viernes, julio 18, 2008

Muerte de tinta, Cornelia Funke

Trad. Rosa Pilar Blanco. Siruela, Madrid, 2008. 704 pp. 24’90 €

Carmen Fernández Etreros

Parecía que con el colofón de Harry Potter, la séptima y última entrega de sus aventuras, el “fantasy” juvenil iba perdiendo fuelle. Pero no es así. Nada más lejos de la realidad a la vista de las últimas novedades editoriales y al aumento de lectores mayores de doce años y adultos aficionados al género. En este nuevo renacer del “fantasy tras la era Potter” destaca con fuerza una de sus coetáneas: la trilogía del Mundo de Tinta de Cornelia Funke, autora de otros libros infantiles y juveniles como El jinete del dragón o El señor de los ladrones.
«Así el Mundo de Tinta le enseñó con más claridad el propio... y le recordó algo que Mo había dicho tiempo atrás: ¿No piensas tú también que de vez en cuando se deberían leer historias en las que todo es distinto a nuestro mundo? Nada enseña mejor a uno a preguntar por qué los árboles son verdes y No rojos y por qué poseemos cinco dedos en lugar de seis» (p. 105).
¿No lo piensas tú? ¿No se deberían leer historias en las que todo es distinto? Estas palabras de Mo en Muerte de Tinta resumen los ojos con los que hay que acercarse al original universo creativo de la escritora alemana Cornelia Funke. Esperar la magia en todas sus páginas. El avisado lector se encontrará en este libro con historias en las que todo es distinto a nuestro mundo y a nuestra realidad cotidiana, pero en la que subyacen sentimientos universales como el amor, la paz o la justicia. El Bien y el Mal en su lucha interminable.
En Muerte de Tinta una ya casi adolescente Meggie y su padre Mo, convertido en un bandido valiente Arrendrajo oculto en el Bosque Interminable, se ven envueltos en una nueva aventura. Umbra se ha convertido en un lugar triste y pobre en el que malviven sus atemorizados moradores. Una ciudad en la que sin embargo se pasean con normalidad los hombrecillos de cristal, las mujercitas de musgo o las temidas Mujeres Blancas. El lector volverá a sufrir los sentimientos humanos y reales de sus personajes como el enamoramiento juvenil entre Meggie y Farid (que ha heredado su habilidad para jugar con el fuego del desaparecido y adorado Dedo Polvoriento), el amor incondicional entre un padre y una hija Mo y Meggie que siguen compartiendo el don de dar vida a los personajes de lo libros cuando leen en voz alta, el dolor de Roxana por la muerte de su amado esposo Dedo Polvoriento... Pero la mágica aventura proviene de la imaginación y fantasía del viejo Fenoglio y de las malas artes de un escritor sin escrúpulos que vende su arte por dinero, Orfeo. Un libro en el que los escritores no controlan las palabras hermosas y los terribles personajes que han creado y que mueven los hilos de este Mundo de Tinta sin su permiso.
Como en las otras dos entregas de la trilogía la lectura, los libros y las bibliotecas se convierten en la piedra de toque que da significado a este universo de tinta. Los libros son objetos bellos en los que trabajan escritores, encuadernadores e iluminadores para convertirlos en mundos posibles. En Muerte de tinta se oye entre sus páginas los ecos de libros como La historia interminable de Michael Ende, Las mil y una noches o Las aventuras de Robin Hood. Hay que advertir que el lector que nunca se haya acercado al este Mundo de Tinta, deberá empezar por leer el primer libro de la trilogía, porque en Muerte de Tinta se multiplican los personajes y los escenarios (el Castillo de Umbra, el Bosque Impenetrable), se enreda de nuevo una trama argumental ya de por sí muy elaborada, aumenta la riqueza expresiva en las descripciones, se precede de nuevo cada capítulo con una cita literaria, se crean nuevos nombres y nuevos personajes (el Príncipe Negro, Violante, Balbulus o los numerosos bandidos) y se duplican las acciones y las intrigas.
¿Se acaba la trilogía? La escritora Cornelia Funke, considerada por muchos como la J.K. Rowling alemana, cuando visitó Madrid para presentar Muerte de Tinta en junio, comentó que no descarta escribir una cuarta parte de este Mundo de tinta con lo que dejó a todos los presentes boquiabiertos y nuestra pregunta inconclusa. Por lo tanto no sabemos si con Muerte de Tinta acaba esta trilogía que comenzó ya en 2003 con Corazón de tinta, que se encuentra en las listas de libros más vendidos tanto en Alemania como en Estados Unidos. Libro del que además se espera que llegue pronto a nuestro país la versión cinematográfica realizada por Newline Cinema y protagonizada por el actor Brendan Fraser en el papel de Mo. Deseo expreso este último de la propia autora que ya le dedicó Sangre de tinta, el segundo volumen, por haberle servido de inspiración para el personaje de Lengua de Brujo.
En suma, una trilogía que no desaparece con este libro sino que quizás se multiplica en personajes e intrigas y que alimenta con éxito la sed de aventuras de todo buen lector aficionado a la fantasía ya sea joven o adulto.

