viernes, julio 25, 2008

Estás en la Luna, Carmen Montalbán

Ilustraciones de Pilar Millán. Kalandraka, Pontevedra, 2008. 112 pp. 15 €

Carmen Fernández Etreros

Baraka es una niña de doce años que vive en una jaima del desierto con su madre, sus tías y su abuela Bahía. Pero un día la abuela Bahía empieza a perder todos los objetos que le rodean: el fuelle para encender el fuego, las zapatillas rojas... La enfermedad de Alzheimer comienza a arrancarle sus recuerdos:
«—Tu abuela ha perdido la cabeza —me dijo aquel día mi tía Fatma, cuando volví de la escuela.
A la vez que se ponía las sandalias, sacudió mi cojín y me acercó el plato. Luego salió. Daba unos pasos tan rápidos, que la arena que levantaba del desierto empezó a flotar en mi sopa y a pegarse entre mis dientes.
Porque, como es natural, yo tenía la boca abierta. Quería pedirle a tía Fatma que repitiera en hassania, nuestro idioma, eso de que mi abuela había perdido la cabeza. Tía Fatma apenas sabía español. Era raro que no se equivocase. Habría dicho “cabeza” donde tendría que haber dicho “tetera”, por ejemplo» (p. 7).
Una cabeza que se pierde, un idioma que se olvida, un pueblo que se refugia solo en la memoria de los ancianos. Esta terrible enfermedad simboliza el olvido que se cierne como una amenaza sobre su pueblo: expulsados hace más de 30 años del Sahara Occidental, habitan en la inhóspita Hamada argelina. Sólo los ancianos sienten ese vacío que deja el destierro de su patria. Los jóvenes solo la conocen por las historias de los abuelos porque jamás la pisaron. Los jóvenes ya no piensan en recuperar su pasado sino en mirar al futuro: en recorrer Europa, en visitar Asturias y Madrid, en conocer la luz eléctrica, el ventilador... Un mundo diferente a sus tiendas de lona, al suelo de arena pisoteada de sus cocinas, a las tormentas de arena del desierto.
La abuela Bahía va a dejar un legado a su nieta con sus conversaciones: su memoria. Una herencia incalculable gracias a otro gran valor en vías de extinción: la transmisión oral de la cultura. La abuela Bahía guarda en un baúl todos sus objetos de valor: el dibujo de la casa con el tejado circular en la que vivió con el abuelo, el espejo preferido... Una vida dentro de un baúl. La autora también refleja en la novela las complejas relaciones familiares reflejadas en las peleas y las risas de la madre y las tías de Baraka por los olvidos de la abuela, la amistad con Aya otra niña del campamento, el contraste entre la vida en los campamentos de refugiados y las comodidades del mundo desarrollado y las pocas posibilidades para las mujeres una vez que acaban de estudiar primaria, limitadas a trabajar y a casarse.
Lo mejor del libro son las cartas geniales que se inventa para que su abuela pueda comunicarse con su casa, ese lugar que más siente haber perdido, esas macetas con margaritas, esa vida feliz con su abuelo. Un abuelo aventurero cuya mayor ilusión era pisar la luna con la NASA y conocer el mundo que le rodea.
Carmen Montalbán plasma en Estás en la luna editada por Kalandraka —y recomendada para lectores de a partir de ocho años— la honda impresión que le produjo su estancia en Tinduf, la fascinación por el paisaje del desierto, la hospitalidad de su gente. «Estuve en los campamentos de refugiados saharauis de Tinduf para asistir a su festival de cine, FISAHARA, en marzo de 2005. Mi familia me pagó el viaje como regalo de cumpleaños porque mi gran sueño desde que era niña era ver el desierto. El desierto no me decepcionó. Es un símbolo que siempre me ha fascinado; un espacio en el que puede suceder cualquier cosa; especialmente, dentro de uno mismo. El desierto puede ser, por lo tanto, mi primera razón», cuenta la autora. Carmen Montalbán fue finalista del Premio Felipe Trigo de Narración Corta. Es autora de la novela La casa del manzano (Libertarias/Prodhufi, 1994).
Las acuarelas de Pilar Millán, ilustradora que ha recibido por sus obras el Premio Planeta Agostini, el Premio Duquesa de Alba y el Premio de Ilustración Infantil de la Diputación de Badajoz, aportan calidez y color y nos transportan al reino de la arena, a sus y costumbres, pero también al mundo de las emociones y los sueños.
En suma, una obra tierna y comprometida, que encoge el corazón en ocasiones pero que con la que se disfruta de una lectura amena y didáctica, ya que nos da a conocer como viven los niños de los campos de refugiados. Estás en luna es como el té que beben la abuela y la nieta: suave, amargo y dulce, como el amor, la vida y la muerte.

