viernes, septiembre 12, 2008

El secreto de If, Ana Alonso y Javier Pelegrín

Ilustraciones de Marcelo Pérez, Premio Barco de Vapor. SM, Madrid, 2008. 264 pp. 14,90 €.

Carmen Fernández Etreros

La obra ganadora del Premio El Barco de Vapor 2008 El secreto de If, escrita por Ana Alonso y Javier Pelegrín, autores también de la conocida colección fantástica La llave del tiempo, sigue en principio la estructura de cuento fantástico tradicional: un príncipe, una princesa, un reino en peligro, un mago, una torre, un hechizo,... Sin embargo sus protagonistas no son los habituales de este tipo de cuentos, planos y lineales, sino volubles y sorprendentes: por ejemplo la princesa Dahud puede manejar la espada con mayor destreza que muchos de los caballeros del reino y Arland el príncipe del mágico reino de If no posee todos los poderes que debe tener y oculta un secreto que la princesa no parará hasta descubrir.
Los protagonistas, Dahud la princesa de Kildar y Arland el príncipe de If prometidos en matrimonio desde su infancia, deben enfrentarse con su destino para alcanzar la libertad y luchar por los derechos de los súbditos de sus reinos. Kildar es un país bello pero pequeño y sin gran relevancia política pero If es un país mágico y poderoso en el que ocurren sucesos inexplicables y misteriosos: “Conteniendo a duras penas las lágrimas, Dahud fijó la vista en el Mar de las Visiones, que hacían brotar ante sus ojos los más variados espejismos. Tan pronto creía ver surgir una torre de plata sobre las aguas, como se estremecía al contemplar la cola de un gigantesco monstruo marino serpenteando junto al barco”. (p. 202)
¿Por qué fue prometida la princesa de Kildar un pequeño país con el heredero de If, uno de los reinos más deseados? La princesa de Kildar Dahud, acompañada de un fiel sirviente y oculta bajo una identidad masculina, se lanza a una intrépida aventura en busca de la verdad. Una caprichosa anciana moribunda, una laberíntica torre invisible en la que está encerrado un inteligente joven que nunca ha visto la luz del día, unas criaturas mágicas y terroríficas parecidas a los tradicionales dragones y unas montañas peligrosas imposibles de cruzar para llegar al reino de If pondrán a prueba su valor y su entrega.
Será el lector el que con su destreza tendrá que descubrir donde se encuentran los secretos de este mágico reino. El valor y la libertad para vivir con éxito deberán conseguirlos los protagonista por sí mismos confiando en su propia identidad, en sus cualidades y en los designios de su corazón.
En esta ocasión el premio Barco de Vapor sorprende por su cuidada edición en cartoné y por las increíbles ilustraciones de Marcelo Pérez a modo de bocetos de trazos seguros y certeros, que ocupan el faldón de todas las páginas del libro completando e ilustrando la acción de la novela. Un acierto.
En esta edición del premio se celebra el 30 aniversario del grupo editorial y por este motivo donará el 70 por ciento de los beneficios de las ventas de este libro y del ganador del Gran Angular recaudados durante el año a la Campaña Mundial para la Educación, que reclama el acceso a una educación de calidad para todos antes del 2015. Un libro recomendado para niños a partir de los doce años, ameno y cuya calculada e interesante intriga enganchará a los pequeños lectores con las aventuras de sus protagonistas hasta que descubran el verdadero secreto que oculta la ciudad mágica de If.

jueves, septiembre 11, 2008

Cosa de risa, William Saroyan

Trad. Stella Mastrangelo. El Acantilado, Madrid, 2008. 192 pp. 15 €.