jueves, julio 17, 2008

Correspondencia (1899-1904), Antón Chéjov / Olga Knipper

Trad. Paul Viejo. Páginas de Espuma, Madrid, 2008. 192 pp. 13,46 €

Alba González Sanz

Hay un corcho en el suelo, junto a la cama. Y resulta difícil no centrar en él la vista mientras, al fondo de la habitación, Anton no respira ya y Olga nos da las instrucciones precisas para transmitir al mundo la noticia de su muerte. Todo esto ya lo contó Carver y en el cuarto hay tres rosas amarillas. Tal vez en algún lugar del equipaje del matrimonio encontremos un telegrama o una de las muchísimas cartas que se escribieron en el tiempo que duró su relación. En todo caso, es la del relato una madrugada triste.
La Correspondencia (1899-1904) que se recoge en esta edición de Páginas de Espuma es una mirada a esas notas intercambiadas entre el escritor y la actriz, entre los dos amigos, entre los dos esposos en los últimos años de su corta pero intensa relación. La selección de cartas se organiza por años y, al final, se incorpora un apéndice con algunas de las misivas que Olga continuó escribiendo cuando Chéjov ya había muerto, recogiendo los sucesos de los meses inmediatamente posteriores a su fallecimiento.
Cuando Anton Chéjov conoció a Olga Knipper, actriz principal del Teatro del Arte de Moscú, ya era un escritor de reconocido prestigio y comenzaba a dar a luz sus fundamentales obras de teatro. Al principio, ambos mantuvieron en secreto su relación pero en 1901 contrajeron matrimonio. En el corto espacio de tiempo que estuvieron juntos, la distancia geográfica fue la tónica: él debía pasar parte del año retirado en Yalta, por sus problemas de salud; y ella en Moscú, por imperativo teatral.
¿Interesa leer cómo el autor de La gaviota llama «cachorrillo» a la que fue su mujer? Más bien poco y sin embargo, apartando lo personal hay un asunto de interés central en estas cartas: Chéjov escribiendo sobre teatro, sobre sus obras, y haciéndolo en la intimidad y con franqueza, comentando con Olga Knipper sus dudas, sus sugerencias de interpretación, la propia situación de ella en cada pieza. Por otro lado y dada la compleja relación entre ambos por la obligación profesional de pasar separados gran parte del año, es interesante también ver cómo la actriz de origen alemán se torturaba al considerar que hasta cierto punto ella debería estar con Chéjov, planteándose en más de una ocasión su carrera teatral, especialmente tras un traumático aborto.
Dice Olga: «Después de La gaviota sufrí físicamente, mientras que ahora, tras el Tío Vania, sufro moralmente. [...] Sólo sé una cosa: interpreté con pretensiones, y eso es precisamente lo más terrible». Responde Chéjov: «La obra es antigua y ya tiene un tiempo, además de muchísimos defectos de toda clase. Si más de la mitad de los intérpretes no han sido capaces de dar con el tono apropiado, eso quiere decir, por supuesto, que la culpa es de la obra».
