Ana Gorría
Podría ser un tratado de historia. O las memorias de una superviviente de la segunda guerra mundial. Tal vez, un pequeño ensayo biográfico sobre Celan. O una reflexión sobre geopolítica en la estela de La idea de Europa de George Steiner. Pero es una carta que surge, tal y como nos señala la propia autora en la introducción a este libro, de la intención de Ilana de brindarnos su experiencia de tú a tú: «Querido Rob, me solicita usted que escriba un breve ensayo sobre mi lugar de origen y sobre mi época. Su invitación me ayudará a recordar algunos episodios de mi vida y me servirá también como impulso para reflexionar nuevamente sobre ellos. Contar lo que me pide dirigiéndome directamente a usted me parece que es el modo más natural y adecuado de expresar lo que tengo que decir. Le ruego, pues, que acepte mi propuesta de presentarle mi escrito en forma de carta. Precisamente en este contexto necesito imaginar que hablo con una persona concreta y que es también una persona concreta la que va a escuchar mis palabras con atención».
Tomándonos a todos como interlocutores de su discurso, Ilana nos propone un paseo por su biografía desde el corazón de la vieja Europa. Desde una primera persona que evoluciona con el paso del tiempo, el ejercicio de su memoria va presentándonos el decurso de la historia, la irrupción de la(s) tragedia(s) en la vida cotidiana: «Mi bachillerato fue algo desordenado e insuficiente y fue interrumpido cuando tenía dieciséis años».
La autora reconoce que el propio lenguaje no está a la altura de los hechos que quiere relatar. Superada la posibilidad de la expresión ante la magnitud de la propia historia, la autora desea: «inventar una lengua»: «una voz muy personal capaz de reproducir la entera totalidad de variedades y contrastes, exigencias y contradicciones, rupturas y quiebras que componen mi historia». Como en Metafísica de los tubos, de Amélie Nothomb, la convivencia de diversas lenguas propias constituye una de las esencias de la búsqueda de la identidad: el alemán de los padres, el rumano de la escuela, el francés de la niñera, el yiddish del barrio judío y el hebreo de Israel se encuentran todos como base de las posibilidades expresivas de la autora y al mismo tiempo de propia limitación: «En más de una ocasión, el tan alabado poliglotismo me ha dejado sin palabras, me ha llevado simplemente a enmudecer. La ausencia de una identidad lingüística se ha convertido entonces en un estricto problema de identidad y me ha hecho preguntarme: ¿en qué lengua amo, blasfemo, rezo, sueño o me lamento? A menudo me siento desamparada e incómoda a causa de la falta de palabras».
Para introducirnos en su memoria y en su reflexión, la autora esquiva la linealidad: el presente se concilia con el pasado de forma que, a su lado, contemplamos su vida como si pasáramos con ella las páginas de un viejo álbum de fotos. De hecho, podemos encontrar imbricados en el hilo de la narración imágenes directamente asociadas a su experiencia como la casa natal, una foto de su hermana o la fotografía de la autora y su madre, de compras.
Un libro en el que en lo íntimo se incluye, inevitablemente, la historia que ha forjado la vida de su narradora; el primer capítulo está dedicado a su regreso a Czernowitz y la visita a la tumba de sus familiares: abuelos, hermana. De repente, surge la adolescencia con su telón de fondo de crisis, guerras y convulsiones políticas: desde la primera guerra mundial hasta la ocupación germano-rumana; la tragedia cotidiana con el suicidio de su mejor amiga y de su hermana.
Es en la época del gran exterminio nazi cuando la autora conoce a Celan y con el que forja una férrea amistad que se dilataría a través de contactos y epístolas hasta meses antes de su suicidio en una serie de tertulias literarias: «Con Paul Antschel leía poesía francesa: Villon, Rimbaud, Baudelaire, Verlaine y otros. También sus propios poemas eran objeto de discusión entre nosotros. (...) Paul y yo planeábamos en secreto un encuentro».
Con veinte años, y tras la ocupación de las tropas soviéticas de lo que hoy es Ucrania, Ilana y su familia se exilian a Palestina. Buena parte del relato viene dedicado a la asimilación de la autora al nuevo medio en el que se ve obligada a residir, desplazada e inadaptada. Desde el exilio, la autora sigue relacionándose con el autor de Amapola y memoria quien en palabras de Ilana: «cada palabra a la que Celan se entregaba tenía carácter de realidad. Cada verso que escribía era un trozo de vida». Su matrimonio y su formación como pedagoga musical concluyen el libro, para terminar con las siguientes palabras: «le agradezco su lectura y su atento escuchar».
viernes, enero 18, 2008
Fragmentos de una época. Una carta, Ilana Shmueli
Trad. Robert Caner Liese. Arcadia, Barcelona, 2007. 112 pp. 16 €
jueves, enero 17, 2008
Solo con invitación: Dinero, Pablo García Casado
DVD, Barcelona, 2007. 60 pp. 8 €
Guillermo Ruiz Villagordo
¿Tu gusto por reflejar la realidad pura y dura en el poema es producto de un lento convencimiento o más bien lo llevas en la sangre?
—Ambas cosas: es una cuestión estética e ideológica. Tanto que no imagino, hoy por hoy, haber escrito el libro de otra manera.
¿Qué supone en la tan socorrida discusión sobre el compromiso en la literatura?
—Dinero no es un libro para concienciar al lector: se limita a describir situaciones, de la manera más objetiva posible. Me pone enfermo cuando un escritor se sube al púlpito a dar consignas morales.
¿Cómo explicas que el dinero sea el pilar invisible sobre el que levantamos nuestras vidas en la actualidad y sin embargo esté prácticamente ausente en las obras literarias, con contadas excepciones como La conquista del aire de Belén Gopegui?