jueves, julio 24, 2008

Cuentos completos, Haroldo Conti

Prólogo de Gabriel García Márquez. Bartleby, Madrid, 2008. 325 pp. 19 €.

José Morella

He podido comprobar a menudo que vivimos en un momento en el que mucha gente exige que no se “politicen” las cosas, y escribo la palabra entre comillas porque, como la leche, la tolero mal. No politices el deporte, no politices el arte, no politices la escuela. A mí me han acusado de politizar alguna que otra reseña de este blog. He oído incluso a los políticos —y esto me parece de lo más desconcertante— acusarse los unos a los otros de politizar la política. «Está usted usando un argumento político», le dice un diputado a otro. No me digan que no es raro. Es como si un panadero acusara a un competidor de usar harina para hacer el pan. ¿En qué siglo vives, imbécil?, le diría el panadero modernizado a su colega anticuado. Mira que usar harina todavía... ¡Eres un inconsciente! ¡Y un... un... obsoleto! ¿No sabes que hoy en día el pan ya no lleva harina, ni el café cafeína, ni la leche nata, ni la política política? La literatura también se ve afectada, y se nos está descafeinando y desnicotinizando: novelones de setecientas páginas sobre el sobaco incorrupto de algún santo o los pedruscos de una catedral. La pobre gente necesita, a ritmo de diez páginas por trayecto, unos setenta viajes en metro para terminárselos. Un par de meses, siendo muy optimistas. Y luego se sienten obligados a decir que les ha gustado muchísimo. Que se lee de un tirón. Ya.
Tanto se nota en el ambiente esta despolitización y descafeinización de la vida y de la gente, que uno ha sentido, por momentos, algunas dudas de si no estaría equivocándose, pues al fin y al cabo uno se equivoca casi a diario. Pero después de leer todos los cuentos que Haroldo Conti tuvo tiempo de escribir antes de que unos sádicos nada ficticios y nada políticos entraran en su casa, le torturaran durante días y le desaparecieran para siempre, uno lo que siente es vergüenza por las dudas que ha tenido. Resulta que Conti, sabiendo que tenía muchas posibilidades de acabar como acabó, no se escondió en ningún sitio ni dejó de escribir nada. Y uno aquí, sentadito en la sexta fila del Gran Teatro del Primer Mundo, sin nada que temer más que una enfermedad o la llegada de la calvicie, resulta que tiene “dudas”. Verdaderamente, somos hijos de una época patética.
En todos los cuentos de Conti late, al fondo, la pobreza y el esfuerzo colectivo y hermoso por superarla. La esperanza y la desesperanza típicas y reconocibles de aquellos que viven siempre en la dificultad. Un chico, por ejemplo, vive solo con su madre porque el padre y el hermano mayor ya tuvieron un mal encuentro con un botón que los mató. El chico sabe que su destino es idéntico y que la madre se quedará sola. Su hermano, antes de morir, le pegó una paliza para convencerle de que no dejara la escuela. De que la terminara. Una pequeña esperanza, la escuela, dentro de la desesperanza general. Al principio parece que esos ambientes de máxima pobreza y de tragedia inevitable son sólo de los personajes, de ese chico en concreto, de esa madre. Pero a los dos o tres cuentos uno sabe que la pobreza y sus particularidades conforman la mismísima estructura del libro, el país común en el que viven todos los personajes de Conti. Incluso los ricos o burgueses, cuando aparecen, son hijos de ficción de eso que lo mancha todo, ese patio pequeño y sucio pero no exento de sueños y ternura del que se sale. Esa es otra cosa que une todos los cuentos de Conti: la ternura. El elemento que lo cose todo. Es una ternura ligada a un pasado originario, a una pequeña ciudad de provincias —Chacabuco—, a un paisaje