viernes, marzo 14, 2008

Vida y Destino, Vasili Grossman

Trad. Marta Rebón. Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, Madrid, 2007. 1.111 pp. 26 €

Alberto Luque Cortina

De Vida y Destino se han dicho muchas cosas; una de ellas, que con lógica comercial los editores se encargan de difundir, es que es la mejor novela del siglo XX. Bueno... ya se sabe que las listas las carga el diablo. Quizá esos epítetos sirvan como argumento de compra, pero claro, no creo que la literatura sea una competición con primeros, segundos y terceros puestos. Además, aún admitiendo la premisa, las grandes obras están fuera de concurso: su singularidad las excluye de cualquier rating. Vida y destino es una de ellas.
El ruso Vassili Grossman (1905-1964), escribió Vida y destino a finales de los años 50. La censura soviética del entonces “liberal” Nikita Jrushchov impidió su publicación. Grossman murió sin ver su libro publicado. Su primera edición, suiza, data de 1980, y fue posible gracias a la disidencia, que logró sacar clandestinamente del país un borrador. Así, la novela tiene una meta-historia que sin duda ayudará a su mitificación (más argumentos de venta) pero que nada aporta a la calidad intrínseca del texto, si bien podría ayudar a desentrañarlo o al menos a acercarnos a la figura de su autor.
Vida y Destino narra las vicisitudes de una familia soviética durante los últimos meses del asedio de Stalingrado y su inmediata liberación (1943), de la que el autor fue testigo directo pues la cubrió como corresponsal para Krasnaya Zvezda (Estrella Roja). Precisamente su experiencia personal es un tamiz para el sentimentalismo de folletín: esa prosa está llena de honestidad. La del 39 no fue una guerra romántica, los verdaderos héroes no necesitan ser ensalzados.
Stalingrado es considerada la gran victoria soviética de la II Guerra Mundial: una victoria de un millón y medio de muertos soviéticos. Una victoria que ayudó a consolidar la figura de Stalin. La existencia de Stalin, o de Hitler, demuestra una vez más que no hemos aprendido nada. Nada nos asegura que acontecimientos similares, más terribles si cabe, se vuelvan a repetir en el futuro. No somos mejores que nuestros abuelos. Grossman escribió Vida y Destino con la intención de denunciar los efectos del nazismo y del estalinismo, entre los que encuentra numerosos puntos de encuentro, pero también intenta explicar los comportamientos humanos que los hacen posibles. Desde ese punto de vista resulta difícil separar a los inocentes de los culpables, como resulta difícil separar un solo hilo de un vestido. Ese es el gran triunfo de los totalitarismos: construir una sociedad en la que, en mayor o menor medida, todos sean víctimas y verdugos, y donde la moralidad sólo pueda inferirse del sentimiento de culpa.
Esta novela nos cuenta las vicisitudes de la familia Sháposhnikov, dispersada por los avatares de la guerra, una crónica de vidas entretejidas por las noticias que llegan del frente, la ausencia de noticias, la pérdida de los seres queridos, el racionamiento, la subsistencia en los campos de concentración nazis, en los campos de trabajo rusos, en las trincheras, en los despachos, en los laboratorios, en los tanques... con la certeza de vivir bajo continua sospecha en un régimen alienador, donde cualquiera puede ser delatado, donde no existen las opiniones personales, donde deben ocultarse los sentimientos.
Vida y destino es una novela inmensamente coral. A lo largo de un millar de páginas aparecen más de un centenar de personajes. La mayoría de ellos son únicos, irrepetibles, terriblemente humanos, alejados por completo de los clichés, tan usuales en la narrativa. El despliegue de caracteres es impresionante, de una brillantez muy poco frecuente. Generalmente, los personajes de Grossman no dicen lo que piensan, pues eso está prohibido. La valentía no consiste en decir lo que se piensa, sino actuar en conformidad con las propias ideas.
La crítica también ha comparado Vida y destino con Guerra y Paz. Y sí, claro que hay algo de Tolstói en Grossman, pero las alas de Vida y destino son muy poderosas: no valen las comparaciones. Simplemente, esta es un gran novela. Pasará mucho tiempo antes de que vuelva a escribirse una obra como esta, y no me refiero a su calidad literaria, difícilmente discutible, sino a la profunda, vibrante, y conmovedora humanidad que destila. Corren nuevos tiempos, hay nuevos valores en alza; el mundo que comenzó a desmoronarse en la I Guerra Mundial, y que aún hoy agoniza, tiene uno de sus testamentos más convincentes en Vida y destino.
La traducción de la presente edición española ha sido realizada, y todo indica que con extraordinario acierto, por Marta Rebón.

