viernes, diciembre 07, 2007

Debería caérsete la cara de vergüenza, Sergi Pàmies

Trad. Joaquín Jordá. Anagrama, Barcelona, 2007. 131 pp. 12 €

Guillermo Busutil

El mundo es fantástico porque es un lugar donde cualquier cosa puede ocurrir. La realidad es fantástica porque en lo real cualquier cosa puede ocurrir. Por eso y porque cada uno percibe todo lo que existe de una manera diferente. Depende si tiene los ojos azules o negros, de si usa gafas o lentillas. Esto quiere decir que la clave, a la hora de interpretar el mundo y la realidad, está en la mirada que sea capaz de desnudar las apariencias e imaginar lo que esconden, lo que pueden desencadenar, lo que comunican. Cualquiera puede hacerlo, aunque no todos lo logran. Uno que sí lo consigue es Sergi Pàmies. Lo demuestra en cada uno de sus libros, en cada uno de sus cuentos. Esas piezas que contienen el misterioso resultado de observar y de buscar la manera de darle la vuelta a la realidad como si fuese un calcetín que deja al descubierto la verdadera huella del pie, el secreto que siempre oculta cualquier tipo de disfraz como el calcetín, el folio en blanco, las palabras, las gafas o la realidad, siempre la realidad, de la que Pàmies nunca deja de sospechar. Un recelo que motiva al escritor parisino-catalán-español a convertir la rutina de los afectos, lo cotidiano de la vida y el mundo interior y exterior de las personas, en un ready made. ¿Qué es un ready made? Un objeto, un artefacto, que primero te resulta extraño, que luego te hace sonreir desde la inteligencia y que después provoca que te des cuenta de que te ha dejado dentro una sombra, un regusto ácido, un hilo del que tirar desde dentro hacia fuera de ti mismo, hasta que descubres que eres feliz o que debería caérsete la cara de vergüenza. Así se llama el último y el primero de los libros de Sergi Pàmies. El primero que le publicó Anagrama y el último que acaba de publicarle. Quién sabe si esta especie de círculo se debe a que la editorial se ha contagiado del estilo de Pàmies, de su forma de darle la vuelta a la realidad como si fuese un calcetín. La cuestión es que este libro viene a demostrar que el tiempo es circular y que, lo mismo que sucede con la moda, todo vuelve. Pero lo más importante es que Sergi Pàmies ya era Sergi Pàmies cuando escribió éste primer libro que ahora es el último.
En sus páginas, el lector se sentirá como en casa. Esto es porque en los cuentos aparecen televisiones, marcas de publicidad, yogures, tartas de cumpleaños, folletos de viaje, martinis, tarjetas de crédito, ancianos, mujeres embarazadas, abuelas, flanes de huevo, etcétera, etcétera. Todos los ingredientes que también pueden encontrarse en ese gran supermercado que también es la realidad. Sólo que en lugar de cada cosa tenga un código de barras, cada cosa tiene un cuento dentro o un cuento fuera, según se mire. En cualquier caso este libro no defrauda y aunque cada relato tiene muchos años o unos meses, depende de si se considera el primer o el último libro de Sergi Pàmies, las historias mantienen una curiosa vigencia: que cada cosa que se cuenta puede sucederle a uno mañana mismo o dentro de un año, al subirse a un avión en navidades, al intentar sacar dinero en un cajero automático nocturno, al entrar en un banco o al pensar un deseo antes de soplar las velas de una tarta de cumpleaños. Pongo estos ejemplos porque son los cuentos que más me gustan de este libro al que no se le cae la cara de vergüenza, igual que tampoco se le caerá al lector de las manos.
Les cuento. En “Sucursal”, Pàmies aborda como la imaginación y el miedo pueden aliarse para convertir la realidad en una amenaza. De esa alianza resulta que la cobardía es un estado de conciencia en el que participan la irrealidad y los miedos interiores que nada tienen que ver con los miedos exteriores. Hasta el final no hay sorpresa. Igual que ocurre con el final del miedo. Otro relato fantástico es “Memoria”, donde el escritor se aproxima al realismo mágico para crear una conmovedora historia acerca de la soledad y del valor de los recuerdos, definida por la sugerente atmósfera y el sesgo poético del cuento. Junto a esta delicada pieza narrativa, cabe resaltar “Cumpleaños”, donde el tema del doble y el dicho de lo peligroso que puede ser desear que se cumpla algo, centran el argumento. Su lectura no es recomendable si ese día celebra su cumpleaños. O sí, cuando soplar las velas escondan el deseo de cambiar de vida. También sobresalen “La Ruta de los caimanes”, “El Feto y el Apocalipsis”. Para el final, me reservo los mejores: “Caja abierta”, en cuyas páginas hay todo un divertimento acerca de la doble moral, de lo absurdo y surrealista de tantas situaciones. El otro es “Año Nuevo”, donde el autor caricaturiza el agobio familiar de las navidades y el mito erótico de Emanuelle. Cada una de estas excelentes historias nos acercan el talento predador y la escritura de Sergi Pàmies que siempre es incisiva con la realidad, ya que la abre, la disecciona y la cose sin que se noten los puntos de sutura. Posiblemente porque este escritor maneja como aguja su inteligente ironía, situada entre lo absurdo y lo trascendente, lo cómico y lo trágico, y una vocación de estilo que lo convierte en uno de los mejores relatistas del panorama literario, sin haber tenido que imitar a Raymond Carver. A Pàmies le basta con observar, con saber reírse y con saber provocar que a la realidad se la caiga la cara de vergüenza por tratar de engañarnos con sus apariencias.