en el que nada cambia nunca, repleto de tíos y tías que van envejeciendo, de abuelos, de árboles, de tejados de chapa ondulada de zinc, de ferrocarriles, del delta del Tigre y las esperanzas de la gente que parece que sean atraídas por esas aguas como si en lugar de aguas fueran irresistibles imanes líquidos para la luz de las estrellas —y quien haya estado en el Tigre sabe cómo es ese cielo— y para las esperanzas. Es increíble la cantidad de paralelos que me ha parecido verle a Conti con el catalanoaragonés Jesús Moncada. El delta, los marineros melvinianos poseídos por la navegación, la gente de pueblo miserable y endurecida pero que le arrebata mejor que nadie la felicidad a mordiscos a la vida, las historias que cuenta la gente. Y también, claro está, su ternura. A veces la ternura aparece magistralmente por ausencia, a base de no ser dicha. El cuento más tierno del libro, que te salta las lágrimas casi a golpes, como alguien que te diera bofetadas, está escrito a la contraria: negándose a explicar la ternura. Es una simple escena en la que un sobrino y su tío se encuentran en una estación de tren, se toman algo en el bar de la estación y se dicen unas cuantas frases nada especiales. Se titula “Perdido” y tiene 5 páginas.
Abundan los personajes investidos de un sueño particular que los habita y que no se va nunca (que es lo mismo que le pasaba a Conti con la literatura). Hasta tal punto arrastran su sueño allá donde van que llegan a confundirse con él. Suelen ser personas mayores, que han arrastrado su sueño durante la juventud y, al empezar a hacer cuesta abajo la calle de la vida hacia la muerte, el sueño ya ha hecho dos cosas irreversibles con ellos: primero, convertirse en un fracaso, en un sueño que no llegará nunca; y segundo, metérseles en la piel para no dejarlos hasta que respiren por última vez. De manera que son personajes que viven atados a sus fracasos, pero que sacan de ellos una felicidad desgarradora e irremplazable mezclada con la pena y la fatiga. Hay, por ejemplo, un hombre que quiere inventar una máquina para volar y que llega a conseguir que cientos de habitantes de la ciudad —una ciudad de provincias, claro— estén pendientes de su vuelo. O un hombre enamorado de los trenes y las locomotoras, que las conoce y las ve a todas horas en su mente. O, en el mejor de todos los cuentos de Conti, el sueño obsesivo de un marinero contado por su hijo. De este cuento tengo miedo de decir una sola palabra más para no arrebatarles a ustedes ni una pizca del goce de leerlo. Sólo les informo de que se llama “Todos los veranos” y de que aparece en él una samba preciosa titulada en realidad Ao voltar do samba pero que Conti prefiere llamar Praça Onze.
Es posible que a ustedes no les guste Haroldo Conti. Si no les gusta a la primera, no hay nada que hacer. No se esfuercen. Tampoco pongan a parir al crítico diciendo que no les advirtió. Conti no era de los que quieren gustar a todos. No lo pretendió jamás. Lo último que se puede decir de él es que fuera pretencioso. La distancia entre su literatura y su vida es la mínima posible, y su discurso el más verdadero del que él era capaz. No hay artificio apenas, no hay trampa ni cartón. Si les gusta la literatura de artificio con sorpresa final y poca harina, tal vez no disfruten de Conti. La literatura de Conti es todavía de la que llevaba harina en cantidad fabulosa. Levadura de la buena, de la que sube y queda esponjosa sin que queden boquetes de aire por debajo de la corteza. Es un café aromático con cafeína de la que desvela y te pasas la noche leyendo aunque sabes que por la mañana, la puta mañana, tienes que levantarte y enfundarte una ropa para irte a trabajar.