Pregunta Anton: «Descríbeme, aunque sea, un solo ensayo de Las tres hermanas. ¿Hay algo que sea necesario añadirle o quitarle? […] No expreses aflicción en tu rostro en ningún acto. Enfado sí, pero no aflicción». Responde Olga: «Representamos dos veces el tercer acto. Nemiróvich estuvo observando y parece ser que va a cambiar muchas cosas. Stanisl[avski] ha organizado un horrible barullo en el escenario [...] Todos actúan con armonía y tenemos esperanzas de que la pieza vaya bien. Stanislav[ski] ayer habló conmigo en privado más de dos horas, analizó toda mi naturaleza artística, una vez más me reprochó mi incapacidad para trabajar, para repetir el mismo papel durante tres años [...] Es muy difícil para mí hablar con él; él se da cuenta de que no me inclino ante él, de que no me pongo en sus manos como actriz, y eso le saca de quicio. Es cierto, no tengo una confianza ciega en él». Replica Chéjov desde Niza: «Barullo en el tercer acto... ¿qué barullo? Hay ruido sólo a lo lejos, tras el escenario, un ruido sordo, confuso; y mientras, en escena estáis todos cansados, casi dormidos... Si echáis abajo el tercer acto estropearéis la obra entera y lograréis que me silben, ¡a mi edad!».
Escribe la Knipper: «Ignatov leyó un informe. Analizaron de una forma rara tanto al espectador como al teatro. [...] Dijeron por ejemplo que el teatro favorece la pasividad, ya que el espectador no puede mostrar un interés o desinterés acerca de lo que está ocurriendo en el escenario. [...] Por supuesto todos tendían a hablar mal del teatro contemporáneo y del repertorio. [...] El discurso lo cerraron con las palabras: “¡que viva la luz y que perezcan las tinieblas!”». Comenta Anton: «¡“El teatro favorece la pasividad”! ¿Y qué la pintura entonces? ¿Y la poesía? El espectador, al mirar un cuadro o leer una novela, tampoco puede manifestar su interés o su desinterés sobre lo que haya en el cuadro o en el libro. “Que viva la luz y que perezcan las tinieblas”, eso es una hipocresía de los rezagados, de los duros de entendederas y de los débiles».
El intercambio podría seguir y casi en cada carta encontraríamos la vida de esta pareja entreverada de teatro y literatura, de cotidianeidad y escena. Tras el corte abrupto que impone la muerte de Anton Chéjov, llegan las notas del diario de Olga Knipper, y en el fondo, a pesar de la comprensión infinita de su esposo que valoraba más que nadie sus capacidades como actriz, la siguiente despedida: «El teatro, el teatro… No sé si amarlo o maldecirlo…»