jueves, diciembre 06, 2007

Cuentos contados dos veces, Nathaniel Hawthorne

Trad. Marcelo Cohen. Acantilado, Barcelona, 2007. 474 pp. 28 €

Marta Sanz

¿Quién es Nathaniel Hawthorne? ¿Es Hawthorne el mismo que, en primera persona, coloca al lector delante del fuego en una recogida habitación y le invita a mirar por la ventana? Con una pata en la realidad y otra en la imaginación, el autor plasma costumbres y personajes como símbolos de diferentes visiones del mundo en un tiempo de epifanía nacional pero... ¿dónde se coloca realmente el autor de La letra escarlata o La casa de los siete tejados? Ya el prefacio es sorprendente: el que se autodenomina «el hombre de letras más oscuro de Norteamérica» habla de sí mismo en tercera persona y declara que el Autor no ha escrito movido por el amortiguado reconocimiento del Público, sino por el mero placer de la escritura: va de la contemplación a la fantasía y se regodea en el lenguaje, en la creación de estampas que convierten estos cuentos en extrañísimos apuntes costumbristas. El adjetivo extrañísimos surge de la perspectiva desde la que se narra, de esa perspectiva lábil que puede —o no— ser la del mismo Hawthorne: si bien lo identificamos con la voz narrativa de “La jornada de un portazguero” —Hawthorne fue empleado de aduanas—, cuesta mucho más asimilarlo a la mano que, en “El paseo de Annie”, coge a la pequeña y la lleva, sin permiso de su madre, de paseo por la ciudad: el retrato se enturbia por la inquietud que genera la identidad de ese raptor provisional quizá perverso o quizá mero paseante que quiere dar gusto a una niña regalándole dulces... La mejor metáfora sobre el punto de vista es la que da lugar a “El velo negro del pastor”: el velo negro del contemplador coloca un velo negro sobre cada uno de los rostros contemplados...
Pero ese problema —quiero decir ‘ese hallazgo’— con el punto de vista se acentúa cuando Hawthorne se remonta a la época de los puritanos para presentarlos como intolerantes torturadores —el despiadado entusiasta es el epíteto con el que califica a Endicott en “El palo de mayo de Merry Mount”— y al mismo tiempo como venerables padres de la patria. Las escenas de crueldad de “Endicott y la cruz roja” ponen los pelos de punta y dan la impresión de que, detrás de esa cadencia panfletaria de la que se ha acusado al autor de Salem, una voz estuviera diciendo «arrepentíos de vuestras brutalidades y de vuestros pecados: en la construcción de esta nación se derramaron litros y litros de sangre humana»... Desde lo pequeño se intuye la truculencia y las manchas que deja la Historia, los sacrificios y la crueldad de las metamorfosis, la complejidad del mosaico ideológico y sentimental, sus recomposiciones y claroscuros, y todo ello en un tono amable que —el propio Hawthorne lo confiesa— es así porque trata de respetar la imagen que de él se tiene: es tal vez la máscara de su máscara o el cumplimiento anticipado de la consigna vonnegutiana de que uno acaba siendo lo que parece ser. Sin renunciar al orgullo nacional, Hawthorne, sobrino de uno de los jueces de Salem involucrados en los terribles procesos, experimenta la culpa y una cerval desconfianza hacia el fanatismo: de ahí quizá proviene su sensibilidad hacia las mujeres, cabeza de turco de las represiones ortodoxas; ahí podemos ubicar La letra escarlata, la belleza de la adolescente pagana que purgará sus culpas en el ya citado “El palo de mayo de Merry Mount” o