jueves, marzo 13, 2008

Cementerio de pianos, José Luís Peixoto

Trad. Carlos Acevedo. El Aleph, Barcelona, 2007. 312 pp. 19 €

Guillermo Ruiz Villagordo

Puede parecer un poco frívolo, pero lo que me hizo fijarme en este libro fue una foto de su autor que vi hace unos meses en un suplemento cultural. Ya se sabe que el atractivo físico incrementa las ventas de cualquier producto, sin discriminar música pop de música clásica, ni películas de palomitas de películas indie, y desde luego en el mundo de los libros también ocurre, aunque nos cueste admitirlo. Pero en esta ocasión había algo más: lucía tatuado en su brazo derecho en grandes letras capitales el nombre del mítico condado imaginario en el que transcurren la mayoría de las ficciones de Faulkner, Yoknapathawa. Y yo, que soy un faulkneriano devoto, aunque definitivamente herido en mi orgullo puesto que no me he atrevido a tanto, me vi obligado a interesarme por la obra de un colega de lecturas.
Desde luego esa pasión por Faulkner es bien patente en múltiples aspectos. Para empezar, en la demorada visión que nos da de una ciudad ruinosa, polvorienta, estancada, a la que Peixoto da el nombre de Lisboa, que sitúa de hecho en su mayor parte en el barrio tradicionalmente pobre de Benfica, pero que podría ser una ciudad y un barrio cualquiera. Esa decadencia que nos sale al encuentro ya desde el propio título empapa la evocación que los dos Francisco Lázaro, padre e hijo, alternándose, hacen de sus propias vidas. Vemos entonces que, aunque con determinados hechos necesariamente distantes en el tiempo, éstas se desarrollan de manera paralela, en una narración que revela en su engranaje su circularidad: ambos son carpinteros reconvertidos en reparadores de pianos; ambos tienen trayectorias sentimentales paralelas, con amantes de alta sociedad apenas vislumbradas como figuras de sueño y de fantasía; ambos tienen parientes que por sus defectos físicos quedan al margen de la sociedad, su tío y su hermano Simao respectivamente.
No deja de ser curioso su apellido, Lázaro, teniendo en cuenta que hablan Francisco Lázaro padre desde el más allá y Francisco Lázaro hijo desde la inminencia de su propio fin, con lo que adquieren más fuerza estas descarnadas confesiones al límite de sus correspondientes fracasos, pero es aún más curioso saber que el personaje del hijo toma como base al corredor de maratón portugués del mismo nombre y apellido. Y por cierto, en todas las críticas y entrevistas que he leido a raíz de este libro se ha destacado mucho esta inspiración real, pero en la práctica su relevancia en la novela se limita a proporcionar la excusa para presentar al ritmo de la que será su carrera decisiva una narración entrecortada que no avisa de los saltos temporales que se suceden inesperadamente y que el lector deberá ordenar en su mente. No puedo evitarlo y ejerceré eso de lo que tanto abomino en privado que suelo llamar hipercrítica (ver en el texto algo que no está específicamente implícito en él pero que a nosotros se nos antoja una certeza evidente) y diré que a mí me parece un obvio recuerdo del caótico paseo introspectivo de Quentin Compson en El ruido y la furia.
A lo largo de los lentos discursos de estos hombres, cubiertos de un permanente velo de pesar, conoceremos también a sus familias, a su mujer y madre, a sus hijos y hermanos, a sus nietos y sobrinos (y de nuevo el imaginario del Nobel sureño queda homenajeado en esas familias llenas de secretos inconfesables, faroles de una época), de los que se destaca un amplio panorama de mujeres que acaban por componer un rico imaginario femenino que Peixoto trata con delicada sensibilidad y agudeza, con el tema del amor y el desengaño rondando sus historias. Es como si un aura de fado sobrevolase estas páginas. Pero no me hagan excesivo caso: hoy veo cosas inexplicables en los lugares más insospechados.

