viernes, diciembre 21, 2007

Crematorio, Rafael Chirbes

Anagrama, Barcelona, 2007. 415 pp. 20 €

Marta Sanz

A lo mejor Rafael Chribes, uno de los nombres más sólidos en el panorama de la narrativa española actual con novelas tan inolvidables, tan brutales y tan delicadas, como La buena letra, no se ha percatado de que Crematorio es una novela noventayochista. O lo mejor sí se ha percatado, aunque los nombres a los que expresa su agradecimiento al final del libro —Joseph Roth, Broch, Vargas Llosa, Marzal, Luisge Martín, García Montero...— nada tengan que ver con los unamunos, azorines y barojas que se atisban entrelíneas. Crematorio es una novela en la que el paisaje configura a unos seres de ficción que, a su vez, han depredado una tierra primigenia que se echa de menos en lo que tiene de castiza, es decir, de originaria. Morder el paisaje es un acto de canibalismo motivado por un impulso común: la avidez. La destrucción del paisaje es la marca del deterioro moral, del desencanto, del desmoronamiento de los valores de una generación que Chirbes ya se había atrevido a dibujar en Los viejos amigos. En Crematorio, sin embargo, la luz es todavía más triste porque el gris contrasta con el azul de las perdidas marinas del Mediterráneo, un azul fosforescente que funciona como metáfora de otras luminosidades fundidas para el autor: el marxismo, el maoísmo, las revoluciones, la reivindicaciones de las clases obreras auspiciadas por una burguesía bienintencionada y culta —Chirbes conoce bien esos códigos y a menudo los expone discursivamente en la novela—; también la luz es más triste porque la salvación no se encuentra por ninguna parte y porque las contradicciones no son un elemento previo a la síntesis dialéctica y al aprendizaje, sino el aviso de que ya no hay retorno y de que es imprescindible tirar la toalla.
Ninguno de los miembros de la familia Bertomeu ni ninguno de sus allegados, ninguna de las formaciones calcáreas que se van pegando con el paso del tiempo a la concha del mejillón, se libra de la quema dentro de este gigantesco crematorio en el que se incineran las conciencias y los cuerpos de los muertos y de los vivos: el cuerpo y la macilenta conciencia del constructor Bertomeu que se desprende de los residuos ideológicos que le hacían infeliz y convierte su felicidad —la felicidad de su estómago, de su sexo, de su sueño, de sus parientes cercanos, la felicidad primaria de la acumulación y del lujo cotidianos— en el buque insignia de sus acciones; el cuerpo canceroso y la conciencia embotada por el alcohol del escritor Brouard que se rebusca el falo entre los cables de una sonda y no es capaz de salvarse ni a través de la literatura ni a través de los tocamientos con efebos imposibles; los cuerpos y las conciencias de Silvia Bertomeu y de Juan, su marido, restauradora y catedrático de literatura, manoseadores que embalsaman la discutible genialidad de los otros; el cuerpo —éste sí a punto para ser metido en el horno— de Matías Bertomeu, el hijo pródigo, el revolucionario reconvertido en ecologista, el que puede salirse de las normas o desencantarse porque siempre le queda la certeza de una ascendencia señorita y terrateniente, del riñón perfectamente cubierto... Nada se salva en un panorama devastador, en el que bajo los focos de la muerte y la estremecedora —judeocristiana— visión de la corrupción de la carne asociada al espíritu, todo se pudre: las filas de naranjos que desarraiga la pala excavadora, el corazón y el sentimiento, la memoria, los sueños irrealizables, la confianza en Dios, en las ideas o en nuestros semejantes. Soledad absoluta, incomunicación total, ambiciones espurias, las de todos —a del capitalista, la del artista, la del recreador del artista, la del antiguo revolucionario, la del homosexual y la de la matriarca, la de la advenediza, la del inmigrante, la del mafioso, la del subcontratado, la de la puta y la de la adolescente...—cremación que no limpia, ceniza grasa. Nihilismo barojiano, unamuniano sentimiento trágico, evocación azoriniana del paisaje en una novela que se teje con los mimbres de la narración decimonónica —familia y adulterio, dinero y resentimientos que vienen de antiguo, celos, agravios comparativos y amores viscerales entre hermanos, crecer y decrecer como acciones simultáneas— y en la que el lector a ratos se pone de parte del constructor Bertomeu, el único personaje al que Chirbes le da la voz en primera persona sin pasar por el filtro de una tercera que se distancia inclementemente de un rosario de seres infectos aun en sus momentos de esperanza y de juventud. Acaso es que elegir decir ciertas verdades no es lo mismo que hacer el bien; quizá es que la literatura no ha de pretender hacer el bien; tal vez todo el mundo tiene derecho a expresar su angustia, la carga de su claudicación, su pena. También los escritores, aunque sus palabras no los purifiquen. Chirbes coloca al lector del lado del personaje del que nunca querría estar, del único que al fin es más coherente que los otros, del personaje vital, del que cuenta con menos razones para autodestruirse, del que diluye sus paradojas vitales en la idea de bienestar y en su brazada se lleva lo que encuentra por delante, y escribe una novela sin diálogos ni concesiones al hueco entre los párrafos, ese hueco que tanto reivindica el editor para que los lectores no nos cansemos y cojamos aire; una novela demoledora o apocalíptica, según se mire,-que removiendo las tripas del lector a través de una utilización radical del lenguaje y de las estrategias narrativas —todo ocurre en el interior de la cansada y mordiente conciencia de los personajes— justifica ciertas formas de la inmovilidad contemporánea: la de todos aquellos que un día quisieron hacer la revolución. Chirbes se arriesga a desagradar a los lectores que creen que todavía quedan motivos para la esperanza y para la lucha, y también a aquéllos que se niegan a ver la podredumbre que diariamente desfila por delante de sus ojos.