a la quebradiza Martha Pearson de “La boda entre los shakers”, un maravilloso relato en el que el autor ratifica sus reticencias contra toda forma extrema de religiosidad, a menudo representada en sus cuentos por las costumbres de sectas milenaristas como los shakers o los cuáqueros. La mirada femenina parece más sensible frente a la injusticia antinatural surgida de los preceptos del poder religioso, moral y político —los tres al mismo tiempo—, que la vanidad satisfecha de ciertos hombres que han alcanzado sus metas y pierden la capacidad de amar con las puntas de los dedos y con el corazón.
Estos Cuentos contados dos veces se caracterizan por la potencia visual de su escenas —Esther Dudley y sus desfiles de difuntos, las viruelas que comen la cara de Eleanore en “Las leyendas de la casa provincial”, la enfermedad y la decrepitud del esposo en “El pimpollo de Edgar Fane” o el baile de los viejos rejuvenecidos en “El experimento del doctor Heidegger”— y recogen relatos inclasificables en el mejor de los sentidos: alegorías como “David Swan”, “La visión de la fuente” o “El baúl de pinturas de la fantasía”; historias perturbadoras, pre-kafkianas y pre-absurdas como “Los siete vagabundos” o “Un chorro de la bomba de la ciudad”; cuentos nocturnales como “La bella doncella de blanco” o cuentos de toda la vida como “El tesoro de Peter Goldthwaite”, en el que, entre un halo de ternura y patetismo, un hombre roe como un ratón el interior de su casa a la búsqueda de un ilusorio tesoro: el concepto del ahorro se opone al del dinero imprevisto, el trabajo a la fortuna, haciendo cristalizar una ética protestante en la que el mayor pecado es la ingenuidad de los sueños y de aspirar a utopías que no nos permiten ver que la felicidad está justo delante de nuestras narices (“El destino triple”). Sorprende la preocupación, temprana y subliminalmente metaliteraria, de “Wakefield” —el auténtico cuento contado dos veces—, de “La catástrofe del señor Higginbotham” o de “Los retratos proféticos”: la ficción o la representación interfieren en la vida, la construyen, en la misma medida en que la vida retorna a las narraciones y a los simulacros artísticos. Hay que destacar el humor, negro como la pez, de “Gravillas de un cincel”: la conyugalidad feliz, la impiedad, la riqueza o la pobreza, calcifican en las opciones estéticas de la muerte, en la elección del monumento funerario. En la misma página, una muchacha tontamente ríe porque no sabe cómo reaccionar ante la muerte repentina de su gemela: es el toque de siniestra humanidad de Hawthorne, un observador que conmueve con detalles minuciosamente pintados que acentúan las legítimas pretensiones aleccionadoras de un género —el relato— cuyo origen apunta precisamente en esa dirección.
Hawthorne comienza a menudo sus cuentos con entusiasmo exclamativo, los deja fluir y los cierra con un portazo moralizante a través del que expresa la conciencia de sí mismo como artista; apabulla al lector actual con las reflexiones de un prefacio en el que, además de poner de manifiesto el valor de los discursos superpuestos a la literatura y del espacio de recepción como elementos configuradores del significado, incluye perlas como ésta: «... que un libro no provoque críticas severas es un síntoma sospechoso de alguna deficiencia en su componente popular». Piénselo dos veces de la misma manera que son contados estos cuentos a los que, a la fuerza, hay que prestar atención.

