viernes, diciembre 28, 2007

La vida privada de los árboles, Alejandro Zambra

Anagrama, Barcelona, 2007. 117 pp. 12 €

Andrés Neuman

En la nueva novela del escritor chileno Alejandro Zambra, como en él es costumbre, todo espera: el argumento, el personaje y la prosa. Godot nos enseñó que quienes son muy esperados jamás han venido. De esta certeza posmoderna (que en manos de otro podría ser una decepción) se nutre la pausa, la reflexión, la ambigüedad de La vida privada de los árboles. Julián cuida de su hijastra hasta que llegue la madre. Pero ella no llega. Y Julián no se mueve. Y, como no puede moverse, la voz narrativa vuela.
En este breve libro no ocurre nada y se nos cuenta mucho. Dicho de otro modo, todo lo que se narra es posible porque nada pasa y, mientras tanto, Julián espera. Acción cero, temblor cien. Casi todo es hipotético o imaginario. Sin la sutileza hipnótica de Zambra, un libro así sería inconcebible. Su inteligencia consiste en haber adaptado con extrema precisión su estilo indagatorio a sus relatos mínimos. Así son los mundos de Zambra: intimidades minuciosas y extrañadas. Algo frágil dentro de algo que parece sereno.
La historia de La vida privada… se sustenta en una pequeña y eficaz pirueta: describir una ausencia. En vez de contar lo que pasa, una sinuosa voz en off transmite lo que no, lo que quizá, lo anterior, lo posterior, tejiendo alrededor de un hueco que jamás se invade (ni, oportunamente, se resuelve). Casi todas las novelas cuentan lo que el tiempo ha hecho con sus autores. Las de Zambra, al contrario: las suyas cuentan lo que él hace con el tiempo. Sus demoras, retrocesos, augurios. El narrador se columpia entre la rememoración y la anticipación, causando una suspensión del presente, y el lector se debate entre la ansiedad por avanzar de una vez y la dulce droga de un limbo temporal. Zambra (y su lector) se toma el tiempo en taza.
Con este mecanismo era casi inevitable que algunas digresiones parezcan un tanto anecdóticas, dispersas o forzadas desde el ingenio para crear simetrías. Pero a la larga (o a la lenta) la poesía de Zambra siempre compensa. Su delicado asombro, su sobriedad melancólica, su elegante equilibrio entre artificio y emoción, hacen de él un autor tan particular como sugestivo. Sus poemas y novelas comparten un aire de familia: la misma perplejidad, la misma sencillez sofisticada, el mismo proceder en cadenas casuales que van ordenándose. Pero, ¿y la vida privada de Zambra? Ah, cierto. Eso no puede contarse.

jueves, diciembre 27, 2007

La nieve, Johanna Schopenhauer

Traducción, introducción y posfacio de Luis Fernando Moreno Claros. Periférica, Cáceres, 2007. 208 pp. 15 €

