viernes, octubre 31, 2008

Doble Mirada: La lección de anatomía, Marta Sanz

RBA, Barcelona, 2008. 300 pp. 18€.

1. Óscar Esquívias

Natalia Ginzburg lo sabía muy bien: hay una serie de palabras o comentarios que los adultos nos repiten durante nuestra infancia y adolescencia y que (sin que ellos sean conscientes) acaban marcando nuestra personalidad y nuestra forma de ver la vida. Por ejemplo, una madre puede decir a su hija cosas como: –Marta, no seas egoísta. –Esa niña no me gusta nada. –Deja eso, que no alcanzas. –Tienes que ser una persona independiente. Todo muy corriente, sencillo, casi banal, pero en ese «léxico familiar» está la clave de nuestra vida, de lo que somos. A menudo sin ser conscientes, durante toda nuestra vida vamos interiorizando, obedeciendo (o reaccionando) ante estas consignas ajenas que convertimos en propias. Hay ciertos escritores que, en un momento dado de su madurez, son capaces de reflexionar y de descubrir esos momentos del pasado en los que, bajo una apariencia cotidiana e inocente, se hallan las claves de nuestra personalidad, de nuestra forma de sentir y de entender el mundo. Esos escritores convierten su biografía en una novela en la que pueden ser narradores omniscientes pues poseen la información que les faltaba cuando simplemente eran personajes de su vida. Ahora pueden escribir desde la lucidez, desde la comprensión, desde un faro que ilumina el pasado. Y eso es lo que ha hecho Marta Sanz en La lección de anatomía. Aparentemente en esta novela la autora nos cuenta su vida desde la infancia hasta la actualidad. Digo «aparentemente» porque yo no sé si lo que narra es realmente cierto (como parece) o algo totalmente inventado, una recreación libre. Da igual; la importancia de este libro no radica en lo testimonial, ni en su fidelidad a lo vivido. Es una novela y sus valores son literarios. Marta Sanz nos va a narrar morosamente –y yo diría que amorosamente–, con extraordinaria atención y detalle, ciertos episodios aparentemente nimios de su vida, especialmente de su infancia, adolescencia y juventud. Se centra en esos periodos, pero lo hace siempre desde la perspectiva de la madurez: La lección de anatomía no es una novela de aprendizaje con golpes de efecto, con la autora disfrazada de colegiala impostando una voz ingenua. No. Esta novela es una introspección reflexiva narrada desde la experiencia, un ejercicio de racionalización y comprensión de lo que en su momento se vivió de forma natural e inconsciente. Marta Sanz lo hace con un estilo sobrio y poderoso, muy persuasivo, alejado de toda retórica y lleno de expresividad, con imágenes de gran poder plástico (como cuando describe el desnudo de una tía suya, sumergida en la bañera de casa: «El pelo del pubis flota como el musgo. Es un animal que se esponja y sube hacia la superficie para coger aire»); tiene un oído infalible para evocar el lenguaje oral, para sintetizar en una frase el carácter de un personaje; es capaz de convertir lo cotidiano en extraordinario, de dotarlo de un valor paradigmático que trasciende la anécdota personal. Yo admiro especialmente su capacidad para crear personajes. En La lección de anatomía demuestra una fecundidad casi barojiana, hay una miríada de secundarios que se asoman apenas unas líneas y nos deslumbran por su naturalidad, por la sensación de verdad que transmiten: tías que llegan de visita a su casa de Benidorm, un primo favorito que patina en una pista de hielo y desaprueba los amores de la protagonista, compañeros del instituto emocionados porque van de excursión a Almería y se van a ver unos a otros en bañador, la madre de una amiga que regenta una tienda de souvenirs, unos adolescentes que hablan por la noche bajo su ventana, un profesor que concede matrículas de honor a los alumnos guapos que llegan de provincias, un policía secreta que espía a las chicas que asisten a un concierto... Otros personajes tienen mayor desarrollo y hay dos extraordinarios: el de la madre y el de la protagonista (y narradora de la novela), que es la propia escritora o alguien que se llama como ella. Marta Sanz (hablo del personaje) es toda una creación. Es un personaje complejo: su inteligencia y su capacidad de racionalizar sus sentimientos no siempre la llevan a ser coherente. A menudo se autoimpone de forma casi enfermiza complacer a personas que en realidad le importan poco o cuya actitud desaprueba (una maestra, una amiga, una jefa, unos alumnos). A menudo su mundo interior entra en conflicto con el exterior: vive como si estuviera jugando, como si la realidad fuera algo ajeno y convencional, pero al tiempo se toma el juego tan en serio que puede llegar a sufrir. Es un personaje sincero y también –curiosamente– pudoroso: la sexualidad, la política, las inquietudes religiosas o existenciales (sin estar, ni mucho menos, ausentes) no merecen la atención tan detallada –a veces microscópica– que dedica, por ejemplo, a la amistad, al sentimiento maternal, a la competitividad o a las relaciones de dependencia o de poder. Esta novela (parafraseando de nuevo a Natalia Ginzburg) se podría haber titulado también «Léxico familiar», o «Léxico docente» (el mundo académico tiene gran importancia en la obra y en cierto modo es un símbolo de toda la sociedad y de sus reglas de autoridad, alienación y sometimiento), o quizá, más propiamente aún, «Léxico femenino», puesto que fundamentalmente la autora nos narra su relación con las mujeres: con su madre, la abuela Juanita, sus tías, sus maestras, sus amigas. Las figuras masculinas (el padre, su novio juvenil, su marido) pasan fugazmente por sus páginas y se mantienen en un segundo plano. Aparte de todo lo dicho La lección de anatomía es una de esas obras que entablan un diálogo con el lector: uno no puede permanecer impasible ante estas páginas, que invitan al recuerdo y la reflexión. He cerrado el libro muy conmovido. Yo le agradezco de corazón a Marta Sanz esta La lección de anatomía que, en realidad, lo es de literatura.