miércoles, julio 23, 2008

Cultivos, Julián Rodríguez

Mondadori, Barcelona, 2008. 158 pp. 15,90 €

Ignacio Sanz

La manera de narrar de Julián Rodríguez es indagatoria, llena de reflexiones sociológicas, filosóficas y literarias. Y no cuenta propiamente una historia, sino muchas historias que se entrecruzan y complementan, como su nos invitara a entrar en un puzle. A veces uno, como lector, tiene la sospecha de que se desliza por un libro de ensayo, pero, de pronto, al doblar la página, aparecen los reflejos de una narración híbrida, impura, como si el autor se moviera entre la reflexión y la narrativa y lo hiciera todo de manera fragmentaria. Su lenguaje, como si siguiera la pauta del decálogo que trazara en su día Antonio Pereira, es un lenguaje corriente, lejos de los falsos brillos e impostaciones. También reflexiona sobre este particular. Porque lo curioso de Julián Rodríguez no sólo es qué cuenta ni cómo cuenta, sino que le muestra al lector los andamiajes en los que descansa su cocina literaria.
Pero en medio de todas esas idas y venidas, si hay un tema permanente de reflexión, un hilo conductor, éste tema sería el campo. Y más concretamente el campo extremeño, lo que queda tras su desmantelamiento. Como hizo Berger en su día al tomar como objeto narrativo a los campesinos centroeuropeos; bien es verdad que los relatos de Berger son estrictamente literarios, mientras que Julián Rodríguez se mueve en un ambiente híbrido, titubeante y nebuloso, como si él mismo no conociera el destino de su relato, o, mejor, como si jugara al despiste y obligara al lector a armar el rompecabezas que va trazando.
Se ha comparado la escritura de Julián Rodríguez con la de Sebald. Y, en efecto, hay muchos puntos de contacto entre ambas, aunque me parece más subjetiva y más leve, sin afán de tesis, la de Julián Rodríguez. Y, en ese sentido, acaso esté trazando un nuevo camino al incluirse como personaje literario, al tratar de explicar el mundo desde su biografía personal, es decir, desde su circunstancia.
Se hace en la últimas páginas de Cultivos un homenaje a Fernando Pérez, desaparecido editor de la Editora Regional de Extremadura, con quien Julián Rodríguez trabajó y a quien tiene por maestro. Fernando Pérez le aconsejó al autor que no se fuera de Extremadura, que mostrara desde esta región periférica su realidad al mundo. Y el autor cumple a rajatabla, en medio de sus titubeos, esta recomendación, lejos, por supuesto, de cualquier costumbrismo cuando nos habla de su padre, de su tía, de sus abuelos o de sus amigos, como lo hace en un magnifico relato titulado “Herida menos grave”, que tiene como protagonista a un viejo compañero de escuela. A este relato, acaso el más literario, le sigue “Sobre la añoranza del mundo rural”, en el que Julián Rodríguez rescata parte de una diatriba mantenida entre Pasolini e Italo Calvino a propósito del mundo rural.
Curioso y desconcertante en cualquier caso este autor que rompe con muchos de los clichés establecidos en el encorsetamiento de los géneros, que se adentra por caminos novedosos y que nos hace visible una realidad a la que con tanta frecuencia miramos por encima del hombro.