Alejandro Luque

Alrededor de los años cincuenta y sesenta, tuvo William Saroyan su cuarto de hora de gloria en Europa, donde fue muy traducido, leído y admirado. Luego, sin aviso y sin explicación aparente, fue barrido de las librerías, o relegado a las de viejo y ocasión. El mundo del que hablaban sus narraciones se desdibujó con la modernidad, y el mercado, con la complicidad de críticos y escritores, decretó que también Saroyan había caducado.
No extrañó, sin embargo, que el sello barcelonés El Acantilado, experto en rescates heroicos –de Zweig a Schnitzler– decidiera no hace mucho poner de nuevo en órbita a un maestro absoluto de la literatura del siglo XX. Empezó por El joven audaz sobre el trapecio volante, una deliciosa colección de relatos, y desde entonces han sido cuatro las joyas desempolvadas. La última, esta Cosa de risa, conoció al menos una edición anterior en español, en Plaza, titulada Es cosa de reírse, pero con una traducción infinitamente más pobre que la realizada ahora por Stella Mastrangelo.
¿Por qué nos gusta tanto a algunos Saroyan? Basta empezar a leer para saberlo. En Cosa de risa se narra el paseo por la calle de la amargura de Evan Nazarenus, un profesor de origen armenio —como lo fue el propio Saroyan— que afronta dramáticamente una infidelidad de su esposa mientras ambos acarician el sueño de tener un viñedo. A partir de este planteamiento sencillo, vamos a descubrir en primer lugar una prosa clara y al mismo tiempo ágil, de una limpieza asombrosa. El autor desenrolla sin trampas el ovillo de la trama, distribuye con inteligencia los personajes y las emociones, pero jamás adultera el producto, no ensaya atajos ni distrae la atención con inútiles prestidigitaciones.
Más de una vez demuestra una enorme capacidad para exponer situaciones aparentemente normales, bajo las cuales discurre un fondo terrible. En otras obras suyas, ese río subterráneo era el presentimiento de la guerra; esta vez se trata, como dijimos, de una desavenencia conyugal y las subsiguientes pesadumbres, que se vuelven más angustiosas y enconadas cuanto más calladas, escondidas en la cotidiana apariencia de normalidad.
También es frecuente en la obra de Saroyan la presencia poderosa de la pureza infantil, que de algún modo redime y despeja la atmósfera siempre viciada del mundo de los adultos. Aquí entran en acción, con un protagonismo arrollador, Red y Eva, los hijos de la pareja. Los niños actúan en las narraciones del californiano como una promesa de futuro, y lo hacen no sólo proyectando miradas sanas e ingenuas, sino desarrollando también diálogos magistrales. Échese un vistazo a La comedia humana o a Me llamo Aram para encontrar algunas impagables lecciones al respecto.
Pero insistimos: el de William Saroyan puede ser cualquier cosa, menos un ámbito edulcorado, ñoño, blandito. Sin tremendismo, gota a gota, el escritor da vida a seres luchando a brazo partido por encontrar su propia identidad, su lugar en el mundo o por abrazar ese espejismo que llamamos felicidad, y en ese proceso comparece toda la grandeza y la miseria humanas. Fortalecida en lo que entienden como deshonra y dolor, la familia Nazarenus atravesará su sorda crisis haciendo que el lector sufra y se conmueva como un pariente cercano.
Eso consigue siempre Saroyan: hacernos partícipes de los sentimientos de sus personajes, aprender de ellos en su piel. Es una pena que El Acantilado haya retrasado la salida a la luz de las anunciadas memorias del escritor, que este año –la semana pasada apenas- cumpliría cien años. Pero conociendo lo mucho que en este caso se imbricaban vida y ficción, no hay duda de que nos esperan muchas más páginas de inefable gozo. Y ojalá no tarde demasiado en salir también en esta colección El tigre de Tracy, una de las novelas cortas —recuerden lo que les digo— más fulminantemente hermosas que este reseñista puede recordar. Tratándose de Saroyan, la espera siempre vale la pena.