2. María Ruisánchez

La lección de anatomía de Marta Sanz es un ejercicio de honestidad en el que su autora tensa la cuerda de la realidad hasta convertirla en ficción. La novela bien parece una autobiografía sin tapujos de una vida cotidiana, verosímil… Normal. Pero es mucho más que eso, es una reflexión personal, una manera de ver el mundo desde la óptica de una mujer contemporánea que ha crecido pareja a la reciente historia del país. No hay nada en esta novela que nos saque de sus contextos, de esa España de los años 70, 80 y 90, que por otro lado tan magistralmente está retratada. Época que para muchos será el recuerdo de sus propias vidas y que a mí me lleva a las anécdotas de juventud de mis padres, repetidas tantas veces, acerca de la educación, la transición, los grises, la política… No obstante, estos hechos y escenarios fácilmente reconocibles, lejos de ocupar el primer plano en la novela, dejan el protagonismo a Marta, la niña inteligente y precoz, que se plantea la realidad, las relaciones, el comportamiento de los demás; la adolescente que se disloca por propia imposición o la mujer madura de palabra, tan coherente con la niña que fue.
Lo imposible en esta novela es no identificar a la autora con la protagonista, de hecho muchas son las casualidades: mismo nombre, mismo oficio, mismos gustos, misma edad… Así que podríamos concluir con la rotunda y evidente afirmación: la autora es la protagonista. Entonces estaríamos ante una biografía o unas memorias. No obstante, La lección de anatomía es más bien, un diálogo que hace Marta-personaje con Marta-autora con el corazón en la mano. Es lícito reseñar que la honestidad y sinceridad de la obra sitúan al lector en el papel de confidente. A éste, la escritora muestra su lado más sincero. Sin pudor mata sus propios demonios y rescribe una vida que tal vez necesitaba poner en papel a modo de terapia, como ella misma asegura hizo con otra novela. “Con ese amor, con mi segundo amor, comienza uno de los periodos más tristes de mi vida. Ya no tiene la menor importancia. Escribí un libro”.
A mí, que también comparto esa actitud de escribir para curar, me parece muy respetable hacerle llegar al mundo la historia cotidiana de una mujer reconocible, cercana, coetánea. Así otros podemos vernos reflejados y realizar también un ejercicio de sinceridad con nuestras propias vidas, pues ya lo dijo Tarkovski: “Las cosas no son como fueron, si no como las recordamos". No obstante, Marta Sanz va más allá de sus recuerdos, sopesa su vida con el empeño de un relojero que fuese encajando ruedas y tuercas, dientes y engranajes, recomponiendo sus recuerdos escrupulosamente, quizá para explicarse dónde está hoy, quizá para comprenderse o quién sabe, para convertirse en personaje de ficción y poder hablar de sí misma en primera persona sin engañarse, sin defraudarse.
Es obvio pues que el título de la obra, La lección de anatomía, como el cuadro de Rembrandt en el que se disecciona un cadáver, no es casual. La autora ha querido hacer lo propio con su vida. Con una narración del yo en primera persona se ha remontado a su infancia, sin poder evitar saltar del presente al pasado, hacer conjeturas, sacar cabos e hilar acontecimientos hasta llegar a los cuarenta años. Todo ello con una prosa tan certera como la disección de ese cadáver, que acierta y sobrecoge con descripciones tan realistas y vívidas, que cuesta no imaginarse los escenarios, las compañeras, los bares, Madrid, Benidorm, las calles… Ese escrupuloso análisis del yo y sus circunstancias nos ayuda a reflexionar sobre nuestro propio yo, al ver en el papel impreso la franqueza de la autora en reflexiones que a buen seguro nosotros nos hemos hecho infinidad de veces, pero que por el contrario, no nos hemos atrevido siquiera a repetir en voz alta


