viernes, marzo 07, 2008

El candelabro enterrado, Stefan Zweig

Trad. Joan Fontcuberta. Acantilado, Barcelona, 2007. 144 pp. 14 €

Elvira Navarro

Stefan Zweig (Austria, 1881 – Brasil, 1942) declaró en una entrevista que sus padres «eran judíos sólo por un accidente de nacimiento», de lo que cabe colegir algo más que una simple afirmación sobre lo azaroso de la identidad. Judío no-judío, el escritor austriaco vivió las dos guerras mundiales. La primera, según dicen las biografías, le convirtió en pacifista. La segunda le llevó a un exilio voluntario a Gran Bretaña, que se tornó en forzoso a raíz de la ocupación alemana de Austria y de la invalidación de su pasaporte. Apátrida durante dos años, tras la obtención de la nacionalidad británica recaló en varios países y acabó suicidándose en Brasil.
Conviene tener todos estos datos en la cabeza a la hora de leer El candelabro enterrado, novela corta que aborda el tema de la idiosincrasia judía a través de una narración de carácter mítico sobre la pérdida de la menorá. Símbolo hebreo por excelencia (no en vano es el emblema oficial del actual Estado de Israel), la menorá o candelabro de siete brazos era uno de los objetos del Tabernáculo, que encontró acomodo en el Templo de Jerusalén construido por el rey Salomón. Tras la destrucción del templo por los romanos, la menorá fue llevada a Roma, donde se le perdió la pista. Se cree que los vándalos la robaron en el año 455 y que, tras la caída de Cartago, cayó en manos del emperador Constantino; sin embargo, no hay ninguna fuente bizantina que confirme el dato, lo que da pie a la leyenda de que alguien la devolvió a Tierra Santa.
Dicha leyenda es la que aprovecha Zweig para escribir El candelabro enterrado, que comienza con el famoso saqueo de Roma y la conmoción de la comunidad judía al saber que el último de sus objetos sagrados, la menorá, es de nuevo enviado lejos. Los ancianos deciden acompañar al candelabro del sancta sanctorum en su peregrinaje, y caminan detrás del carro que lo traslada a Portus, donde desemboca el Tíber. Allí, ante los ojos empañados en lágrimas de los viejos, y de un niño cuya misión es dar testimonio a las generaciones venideras del fatal destino de su pueblo, la menorá es cargada en un barco rumbo a Cartago, no sin que antes el pequeño Benjamín, furioso por la injusticia contra los suyos, ataque al esclavo que portea el candelabro. El esclavo pierde el equilibrio y cae, junto con el santo objeto, sobre el brazo del niño, rompiéndolo. La moraleja: castigo de Dios por haber intentado tocar la divinidad, en primer término, y por haber utilizado la violencia, en segundo.
Años más tarde, siendo ya Benjamín un venerable y venerado anciano, llega la noticia de que la menorá se cuenta entre el botín del emperador Constantino tras su victoria sobre Cartago: otra vez la historia que se repite, la eterna diáspora del candelabro que los significa. Benjamín siente que es su hora; el Señor lo ha preservado para que recupere la menorá en Bizancio, y hacia allí parte acompañado de un joven testigo, Joaquín, que dará fe del asunto. Y es que no se trata sólo de que la historia sea siempre la misma, sino también de que sus víctimas reaccionen conforme a su idiosincrasia, reafirmándola: carácter cíclico de los mitos, adoptado por el sabio Zweig para contar la forja de una identidad.
El dolor como foco generador de memoria, la resignación, la condición de desposeídos, la culpa por un pecado que explicaría la furia de Dios contra el pueblo elegido y su dispersión como condena, la desconfianza hacia la vida y la fe en un tiempo futuro en que serán redimidos. Todos estos elementos, que Nietzsche describió en La genealogía de la moral, y que hemos heredado en parte los nacidos en culturas cristianas, son los ejes que determinan la acción de esta novela, magistral en su sencillez.
Zweig no se conformó únicamente con aprehender la fatalidad judía, que llegó a su apoteosis durante el fascismo, sino que además se atrevió a dar una solución para romper el maleficio, apostando por el pacifismo como la única opción legítima contra los poderes establecidos y la opresión. Así, en el final del libro, vuelta la menorá a manos de Benjamín, éste se da cuenta de que restituirla a Jerusalén no servirá de nada, pues va contra las leyes divinas decidir el destino de un pueblo. Eso sólo puede traer desgracias. Benjamín entierra entonces el candelabro en Tierra Santa, sin más espectadores que un mudo: esta vez, por tanto, sin testigo alguno con el que perpetuar falsas querencias.

