viernes, marzo 21, 2008

Santuario, Edith Wharton

Introducción de Marta Sanz. Trad. Pilar Adón. Impedimenta, Madrid, 2007. 168 pp. 17,50 €

Pedro M. Domene

En su introducción a Santuario, Marta Sanz habla de la formidable experiencia de vida de Edith Wharton (1862-1937), la narradora norteamericana, autora de esta breve novela, además de otras que, como La edad de la inocencia (1920, Premio Pulitzer en 1921), le han otorgado esa clasificación de clásica. Completan el conjunto de su producción El valle de la decisión (1902), La casa de la alegría (1907), Ethan Frome (1911), Las costumbres del país (1913) o las historias de Vieja Nueva York (1924). Marta Sanz escenifica todo el proceso llevado por la autora para enmarcar una historia mínima y ofrecer, sin esa hondura psicológica que caracteriza a la mayoría de sus restantes novelas, la vida de la joven y madura Kate Peyton en la primera y segunda parte de la novela.
Para entender buena parte de la obra de Wharton debemos situar el concepto de «nueva mujer» en Norteamérica. Acuñado en la década de 1890, muestra inequívoca de una figura —independiente, franca, iconoclasta— que daría autoridad a la obra de escritoras como Kate Chopin, Alice James, Charlotte Perkins Gilman, Ellen Glasgow, la joven Gertrude Stein y —sobre todo— Edith Wharton, con sus ideas e implicaciones temáticas subversivas, como puede ya verse en los personajes femeninos de Santuario (1903): el principal, Kate Orme, y esencialmente Miss Verney que, como se manifiesta en el texto, es «patentemente de la nueva escuela, una mujer joven de actividades febriles y opiniones lanzadas a los cuatro vientos, cuya propia versatilidad la hacía difícil de definir». Pero esta novela trata sobre las verdades humanas y de su trasfondo que es, precisamente, de lo que quiere salvaguardar la protagonista a su hijo; actitud magníficamente expuesta en la segunda parte de libro.
En las primeras cincuenta páginas se cuenta la relación de la joven Orme con su prometido Denis Peyton, y el secreto que descubre sobre su amado en vísperas de su matrimonio. No obstante, decide casarse con él y afrontar su destino y el de su descendencia, en un alarde de extremo coraje, aunque tratará de preservar a su hijo de semejantes vicios morales. En realidad, según averiguamos, el único pecado que ha cometido el joven ha sido quedarse con la herencia del hermano muerto e ignorar a una mujer y su hijo que convivieron los últimos momentos con el moribundo; hecho que, por otra parte, a la joven Kate le parece el más deplorable de los actos porque su prometido no hace gala de una moralidad intachable, como a ella le han enseñado, como tampoco justifica que mujeres puedan vivir a expensas de hombres por un puñado de dólares.
En la segunda parte, más extensa y clarificadora, ocurre un salto de veinte años, y entonces la Sra. Orme es madre y cubre esa maternidad protegiendo a un hijo a quien educa en un esmerado ambiente para que se convierta en un excelente arquitecto. Dick será el protegido y el anhelo de la madre por alejarlo de aquello que tanto le había asustado. Manifiesta, sin embargo, el empeño de que su hijo triunfe por encima de todo en la vida, pero pronto se dará cuenta de que tal vez el vástago experimente cualquier deseo de iniquidad para conseguir sus objetivos. La angustia de la madre se torna obsesiva porque llega a imaginar que el joven Dick pueda estar dispuesto a todo para conseguir sus objetivos. Es entonces cuando los temores de la madre se disparan y la narradora acumula una sucesión de sentimientos y miedos de su protagonista que, en ocasiones, resultan excesivamente prolijos. Sobresale, eso sí, el peso de una descripción psicológica de hondura en personajes creíbles aunque demasiado reincidentes en sus acciones. Pero en realidad, hablamos de una narradora que se mueve entre el realismo, el naturalismo, cierto color localista de su entorno, el sentimentalismo de su obra o la marca de una vida, a caballo entre el XIX y el XX, y esa vocación europeísta de la que siempre hizo gala, tras sus prolongadas estancias en Europa, sobre todo en el París de principios de siglo, rodeada de aristócratas, pintores, princesas, novelistas, hasta su muerte, treinta años más tarde.