jueves, octubre 30, 2008

Casa de misericordia, Joan Margarit

Premio Nacional de poesía. Visor, Madrid, 2007. 149 pp. 10 €.

José Manuel de la Huerga

Es probable que la poesía sea tan sólo una cuestión de intensidad. Empiezo por el final, un interesante epílogo con que Margarit cierra su Casa de Misericordia. En él intenta reflexionar sobre las cartas trucadas de su baraja poética: poesía exacta y concisa, la contradicción entre soledad y reconocimiento público, reencuentro y asimilación de Romanticismo y Vanguardia, la poesía como caja negra donde nuestra soledad entra de una manera para salir más consolada, más feliz si se puede decir.
Confieso que la primera lectura del libro de poemas me sorprendió. Margarit es un maestro de ese raro ejercicio de concisión cargado de hondura, de ecos de melancolía. Consigue crear la atmósfera de la verdad como espejismo, y si vamos a analizar la urdimbre del texto, encontramos la cotidianeidad, la memoria, la voz familiar del viejo derrotado, como las columnas de esa construcción.
Volvemos a los poemas días después y uno siente que le han dicho todo, que su intensidad se dio completa en su primera lectura. Esto, aunque parezca tara, no lo es en esta manera de entender el poema como artefacto que nos regresa a un estado anterior que no existe: la falsa melancolía que es consuelo.
No es desdoro del poema, yo lo comparo con la música, que en palabras del propio Margarit, junto con la poesía son las únicas que le acompañan en la intemperie de la vida. Repetir una melodía nos trasporta al momento de su primera audición, y si falta alguien, si el momento contrasta en claroscuro con aquel otro del pasado, salta la chispa, se crea esa rara intensidad de la que habla el poeta. Margarit siempre lo consigue. El tono memorialístico, cadencioso, conversacional del vencido apunta en esa dirección.
Los poemas de Casa de Misericordia constituyen un ejercicio de recuerdos. El poeta se siente viejo en un tiempo duro de posguerra que le tocó vivir. Los hospicios son lugares, que a pesar de su frialdad, cumplen con la misión mínima de amparo, frente a la intemperie de la soledad, del hambre, de la represión. La ciudad de León, en invierno, un invierno lluvioso, en el patio de una de aquellas casas de misericordia, es un magnífico ejemplo de esto que venimos intentando señalar:

Bajo el gélido azul del cielo de Castilla,
como si la esperanza hubiese atravesado
la lluvia de la noche, oigo sus voces
y veo cómo juegan en el patio.
El sol de invierno
se acerca, maternal, a acariciarlos.
Miran con ojos de color de hospicio
esta alberca vacía del futuro,
pero sus pies contentos saltan
charcos de lluvia azules reflejando en el cielo
que esta invernal mañana les promete la vida.

