viernes, abril 04, 2008

Anatomía del amor. Historia natural de la monogamia, el adulterio y el divorcio, Helen E. Fisher

Trad. Alicia Plante. Anagrama, Barcelona, 2007. 400 pp. 20 €

Marta Sanz

Anatomía del amor es un ensayo que su autora, Helen Fisher, acabó de escribir en 1992 y que en 1994 Anagrama ya había publicado. En él se da cuenta de la educación erótica, afectiva y familiar del ser humano, antes incluso de recibir ese nombre, mientras se va perfilando el dibujo anatómico, diacrónico y sincrónico, de las conductas y emociones de hombres y mujeres en el ámbito del cortejo, la seducción, el matrimonio, el emparejamiento, la infidelidad y el divorcio. La metodología que Fisher utiliza es interdisciplinar —no podía ser de otra manera— y el resultado de esa mezcla y análisis del dato sociológico, antropológico, etológico, simiológico, tafológico, ecológico, biológico, genético, psicológico y neurológico podría haber sido apabullante para el lector no iniciado: sin embargo, Fisher consigue interesarnos tanto por la curiosidad y coherencia de las teorías planteadas, como por el rigor y la capacidad para tramar un relato en el que la descripción de los espacios e incluso de los personajes —como Twiggy, una austrolopitecina— crea territorios y psicologías fascinantes y creíbles. En estos tiempos cada vez más reaccionarios de costillas de Adán calcificadas en la conciencia de los sectores confesionales y fanáticos de la sociedad, no está de más volver los ojos hacia Darwin y hacia otros autores más contemporáneos como Desmond Morris o Marvin Harris, para replantear la validez del evolucionismo y de sus hipótesis.
Fisher lleva a cabo un estudio de los comportamientos sentimentales y eróticos buscando sus raíces en nuestros ancestros, en los ramamorfos y los homínidos que bajaron de los árboles y se extendieron por las llanuras de África hasta alcanzar remotos lugares de la Tierra; también busca Fisher en nuestros parientes más o menos lejanos del reino animal —y no me refiero exclusivamente a mandriles, gorilas, bonobos o chimpancés, sino también a bacalaos, moscas damisela o albatros— y en las tribus con hábitos primitivos que, en la actualidad, moran en distintos puntos de la geografía terrestre. En la búsqueda de patrones transculturales se deconstruyen tópicos con los que a diario se nos bombardea hasta el punto de que ya nos parecen incuestionables: por ejemplo, la frase hecha de que Occidente es la cuna de las libertades y especialmente de las libertades femeninas; Fisher pone de manifiesto cómo el cristianismo y el colonialismo fueron responsables de la rebaja en la condición femenina en partes del mundo en las que las mujeres eran más autónomas y más libres antes de la llegada del hombre blanco, cristiano y capitalista. Del mismo modo, la aparición del arado, de las economías sedentarias, de la propiedad privada y la implantación de la monogamia hasta que la muerte nos separe —las posesiones se mantienen a través de varones que por fin estaban completamente seguros de su paternidad— relegaron a la mujer a un papel supeditado al hombre: la libertad de las recolectoras nómadas sufrió un retroceso en el momento indeterminado en que las tierras comenzaron a labrase con un instrumento que exigía gran fuerza bruta.
En ese recorrido, lo biológico y lo cultural, la naturaleza y la civilización, se van entretejiendo recordándonos que la polémica de qué fue primero el huevo o la gallina es estéril, y que la función hace al órgano tanto como el órgano a la función: los aspectos evolutivos, adaptativos, ecológicos y económicos, los códigos de supervivencia, las conductas ancestrales pasan a formar parte atávicamente de nuestro adn, y el impulso de vivir en pareja o la infidelidad ya eran reconocibles en el homo erectus y desde luego en los cro-magnones con quienes nace el pensamiento simbólico, la moral, la conciencia y la mala conciencia que condicionará para siempre la sexualidad humana.
El lector disfruta al mismo tiempo que aprende por qué el incesto es un tabú universal, por qué los hijos de los humanos nacen mucho más inmaduros e indefensos que los de otras especies, por qué las mujeres perdimos el celo, por qué las familias numerosas contradicen la naturaleza humana, por qué sólo los humanos pasamos por el periodo vital de la adolescencia o incluso por qué somos simios desnudos que copulan cara a cara y han desarrollado penes y mamas considerablemente más voluminosos que los de otras especies próximas como los gorilas. Por otra parte, las reflexiones de Helen Fisher sobre la química del amor —anfetaminas naturales para los enamorados recientes y endorfinas que nos sumen a los amantes persistentes y añosos en una alucinación opiácea, en la placidez del apego— y su relación con lo cultural en los casos de «alienación amorosa» deberían motivar un replanteamiento profundo de la historia de la literatura erótica, en particular, y de la literatura en términos generales: en definitiva casi todos los libros terminan hablando de alguna forma de amor o de desamor. Además en este libro los escritores pueden encontrar, para trasladar a sus narraciones, los gestos del lenguaje corporal con los que se incita o rechaza al otro, los pavoneos, el repertorio más completo de «miradas copulatorias».
Esta cultísima divulgadora científica que es a la vez una magnífica escritora saca conclusiones y hace prospecciones. Mira con un extraño optimismo asociacionista la única novedad que los seres humanos mostramos respecto a nuestros antepasados en materia de relaciones interpersonales; irrumpe un nuevo modo de vivir: la soledad de ese individuo que muere solo en su apartamento sin que nadie lo encuentre hasta que el cadáver comienza a oler. Mi desacuerdo con la conclusión respecto a los nuevos solitarios es una cuestión de tono; sin embargo, con esta otra conclusión, mi divergencia es más profunda: la autora señala que en nuestros comportamientos amorosos, en nuestras estructuras familiares y en el revalorizado papel de las mujeres en las sociedades occidentales —especialmente en la estadounidense— parece que volvemos a las raíces nómadas. Pese a la fantasía igualatoria de la globalización, Fisher olvida un elemento básico: que las multinacionales y las grandes empresas siguen funcionando con la mentalidad del granjero.

