Ilustraciones de Andrew Knowles. Trad. Amelia Pérez de Villar. 451, Madrid, 2007. 192 pp. 15,50 €
«Finales de verano de 1973 en la nueva población de Washington, condado de Tyne and Wear. Ya hace un tiempo que sé andar». Así localiza Alex Kapranos, cantante y guitarrista de Franz Ferdinand —quizá el manjar más suculento de la última hornada del pop británico—, su iniciación a los sabores: en el hogar familiar, guiado por olores y aspectos desconocidos, ajusticiando el queso y los tomates con sólo paladearlos. Algunas páginas más tarde nos contará el descubrimiento de su primera alergia —a los cacahuetes— y definirá «la comida», en un primer capítulo que ejerce como introducción a la manera proustiana —la magdalena, dios, la magdalena—, como «una aventura».
Después de todo, Sound Bites —Bocados de sonido, en castellano: ignoro por qué los pulcros editores de 451 han optado por mantener el título original— se parece mucho a una novela de aventuras. Alex Kapranos, un treintañero inglés de origen griego, recorre el mundo con su grupo musical. Hoy duermen en Corea, mañana en Praga, anteayer en Malibú; en ocasiones, con suerte, el promotor del concierto o algún amigo que pasa por allí asumirá el papel de guías, y les mostrarán las exquisiteces —no sólo monumentales y/o paisajísticas— del lugar. Cuando la fortuna les da la espalda, Kapranos y los suyos se buscan la vida, patean los barrios típicos y asoman la cabeza, por si el lugar da o no buena espina; si es que sí, entran y devoran, unas veces hallazgos inolvidables, otras comida ante la que prefieren taparse la nariz. «La comida es», no lo olvidemos, «una aventura»; nos lo recuerda Kapranos, por ejemplo, en “Desconcertado de muerte”, su enigmática visita a Mr. Chow, asiático recomendado en Beverly Hills. Antes o después, los chicos del grupo habrán probado el pez globo en Osaka, desafiando la leyenda —«una de cada cien raciones es letal»—, y se atreverán con los platos típicos polacos... En Minneapolis.
Sound Bites recopila —y, en España, traduce— los artículos gastronómicos publicados por Kapranos en el suplemento de ocio de The Guardian. Antes de facturar himnos generacionales y transformarse, entre disco y disco, en el eslabón perdido entre Phileas Fogg y el nunca localizable Wally, Kapranos pagó el alquiler con algunos trabajos —otros, soldador o profesor, no— relacionados con la hostelería: pinche, sumiller, chef, incluso repartidor. Ignoro si sus avatares profesionales habrán decantado o no sus gustos, pero lo cierto es que Kapranos habla sobre comida con auténtico fervor: si algo destilan sus recuerdos es, desde luego, entusiasmo por descubrir nuevos sabores, y por revivir otros antiguos y disfrutados. Los nombres —el del propio autor, los de los establecimientos reseñados— no importan; lo crucial, aquí, es lo que imaginamos. Por no hablar de las ilustraciones de Andrew Knowles, también miembro del grupo, entre lo naïf y el boceto.
Lo apasionante de Sound Bites no es que una estrella de la música almuerce pintxos en San Sebastián o estrene el menú de un persa en Toronto; lo fascinante es que sus historias, narradas con la mayor naturalidad, como quien confía una anécdota a un buen amigo, enganchan e invitan a devorar Sound Bites de una sentada. Desde sus desencuentros iniciales a la aseveración final —«La gira termina, así que es hora de dejar de escribir sobre comida. Lo que como en casa no es interesante. Es lo mismo que come todo el mundo»—, sin olvidar su primera borrachera, con vino griego —en “Goram teñido de púrpura”: divertidísimo, delicioso—, o su época como repartidor de comida india —“Por amor al curry”— y su costumbre de visitar el restaurante cuando recala de nuevo en Glasgow, Sound Bites se escucha doméstico, cotidiano, cercano. Porque Kapranos es sencillo y directo, pero al mismo tiempo —adjudicamos parte de la culpa al motor del texto, la comida— su mimo al describir cada ingrediente, cada sensación, tiñen Sound Bites de un costumbrismo más que peculiar.
El interés de Sound Bites no reside, por lo tanto, en su condición de guía gastronómica internacional —puede servir: incluye un apéndice con direcciones— ni como testimonio de la vida de una estrella del pop; no obstante, que los interesados consulten el capítulo “¡Pues que coma dulces! ¡Es una estrella del rock”, en que Kapranos describe cómo su actuación en un festival está a punto de arruinarse por un condimento con cacahuete, que escupe ante la mirada de la cantante y modelo Sophie Ellis Bextor, para después atiborrarse de lo único que en ese momento le apetece comer: tarta. Lo jugoso de esta recopilación de artículos —pese a mis reticencias iniciales: el subgénero me aterra— es lo bien que escribe Alex Kapranos, su capacidad para armar una historia y mantener, aunque en sólo un par de páginas, cierta tensión y atención por parte del lector.