—No lo sé. En narrativa sí es más frecuente, y la novela negra norteamericana es ejemplo de ello. Pero en poesía parece un elemento desagradable o al menos incómodo, aunque gente como Alberto Tesán o Antonio Rigo lo han tratado sin pudor alguno. Y con poemas brillantes. Quizá es que resulta poco elegante entre esta mayoritaria “poesía de baja intensidad”.
¿Por qué este cambio formal del poema en verso libre y sin puntuación al poema en prosa? ¿Qué es lo que implica, si es que implica algo?
—Es una forma que resulta eficaz para generar ese tono aparentemente neutro.
Como complemento a la publicación editorial se ha realizado un montaje de tu hermano Manuel con fotografías de Thomas Canet y versos tuyos (http://www.librodinero.com/). ¿Crees que se abren nuevas perspectivas para la poesía?
—Fue algo que surgió como trabajo colectivo de tres personas que comparten obsesiones comunes y las materializan cada uno en su campo. No sé si abren nuevos caminos a la poesía, pero sí permite otras miradas posibles.
Guillermo Ruiz VillagordoEn sus tres libros de poemas Pablo García Casado se ha mantenido fiel a sí mismo a la vez que ha ido evolucionando en una especie de extremismo de su pensamiento poético. El ser fiel a sí mismo consiste en seguir dirigiéndose a un lector cómplice que rellene los huecos entre sus palabras, llanas y de mensaje aparentemente inequívoco, y no a aquél más frecuente que se deja halagar por la sonoridad vacía de tópicas re-re-reformulaciones líricas sobre los temas divinos de siempre. Es para tantos y tantos lectores mal acostumbrados que sienten hace tiempo la comezón del hastío y la intuición de que la poesía tiene que ser algo más para quienes existen los poemas de Pablo. Aunque no me engaño: si no existiera ningún otro lector aparte de él mismo seguiría escribiendo así porque así es como su naturaleza se lo dicta.
Lo del extremismo viene a cuento de que si su escritura se viene caracterizando por una desnudez prodigiosa, una inaudita economía de medios que sin embargo la potencia sobremanera, semejante a la de Roger Wolfe o Raymond Carver (cuánto tiempo sin salir a escena este nombre en una crítica a una obra de Pablo...), después de este libro es difícil imaginar textos más desvalidos ornamentalmente hablando. La diferencia respecto a estos escritores o a cualquier otro estriba en esa negativa a orientar al lector en su lectura (que no encontramos en Wolfe, por ejemplo, por el tono airado y nihilista de sus versos). La duda de los lectores de Pablo (al menos ésa era mi duda) era en qué desembocaría ese desasirse de todos los elementos de la palabra poética. Y aquí está la respuesta: en el más puro poema en prosa.
Habrá quien después de leer Dinero piense que en este caso no puede hablarse propiamente de poema en prosa. En fin, a estas alturas resulta ridículo decirlo, pero lo cierto es que a fuerza de haber tantos posibles modelos no poseemos ninguno concreto sobre qué debe ser un poema en prosa, qué un relato, qué una novela (véase el caso emblemático de Clarice Lispector), así que poco importan esas inútiles categotizaciones. Lo esencial es que estos textos tienen su propia mecánica, más atenta a un tono reconocible por su cercanía. Para los que disfrutamos la obra anterior de Pablo el fraseo y el estilo es el mismo, la comunicación se establece de tú a tú y no de usted a usted, y ese despojamiento aún mayor que crea potentes imágenes nos conduce a gérmenes de narración, pequeñas escenas cotidianas aglutinadas en torno a ese tema central que a lo largo y ancho del mundo nos une en una extraña comunidad: el dinero.
Pablo tiene la teoría de que el dinero como tal no existe, que se trata solo de un concepto que maneja nuestras vidas, y que se manifiesta en otras cosas, en ocasiones de forma física como en los números de la cartilla del banco, pero también en lo que compramos, en lo que querríamos comprar, en el simple deseo de poseerlo, en el moldeado silencioso que hace de nuestra vida, en suma. Es por tanto (esto lo añado yo) el sustituto contemporáneo de dios, se le adora y está presente en cada una de nuestras acciones, queramos o no. Ante él todos somos personajes de una obra de teatro. Como los empleados y el jefe del díptico que abren el poemario, en el que asistimos con un leve escalofrío a un reajuste de plantilla contemplado desde ambas perspectivas. O el vendedor de enciclopedias que apenas llega a vislumbrar tras cada puerta el descanso sabatino del que no puede gozar. O aquel hombre al que vemos (y escojo este verbo a sabiendas) visitar cada domingo la nave del polígono donde atesora los muebles de lujo de los que no ha querido desprenderse, tras verse obligado a vender su piso y trasladarse a otro más pequeño. Alrededor atenazan el trabajo temporal que se espera aceptar únicamente hasta que salga algo mejor y esa frase tan escuchada, tan llena de esperanzas como el billete de lotería de Navidad: «¿No has pensado en prepararte unas oposiciones?».