jueves, marzo 06, 2008

El merodeador, Vicente Muñoz Álvarez

Ilustraciones de Toño Benavides. Prólogo de Ignacio Escuín Borao. Baile del Sol, Tegueste (Tenerife), 2007. 152 pp. 12 €

Elena Medel

Confieso mis reservas ante los paratextos: los reclamos en la contraportada, los prefacios y epílogos, las fajas laudatorias y los marcapáginas con citas alimentan mis pesadillas. La expiación de todo lector ingenuo —yo, de nuevo, confieso— es toparse con un producto subterráneo al comprar un libro por lo que su envoltorio —y no su contenido— anuncia. En el caso de El merodeador, la nota de Vicente Muñoz Álvarez y el prefacio no se empeñan en vender más de lo que hay, que es mucho; de hecho, Ignacio Escuín Borao afirma en su “Prólogo (o una ventana que se abre a una vida ajena)” que textos como el suyo «no hace[n] mejor a un libro». No estoy de acuerdo —su pórtico es concreto e ilumina la oscuridad del libro, invita a continuar página tras página— pero, acostumbrados a la pirotecnia y el jaleo, agradezco la sinceridad y la honestidad; la primacía de los intereses del lector ante los intereses del mercado constituye un valor al alza.
El lector abre la puerta y escucha “Los pasos”, un aperitivo que se percibe denso, asfixiante, una descripción de la atmósfera que El merodeador deberá atravesar. “Las tarjetas”, en que el narrador recibe la llamada de una imprenta a propósito de un encargo con sus datos, sabe kafkiano; da paso a “El cartero”, una alegoría de esa «soledad» a la que Muñoz alude en la contraportada. Pocas páginas después aparecen los dos platos fuertes de El merodeador: “El lunar” y “Los gatos”. El primero reproduce el encuentro entre el narrador y un enfermo —ocurre en la sala de espera del ambulatorio— que se rasca y rasca un lunar, entre lo paródico y lo misterioso, instalado en el desasosiego, con unas respuestas del paciente que se transforman en delirantes —y justificados— monólogos sobre la dependencia y la manipulación. Otro tono es el de “Los gatos”, que yo concibo como un microcuento de terror con un crescendo magistral. Y más temas en este volumen breve pero ambicioso: la ruptura sentimental en “Los malentendidos”, el suicidio del amigo —y, de nuevo, el sabio manejo de datos, la tensión conforme leemos fechas y acciones— en “La carta”, la metaliteratura —uno de los ejes del libro— en “El relato” y “El artículo”...
El merodeador es una obra híbrida en la forma, un libro de relatos que comparten protagonista, ambientes y recursos, pero también una novela fragmentada —igual que roto y cansado nos habla el yo, fingimiento incluido por las referencias a Pessoa o por el viraje del texto de cierre, «llueve intensamente sobre la casa del narrador»—, y el diario de las jornadas oscuras del alma. Muñoz Álvarez no esconde su dedicación a otros géneros en capítulos como “Los peces”, un intenso poema narrativo, o “El paseo”, una jugosa reflexión al borde del ensayo sobre los objetivos vitales que nos convienen, y los objetivos vitales por los que nos decidimos. Escritura al límite, encerrada por los paréntesis que suponen las ilustraciones —alegóricas, también oscuras— de Toño Benavides, las citas y las referencias explícitas dibujan el árbol genealógico de Muñoz Álvarez: sobre todos los apellidos, Bernhard.
Con El merodeador recuerdo a Walt Whitman, y es que «no es un libro. Quien lo toca, toca a un hombre». Es una experiencia carnal y cruel, de un dolor casi físico. «Leí unas páginas de Corrección, de Bernhard, pero su dureza y frialdad, a diferencia de otras veces, me helaron la sangre y tuve que cambiar de pronto de libro». Tomen nota. Esta obra de Vicente Muñoz Álvarez es una de esas flores raras que, para nuestra fortuna, Baile del Sol se empeña en cultivar. El merodeador: literatura funámbula entre la locura y la calma, de continente helado e interior infernal, que se lee de una sentada y permanece con nosotros —igual que los maullidos de esos gatos abandonados— durante mucho tiempo.