miércoles, marzo 12, 2008

Un pedigrí, Patrick Modiano

Trad. María Teresa Gallego Urrutia. Anagrama, Barcelona, 2007. 129 pp. 12 €

Nere Basabe

Una extraña autobiografía como contada desde fuera, una genealogía del desarraigo es lo que nos ofrece Patrick Modiano en su Pedigrí: «Que el lector me disculpe por todos estos nombres y los que vendrán a continuación. Soy un perro que hace como que tiene pedigrí. Mi madre y mi padre no pertenecen a ningún ambiente concreto. Tan llevados de acá para allá, tan inciertos que no me queda más remedio que esforzarme por encontrar unas cuantas huellas y unas cuantas balizas en esas arenas movedizas...».
Patrick Modiano nació en el París de 1945, hijo de un negociante judío y de una actriz flamenca que coincidieron fugazmente en los oscuros y confusos años de la Segunda Guerra Mundial. Es precisamente este ambiente de la ocupación y de la posguerra parisina lo que Modiano ha reflejado en sus novelas, probablemente el mejor retrato de esos años que se haya hecho, obsesionado siempre por rastrearse a sí mismo en busca de una identidad. Sus libros se nutren así, desde La calle de las tiendas oscuras (Premio Goncourt 1978), de elementos autobiográficos que en éste se hacen con todo el protagonismo, haciendo de Un pedigrí la obra en la que se condensan (y ciertamente, aparecen condensados, desnudados hasta el laconismo) todas esas preocupaciones en que se sustenta su escritura.
Modiano escribe la biografía de un desconocido que es él mismo, de su origen en unos padres (no podría calificarse de familia) que son igualmente unos desconocidos para él. Y lo escribe para tratar de alcanzar algún conocimiento sobre esa incógnita que es su pasado, y que con tanta extrañeza se le presenta. El material del que se sirve son apenas unos datos que encuentra aquí y allá, y de los que se limita a dejar constancia. Uno no puede dejar de pensar, ante esta forma tan vaciada de ejercitar la autobiografía, en otras obras del género que retratan esa misma época, como las Memorias de una joven formal de Simone de Beauvoir, y que lo hacen a través de la prolija introspección sentimental, y se da cuenta entonces de que el modo de explicarse a uno mismo puede adquirir muy diferentes formas, y que en esa selección de la forma descansa probablemente el lugar que uno ocupa en el mundo. Modiano sigue pistas que llevan las más veces a ninguna parte, levanta acta de unos hechos sucedidos sobre los que no se explaya, que no comenta ni valora. Las escasas cien páginas del libro se llenan así de enumeraciones, relaciones de personajes que van y vienen en torno a esos padres distantes, y de los que apenas sabemos nada antes ni después de que salgan de escena: «Las personas a las que he podido identificar, de entre todas las que mi padre trataba en aquella época, son Henri Lagroua, Sacha Gordine, Freddie McEvoy, un australiano campeón de bobsleigh y corredor automobilístico con quien compartirá, nada más acabar la guerra, una “oficina” en los Campos Elíseos cuya razón social me ha sido imposible averiguar; un tal Jean Koporindé (calle de La Pompe, 189), Geza Pellmont, Toddie Werner (quien se hacía llamar “señora Sahuque”) y su amiga Hessien (Liselotte), Kissa Kuprin, una rusa, hija del escritor Kuprin. Había trabajado en unas cuantas películas e interpretado un papel en una obra de Roger Vitral, Les demoiselles