miércoles, julio 16, 2008

El infinito en la palma de la mano, Gioconda Belli

Premio Biblioteca Breve 2008. Seix Barral, Barcelona, 2008. 237 pp. 18 €

Nere Basabe

El Paraíso es aburrido pero afortunadamente dura poco; apenas los cinco primeros capítulos. Porque la verdadera historia de Adán y Eva no es la del Jardín del Edén, es la aventura que emprenden ese primer hombre y esa primera mujer expulsados al mundo. Gioconda Belli, reconocida poeta nicaragüense, elije esta primera historia de la Historia (acaso mitológica), basándose en los libros apócrifos excluidos de la Biblia, como argumento para esta novela con la que ha recibido el Premio Biblioteca Breve.
Tras comer los higos (que no la manzana) del árbol del Conocimiento, el Jardín se convulsiona, la tierra tiembla y se abre, y tras el cataclismo, Adán y Eva amanecen arrojados a una tierra inhóspita, donde los animales recelan unos de otros y ya no les obedecen, donde el cielo se apaga cada día, donde hay que matar para sobrevivir (Eva se resiste inicialmente militando en el vegetarianismo), y donde sus cuerpos, despojados de toda condición divina, experimentan con dramatismo las debilidades humanas; durante días sienten la boca y la garganta abrasando, como llenas de arena, y no saben por qué: así descubren la primera sed.
Despojada de toda teología, pese a las puntuales apariciones de esa voz omnipresente —Elokim, lo llaman— que como un Gran Hermano dicta unas leyes incomprensibles, y de una Serpiente cansada de tanta eternidad, que como un oráculo les habla oscuramente y con un discurso cargado de existencialismo acerca de ese Invisible Todopoderoso que se aburre, duda de sus propias creaciones, se equivoca, olvida y se marcha a crear nuevos mundos, la novela apuesta en cambio por la exploración de la condición humana en toda su desnudez, la reflexión sobre lo que significa perder la inocencia y hacerse cargo del conocimiento, y el sentido de la Historia: y el resultado es descorazonador, porque lo primero que intentan este primer hombre y primera mujer, al descubrir lo que son, es el suicidio.
Y sin embargo, en el idílico Jardín donde nada transcurría salvo las aguas mansas del río, Eva se sentía llamada, en sueños, por una multitud de seres que, iguales que ellos, se destruían y se regeneraban avanzando sin detenerse, y la imagen la subyugó tanto que quiso darles la oportunidad de existir. Así Eva aparece como la encargada de engendrar y desencadenar la Historia, frente al timorato Adán, ajeno a la curiosidad y temeroso de todo. Hasta que el relevo de la Historia lo toma su hija Aklia, en un final conmovedor: tras matar Caín a su hermano Abel por celos incestuosos, parte al exilio con su hermana gemela Luluwa, y Adán y Eva se quedan solos con su hija pequeña, la fea y callada Aklia, que parece sufrir un retroceso tras la pérdida traumática de su hermano gemelo Abel, y se va despojando poco a poco de toda humanidad. Un buen día Eva decide llevar a su hija a la playa, y allí la niña simiesca corre y salta feliz de nuevo. En el camino de regreso, madre e hija se topan con una manada de grandes primates, y la niña se suelta de la mano de Eva para unirse a ellos, dando comienzo, desaparecido Dios, a la verdadera Historia. Una Historia que habrá de llevarnos al punto de partida, al reencuentro del anhelado Paraíso, nostalgia que tanto daño nos ha hecho.
Belli ha llevado a cabo un laborioso trabajo de documentación para dar vida a esta primera historia —una bicoca para cualquier escritor—, y así lo hace constar en una introducción y una bibliografía incluida al final, a mi juicio prescindibles. Tal vez se podía haber contado mejor (y en algunos pasajes el lector tiene realmente esa sensación), pero es con todo una aventura apasionante. Tan apasionante como vivir.

martes, julio 15, 2008

¿Va a arder París...? Crónicas cosmopolitas, 1892-1912, Rubén Darío

Veintisiete Letras, Madrid, 2008. 256 pp. 20 €.