miércoles, marzo 05, 2008

La cinta de Moebius, Manuel Talens

Alcalá Grupo Editorial, Alcalá la Real, 2007. 187 pp. 19€

Pedro M. Domene

Ángeles, arcángeles, profetas e incluso Dios campean por el cielo cristiano en la nueva novela de Manuel Talens (Granada, 1948), La cinta de Moebius, en realidad, una satírica e irónica visión de cuantos males y vicios, actitudes y aspectos variados han pesado sobre la Humanidad; hecho que, lamentablemente, ha lastrado a nuestra sociedad desde los tiempos inmemoriales hasta este tercer milenio —más concretamente 2009— en que comienza la historia. Visto desde una perspectiva amable, el libro es un juego en su sentido más estricto, porque el autor propone un invento para que la ciencia, de alguna manera, otorgue destreza a los humanos para salvar una realidad insalvable.
Alejado de una estética narrativa anterior tan lírica como exquisita, contundente en ocasiones, Talens mantiene —no obstante— una visión cómica de las situaciones más extremas, como ya ocurría en sus novelas Hijas de Eva (1997), La parábola de Carmen la Reina (1999) o los cuentos Rueda del tiempo (2001). Aunque tampoco deja pasar su oportunidad para ejercer de juez severo de su tiempo, y empuja al lector a conocer a una corte celestial donde —como en la tierra— no todo es maravilloso, porque Dios está cansado y malvive en un estado de coma permanente. Será el arcángel Gabriel quien tome las riendas para realizar, volviendo al pasado y a través del presente, un auténtico repaso del origen del mundo, la historia bíblica, la justificación del Antiguo y Nuevo Testamento, incluida la Literatura y su corte de maestros: Homero, Ovidio, Virgilio, Dante, Shakespeare, Cervantes o el maestro Gutenberg, inventor de la máquina que cambiaría la escritura.
Muchos de los personajes que desfilan por estas páginas pertenecen a la corte Celestial y a las almas terrenales que han llegado hasta allí. Sin embargo, para justificar toda la trama, el narrador incorporará los nombres de la doctora Verónica Isenring —una bióloga molecular que ha introducido la era científica en la religión— para que otorgue su diagnóstico de Dios, y John Carmichael Barlow, informático que abrazó la ética hacker, dedicó su vida al hacktivismo —es decir, la modalidad social que consiste en descifrar claves secretas de los ordenadores— y que, aunque desaparecido prematuramente, se encargará del Servidor Divino. Finalmente, Ernesto Cardenal, poeta y apóstata, permite reconocer un mundo terrenal basado en los diferentes aspectos de la cibernética.
Lo más curioso de la novela, de la historia narrada por un Talens hiriente, son los informes sobre el estado de la nación terrenal de los arcángeles Rafael, sobre la Iglesia católica; Baraquiel, sobre el continente africano; el ángel de la guarda Nicomedes, sobre el conflicto israelo-palestino; el arcángel Seatiel, sobre la globalización; Jehudiel sobre los medios de comunicación; Miguel, con el asesoramiento del profeta Ezequiel, sobre la energía terrenal; y las conclusiones, con gran pesadumbre, del protagonista Gabriel. No es de extrañar que al final, después de una concienzuda lectura, se hable de una «Regénesis» —nada más utópico— en la que Dios vuelve a crear, nuevamente, los cielos y la tierra.

martes, marzo 04, 2008

Arrojada, Carmen Camacho

Cangrejo Pistolero, Sevilla, 2007. 144 pp. 12 € (edición principal), 30 € (edición especial) y 120 € (edición de artista).

