3. Guardianes del agua y ecoterros, terroristas del futuro, que, de perdidos al río, defienden la libertad de cauce para el líquido elemento a pesar de la autodestrucción que dicho acto supone para la Tierra.
4. Espacios reales que parece mentira que sean de verdad y playas imaginarias que parece mentira que sean de mentira.
5. El amor real y el amor virtual, pero el amor.
Y a pesar de ello, de la imagen desamparada del futuro que en principio pueda trasladarse al lector, la visión de José María Merino es positiva. Como recoge Eduardo Souto en su prólogo, el hecho de que Merino siga haciendo literatura a pesar de los tiempos que corren y correrán es toda una reivindicación de la alegría. Por ello Las puertas de lo posible no huelen a apocalipsis, a fétidas profecías sobre el final de los finales. Dentro de unos siglos comprobaremos (desde una perspectiva lúdica, por supuesto) cuánto se parece el futuro al futuro de José María Merino. Para entonces a lo mejor ya ni leemos, pero eso ya es otra historia.

miércoles, noviembre 05, 2008

Los pequeños maestros, Luigi Meneghello

Trad. Elena Grau. Barataria, Sevilla, 2008. 288pp. 19 €.

Marta Sanz

Aunque a menudo se olvide, lo más importante a la hora de escribir un libro es tener algo que contar. Algunos autores se apropian de historias que no les pertenecen y las hacen suyas –lo cual es un procedimiento legítimo-, mientras que otros convierten las historias en un pretexto para trenzar la palabra literaria –lo que resulta un poco más cuestionable-. Luigi Meneghello, representante de la llamada narrativa partisana, tiene sin duda mucho que contar: su experiencia como miembro de la Resistenza, en la que dirigió un comando entre 1944 y abril de 1945, fecha de la victoria contra el fascismo. Una victoria que nunca se puede considerar definitiva.
Meneghello tiene mucho que contar y decide hacerlo no a través de un texto ensayístico, sino por medio de un relato en el que el primer requisito consiste en buscar la forma de tomar distancia cuando se pretende comunicar al otro, literariamente, lo que incumbe a esa primera persona de la narración que, en Los pequeños maestros, coincide con el yo del autor, con sus vivencias, con su biografía. El propio Meneghello da cuenta de esta dificultad en la nota de autor que incluye esta, bella y cuadradita, edición de Barataria. Meneghello, juez y parte de un fragmento de la Historia que es su propia historia, opta por buscar un molde narrativo que no es exactamente novelesco y nos ofrece un relato en el que lo más destacable es su capacidad para huir de la hagiografía y del autobombo, al mismo tiempo que se lleva a cabo un ejercicio de responsabilidad introspectiva e histórica: el autor-narrador escribe desde una posición de poder –casi risible por la juventud del momento en que dicho poder se ejerce-, en la que no hay arrepentimiento ni deseo de justificarse por los derramamientos de sangre. La exigencia histórica no se reviste del contrito buenismo que a veces caracteriza otras narraciones de esta misma índole. En Los pequeños maestros no hay mea culpa retumbante sobre la caja torácica, del mismo modo que tampoco hay palmaditas en la espalda. No hay contrición, pero tampoco soberbia; no hay mala conciencia ni exaltación de un heroísmo personal que forma parte del heroísmo colectivo: el relato discurre con la naturalidad de los que se atreven a tomar decisiones, con la conciencia de que se es libre sólo hasta cierto punto, pero que en todo caso se debe ejercer esa pequeña libertad haciendo de los actos expuestos de la existencia una manera de ser frente a la que el lector tampoco está en condiciones de juzgar, sino de compartir.
