viernes, noviembre 30, 2007

365 pingüinos, Jean-Luc Fromental / Joëlle Jolivet

Trad. Miguel Ángel Mendo. Kókinos, Madrid, 2007. 48 pp. 15 €

Care Santos

Todos los que somos padres o madres sabemos lo difícil que resulta al final de la jornada sentarse paciente y tiernamente a explicarle un cuento a tu hijo. No es que no sea algo precioso, es que el pase del espectáculo nos pilla demasiado agotados para disfrutarlo bien. Sin embargo, los dividendos de esa actividad son tan altos que nos animan a seguir haciéndolo. Y, sospecho, serán más altos aún a medida que los pequeños lectores —por ahora sólo oyentes— vayan creciendo y formando su gusto. En ese sentido, el hijo del crítico de literatura infantil y juvenil es un lector privilegiado: tiene tantos títulos a su alcance que casi no le da tiempo a catarlos todos. Por otra parte, no siempre el papel de la crítica-lectora-mamá es tan gratificante como quiero hacer(me) creer en estas líneas: hay veces que, teniendo en su estantería la estupenda obra de varios premios Andersen y media docena de premios nacionales de literatura infantil, pudiendo elegir entre un sinnúmero de álbumes ilustrados de excelente calidad, los pequeños se deciden por el cuento comprado en la tienda de baratijas de la esquina por unos abuelos con más buena intención que gusto literario. En fin, la vida de madre es así: no siempre estamos todos a la altura. Ni siquiera los libros.
Sin embargo, toda madre sabe, con sólo echar un vistazo al título elegido, si va a ser o no del gusto de su vástago. Por aquello tan manido y tan cierto de que les conoces como si les hubieras... Yo supe que estos 365 Pingüinos iban a ser los reyes del mambo en casa desde que tropecé con ellos en la mesa de novedades de una gran librería. Y por eso mismo los adopté.
La historia, además, es muy propicia a ese símil: un mensajero llega un buen día a casa de una familia normal —padre, mare y dos hijos— trayendo un paquete misterioso. Una vez abierto, el paquete resulta ser un pingüino. La familia lo adopta como mascota. Los niños son felices alimentando a ese amigo inesperado y exótico. Pero al día siguiente llega otro pingüino, y al tercero otro, y al cuatro otro más, y así uno cada día hasta que al cabo de la primera semana la familia ya tiene siete pingüinos que cuidar y alimentar. De momento, es divertido: los niños les buscan nombres, como si fueran mascotas normales. Pero la cosa continúa. A final de mes ya hay treinta pingüinos. A los dos meses ya no hay quien soporte tanto pingüino suelto por la casa (59 en total, porque el mes era febrero). Hay que ordenarlos y el padre se encarga (¿hay aquí guiños a Ikea y su diábolico plan ordenalotodo en que todos hemos caído? Tal vez). De hecho, el número de pingüinos se sigue incrementando a razón de uno por día a lo largo de todo un año hasta que serán 365 los pingüinos a quienes hay que cuidar, ordenar o alimentar. Claro, ya nadie lo encuentra tan divertido. Sobretodo cuando los animalitos toman la ducha o se ponen a hacer ruido todos al mismo tiempo. Eso sin contar que el calor les pone nerviosos o que comen 2,5 kilos de pescado cada uno al día (a 3 euros el kilo multiplicado por 365 arroja una fortuna que arruinaría a cualquier familia). En resumen: la situación es insostenible hasta que la noche de fin de año llega el tío Víctor-Emilio, activo ecologista, y les explica por qué ha sido el causante de tal overbooking pingüinil.
La plaga de pingüinos que invade estas páginas hará reír a los niños, pero también a los adultos. En el fondo, es literatura del absurdo de la buena, expresada con medios sencillos —dibujos a tres tintas, de trazos contundentes, un texto mínimo, claro y humorístico— y grandes dosis de imaginación. Por supuesto, hay mensaje, pero también éste es triunfador: las nuevas generaciones están muy concienciadas de su papel de salvadores de un planeta que nosotros, sus padres, hemos contribuido a estropear, y se identifican con facilidad con el mensaje ecologista, que además les entusiasma. Por último, la historia se cierra sobre sí misma volviendo al inicio de un modo sorprendente. Un relato circular y, a la vez, un libro redondo.

