viernes, mayo 02, 2008

La polilla y la herrumbre, Mary Cholmondeley

Trad. Ricardo García Pérez. Periférica, Cáceres. 2008. 201 pp. 16 €

Marta Sanz

Cuando abrí este libro, pensé que nunca iba a poder memorizar el nombre de quien lo escribió. Cuando lo acabé, estaba segura de que no se me iba a olvidar fácilmente. Mary Cholmondeley —he sido capaz de escribir el nombre sin mirarlo: eso es un síntoma—, además de mantener un vínculo amistoso con Henry James, consiguió fascinar con sus narraciones —las fantasmagóricas, las realistas, las autobiográficas...— a personalidades tan dispares como George Orwell, Mark Twain o Virginia Woolf. Mary Cholmondeley vivió a caballo entre dos siglos y, como otros escritores de su generación, entre dos mundos, uno a cada lado del océano Atlántico. También mantuvo un firme compromiso con la causa feminista.
La polilla y la herrumbre es un texto aparentemente sencillo, pero profundamente extraño. Algunas veces, la extrañeza reside en las fluctuaciones de tono: la chispa cómica, la mordacidad, el ritmo trepidante se entreveran con el timbre poético y con la contención —ese decir y no decir a la vez o ese decir no diciendo— de algunos diálogos que pueden llegar a enervar a un lector que, si tuviera un alfiler, pincharía el trasero de los que se muerden la lengua o mantienen su dignidad caiga quien caiga. La extrañeza se anuncia desde su título: la polilla y la herrumbre son metáforas de la degradación, pero de una degradación que se produce en el territorio de lo doméstico, sobre las telas de los cortinones, la ropa de cama, los abalorios o los pomos de las puertas, sobre las cosas de las que también están hechas las personas, sobre la materia de la que está tejida eso que llaman el alma. En ese caldo de cultivo, las relaciones sentimentales son un objeto precioso o un colgante de latón –un valor de cambio-, el manjar para la voracidad de la polilla, el polvo oxidado de la herrumbre: «Hemos sufrido lo que hemos sufrido. La persona por la que se sufrió no volverá a escuchar una palabra nuestra./ La polilla y la herrumbre han corroído. / Han entrado los ladrones y han robado.» Sobre el amor, hasta sobre el más romántico, se van sedimentando posesiones inmateriales —la confianza, el cariño, la sensualidad—, pero también las capas de lo tangible: el dinero, la tierra, el poder, las casas, los árboles genealógicos. La conciencia de esa realidad atenta contra la placidez idílica de la versión más blanda del enamoramiento: la que derriba todas las barreras y sobrevive a todas las tempestades. Cholmondeley desvela las mentiras de la pasión romántica en una pirueta realista de la novela sentimental: los pagarés, el efectivo, la quiebra rasguñan la fe y estrechan los contornos del amor inocente.
Cholmondeley recrea, a través de dos historias sentimentales, un mundo en el que la frontera entre el abolengo aristocrático y el espíritu empresarial del capitalista emprendedor se va difuminando, mientras que otras contradicciones no se resuelven con la misma facilidad. Anne calibra los movimientos que ha de hacer para conseguir al hombre amado, labrando una confianza basada en el desinterés absoluto, una confianza en la que el cariño que Anne profesa no es el vehículo para una transacción: cada aproximación o alejamiento entre Anne, la aristócrata, y Stephen, el hombre hecho a sí mismo, da calambre por su romanticismo cool. Son dos pieles condenadas a entenderse en el espacio de sus privilegios, pese a la psicología acomplejada de Stephen, en definitiva, un advenedizo.
La inteligencia de Anne —una inteligencia fría que la autora hace brillar— se contrapone a la sencillez de Janet que, por falta de malicia, pierde a su amor. La contraposición de Anne y Janet no juega en perjuicio de ninguna: no se trata de que una simbolice la oscuridad y la otra, la luz. Anne y Janet son dos voluntades enamoradas capaces de enfrentarse a lo que venga con mayor o menor lucidez, pero siempre desde el ejercicio de la dignidad y del honor. También desde dos posiciones diferentes que son un punto de partida y un factor decisivo para la consecución de la felicidad romántica. Anne y Janet poseen distintos capitales simbólicos y no simbólicos: el de Anne es su inteligencia, pero sobre todo su pertenencia a una clase, la aristocracia, que la convierte en una mujer elegante, distinguida y cultivada; el de Janet consiste en su belleza, en su bondad, en su naturaleza sin doblez y en su pertenencia a otra clase: una lampante, empobrecida. Cholmondeley, sin timidez y a contracorriente respecto a estereotipos narrativos que aún perviven y cimientan una ideología del amor que en su ingenuidad hace daño, sugiere que con la belleza y la bondad no se va a ninguna parte —como mucho se consigue la admiración de los artistas o de los excéntricos, siempre en la periferia del auténtico poder— en un mundo cuyos valores son la virilidad, el capital, la posesión de tierra, el afán especulativo. El falso sentido del honor y la obcecación también infligen daño y roen las relaciones, frente a la flexibilidad, la mano izquierda y el sano disimulo. Janet trepa por el esqueleto incendiado de un edificio, todo polilla, todo herrumbre, para cumplir una promesa, una misión heroica, que la llevará de cabeza hacia la infelicidad. Cholmondeley ha puesto en marcha su martillo desmitificador para brindarnos una enseñanza: no a todos los seres humanos se les perdonan las mismas cosas ni se les permite ser dignos de la misma manera. No a todos los seres humanos se les mide, en definitiva, con el mismo rasero.
Cholmondeley retrata dialécticamente un modelo social basado en oposiciones que cristalizan en una trama fascinante tanto por sus dualidades y diálogos, como por sus malentendidos, su final y, sobre todo, por la construcción de personajes, especialmente por la construcción de madres: quizá no haya mejor madre que la madre muerta, como las de las heroínas de los libros, las madres ausentes de Evelina, Jane Eyre, Aurora Leigh que la autora menciona al hablar de la orfandad de la pobre Janet.... Aunque Cholmondeley pone todo su empeño en que los libros no mientan y se parezcan cada vez más a la vida, en un momento señala «Ojalá la vida se asemejara más a las historias que leemos»: a estas alturas, querida Mary, no sabría yo qué decirle.