du large. Flory Franken, conocida por Nardus, a quien mi padre llamaba “Flo”, era hija de un pintor holandés y había pasado la infancia y la adolescencia en Túnez. Fue luego a París y andaba mucho por Montparnasse. En 1938, estuvo implicada en un suceso que la llevó ante el tribunal de lo penal y, en 1940, se casó con el actor japonés Sessue Hayakawa. Durante la Ocupación trabó amistad con Dita Parlo, que había sido la protagonista de L’Atalante, y con su amante, el doctr Fuchs, uno de los dirigentes del servicio “Otto”, la oficina de compras más importante del mercado negro, sita en el 6 de la calle Adolphe Yvon (distrito XVI)»; «Otras personas que iban de visita por el piso del muelle de Conti: un joven ruso, Georges d’Ismaïloff, que estaba tuberculoso pero siempre salía sin abrigo durante los gélidos inviernos de la Ocupación. Un griego, Christos Bellos. Había perdido el último paquebote que salía para América, adonde iba a reunirse con un amigo. Una muchacha de la misma edad, Geneviève Vaudoyer. De ellos, sólo quedan sus nombres».
Un catálogo de personajes, en fin, que en ocasiones marea, pero que imprimen con precisión la sensación de unas vidas fragmentadas y erráticas, perdidas en una época sin futuro. «Tal era, más o menos, el mundo en que se movía mi padre. ¿Ambientes equívocos? ¿Canallas de guante blanco?»; «Según voy estableciendo esta nomenclatura y paso lista en un cuartel vacío, me va dando vueltas la cabeza y cada vez me queda menos resuello. Curiosa gente. Curiosa época entre dos luces». Y en medio de todo ese marasmo —o en sus márgenes, excluido una y otra vez por unos padres a los que estorba—, un joven Patrick creciendo con desconcierto. «Y me preguntaba qué pintaba yo allí», repite a lo largo del libro. No hay sentimientos en la novela; o mejor dicho, sí los hay, aunque no se describen, o lo que es peor, se percibe su ausencia con un escalofrío. Patrick es enviado una y otra vez a numerosos internados de los que escapa con la misma recurrencia; muere inesperadamente su hermano, cuando él es un niño; se pasa hambre; el muchacho acompaña a su padre a encuentros clandestinos, donde se tratan negocios oscuros que le dejan fuera (nunca sabrá a qué se dedicaba su padre profesionalmente): «Normalmente, mi padre “citaba” a la gente en el vestíbulo del Hotel Claridge y me llevaba con él los domingos. Una tarde, me quedo aparte mientras charla en voz baja con un inglés. Intenta arrebatarle por sorpresa una hoja que el inglés acaba de firmar. Pero éste la recupera a tiempo. ¿De qué “protocolo de acuerdo” se trataba?». Las relaciones paterno-filiales se van haciendo cada vez más difíciles, como podemos conocer a través de la trascripción de algunas cartas; su padre llega a denunciarlo a la policía y al final rompen todo contacto. Su madre, una actriz de poca monta con cada vez más problemas para encontrar un papel, siempre estaba ausente, nunca se ocupó de él.
Modiano retrata sobre todo un vacío con idéntica economía de recursos, y través de lo que sólo se presentan como tentativas de aproximaciones, llegamos pese a todo a conocer lo oscuro de ese núcleo. Infructuosas huidas en tren. El desarraigo, la farsa que sólo como tal constituye un pedigrí. Pero una mañana de primavera, sentado en la terraza de un café, Modiano comienza a escribir su primera novela. Luce el sol. La escritura lo ha liberado.