Pedro M. Domene

El nicaragüense Rubén Darío, padre del modernismo, ocupa ese lugar privilegiado que le ha otorgado la historia, por el valor de su poesía y de sus cuentos, aunque buena parte del resto de su obra, casi dos tercios, como aclara el editor de la presente selección, se encuentran en su prosa, como por ejemplo, ¿Va a arder París...? Crónicas cosmopolitas, 1892-1912, que escribió para algunos periódicos importantes del momento, en realidad, un conjunto no menos singular de crónicas de actualidad, de política, de costumbres y aquellos aspectos que le resultaban al poeta más cosmopolitas. Octavio Paz afirmó que «la imaginación de Darío tiende a manifestarse e direcciones contradictorias y complementarias y de ahí su dinamismo». Darío es importante por su personalidad, por el alcance continental de sus actividades, porque en su fama internacional llegó a ser como el catalizador de los elementos artísticos de su época. También puede considerarse como el primer escritor profesional de Latinoamérica y gracias a su ejemplo, como señala Jean Franco, «la literatura hispanoamericana desarrolló una preocupación más seria por la forma y por el lenguaje». Gonzalo Torrente Ballester escribiría que «Muchos de los temas poéticos de Rubén, aquellos, precisamente, manidos por sus seguidores, han perdido hoy interés y atractivo. Pero en su obra amplia y compleja, son muchos los poemas que conservan el encanto y la emoción, cuyas audacias aún nos asombran y cuyos conceptos nos conmueven. Rubén Darío sigue siendo uno de los grandes poetas en lengua castellana». O como el mismo Borges añadiera: «Todo lo renovó Darío: la materia, el vocabulario, la métrica, la magia particular de ciertas palabras, la sensibilidad del poeta y de sus lectores. Su labor no ha cesado ni cesará».
La reciente edición de ¿Va a arder París...? Crónicas cosmopolitas, 1892-1912, que anota Günther Schmigalle, pone de manifiesto el valor que, casi cien años después, aún se le otorga al escritor quizá en una de sus facetas menos conocidas o editadas hasta el momento: colaborador en prensa durante buena parte de su vida, desde los quince años en su Nicaragua natal hasta su última entrega, en La Nación de Buenos Aires, en agosto de 1915. Los ingresos de sus colaboraciones le permitían dedicarse a la poesía, la vocación de su vida, y por la que ha pasado al plano más internacional, aunque no descuidó su prosa tanto periodística como poética. Para Schmigalle, la crónica modernista de Darío es un género en el cual se produce el encuentro entre la literatura y el periodismo, la fusión de lo subjetivo y lo factual y, añade, que un rasgo estilístico característico que comparten sus crónicas y su poesía son las abundantes alusiones y referencias empleadas por el autor para evocar imágenes que estén presentes en la mente del lector.
El editor distingue varios tipos, entre la vasta producción de crónicas escritas por el nicaragüense, incluso, diversos géneros: lo que él mismo calificaba como «crónica filosófica» que después trasladaba a sus libros y que, siempre, partía de un suceso ocurrido, vivido o presenciado por el cronista, lo comenta, amplia y desarrolla con abundantes asociaciones literarias, históricas o personales para llegar, en ocasiones, a conclusiones con fines sentenciosos. El lector encontrará en esta selección una amplia variedad de temas, y algunos textos inéditos, uno de los primeros publicados en Costa Rica que tituló Por el lado del Norte, escrito en 1892, con motivo de la guerra civil chilena; y otro más de sus primeras entregas que titula La agitación recién pasada, en realidad, el testimonio de una de las primeras visitas de Darío a París, en 1893. Como es sabido, su primer viaje a la ciudad del Sena fue descrito y recogido en el volumen Los raros (1896), retrato de famosos y desconocidos escritores, entre los que sobresalen, y se editan en esta edición, Poe, Verlaine y, finalmente, Martí. Amplió su visión sobre otros escritores en una posterior entrega, Opiniones (1906). En realidad, el París del nicaragüense que podemos rastrear en las páginas de ¿Va a arder París...? tiene un doble carácter: de un lado, es una ciudad real, vista por el cronista y, por otra parte, es la ciudad de un ideal que representa esa unión entre el arte y la vida, la poesía y la realidad que preconizaba el poeta. Queda constatado que, en su primera visita a París, conoció a Verlaine, trabaría amistad con el poeta griego Moréas y, sobre todo, realizó múltiples lecturas que le llevarían posteriormente a las crónicas que reunió en Los raros. La desilusión por la Ciudad Luz vendría posteriormente, a partir de la segunda mitad de 1900, cuando Darío es enviado como corresponsal por La Nación, ha pasado la emoción de la Exposición Universal y ya realizado su viaje por una Italia no menos singular.