jueves, noviembre 29, 2007

Los príncipes valientes, Javier Pérez Andújar

Tusquets, Barcelona, 2007. 233 pp. 17 €

Marta Sanz

En estos tiempos que corren y de los que todos somos responsables, es muy difícil no renunciar a la poesía y conseguir publicar una novela; crear una atmósfera de tristeza y de melancolía sin abrumar al lector; dibujar el contorno de la nostalgia y no caer en el reaccionarismo.
Estos son tres de los logros fundamentales de Javier Pérez Andújar en Los príncipes valientes: a través de una voz narrativa que hablando del pasado se proyecta hacia el futuro, una voz de niño viejo que reflexiona sobre el crecimiento y sobre la infancia de una forma tan sesgada e impresionista e impresionable como la que los niños adoptan para pensar el tiempo, el espacio y sus objetos, se perfila un momento de la Historia que, para muchos de nosotros, es familiar y hace que nos nazcan una sonrisa y a la vez cierta sensación de pérdida. Todo lo que nos cuenta Pérez Andújar parece lejano, lejanísimo, y sin embargo, en la memoria de la cada uno, son imágenes que parecían archivadas a la vuelta de la esquina: el sonido de las máquinas de bolas, de los flippers, cuando te tocaba la lotería, ese sonido sordo que te llenaba de felicidad; las peripecias de Kojak o del teniente Colombo —he echado mucho de menos a McMillan y esposa con aquella pizpireta Susan Saint James, pero es cada quien excava su propio túnel del tiempo y su propio recuerdo de las manchas de los papeles pintados y a lo mejor es verdad que ser un chico o una chica marca una diferencia importante—, las series de la tele de los setenta a partir de las que Pérez Andújar lleva a cabo una vivisección que puede resultar cómica en su detallismo y en su penetración exegética, pero que es un ejemplo de praxis metodológica de los cultural studies y de cómo la cultura, entendida en una acepción no precisamente elitista o clásica, la cultura como nutrición e hidrato de carbono, forma parte de nuestra manera de mirar o de gesticular y, por eso, la producción y el consumo de sus objetos han de ser responsables, porque los carga el diablo y se asimilan a nivel celular como el alcohol, el tabaco y los centollos. Pérez Andújar nos devuelve la emoción de conseguir un tebeo, leerlo, releerlo y manosearlo, el disfrute de las estampas en páginas alternas de las Joyas Literarias Juveniles; el olor de las obras, el barrizal, los hitos urbanos donde se inventaban los juegos y se celebraban esos actos de secreto y liturgia en los que cada niño es un oficiante; nos devuelve los primeros amigos y las primeras amigas; todo lo que no se sabe y al ser desvelado preña de sentido lo demás; las confusiones creativas, un poco mágicas, entre los nombres que nos sirven para conocer el mundo...
Porque ésta es, ante todo, la novela de la infancia de un escritor que, en sus orígenes, coloca las palabras por encima de la realidad y hace descubrimientos a partir de la creencia de que las casualidades no existen en el lenguaje y a partir de las similitudes entre el apellido Verne y la palabra más repetida en El cuervo de Poe, never, o entre el apellido Moro, del padre de la utopía, y el famoso doctor Moreau de H.G. Wells... La novela de un escritor que se sabe un escritor de palabras y de atmósferas por encima de las tramas, y que con sus palabras y su cadencia