La vida como pálido reflejo de la plenitud del cielo, el cielo frío de Castilla. Enseguida acude a la memoria del lector el último verso que encontraron en el bolsillo de la americana de Antonio Machado el día de su muerte en Collioure:

Estos días azules y este sol de la infancia

Margarit sabe que la lluvia, el frío, los trenes, el viajero que parte y que no vuelve, los diarios secretos de posguerra, el paseo solitario por una riera, configuran el mejor escenario para la tristeza consoladora. El recuerdo de la muerte de su hija Joana salta en forma de niña, de consuelo invertido, de habitación juvenil donde los padres viejos hacen las maletas para irse de viaje… He de decir, y esto es un asunto personal con la poesía, que un excesivo autobiografismo me aleja del poema, me parece exhibicionista, pero estos límites son borrosos, y debo seguir releyendo y pensando en ello.
Sin duda, en una primera lectura, la intensidad del poemario ha conseguido lo que pretendía: envolverme en la atmósfera de la posguerra española, llevarme al territorio del frío y de la lluvia, sinónimos de la vejez y de la muerte. Y, sin embargo, hay consuelo a esta intemperie, en la voz del poeta.

miércoles, octubre 29, 2008

Las manos pequeñas, Andrés Barba

Anagrama, Barcelona, 2008. 112 pp. 12 €.

Carmen Fernández Etreros

Sorprende y preocupa desde sus primeras páginas este libro breve de Andrés Barba Las manos pequeñas. El joven escritor, que ya impactó a los lectores con La hermana de Katia o Versiones de Teresa, se sumerge valientemente en el universo complejo del pensamiento infantil. Esta vez para descubrir la fría e inexplicable oscuridad de la violencia entre niños. Esa infancia cruel y grupal que recuerda a El señor de las moscas de William Golding, pero en la que los adultos representan solo sombras y palabras.
La vida de una niña, Marina de siete años, cambia repentinamente cuando sus padres mueren en un accidente de tráfico: «Tu padre murió en el acto, tu madre está en coma». La frase, estas once palabras, se convierte para la niña en una cantinela constante. Desde ese instante todo se tiñe con esas palabras. Palabras que repiten los adultos en el hospital: Los médicos, la psicóloga,... Ya no hay hogar, no hay casa, no hay habitación para ella sola, no hay padres. Todo se rompe: «Un segundo después ya se había quebrado. ¿El que? La lógica. Como una sandía sobre el suelo de un solo golpe». La niña de siete años se convierte en el acompañante mudo de una muñeca rota y todo se encierra en las palabras, en los nombres. «El nombre de las cosas nos asusta. ¿Cómo puede suceder que una cosa se encierre en un nombre y no salga nunca?».
Al salir del hospital Marina es trasladada a un orfanato. “Guapa” y “buena” se convierten ahora en las palabras de los adultos. La niña Marina de siete años se convierte en el anhelo y admiración del grupo de niñas. La que ha viajado más, la que más participa en clase,... La que tiene una cicatriz en el hombro, la que se sienta silenciosa en la esquina del patio en los recreos,... «Mi padre murió en el acto, mi madre en el hospital». La diferente. La diferencia. Admiración y odio se unen sin querer en la mente del grupo. Niñas sin nombre que se mueven en círculos sobre Marina. Una sola mente grupal y sinuosa. Marina no pertenece al grupo. Los adultos son testigos sordos y mudos. Marina sufre. Marina inventará un juego, un juego serio pero inocente para poder pertenecer al grupo, para ser una más,... Un juego brutal.
El escritor Andrés Barba medita y desgrana lentamente cada una de las letras, de las comas, de los pensamientos y silencios de Marina, de las palabras y acciones conjuntas del grupo de niñas, de las partes del cuerpo de la muñeca,... Se nota la minuciosidad del trabajo del narrador en cada una de frases de Las manos pequeñas como reconoce en los agradecimientos finales: “A pesar de la brevedad ha costado no pocos dolores de cabeza y numerosas reescrituras”. Las palabras elegidas reflejan los sentimientos complejos de esas manos pequeñas: El miedo, la envidia, el amor, el odio, la crueldad,... El resultado es un estilo trabajado y certero, un viaje siniestro a los pensamientos de la infancia, a ese lugar donde todo nace, la oscuridad y la luz, lo terrible y lo inocente. Un canto tan brutal como lírico al pensamiento de los niños. A la infancia encerrada en un nombre, en una palabra.

martes, octubre 28, 2008

El documento Saldaña, Pedro de Paz

Planeta, Barcelona, 2008. 425 pp. 19,95 €.