martes, julio 22, 2008

Los cementerios civiles, José Jiménez Lozano

Seix Barral, Barcelona, 2008. 368 pp. 20 €

José Manuel de la Huerga

José Jiménez Lozano ha rescatado, para fortuna de quienes por entonces gastábamos pantalón corto, uno de sus clásicos de hace treinta años. Parecía que 1978 era el momento ideal, con una Constitución que olía a pan reciente, los nacionalismos tirando de la teta nutricia del Estado, los fachas “jugando” al tiro al abogado rojo y la Iglesia de Tarancón fumándose el puro de la paz aconfesional. La nueva edición revisada por el autor no dejará indiferente a ningún lector interesado en conocer de primera mano, con una ingente cantidad de datos fielmente dispuestos en el aparato crítico correspondiente, nuestra ineptitud genética para diferenciar lo que es de Dios y lo que es del César.
Lozano, desde su retiro de provincias, por aquel convulso año de la transición ponía encima de la mesa el espejo común de tres siglos de historia de los muertos en España. Se empeñaba, y conseguía, desgranar el aserto de tono evangélico «por sus entierros los conoceréis». Aprendimos años ha que un civilización se asienta junto a una corriente de agua y decide permanecer por tiempo indefinido en aquel enclave cuando acota la tierra sagrada para enterrar. No puedo evitar recordar imagines terribles en la guerra de los Balcanes: Kosovares desenterrando a sus muertos por miedo a las represalias de los serbios y cargando con ellos al exilio. No tenemos que ir muy lejos ni dar marcha atrás en nuestra historia común de reyertas y revoluciones civiles e inciviles.
España, lejos de desenterrar y llevarse sus muertos, ha sido capaz de tirárselos a la cabeza. No dejamos descansar a nuestros muertos su merecido sueño eterno y los usamos como arma arrojadiza entre los unos y los otros. (Unos y otros que respondieron a lo largo de la historia en líneas generales a los binomios católico-monárquico y republicano-ateo.) Este país ha llevado sus rencillas a límites indecentes en lo tocante al asunto de los camposantos. La identificación plena entre casta hispánica y religión de nuestros padres ha amasado una manera de ser, vivir y enterrar tan enquistada que ha marcado para la eternidad una línea divisoria entre buenos católicos y malos raros, ateos y demás ralea librepensadora.
Jiménez Lozano saca su pluma de ensayista brillante y busca las raíces del conflicto ético, moral y político. Desde que en el siglo XVIII soplaran por estos pagos los tenues vientos de la Ilustración siempre ha habido un «espiritualmente inquieto» en cada casa. Solía coincidir con alguien con estudios que nos dejaba en herencia no sólo la biblioteca, sino especialmente un manojo de pensamientos en dietario, muy incómodos, porque ponían en tela de juicio no tanto la divinidad como el monopolio de la gestión trascendente por parte de la Iglesia católica.
Ilustración, Liberalismo, Positivismo, revoluciones gloriosas y republicanas, intentaron mover el péndulo de las costumbres de la gens hispanica unos pocos centímetros hacia la laicidad del Estado, la municipalidad de los cementerios, la libertad de cultos y la separación de Iglesia y Estado. Pero nos recuerda Lozano que en este país donde siempre se confunden ambas instituciones (donde seguimos tocando el chunda chunda nacional para procesionar santos) adolecemos de una «incurable impotencia para la laicidad y, por lo tanto, para la civilidad». Levantamos tapias para separar en nuestros cementerios a los buenos españoles de los otros, apestados francmasones, rojos y ateos. «Se es católico porque se es español».
Lo verdaderamente llamativo es que desde el primer entierro «por lo civil», el de Fray Antonio de Olabarrieta, convertido en el ciudadano José-Joaquín Clara-Rosa (su nombre civil procede de los nombres de sus cuatro mujeres de este y el otro lado del Atlántico), el heterodoxo tendrá que expresarse en los moldes mismos de la ortodoxia: cambiamos la Biblia por la Pepa (la Constitución liberal de 1812) y el incensario de los monaguillos por mozas lanzando pétalos, el Miserere por La Marsellesa. Como bien apunta el autor, «un pueblo amamantado por la Iglesia desde siglos no podía sino reaccionar con gestos y palabras clericales incluso contra esa Iglesia: no dispone de otra estructura mental y de sensibilidad».
La oportuna reedición de este esclarecedor ensayo viene justificado por el nuevo suspenso en una de nuestras asignaturas pendientes: la verdadera separación entre Estado e Iglesia. Azaña se precipitó cuando afirmó que España ya no era católica. Hoy sigue siendo católica. En una sociedad apenas practicante las listas de niños que bautizar y que comulgar aumentan engordando las arcas de la industria gastronómica, del despilfarro y la ostentación. La geste se muere por lo católico, porque un entierro civil es más triste, más «asignificativo» escribe Lozano.
Se diría que, treinta años después, ya no tanto en los muertos, pero sí en los vivos que se casan por lo civil, se divorcian, deciden o no abortar, no bautizar a sus vástagos que estudiarán Educación para la Ciudadanía sin interponer objeciones de conciencia algunas, seguimos percibiendo la continuidad del desafío entre los dos poderes, nuestros dos rostros más genuinos, irreconciliables.