irrenunciablemente poética, es capaz de narrar sobre esa delgada línea en la que resulta difícil separar la acción de las descripciones: los ambientes impregnan a los personajes que se ponen en movimiento y, a su vez, cada movimiento de un personaje es un modo de acercarse a su descripción. La posible identificación con el personaje-narrador-autor de Pérez Andújar no es sólo generacional, nostálgica y territorialmente reconocible, sino acaso universal, compartida por cada escritor del planeta, en esa fascinación por las palabras, en su capacidad de conjuro, en el misterio y el deseo permanentes de apropiárselas y redescubrirlas, personalizarlas para confeccionar un diccionario y una sintaxis —pero sobre todo un diccionario— para ver mejor, ampliar el mundo, trepanarlo, iluminarlo, comprenderlo... Al final, el gran acierto de esta novela consiste en que cuestiona un prejuicio, un estereotipo asociado a la escritura y a la personalidad de los escritores: ni debe haber culpa por el enamoramiento hacia las formas del lenguaje ni esas formas del lenguaje se desvinculan de cada biografía y de cada opción ideológica. Es más: son una opción ideológica, las volutas del verbo, la metáfora, la textura de los nombres...
Hay en estas páginas una forma bellísima e implícita de la mala conciencia: la que confronta el crecimiento libresco, el egotismo infantil, el universo cerrado de las relaciones entre los mejores amigos en la niñez, la música de las palabras que se van acumulando en el léxico íntimo, con las tortillas de patata que la madre cocina para llevar a la cárcel, con los encierros clandestinos de un padre comprometido con la clase obrera y la lucha antifranquista, con un pasado rural que no es sólo el espacio idílico recreado por un madre narradora sino también un punto de oscuridad, represión, crueldad, carencia y guerra: una de las razones que da sentido a casi todo en la vida de un personaje que construye su identidad por lo que lee, por lo que ve, por lo que escucha, pero también por la clase social y el bando del que proviene. Lo uno no borra lo otro: ni Colombo ni Verne ni Poe ni los ciclistas de la vuelta a España anestesian la costra de la Historia, el peso y la raíz de cada biografía. Al final, la contradicción es una falacia que el narrador desmonta con la facilidad de su lenguaje poético: De vuelta al final de esa tarde, de nuevo en nuestra casa, aovillado, recogido en el sofá, al calor palpitante de mi madre, que no deja de pasar pespuntes, coser, hilvanar, cortar retales, para ayudar en el hogar, y dejándome llevar con ella por lo que dan en televisión, y sintiéndome, a pesar de todo este parapeto, más frágil de lo que nunca me había visto, voy a descubrir en ese momento que toda ideología necesita una literatura, y con un gesto de afirmación concentraré toda mi curiosidad en la pantalla del televisor queriendo impregnarme frenéticamente de la literatura, de las frases, de las palabras de las cosas y de los rostros que van apareciendo en la obra Paradox, una dramatización de la novela de Pío Baroja, que esa misma noche voy a pedir impaciente como regalo de Reyes, con fanatismo de niño que se ha prometido hacerse escritor para serle fiel a su paisaje, a su ideología.
Un libro bellísimo, imprevisible y, pese a las apariencias, desmitificador, que no nos debemos perder.