jueves, abril 03, 2008

Carta de Lord Chandos, Hugo von Hofmannsthal

Prólogo y epílogo de Friedrich Th. Widerberg. Trad. Agustín López y María Tabuyo. El Barquero (José J. de Olañeta, editor), Palma de Mallorca, 2007. 96 pp. 10 €

Elvira Navarro

El editor José J. de Olañeta lleva desde 1976 recuperando extrañas joyas, entre la que se cuenta esta Carta de Lord Chandos, traducción al castellano de Ein Brief (Una carta), que el poeta, ensayista, dramaturgo, novelista y libretista Hugo von Hofmannsthal (Austria, 1874–1929) escribió en 1902 como consecuencia de una muy moderna crisis del lenguaje. La obra, considerada como fundacional de «la estética del silencio que recorre toda la gran literatura del siglo XX», es excepcional por su rareza, y hay quien afirma que se trata de «uno de los textos más expresionistas jamás escritos». Mi saber no alcanza para tanto; sin embargo, puedo asegurar que a ratos tenía la impresión de estar leyendo a Kafka.
La carta, que ocupa treinta y una páginas con letra grande y márgenes generosos, comienza dirigiéndose al filósofo Francis Bacon, y es una respuesta a la inquietud de éste por el silencio literario de Philipp Lord Chandos, un joven poeta inglés, correlato del propio Hofmannsthal. Estamos en el siglo XVII, marco que a mi juicio no es significativo: la misiva podría haberse situado en cualquier otra época, y sólo se me ocurre que el autor la haya desarrollado aquí para relacionarla con los descubrimientos de Bacon. No he leído bibliografía que avale o desmienta tal conexión; en cualquier caso, la hipótesis no es descabellada: Bacon fue un renovador del método de estudio científico, que hasta la fecha había procedido de manera deductiva, presuponiendo una idea del mundo. El filósofo le da la vuelta a la tortilla indicando que los experimentos debían realizarse de forma inductiva, es decir, que era necesario proceder mediante la observación de lo particular, validando a través de la experiencia las leyes obtenidas. Del mismo modo, en la Carta de Lord Chandos hay toda una diatriba contra el lenguaje, el cual encierra una significación preestablecida que no sirve para pintar la realidad. Lo único que queda entonces es una experimentación salvaje de las cosas, sin caer en la tentación de nombrarlas.
Sobre la afirmación del poeta de no comprender los conceptos caben múltiples interpretaciones. La queja del pobre lord empieza siendo tímidamente racional, detallando las extrañas experiencias que tiene con lo que le rodea, y que pasan por no entender las conversaciones ni los libros. Este arranque que coquetea con lo metafórico permite que se haga una lectura desde la lógica, y que se tomen tales hazañas como meramente simbólicas para señalar la inadecuación entre las palabras y el mundo. Desde ese punto de vista, la misma escritura de la carta supone una confianza en el lenguaje a pesar de todo. Sin embargo, también se pueden leer las explicaciones del joven Philipp desde una radical alógica. Y es que conforme la confesión avanza, y ahí reside lo genial y lo inusual de esta obrita, la coherencia estalla, y no lo hace en el lenguaje, sino en la historia misma: lo metafórico se torna inquietantemente real, y Lord Chandos comienza a parecerse a un esquizofrénico. Lo que le ocurre no es un simple desajuste, sino una disolución total del habla y de lo que ésta sustenta: el yo y la sociedad. La carta surgiría pues de la imposibilidad misma, desde la cual, y de manera imposible (repitamos esta palabra hasta la saciedad), sería sin embargo posible: en este nuevo mundo los principios de no contradicción y de identidad se habrían hecho pedazos. De igual modo, la agonía de Lord Chandos sería la de un fantástico silencio hablado.
La enfermedad del poeta le lleva a descubrir la vida de una forma «pura» a través de fenómenos en los que jamás habría reparado antes. Pequeñeces como «una piedra cubierta de musgo», seres despreciables y monstruosos, indignos de una epifanía: «he aquí que de repente se abrió en mi interior aquella bodega repleta de la agonía de aquel pueblo de ratas», y todo cuanto se aleja de la cultura y la normalidad le provoca «una prodigiosa participación, una forma de adentrarse en aquellas criaturas». Esta iluminación de lo ínfimo frente a la prepotencia de lo que se quiere grande (como el lenguaje) vendría a señalar la falsedad de la civilización, de la que sería necesario desprenderse hasta llegar a un místico grado cero.
La Carta de Lord Chandos viene acompañada en esta edición de una breve biografía del autor y de un estudio de Friedrich Th. Widerberg, quien ofrece una interpretación desde un racionalismo estricto y, por tanto, algo cojo. A pesar de ello, el estudio está bien por cuanto da una contextualización donde se nos dice, entre otras cosas, que Hofmannsthal podía haber estado influido por una reacción de finales del siglo XIX contra el «literalismo», consistente en creer que el lenguaje coincidía con la realidad.
En resumen, esta obra, concebida seguramente sin más pretensiones que la de explicar un circunstancial mutismo del autor, se pasea por un campo del silencio aún sin acotar, y además está escrita con una libertad envidiable. Sin dicha libertad, la carta no habría llegado hasta nosotros, pues es en la quiebra despreocupada y juguetona de los límites donde adquiere toda su potencialidad.