Fuera de estas páginas es complicado encontrar en la literatura actual esta necesidad de fijarse en lo que de verdad importa en vez de en aspectos bien accesorios bien artificiales, de no proponer ninguna pose sino de expresarse con total naturalidad o más bien como si así fuese, con un discurso sencillo y accesible. Abundan, eso sí, los glosadores de miserias, que las enaltecen bajo el pretexto de combatirlas, pero no los observadores tranquilos y conscientes de su condición de hombre de la calle, de uno más y no de un elegido. Ésta es poesía que habla sin vanidad y dice humildemente lo que quiere decir, sin intentar engañar a nadie. Mientras otros continúan absortos en conceptos igual de abstractos como la belleza o el amor y los tratan como cuestiones exentas, ajenas a la vida en la tierra, Pablo es consciente de que el meollo del asunto está en otra parte, en lo que en el fondo nos influye en nuestra cotidianeidad. Pero no es cuestión de compromiso, sino de realidad pura y dura. Pura en el sentido de no constar de adornos inútiles y en el de presentarse sin rasgos individualizadores aunque sí concretos, no referentes a ninguna realidad particular y por ello a cualquiera. Dura por esa misma falta de aderezos acaramelantes y por poseer la misma intensidad que la angustia por la eterna hipoteca, el puesto de trabajo inestable, las relaciones familiares sostenidas con alfileres, el tiempo de libertad personal reducido al mínimo, tanto como para no perderlo en entretenimientos literarios que no interesan a nadie y no van a cambiar el mundo.
Porque, desengáñate, abre los ojos, «no es una ambigua sensación de angustia, es dinero».
Lo del extremismo viene a cuento de que si su escritura se viene caracterizando por una desnudez prodigiosa, una inaudita economía de medios que sin embargo la potencia sobremanera, semejante a la de Roger Wolfe o Raymond Carver (cuánto tiempo sin salir a escena este nombre en una crítica a una obra de Pablo...), después de este libro es difícil imaginar textos más desvalidos ornamentalmente hablando. La diferencia respecto a estos escritores o a cualquier otro estriba en esa negativa a orientar al lector en su lectura (que no encontramos en Wolfe, por ejemplo, por el tono airado y nihilista de sus versos). La duda de los lectores de Pablo (al menos ésa era mi duda) era en qué desembocaría ese desasirse de todos los elementos de la palabra poética. Y aquí está la respuesta: en el más puro poema en prosa.
Habrá quien después de leer Dinero piense que en este caso no puede hablarse propiamente de poema en prosa. En fin, a estas alturas resulta ridículo decirlo, pero lo cierto es que a fuerza de haber tantos posibles modelos no poseemos ninguno concreto sobre qué debe ser un poema en prosa, qué un relato, qué una novela (véase el caso emblemático de Clarice Lispector), así que poco importan esas inútiles categotizaciones. Lo esencial es que estos textos tienen su propia mecánica, más atenta a un tono reconocible por su cercanía. Para los que disfrutamos la obra anterior de Pablo el fraseo y el estilo es el mismo, la comunicación se establece de tú a tú y no de usted a usted, y ese despojamiento aún mayor que crea potentes imágenes nos conduce a gérmenes de narración, pequeñas escenas cotidianas aglutinadas en torno a ese tema central que a lo largo y ancho del mundo nos une en una extraña comunidad: el dinero.
Pablo tiene la teoría de que el dinero como tal no existe, que se trata solo de un concepto que maneja nuestras vidas, y que se manifiesta en otras cosas, en ocasiones de forma física como en los números de la cartilla del banco, pero también en lo que compramos, en lo que querríamos comprar, en el simple deseo de poseerlo, en el moldeado silencioso que hace de nuestra vida, en suma. Es por tanto (esto lo añado yo) el sustituto contemporáneo de dios, se le adora y está presente en cada una de nuestras acciones, queramos o no. Ante él todos somos personajes de una obra de teatro. Como los empleados y el jefe del díptico que abren el poemario, en el que asistimos con un leve escalofrío a un reajuste de plantilla contemplado desde ambas perspectivas. O el vendedor de enciclopedias que apenas llega a vislumbrar tras cada puerta el descanso sabatino del que no puede gozar. O aquel hombre al que vemos (y escojo este verbo a sabiendas) visitar cada domingo la nave del polígono donde atesora los muebles de lujo de los que no ha querido desprenderse, tras verse obligado a vender su piso y trasladarse a otro más pequeño. Alrededor atenazan el trabajo temporal que se espera aceptar únicamente hasta que salga algo mejor y esa frase tan escuchada, tan llena de esperanzas como el billete de lotería de Navidad: «¿No has pensado en prepararte unas oposiciones?».
Fuera de estas páginas es complicado encontrar en la literatura actual esta necesidad de fijarse en lo que de verdad importa en vez de en aspectos bien accesorios bien artificiales, de no proponer ninguna pose sino de expresarse con total naturalidad o más bien como si así fuese, con un discurso sencillo y accesible. Abundan, eso sí, los glosadores de miserias, que las enaltecen bajo el pretexto de combatirlas, pero no los observadores tranquilos y conscientes de su condición de hombre de la calle, de uno más y no de un elegido. Ésta es poesía que habla sin vanidad y dice humildemente lo que quiere decir, sin intentar engañar a nadie. Mientras otros continúan absortos en conceptos igual de abstractos como la belleza o el amor y los tratan como cuestiones exentas, ajenas a la vida en la tierra, Pablo es consciente de que el meollo del asunto está en otra parte, en lo que en el fondo nos influye en nuestra cotidianeidad. Pero no es cuestión de compromiso, sino de realidad pura y dura. Pura en el sentido de no constar de adornos inútiles y en el de presentarse sin rasgos individualizadores aunque sí concretos, no referentes a ninguna realidad particular y por ello a cualquiera. Dura por esa misma falta de aderezos acaramelantes y por poseer la misma intensidad que la angustia por la eterna hipoteca, el puesto de trabajo inestable, las relaciones familiares sostenidas con alfileres, el tiempo de libertad personal reducido al mínimo, tanto como para no perderlo en entretenimientos literarios que no interesan a nadie y no van a cambiar el mundo.
Porque, desengáñate, abre los ojos, «no es una ambigua sensación de angustia, es dinero».
Pablo García Casado: «Dinero no es un libro para concienciar al lector»
¿Tu gusto por reflejar la realidad pura y dura en el poema es producto de un lento convencimiento o más bien lo llevas en la sangre?—Ambas cosas: es una cuestión estética e ideológica. Tanto que no imagino, hoy por hoy, haber escrito el libro de otra manera.