miércoles, noviembre 28, 2007

Una gravedad alegre. Antología de poesía latinoamericana al siglo XXI, Armando Romero (ed.)

Difácil, Valladolid, 2007. 416 pp. 20 €

José Manuel de la Huerga

El poeta y profesor colombiano Armando Romero se ha atrevido a saltar dentro del jardín de las antologías poéticas. Y lo que es tan estimulante o más, un pequeño editor español le ha secundado en la ingente labor de reunir las voces de nada menos que 58 poetas latinoamericanos. El jardín antológico ocupa las voces de poetas del continente americano, nacidos a partir de 1940, hasta un último nacido en 1977. Aunque el dato puede resultarnos engañoso, porque sólo dos de toda la troupe lírica han nacido después de 1970. El grueso del pelotón pertenece a las décadas de los 40, 50 y 60 del pasado siglo.
Me refería antes al tema del jardín, porque como todos sabemos cada vez que una antología, sobre todo de poetas, irrumpe, con su poco o mucho ruido mediático, en su acotado pero intenso mercado editorial, las voces de los descontentos, los que no están, los claros y evidentes ausentes, no tardan en hacerse notar. Nuestra patente ignorancia sobre la poesía latinoamericana de las últimas décadas nos sirve de coraza para pasar sobre ese tema de puntillas y daremos por bien cerrada en la selección dicha antología, si nos atenemos al artículo primero de la constitución de los antólogos: sólo el gusto personal es el que guía la presencia o ausencia de uno u otro autor.
El antólogo Armando Romero, no obstante, no quiere dejar pasar en las primeras páginas de su introducción cierta pulla contra una antología anterior de poetas de ambos lados del Atlántico. Dice Romero a ese respecto: «Porque los poetas latinoamericanos no son islas, y menos extrañas: son el rostro presente, claro, de un continente multifacético, multiforme.» Es evidente la referencia a la antología “Las ínsulas extrañas” editada hace cinco años y que tuvo tanta resonancia como silencios significativos. En cualquier caso, antólogos-poetas tienen todo el derecho del mundo a mostrar pública o privadamente sus filias y fobias. Porque, entre otras razones, en el fondo, son estas pequeñas turbulencias las que terminan moviendo un poco el agua estancada (podrida a veces) de los estanques de estos jardines privados, subvencionados ( no pocas veces) con fondos públicos.
Pero no es menos cierto que lo que termina contando al final es si las voces impresas en el libro se sostienen en el presente inmediato y apuntan a la perpetuidad codiciada por cualquier creador de la palabra. Presiento (y habla aquí el lector que se atiene al primer artículo de la constitución de los lectores no especializados: sólo el gusto personal es el que guía el regreso a la relectura de uno o varios poemas/poetas de un libro) que un puñado no despreciable de los autores presentes en esta antología seguirán resonando durante bastante tiempo en la memoria de los lectores de ambos lados del Atlántico. No mencionaré mis preferencias para que sea cada lector quien marque con el lapicero del recuerdo aquellos poetas a los que a partir de esta antología estará más atento.
Porque ésa y no otra creo que es la función de una antología, y especialmente de ésta: presentarse en sociedad, y en este caso, en la sociedad de este lado del Atlántico, tan propensa a vivir de espaldas a los creadores latinoamericanos, subyugados como estamos por los brillos engañosos venidos de la vieja Europa, de Estados Unidos o, peor aún, encantados de regodearnos en la propia autocomplacencia autonómica.
La antología del profesor Romero es suficientemente amplia como para concitar el encuentro de diferentes voces, sensibilidades y quehaceres poéticos, resultando así, en palabras del autor, «un continuo entrecruzamiento de direcciones poéticas», rico en el mestizaje de voces y, por tanto, estimulante. Sólo los muy atentos al devenir poético de los países de habla hispana de los últimos cincuenta años sabrían mencionar una media docena de poetas señeros que dejarán perenne prueba de su trabajo. Y no iríamos mucho más allá si ampliáramos la solicitud a todo el fascinante siglo XX. Los más aplicados nos hablarían de Rubén Darío, Martí, Huidobro, Vallejo, Neruda, Lezama, Borges y Paz. Pero no iríamos mucho más allá ni en conocimiento profundo de estos autores ni tampoco, por extenso, en otras voces que enriquecieran todo ese panorama multiforme. La introducción de Armando Romero, aunque sucinta, es esclarecedora a este respecto. Acompaña con claridad al despistado para que entronque la labor de los poetas nacidos en el medio siglo americano con sus padres naturales en la poesía, no otros que los anteriormente mencionados.
Nada o poco teníamos presentes a los “nadaístas” colombianos, al grupo “El techo de la ballena” venezolano, a los “tzántzicos” ecuatorianos. Pero en estos grupos y otros más dispersos por la geografía de América del Sur han germinado las voces más personales y auténticas de los últimas promociones poéticas. Los saludamos, ahora antologados, con interés y voluntad de identificación perdurable.
La justificación en la elección del corte generacional de los 40 no parece despreciable. Según el antólogo, estos poetas empiezan a hacerse visibles en los años 60, momento de combustión social, política y cultural en América y en el resto del mundo. Toda la antología está recorrida por un constante denominador común: la exigencia, alta, de poetas que hacen de la tradición poética y de la palabra su referente incuestionable. De esta manera establecen su obra en el diálogo continuo con la tradición que viene desde el Modernismo americano a la modernidad actual y a su propia voz. Con los lectores de este lado del océano quiero compartir un pensamiento último: si alguien desea comprobar la versatilidad de la lengua española, su riqueza idiomática, la variedad en el universo de referencias entre los diferentes países de lengua española, no dude en acudir a estas páginas que muy bien pueden servirle como termómetro ajustado que da cuenta de las últimas décadas creativas en la poesía hispanoamericana que mira hacia la perdurabilidad en el siglo XXI. No les defraudará buscarse unas cuantas galas y disfraces en este variopinto baúl de voces y miradas. La cena está servida.