miércoles, abril 02, 2008

Las auroras de sangre, William Ospina

Belacqua, Barcelona, 2007. 394 pp. 22 €

Alejandro Luque

Impresionante. Apasionante. Son las dos primeras ideas que vienen a la mente cuando uno se asoma a la ingente tarea —de documentación y lectura, pero también de orden y claridad— que el escritor colombiano William Ospina ha desarrollado en este volumen, una detallada crónica de la aventura equinoccial de un poeta escondido durante siglos. Nos referimos a Juan de Castellanos, el indiscutible récord Guiness de nuestra lengua, al ser autor de Las elegías de varones ilustres de Indias, compuesto por 113.609 endecasílabos, y en el que invirtió más de treinta años de trabajo.
Nacido en el pueblo serrano de Alanís, Castellanos estudió preceptiva y oratoria en Sevilla, y fue uno de tantos españoles que marchó a buscar fortuna en las Américas a mediados del siglo XVI. Fue soldado en las expediciones de Conquista, resultando malherido en varios combates; sobrevivió a un naufragio, escapó de un tigre hambriento, estuvo a punto de ahogarse en un río, fue buscador de oro y acabó ordenándose sacerdote; salió bien librado de un proceso de herejía. Todas estas peripecias las repasa Ospina consciente de la extraordinaria vida del personaje, pero a sabiendas también de que su verdadera aventura la emprendería rondando los cuarenta años: redactar un vasto poema que sería, por antigüedad, la segunda crónica general después de la de Fernández de Oviedo, pero el primer poema verdaderamente americano en lengua castellana.
Y lo hizo con un apabullante afán totalizador, describiendo minuciosamente cuanto se tropezaba a su paso, incluso dando nombres y apellidos: la fauna y la flora, paisajes y costumbres, heroicidades y crueldades, nada parecía escapar a la insaciable grafomanía de Castellanos. Una especie de precursor de Walt Whitman, con el atractivo añadido de que nos revela cómo una lengua se abre paso en un mundo desconocido, cómo éste se refunda en tanto aquélla avanza. Ésta es el verdadero espinazo del ensayo de Ospina, la confirmación de la idea borgiana según la cual, en los orígenes, nombrar equivale a crear.
Ospina proyecta así una mirada sobre la Conquista que va un paso más allá de los tópicos sangrientos, presentándolas como «el choque de dos mundos y dos visiones que se validan cada una a sí misma, pero que no logran encontrar una síntesis». Supongo que a un lado y a otro del Atlántico se podrá leer esta revisión del mito americano con mayor o menor aquiescencia, pero el grueso de los enfoques nos parecerán poco menos que irrefutables.
También señala el colombiano la tremenda injusticia cometida con Castellanos, cuyo poema permaneció en el olvido durante siglos. Los motivos que baraja son muchos: en su tiempo, por la reacción del autor frente a la crueldad de los conquistadores y la simpatía hacia los moradores originales de aquellas tierras; también por el riesgo que asumía incorporar por primera vez vocablos americanos; pero sobre todo por la persistente ceguera de los expertos (los historiadores consideran a Castellanos poeta, los poetas historiador), lo que convierte Las auroras de sangre, como quien no quiere la cosa, en un riguroso examen sobre los perversos mecanismos que rigen la crítica y la historiografía literaria.
Cabe recordar que Ospina, conocido sobre todo como hacedor de versos, ha venido desarrollando una interesante obra ensayística que abarca tanto la literatura —Aurelio Arturo— como el análisis político e histórico de su libro ¿Dónde está la franja amarilla?, pasando por una interesante incursión en la novela, Ursúa. Ha tenido que ser un colombiano —un fruto de aquel choque de mundos—, y además un poeta, el llamado a desentrañar las claves de esta epopeya abrumadora, de este prodigio de esfuerzo y sensibilidad que fue la obra de Juan de Castellanos: un hombre que, después de pasar media vida escribiendo su crónica, aún le pedía una prórroga a su salud para contar las cosas que se le quedaban en el tintero.