¿Qué supone en la tan socorrida discusión sobre el compromiso en la literatura?
—Dinero no es un libro para concienciar al lector: se limita a describir situaciones, de la manera más objetiva posible. Me pone enfermo cuando un escritor se sube al púlpito a dar consignas morales.
¿Cómo explicas que el dinero sea el pilar invisible sobre el que levantamos nuestras vidas en la actualidad y sin embargo esté prácticamente ausente en las obras literarias, con contadas excepciones como La conquista del aire de Belén Gopegui?
—No lo sé. En narrativa sí es más frecuente, y la novela negra norteamericana es ejemplo de ello. Pero en poesía parece un elemento desagradable o al menos incómodo, aunque gente como Alberto Tesán o Antonio Rigo lo han tratado sin pudor alguno. Y con poemas brillantes. Quizá es que resulta poco elegante entre esta mayoritaria “poesía de baja intensidad”.
¿Por qué este cambio formal del poema en verso libre y sin puntuación al poema en prosa? ¿Qué es lo que implica, si es que implica algo?
—Es una forma que resulta eficaz para generar ese tono aparentemente neutro.
Como complemento a la publicación editorial se ha realizado un montaje de tu hermano Manuel con fotografías de Thomas Canet y versos tuyos (http://www.librodinero.com/). ¿Crees que se abren nuevas perspectivas para la poesía?
—Fue algo que surgió como trabajo colectivo de tres personas que comparten obsesiones comunes y las materializan cada uno en su campo. No sé si abren nuevos caminos a la poesía, pero sí permite otras miradas posibles.
miércoles, enero 16, 2008
Fiambres: la fascinante vida de los cadáveres, Mary Roach
Trad. Alex Gibert. Global Rhythm, Barcelona, 2007. 339 pp. 17,50 €.
Enrique Redel
Enrique RedelLa vida tiene dos extremos, entre los cuales gravita. Todos sabemos cómo comienza la existencia humana. Se publican sin parar libros sobre el tema, que analizan en detalle los nueve meses de gestación, los cuidados prematernales, cómo educar al nasciturus desde el útero materno, cómo convertir el traumático momento del parto en una experiencia trascendental; las televisiones pasan programas almibarados y pretendidamente científicos en los que perfectos fetitos virtuales creados por la BBC flotan angelicalmente en transparente y cálido líquido amniótico (el programa suele acabar invariablemente con un parto sanguinolento en extremo, y con la aparición o surgimiento o eclosión de un arrugado zurullo morado —todos fuimos así alguna vez—, algo que da mucho miedo, y que nos hace preguntarnos si es que no nos han estado tomando el pelo todo el rato); los quioscos de prensa se ven inundados de revistas en cuya portada mamás que han sido modelos de pasarela sostienen en su regazo a churumbeles regordetes con cara de mormones pequeñitos; una floreciente industria médica se ocupa del asunto, con médicos ginecólogos, matronas, parteras, conductores de ambulancia, celadores de instituciones hospitalarias, psicólogos clínicos, y eso sin contar la industria paralela de gitanos vendedores de ramos de flores, fabricantes de muñecos de peluche hipoalergénicos, editores de poppy-cards, ingenieros de mecanismos de sujeción automovilística y fabricantes de potitos transgénicos; todo ello arropado por un moderno culto popular a la maternidad, rayano en la histeria colectiva y revestido de toda clase de tabúes y falsas creencias. En suma, existe un mercado planetario (ríanse ustedes de la OPEP) que se construye en torno al primero de los trámites inevitables que uno tiene que cumplir: venir al mundo, nacer, convertirse en persona.
El otro extremo de la cuerda lo ocupa la muerte. Sí, la muerte. Aquello de lo que nadie habla nunca. No se publican revistas dedicadas al tema (aunque alguna de las revistas corporativas del ramo de las pompas fúnebres organiza todos los años un afamado concurso de «tanatocuentos»). Qué sé yo: «Muerto de Hoy«, o algo por el estilo. Tampoco existen pegatinas de esas de poner en el parabrisas del coche que digan «Precaución: Muerto a Bordo», con un ataúd pintado en ellas. De eso no se habla. Porque cuando uno muere, según nos han contado, ahí se acaba todo. Kaputt. Finito. Pues no. Cuando uno se muere, pasan muchas cosas. Siguen pasando muchas cosas. Cosas interesantes, importantes, que nos hablan de quiénes somos y de para qué hemos venido aquí, y de cómo podemos seguir siendo productivos después de muertos, o incluso de cómo contrarrestar el cambio climático cuando seamos cadáveres. De eso se ocupa este libro, apasionante en grado extremo, llamado Fiambres, y muy atinadamente subtitulado La fascinante vida de los cadáveres. Mary Roach, la autora, parece una mujer joven y sana. Para escribir este libro, Roach ha visitado los lugares donde van los cadáveres donados a la ciencia, ha investigado cómo nos descomponemos cuando ya llevamos un cierto tiempo muertos, y ha ido donde casi nadie va nunca: a los lugares donde los muertos sirven para que los futuros médicos aprendan a tratar a los vivos, y no nos seccionen la arteria que no es cuando nos operen de apendicitis, y nos busquen un problema. O a un restaurante chino (si se preguntan a qué me refiero, sigan leyendo).