miércoles, septiembre 10, 2008

Río fugitivo, Edmundo Paz Soldán

Libros del Asteroide, Madrid, 2008. 376 pp. 20,95 €

Alba González Sanz

Libros del Asteroide ha editado en España la novela que consagró a Edmundo Paz Soldán entre las voces de la nueva narrativa hispanoamericana. Me refiero a Río Fugitivo, publicada originalmente en 1998. La novela se inscribe en la tradición de los textos de iniciación adolescente y no desdeña, pues el protagonista lo reivindica, la deuda contextual con La ciudad y los perros del peruano Vargas Llosa. Pero las referencias son más amplias, más allá de un planteamiento inicial de género (como dice Juan Gabriel Vásquez en el prólogo, el autor boliviano opta por el diálogo antes que por la confrontación o el rechazo con los grandes nombres de la generación del boom).
Río fugitivo es una novela policiaca en la que víctima y asesino son la misma persona: el ficticio detective Mario Martínez (habitante de una ciudad con nombre de película, trasunto de Cochabamba) no hará más que registrar y constatar cómo va pasando el último año de vida adolescente de su creador, Roby, cómo los chicos no son ya los niños que entraron en el colegio religioso Don Bosco y en sus preocupaciones –además de chicas, drogas, música y la inevitable iniciación sexual- comienzan a colarse las universidades, salir al extranjero, la omnipresente mala situación política y económica de Bolivia y también el crimen, la muerte, las traiciones y los primeros sinsabores de una vida adulta.
La mayor parte de los personajes que desfilan por la vida de Roby, cronista voluntario de sus contemporáneos, son niños de clase alta, niños bien como él mismo que viven en un entorno cómodo pero no por ello menos complejo. Como muestra, su familia: el papá que tiene sus proyectos arquitectónicos paralizados por la crisis y por su poco encubierta actividad conspirativa contra el gobierno democrático; la mamá que tiene que trabajar como publicista para que la familia salga a flote; la hermana universitaria que oscila entre la vida beatnik y el existencialismo francés según la temporada o el novio, y el pequeño Alfredo, el hermano menor, silencioso e inexpugnable, irremediablemente trágico desde la primera vez que su hermano mayor le dedica una sola palabra descriptiva.
Pero no se trata, creo, de la historia sencilla al fin y al cabo que tan bien cuenta Paz Soldán. No se trata sólo de crecer, de la presencia de los curos del colegio en almas y cuerpos, de las catástrofes familiares, de las rencillas entre los fuertes y los carismáticos entre los alumnos… lo que hace a Río fugitivo una novela única y propia que trasciende su punto de partida es precisamente la literatura: la permanente presencia de los libros y del contar historias que, arriesgada y metaliterariamente, puebla el texto. Porque la pasión de Roby desde sus primeros años en el Don Bosco ha sido la del cronista y la del juglar: recoger sí, pero también dar: escribir y escribir historias policiacas que de mano en mano han llenado los ratos de sus compañeros de colegio. Con una increíble particularidad: el protagonista de esta novela entiende la originalidad como un concepto clásico de reelaboración de un material previo. Los cuentos de Roby son refundiciones, mezclas y copias descaradas de sus autores de cabecera. Obviamente, la historia creada es otra y es la propia.
La gran baza de la novela es el mayor riesgo de su protagonista: todo el tiempo estará el lector dándose cuenta de la tentación por el exceso de Roby, de su imaginación de narrador poderoso y, en algunos momentos, peligroso como para poner en riesgo la cordura de sus acciones. Pero el lector comprobará también que es un peligro que merece la pena afrontar: la novela engancha con fuerza, con la emoción y el buen pulso de los golpes que alguna vez (reales, futbolísticos) se regalan sus protagonistas.

martes, septiembre 09, 2008

Doble mirada: El síndrome de Mowgli, Andrés Pérez Domínguez

Premio Internacional Luis Berenguer. Algaida Editores, Sevilla, 2008. 328 pp. 20 €