miércoles, diciembre 05, 2007

La divisa de la torre, Antonio Pereira

Alianza, Madrid, 2007. 256 pp. 17 €

Ignacio Sanz

El caso del cuentista Antonio Pereira es un caso raro, uno de esos casos que deja al descubierto las paradojas y lagunas de la crítica especializada. Nacido en Villafranca del Bierzo, en 1923, en una familia de ferreteros, vivió el periodo de su juventud creadora entre los juegos florales provincianos con ramo de flores y beso de la reina de las fiestas y el ambiente inquieto de ciertas revistas de vocación vanguardista y conspiradora. Se incorporó tarde a las publicaciones y lo hizo desde esa periferia invisible que es el mundo de provincia. Lo cual no le restó ya desde sus primeros libros un reconocimiento entusiasta de unos pocos lectores avisados. Su obra, tanto la poética como la narrativa, no fue nunca incluida en antologías. A los que vivíamos instalados en ese despiste general, nos extrañó encontrarnos a mediados de los ochenta con Pereira en El Filandón, la película de Chema Martín Sarmiento que, basada en una vieja tradición leonesa, lleva a la escena cinco historias de otros cinco escritores leoneses. Allí salían, protagonizando sus propias historias, Luis Mateo Díez, José María Merino, Juan Pedro Aparicio, Julio Llamazares y Antonio Pereira, padre, por edad, de los tres primeros y casi abuelo del cuarto y, desde luego, el más desconocido de todos.
Por suerte, desde aquella primera aparición pública, la figura de Pereira no ha hecho más que crecer y crecer ante mis ojos. En el otoño del 2006 participó en otro filandón con Luis Mateo, Merino y Aparicio dentro de los actos que el Hay Festival organiza en Segovia. El marco para aquella aparición fue la iglesia de San Juan de los Caballeros, hoy Museo Zuloaga. La amplia nave central estaba llena de público. En aquella iglesia Antonio Pereira nos llevó al cielo con el magisterio zumbón de su palabra. Recuerdo el entusiasmo de una señora que puesta en pie le gritaba: «¡Guapo, guapo, guapo!». Para entonces Pereira tenía 82 años y un cuerpo zurrado por los achaques, pero conservaba una lengua ágil y una cabeza en la que se concentraba toda la sabiduría narrativa de su tierra. Literalmente nos llevó al cielo con los recortes, las pausas, las elipsis. En definitiva con su temple de maestro.
Entre el filandón de la película y el filandón de San Juan de los Caballeros han pasado unos veinte años que han resultado fundamentales para que la obra de Pereira haya crecido en reconocimientos. Su libro de cuentos El síndrome de Estocolmo ganó el premio de la Real Academia; la colección Austral, tan clásica, sacó una antología con un prólogo concienzudo de Ricardo Gullón titulado “Cuentos para lectores cómplices”. Ganó poco después el prestigioso premio de narrativa Torrente Ballester con La ciudades del poniente; Mario Muchnik, que publicó aquel libro, sacó poco después una antología titulada Me gusta contar que va precedida de un decálogo donde se resume su sabiduría de narrador nato. También la clásica colección de pastas negras de Cátedra le hizo una antología titulada