martes, noviembre 27, 2007

Camino de Sirga, Jesús Moncada

Trad. Joaquín Jordá. Anagrama, Barcelona, 2007. 336 pp. 9 €

José Morella

Una familiar mía, mujer de edad avanzada, me contó que su primer novio se alistó en el bando nacional y se fue del pueblo. Más tarde ella se enteró de que había “deshonrado” a la hija de un teniente fascista y había tenido que casarse. Pero lo que yo he dicho de un modo lacónico ella lo estuvo explicando durante horas: su discurso se iba desdevanando en otras líneas secundarias, en otros personajes, en detalles y descripciones, en otra gente cuyas historias tapaban a la principal hasta el punto de que ya no parecía la principal. Ese es el tono de Camino de sirga. Cuando la lees, además del placer de tener en las manos una novela deliciosa, sientes una enorme envidia por las horas, por las tardes enteras que Jesús Moncada pasó conversando con los vecinos de la antigua Mequinenza para reconstruir los hechos que, desdibujados pero tal vez por ello más verdaderos, se desarrollaron en el pueblo desde inicios del siglo XIX hasta que quedó sepultado bajo las aguas, convertido en un montón de pecios de la memoria en el fondo del pantano de Riba-Roja. Moncada asimila con una humildad que le engrandece el estilo narrativo de la gente de la calle, y lo lleva a la novela de manera que al lector le parece estar conversando con una especie de manantial de voces que brota del corazón mismo del pueblo. Es en este sentido que pienso que Moncada es el novelista social por excelencia. Es el novelista de la gente, no solo porque la representa sino porque es creado, como autor, por la gente misma. Me resulta imposible no sentirlo como un amigo, como alguien con quien querría hablar y con quien, de algún modo, he hablado.
Camino de sirga está cargado de historias geniales, a veces llenas de un humor sutil y poético gracias al contraste con la profundidad trágica de los hechos, y otras veces con un humor más gamberro y ácido: al referirse, por ejemplo, al provincianismo de los dueños de las minas, o a la beatería necia y el proceder pacato y ciego de las autoridades franquistas. Uno, gracias a esta conversación transpuesta en literatura que Moncada le deja escuchar, se entera de todo: por ejemplo de que nadie en Mequinenza quería que ninguna de las dos guerras mundiales terminase, puesto que con ellas las minas rugían de actividad y el pueblo se enriquecía; se oyen los ecos que llegan, casi inaudibles dada la distancia pero no por ello menos impactantes, de los campos de concentración nazis; el lector toma nota de las luchas entre los maquis y la guardia civil, de los amores no correspondidos entre la gente de todas las clases sociales, de los rencores, las traiciones, los odios, las miserias de los poderosos y las mentiras que los patriarcas han de decir para que nadie sepa cómo se enriquecieron... Cualquier parafraseo es inútil. Mejor salgan sin más demora para la librería.