jueves, diciembre 20, 2007

Para no olvidar / Aprendiendo a vivir, Clarice Lispector

Trad. Ramón Sánchez Lizarralde / Elena Losada. Siruela, Madrid, 2007. 135 / 235 pp. 18,50€ / 19,50€

Guillermo Ruiz Villagordo

Uno de los mayores fracasos de un crítico literario debería ser no haber sido capaz de comunicar el entusiasmo que siente por una lectura, de hacer palpables las emociones que le ha provocado, y eso es lo que ocurrió cuando comenté las dos últimas novelas de Clarice Lispector publicadas en español, La lámpara y La ciudad sitiada. Así que intentaré enmendar mi error, no sé con qué suerte, en esta nueva oportunidad.
«En los libros soy anónima y discreta. En esta columna estoy, en cierta manera, dándome a conocer.»
Tengo que reconocer mi predilección por las biografías, mi tendencia a que en determinadas ocasiones la persona de un autor me deslumbre tanto o más que su propia obra. El caso de Clarice Lispector es especial, porque personifica de manera directa la destilación jugosa que me busco tras tanta cáscara de fechas, títulos, lugares y nombres. Por eso mi fijación no es tanto por una biografía en sí sino por los rasgos personales que alcanzo al vuelo de su nombre. Como esa extraña mezcla de ucraniana transplantada a Brasil, frialdad y calidez reunidas en un solo cuerpo. Esa rarísima, única belleza suya. Ese silencio tan elocuente que desprende en cada fotografía y cada página. Esa manera de entender y no entender el mundo, de darle igual entender o no entenderlo porque siempre nos quedará la oscuridad, tan sencilla a la par que compleja, tan (¿me atreveré a escribirlo? ¿querría Clarice que lo escribiera?) metafísica, tan mística.
«Los géneros no me interesan. Me interesa el misterio».
Estos dos libros están unidos, amén de por algunos textos concretos que se repiten en uno y otro, por la forma literaria que usan, la crónica, que no es más que la excusa bajo la que Lispector habla de cualquier cosa como le dicta su estilo «al correr de la máquina». Y es que Lispector no distinguía géneros, y quien se acerque a sus novelas y cuentos descubrirá que están compuestos de imágenes sobre imágenes, de briznas de pensamiento, de iluminación, pero que carecen de cualquier acción narrativa. De ahí que en estas crónicas no se sienta una diferencia apreciable con sus obras más conocidas, y de hecho algunas de ellas nos muestran el embrión de ideas utilizadas posteriormente (¿diré ideas sabiendo que no le gustaba que la llamasen intelectual, o diré mejor entonces intuiciones?), a veces precisamente en alguna otra crónica, pero también esbozos de relatos y relatos completos, como algunos de los que integran su colección Felicidad clandestina.
«Me gusta de manera cariñosa lo inacabado, lo incompleto, lo que torpemente intenta un pequeño vuelo y cae sin gracia al suelo».
Aunque el primero sea una recopilación de fragmentos que no tuvieron cabida en su momento en su volumen de relatos La legión extranjera, y el segundo una selección póstuma de columnas escritas para el Jornal do Brasil entre 1967 y 1973, su espíritu es el mismo: una absoluta libertad creativa. Lo que equivale a decir una ferrea sumisión a su estilo intuitivo. Están empapados del mismo aliento poético rozante con la mística tan propio suyo. Si acaso en Aprendiendo a vivir se deja ver en algunos momentos una Clarice más personal, merced a ciertos aspectos biográficos furtivos, tal vez sacados a la luz ante la obligación de entregar textos al periódico cada semana.