Recuento de invenciones. Con posterioridad salieron Los cuentos de la Cábila y hace unos meses La divisa en la torre, que motiva este comentario y que son los dos libros donde el arte narrativo del viejo maestro se depura hasta llegar al más redomado virtuosismo. Y, pese a todos estos reconocimientos, el nombre de Antonio Pereira no deja de ser un nombre periférico de nuestra literatura, ignorado por la inmensa mayoría. Mi admiración por él, me lleva a recomendarlo a lectores generalmente avisados que se quedan sorprendidos porque nunca han escuchado su nombre. Y es que reconozco que no es fácil entrar en su pequeño universo del Noroeste, que Pereira exige eso que él llama complicidad con el lector, es decir, estar en el secreto de ciertas claves narrativas para hacerlo tuyo y gozar con él a carcajada limpia, mejor a sonrisa permanente, rota de cuando en cuando por una sonora carcajada. Pero para ello es preciso haber interiorizado el tintineo de su música.
Siguiendo el esquema de Los cuentos de la Cábila donde hace materia narrativa de la memoria circunscribiéndose al periodo de la adolescencia, La divisa en la torre, podría ser considerado un libro de memorias hilvanadas con personajes. Se trata de 58 relatos casi siempre breves o muy breves, de dos o tres páginas en los que hace protagonistas a personas reales como Antonio Gamoneda, Cela, Pino, Juan Carlos Mestre, Amancio Prada, Antonio Linaje, Úrsula —su mujer—, personas a las que, distorsionando levemente la realidad, le confieres un halo poético con desenlaces desconcertantes.
Es ahí, en los desenlaces, donde el maestro Pereira resulta prodigioso, donde hace ese giro de muñeca de ciertos músicos de cuerda para sacar una nota que se sale del pentagrama. Ese giro de muñeca que conduce a la esfericidad, a la redondez de la que hablaba Cortázar. Pero, en el maestro berciano, con una economía de medios, con una depuración y con un ritmo verdaderamente prodigiosos.
Otra característica de estos cuentos memoriosos es el mundo metaliterario que recrean. Gracias a ellos descubrimos que en el ferretero berciano habitaba desde siempre un escritor empecinado por serlo, acaso un escritor lento, ceremonioso, pero un escritor que, cuento a cuento, poema a poema, ha construido una obra equiparable a una catedral. Por lo acogedora, por lo luminosa, por lo humanizada. Tan cercana a Cervantes o al mejor Monterroso. Además, yo diría que resultan imprescindibles para un escritor porque, de manera entreverada, se dan, aún sin querer, muchas lecciones de buen narrador. Léase, si no, el cuento titulado: “El soldado Basilio Losada”, en el que se rinde homenaje no sólo al catedrático gallego asentado en Barcelona, sino a otro escritor y narrador oral gallego magnífico como fue Carlos Casares.
Me he leído dos veces ya este último libro de Pereira. Como llevo leídas cuatro o cinco Los cuentos de la Cábila. Y es que, como dijera Menézdez Pidal de los romances, «nunca cansan». Así son los cuentos de Pereira, tan bien urdidos, tan llenos de claves, tan sutiles y depurados que, por mucho que los leamos, nunca cansan.