El libro se mueve en registros que se debaten entre la didáctica, el retrato realista de un hecho que todos consideramos inevitable y un cierto recochineo que va bastante acorde con el tema. Como dice la autora: «La muerte es terrible, sí, pero no tiene por qué ser un tostón». Los epígrafes de los capítulos son impagables: «No hay cosa más triste que una cabeza desperdiciada. Prácticas de cirugía con cadáveres», se titula el primer capítulo. En él nos enteramos de lo que hacen con uno cuando decide dejar su cuerpo a la medicina (con qué te cortan la cabeza antes de dársela a un estudiante, cómo aprovechan hasta la más insignificante parte de tu anatomía, y cosas así), y se hace un breve (y apasionante) recorrido por la historia de la negligencia médica, con sus petimetres decimonónicos practicando operaciones a carne viva y sin anestesia en pabellones repletos de espectadores (esos “teatros” de operación de que habla la autora: «en los que había mucho que aprender, y las meteduras de pata eran moneda corriente. A los pacientes quirúrgicos a menudo se les vendaban los ojos, y siempre se les ataba a la mesa para evitar que se retorcieran, se estremecieran o simplemente saltaran de la mesa y se dieran a la fuga». Interesante). En el capítulo titulado «Muerto al volante: el escalofriante estudio de la resistencia corporal al impacto en las pruebas de choque con cadáveres», encontramos a nuestro viejo amigo “Dummy”, en la forma de cadáver voluntario vestido con chándal, y amarrado a un asiento de un coche, estampado a doscientos por hora contra una columna de hormigón armado. Dummy nos ayudará a comprender cómo se producen los neumotórax por impacto lateral, lo que nos servirá para introducir de modo más correcto los airbag laterales.
Hay capítulos que uno desearía no haber leído. Como el titulado «La vida después de la muerte. La descomposición corporal y los modos de contrarrestarla». En él se nos cuenta qué nos va a pasar a todos (a absolutamente todos) mientras nos pudrimos. Algo nada agradable. Y bastante asqueroso: «Los muertos, al menos los que no están embalsamados, básicamente se deshacen: se derriten, se pliegan sobre sí mismos, acaban por filtrarse al suelo». No sigo, porque hay niños leyendo. Pero la cosa va a más: cerebros licuados, pulmones hechos sopa de pollo y una enorme profusión de bichos, gusanos y escarabajos necrófilos.
Otro de mis capítulos preferidos (por su interés antropológico) es el titulado «Cómeme: el canibalismo medicinal y el caso de los raviolis chinos hechos de carne humana». Quizás la patronal americana de restaurantes chinos haya nombrado a Mary Roach persona non grata, después de leer este capítulo. Puede que la próxima vez que llame al coreano de la esquina para pedir un Chicken Chow-Mein, la manden a freír espárragos. Pero tampoco hay que exagerar. Porque lo que Roach cuenta es tremendamente interesante: una historia del canibalismo, de la costumbre de comer seres humanos, y de cómo cocinarlo para que tenga efectos medicinales. Así, oímos hablar del «hombre melificado»: ancianos que, viendo que se acerca su hora, comienzan a comer sólo miel, hasta que sólo excretan miel, y entonces mueren. Esos ancianos, convenientemente macerados durante cien años en miel, se convierten en medicina para dolencias como roturas o heridas en brazos y piernas. O de los volúmenes médicos del siglo XVII, que recomendaban la Mantequilla de Mujer o la Grasa de Pobre Pecador. «Los boticarios de la Edad Media ya vendían sangre menstrual como Zenit de Doncella, y la aderezaban con agua de rosas».
Fiambres es un portentoso libro de divulgación científica hecho para disfrutar aprendiendo. Un libro recomendable para todos aquellos que quieran adentrarse en la verdadera historia de la medicina, que es también la historia de la muerte y la historia del ser humano. Además, el libro es un prodigioso compendio de microcuriosidades divertidísimas, de pequeñas historias apasionantes sobre cómo los hombres hemos ido afrontando, a lo largo de nuestra existencia, ese hecho insoslayable que es morir.
El otro extremo de la cuerda lo ocupa la muerte. Sí, la muerte. Aquello de lo que nadie habla nunca. No se publican revistas dedicadas al tema (aunque alguna de las revistas corporativas del ramo de las pompas fúnebres organiza todos los años un afamado concurso de «tanatocuentos»). Qué sé yo: «Muerto de Hoy«, o algo por el estilo. Tampoco existen pegatinas de esas de poner en el parabrisas del coche que digan «Precaución: Muerto a Bordo», con un ataúd pintado en ellas. De eso no se habla. Porque cuando uno muere, según nos han contado, ahí se acaba todo. Kaputt. Finito. Pues no. Cuando uno se muere, pasan muchas cosas. Siguen pasando muchas cosas. Cosas interesantes, importantes, que nos hablan de quiénes somos y de para qué hemos venido aquí, y de cómo podemos seguir siendo productivos después de muertos, o incluso de cómo contrarrestar el cambio climático cuando seamos cadáveres. De eso se ocupa este libro, apasionante en grado extremo, llamado Fiambres, y muy atinadamente subtitulado La fascinante vida de los cadáveres. Mary Roach, la autora, parece una mujer joven y sana. Para escribir este libro, Roach ha visitado los lugares donde van los cadáveres donados a la ciencia, ha investigado cómo nos descomponemos cuando ya llevamos un cierto tiempo muertos, y ha ido donde casi nadie va nunca: a los lugares donde los muertos sirven para que los futuros médicos aprendan a tratar a los vivos, y no nos seccionen la arteria que no es cuando nos operen de apendicitis, y nos busquen un problema. O a un restaurante chino (si se preguntan a qué me refiero, sigan leyendo).