lunes, julio 21, 2008

Una lectora nada común, Alan Bennett

Trad. Jaime Zulaika. Anagrama, Barcelona, 2008. 119 pp. 13 €

Care Santos

«Nunca le había interesado mucho la lectura. Leía, por supuesto, como todo el mundo, pero el gusto por los libros era algo que dejaba a los demás. Era un hobby, y la naturaleza de su trabajo entrañaba no tener hobbies. El jogging, cultivar rosas, el ajedrez o escalar, el aeromodelismo y decorar tartas. No. Las aficiones suponían preferencias y había que evitar las preferencias: excluían a la gente. No tenía preferencias. Su trabajo consistía en mostrar interés, no en interesarse. Y además leer no era hacer algo. Ella hacía cosas.»
Este es el punto desde el que parte la protagonista de esta deliciosa novela breve de Alan Bennett, un autor muy conocido en el Reino Unido como dramaturgo y guionista, y en nuestro país conocido sobre todo por la adaptación cinematográfica de su comedia The Madness of George III, bajo el título La locura del Rey Jorge.
Como dramaturgo, y también como novelista, Bennett es heredero de la comedia de costumbres a la inglesa. Sus personajes son parientes cercanos de los de Óscar Wilde, o de los de Noel Coward: aristócratas asomados al abismo de su propia falta de sustancia. Sus dos libros anteriores, publicados también por Anagrama, abundan en ese sentido. El insípido y presumido matrimonio Ransome, protagonistas de Con lo puesto (2003) recuerdan con su actitud a los lores y ladies que abundan en los salones que retrata Wilde. Como la de su antecesor, la mirada de Bennett es irónica y elegante, pero al mismo tiempo despiadada. Se preocupa por mostrarnos la hipocresía, el absurdo que recorre algunas existencias como si de una enorme grieta se tratara. En La ceremonia del masaje hay también algo de eso, aunque la mirada era aquí más directa: ya no es la aristocracia la que se encuentra en el punto de mira sino esa otra elite —más absurda todavía— encumbrada en su vulgaridad por caprichos de la fama. Cantantes, músicos, actores y hasta políticos convierten el entierro de un masajista bisexual en un vodevil impúdico, del que nadie escapa indemne. La ironía se vuelve sarcasmo y se aleja de Wilde para acercarse a Wodehouse o incluso a Tom Sharpe. El humor británico de Bennett se quita los guantes y se embarra. Es inevitable, por cierto, recordar al leerlo la película Death At The Funeral (Un funeral de muerte), de Frank Oz, cuyos personajes podrían perfectamente formar parte de sus páginas.
En esta tercera entrega del autor encontramos, sin duda, lo mejor de las anteriores. Ahí está la ironía, la elegancia, pero también la acidez de la sátira más mordaz. Un narrador medido, maduro, que despierta sonrisas e incluso carcajadas y unos diálogos brillantes en los que la Reina Isabel II es la absoluta protagonista. Una vez más, el cine acude con sus referentes: difícil al leer esta novela, para quien la haya visto, no tener en la cabeza The Queen, la estupenda película de Stephen Frears protagonizada por una Helen Mirren soberbia que parece un miembro más de la casa Windsor.
La soberana que retrata Bennett es menos sobria que la de Frears, pero maravilla del mismo modo la capacidad de ambos de acercarse a un personaje contemporáneo de tal relevancia —y vivo, para más inri— y ser capaces de ofrecer un retrato tierno, fiel —por lo menos en apariencia—, irónico pero no exento de crítica. Es inevitable preguntarse si la verdadera Isabel II habrá leído esta novela o visto aquélla película, y qué opinión tendrá sobre ambos. Del mismo modo, parece lógico preguntarse qué ocurriría si en España alguien intentara una proeza semejante con Juan Carlos I.