Miguel Baquero

Hasta donde yo llego, que tampoco es mucho, fue Robert Louis Stevenson quien formuló, en su forma moderna, el mito que pronto paso a convertirse en un universal. Hablo del mito de la isla del tesoro. La historia se inicia con un viejo documento, descubierto de pronto a la muerte de alguien que lo ha estado custodiando todo aquel tiempo; en dicho documento se encuentran las claves para encontrar un botín famoso, casi legendario, el no va más de los tesoros. Sobre esta base, se amalgaman otros elementos accesorios como “los malos” (por lo general, de aspecto grotesco) que quieren apoderarse de las riquezas que, nadie sabe por qué, todos damos por hecho que están destinadas a ser de “los buenos”; o como el hombre, por lo común joven o al menos muy poco picardeado por el mundo, y desde luego bien parecido, que ha de hacer uso de todo su ingenio y todos sus recursos para descifrar el misterio que conduce al tesoro, el cual pasa a constituirse, al fin, en su recompensa por haber escapado con vida de todos los peligros. Esta es la base de La isla del tesoro, sobre poco más o menos, y lo que la ha convertido en una de las obras fundamentales de la Literatura universal. Fundamental porque en ella está todo y porque, a partir de ella, se han llevado a cabo múltiples variantes (por lo común, de forma inconsciente).
La más famosa de estas variaciones ha sido, sin duda, El código Da Vinci, éxito comercial sin precedentes. El código… no es sino una adaptación del mito formulado por Stevenson. El principal valor de la novela de Dan Brown radica en que el tesoro que buscan los protagonistas no consiste en joyas, monedas, diamantes metidos en un cofre, sino que es algo relacionado con un secreto que ampliará nuestro conocimiento. De esta manera, el lector siente que lo que hay al final del camino, de la aventura, de las páginas, de alguna manera redundará en su propio beneficio, y no dudo que fue por este afán de acceder al tesoro por lo que, en todo el mundo, la gente se lanzó como fieras a por la obra, pasando por alto su valor literario y no importándoles que, al fin, lo que se desvelaba estuviese muy cercano a la obviedad. Los lectores ya se habían hecho a la idea de que al final iban a encontrar realmente un tesoro y poco les costó conformarse con una baratija. Ésta fue, en fin, la variación (genial, desde el punto de vista del marketing) que introdujo Dan Brown en la vieja historia de La isla del tesoro.
Una historia, quién lo duda, tan atractiva, tan profunda y radicalmente literaria, que sigue (y seguirá indefinidamente) produciendo versiones. La última es El documento Saldaña, de Pedro de Paz. En ella se encuentra todo lo básico e imprescindible para echar a rodar el mito: una muerte que lo desencadena todo, un viejo pergamino con la clave, un tesoro mítico, unos acertijos que resolverán el misterio, unos malos que quieren hacerse igualmente con el botín. Desde este condicionamiento, hay que observar que, por ejemplo, el nivel literario de De Paz, sin llegar, obviamente, al formulador del mito, al genio Stevenson, es casi infinitamente superior al de Dan Brown: El documento Saldaña está, de hecho, muy bien escrito, con unas descripciones muy cuidadas, unos diálogos convincentes y un ritmo sostenido y trepidante. En este sentido, es una buena y recomendable novela de aventuras.
En cuanto a la variación que introduce en el mito me parece también interesante. En El documento Saldaña, el buscador del tesoro (a quien en los últimos tiempos acompaña una chica) no es un personaje del todo inocente, sino que es algo así como un matón a sueldo. Su corazón es bueno, porque sin eso no podría armarse la fábula, pero su naturaleza está muy cercana a la del malo (en El documento Saldaña, el malo no tiene, eso resulta imposible, la altura literaria de un Long John Silver, pero tampoco es el ridículo Silas de El Código…, a quien, para que resulte odioso, Dan Brown recurrió a hacerle del Opus). El malo en la novela de De Paz es un mafioso ruso, y la escena final (tranquilos, no voy a destripar nada) en que dicho mafioso le hace ver al héroe que no son tan distintos, que la única diferencia entre ellos es que uno se refugia tras un escudo moral y el otro no, es, sin duda, lo mejor de esta novela y una variación de ley y bastantes quilates sobre el viejo y eterno mito.