Aun así, y contradiciéndome, el de Kapranos es un libro que saciará a gastrónomos —habla, al fin y al cabo, de comida—, viajeros —disecciona lugares con la mirada atípica de quien viaja más de la cuenta, y carga el aburrimiento en su equipaje—, melómanos —conocemos los inicios de su banda, la rutina de un músico, etcétera— y mitómanos —sus compañeros aparecen con sus apelativos cariñosos, manías y costumbres—. Pero, sobre todo, Sound Bites gustará a los lectores desprejuiciados, a quienes aman la literatura sin más, a quienes hojean un libro sin consultar antes la nota biográfica, experiencia universitaria y bibliografía consultada, a quienes leen para divertirse. ¡Que aproveche!
Después de todo, Sound Bites —Bocados de sonido, en castellano: ignoro por qué los pulcros editores de 451 han optado por mantener el título original— se parece mucho a una novela de aventuras. Alex Kapranos, un treintañero inglés de origen griego, recorre el mundo con su grupo musical. Hoy duermen en Corea, mañana en Praga, anteayer en Malibú; en ocasiones, con suerte, el promotor del concierto o algún amigo que pasa por allí asumirá el papel de guías, y les mostrarán las exquisiteces —no sólo monumentales y/o paisajísticas— del lugar. Cuando la fortuna les da la espalda, Kapranos y los suyos se buscan la vida, patean los barrios típicos y asoman la cabeza, por si el lugar da o no buena espina; si es que sí, entran y devoran, unas veces hallazgos inolvidables, otras comida ante la que prefieren taparse la nariz. «La comida es», no lo olvidemos, «una aventura»; nos lo recuerda Kapranos, por ejemplo, en “Desconcertado de muerte”, su enigmática visita a Mr. Chow, asiático recomendado en Beverly Hills. Antes o después, los chicos del grupo habrán probado el pez globo en Osaka, desafiando la leyenda —«una de cada cien raciones es letal»—, y se atreverán con los platos típicos polacos... En Minneapolis.
Sound Bites recopila —y, en España, traduce— los artículos gastronómicos publicados por Kapranos en el suplemento de ocio de The Guardian. Antes de facturar himnos generacionales y transformarse, entre disco y disco, en el eslabón perdido entre Phileas Fogg y el nunca localizable Wally, Kapranos pagó el alquiler con algunos trabajos —otros, soldador o profesor, no— relacionados con la hostelería: pinche, sumiller, chef, incluso repartidor. Ignoro si sus avatares profesionales habrán decantado o no sus gustos, pero lo cierto es que Kapranos habla sobre comida con auténtico fervor: si algo destilan sus recuerdos es, desde luego, entusiasmo por descubrir nuevos sabores, y por revivir otros antiguos y disfrutados. Los nombres —el del propio autor, los de los establecimientos reseñados— no importan; lo crucial, aquí, es lo que imaginamos. Por no hablar de las ilustraciones de Andrew Knowles, también miembro del grupo, entre lo naïf y el boceto.
Lo apasionante de Sound Bites no es que una estrella de la música almuerce pintxos en San Sebastián o estrene el menú de un persa en Toronto; lo fascinante es que sus historias, narradas con la mayor naturalidad, como quien confía una anécdota a un buen amigo, enganchan e invitan a devorar Sound Bites de una sentada. Desde sus desencuentros iniciales a la aseveración final —«La gira termina, así que es hora de dejar de escribir sobre comida. Lo que como en casa no es interesante. Es lo mismo que come todo el mundo»—, sin olvidar su primera borrachera, con vino griego —en “Goram teñido de púrpura”: divertidísimo, delicioso—, o su época como repartidor de comida india —“Por amor al curry”— y su costumbre de visitar el restaurante cuando recala de nuevo en Glasgow, Sound Bites se escucha doméstico, cotidiano, cercano. Porque Kapranos es sencillo y directo, pero al mismo tiempo —adjudicamos parte de la culpa al motor del texto, la comida— su mimo al describir cada ingrediente, cada sensación, tiñen Sound Bites de un costumbrismo más que peculiar.
El interés de Sound Bites no reside, por lo tanto, en su condición de guía gastronómica internacional —puede servir: incluye un apéndice con direcciones— ni como testimonio de la vida de una estrella del pop; no obstante, que los interesados consulten el capítulo “¡Pues que coma dulces! ¡Es una estrella del rock”, en que Kapranos describe cómo su actuación en un festival está a punto de arruinarse por un condimento con cacahuete, que escupe ante la mirada de la cantante y modelo Sophie Ellis Bextor, para después atiborrarse de lo único que en ese momento le apetece comer: tarta. Lo jugoso de esta recopilación de artículos —pese a mis reticencias iniciales: el subgénero me aterra— es lo bien que escribe Alex Kapranos, su capacidad para armar una historia y mantener, aunque en sólo un par de páginas, cierta tensión y atención por parte del lector.
Aun así, y contradiciéndome, el de Kapranos es un libro que saciará a gastrónomos —habla, al fin y al cabo, de comida—, viajeros —disecciona lugares con la mirada atípica de quien viaja más de la cuenta, y carga el aburrimiento en su equipaje—, melómanos —conocemos los inicios de su banda, la rutina de un músico, etcétera— y mitómanos —sus compañeros aparecen con sus apelativos cariñosos, manías y costumbres—. Pero, sobre todo, Sound Bites gustará a los lectores desprejuiciados, a quienes aman la literatura sin más, a quienes hojean un libro sin consultar antes la nota biográfica, experiencia universitaria y bibliografía consultada, a quienes leen para divertirse. ¡Que aproveche!