jueves, mayo 01, 2008

Un crimen científico y otros cuentos, José Fernández Bremón

Lengua de Trapo, Madrid. 235 pp. 20,90 €

Sofia Rhei

Tenemos la oportunidad de leer a un escritor que la historia, por el momento, ha ido desplazando en favor de otros. Su nombre es José Fernández Bremón, y parece que lo más sensato para que podamos hacernos una idea sobre su propuesta es leerlo directamente:
«El licenciado Ojeda había sido en sus buenos tiempo famoso oculista. Sus pomadas y colirios eran de tal valor que se falsificaban como los billetes del Banco Nacional; había hecho un estudio profundo de todas las partes del ojo, a fuerza de quemarse las pestañas; era el tutor de las pupilas y disipaba las nubes, para que luciese sus colores el iris de los ojos; complicados, sutiles y extraños elementos de su invención le permitían internarse en el globo del ojo con singular atrevimiento; vaciaba ojos inútiles y colocaba en su lugar ojos de cristal, cuya mirada era irresistible. En su despacho sólo se veían objetos relativos a su profesión, pues hasta el único objeto frívolo que le adornaba era una estatua de Argos, representada con cien ojos.
Su señora, rodeada continuamente de ojos imitados y enfermos de la vista, y no oyendo hablar en su casa sino de cataratas y oftalmías, de la visión, de la retina y la esclerótica, había tomado un verdadero aborrecimiento en todo lo que se refería a la vista. Más de una vez, en las disputas conyugales que ocasionaba el fastidio, estuvo a punto de sacar los ojos a su esposo, pero extenuada por el aburrimiento, y no habiendo podido satisfacer durante su embarazo el antojo cruel de dejar sin vista a su marido, falleció dando a luz una niña completamente ciega.»