Ana Gorría

El argumento es mínimo y su lenguaje se adecua a los modelos de éxito de la época en la que se escribió. La nieve es una novela de época que participa de los lugares comunes y de los gustos de una sociedad que buscaba en cierto tipo de novelas como esta la posibilidad de ampliar su radio de experiencia —tanto vital como cultural—. No en vano la génesis de la novela se encuentra en la ruina de la propia autora, que como hiciera también Dostoievski en El jugador —pero con notable diferencia en los resultados— salda sus deudas y asegura su presente a través del negocio de la escritura.
En el fondo de esta novela se encuentra el conflicto entre individuo y sociedad, conflicto que se encuentra presente en la mayoría de las novelas románticas —sino en su totalidad— y la búsqueda de la felicidad, difícil de materializarse en el orden establecido que constriñe, inevitablemente, a los personajes de la novela.
Tal y como subraya Luis Fernando Moreno Claros, el autor tanto de la traducción como de la introducción y el posfacio, no hubo intenciones rupturistas a nivel ideológico en la obra de la madre de Schopenhauer: «Ahora bien, aunque las novelas y los relatos de Johanna trataban de pasiones desbordadas, nunca llegaba a mostrarse temeraria tentando las convenciones sociales a través de sus personajes. Y aunque los amores de sus heroínas eran de extraordinaria intensidad, jamás caían estas en comportamientos “inmorales”, todo quedaba en anhelo insatisfecho: sus Gabriele, Mathilde o Sidonia, al igual que la Marie de La nieve, renuncian a alcanzar la “felicidad absoluta” que podría depararles la consumación de su amor entregándose libremente a su marido, con tal de mantenerse fieles a la palabra empeñada en un matrimonio consagrado por la Iglesia, y ello a pesar de que semejante voto las ata a un marido, al que aborrecen, al que deben repetar, aunque no se entreguen a él ni en cuerpo ni en alma.»
Como Atala, Virginia, María, Corina o Margarita, Marie —aunque su protagonismo en la novela no aparezca desdibujado como en éstas— es el juguete de fuerzas ajenas a su voluntad y a su capacidad de decisión que determinan su destino.
La nieve, que sucede en un paisaje lejano —las grises tierras de Polonia y Curlandia (Letonia)—, nos presenta el conflicto de la joven Marie entre el amor a su marido y la pasión que le mueve el joven Viktor y —en consecuencia, y dado el carácter antagonista de ambos— la tensión entre lo rutinario y el deber frente a la belleza y el arte.
No se puede decir que un argumento así sea por su propia naturaleza maniqueo ya que sobre éste se han llevado a cabo novelas desde Anna Karénina hasta La Regenta, pasando por Madame Bovary. Sí es cierto que la naturaleza eminentemente circunstancial y dirigida a un lector específico, el de la época, condiciona en buena medida el tratamiento que se da en la novela a todos los niveles de representación —el efectismo sentimental se encuentra presente dentro de toda esta novela— desde el lenguaje en el que abundan los apóstrofes —que a día de hoy nos resultan ñoños: «¡Oh, Raimund!, ¡Oh, hermano mío! —exclamó Colestine con los ojos anegados en llanto mientras contemplaba los retratos y se los llevaba a los labios—». «Sí —añadió dirigiendo a los presentes miradas luminosas refulgentes por las lágrimas—, ¡sépanlo todos, que lo sepa el mundo entero! ¡Viktor era mi hermano, mi desdichado hermano¡ ¡Oh, durante cuanto tiempo y dolor lo lloré!»), hasta ciertos momentos del argumento.
Uno de los grandes valores en la narración es la capacidad de trasladarnos a ese espacio del imaginario romántico que soñaba con Italia, tal y como señala el responsable de la traducción: «En La nieve, Italia está presente por doquier; y su nombre, con las delicias que éste encierra, actúa como símbolo luminoso.» Un motivo, la educación sentimental a través de la visita a este país, que llegará hasta el siglo XX con narraciones como Una habitación con vistas de Forster.
La necesidad de conocer nuevos paisajes, el sentimiento de mundial ciudadanía, la posibilidad de ampliar la propia experiencia a través del hecho de la lectura fue un motivo que, hipostasiado en novelas como Julia o La nueva Eloísa, tal y como señala Luis Fernando Moreno Claros, hace que la novela no sólo dirija su mirada a Italia como espacio idílico sino que se traslade a la Europa de los Alpes como lugar de retiro.
Dentro de los grandes aciertos de la edición de este texto, que encuentra su legitimidad en que se reconoce a Johanna Schopenhauer como la primera escritora con nombre en la lengua alemana —aunque sea difícil poder superar la lectura arqueológica— es el del detallado estudio por parte de Moreno Claros —biógrafo de Arthur Schopenhauer y traductor de éste y otros autores como Nietzsche y Goethe— en el que se nos presenta tanto la biografía de Johanna Schopenhauer como una introducción a la eclosión de la novela romántica-sentimental, en el ámbito de transición del siglo XVIII al siglo XIX. Desde la atención a la vida literaria de Weimar —de la que Johanna supuso uno de los ejes neurálgicos más importantes a través de su salón literario—, a las difíciles relaciones entre Johanna y Arthur que derivaría en la absoluta incomunicación entre ambos dado el difícil carácter del genio, tal y como nos señala Moreno Claros a partir de una de las epístolas: «Todas tus buenas cualidades quedan ensombrecidas por tu superinteligencia y son, por tanto inservibles en el mundo, y ello sólo porque eres incapaz de dominar la manía de querer saberlo todo mejor que nadie, de encontrar faltas en todas partes menos en ti mismo, de pretender mejorarlo todo y ser maestro en todo. Con eso exasperas a las personas que te rodean, pues nadie quiere dejarse aleccionar e ilustrar de modo tan violento y menos por un ser tan insignificante como el que tú eres todavía.»
Tal vez, sólo sea cuestionable dentro del magnífico trabajo que nos presenta su traductor la expresión, un tic bastante habitual dentro de los estudios literarios, «corriente literaria de literatura escrita por mujeres», dado que es una fórmula que induce a pensar en la expresión literaria de la mujer como algo reductible a periodizaciones y a una única y exclusiva materialización. Basta remontarse a Safo, pasar por Amarilis e indagar un poco más allá del canon para constatar que este hecho no acaece en el romanticismo, aunque sí emerge el concepto de sisterhood en palabras de Susan Kirpatrick y unos nuevos condicionamientos sociológicos, fruto de las revoluciones liberales que extendieron los hábitos de lectura y en cierto modo, las características de creación —o de la producción— artística, —conceptos ambos que posiblemente se encuentren debajo de la expresión de Luis Fernando Moreno Claros.
En lo literario, La nieve estaba destinada a caducar por su propia naturaleza. No obstante, supone un interesante legado para comprender el desarrollo de la novela decimonónica y para aproximarse a las grandes directrices del pensamiento literario romántico, presentes todos en esta novela.