1. Gregorio León

Acostumbrados como estábamos a novelas, a buenas novelas de espías, escritas por Andrés Pérez Domínguez, el autor sevillano de la generación del 69 nos ha sorprendido con una entrega distinta, con una voz nueva, y que sin embargo, no pierde el aroma intenso de la literatura de Primera División, aquella que resiste el paso del tiempo y que se nos mete bien adentro. Ahora no nos mueve por los secretos y peripecias que rodearon la Segunda Guerra Mundial, como hizo en La clave Pinner o El factor Einstein, dos novelas tan bien tratadas por la crítica, y lo que es más importante, como por el público. En El síndrome de Mowgli (Premio Luis Berenguer, publicado por Algaida) se mete en la piel de Rafael Montalbán, un ex boxeador que ahora vive de mamporrero y portero de puticlub, y que en dieciocho años no se ha podido sacar de las tripas la obsesión por una mujer, Lola, en torno a la que gira toda la historia.
Son varios los aciertos de este libro. Empezaré por la voz del protagonista, que se hace verosímil, admitiendo incluso sus reflexiones profundas, porque no es un mamporrero al uso, sino que Montalbán es también amigo de los libros e incluso se ha atrevido a escribir unas pocas páginas de una tentativa de novela. En la elección del tono Pérez Domínguez se la jugaba, y ha salido airosamente de una situación peligrosa. Es una voz que no cuesta imaginar en off, sobre planos en blanco y negro, con figuras apenas silueteadas sobre las que sobrevuelan unas volutas de humo, porque El síndrome de Mowgli se puede leer de muchas maneras, pero una de ellas es como homenaje al género negro. No es de extrañar que vaya encabezada por una cita de El invierno en Lisboa, una de las obras esenciales de la producción de Antonio Muñoz Molina. Pero por encima de todo, habla de un concepto recurrente en la narrativa de Andrés Pérez, la traición, y especialmente, la culpa y las posibilidades que concede la vida para expiarla. De ahí el propósito que Montalbán de intentar recuperar una historia de amor, dieciocho años después. Eso sí, sus motivaciones son distintas. Mientras que el motor de Lola es el dinero, en su caso son los sentimientos. A fin de cuentas, entregarse a ellos es la única forma que tiene de pagarle al Gordo, la única persona que de verdad ha apostado por él, lo que le hizo hace mucho tiempo, pero no el suficiente como para que Montalbán lo haya conseguido borrar de su conciencia.
La novela también supone un tributo al mundo de la radio, que es el que propicia el reencuentro de los dos amantes, tanto tiempo después. Un programa de confesiones permite al ex boxeador, asqueado de sí mismo, descubrir su despreciable trabajo, siempre metido en el barro, ese que siempre aparece en los bajos fondos, el mismo en el que se revuelcan las ratas. No se pierdan un curioso personaje bautizado con el nombre de Chocolate.
Nos encontramos, en suma, ante una novela excepcional, en la que Andrés Pérez Domínguez demuestra su destreza narrativa en una obra que puede ser una de las sorpresas de la temporada. El cuidado que el que su autor ha puesto en escribirla lo merece.


2. Pedro Domene

Una madrugada un tipo con la nariz rota y torcida, con carné falso y sin identidad propia, alguien que no existe en ningún sitio concreto, aunque responde al nombre de Montaner, es entrevistado en un programa de radio donde tiene la oportunidad de contar buena parte de su vida y, de alguna manera, expiar algunas de sus culpas en el pasado. Es la historia de Rafael Montalbán, un ex superwelter, que un buen día renunció a una carrera prometedora en el mundo del boxeo por una mujer, y desde entonces ha tenido una forma poco ortodoxa de buscarse la vida: portero de un club de alterne y matón a sueldo, como se desprende a lo largo de la entrevista. Aunque, después de veinte años, tras reconocer la voz en off de quien un día fuera el amor de su vida, decide encauzar, con otra perspectiva, su triste existencia para volver al punto de partida donde se equivocó y ajustar, de alguna manera, las cuentas a un pasado que, en una frenética búsqueda hacia la felicidad, lo llevará desde Madrid a la costa de Cádiz y desde aquí hasta una siempre añorada, Lisboa.
Andrés Pérez Domínguez (Sevilla, 1969) conseguía el XVII Premio Luis Berenguer por El síndrome de Mowgli (2008), en realidad, una historia de amor y de venganza, muy al uso de sus propuestas narrativas anteriores, La clave Pinner (2004) y El factor Einstein (2008), pero sin elementos superfluos que emborronen su decisiva intención de ofrecer una literatura de características definidas, incluida la intriga, la acción, la aventura y una trama tan creíble como efectiva, aunque en esta ocasión, sus pretensiones vayan mucho más allá porque en su protagonista se vislumbra esa necesidad humana de ser aceptado en una sociedad caduca y banal. Esta es una peculiaridad que le otorga al relato una dimensión diferente de la narrativa a que estamos acostumbrados de Pérez Domínguez. En realidad, el personaje de Montaner, bien perfilado, creíble por sus actitudes y su dimensión misma, por mucho que lo ha intentado, nunca ha logrado encontrar su lugar en el mundo, como otros muchos de los héroes de la narrativa universal que, como al sevillano, marcaron las lecturas de nuestra niñez y juventud, incluido el personaje aludido de Kipling en El libro de la selva, de ineludible referencia. Y es que su amor por Lola, entonces joven, le llevará a una escalada de asuntos sucios cuando se sienta traicionado por la joven y decida olvidarse del mundo para entrar en esa absurda rueda donde la extorsión, la violencia, el crimen organizado y el dinero campean por doquier.
Pero para conseguir su propósito, Rafael Montalbán, tendrá que volver al infierno de antaño y rescatar a una Lola madura de la que aún se siente atraído para escapar con ella a la capital portuguesa de sus sueños. Un pasado se proyecta en el presente, el amor, la amistad y la traición, son los pilares de historia sólida, aunque todo sacrificio no está exento de cierto riesgo, como se puede comprobar en estas páginas. También es verdad que, la novela desprende un sentimiento algo ajeno a la pasión, porque quien es capaz de amar mucho, no perdona fácilmente. El síndrome de Mowgli es, sobre todo, la confirmación como novelista de Andrés Pérez Domínguez, que atrapa al lector con su habitual fluidez narrativa y el espléndido desarrollo psicológico de los personajes.