martes, marzo 11, 2008

Guerra a la luz de las velas, Daniel Alarcón

Trad. Jorge Cornejo. Alfaguara, Madrid, 2007. 265 pp. 17,50 €

Miguel Sanfeliu

Daniel Alarcón es uno de los nombres que han sonado con más fuerza en los últimos años, en este mundo literario donde, al parecer, según los suplementos culturales, aparece una obra maestra cada dos o tres meses. Daniel Alarcón es joven, peruano, afincado en EE.UU. y escribe en inglés. La revista Granta lo incluyó en su lista de los mejores jóvenes escritores estadounidenses, pese a que nació en Lima, Perú, en 1977. Es por tanto un escritor entre dos mundos. Rápidamente se reivindicó su origen y se le catalogó como uno de los más prometedores escritores latinoamericanos y fue incluido en el grupo “Bogotá 39”. En Septiembre de 2007 estuvo en España, participando en el Festival Hay que se celebró en Segovia. Un hombre delgado, con su voluminoso pelo rizado y una actitud muy alejada del engreimiento en el que podía haber caído, con todo lo que le ha sucedido en un espacio de tiempo demasiado corto.
También es editor asociado desde EE.UU. de la revista peruana de periodicidad mensual Etiqueta Negra.
Su libro de relatos War by candlelight: stories fue finalista en 2006 del Premio Hemingway Foundation/PEN. En España ha sido publicado por Alfaguara, casi al mismo tiempo que la primera novela de Alarcón, Lost City Radio. Así que podemos estar tranquilos, porque también ha escrito una novela, lo cual suele considerarse requisito indispensable para ser tomado en serio en determinados círculos.
Guerra a la luz de las velas es un libro de una gran fuerza, digno resultado de la unión entre la tradición norteamericana y la latinoamericana. Una tiende más a la economía de medios, a desnudar los hechos, a distanciarse de las emociones, mientras la otra siempre ha estado más cerca de un colorido visceral y de un mundo en el que la realidad no termina de explicarlo todo, y en el que es preciso recurrir a ecos fantásticos u oníricos para interpretar ciertas cosas. Flannery O’Connor y Cortázar, Cheever y Junot Díaz… una mezcla en todo caso interesante.
Los relatos tienen una composición muy particular. Son historias que saltan en el tiempo, que incluyen episodios que, en algunos casos, parecen no tener apenas conexión. Sus protagonistas son seres perdidos, que buscan su hogar junto a la persona amada, sin acabar de conseguirlo, o que luchan en una guerra que parece librarse muy lejos y no tener ni principio ni fin, o que sueñan con huir de una existencia precaria y anodina. Las historias parecen dispararse en diferentes direcciones. “Ciudad de payasos” nos habla de un periodista cuyo padre acaba de morir y de su desconcierto al descubrir que su madre se ha trasladado a vivir con la segunda esposa de éste, con la mujer por la que les abandonó, y los recuerdos se suceden a la vez que se enfrenta a la obligación de escribir un reportaje sobre artistas callejeros, un relato que va y viene, en consonancia con el deambular del protagonista, que nos habla del sentimiento de pérdida, de la tristeza que se oculta detrás de algunas sonrisas. En “Ausencia” encontramos a un artista que viaja a Nueva York para exponer sus cuadros y que siempre se comporta como un extraño que observa con distancia todo cuanto le rodea, incluso las imágenes del atentado del 11 de Septiembre, cuyo aniversario se cumple en ese momento. En “El visitante” se nos habla de una terrible tragedia que se asume con resignación, sentimos el peso de lo inevitable y la fuerza necesaria para seguir adelante en determinadas circunstancias. “Sobre la ciencia de estar solo” nos cuenta una particular historia de amor y “Guerra a la luz de las velas” habla de ideales, de un hombre que sueña con el fin de las injusticias y que se implica en una guerra omnipresente que lo envuelve todo en un halo de irrealidad. Historias que encierran misterios y cuya estructura es compleja y tras la que se advierte una gran destreza técnica, capaz de capturarnos, de contarnos una historia a la vez que nos embarga una emoción difícil de definir.
«No todos los muertos caen del cielo. No todos llegan por el río Hudson y terminan flotando contra las rocas cubiertas de musgo en la orilla. Algunos son nuestros padres, nuestros tíos. Algunos pierden la batalla lentamente. Algunos mueren odiando el mundo». Esto podemos leerlo en la última historia de este libro fascinante en el que, pese a todo, la gente lucha por salir adelante, por vivir, aunque se encuentren en lugares en los que no terminan de encajar y lo único a lo que puedan aferrarse sea a ellos mismos.