La Mequinenza del texto está poblada de multitud de personajes, pero queremos pararnos en uno: el navegante Arquimedes Quintana, que representa la tercera España porque antepone a cualquier fe ciega en un credo político la valentía de una vida vivida sin hacerse trampas a uno mismo. Si no de qué manera podemos entender el gesto —antibelicista sin duda— de un vehemente republicano que cada año paga una misa en el pueblo por la salvación eterna de un musulmán que él mismo mató en la batalla de Tetuán. Arquimedes Quintana nunca habría quemado una iglesia, pero su figura mítica de navegante y referente moral del pueblo generaba temor en muchos cicateros burgueses de doble moral que, en el fondo, deseaban con todas sus fuerzas que fuera fulminada al instante cualquier tipo de movilización obrera. No todos, por supuesto. La novela no es en absoluto maniquea y están recogidas todas las actitudes de las distintas clases sociales.
Arquimedes Quintana es uno de los personajes más conmovedores y sólidos que he leído: basa su fuerza en la entereza de tantos ciudadanos reales parecidos a él, insobornables, esparcidos por todos los pueblos de España, en todas las Mequinenzas de la memoria, a los que Moncada rinde homenaje. Este personaje, entre otros, quita la razón a aquellos que abren debates estériles sobre si se ha escrito o no una gran novela de la Guerra Civil. Por supuesto que se ha escrito. Hay dos —aunque ambas abarcan un periodo histórico más amplio que la guerra misma: Camino de sirga y —sobre todo— La plaza del diamante, de Mercè Rodoreda, la gran novelista peninsular del siglo XX, autora que merece una atención inmensamente mayor de la que se le da. Camino de Sirga, además, contaba con la gran dificultad de ser escrita desde los confines de la marginalidad lingüística y cultural, dado el carácter fronterizo de Mequinenza: pertenece administrativamente a Aragón pero se habla catalán. De hecho, a Moncada tuvieron que sugerirle, cuando ya había empezado a escribir en castellano, que su lengua materna también podía ser un vehículo literario. Él ni se atrevía. Quién le iba a decir que le traducirían al vietnamita o al japonés. Aunque pagó con creces su apuesta difícil como narrador: ¿cómo es posible que al autor de una novela traducida a más de quince lenguas no le diera para vivir de su trabajo literario?
La verdadera muerte, parece decir Moncada, es el olvido. Mequinenza es muchas cosas, es una metáfora de la memoria misma engullida por el río del olvido, el Leteo que aquí es la confluencia del Ebro y el Segre. En otro título suyo habla de “estremida” memoria, memoria estremecida y movediza, no definitiva, nunca igual a sí misma, cambiada a cada golpe de recuerdo. Es la memoria de un hombre intentando reconstruir en su mente dónde estaban los negocios, las casas, las calles que fueron demolidas en Mequinenza. Con la demolición y la mudanza al nuevo pueblo van apareciendo en la calle, salidos de dentro de las casas, objetos que ya nadie recordaba que tenía. La memoria se remueve. Se desentierran historias que se vuelven sorprendentes novedades: ataúdes no usados que acabaron siendo baúles llenos de cebollas, espejos que han visto verdades que no veremos, restos de antiguos coches de lujo, cañones guardados desde guerras antiguas...
Mequinenza sirve también de imagen de las ruinas de la República inundadas por el franquismo; un pueblo de navegantes y mineros que funciona como trasunto poético del tiempo perdido de la libertad. Un oasis en lo gris, un oasis hecho de impurezas auténticas como las voces de la gente, de historias que fluyen y se multiplican y al final se pierden como las de la gente.