lunes, septiembre 08, 2008

Los hombres que no amaban a las mujeres, Stieg Larsson

Trad. Martin Lexell y Juan José Ortega Román. Destino, Barcelona, 2008. 666 pp. 22.50 €

Salvador Gutiérrez Solís

A principios de verano, la editorial Destino publicó la traducción española de Los hombres que no amaban a las mujeres, primera entrega de la saga/trilogía Millenium, del sueco Stieg Larsson. Una obra que llega avalada por una excelente crítica y por unas ventas millonarias, allá donde se ha publicado —buena parte de Europa—, que suele ser una combinación bastante complicada en el sector literario. Un acontecimiento literario de primera magnitud. Además de las cifras, la novela de Larsson viene acompañada de ese término que en España empleamos con demasiada frecuencia para explicar casi todo: morbo. Morbo porque su autor falleció cumplidos los cincuenta años sin ver su novela publicada, sin poder imaginarse la gran repercusión alcanzada posteriormente. Larsson era conocido en su país por su labor periodística, azote de los grupos violentos de la extrema derecha. El escritor concebía su obra en la soledad de las noches, en secreto. Morbo por la batalla legal emprendida por sus familiares y allegados por controlar el legado del difunto escritor, un legado de cifras mareantes y más que seguras adaptaciones cinematográficas.
Centrándonos, única y exclusivamente, en la lectura de Los hombres que no amaban a las mujeres, no es necesario ser un lector muy avezado para descubrir que Larsson no es un estilista del lenguaje, pero que tampoco lo pretende. Larsson no ha inventado nada nuevo, no es un innovador, tampoco un trasgresor; es más, es muy fiel a los géneros y a las formas. Sin embargo, concibió una historia —o un universo— en la que da cabida a todos los ingredientes y aderezos que han de estar presentes en una buena novela —amor, muerte, sexo, intriga, ambición... —. Ágil y directa, increíblemente visual, escrita desde una iluminación permanente, Los hombres que no amaban a las mujeres te atrapa desde el primer renglón y sólo puedes escapar alcanzando el punto y final. En ese preciso momento, y me remito a mi experiencia personal, un sentimiento de felicidad, de satisfacción, dio paso a otro de conmoción, de cierta melancolía. Sentimiento éste que desapareció cuando recordé que, por lo menos, aún quedan dos entregas más de la saga pergeñada por Stieg Larsson, Millenium. Y me encontraré de nuevo con el persistente periodista Mikael Blomkvist, la atractiva Erika y, sobre todo, con la fascinante Lisbeth Salander, una investigadora canija y tatuada, propietaria de un pasado tan tenebroso como poliédrico, arquetipo contemporáneo que añadir, de pleno derecho, a la galería de las grandes mujeres novelescas.
Los hombres que no amaban a las mujeres narra, a simple vista, la misteriosa desaparición de la adolescente Harriet de la isla en la que convive con buena parte de sus familiares. Treinta y seis años después, su anciano y millonario tío necesita saber qué fue de ella. A simple vista, la novela de Larsson abarca multitud de historias que se entremezclan, que se alejan, que se precipitan, que no son lo que parecen, pero que finalmente conforman un perfecto puzzle en el que no sobra —ni falta— ninguna pieza. Larsson acude a numerosas fuentes de la cultura de nuestros días —desde el Cluedo a Twin Peaks, pasando por Ciudadano Kane o Seven— para crear su propia y deslumbrante obra. Una lectura adictiva, una novela más allá de las etiquetas y de los géneros.