Como puede observarse, el juego con el lenguaje se lleva a cabo sin miedo, sin ese pudor que hoy parece impedir a muchos escritores, entre otras muchas cosas, los incisos, el empleo de nombres semánticos o «parlantes», la inclusión en el cuerpo del texto de comentarios científicos, o esas leves heterogeneidades de estilo gracias a las cuales puede introducirse un juego de palabras, un comentario ético, un destello humorístico.
En el interesante prólogo, Rebeca Martín cita a un crítico de la época que acusa a Bremón de escribir «imitaciones evidentes de Hoffmann, Edgar Poe, Erkmann-Chatrian y otros célebres cuentistas contemporáneos», y añadía que «no somos muy partidarios de este género, degeneración notoria de la literatura oriental, y poco adecuado a épocas como la presente, en que lo fantástico y lo maravilloso gozan de favor escaso».
Épocas como la presente… No sé si ha habido en España algún momento, en tanto que tal, favorable a estos géneros. Las tendencias y modas editoriales nunca han sido algo nuevo. En aquellos años (1871-79) existían aros por los que había que pasar exactamente igual que en este momento: hacer coincidir la escritura con las preferencias de crítica y público no es muy distinto que meter el cuerpo en un corsé, como se hacía entonces, o adelgazarlo de manera forzada para que encaje adecuadamente en la ropa de tallas estándar.
Bremón, efectivamente, ha leído con entusiasmo a los ingleses al alemán, pero su propuesta está muy lejos de resultar una «imitación». El estilo lúdico y humorístico, con ciertas dosis de parodia, resulta alejado de la solemnidad retumbante de Poe o del romanticismo a la antigua de Hoffmann. Sí que tiene algún elemento más en común con los franceses Erckmann-Chatrian, como el toque humorístico. Se trata de una escritura rica, tanto temática como lingüísticamente, que se niega a ceñirse a los bloques de estilo impuestos por un determinado género. Da esa agradable impresión de que el autor estaba haciendo lo que le apetecía.
En dos de las historias aparecen figuras de primates (como en aquel famoso relato de la Rue Morgue), emblema del evolucionismo, y tres de los cuentos tienen como protagonistas a científicos fascinados y absorbidos por su arte, al igual que en La hija de Rappacini, de Nathaniel Hawthorne. Además, el autor incluye notas a pie que muestran su conocimiento e interés por la actualidad científica.
Sólo me queda agradecer a la editorial esta colección de «rescatados», esa búsqueda de lo verdadero que tan pertinente resulta en esta época de sobredosis editorial de «novedades», que obliga a los escritores a sacar al menos un libro cada temporada. El libro de Bremón es una sorpresa, y una gozada.

miércoles, abril 30, 2008

Al pie de la letra, Miguel Calatayud

Kalandraka, Pontevedra, 2007. 75 pp. 17 €

Marta Zafrilla

Cuando olvidamos mirar a las nubes y adivinar en su forma dragones y koalas o cuando desaprovechamos las manchas de los mármoles y las formas del gotelé para inventar rostros y cuevas de la fantasía, olvidamos también la magia de interpretar el silencio de las cosas. Cuando niños, creímos en el misterio y en el susurro narrativo de la vida, abríamos los ojos a lo posible a través de lo imposible y participábamos del juego del invento. Al pie de la letra muestra narraciones calladas en nubes de acuarela, gotelés de tinta y manchas de colores con la boca abierta. Y quien quiera ver verá más allá de sus trazos entrelazados, de sus volúmenes de agua y de sus personajes en cursiva. Y encontrará puertas abiertas a la imaginación y llaves a otros libros. Y así los niños que andan de presentaciones con el alfabeto reconocerán una caperucita con forma de erre, cactus que son bes y sillas que parecen eles y adivinarán sus siluetas a través del juego que propone Miguel Calatayud con este «festival de garabatos». Y el adulto que conozca que en el vientre de las letras duermen amaneceres y sueños podrá despertar la curiosidad de sus niños jugando a encontrar letras en las ilustraciones, adivinar historias de personajes de tinta y adentrarse en sus bosques de mayúsculas. El lector adulto encontrará en este libro una metáfora de la imaginación, mostrando la capacidad de los caracteres para crear mundos y construir historias. Con esta misma magia deberá enseñarle al pequeño lector a imaginar relatos en los dibujos como quien escribe poemas sobre un cuadro o descubre una novela latiendo en una fotografía. Será ésta sin duda una buena forma de mirar/leer este libro, aunque quizá pueda el padre, tío o maestro narrar él mismo lo que le sugieren sus fieros piratas, sus sirenas escamadas o sus peces voladores. La puerta está abierta. Quien quiera trepar por la fantasía aquí tiene una buena oportunidad de la mano de Kalandraka y su colección Alfabetos.