lunes, octubre 27, 2008

Hombres salmonela en el planeta Porno, Yasutaka Tsutsui

Trad. Jesús Carlos Álvarez Crespo. Atalanta, Girona, 2008. 182 pp. 18 €

Julián Díez

Antes de entrar en materia, no puedo evitar una digresión amarga. El presente volumen se cierra con una interesante entrevista con el autor. En ella, menciona en un par de ocasiones como precursor de su trabajo al autor de ciencia ficción Robert Sheckley. Soy un gran seguidor de Sheckley, y puedo confirmarlo: sus temas son muy similares, y en cada uno de los volúmenes que se publicaron en España de ese escritor hay, como mínimo, dos cuentos mejores que los que aquí se nos presentan de Tsutsui. Sin embargo, no busquen en sus librerías recopilaciones de Sheckley. Fue un autor de ciencia ficción estadounidense especializado en relato corto: un maldito entre malditos, por tanto. Las mismas personas que me recomendaron este volumen que voy a reseñar serían incapaces de poner sus muy dignas manos sobre un libro de un autor de ciencia ficción de los años cincuenta. Hace más de 25 años que se publicó por última vez en España una recopilación de sus historias, pese a que poco antes de fallecer fue invitado de honor de la Semana Negra de Gijón. Supimos entonces —por lo que contaba, pero también por sus ajadas ropas de mercadillo— que prácticamente no tenía dónde caerse muerto. Qué lástima, qué desperdicio.
Conformémonos, pues, con la obra de este muy digno epígono que es Tsutsui, y alegrémonos de que una editorial heterodoxa nos ofrezca un muestrario de sus cuentos, al hilo de su edición en Estados Unidos. Activo desde hace cincuenta años, al parecer sumamente conocido y polémico en su país, Tsutsui se perfila de inmediato como uno de esos —posiblemente muchos— buenos escritores que deben existir en países con idiomas de difícil traducción. Sus herramientas son más fáciles de enumerar que de reproducir: tramas sorprendentes, poderío en la creación de imágenes surrealistas, buen ritmo, y un sentido del humor directo, en ocasiones un tanto grueso, muy japonés. Una lectura, pues, recomendable para cualquier aficionado a los libros como fuente de placer.
El más flojo de los relatos del volumen es, a mi juicio, el que le da título. Se sostiene en un montón de chistes verdes y la elaboración de una compleja ecología extraterrestre que no va a ninguna parte. Al ser el más extenso, pone en tela de juicio que la forma de narrar de Tsutsui se sostenga en mayor número de páginas; de hecho, las novelas de Sheckley son todas prácticamente un fracaso.
Quizá mi preferido de los restantes es El límite de la felicidad, una distopía políticamente muy incorrecta con imágenes de gran fuerza, y unas últimas páginas demoledoras. También funciona bastante bien Rumores sobre mí, que lleva al límite el problema de la intromisión en la vida privada por parte de cierta prensa. El mundo se inclina es una bordería antifeminista, con pulso, sobre una ciudad artificial que comienza a hundirse. El bonsái Dabadaba resulta ser un árbol que provoca sueños eróticos, y da pie a una cruda sátira de la rutina en la vida de pareja. Finalmente, El último fumador se hace predecible desde su título, pero funciona con oficio y alguna sorpresa en su retrato de un futuro inmediato tonticorrecto.
El volumen se cierra con la citada entrevista con el autor, que se perfila como un abuelito chinchorrón pero con la cabeza muy bien amueblada, a cargo del traductor Jesús Carlos Álvarez Crespo. Que, además, y con el riesgo que supone decir esto de una obra de la que jamás leeré el original, parece haber hecho un buen trabajo, o al menos ofrece un buen castellano en su versión –esperemos que del japonés, y no de la edición norteamericana-. El conjunto deja ganas de saber más, y de repasar las viejas antologías de Sheckley
P.d. Para un exhaustivo repaso de la obra de Robert Sheckley, véase AQUÍ.