Diego Vaya

Cangrejo Pistolero Ediciones, proyecto capitaneado por Nuria Mezquita y Antonio García Villarán, es una de esas editoriales poco comunes en el panorama actual. De Arrojada, primer poemario de Carmen Camacho (Alcaudete, Jaén, 1976), ha publicado tres ediciones distintas y a la vez: una especial, otra artística, y finalmente la principal (que es la que se encuentra en la librerías), que no tiene nada de normal. Y digo esto porque la edición, cuidada hasta el más mínimo detalle, a dos tintas y con ilustraciones de la pintora Blanca Orozco, en cualquier otra editorial sería considerada como “edición especial”.
Pero Arrojada no solo vence y convence como objeto de coleccionismo para bibliófilos y bibliómanos: sorprende desde el primer poema la naturalidad y la voz poética tan lograda de Carmen Camacho. Sus versos saben a verdad —con independencia de que haya o no fingimiento—, hablan de tú a tú, y en ningún momento su discurso suena a forzado o a pose.
Dos recursos muy llamativos del libro, por su eficacia, son el uso de los juegos de palabras —sin artificio ni pirotecnia gratuita—, y sobre todo el humor y la ironía, devastadores casi siempre, que están presentes en este libro a través de la deformación sistemática de referencias culturales o de fórmulas hechas, la autoparodia y la hipérbole. Y aunque con estos recursos Carmen Camacho nos arranca la sonrisa en no pocas ocasiones y la protagonista poética se muestra segura de sí misma, sus poemas dejan ver en ocasiones a una “Eva_Underground” —es el título de uno de los textos— que quiere «olvidarse/ de lo vida que es la vida». La autora sale triunfante y sin un rasguño después hacer equilibrio sobre la complicada cuerda floja que une el humor y el dolor.
No es fácil mantener la misma tensión poética a lo largo de más de cien páginas, y sin embargo la autora no solo lo consigue, sino que los textos de Arrojada asombran por la variedad de temas, tono, perspectiva e incluso de forma. Por decirlo de otra manera: el libro tiene la impagable virtud de ni repetirse ni aburrir. En él encontramos poemas en verso y en prosa, micronarraciones cargadas de poesía, sentencias, aforismos, y hasta un género híbrido, las Definiacciones, como: «El amor es siempre sinónimo./ De otra cosa,/ pero/ siempre/ sinónimo».
No se lo piense dos veces: arrójese a la librería a por Arrojada.