miércoles, diciembre 26, 2007

Crónicas del asfalto, Samuel Benchetrit

Trad. Jaime Zulaika. Anagrama, Barcelona, 2007. 162 pp. 15 €

Miguel Baquero

No conocía a Samuel Benchetrit y reconozco que mi primera impresión fue de desconfianza. Su colección de cuentos se llama Crónicas del asfalto, título manido y pretencioso donde los haya. Además, según se cuenta en la solapa, este Benchetrit abandonó la escuela a los quince años y empezó a ganarse la vida en oficios modestos, como fontanero o acomodador de cine, hasta que con veinte años publicó Recit d'un branleur (Relato de un inútil) que quería ser, o decía ser, «a la literatura lo que los Sex Pistols al rock». Horreur!, pensé, porque el de Benchetrit era el retrato típico del niñato que va por la vida de interesante, haciéndose el duro y el bohemio y perpetrando atentados contra la lógica y la gramática bajo la excusa de ser un marginal. Mon Dieu!, me dije, porque los cuentos de Benchetrit, conforme al envoltorio, tenían todo el aspecto de ser ese desparrame incontrolado y oligofrénico de noches del alcohol, sexo y bajos fondos que sólo interesa a los estúpidos como él que quieren darse pisto de modernos y rebeldes.
Pocas cosas hay, en fin, más repulsivas sobre la faz de la Tierra que un escritor que va de maldito.
Comenzada la lectura, pronto entendí que Benchetrit no era uno de estos “salvajes urbanos” al uso, sino que, pese a estar su obra ambientada en la periferia de una gran ciudad, en el horizonte de bloques urbanos y trabajo no especializado, en la guarida de las clases medias-bajas, no por ello se regodeaba en la exclusión, la mediocridad y la falta de oportunidades. En Crónicas del asfalto, al modo de una nueva 13 Rue del Percebe, se nos narra la vida en un bloque de viviendas; cada capítulo está dedicado a un piso determinado, cuando no al ascensor, al portal, al cuarto de basuras, a la explanada de tierra frente al edificio... Se trata de capítulos independientes por donde van asomando los diferentes vecinos de la comunidad, capítulos que al fin acaban por componer un todo, que no es otro que la recreación de la adolescencia del protagonista, el retrato de los tiempos en que vivía en aquella colmena y contemplaba todavía admirado las inútiles y pequeñas cosas de que se forma nuestra existencia.
La principal virtud de Benchetrit es, sin duda, su contención, el no dejarse ganar por el lado oscuro de lo tremendo y lo sórdido, pero tampoco dejarse deslizar hacia el bucolismo, hacia la falsa poesía de añoranza de los tiempos de juventud. En la novela de Benchetrit la vida en el bloque no es gris, pero tampoco es rosa por el mero hecho de ser la vida de la infancia y la adolescencia. Es, simplemente, una vida que ocurre y de la que Benchetrit quiere extraer los aspectos cómicos, divertidos, bienhumorados; una vida que empieza y que el protagonista quiere vivir en su máxima expresión, aunque en torno de él sobrevuelen el desempleo, las drogas, la violencia y tantas otras lacras de la vida en el extrarradio. Benchetrit tan sólo cede ante el sentimentalismo cuando penetra en el sexto piso, en la que fue su casa, que describe de manera tan sigilosa como si estuviera a oscuras, las luces recién apagadas, o cuando entra en el cuarto en penumbras donde transcurrió su adolescencia y en cuyas paredes parecen aguardarle los viejos posters de sus ídolos juveniles. Un capítulo magnífico por la emoción que alcanza a transmitirnos y el largo número de elipsis y silencios, la mínima cantidad de palabras que utiliza para ello.
El estilo de Benchetrit, por lo demás, es un estilo ágil, moderno, un tanto crudo en el sentido de que muchas veces se nos presenta casi sin elaborar. Un estilo que huye de cualquier adorno superfluo y a veces, también es malo pasarse, de cualquier adorno necesario, pero que en último caso busca compartir su visión de la vida, llamando a la solidaridad de tantos lectores que se criaron donde él y cuyos sueños, como dice Benchetrit, siempre serán de asfalto. Una novela, en resumen, magnífica, amena, y un escritor sincero a seguir.