El libro se mueve en registros que se debaten entre la didáctica, el retrato realista de un hecho que todos consideramos inevitable y un cierto recochineo que va bastante acorde con el tema. Como dice la autora: «La muerte es terrible, sí, pero no tiene por qué ser un tostón». Los epígrafes de los capítulos son impagables: «No hay cosa más triste que una cabeza desperdiciada. Prácticas de cirugía con cadáveres», se titula el primer capítulo. En él nos enteramos de lo que hacen con uno cuando decide dejar su cuerpo a la medicina (con qué te cortan la cabeza antes de dársela a un estudiante, cómo aprovechan hasta la más insignificante parte de tu anatomía, y cosas así), y se hace un breve (y apasionante) recorrido por la historia de la negligencia médica, con sus petimetres decimonónicos practicando operaciones a carne viva y sin anestesia en pabellones repletos de espectadores (esos “teatros” de operación de que habla la autora: «en los que había mucho que aprender, y las meteduras de pata eran moneda corriente. A los pacientes quirúrgicos a menudo se les vendaban los ojos, y siempre se les ataba a la mesa para evitar que se retorcieran, se estremecieran o simplemente saltaran de la mesa y se dieran a la fuga». Interesante). En el capítulo titulado «Muerto al volante: el escalofriante estudio de la resistencia corporal al impacto en las pruebas de choque con cadáveres», encontramos a nuestro viejo amigo “Dummy”, en la forma de cadáver voluntario vestido con chándal, y amarrado a un asiento de un coche, estampado a doscientos por hora contra una columna de hormigón armado. Dummy nos ayudará a comprender cómo se producen los neumotórax por impacto lateral, lo que nos servirá para introducir de modo más correcto los airbag laterales.
Hay capítulos que uno desearía no haber leído. Como el titulado «La vida después de la muerte. La descomposición corporal y los modos de contrarrestarla». En él se nos cuenta qué nos va a pasar a todos (a absolutamente todos) mientras nos pudrimos. Algo nada agradable. Y bastante asqueroso: «Los muertos, al menos los que no están embalsamados, básicamente se deshacen: se derriten, se pliegan sobre sí mismos, acaban por filtrarse al suelo». No sigo, porque hay niños leyendo. Pero la cosa va a más: cerebros licuados, pulmones hechos sopa de pollo y una enorme profusión de bichos, gusanos y escarabajos necrófilos.
Otro de mis capítulos preferidos (por su interés antropológico) es el titulado «Cómeme: el canibalismo medicinal y el caso de los raviolis chinos hechos de carne humana». Quizás la patronal americana de restaurantes chinos haya nombrado a Mary Roach persona non grata, después de leer este capítulo. Puede que la próxima vez que llame al coreano de la esquina para pedir un Chicken Chow-Mein, la manden a freír espárragos. Pero tampoco hay que exagerar. Porque lo que Roach cuenta es tremendamente interesante: una historia del canibalismo, de la costumbre de comer seres humanos, y de cómo cocinarlo para que tenga efectos medicinales. Así, oímos hablar del «hombre melificado»: ancianos que, viendo que se acerca su hora, comienzan a comer sólo miel, hasta que sólo excretan miel, y entonces mueren. Esos ancianos, convenientemente macerados durante cien años en miel, se convierten en medicina para dolencias como roturas o heridas en brazos y piernas. O de los volúmenes médicos del siglo XVII, que recomendaban la Mantequilla de Mujer o la Grasa de Pobre Pecador. «Los boticarios de la Edad Media ya vendían sangre menstrual como Zenit de Doncella, y la aderezaban con agua de rosas».
Fiambres es un portentoso libro de divulgación científica hecho para disfrutar aprendiendo. Un libro recomendable para todos aquellos que quieran adentrarse en la verdadera historia de la medicina, que es también la historia de la muerte y la historia del ser humano. Además, el libro es un prodigioso compendio de microcuriosidades divertidísimas, de pequeñas historias apasionantes sobre cómo los hombres hemos ido afrontando, a lo largo de nuestra existencia, ese hecho insoslayable que es morir.
martes, enero 15, 2008
Gritar, Ricardo Menéndez Salmón
Lengua de Trapo, Madrid, 2007. 119 pp. 15,60 €
Alba González SanzLos relatos de Menéndez Salmón son una ocasión para la sorpresa, el disfrute y la envidia poco sana. Sorpresa con una prosa que cada vez más se va afinando y afianzando en nuestras letras, capaz de contar lo inverosímil y lo cotidiano con la misma elegancia, con idéntica destreza. Disfrute ante un conjunto de relatos que uno como lector paladea con gusto, dejándose mecer por los ritmos y acentos de cada uno. Envidia poco sana por un escritor que no sólo sabe contar historias, sino que además lo hace con plena conciencia de la voz y sus efectos.
En 2005 se publicó en la asturiana Trea Los caballos azules, otro conjunto de historias breves titulado con un cuento homónimo que obtuvo el Juan Rulfo. Algunos años y una novela como La ofensa han pasado desde entonces y las cosas han cambiado bastante. Nos encontramos ahora con nueve relatos en los que su autor ha depurado las palabras que emplea sin abandonar la precisión que le lleva a revivir para cada cosa su concepto correcto (eso que la crítica ha juzgado de barroquismo sin atinar del todo para La ofensa, aunque sea la vaga idea que una lectura poco atenta atribuya a su producción anterior).
El lector se pone frente a nueve historias que desasosiegan, que inquieren directamente a nuestros más íntimos temores y anhelos. Desafían a la memoria y a la lógica porque su autor, aunque de formación filósofo, no se cierra en banda a lo irracional y en la vida cotidiana cabe la imagen que abre el primer relato, “La vida en llamas”: un hombre quemándose a lo bonzo que en absoluto silencio cruza el jardín y la tarde apacible de un matrimonio que ya no se ama.