La Historia se relata como se vivió: a salto de mata, indeterminadamente a ratos, mientras que otras veces se consiga con el detalle y la minuciosidad cronológica de los grandes acontecimientos. El tono épico del relato se logra precisamente a fuerza de evitarlo a través de una serie de recursos que parecen contravenir los hitos clásicos del género: la elipsis sistemática del tremendismo con el que se podrían haber narrado los momentos más crudos; la verosimilitud de la especie de amnesia que el narrador se autoinduce a la hora de evocar cómo se mata a un hombre a través de una mirilla telescópica; las descripciones de la naturaleza –no es una foto en blanco y negro de las escaramuzas guerrilleras, sino un apunte impresionista y coloreado- y de la domesticidad a cielo abierto de los partisanos que gozan con la modesta pizca de margarina que da sabor a la polenta rutinaria; unas botas que van demasiado grandes y hacen que el caminante ande zancajeando; un sentido del humor en el que tampoco se percibe la vanidad de la ironía, sino la sencillez de las circunstancias cotidianas que nos hacen reír... Todo ello pone de relieve la grandeza de la hazaña partisana narrada en una suerte de arte menor que cala por dentro a los lectores. La jovialidad, la camaradería, el miedo, la desmesura, la ingenuidad e incluso la empanada mental e ideológica, neutralizada por la necesidad perentoria de la acción, hablan de la juventud de unos personajes a los que, ejerciendo la ironía sobre uno mismo y no sobre los otros como pedrada tras la que después se puede esconder la mano, se les da nombre ya en el título de un libro que, desde la mirada del narrador maduro, desprende juventud, fuerza, y refleja un espíritu, tan confuso como determinado: la discrepancia por el matiz ideológico, tan idiosincrásica de los movimientos de izquierda y a la vez tan nefasta y destructora -¿enriquecedora?-, importa bastante poco cuando las circunstancias se imponen. La belleza de ciertos pasajes y la comicidad de otros no sirven para hermosear la desgracia, para hacer literatura de la penalidad, adoptando una posición moral y literariamente cuestionable: la fuerza de la responsabilidad del autor-narrador-personaje Meneghello, su capacidad para asumir esas culpas que se echan desde la comodidad de los tiempos de paz, evitan que Los pequeños maestros se despeñe por la barranquera de la corrección política, de la doble moral y de esa mirada lacrimógena y equidistante hacia la Historia que a menudo humaniza a la Bestia a fuerza de evitar un maniqueísmo que en algunos momentos es imprescindible. El conflicto moral, tan querido en el espacio de la literatura, no interesa en la narración de Luigi Meneghello; no interesa la crisis ni la angustia retrospectiva, sino el hecho de que los pequeños maestros se hicieron adultos y después envejecieron para recordar con ternura, pero sin nostalgia: una forma de memoria que fija el proceso de crecimiento de una generación de intelectuales forjada en la exigencia de ser primero y fundamentalmente hombres de acción. Hombres de acción cuyo perfil se engrandece frente a los que optaron por mantenerse en una falsa neutralidad, vital y estéticamente; frente a los que se convirtieron en cómplices al preferir los márgenes o las esquinas de lo real para conservar las manos limpias, lavárselas o perderse por las ramas de una poesía hermética a la que Meneghello no le dedica precisamente elogios. Los pequeños maestros nos ofrecen su última y modesta lección de Historia y de humanidad a lo largo de estas páginas instructivas, hermosas y, sobre todo, verdaderas.