«Existe el peligro de que un cuadro sea un cuadro porque el marco ha hecho de él un cuadro».
Tanto en su extensión como en su forma, ambos se muestran indómitos, nada acomodaticios, lo que en principio sería esperable en un libro propio pero no tanto en un encargo periodístico. No importa: Lispector rellena su columna como le viene en gana, ya sea con fragmentos cortos de una línea a modo de pensamientos instantáneos, ya sea con largas reflexiones. Pero incluso en los textos de Para no olvidar llega a filtrarse la realidad, aunque muy parcialmente, y así vemos como en “Mineirinho” es capaz de sublimar un suceso como el asesinato por parte de la policía de un famoso atracador en un canto a la vida no exento de acusaciones espirituales.
De las columnas del Jornal do Brasil que recoge Aprendiendo a vivir existe otra edición de traducción coloridamente argentina, la de Adriana Hidalgo titulada Revelación de un mundo. Tanto ésta como la de Siruela parecen remitir en sus títulos a sus respectivas brasileñas, por lo que imagino que sus respectivos criterios provienen de aquéllas: la argentina publica una amplia selección y sigue un orden cronológico, mientras que la de Siruela es aún más reducida pero inventa un interesante orden temático. Y digo interesante porque nos permite hacer un recorrido por las distintas preocupaciones de la autora, y así pasamos de los textos iniciales en los que recuerda su infancia (con ese gran cuento, “Felicidad clandestina”, visto a la vez como relato y como experiencia que se convierte en relato, como si de un taller de narrativa se tratase) y su vida familiar con sus hijos a la simbólica evocación de viajes reales e imaginarios y sus surrealistas encuentros con taxistas (recopilados en mayor número en Revelación de un mundo, así como sus experiencias con sus criadas, que aquí no se incluyen a pesar de lo que anuncia la contraportada). Vida cotidiana, en suma, pero desde su visión personalísima, produndamente íntima, (d)escrita con esa intuición que es mezcla inconsciente de inteligencia y sensibilidad más a favor de ésta última. Junto a ello encontramos tanto la idea pura como el nacimiento de esa misma idea, las reflexiones sobre la muerte que cierran el volumen, incluso fragmentos de una especie de arte poética (por si no fuera suficiente con la que representa toda su obra), en los que habla del proverbial hermetismo denunciado por lectores no avisados, dificultad que hay que vencer para poder acceder al interior de su obra y disfrutarla, como si nos sometiese a un tour de force para decidir si somos o no dignos de ella.
«Hay un gran silencio dentro de mí. Y ese silencio ha sido la fuente de mis palabras. Y del silencio ha venido lo más precioso de todo: el propio silencio».

miércoles, diciembre 19, 2007

Exégesis de los lugares comunes, León Bloy

Trad. Manuel Arranz. Acantilado, Barcelona, 2007. 376 pp. 24 €.