El propio autor presentando el libro habló de los relatos que él consideraba “íntimos” y es verdad que la mitad de ellos tienen por personajes a parejas que se quieren o no tanto, que se necesitan. Parejas que pueblan un espacio concreto como es una casa, o una habitación de hotel o un cuadro. Otros se mueven en esferas externas, de una manera más presente en un ámbito histórico, frente a los anteriores que suspenden el mundo exterior ante todas las aristas de la vida en pareja.
Creo que hay relatos francamente excepcionales en esta selección, relatos que te dejan en suspenso durante un tiempo indefinido una vez lees su última palabra. “Gritar” es uno de ellos. En el mundo de Balboa la comunicación con palabras ha dejado de surtir efecto, está viciada de todas las convenciones y restricciones que los adultos nos vamos imponiendo conforme abandonamos la niñez. Así que pronto descubre el placer original de desfogarse gritando en una sala especialmente acondicionada para ello. El placer de gritar a otra persona, de volver a la expresión primigenia por medio de sonidos inarticulados que parecen codificar mucho mejor el mundo.
Mi favorito es sin embargo “El placer de los extraños”. El narrador y su compañero Olsen trabajan en una universidad, marco externo de un relato que, con ese título, tiene su peripecia central en la sala de embarque de un aeropuerto. Ningún lugar es más adecuado que este para que la casualidad siente a dos personas en butacas próximas y una de ellas decida pasar por encima de la indiferencia de la otra y contarle historias extrañas sobre la verdadera muerte de Hitler o la doble vida de Gorbachov como agente del Pentágono. Ningún espacio más aséptico y extraño a nuestro entorno habitual, propicio para que prendan mejor las palabras o las actitudes. Propicio para el crimen, para la más educada locura.
“Las noches de la condesa Bruni” cuenta la deliciosa historia de una mujer que vive cada día una vida y la huella indeleble de su particular naturaleza en los recuerdos de un escritor de éxito. “El terror” da de lleno en la angustia del desvelo por una llamada telefónica equivocada pero con un mensaje que podría ser para uno, que despierta todas las alarmas ante la palabra fragilidad. Y en “Los ancestros” despliega Menéndez Salmón una historia fascinante en torno a un pintor flamenco, su descendiente y la extraña presencia de un cuadro que como todo objeto antiguo y apreciado alberga más secretos de los que la cordura está dispuesta a aceptar. Hasta que un día esos secretos llaman a la puerta.
De los relatos íntimos, quizá el mejor no sea el primero o “Hablemos de Joyce si quiere”, historias de desdoblamiento, de compensaciones de opuestos en un mundo azaroso cuyas resoluciones son más esperables de lo que el relato ha ido preparando, de lo que la calidad de la narración pide. El mejor resuelto de todos es para mi gusto “A nuestros amores”, la historia de un hombre que regresa a la ciudad en la que estuvo enamorado, pero lo hace con otra mujer aparentemente alejada del recuerdo sublime que con el retorno envuelve al protagonista. Con la sencillez de una única pregunta que pasará por no formulada —lo mismo que su respuesta— porque se produce en la noche, durante el sueño, se nos hacen presentes los huecos de pequeñas modificaciones que uno le hace a su historia para poder encajarla con la de otro. Para poder vivir, para poder amar.
Leemos a Ricardo Menéndez Salmón y encontramos que sí se puede contar a una pareja en nuestro idioma sin estar tiranizado por Carver, pero rindiéndole el consabido respeto que se tiene a los viejos y buenos maestros. Sí se puede incluir lo maravilloso en la urbanidad ordenada de nuestras vidas sin forzar ningún pacto de ficción, bordeando con estilo el mero juego. Dos sobre nueve relatos no están resueltos como sinceramente creo que el propio autor debería haberlo hecho según el nivel de los mismos. Los otros siete, incluido ese “Para una historia privada de la literatura” que emplea el nombre de Kafka pero habita el espacio como si de un edificio diseñado por Cortázar se tratara, son verdaderas piezas magistrales de lo que ha de ser el relato, de lo que es contar historias.
lunes, enero 14, 2008
Motivos para matar, Gianni Biondillo
Trad. Cristina Zelich. Tropismos, Salamanca, 2007. 314 pp. 18 €
Miguel Baquero
Miguel BaqueroQuarto Oggiaro es un barrio popular de Milán, la ciudad de la moda, la capital de la elegancia en el vestir, las marcas caras, los trajes de corte innovador, los zapatos resplandecientes que crujen al andar. En las galerías Vittorio Emanuele y en la Via della Espiga, Milán «se convierte en una inmensa pasarela por la que desfilan las muchachas, a cual más hermosa» y las dependientas de las tiendas de lujo se transmutan en «vestales que irradian a la gente, sólo con su presencia, la imperiosa y urgente necesidad de comprar algo de inmediato».
«La mejor idea que jamás se le había ocurrido a Ferraro en su vida era la de realizar una guía de las dependientas milanesas, con direcciones, puntuación, corazoncitos, virtudes y defectos. Con una puesta al día bianual».
En las afueras de este Milán fashion se extiende el barrio de Quarto Oggiaro, un barrio humilde donde los obreros, emigrantes y otra gente de menesteroso vivir se agrupa en torno a patios de vecindad...
«El patio parecía un pozo alquitranado. Alrededor, levantándose en vertical, las paredes de los edificios proyectaban sombras negrísimas. Doscientas familias vivían en aquel macroinmueble. A una media de cuatro o cinco personas por piso... un pueblo. Un pueblo entero en torno a aquel agujero negro».
En Quarto Oggiaro se confunden las diversas lenguas de la gente emigrante (en especial marroquíes y albaneses) y los distintos dialectos del italiano (siciliano, milanés...) que chamullan los habitantes del barrio, en especial durante las calurosas noches de verano, en que los vecinos, en vieja e incivilizada estampa, sacan las sillas al patio para respirar un poco de aire fresco.