martes, diciembre 04, 2007

Los hombres invisibles, Mario Mendoza

Seix Barral, Barcelona, 2007. 304 pp. 18,50 €

Alejandro Luque

Aunque ya contaba con varios títulos de narrativa publicados, el colombiano Mario Mendoza se dio a conocer en España gracias al premio Biblioteca Breve que recayó, hace ya cinco años, sobre su novela Satanás. Esta obra, que no hace mucho conoció una versión para la pantalla grande, obtuvo en nuestro país una acogida más bien fría. En ella, Mendoza recreaba uno de los episodios más traumáticos de la historia bogotana, la matanza de Pozzeto, cuando un perturbado abrió fuego sobre los clientes de un popular restaurante. Y lo hacía con gran eficacia visual —dicho sea eludiendo el peyorativo ‘cinematográfica’—, con personajes sólidos y una notable agilidad, atributos que por lo visto fueron insuficientes para camelarse a los lectores de —esto sí suena peyorativo— la Madre Patria.
Cabe advertir que Mendoza no es un estilista. Nada que ver con los refinados orfebres de la prosa que tanto se han prodigado en el Cono Sur. Su tono no tiende al retablo plateresco, ni al pintoresquismo indigenista, lo que a estas alturas es muy de agradecer. Pero ha demostrado, eso sí, ser un buen contador de historias, capaz de envolver al lector con recursos bien administrados y argumentos sugerentes.
Ahora ve la luz Los hombres invisibles, la historia de Gerardo Montenegro, un actor honesto al que el suelo, de la noche a la mañana, se le hunde bajo los pies. En pocos meses lo pierde todo y emprende una huida hacia delante en pos de una mítica tribu perdida en la selva. Una exótica odisea en la que, como está mandado, lo más importante será el periplo, y no el destino. El relato se desarrolla así con su cuota de acción, su ración de carnalidad, algún episodio estrambótico y no pocas digresiones más o menos filosóficas, dejando como telón de fondo la feroz coyuntura colombiana.
El cambio de registro respecto a Satanás es notable. En ésta, la ficción venía atornillada a unos hechos reales, en tanto Los hombres invisibles apela a todo lo contrario: ahora se trata de recrear fantasías comunes a cualquier ciudadano común, incluso las que a priori nos resultan más temibles. A quién no le gustaría soltar todos los lastres cotidianos y escaparse, como Gauguin —a quien se invoca en repetidas ocasiones— Rimbaud, D.H. Lawrence o Artaud, al encuentro con la naturaleza en estado puro, o simplemente a la búsqueda de uno mismo. Quién no ha pensado, al menos en Colombia, qué haría si fuera víctima de un secuestro, y quién es capaz de negarse el derecho a soñar con algún comportamiento heroico. En un país que ha padecido sobredosis de realidad —en las librerías colombianas los testimonios reales, casi siempre muy duros, se tutean con las ficciones—, parece un ejercicio liberador tomar cierta distancia y ensayar un cierto equilibrio entre las pesadillas y los sueños.
Éstos son, a grandes trazos, los óptimos elementos sobre los cuales Mendoza articula su novela. No obstante, hay ciertos descuidos que perjudican el resultado final y malogran una historia que podría haber aspirado a más. Aunque el protagonista acumula argumentos para decir adiós a todo eso, el propio narrador no parece tenerlas todas consigo: «Suena descabellado, lo sé, casi inverosímil...», dice en un pasaje. Y un poco más adelante: «No sé si ustedes alguna vez han soñado...». Esta duda de tener convencido y sujeto al lector o de haberle dejado escapar sobrevuela buena parte del libro. A ratos se manifiesta mediante una voz demasiado insistente, otras veces se nota que el autor ha querido aliviarse, resolver los propios escollos de la trama con mañas de oficio; que lo tiene, pero no siempre basta con eso. Son pecados que comportan doble condena cuando sabemos que Mendoza pertenece a una generación de narradores latinoamericanos brillante, y que ocupa en ella un lugar destacado. La indulgencia se reserva para los principiantes, y el bogotano ya no lo es: la fibra, el nervio indudable de su talento, deben lucir con la máxima exigencia y sin concesiones. Personalmente, deseo leer pronto Cobro de sangre para reafirmarme en esta convicción.