Miguel Sanfeliu

Yo no había leído ningún libro de León Bloy. Y éste me llamó la atención por la ambición de su proyecto más que por la figura del autor. Me recordó, en un principio, al Diccionario de tópicos de Flaubert, aunque aquel pretendiera más recopilar que analizar. Bloy va más allá y su intención es destripar el tópico, extraer de él su lógica, su esencia, buscando en su interior para demostrar por fin que se encuentra vacío. Las ideas vacías alimentan mentes vacías que no se interesan por hacerse preguntas o por aprender sino que se conforman con vivir en estado letárgico. Tal es el mal de la burguesía. Lo deja claro ya desde el prólogo, en el que expone:
«En un sentido moderno y lo más amplio posible, el verdadero Burgués, es decir, el hombre que no hace ningún uso de la facultad de pensar y que vive o parece vivir sin haber sentido un solo día la necesidad de comprender cosa alguna, el auténtico e indiscutible Burgués está necesariamente limitado en su lenguaje a un pequeñísimo número de fórmulas.
«El repertorio de las locuciones patrimoniales que le bastan es exageradamente exiguo y no alcanza más allá de algunos centenares. ¡Ah, si uno consiguiera arrebatarle ese humilde tesoro!, un paradisíaco silencio se extendería de repente sobre nuestro globo aliviado».
Y a esa tarea se lanza con decisión inquebrantable, dispuesto a no dejar títere con cabeza, a derruir todo ese conocimiento estúpido y hueco. Se lanza a ello como si estuviera enfadado, moviéndose a empujones, utilizando todos sus recursos para ridiculizar, herir o burlarse de la ingenuidad o de los anhelos que se encierran en esos tópicos. Su tono suena socarrón, y se adivina tras él la determinación de lanzar un mamporro en el momento más inesperado. Aunque justo es reconocer que sabe guardar las formas y que su estilo literario es pulcro, cuidado, elegante en todo momento.
Bloy fue un autor controvertido, con fama de furibundo y de exagerado, plegado a exponer sus tesis antes que a buscar el conocimiento. Y lo cierto es que en este libro hace gala de todo ello. Utiliza el humor negro, la ofensa, el insulto solapado, el desprecio, como si fuera un bravucón diciéndole a su débil y asustada víctima: «¿no ves que todo esto no son más que tonterías?». A veces se lanza a analizar el sentido literal del lugar común, otras a interpretarlo, a relacionarlo con una forma de pensar acomodaticia y vulgar, otras se vale de parábolas para escenificar su esencia, inspirado por lo que puede representar o por la aplicación que pueda tener, hasta una cita, un extracto, puede constituir, por sí solo, la explicación de algunas de estas sentencias. Todo vale con tal de demoler una concepción del mundo egoísta, usurera y poco interesada en mirar más allá de la propia nariz. En su análisis, no sólo se incluyen los tópicos o las frases hechas, sino también recursos como “No llevo suelto”, utilizado, como todo el mundo sabe, para no dar limosna, o trivialidades, como “La lluvia y el buen tiempo”.
La ironía, la socarronería, la hipérbole, la burla, el desprecio... son las armas más utilizadas.
En el caso de “No todo el mundo puede ser rico” afirma: «El lenguaje de los lugares comunes, el más extraño de los lenguajes, tiene la maravillosa particularidad de decir siempre lo mismo, como el de los Profetas».
En el apartado dedicado a “Se diría que duerme” nos cuenta: «Conservo, en fin, el terrible recuerdo de aquel soldado alemán muerto en un agujero del campo de batalla, en 1870. No estaba caído, porque le habían clavado con un formidable bayonetazo a la puerta de un establo. [...] Jamás olvidaré la expresión de horror, de espanto y de desesperación de aquella cara».