martes, noviembre 04, 2008

Hasta mañana, Juan Manuel Romero

Pre-textos, Valencia. 2008. 64 pp. 7 €.

Ana Gorría

Tras publicar Invitaciones sospechosas (2001), Casa quemada (2004), Las invasiones (2006) y Golpes (2007), libro de prosa poética en colaboración con el pintor Javier Parrilla, Juan Manuel Romero presenta su quinto libro de poemas bajo el auspicio del Premio Emilio Prados en la editorial Pre-textos.
Tres secciones estructuran Hasta mañana de Juan Manuel Romero, tres núcleos de sentido en los que el poeta nos sitúa en espacios de búsqueda y de incomprensión, de posibilidad y de impotencia. A través del título, también nos propone una lectura que es al mismo tiempo, o que pretende ser, esencial e inmersa en la historicidad, promoviendo un curso dialéctico que es posible considerar el eje sustancial de este poemario, un poemario que se sustenta, como he dicho anteriormente, en la fragilidad del sujeto, en la desconfianza hacia el lenguaje y hacia el propio sentido de la temporalidad.
Desde su título, Hasta mañana, encierra la posibilidad de un lenguaje cordial, la certificación de una despedida y, al mismo tiempo, la necesidad y la posibilidad de un reencuentro. A ese reencuentro, que la propia voz poética constata como un acceso difícil, esquivo, árido, se dirige una voz que reclama nueva atención y fe para la palabra poética, para el propio pensamiento poético, que asume la tradición como una suma de conatos frustrados: "cada equivocación es otra forma/de mantenerme alerta, claridad/sobre la piel labrada por el agua". La posibilidad de la tradición a la que acude Juan Manuel Romero, encarnada en las citas de Rilke, Blanchot y Clement Rossent, se plantea como una herencia de la equivocación, un punto de encuentro, tal vez fallido como vengo repitiendo, pero para el que no cabe constatar un fin definitivo y para el que se reclama una fe que sea capaz de sostenerse sobre la poesía, tal y como nos indica en el poema perro: "créeme, necesito/esta prórroga de luz,/agua en los labios mientras todo arde".
En el fondo de esta propuesta, es posible acudir a las poéticas del recelo, que como he dicho, se vienen acuñando entre las más últimas propuestas de la poesía reciente. La incapacidad de los propios discursos, de los propios relatos para subrayar la relación entre hombre y mundo, conciencia y naturaleza, rota la posibilidad del sentido común, el marco de la representación, los andamiajes del sujeto y de la identidad, instaurando el poema como la posibilidad de una conciliación, a través de la dialéctica, entre todos esos espacios fracturados sobre los que se levanta este poemario: la intimidad y el afuera, el presente y el futuro, el ser humano en relación con los demás, en un movimiento dialéctico que también arrastra posiciones de violencia y de daño inflingido sobre la propia conciencia poética —“Pero he oído el golpe/de lo que somos contra lo que somos”— en un poemario en el que, como he dicho, cabe leer mucho del propio concepto de deconstrucción – y la necesidad de seguir levantando arquitecturas-asentado en un discurrir poético que concilia la imagen, en la que predominará el símil, con cierta tendencia a un feísmo suavizado, como intento de posibilidad de acceso o de puente ontológico hacia lo real "Igual que el tacto de un billete sucio", "la mañana se oxida como orín" y la estructura diáfana y precisa de unos poemas en los que la voz certificara la incomprensión, la necesidad y al mismo tiempo, la imposibilidad, de un sentido, la prevalencia de la ironía, como ruptura de un pacto comunicativo con el sujeto y con el mundo, sobre la analogía, prevalencia presente desde un punto de vista retórico en la constante presencia del símil frente a la metáfora, una presencia que nos indica la necesidad de encontrar y proponer ligazones ontológicas, de acceso, frente al mundo exterior a la conciencia. La propia trabazón de los poemas se instala en aquel modo arquitectónico que T.S. Eliot, bautizara como correlato objetivo, un hecho que en tanto en la dicción como en la expresión se manifiesta como cristalizador de las obsesiones poéticas que guían al poeta: la violencia de lo inmediato, la presencia del universo referencial de lo cotidiano-patente no sólo en el lenguaje, sino en títulos como accidente, desempleo, biopsia, separación, una conversación-, siempre a punto de ser trascendido para dar cuenta de nuevo de la certificación de la propia impotencia del acceso "Donde la realidad/es una gota de agua que se evapora al sol". El motivo del correlato objetivo se ancla en vivencias universales y al mismo tiempo cotidianas:
Hasta mañana, es una exploración que aporta nuevas soluciones expresivas al acervo de la tradición de la que parte el poeta Juan Manuel Romero –tal vez, el mayor riesgo que corre este libro- demasiado presente y visible en ocasiones, y que es capaz de dar forma a la problemática de la referencia, del símbolo y de la identidad, de la conflictiva relación entre sujeto y mundo con poemas como el poema Sequía: "Soy una parte de lo que se agota, / maleza de mí mismo,/ un ciego que, asustado, encendiese una lámpara."

lunes, noviembre 03, 2008

El sueño de Dakhla (Poemas de Umar Abass), Manuel Moya

III Certamen de Poesía “Vicente Presa”. Algaida , Sevilla, 2008. 6 pp. 12 €.