lunes, marzo 03, 2008

Purgatorio, Joan Francesc Mira

Trad. Claudia Ortego Sanmartín. Edhasa, Barcelona, 2007. 313 pp. 20,50 €

Recaredo Veredas

Pocos son los autores capaces de modificar la mirada del lector, de provocar que contemplemos nuestra cotidianeidad de una manera distinta consiguiendo, gracias a su profundo conocimiento de los recursos narrativos y de los matices de las emociones, una alteración duradera, que persiste más allá del momento en que cerramos el libro. Joan Francesc Mira es uno de esos privilegiados. El logro que consigue en Purgatorio resulta especialmente apreciable: nos encontramos ante una relectura de La Divina Comedia, nacida hace ya setecientos años.
Escrita originariamente en catalán y magníficamente traducida por Claudia Ortego, Purgatorio narra el descenso al caos de la ciudad moderna —metáfora del infierno de Dante— de un médico rural llamado Salvador Donat cuyo único hermano, un empresario de dudosa ética, agoniza víctima del cáncer en una Valencia que se prepara con avidez para los estragos del boom inmobiliario. El protagonista, cuya vida cotidiana transcurre en una felicidad amortiguada, conoce, con una inocencia casi infantil, las consecuencias sociales y emocionales de la corrupción, cayendo de golpe en ese doloroso y necesario purgatorio que da título a la novela. Necesario porque le sirve para construir una existencia verdadera, consciente de la inevitabilidad del mal. Coincidirá con personajes que caminan con brillantez y sin derrumbarse en el filo de la inverosimilitud. El más destacado es una curiosa suplantación del Virgilio dantesco, transmutado en un chófer negro con aspiraciones poéticas que, cuidando sus pasos pero permitiendo el dolor, guiará al protagonista en su enriquecedor recorrido por el infierno.
Purgatorio es capaz de convocar una doble lectura. En la primera, tal vez la menos interesante, el lector que conozca la obra de Dante disfrutará identificando símbolos y anillos infernales, descifrando la identidad de Virgilio, de Beatriz o de los numerosos condenados errantes que vagan por ese curioso averno en que convierte a la Valencia moderna. En la segunda el lector hallará una novela que se sostiene a la perfección, con plena autonomía, que permite el disfrute, incompleto pero válido, de un lector que no se haya acercado hasta la Divina Comedia. Como las mejores obras de J.M. CoetzeeDesgracia o La Edad de Hierro— Purgatorio hiere y reconforta al mismo tiempo ya que, aun mostrando una visión del mundo devastadora y de una lucidez difícilmente rebatible, ofrece una solución al desastre que sufren los protagonistas. Para Mira, como para el sudafricano, la curación pasa por el desprendimiento y la limpieza, aunque aliviada con un acertado y necesario golpe de lujuria mediterránea.
La combinación entre un referente clásico de tal volumen y un argumento hiperrealista podría haber provocado un refrito indigerible, pero la habilidad narrativa de Mira y la contundencia de su mirada facilita que, como los mejores chefs, sea capaz de mezclar ingredientes aparentemente incompatibles. Tal vez tanto Desgracia como Purgatorio sean novelas que sólo se pueden escribir desde la madurez —Mira nació en 1939— cuando se conoce de primera mano, y no sólo mediante referencias literarias o por lo vivido por otros, las verdaderas repercusiones de la muerte. La veteranía del autor también se percibe en su comprensión de los personajes, que no son condenados, ni siquiera juzgados —con la excepción del enfermo, cuya redención es imposible— sino comprendidos, como demuestra con el sutil tratamiento de la ambivalente Beatriz-Matilde, la secretaria-amante del moribundo, que se debate entre el lecho de los dos hermanos.
La similitud con Desgracia no sólo se ciñe a la lucidez, también a los movimientos de un peculiar narrador en tercera persona que, aun estando absolutamente apoyado en el protagonista, se permite extraños vuelos, opiniones brutales y contundentes, rompiendo cualquier prejuicio, razonable en otros autores, sobre la libertad en el punto de vista. Tal desviación de los patrones habituales se sostiene sobre un profundo conocimiento de recursos artesanales demasiadas veces olvidados, como la verosimilitud de los diálogos o el correlato objetivo.
El dominio que Mira posee sobre el espacio, que define el estado de ánimo del protagonista y la transición entre los distintos círculos de un infierno, cuyo epicentro es un desolado hospital, merece ser resaltado. Así describe, en una metáfora de toda la urbe, incluso de la propia situación del enfermo, un mercado abandonado: «...bellísimo edificio de ladrillo, rojo oscuro en la noche de farolas de luz amarilla, sin muros, sólo arcos y pilares y por encima flores y frutas de cerámica... pero era un mercado vacío, sin paradas dentro, sin nada, sin vida, un grandioso arco triunfal en cada extremo y en medio la oscuridad, la suciedad, papeles y plásticos, polvo». Dicho dominio también se amplía a los objetos, incluso a los más modestos animales. La narración de la muerte del hermano, elíptica y metafórica, donde utiliza uno de esos perros vagabundos tan queridos por Coetzee, es magistral.
Aunque la prosa alcance niveles de dificultad bastante elevados, próximos al monólogo interior, el autor no olvida la necesidad de la peripecia. Es decir, sabe que está escribiendo una novela y que para que su mensaje alcance la nitidez necesaria el protagonista, con quien el lector está implicado desde la primera página, debe recibir dosis, perfectamente medidas de ayudas y contratiempos. Consigue, como también logra Rafael Chirbes en Crematorio, que la inmersión en los abismos no expulse al lector de las páginas.
Obviamente, como cualquier novela de largo aliento, Purgatorio tiene defectos —cierta duplicación en el desenlace y un ligero maniqueísmo en el trazado del antagonista, de ese hermano caído en el infierno que sirve con demasiada obviedad para resaltar la bondad del otro— pero sus virtudes son tan elevadas que apagan cualquier resquemor.