En “Se debe respetar a los muertos” expone con desdén: «Es inútil respetar a los vivos, a no ser que sean los más fuertes. En ese caso, la experiencia aconseja más bien lamer sus botas, por muy mierdosas que estén. Pero los muertos deben ser respetados siempre».
Tono de airado cascarrabias, rotundo e implacable hasta el final. En un momento dado, en “Yo no necesito a nadie” hace la siguiente confesión: «La repetición es el problema casi inevitable de un libro de este género. Espero, sin embargo, tener fuerzas para terminarlo». Y las tiene, desde luego, blandiendo su pluma a diestro y siniestro, como alguien que se bate en duelo para limpiar su honor. Escupe su desprecio más absoluto por la superficialidad, la falta de caridad, el egoísmo, la usura y, en consecuencia, todos los males que según él se reúnen en la figura del burgués.
Se incluye en este volumen una segunda serie de estas exégesis, igualmente airadas, pese a estar escritas trece años después de la primera entrega. El tiempo no ha sosegado el espíritu de Bloy ni su determinación por burlarse de la estupidez que se encierra en todos esos lugares comunes que sirven de guía a tanta gente. Y, de paso, arremete contra asuntos como la ley del divorcio, la figura de Zola, la frivolidad, la falta de caridad, etcétera.
Sobre “Tener cargas” dice: «Se tienen cargas cuando se tiene que alimentar a alguien: una mujer, niños, una suegra, unos padres ancianos que se eternizan y que uno no puede mandar al destripador sin perder algo de consideración».
Y en “No hay nada eterno”, continúa aseverando con contundencia: «Burgués, tu estupidez es eterna. Por mucho que lo intente, no consigo imaginar una duración menor y no puedo imaginarme ni un solo instante de esa duración en el que tú dejaras de ser un imbécil».
Ni rastro de caridad, de comprensión, sino todo lo contrario, enérgico, burlón, despiadado y colérico en todo momento, buscándole la vuelta a frases que muchas veces se dicen sin pensar, a un tipo de conocimiento cuya función es, precisamente, salir del paso evitando la reflexión, y a la que se refiere como «una religión de renuncia». Arremetiendo contra ese burgués avaro, falso y egoísta, resulta ingenioso y divertido en muchas ocasiones. Un libro sorprendente, lleno de ironía y sarcasmo, pero también de indignación.
Al final, no da la tarea por terminada, decide, simplemente, parar, ya que «se corre el riesgo de repetirse, pues los lugares comunes no son tan variados como podría creerse». Y aún así, aún enumera una buena serie de frases hechas que se ha dejado en el tintero y que espera que puedan servir como punto de partida si alguien decidiese emprender una continuación de este libro visceral e inclasificable.
León Bloy nació en 1846. Fue un católico intransigente, extremista. En 1877 vivió una angustiosa relación con una prostituta llamada Anne-Marie Roullet, la convirtió al catolicismo y ambos se sumieron en un misticismo atormentado que culminó con la demencia de la mujer y la retirada de Bloy a un monasterio con la idea de hacerse monje benedictino. No llegó a hacerse monje, pero sí consiguió sosegarse un poco antes de volver al mundo. Se codeó con grandes escritores de la Francia de aquella época, como Barbey d'Aurevilly, Paul Verlaine, Villiers de L’Isle-Adam o John Huysmans. En 1889 se casó con Jeanne Molbeck y comenzó una época de estabilidad que duraría hasta su muerte, en la que elaboró la mayor parte de su producción literaria. Entre sus libros figuran El desesperado, La mujer pobre, Cuentos descorteses, Meditaciones de un solitario, los volúmenes de sus diarios y éste Exégesis de los lugares comunes, entre otros.