lunes, diciembre 03, 2007

París tres, Aloma Rodríguez

Xordica, Zaragoza, 2007. 136 pp. 12 €

Juan Marqués

No hace falta haber leído mucho para haber leído muchos libros que transcurren en París. La mitología sobre esa ciudad lleva siglos funcionando, y la han convertido en el epicentro de muchas cosas, y, particularmente, en un escenario predilecto para pintores, escritores o cineastas. Después el arte, haciendo el camino de vuelta, ha condicionado la vida de los que crecieron viendo esos cuadros, leyendo esas páginas, admirando esas películas. De uno de los personajes de la última novela del extraordinario escritor suizo Urs Widmer, se dice que «A París fue porque todo el mundo tenía que vivir una temporada en París» (El libro de mi padre, Barcelona, Salamandra, 2oo6, p. 46), y en esa exageración hubo y hay una verdad. París ha sido el destino anhelado por generaciones enteras de poetas, fotógrafos o músicos, en varios momentos de los doscientos últimos años, y eso hace que, al menos en cierto sentido, lo siga siendo de vez en cuando, sin necesidad de ser demasiado mitómano, esnob o infantil.
También los escritores españoles han sido atraídos por esa ciudad, primero fascinados por su bohemia y su color (y allí están, entre muchos ejemplos, el París de Ramón Gómez de la Serna, el Aquí París de Pío Baroja, o el ya desmitificador París de José Gutiérrez-Solana que va a ser inminentemente publicado en La Veleta), o después, en algunos tristes casos, obligados por el exilio (o por razones muy diferentes e indeterminadas, como César González-Ruano, según acaba de recordar —y fantasear— José Carlos Llop en su curiosa ficción París: suite 1940). Saltando las décadas, han pasado sólo cuatro años desde que Enrique Vila-Matas narró sus recuerdos de su huida a esa ciudad en París no se acaba nunca, y hace unos meses nos llegó la particular crónica que el zaragozano José María Conget hizo de su estancia de un año en París en Pont de l'Alma. Ambas narraciones contenían ya suficiente desenfado y aversión por la solemnidad como para comprobar que “la ciudad del amor” comenzaba a ser vista y narrada ya con un tono muy diferente, poco sumiso a las leyendas y a la tontería.
Es en esta estela donde puede leerse París tres, la novela con la que la también zaragozana Aloma Rodríguez irrumpe en el mundo literario, y, concretamente, en una magnífica editorial, Xordica, que ya ha acogido a muchos de los mejores escritores aragoneses de estos años (los jóvenes Julio José Ordovás, Daniel Gascón, Ismael Grasa o Cristina Grande, junto a autores consagrados como José Antonio Labordeta, Javier Tomeo, el propio Conget o, muy recientemente, Ignacio Martínez de Pisón) y que merecería ser mucho más conocida en el ámbito nacional (e incluso más allá).
París tres es, sin duda, una novela. El que la protagonista se parezca tanto a la autora, y el que, al parecer, el origen de esta narración está en un blog que fue escribiendo Rodríguez durante su año de beca Erasmus en París, no la convierten en un diario, aunque se aprovechen bien algunos recursos de ese género. Es una crónica íntima, pero no se la está contando a sí misma sino a nosotros, con una curiosa y muy lograda mezcla de exhibicionismo y humildad.
Hay momentos de una sencillez preciosa («Estoy nerviosa y Barreiros tiene sed. Él me abraza y yo le doy agua», se lee en la página 23, en lo que podría ser, tal como está, un delicadísimo y maravilloso poema zen) e incluso emocionantes, como en ese impagable capítulo (el “Setenta y ocho”) en el que, tras telefonear a su padre para felicitarle su cumpleaños, la voz narrativa comienza a contarnos con detalle lo que va a ocurrir en la cena familiar en el restaurante, eso que aún no ha sucedido y ella no va a presenciar, pero que ya imagina desde la distancia y el cariño, añorándolos desde su nueva vida.
Se trata de una novela muy fácil de leer, lo cual, lejos de lo que alguien pudiera pensar, es otro mérito de la autora, y ni quiere decir que sea simple ni implica que haya sido también fácil de escribir. Más bien se aprecia todo el trabajo que hay detrás de estas 130 páginas. Trabajo de detectar las cosas que se quieren contar y, después, trabajo de contarlas, y de contarlas bien, sin trampas, sin pedantería, sin inflación. Aloma Rodríguez se muestra especialmente brillante en los finales, en los cierres de muchos de los noventa y ocho pequeños capítulos, al rematarlos con breves párrafos o líneas sugerentes que establecen una complicidad muy intensa, y donde se descarga buena parte de la calidad lírica que contiene el libro. Después de un complicado y fatigoso viaje en coche, por ejemplo, termina escribiendo que «En casa, bajo la persiana y cierro la cortina. El sol está a punto de salir» (p. 114) y entonces uno se siente cansado pero protegido, como en su propia casa. O qué fácil es compartir la limpia intimidad doméstica de la que se nos hace partícipes para completar el capítulo “Setenta y uno”: «Estamos semidesnudos encima de la alfombra. Me pongo encima de él y le pregunto si tiene hambre». (p. 96).
Los que tengan hambre de buenos libros harán bien en dedicar un par de horas a éste, donde la ternura gana la batalla a la frivolidad, la juventud a la inercia, el trabajo a la improvisación. París tres es una pequeña y sorprendente delicia. Un debut tan deslumbrante y libre como sus últimas palabras.