martes, abril 29, 2008

Percy Gloom, Kathy Malkasian

La Cúpula, Barcelona, 2008. 176 pp. 20 €

Guillermo Ruiz Villagordo

Percy Gloom es un hombrecillo bajito y cabezón, tímido y simpático, con cierto aire a Mister Magoo. Su mayor sueño es formar parte del equipo de «A salvo», una empresa dedicada a la confección de escritos preventivos, que no son otra cosa que las listas de advertencias que acompañan a cualquier producto con el objeto de evitar accidentes domésticos. Cuando por fin le es concedida una entrevista de trabajo emprende camino hacia la ciudad, donde se topa con sus extraños habitantes: dos niños que buscan la piedra mágica que la sostiene para que al arrancarla se desmorone y no tengan que ir al colegio; cabras tristes que cantan canciones italianas de estilo renacentista (el estilo musical se puede comprobar escuchando la canción colgada en la página oficial del comic); un entregado y desquiciado escritor preventivo que sólo aspira a ser el que más riesgos corra al investigar sobre los impensables peligros de los objetos más cotidianos y demostrar así un amor inconfesado; y, sobre todo, Tammy, la histérica fundadora de una secta nada pacífica, que le recordará a Lila, su antigua novia, arrastrada por un fanático embaucador. Poco a poco irá descubriendo lo que esconde tanto entramado de miedos mientras se pregunta si tal vez no existe alguna opción para escapar de la insólita tradición familiar que siguen los varones Gloom al llegar a determinada edad.
Ahora tengo que hacer un alto y confesar algo: acabo de descubrir que las primeras líneas de esta crítica son prácticamente idénticas a las que usa la propia editorial para presentar el libro. En un principio pienso que debo cambiarlas para que no se me acuse de plagio más o menos encubierto, pero inmediatamente después me pregunto por qué de entre todos los comienzos posibles hemos coincidido en éste en particular. Entonces me percato de que esto confirma la impresión que tenía: que es el propio libro el que invita, casi obliga, a presentarse así, ya que son las típicas palabras que utilizaríamos como introducción de un cuento. Y es que sí, de eso se trata, de un cuento, y podría añadir que del mismo tipo de los que nos contaban en la infancia, con similares ingredientes de fantasía y tragicomedia, sólo que los elementos y temas que maneja —la burocracia, la muerte, el destino, el sentido de lo real— pertenecen a la más dura y gris vida adulta. El gran mérito de Malkasian es la manera en que juega con ellos, cómo los replantea, les da la vuelta completamente y consigue componer una historia que transcurre en un mundo onírico que, aunque en principio aparente ser una sucesión de escenas surrealistas desubicadas, tiene sus propias reglas y es un reflejo imaginativo y nada condescendiente del nuestro, como iremos comprendiendo conforme avancemos en la lectura y nos reencontrernos con sus memorables protagonistas. Yendo más allá, y simplificando mucho a la vez, es una versión dibujada más dulce de El castillo de Kafka.
Según la nota biográfica de la solapa, Cathy Malkasian ha colaborado en diversos proyectos de animación, como la película de Los Thornberrys y algunos capítulos de Jumanji y Rugrats. Y efectivamente uno de los aspectos más interesantes de este su primer comic es la semejanza de su peculiar dibujo en sepia con los bocetos de una película de animación, que de hecho parecen adquirir movimiento inadvertidamente ante nuestros ojos, tan llenos de vida, de ansiedad, temor, humor y esperanza están sus personajes.
Leo lo que he escrito y sospecho que tanto éste como cualquier otro intento de aproximación resultará fallido por insuficiente. Encuentro otras impresiones de lecturas en la red y compruebo que todos los que lo hemos leido hemos quedado fascinados y atrapados por la melancolía (que no otra es la traducción de “gloom”) de este cómic. Ahora es el turno de los que aún no lo han hecho.