martes, diciembre 18, 2007

Los Siete Sabios (y tres más), Carlos García Gual

Alianza, Madrid, 2007. 248 pp. 7,50 €

Luis Manuel Ruiz

El francés distingue entre los términos savant y sage. Con el primero designa a ese individuo lacónico, apolillado y algo triste que ha consumido su vida en las bibliotecas y es capaz de recitar de memoria la lista de verbos irregulares sumerios, aunque no sepa poner una lavadora; el segundo hace referencia a un hombre curtido en los avatares de la vida, que ha adquirido un monto de experiencia con el que sabrá vadear las vicisitudes que le plantea el futuro. Para referirse a ambos personajes, el castellano debe resignarse al adjetivo sabio, cuyas fronteras fluctúan dependiendo del contexto: para nosotros tan sabio, a pesar de su palmaria distancia, es Girolamo Cardano, erudito renacentista autor de tratados delirantes sobre el empleo de las nueces en el ejercicio de la magia y otras sutilezas, y el patriarca de un clan gitano, cuyo analfabetismo no le impide mediar salomónicamente en un litigio entre familias enfrentadas. El sabio griego, en la acepción en que lo utiliza Carlos García Gual en este breve y refrescante ensayo de arqueología cultural, se aproxima más al segundo que al primero de ellos: los Siete Sabios de la Antigüedad, más otras tres personalidades afines a los que los asociaron el azar de las leyendas y los comentarios, fueron siete ejemplares de humanidad y siete modos de enfrentar los diversos dilemas de la existencia en busca del camino más propicio al éxito. Salvo un par, ninguno de ellos descuella por sus dotes librescas y la nómina cuenta incluso con flagrantes iletrados; detalle ocioso, porque la sabiduría de la que se decían depositarios poco tenía que ver con la hoja de papiro, la cátedra o el tintero y mucho con el modo de orientarse en el interior de un laberinto, ya se presentara éste bajo la forma de una ciudad difícil de gobernar o un matrimonio lleno de baches.
A la pregunta de por qué el censo de grandes almas debe contener siete miembros y no cinco (como los aventureros juveniles) o doce (como prefiere el Espíritu Santo), García Gual responde: «No es un número con significación religiosa, pero, siendo el número primo más alto en la decena, resulta muy apropiado para formar un pequeño grupo, discreto y variado, suficiente para un collegium de doctos, para un simposio divertido o para una banda de salteadores. Siete son los enanos de Blancanieves y los niños de Écija». La lista más antigua, que todas las que vendrán luego parecen respetar con mínimas variantes, incluye a un filósofo, dos poetas, un juez, un tirano y un labriego; más tarde se les sumarán, a gusto del compilador, un extranjero despistado que recorría Grecia sorprendiéndose de sus costumbres, un chamán que pasó veinte años durmiendo en una cueva y el autor de un tratado sobre la genealogía de los dioses. Así nos encontramos a Tales de Mileto, primer pensador de Occidente, famoso por partirse la crisma en una zanja al ir mirando las estrellas; a Solón de Atenas, convencido contra las evidencias del destino de que los justos siempre triunfan y los malhechores son castigados; a Bías de Priene, que envió a un amigo una lengua cortada cuando le solicitó lo mejor y lo peor del cuerpo de un hombre, «en la idea de que el hablar produce los mayores daños y los mayores provechos». Junto a ellos comparecen Quilón de Esparta, que no recordaba haber cometido nada ilegal en su vida, no sabemos si por su buen corazón o por su mala memoria; Pítaco de Mitilene, merecedor de los elegantes insultos de Alceo, expresados en metros yámbicos, y que molía su propio pan para hacer gimnasia; Cleóbulo, que dejó inscrito que la obra de ciertos artistas es imperecedera en la base de una estatua, hoy perdida; Misón, tan sabio que de él no sabemos absolutamente nada, y es que la primera regla de inteligencia está en la modestia. La pintoresca sucesión de vidas apócrifas, milagros y máximas que contiene el libro abocará probablemente al lector actual a una duda difícil de resolver: la de si estos individuos extraños, convertidos en clichés o perfiles de moneda conservan vigencia en sus enseñanzas y de si la profundidad de su sabiduría puede resultar provechosa a individuos que tuvieron la desdicha de nacer veintisiete siglos después de su ministerio. Tal vez; la distancia ha convertido a esta caterva de mentes privilegiadas casi en personajes de cuento, fantasmas cuyos ejemplos tienden más a despertar la sonrisa que la meditación serena, pero es cierto que algunos de sus apotegmas, reunidos en cómodas latas de conserva por comentaristas posteriores como Demetrio de Falero, preservan ese aire de misterio a medio camino entre la genialidad y la tontería que suele definir a los aforismos orientales y los billetitos de los postres chinos. Un apéndice final de la obra incluye una antología de dichas sentencias, entre las que hallamos: «No castigues a los criados mientras bebes, pues parecerá que no sabes soportar el vino»; «No digas cosas más justas que tus padres»; «No muevas las manos al hablar, que es de locos»; «Acerca de los dioses, di que existen». Mi preferida, atribuida a Periandro de Corinto, es «Insulta como si fueras a hacerte pronto amigo»: una práctica en la que, bien lo sabemos todos, les vendría bien ejercitarse a los críticos de ciertos suplementos culturales.