«Todos colocan su silla fuera, alguno fuma, otros chupan un polo, el griterío se convierte en amenaza, insulto grueso...»
El inspector de policía Ferraro, defensor urbano, es uno de los encargados de mantener la ley en este barrio tumultuoso. Y, pese a lo que pueda parecer, la cosa va en serio: en el barrio se suceden crímenes, a veces grandes como un asesinato o el tráfico de todo tipo de mercancías y a todo tipo de escalas, a veces pequeños como el acuchillamiento de un perro o el robo de una manzana, y Ferraro es el encargado de solucionarlos. Para ello, hace uso de un recurso clásico en las novelas detectivescas, como es la intuición, el instinto, el olfato que tanto ha ayudado a la detectivesca a lo largo de su historia. Sólo que en Ferraro dicho instinto es confuso, como la ley, como el barrio, como Milán, como la vida misma, y es capaz de encadenar pálpitos gloriosos con meteduras de pata espectaculares.
El inspector Ferraro de Motivos para matar es, quizás, el último grado en el perfil del detective clásico de las novelas policíacas: estamos ante un individuo que, sin caer en la broma o en la caricatura (aunque muchas veces el relato lo bordee), incurre sin embargo en el error, en el despiste, en la torpeza. Es el sabueso típico con un toque de humanidad, lo cual es muy de agradecer y, en gran manera, favorece al relato, pues el lector avanza a lo largo de las páginas sin saber muy bien si, finalmente, el problema se acabará solucionando, si no quedará al final algún cabo suelto que desbaratará toda la investigación, o hará posible que escape el malo, o dejará el crimen sin castigo. Como tantas veces, en fin, ocurre en la vida misma.
Motivos para matar es la primera novela de Gianni Biondillo (Italia, 1966) y se trata, desde luego, de un comienzo muy prometedor. Además de la inteligente concepción del detective y del sabroso uso que hace del casticismo, el estilo de Biondillo es fresco y joven, parece fluir sin esfuerzo, sobre todo cuando describe, con un cierto punto cínico, Milán y sus distintos ambientes. Junto con ello, el resto de personajes son originales, la trama está muy bien construida, los diálogos rebosan espontaneidad y el conjunto no está atosigado por esa pretenciosidad propia de las novelas primerizas. En resumen, una lectura muy divertida y muy recomendable y un autor para descubrir.
«La mejor idea que jamás se le había ocurrido a Ferraro en su vida era la de realizar una guía de las dependientas milanesas, con direcciones, puntuación, corazoncitos, virtudes y defectos. Con una puesta al día bianual».
En las afueras de este Milán fashion se extiende el barrio de Quarto Oggiaro, un barrio humilde donde los obreros, emigrantes y otra gente de menesteroso vivir se agrupa en torno a patios de vecindad...
«El patio parecía un pozo alquitranado. Alrededor, levantándose en vertical, las paredes de los edificios proyectaban sombras negrísimas. Doscientas familias vivían en aquel macroinmueble. A una media de cuatro o cinco personas por piso... un pueblo. Un pueblo entero en torno a aquel agujero negro».
En Quarto Oggiaro se confunden las diversas lenguas de la gente emigrante (en especial marroquíes y albaneses) y los distintos dialectos del italiano (siciliano, milanés...) que chamullan los habitantes del barrio, en especial durante las calurosas noches de verano, en que los vecinos, en vieja e incivilizada estampa, sacan las sillas al patio para respirar un poco de aire fresco.
«Todos colocan su silla fuera, alguno fuma, otros chupan un polo, el griterío se convierte en amenaza, insulto grueso...»
El inspector de policía Ferraro, defensor urbano, es uno de los encargados de mantener la ley en este barrio tumultuoso. Y, pese a lo que pueda parecer, la cosa va en serio: en el barrio se suceden crímenes, a veces grandes como un asesinato o el tráfico de todo tipo de mercancías y a todo tipo de escalas, a veces pequeños como el acuchillamiento de un perro o el robo de una manzana, y Ferraro es el encargado de solucionarlos. Para ello, hace uso de un recurso clásico en las novelas detectivescas, como es la intuición, el instinto, el olfato que tanto ha ayudado a la detectivesca a lo largo de su historia. Sólo que en Ferraro dicho instinto es confuso, como la ley, como el barrio, como Milán, como la vida misma, y es capaz de encadenar pálpitos gloriosos con meteduras de pata espectaculares.
El inspector Ferraro de Motivos para matar es, quizás, el último grado en el perfil del detective clásico de las novelas policíacas: estamos ante un individuo que, sin caer en la broma o en la caricatura (aunque muchas veces el relato lo bordee), incurre sin embargo en el error, en el despiste, en la torpeza. Es el sabueso típico con un toque de humanidad, lo cual es muy de agradecer y, en gran manera, favorece al relato, pues el lector avanza a lo largo de las páginas sin saber muy bien si, finalmente, el problema se acabará solucionando, si no quedará al final algún cabo suelto que desbaratará toda la investigación, o hará posible que escape el malo, o dejará el crimen sin castigo. Como tantas veces, en fin, ocurre en la vida misma.
Motivos para matar es la primera novela de Gianni Biondillo (Italia, 1966) y se trata, desde luego, de un comienzo muy prometedor. Además de la inteligente concepción del detective y del sabroso uso que hace del casticismo, el estilo de Biondillo es fresco y joven, parece fluir sin esfuerzo, sobre todo cuando describe, con un cierto punto cínico, Milán y sus distintos ambientes. Junto con ello, el resto de personajes son originales, la trama está muy bien construida, los diálogos rebosan espontaneidad y el conjunto no está atosigado por esa pretenciosidad propia de las novelas primerizas. En resumen, una lectura muy divertida y muy recomendable y un autor para descubrir.
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