jueves, marzo 20, 2008

Hasta luego, míster Salinger, Juan Carlos Méndez Guédez

Páginas de Espuma, Madrid, 2007. 128 pp. 12 €

Ignacio Sanz

Juan Carlos Méndez Guédez nació en Nueva Segovia de Barquisimeto, Venezuela, en 1967. Forma parte de la generación de Mollina, un foro latinoamericano de Literatura celebrado en 1993 en esta localidad malagueña durante tres semanas inolvidables al lado de grandes maestros como Jorge Amado, Goytisolo, Saramago o Soyinka. De los noventa escritores jóvenes que allí participaron, ciertamente no todos han seguido en el empeño, pero en estos quince años transcurridos, algunos se han situado en los más alto y han acaparado premios y reconocimientos. Los españoles Óscar Esquivias, Ignacio García-Valiño o Care Santos y los argentinos Carlos Antognazzi, Gustavo Nielsen o Guillermo Martínez, el célebre autor de Los crímenes de Oxford, son sólo una muestra mínima de escritores que se tomaron en serio su carrera.
Juan Carlos Méndez Guédez, avalado por una trayectoria tenaz y ascendente, ocupa ya un lugar sólido entre los escritores originarios de Latinoamérica que, por unas u otras razones, se acaban instalando en España donde hace años alcanzó el grado de doctor en Literatura por Salamanca. Premio Ateneo de La Laguna por su libro de cuentos Tan nítido en el recuerdo y finalista del Fernando Quiñones por su novela Una tarde con campanas, su obra va abriéndose paso en medio del gran marasmo literario.
Pese a su prolongada estancia en España, Venezuela sigue viva en su obra. En ese sentido sus cuentos tiene algo de mestizos, como si el autor los escribiera mirando a los dos países. Y no sólo son mestizos por los escenarios donde se desarrollan, también por el lenguaje utilizado, lleno de complicidades hacia el lenguaje coloquial venezolano, pero a veces, con guiños también hacia el lenguaje coloquial español.
Pero si insisto en llamar mestizos a estos cuentos es porque haya un trasvase continuo entre las dos realidades, niños a los que se promete viajar a Europa o personajes instalados en España que evocan Venezuela o que preguntan si allí, en Venezuela, nieva. Más allá de estos aspectos externos, los cuentos siguen siendo mestizos, como la propia vida, porque alguno, como “En marzo florecen los prunos” tiene vocación de poema con final sorprendente, mientras que el titulado “Amanecer” sigue el esquema fidedigno de un guión cinematográfico. Sorprende la rapidez de los diálogos en el que da título al volumen, quizá el más metaliterario de todos, casi un esquema de una interesante obra teatral en el que se ponen de manifiesto las pequeñas miserias del mundillo literario. O el puro juego que se despliega en el titulado “Agua”. Otros cuentos, acaso más convencionales en su formato, como “El ojo insomne de las peceras”, dejan en el lector una huella imborrable de lo sinuosas que son las raíces que alimentan los conflictos infantiles. Terrible y descarnado resulta también “El hombre lobo en el bulevar” en el que se retratan esas algaradas o levantamientos populares cuyas consecuencias sufren tantos inocentes al verse de pronto envueltos por un caos que pone la vida patas arribas. En “Breve tratado sobre la tos”, el autor pone de manifiesto sus dotes irónicas.
Pero más allá de estas acotaciones parciales, el valor de este libro estriba en los mundos cerrados que retrata, los pequeños conflictos y tragedias a las que se enfrentan los personajes, adobadas con un lenguaje sin estridencias en el que predomina un fondo musical que podría servir para contar las historias en una alargada sobremesa. Porque cada cuento es una pequeña melodía.
Este libro consolida el mundo mestizo, mitad venezolano, mitad español, en el que se mueve Juan Carlos Méndez Guédez.