lunes, diciembre 17, 2007

La deuda, Ángeles Martín Gallegos

Arcibel, Sevilla, 2007. 159 pp. 15,60 €

Pedro M. Domene

Todos tenemos, de alguna manera, contraída una deuda, con la sociedad y, sin ir más lejos, con nosotros mismos. Esa deuda condiciona nuestras vidas, nos acompaña durante un período de tiempo y un buen día nos pasa factura. Ángeles Martín Gallegos (Couiza, 1961) demuestra, con su segunda entrega, La deuda (2007), que es capaz de saldar la suya y poner voz al mundo femenino que le rodea desde una perspectiva diferente. Si en su primera entrega, Renato(2004), establecía el diálogo entre un nonato y su madre, en esta ocasión, escribe, de forma testimonial, acerca de una vida cualquiera, la de la joven opositora María Méndez Manzano. Rememora con su testimonio un episodio generacional, el de una España que despertaba de un largo sueño o, tal vez, de una pesadilla, la del franquismo, con las lacras que este había dejado casi una década después.
Ángeles Martín ha sabido, en todo momento, condensar la acción, episodio tras episodio, encabezándolos con un título, porque pretende, al menos eso parece, contar y situar en la década de los 80, la historia de esta y otras muchas de las jóvenes mujeres de una naciente España democrática, con sus luces y, también, con sus sombras. Cuenta la relación de una amistad, la de dos opositoras, dos luchadores, dos amigas que no quieren asumir el papel que les ha otorgado la sociedad. Escribió Rimbaud que «cuando termine la absoluta servidumbre de la mujer, cuando viva para sí y por sí, cuando el hombre la haya dejado libre ...». Quizá, por eso, ambas se rebelan, luchan por una situación mejor, cada una con sus armas, Teresa desde un sindicato y posteriormente desde la judicatura y María con su tesón y posteriormente con su dedicación a la docencia. Pero, en realidad, la narradora afincada en el poniente almeriense, lejos de contar un simple episodio, parte de la vida de estas mujeres, quiere dejar constancia de los silencios, de las mentiras, de los secretos y de la violencia experimentada por la mujer durante buena parte de su existencia. Y es así como Teresa y María sobreviven a lo largo de este relato por conseguir su dignidad frente a las dificultades que le plantea una situación personal.
La deuda, también, es un extraordinario documento de la diferencia sexual, de los códigos de la mujer que ponen de manifiesto su relación con los hombres, incluidos los conceptos del amor y del sexo, la convivencia y todo aquello que ha inquietado a las parejas. En estas páginas, escritas con la fuerza de un lenguaje directo, de extrema dureza, en ocasiones, se describen, además, escenas de amor y de desamor, aunque se deja un resquicio a la esperanza, con esa irónica sabiduría femenina que, solo ellas, saben otorgar a determinadas situaciones. Jalal al Din Rumí (1207-1273), uno de los poetas místicos más reconocidos del mundo sufí, afirma que la mujer es el rayo de la luz divina. Valga el apunte de una de las expresiones más acertadas que convierten a la condición femenina en la expresión misma de unos sentimientos que reafirman, así, lo más inequívoco de la humanidad.