lunes, abril 28, 2008

Los amantes de silicona, Javier Tomeo

Anagrama, Barcelona, 2008. 144 pp. 15 €

Pedro M. Domene

Tener entre las manos un nuevo libro de Javier Tomeo (Quicena, Huesca, 1932) produce esa extraña y reconfortante sensación de saber que te dispones a entrar en una historia donde aspectos como lo onírico o lo simbólico y el humor o la ironía facilitan el buen rato empleado. Las historias de Tomeo son tan «mínimas» como los medios manifiestamente reducidos que conjuran al lector a trasladarse a un mundo en el que él mismo encontrará las preguntas y las respuestas, sin que nombres y lugares aludan a una realidad concreta e identificable. Tomeo se desliga de referencias concretas para poder tratar con toda libertad temas que atañen a la naturaleza humana en su «estado más puro», por eso la lectura de sus textos no resulta menos crítica, o tan fascinante como desenfadada, cargada de una acidez extrema, acumulada con el paso de los años en sus acertados juicios de valor, desmitificando, en la mayoría de sus propuestas, aquellos temas que aún importan en nuestra sociedad: el amor, la amistad, el sexo, la homosexualidad o la senectud.
Como siempre, Tomeo, no deja de sorprender a sus lectores y con Los amantes de silicona (2008) ocurre algo semejante porque, Lupercia y Basilio, los protagonistas de esta farsa costumbrista, son una pareja que convive con el paso de los años en un estado de aburrida incomunicación, e incluye una insatisfacción sexual. Así deciden, de mutuo acuerdo, comprar sendos muñecos de silicona para atender a esas necesidades que ya no pueden cubrir. Los muñecos, Marilyn y Big John, pertenecen a una nueva generación tecnológica con características casi humanas, como una voluntad propia. Un buen día, ambos muñecos, deciden escaparse de sus respectivos armarios donde sus dueños los tienen encerrados y deslumbrados. El uno por el otro, hacen el amor por su cuenta y, además, desacreditan a sus amos y sus artes amatorias. La ambigüedad con que el narrador trata el tema, incluso esa técnica de manifestar que la ocurrencia se debe a un amigo, a quien promete leer los primeros diecisiete folios enviados para darle su opinión, y entrar, a lo largo del relato, en una divertida disquisición sobre aspectos crítico-literarios, hacen de su desenlace lo más imaginativo. Toda la mojiganga inventada por Tomeo no deja de producir alguna que otra sonrisa, cierta angustia, mucha insatisfacción y, sobre todo, perplejidad a la hora de constatar que los muñecos de goma están, en esta nueva historia, por encima de los humanos.
Lo mejor, como siempre, la frase breve y un léxico sencillo que no produce problemas de comprensión y cuyo efecto lector es ejemplar, también en Los amantes de silicona; la broma con que trata las situaciones, ese humorismo fino e inteligente sobre una realidad común, aunque la propuesta sea de lo más disparatado, sin que la verosimilitud pueda parecerse a nuestra cotidianidad y cada lector proponga su propia solución al problema. La agilidad narrativa de Tomeo, favorecida por situaciones casi escénicas, consigue que el grado de entretenimiento esté garantizado y en esto, el escritor aragonés, es más que un verdadero maestro.