Diego Vaya

No es la primera vez que el poeta, narrador y traductor Manuel Moya (Fuenteheridos, 1960) intenta abrir un nuevo camino a través de la heteronimia: ya lo había hecho antes –que se conozca de momento– con Violeta C. Rangel, que encarnaba un sujeto poético marginal y con un lenguaje descarnado y directo, dentro un personalísimo uso del llamado realismo sucio, en libros como La posesión del humo (Hiperión, 1998) y Cosecha roja (Baile del sol, 2007).
Ya desde el subtítulo del poemario el autor nos plantea una de sus claves. El libro está formado por los textos del poeta Umar Abass, nacido en 1942 en el Sahara Occidental y cuya vida está marcada por el exilio. La idea del exilio parece convertirse de esta forma en uno de los temas más importantes dentro de la obra poética de Manuel Moya: Umar Abass es un exiliado político, al igual que es una exiliada Violeta C. Rangel, aunque en este caso se trate de un exilio social. Pero además de encontrar esta idea en sus heterónimos, también en los poemarios publicados con su nombre Manuel Moya muestra el exilio de manera recurrente y desde distintas perspectivas.
Sin embargo, hay que señalar que en El sueño de Dakhla se produce una evolución de este tema. Si bien por la biografía ficticia de Umar Abass se entiende que el personaje emprende un destierro forzoso, a lo largo de los poemas del libro asistimos a un cambio sustancial, donde lo que era la huida y la exclusión, se convierte en un peregrinaje revelador, que lleva al conocimiento de sí mismo y a arrojar luz sobre algunas parcelas de la existencia. En este peregrinaje resultan fundamentales la tradición literaria propia del sujeto poético y la reflexión a partir de la realidad, esencialmente a través de los elementos de la naturaleza. En los poemas hay referencias a la tradición literaria en lengua árabe, a autores como Firdusi –al que se alude directamente en dos textos–, a los poetas sufíes, etc. La pervivencia de los autores árabes no sólo se presenta en citas o en títulos a modo de homenaje, sino que su influencia se percibe en la misma estructura de los poemas, en el léxico, en los símbolos, en la imágenes, en las comparaciones, en los temas, lo cual dota al poemario de una gran coherencia. Pero no nos engañemos: la tradición está reelaborada, actualizada por la visión y por la travesía vital de Umar Abass.
Las circunstancias históricas relacionadas con el Sahara no se exponen de forma directa en los poemas. De hecho, sin leer la seudobiografía que acompaña al texto, difícilmente podríamos pensar que Umar Abass se ha visto inmerso en esa situación. Y, sin embargo, la guerra, el destierro y la soledad claro que están en todo el libro. He aquí uno de los grandes logros de El sueño de Dakhla: las referencias a la realidad son trascendidas continuamente. Tanto los elementos de la naturaleza en los que se apoya el discurso como la presencia de lo cotidiano se vuelven universales, ensanchando la mirada del lector. Ejemplo de esto lo tenemos en el poema “A veces un hombre despierta...“, en el que algo tan común como encender una luz en medio de la noche consigue el autor dotarlo de una significación por encima de lo anecdótico: “Y eso basta, bastaría para creer más allá de lo cierto, / para esperar más allá de la esperanza, / para saber que sólo lo vivo hace temblar lo vivo, / como el leve pájaro la rama donde se posa”. Así sucede también en ciertos espacios: Dakhla no será sólo un territorio real, sino un ámbito simbólico que se contemple con nostalgia (“Variaciones de Dakhla”) o un paraíso perdido al que volver en claro contraste con el presente; otro tanto pasará con la casa, lugar en el que se debería encontrar seguridad, y que en “Si así lo quieres” está condenada a la destrucción por más esfuerzo que se haga, mientras que en “Al viejo Firdusi” parece ofrecer una tregua al caminante.
La naturaleza, concretada en el paisaje desértico, con su quietud, con su dureza y sus relámpagos de vida, se revela como punto de apoyo para la reflexión. No son pocos los elementos significativos que aparecen con regularidad, como la duna, el viento, la luna o el pájaro, pero por su importancia podemos destacar uno: el camino. Antes hemos mencionado que el peregrinaje conduce al conocimiento, a explicar, en la medida de lo posible, una parte de la verdad y de la existencia. El camino, realidad y metáfora, es un tópico de la literatura, aunque aquí admite variadas lecturas: si en el poema “Migraciones” con el camino comienza el destierro, que sigue en “Compañas sagradas” –texto con una particular revisión del carpe diem–, hasta que en “Grullas”, que cierra el poemario, es el cansancio de aquel que “mire donde mire, todo (...) es nada”. El camino se convierte, en esencia, en una representación de la condición del ser humano, permanente exiliado, para quien “hasta el camino más hermoso se hace duro”.