martes, abril 01, 2008

El comedor de piedras, Davide Longo

Trad. Patricia Orts. Lengua de Trapo, Madrid, 2007. 192 pp. 18,50 €

Inés Matute

Mucho antes del alba entendí que estaba tratando de enfocar una cosa que sabía desde siempre, esto es, que el coraje es una forma de constancia y que, por encima de todo, el cobarde se abandona siempre a sí mismo. Las demás bajezas llegan siempre por sí solas

Cormac McCarthy, Todos los hermosos caballos


¿Qué significa vivir al margen? ¿Cómo puede cambiarnos la vida el hecho de vivir en una aldea perdida de Dios, en una sociedad cerrada que sólo se preocupa por la supervivencia? En esta novela, Davide Longo, autor que triunfa en Italia, hace una profunda reflexión sobre las vidas de unos seres que se alejan de los cauces habituales de la existencia empleando un estilo duro, asalvajado, cuyo mejor recurso es, sin duda, una certera utilización del silencio y la mirada. La novela cuenta con todos los ingredientes para procurar al lector una buena ración de desasosiego y angustia: lo que a primera vista parece una novela negra ambientada en el medio rural se nos desvela más adelante como una profunda reflexión sobre el significado de lo que es vivir fuera de la ley, ensimismado y de espaldas al mundo. Entre árboles, nieve y frío, mucho frío, los seres del valle encajan con exquisita naturalidad la muerte de animales y personas, la falta de información, ambición y perspectiva, la carencia de lo más básico. Y lo hacen sin tristeza y sin rebeldía; a fin de cuentas, no han conocido otra cosa.
Al irme adentrando en sus páginas, en esta historia aparentemente simple de cadáver, mentira y rencores viejos, volví a paladear la grisura de ciertos inviernos —lejanos ya— en la zona de los Ancares, donde conseguir un buen fuego y alimento en condiciones se convertía en el único objetivo de interminables jornadas pintadas de blanco, donde el aullido del lobo y el crujido de los árboles al ser tumbados por el viento constituían las notas básicas de una apocalíptica banda sonora, difícil de olvidar. Aquí, Davide Longo consigue, mediante la utilización de un vocabulario de uso corriente, rehuyendo todo artificio, que sintamos con él el repelús de las sábanas húmedas, el miedo de quien asciende por la montaña sabiéndose observado, la sensación de animalidad triste de quien fornica con una desconocida y un minuto más tarde cae profundamente dormido sobre los tablones del suelo. Sus personajes son ásperos y están acostumbrados a la sangre, son gente de pocas palabras y mucha iniciativa, amiga de guardar secretos. En este marco, poco importa a qué se dedique cada cual, nada importan esos seres marginales que intentan alcanzar Francia huyendo a través del monte, ayudados por “el pasador”; su destino no le quita el sueño a nadie. En realidad, uno tiene la sensación de que vida y muerte en este valle del Piamonte son dos caras de lo mismo, y que estar en una o en otra es algo a contemplar con indiferencia. El comedor de piedras es una de esas novelas, nada previsibles, se recuerdan mucho tiempo después de haber sido leídas, que apetece retomar aunque la traducción del italiano, a mi juicio, no es todo lo brillante que debiera.
Davide Longo (Carmagnola 1971) es escritor, documentalista y autor de textos teatrales y radiofónicos. Sus novelas Un mattino a Irgalem y Il mangiatore di petre han sido traducidas a varios idiomas. Vive en Carmagnola y es profesor de literatura creativa en la Escuela Holden de Turín.