lunes, noviembre 26, 2007

El séptimo sentido, Kurt Diemberger

Trad: Ana Duque e Isabel Galera. Desnivel, Madrid, 2007. 384 pp. 24 €

Alberto Luque Cortina

El 3 de junio de 1950 Maurice Herzog y Louis Lachenal se convirtieron, con permiso de Mallory, en los primeros hombres en coronar un ochomil al hollar la cima del Annapurna, de 8.091 metros de altura, en Nepal. La ascensión de Herzog, y su no menos mítico descenso, culminaba los esfuerzos de un grupo creciente de montañeros –y de gobiernos–, en su mayoría europeos, que desde el primer cuarto del siglo XX habían puesto sus ojos en los catorce ochomiles del planeta, todos ellos en las cordilleras del Himalaya y del Karakorum. Esta carrera, comparable a la conquista de los polos, alcanzaría un nuevo clímax mediático con la ascensión en 1953 del Everest (8.848 m) por el neozelandés Edmund Hillary y el sherpa Tenzing Norgay.
La “conquista” de las cumbres asiáticas dio lugar a una nueva generación de alpinistas, o más exactamente himalayistas, entre los que se encuentra el austriaco Kurt Diemberger (1932), quien tiene el privilegio de haber realizado las primeras ascensiones del Broad Peak (8.047 m) en 1957 y del Dhaulagiri (8.167 m) en 1960. Aunque estos dos hitos históricos le sitúan en el olimpo de la alta montaña, su figura siempre ha estado a la sombra de los grandes nombres como Maurice Herzog, Walter Bonatti, Hermann Buhl o Reinhold Messner, etc. De alguna manera Diemberger fue el secundario de lujo de la «revolución himalayista», uno de los grandes de la historia del montañismo pero sin el carisma mediático de los anteriores.
Muchas cosas han cambiado desde que Buhl y Diemberger hicieran cima en el Broad Peak, hace ahora cincuenta años: los avances tecnológicos han atraído hasta esos lugares a numerosos diletantes con gruesas cuentas bancarias; al mismo tiempo, los escaladores de raza han radicalizado su forma de enfrentarse a las altas cumbres, rechazando el uso indiscriminado de oxígeno y porteadores. También ha cambiado la mentalidad de muchos alpinistas que plantean sus expediciones de modo que resulten atractivas a posibles patrocinadores bajo la fórmula del «más alto, más rápido, más peligroso, más dramático». Este hecho no puede soslayarse: el mundo de la montaña está rodeado por la mística de la épica, del sacrificio, la superación personal, y también, de la tragedia. Las montañas se cuentan por sus metros y sus muertos. Es significativo que el último gran éxito de la última década haya sido Mal de altura (Ediciones B, 2001), de John Krakauer, que narra la fatídica expedición «comercial» al Everest de 1996, en la que cinco montañeros perdieron la vida. El propio Diemberger fue el protagonista involuntario de la tragedia del K2, en 1986, cuando cinco montañeros murieron en esa montaña mágica y terrible. En un doloroso intento de purificación escribió K2. El nudo infinito (Desnivel, 2004), donde cuenta aquellos terribles hechos.
Ahora, muchos años después, Diemberger regresa con El séptimo sentido, un libro lleno de vida y de recuerdos que se acerca más a su autobiografía Entre cero y ocho mil metros (Desnivel, 1995) que a K2. El nudo infinito, por su carácter retrospectivo y el tono vitalista de la obra. A través de veintiún capítulos Diemberger repasa sus vivencias como montañero y escalador. Están, claro, las grandes cumbres himaláyicas y algunos episodios bien conocidos, como la muerte de Hermann Buhl en el Chogolisa (7.654 m) y algunas referencias al desastre del K2, pero también otros hechos más amables, como sus primeras experiencias senderistas, su aprendizaje alpino o la ascensión a algunas cimas «menores». Estas otras experiencias no pasarán a los anales de la escalada, pero ¿son realmente «menores»? El autor se empeña en demostrar lo contrario. De alguna manera El séptimo sentido podría resumirse en los versos de Schiller que Diemberger cita oportunamente: «Lo que te puede ofrecer un solo instante / no hay eternidad que te lo devuelva». Estas palabras encierran una interesante propuesta de vida: disfruta del momento y llévalo hasta el final, ya sea en el Tíbet o en Pirineos. Afortunadamente, las emociones carecen de un altímetro que las clasifique; las cifras, después de todo, sólo dan información pero no reportan placer (salvo en el caso de las mencionadas cuentas bancarias).
Este libro narra algunos de esos momentos inolvidables para el autor, a veces sobrecogedores, otros sencillos y aparentemente intrascendentes, como una excursión por el campo. Es precisamente en la descripción de esos episodios «menores» donde se encuentran los pasajes más atractivos y esclarecedores. Quizá la prosa de Diemberger carezca de la eficacia narrativa de Krakauer, de la vivacidad de Joe Simpson, o del magnetismo místico de Messner, pero hay en su escritura a veces un tanto desmadejada un poso de honestidad y de verdad sencilla que la engrandece. Para Diemberger, el séptimo sentido en la alta montaña es aquél que se impone a los otros seis en los momentos decisivos, el sentido que llama a seguir adelante cuando todo te dice «regresa». Posiblemente existan otras metáforas más brillantes de la vida, pero a mí me gusta esta, la que se construye a través de pequeños y en apariencia insignificantes, mas poderosos en su trascendencia, destellos de voluntad.