Varios escándalos provocan la curiosidad del poeta que lo convierten en cronista excepcional. El primero de ellos, el asunto Vera Gelo, la estudiante rusa que un 19 de enero de 1901, en el Colegio de Francia, dispara contra el profesor Émile Deschanel; otra estudiante y la señorita Zelenine, se interponen y el disparo hiere a esta última. La frustrada asesina visita a la amiga en el hospital, el hermano de Zelenine pretende casarse con Vera que, inesperadamente, volverá a Rusia hasta que regresa a París en 1902 y es pescada en el Sena por un carpintero cuando intentaba suicidarse. El segundo, recuerda a Leca y Manda, dueños de la innominable Casque d´Or, y la batalla que entre ambos entablan con sus respectivas pandillas por el amor de una mujer, una belleza rubia que ha dejado a uno para irse con el otro. La prensa bautiza a la dama como «Casco de Oro» y a los pandilleros como los «Apaches de París». La publicidad que origina el episodio convierte en famosos a los tres protagonistas del suceso: Manda y Leca serán condenados y trasladados a la Guayana junto a otros quinientos presidiarios y la bella Casco de Oro ingresa en la cárcel de mujeres de Saint-Lazare; pero tras conocer el suceso, un conde español ofrece 300.000 francos como aval para que la heroína salga de la cárcel; posteriormente pretende ser actriz, actuará como domadora de leones y, en una exposición de sus artes, es apuñalada por un desconocido que pretende vengar a su maestro Manda. Sobrevive al intento de asesinato, se casará con un obrero en París, donde moriría en 1933. Jacques Becker la inmortalizaría en una notable película de 1952. Un nuevo escándalo sacude al París de 1902, en los personajes de Teresa, Eva, Federico y Cotarelo, cuando se abre la famosa caja fuerte de la familia Humbert; en esta ocasión, Darío emplea un humorismo mordaz y una sátira feroz contra la estafadora Thérèse Humbert quien había hecho creer, durante más de veinte años, a la sociedad parisina ser la heredera de unos cien millones de francos, cuando en realidad la caja estaba vacía. Un nuevo y último caso, el de M. Syveton, ocurrido en noviembre de 1904, cuando el tesorero de la Liga de la Patria Francesa y diputado por el 2º distrito de París, abofetea en plena sesión parlamentaria al ministro de la guerra, el general Louis André. Despojado de su inmunidad se esperaba el juicio cuando el político apareció muerto junto una tubería por donde se escapaba el gas. Darío se preguntaba en su crónica, ¿se trata de un accidente?, ¿o de un suicidio? , ¿o de un asesinato? La esposa llegó a afirmar que se trataba de un suicido porque Syveton había estado abusando sexualmente de su hijastra durante años. Las teorías en torno a esta muerte se sucedieron a lo largo de los meses siguientes, y en su mayoría, pese a múltiples interrogantes, se aceptó la tesis del suicidio.
Los aires de cosmopolitismo que podemos apreciar en los textos de Darío no significan, en medida alguna, que el poeta y cronista descuidara las cuestiones relativas a su América; parte de sus crónicas de juventud se refieren a temas americanos autóctonos, como por ejemplo, Namuncurá que se selecciona en esta edición, el último cacique de la pampa argentina. O Folklore de América Central. Representaciones y bailes populares de Nicaragua, sobre los Moros y Cristianos, La Yegua, el Toro Guaco. En una reciente edición sobre la poesía del nicaragüense, Eduardo Becerra, escribía que «la crónica periodística y la narrativa de ficción fueron los dos géneros elegidos por Darío para desarrollar su obra prosística (...), sus profundos análisis del momento crítico vivido por España tras la derrota en Cuba, sus continuos viajes a Francia (...), la degradación moral, el materialismo y la injusticia social (...) que, paralelamente, a su obra poética, se orientó hacia la reflexión sobre la necesidad de forjar una conciencia hispanoamericana como medio de construcción de un porvenir para su tierra». El lector no dejará de encontrar curiosas afirmaciones y revelaciones entre las crónicas y artículos de un Darío que investigaba en profundidad los temas que abordaba: por ejemplo la relación Gorki - Lenin, las repetidas estancias del pensador y revolucionario ruso en París, su amistad con Amado Nervo, o la animadversión que tenía el pintor belga Henry de Groux hacia el revolucionario Lenin.