miércoles, marzo 19, 2008

Porvenir, Iban Zaldua

Trad. del autor. Lengua de Trapo, Madrid, 2007. 192 pp. 17,50 €

Inés Matute

«“Y tú... ¿De dónde has salido?”. “Vengo del porvenir para matarte”. “Pero... ¿quién eres?”. “Soy tu nieto, que no ha nacido aún”. “¿Y por qué quieres matarme?”. “Porque eres un criminal de guerra”. “¿No te das cuenta de la paradoja? Si me matas, tú nunca llegarás a nacer”. “Ya lo sé. De hecho, hace tiempo que tomé la decisión de suicidarme”. “Espera...” “No queda tiempo...” Disparo dos veces y el cuerpo del oficial, mi abuelo, se desploma sobre el barro. Pero no me he desvanecido. El fragor de los cañonazos resuena cada vez más cerca. Me siento en el fondo de la trinchera y pienso en la extraña manera que he tenido de saber que el abuelo no era, en realidad, el padre de mi padre».
Como se puede apreciar por este fragmento, Iban Zaldua es un cuentista nato. Un especialista del género breve que, con la obra titulada Porvenir —quince cuentos— se hizo con el premio Euskadi de Literatura 2006. La obra, traducida del euskera, ha sido editada por Lengua de Trapo hace escasos meses, recibiendo el aplauso unánime de lectores y crítica. Pero, ¿de qué trata Porvenir? ¿Qué tienen en común estos relatos? Si el vivir cotidiano es el detonante de cada una de las historias, los elementos fantásticos ahondan y completan una visión del mundo plena, repleta de matices y rigurosa con el único dogma al que Porvenir se adscribe: la verdad de la literatura, la mentira del mundo que (otros) nos venden. Como en su momento supo apreciar Jon Kortazar, este es un libro sobre el tiempo, sobre la necesidad de intervenir en el tiempo alterando a nuestro antojo o necesidad —sí, necesidad— el pasado.
Muchas son las influencias literarias que, puestos a buscar, podríamos encontrar en los textos de Zaldua: desde el minimalismo americano (Tobías Wolff, Carver, Richard Ford) a Chejov en su realismo más minucioso. Zaldua es un hombre que lee cuentos, muchos cuentos, y eso se traduce en su escritura, en su modo rápido e imaginativo de resolver los conflictos. En estos relatos, intensos, fluidos, aparentemente fáciles, se da un interesante cruce entre la literatura fantástica y la vida cotidiana, desembocando cada situación planteada en una paradoja irresoluble. Quizá este tránsito de lo costumbrista a lo fantasioso se nos presente de un modo brusco, como una bofetada, pero no por ello carente de encanto. Después de todo, ¿no será que lo que denominamos “realismo” en literatura es, también, bastante artificioso? ¿Y no será que en la obra literaria de riesgo —recordemos a Vicente Luis Mora con Circular 07— tienden a diluirse las fronteras entre los géneros? Así parece ser en el caso de Porvenir, un libro que oscila entre la magia surrealista y absurda de Unai Elorriaga y la contundencia lúcida, de grito y denuncia, de Fernando Aramburu. No, no es casual que mencione aquí a otros dos autores vascos. Y no es casual porque el peso asfixiante de la sociedad y la tradición vasca sobre sus individuos y la existencia de ETA están en el trasfondo de la mayoría de estos cuentos, hecho que podría, tal vez, restarle lectores. Precisamente aquellos que no estén interesados en conocer la letra pequeña del problema vasco; el modo en que los euskaldunes perciben su realidad día tras día. No me extenderé más: rabiosamente contemporáneos, estos cuentos nos muestran las contradicciones del individuo, sus carencias, su impotencia. De ahí la necesidad del juego, de volver atrás para intervenir en aquello que no nos gusta, que nos duele, que nos condena.
No me resisto a dar por buena esta reseña sin añadir un pequeño fragmento firmado por el maestro Félix de Azúa, muy en consonancia con lo hasta ahora expuesto: «Con el paso de los años lo que cambia más profundamente no es el presente ni el futuro, sino el pasado. El presente se mantiene tercamente impasible (...) En cuanto al futuro, es perseguir viento, una quimera (...) Lo único que cambia es el pasado».