lunes, diciembre 24, 2007

Una novela de barrio, Francisco González Ledesma

I Premio de Novela Negra RBA. RBA, Barcelona, 2007. 297 pp. 19 €

Gregorio León

En tiempos como los que corren, es muy difícil dar con un premio que merezca unanimidad. Pero no entre el jurado, que es el primero que tiene en sus manos la novela, sino después, cuando sale de la imprenta, o sea, a la intemperie. Tan viciado está el mundo editorial, escenario de chalaneos y componendas que hicieron decir lo que dijo a Juan Marsé con aquello del Planeta, que es un hecho llamativo que un autor merezca salvarse. Es el caso de Francisco González Ledesma. No le conozco. Y me encantaría. Porque debe de ser ese tipo capaz de hacerte disfrutar con sus vivencias una tarde entera, evocando sus tiempos de periodista, o de escritor de novelas del Oeste. Y me gustaría conocerlo para agradecerle este regalo extraordinario que es Una novela de barrio. Es curioso. Cualquiera tendría la tentación de abrirla para buscar las peripecias de su conocido inspector Méndez. Pero son los personajes aparentemente secundarios los que entran en nuestras vidas de lectores y se quedan para siempre. Es de carne y hueso, y no sólo de palabras, Eva Expósito, el personaje más desdichado de la novela, mucho más incluso que ese David Miralles con el que comparte techo y memoria. O madame Ruth, su vida estancada, hirviendo en un piso que mira a poniente, escondiendo miles de secretos impuestos por su antigua profesión.
Hay pasajes memorables que ya justifican por sí solos la lectura de Una novela de barrio. Por ejemplo, la visita que hacen David Miralles y Mabel a la casa del Poble Sec, en la que aún perduran las huellas de su hijo muerto, la misma casa donde Mabel cambió los calcetines blancos por las medias que le daba la madame. Un mundo sórdido, pero no porque aparezcan putas o matachines, que eso es lo de menos, sino porque está habitado de recuerdos. Y esos recuerdos están en carne viva, supurando pus. Nadie puede olvidar a un hijo muerto, ni siquiera con la muerte.
La novela tiene acción. Faltaría más. No se escapa de los cánones del género, que por eso se llevó el I Premio de Novela Negra RBA. Pero esconde mucho más. Un afluente de recuerdos que la recorre, página a página, haciendo que lo que menos importe sea como va a salir de esta ese hijo de los barrios bajos llamado Méndez.
Una historia de Francisco González Ledesma que, por llevarle la contraria a uno de sus personajes, no está destinada al silencio ni al olvido. Enhorabuena, Paco.