lunes, marzo 10, 2008

Nadie me mata, Javier Azpeitia

Tusquets, Barcelona, 2007. 258 pp. 17 €

Inés Matute

No creo que nadie se atreva a discutirlo: el libro engancha y obliga al lector a plantearse un sinfín de preguntas. Veamos: ¿cómo encajaría usted el hecho de despertar amnésico en un cuerpo extraño? ¿Qué haría si cada vez que se quedase dormido su alma saltase del cuerpo de una admiradísima actriz al de un perista tramposo, un policía, una niña o una ex yonqui reenganchada? ¿Hacia dónde dirigirnos si la incesante búsqueda del yo nos sumerge en un crimen? ¿Qué ocurre si, además, se está proyectando una película que recoge, simultáneamente, todo lo que nos está sucediendo?
A caballo entre el género negro y el género fantástico, la novela se ambienta en el barrio de La Latina en la época actual, un Madrid 2007 donde la población está siendo diezmada por elementos que escapan al control humano —atentados, una pandemia de gripe aviar— planteándonos un enigma desde la abstracción obligada de todo buen thriller. Y lo defino como tal dado que el protagonista y a la vez narrador de la historia se despierta al comienzo de cada capítulo ignorando quién es y dónde está, enfrentándose al misterio de su pasado y su misión presente, una búsqueda que apunta una y otra vez a la misma mujer y a la misma sangre. Obligado a las sucesivas reencarnaciones, “X” vivirá idéntica situación desde la óptica de los distintos personajes, conocerá sus secretas motivaciones, y, a través de sus ojos, reunirá pistas mediante las cuales intentará forzar un desenlace alternativo. ¿Lo consigue? No, no puede conseguirlo, porque ni siquiera en la última página el lector sabe quién mueve las fichas y quién tira los dados, qué acontecimientos están en el futuro y qué hechos pertenecen al pasado. Según Azpeitia, la estructura narrativa de Nadie me mata combina ingredientes oníricos y fantásticos, pues trata de reflejar lo ficticio de la identidad, los sinsabores del existencialismo y el vértigo de lo cotidiano. Como puede apreciarse, no es un escritor poco ambicioso.
La complejidad de la trama, lejos de restarle atractivos, obliga al lector a meterse en la piel del protagonista, a realizar similar esfuerzo mnemotécnico, a desesperarse, enamorarse y emborracharse con él. Vamos, que no es recomendable peder comba. Por ello, no es casual que la acción se estructure sobre ocho capítulos que representan ocho casillas distintas del juego de la oca —«El juego de la oca representa el juego de la vida, pero no hay que interpretarlo. Hay que jugar». No es casual la elección de nombres como «el pozo», «la muerte», «la posada», «el laberinto» o «los dados». Tampoco es casual que uno de los personajes experimente con ratones —una clara referencia a la dictadura de la memoria de especie, ligada a la idea del inconsciente colectivo postulado por Jung—. Aquí nada es casual y nada es lo que parece. Mis felicitaciones al autor, que no descuida detalle, que al trasmigrar rompe la linealidad y los tempos, que organiza y desorganiza, que trampea con los personajes y juega con nosotros audaz y eficazmente, manteniendo el interés y la tensión de principio a fin de la novela.
Alguien dijo, no recuerdo quién, que para eso leemos. Para ponernos en el lugar de otro. También dijo que leer es un trayecto: cambiar de cuerpo, de alma, de costumbres. De ser eso cierto, Azpeitia consigue doblemente su objetivo. Personalmente, sólo le encuentro una pega a la obra, la misma que le encontré a El mensajero de Argel de José Carlos Llop: no me gusta el tratamiento que se le da al tema del terrorismo. El terrorismo aquí parece un elemento más —plano, fofo— de un decorado catastrofista y al tiempo inevitable. Las escenas más violentas y macabras se tratan con una ligereza chocante, casi anecdótica, como si a los personajes les diese lo mismo comentar que acaba de caer un obús que le mañana está fresca. No me gusta rozar ese punto en que la muerte, el caos y el atentado terrorista se manejan con frivolidad, como mero recurso para diversificar o animar la perspectiva. Hecha la salvedad, no puedo sino recomendar vivamente esta novela. En mi caso, la leí de dos tacadas y despertó en mí un renovado interés por la obra y la trayectoria del siempre sorprendente Javier Azpeitia.