martes, marzo 18, 2008

La ladrona de libros, Markus Zusak

Trad. Laura Martín de Dios. Lumen, Barcelona, 2007. 539 pp. 21,90 €

Elia Barceló

¿Cuántas novelas se habrán escrito sobre la tragedia humana de la Segunda Guerra Mundial? ¿Cuántas veces habremos leído historias terribles sobre alemanes “arios” y alemanes judíos? ¿Cuántas veces habremos sentido el corazón estrujado por la locura, la maldad, el sufrimiento de tantos seres humanos?
Después de tantas historias, de tantas películas, de tantos documentales, ¿es necesario volver a leer ahora una novela que sucede en un pueblecito junto a Dachau en plena guerra?
Sí. Absolutamente. Sin ninguna duda.
Porque La ladrona de libros es una novela especial.
Quizá la hayan visto en los escaparates de sus librerías favoritas, en los aeropuertos, en las estaciones... Tiene una portada muy atractiva, la editorial Lumen la ha distribuído bien, haciéndola llegar a todas partes; a veces se ven incluso pilas del libro, no sólo un ejemplar. Y esto resulta sospechoso a un determinado tipo de lector, entre los que confieso contarme. Cuando un libro se ve por todas partes, se publicita intensamente y se vende mucho, mi primera reacción es pensar que no debe de ser gran cosa. Mea culpa.
En este caso sería un tremendo error no comprar o no leer La ladrona de libros, ya que se trata, en mi opinión, de una gran novela, de esas raras novelas que tocan tanto el corazón como el cerebro del lector.
Ya el principio resulta oscuramente atractivo, además de curioso, porque la historia que comienza tiene un narrador excepcional: la Muerte. Lo que, pensándolo bien, resulta tremendamente adecuado. ¿Quién va a saber más de lo sucedido en Europa entre 1939 y 1945?
Al comienzo de la novela la Muerte nos habla directamente, desde su punto de vista, y nos ofrece contarnos una de sus historias favoritas: la de una niña que conoció al principio de la guerra, a la que estuvo a punto de llevar consigo en otras dos ocasiones, hasta la definitiva, de la que nadie escapa, y que, por razones que comprenderemos a lo largo de la novela, se le quedó prendida en la memoria.
La ladrona de libros es Liesel Meminger, y es la historia de su infancia, y es también el libro que Liesel escribe y la Muerte salva de la destrucción.
El punto de vista va cambiando constantemente, de modo que, narrada en tercera persona, el lector accede a los pensamientos y sentimientos de todos los personajes, hasta que muy pronto tiene la sensación de que se trata de seres de carne y hueso a quienes ha conocido realmente. Y además, de vez en cuando, la Muerte interviene de nuevo en la narración con sus comentarios distanciadores, irónicos a veces, asombrados otras, extrahumanos.
«Quise explicarle que no dejo de sobreestimar e infravalorar a la raza humana, que pocas veces me limito únicamente a valorarla. Quise preguntarle cómo un hecho puede ser espléndido y terrible al mismo tiempo, y una misma palabra dura y sublime a la vez».
A lo largo de las páginas de La ladrona de libros se produce una sintonía tan grande con el lector que uno tiene la sensación de estar asistiendo a lo que se le relata y, cuando acaba el libro, los recuerdos siguen ahí, tan claros y frescos como si fueran propios.
El estilo es una delicia —las comparaciones, las metáforas, las brillantes descripciones, aunque sean muy simples en ocasiones— y a pesar de que está traducido del inglés, casi nunca tenemos la sensación de estar leyendo una traducción. Laura Martín de Dios ha hecho un gran trabajo, muy de agradecer. El alemán se utiliza también de modo efectivo y económico, sin que parezca nunca que su aparición haya sido forzada para crear ambiente.
Los personajes son potentes, reales y, a pesar de que este tipo de historia se ha narrado tantas veces, nunca caen en el cliché. Liesel, su amigo Rudy, Hans y Rosa, Max... incluso los personajes secundarios que pueblan la calle donde sucede casi toda la historia —que con cruel ironía se llama Himmelstraße (Himmel es Cielo, en alemán)— resultan inolvidables.
Como ya anuncia el texto de contraportada, La ladrona de libros es una historia triste. Más que eso: tristísima, desgarradora. Pero es también una historia hermosa, hermosísima, y divertida, y trágica, y real, contada de un modo tan intenso que nos hace sonreir a veces mientras que otras llorar resulta inevitable.
Markus Zusak, un joven escritor australiano (nacido en 1975) que hasta este momento había escrito literatura juvenil, ha contado en La ladrona de libros, su primera novela para adultos, la historia de su familia, que sobrevivió al régimen nazi y consiguió emigrar a Australia. Y lo ha hecho tan bien, con tanta maestría técnica, con tanta sensibilidad, sentido del equilibrio y la mesura, con tanta originalidad, que le ha salido una novela bellísima que les recomiendo de todo corazón, incluso al precio de unas lágrimas.
No se la pierdan.

lunes, marzo 17, 2008

Personajes secundarios, Joyce Johnson

Trad. Marta Alcaraz. Libros del Asteroide. Barcelona, 2008. 344 pp. 18,95 €

Alba González Sanz

No hace mucho leí que con la edad uno empieza a aceptar la infancia como un relato contado por terceros que debe asumir como propio en un acto de fe. En el mismo lugar leí también que sólo envejecemos en los otros. Pensaba en ello a la vez que devoraba Personajes secundarios de Joyce Johnson, la única mujer con la que Kerouac tuvo lo que él mismo llamó una relación de verdad. Su secundario cuando publicó En el camino. Una de las chicas beat, una de tantas, una tan anónima como todas las demás. Salvo porque contó aquellos años contándose a sí misma. Las reflexiones prestadas del principio me sirvieron para encajar a las dos Joyce, o a las varias Joyce que habitan el libro; para entender hasta cierto punto la distancia entre la escritora y su propia vida pasada.
El género de la autobiografía suele invitar al recelo, a que el lector ponga en cuarentena la voz del autor, la supuesta verdad de su mirada, su objetividad. Parece que la crítica libró a Joyce de eso (el libro acaba de traducirse del inglés pero lleva desde 1983 en circulación) porque supo detectar sinceridad, porque cuenta aquel mundo sin hacer una ocultación manifiesta de datos, sin encumbrar a sus autores como monstruos y sin degradarlos desde un resentimiento posible. Primero indirectamente y después desde el centro, ella fue testigo de cómo se forjó una generación, la beat, cuya trascendencia en lo literario es inseparable de la que obtuvo en muchos jóvenes norteamericanos de entonces y de después.
Porque el cambio no es repentino, una generación puede estar al borde una revolución y no darse cuenta. Joyce Johnson y sus contemporáneas dieron un primer paso de emancipación que en su momento valoraron como algo grande y rotundo. Años después, pensando en ello desde los 47 años, encuentra sentido a su papel pensándose como un estadio intermedio. Las mujeres beat salieron de sus casas sin anillo de compromiso, para emanciparse. Las mujeres beat fueron a la universidad. Las mujeres beat le quitaron al sexo los tabúes con los que las habían educado. Pero hubo dos cosas que no hicieron en su mayor parte: concebir las relaciones de pareja de una manera más equilibrada y dar a conocer su obra, en lugar de escribir y guardar poemas o relatos en cajas. Habla de los escritores de esa generación, habla de Kerouac, pero recoge sobre todo a esas secundarias.
El libro está dividido en quince capítulos, el último compuesto por cartas transcritas que de alguna manera cierran las vidas que ha ido trazando. Y digo cerrar porque ella misma cuenta que «Nunca terminé de encajar en los años sesenta. A pesar de todos sus fuegos de artificio, me parecieron decepcionantes, como si un desenlace prometedor hubiera quedado truncado». En todo el resto alterna la Joyce que cuenta los hechos que vivió con la que nos explica otros que le contaron o conoció después. La armonía es total, las historias van encajando. Ella pasa de narradora a protagonista o coprotagonista y la foto que decora la portada es reveladora en esto: Joyce difuminada tras un Kerouac de mirada inquietante.
La Nueva York de los cincuenta se recorre a través de sus bares y sus habitantes más bohemios. De barra en barra se pasea una generación que intenta romper con el sistema de vida heredado, pero también con el arte y sus formas de expresión. Hay un desgarramiento en la huida hacia delante que emprende esta generación y que como explica Johnson no pretendía conducir a los 60 tal como fueron. Pero también ese sentimiento se trasplanta a la escritura, para mi gusto se concreta más en Aullido de Ginsberg que en el propio Kerouac. Joyce Johnson le pone palabras para contarlo sin la ficción o la poesía, pero demostrando en todo caso una habilidad narrativa para no despersonalizar a quienes revive, sin descuidar la escritura y humanizando por encima de todo a los autores, viéndolos como personas más que como personajes.
La traducción es de Marta Alcaraz y mi edición en inglés dice que es un trabajo de lujo que respeta muy bien las verdaderas melodías que compuso Joyce Johnson; no fueron al piano como habría soñado su madre, pero se sienten como verdadera respiración en prosa.