lunes, marzo 31, 2008

Nido de arañas, Elisabeth Sanxay Holding

Trad. Matuca Fernández de Villavicencio. Lumen, Barcelona, 2008. 205 pp. 16,90 €

Carmen Fernández Etreros

Para situarse en la atmósfera de Nido de arañas hay que viajar con la imaginación a 1945 y situarse en la atmósfera gris de la época. Los protagonistas de esta novela han sufrido ya la Gran Depresión económica del 29 y se encuentra inmersos en la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo las páginas escritas por la neoyorquina Elisabeth Sanxay Holding reflejan sosiego y elegancia. ¿Cómo lograr contar una historia de suspense desde la tranquilidad? Para mí es un don de la autora que ya habíamos comprobado en La pared vacía, publicada el año pasado por esta misma editorial, y que fue llevada al cine en dos ocasiones —una de ellas por Max Ophuls, en su película Almas desnudas— y elogiada por Hitchcock, quien la incluyó en su selección de obras de misterio favoritas.
Para mí lo crucial de la manera de escribir de Elisabeth Sanxay Holding es que centra la mirada del lector en el protagonista, no del detective o en el policía como en la mayoría de las novelas de suspense. Malcolm Drake vuelve a casa después de luchar en la Segunda Guerra Mundial. Un desafortunado y oscuro episodio le hace regresar convertido en un hombre frágil y enfermo, muy diferente del hombre fuerte y seguro que había partido para luchar por su país. Su pacífico hermano Arthur, su cuñada y la hermana de ésta le acogen y le protegen en el domicilio familiar donde Malcolm vive su tragedia personal en soledad. Pero un día la tranquilidad familiar acaba al morir de repente la tía Envie, una mujer mayor que domina el clan de los Drake, tras tomarse una copa durante una velada. Malcolm se convertirá en el centro de todas las sospechas incluidas las del lector que todavía intentaba descubrir el extraño accidente que le había mandado de regreso a casa.
El protagonista vive la angustia de la sospecha y se la transmite al lector con abandono, como si ya hubiese pasado por esta desafortunada situación. Incluso las personas que parece que lo defienden desde el principio como la hermana de su cuñada o Lily, una curiosa y moderna vecina, la puerta abierta a su curación, acaban dejando caer su desconfianza en la inocencia del protagonista. La policía aparece finalmente en el lugar de los hechos y poco a poco Malcolm se ve envuelto en una tupida y desagradable tela de araña de la que no puede escapar.
Una novela de suspense alejada de los crímenes de la novela actual cuyos protagonistas no pierden su natural sosiego y elegancia y en la que a los lectores no nos salta ni una gota de sangre. Muertes, chantajes y personajes perturbadores pero ni ensañamiento ni violencias sobrecargadas. Tres crímenes extraños, unas pastillas, unas hermanas agobiantes y un sospechoso el protagonista que nos narra la historia desde una compleja primera persona, Malcolm Drake. La autora maneja la angustia de los personajes con una calma interior que fascina a cualquier lector. No sé si con frialdad o con astucia.
Elisabeth Sanxay Holding es una de estas escritoras desconocidas en nuestra narrativa que gracias a Lumen puede ser ahora disfrutada por los lectores aficionados a la novela de suspense y a la compleja novela negra. Cito como curiosidad para el lector la historia vital de la autora que la lleva a dedicarse a escribir novela de suspense para salir de sus problemas económicos tras la crisis financiera de 1929, para poder mantener a sus dos hijas. Hasta ese momento la autora, nacida en Brooklyn en 1989, solo había publicado ficción pero su mala situación económica la llevo a escribir dieciocho novelas de suspense desde los años treinta hasta su muerte en 1955. La casualidad y la necesidad forjan la pluma de una de las pocas escritoras de este género.
Leer esta novela ha supuesto para mí el descubrimiento de esta escritora admirada por Raymond Chandler. Una maestra del suspense olvidada que ahora tiene la oportunidad de volver a mantener en vilo a los lectores casi un siglo más tarde hasta el final.