lunes, julio 14, 2008

La Andalucía del exilio, Eva Díaz Pérez

Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2008. 287 pp. 18 €.

Juan Pablo Heras

Cuando uno empieza a interesarse por la historia de los exiliados por la Guerra Civil, debe acercarse inevitablemente a obras de referencia fundamentales como El exilio republicano español de 1939, dirigida por José Luis Abellán. Pero este y otros estudios, que abrieron el camino de la hoy creciente bibliografía sobre el exilio, adolecían a veces de cierta cadencia de inventario, de un aire de panorama de lápidas en las que apenas se asomaba a veces algunos epitafios apresurados. Estos libros fundacionales han sido sin duda fundamentales para rescatar la memoria de tantos desterrados, pero hacía falta aplicar el fuelle del ensayo para insuflar vida a tantos nombres que poco a poco van recuperando sus perfiles humanos. Eso es sin duda lo que ha pretendido Eva Díaz Pérez en La Andalucía del exilio. Este libro recopila una extensa serie de semblanzas ya publicadas en la edición andaluza de El Mundo que abarcan toda una serie de inolvidables personajes que nacieron en Andalucía o que se arraigaron allí el tiempo suficiente como para llevarla consigo en las maletas del destierro. Eva Díaz Pérez, finalista del Nadal de 2008 con El club de la memoria, aborda todas las semblanzas con una técnica similar: recoger una anécdota significativa y recrear el momento en el que el retratado contempla los pasos que ha dejado tras de sí, recorriendo de nuevo el hilo que ha ido tendiendo por el laberinto del exilio: porque si algo tienen en común este conjunto de exiliados es un empeño impenitente de dejar memoria de su desventura. El origen periodístico de estas pequeñas crónicas conlleva a veces cierto desaliño estilístico y una reiteración en determinados motivos e imágenes que es pertinente en el periódico pero innecesaria en el libro. Sin embargo, es este mismo origen lo que le da sus mayores virtudes: trazo eficaz y adjetivación certera, y una selección impecable de aquello que hace fascinante a cada una de las vidas que pasean por estas páginas. Caben figuras muy conocidas, como Rafael Alberti, Antonio Machado o Niceto Alcalá-Zamora, y muchas otras que la pericia investigadora de la autora ha rescatado del olvido, o, al menos, de la penumbra: Miguel Pizarro, amigo de Lorca y novio de María Zambrano, que murió en Brooklyn tras sobrevivir a la Guerra Civil, al terremoto de Osaka, a y a un asalto de bandoleros manchúes en el Transiberiano; Pedro Garfias, inmenso cantor del destierro que mantenía largas conversaciones con un tabernero inglés sin aprender jamás su lengua; Matilde Cantos, que regresó del exilio para nutrir la oposición activa al antifranquismo y murió ignorada en una residencia de ancianos por no venderse al lustre hipócrita de la nueva política que se avecinaba. Los exiliados no interesan sólo por su propia peripecia, sino por su calidad de testigos, como Manuel Chaves Nogales, lúcido cronista de la rendición francesa ante el nazismo; o el médico libertario Pedro Vallina, que cuenta cómo vio a un grupo de ciegos que escapaban cogidos de la mano de un hospital cercano a la frontera preguntando cuál era el camino a Francia.
La Andalucía del exilio se cierra con un relato no por conocido menos estremecedor: el paseo por el desfiladero de Federico García Lorca, que tomó el último tren a Granada desoyendo todo tipo de advertencias e invitaciones para huir de la probabilidad de la muerte. Este epílogo, este exilio que no fue, parece decirnos que al menos a aquellos que sufrieron la tragedia del destierro les quedaron dos pequeños tesoros: la oportunidad de reconstruirse a sí mismos en otro lugar y el tiempo para dejarnos el recuerdo de la faz miserable del mundo.