La historia que cuenta Una lectora nada común es la del común de los lectores. Sólo tiene de insólito su protagonista. En una visita a la biblioteca ambulante que se ha instalado en los jardines de su palaciuo, y llevada por la astucia de un bibliotecario ocasional, la mismísima Reina de Inglaterra se siente en la obligación de leer un libro que le han prestado. Lo hace, como todo en su vida, por profundo sentido del deber: si el bibliotecario le presta un libro, lo menos que puede hacer es dar cuenta de él. Aunque la Reina no cuenta con la capacidad de seducción de la Literatura. Y ese primer libro despierta en ella el placer de la lectura, como a veces ocurre. De ese libro pasa a otro, y a un tercero, y a otro más, hasta que descubre que la lectura es una casa enorme que puede recorrer con asombro y pasión.
Aunque ello, claro, tiene un precio. El primer damnificado de la nueva afición de la Reina es el duque de Edimburgo, su marido, quien de pronto tiene que sufrir algunas rarezas de su esposa: que vaya en el carruaje oficial leyendo sin descanso mientras finge saludar a la plebe. O que de pronto encuentre insípidos y cargados de tópicos los discursos de inauguración de Parlamento que debe pronunciar cada año. Que de pronto encuentre cargante su agenda rebosante de actos oficiales que no le dejan ni un día libre para leer. Por no hablar de los viajes, a los que ya no va la soberana sin llevar su caja de libros y su consejero en materia de lecturas. Hay nuevas costumbres de la Reina que son realmente engorrosas. En las recepciones oficiales le pregunta a todo el mundo qué esta leyendo. Lo mismo hace con el primer ministro, al que le presta libros y luego le interroga sobre ellos. Incluso llega a causar un problema diplomático con Francia después de poner en un apuro al Ministro de Cultura galo al preguntarle por Jean Genet.
La novela explica la fascinación de un lector —cualquiera de nosotros— por los libros, a la vez que nos hace testigos de un proceso de aprendizaje. Un aprendizaje, obvio es decirlo, que va mucho más allá del mero saber enciclopédico y que incide en la propia concepción del mundo, en la capacidad de asombro, en el nivel de conocimiento de uno mismo y de la naturaleza humana. Al leer, la Reina cambia de un modo tan profundo como inapreciable a primera vista. Se vuelve mejor persona. También más escéptica. Casi al final de la novela afirma: «No pones la vida en los libros. Encuentras la vida en ellos.»
Pero hay mucho más en esta novelita de Bennett. Hay sabiduría en el modo de tratar a todos los personajes, desde los intrigantes consejeros hasta el anodino amanuense al que la Reina nombra su lector de confianza. Y, por supuesto, en la protagonista, qué maravilloso personaje. Hay inteligencia en el debate que la historia de la soberana inglesa pone sobre la mesa: cuáles son los límites del poder real, qué tiene que ver la Literatura —la Cultura— con el poder, qué es lo que nos hace sentirnos inferiores a otros, qué papel juegan las elites culturales en la sociedad, qué consecuencias puede acarrear el nivel de vulgarización de las clases dirigentes...
Cuando leo un libro como éste, en que la inteligencia y el humor están ligados a la perfección, me dan ganas de hacer dos cosas. La primera es devorar toda la obra anterior del autor. Un impulso que, por fortuna, en este caso es fácil de cumplir, por lo menos en parte —las piezas teatrales no están traducidas al castellano, como tampoco sus diarios, titulados Writing Home—. La segunda es invitar al autor a cenar. Me gusta pensar qué cocinaría para una ocasión así. Algo sencillo o sofisticado. El vino sería tinto, eso seguro. Y luego habría té —inevitable— y conversación. En realidad, todo lo demás sería un mero pretexto. En fin.
Como veo poco probable que Alan Bennett viaje de Yorkshire hasta Mataró para charlar con esa otra lectora nada común que soy yo misma, tendremos que conformarnos con su faceta como monologuista teatral, que he encontrado en un asalto al YouTube: