viernes, septiembre 28, 2007

Tu rostro mañana 3: Veneno y sombra y adiós, Javier Marías

Madrid, Alfaguara, 2007. 712 pp. 22,50 €

Juan Marqués

Uno es de los que ha dedicado algunas de las mejores horas de este verano a releer con gusto y cuidado las dos primeras entregas de Tu rostro mañana, sabiendo que este nuevo curso literario comenzaría con su desenlace. Y ahora que se ha hecho público, se puede afirmar que la espera ha merecido la pena, aunque tal vez no con todo el entusiasmo que esperábamos y querríamos. Acaso sea un problema de expectativas: deseábamos que se rematara una obra maestra, y al final todo ha quedado en una novela apasionante y, en más de un sentido, extraordinaria, así que en ningún caso puede haber queja.
Parece demostrado que el mejor Javier Marías es el meditativo, el que reflexiona o aun divaga sobre determinados temas, y mejor cuanto más abstractos (los arranques de las tres entregas, por ejemplo, son dignos de ovación). Parecía que esta última parte iba a contener más páginas “ensayísticas” (concretamente sobre la guerra, el odio, la crueldad, el mal en la Historia) pero en realidad trae tanta o más acción que cualquiera de las precedentes, y ése es un terreno en el que el autor se mueve con menos acierto. Hay sin embargo —y otra vez— sendas conversaciones entre el protagonista y su padre, y entre aquél y su anciano amigo Peter Wheeler, y esas páginas son sin duda las más altas de la novela, donde Marías demuestra su enorme talento de narrador capaz de pensar con enorme profundidad y elegancia, y de emocionar sin ningún atisbo de sensiblería. La bondad inteligente del padre (que tejía los momentos más inolvidables de Baile y sueño) aparece aquí en presente, ya que en esta entrega Deza narra una intensa escapada a Madrid. Y también es presente (y tiene igualmente carácter de despedida definitiva) el encuentro, de vuelta a Inglaterra, con Wheeler, que casi cierra la novela, elevándola para siempre.
Pero para llegar a esas páginas hay que atravesar, no sin recurrir a veces a la paciencia, episodios que parecerían más trepidantes pero que a mí me resultan mucho más aburridos, y además inflados, alargados excesivamente sin razones claras para ello. Tampoco acierta Marías cuando pretende ser gracioso, y sobre todo cuando se desahoga repartiendo pullas (o incluso insultos) a diestro y siniestro (y conste que a menudo comparto sus opiniones, su leve pesimismo, su sensación de extrañeza..., especialmente en lo que respecta a la sociedad española). Toda la humildad, el respeto y el cariño con el que escucha y trata a Wheeler y al anciano Deza, se convierten en indisimulada aversión al enfrentarse a la mayor parte de sus contemporáneos. Si en las anteriores entregas atacaba de frente —aunque sin nombrarlos— al Andrés Trapiello de Las armas y las letras o al Javier Cercas de Soldados de Salamina, ahora arremete, con mayor o menor intensidad (y con mayor o menor razón), contra los raperos («cuantos se dedican a canturrear con gesticulaciones esas monsergas sin gracia ni mérito» —p. 286—), los hombres que llevan sandalias o pantalones cortos o sombrero o coleta..., los católicos, los últimos alcaldes de Madrid, los carteros, Iberia, el ABC y The Sun, ciertas formas de feminismo, o contra los escritores que publican diarios e incluso quienes los leemos (que seríamos «incautos o muy mezquinos y vacuos» —p. 260—). Por el contrario, se le va la mano a la hora de alabar a su amigo Francisco Rico en el cameo que éste protagoniza, donde leemos adjetivos y alabanzas extremas y continuas que (por mucho que Rico las merezca, y aunque puedan ser fruto de bromas privadas) Marías no perdonaría en una obra ajena. Así Rico sería «hombre de gran saber», «bien vestido y calzado», «muy notable», «admirable», «una de nuestras máximas autoridades literarias», «gran lumbrera», «Profesor egregio», «hombre eximio», «prestigioso», «famoso erudito», «era distinguida su mano y su puño de la camisa muy fino», «parecía de esos hombres que no soportan tener la cabeza inactiva», «su saber era inmensurable» y «debía de vivir muy harto de la ignorancia circundante, debía de maldecir sin pausa haber nacido en esta época iletrada por la que sentiría un desprecio enorme». Todo eso en unas pocas páginas (282-297). (Y por cierto que, aunque aquel profesor Del Diestro que aparecía en Todas las almas estaba basado en Rico —según explicó Marías en su maravillosa Negra espalda del tiempo—, no es la misma persona o el mismo personaje, ya que en esta novela Deza no conoce personalmente a Rico, y en aquélla lo veíamos conversar con Del Diestro en una discoteca. No es éste el único guiño a pasadas novelas de Marías. También se recita aquí el “estribillo” o ritornello shakesperiano de Mañana en la batalla piensa en mí —p. 466— (novela a la que también se alude, con complicidad, en la página 154), o hay referencias a Juan Ranz y su mujer Luisa, protagonistas de Corazón tan blanco y de algunos cuentos del autor —p. 369—).
Por otra parte, se diría que la condición de “novela por entregas” de Tu rostro mañana le ha jugado a su autor alguna mala pasada, algún pequeño y no importante error de cálculo. Hay asuntos que no parece que se hayan acabado de desarrollar (el caso de Incompara, el personaje del vecino bailarín...) y otros que directamente ha decidido no acometer (esa prometedora conversación sobre episodios bélicos en Constantinopla y Tánger que Tupra le anunciaba a Deza en los últimos párrafos de Baile y sueño, por ejemplo... ¿O es que podemos encontrar las noticias sobre aquellas guerras en algunos de los libros de la editorial Reino de Redonda, que dirige Marías —como en el excelente La caída de Constantinopla 1453 de Sir Steven Runciman?—...).
Antes de llegar a la ultima línea de la novela (que remite a un inspirado momento del comienzo de Fiebre y lanza —pp. 61-62—: un premio a los lectores con buena memoria, o a quienes releen), se deja abierta la posibilidad de futuras continuaciones, bajo la forma de una mirada amenazante por parte de un personaje que se incorpora a la novela en esta última entrega (aunque en las anteriores el protagonista temía o sospechaba su existencia). Marías lleva años advirtiendo que se va a tomar un buen descanso como narrador, si es que alguna vez vuelve a escribir novelas, pero esa desasosegante imagen (que es casi pictórica o cinematográfica: un hombre con aspecto de mosquetero mirando a alguien con odio mientras tranquiliza a un caballo) deja lugar a una esperanza que esperamos que se cumpla. Javier Marías es uno de esos novelistas a los que uno no querría renunciar nunca, porque sus textos siempre traen emoción, reflexiones lúcidas o sublimes, miradas desengañadas e hipercríticas sobre nuestro mundo. Los pequeños detalles que nos puedan irritar de su a menudo irritado estilo, quedan compensados por su calidad, por su pausado y tan personal ritmo, por las exigencias que impone al lector (aunque sus novelas no sean exactamente de lectura difícil). Leer a Marías siempre enriquece, siempre enseña, siempre ayuda a pensar. Confiemos en que podamos saber cómo será su escritura mañana.

jueves, septiembre 27, 2007

La carretera, Cormac McCarthy

Trad. Luis Murillo Fort. Mondadori, Barcelona, 2007. 210 pp. 18,90 €

José Morella

La película Código 46, de Michael Winterbottom, dibuja un futuro no muy lejano en el que la fecundación artificial generalizada hace que mucha gente tenga el mismo código genético. La ley prohíbe que dos personas con el mismo código procreen. Por esa razón, cuando los dos protagonistas, fatídicamente, se enamoran, la policía le inyecta a la chica una sustancia “anti-él”, que la hace alérgica a su enamorado. En cuanto el tipo se le acerca, ella tiene espasmos y dolores horribles. Entonces ella le pide que la ate a la cama, porque está tan enamorada y es tan orgullosa que quiere estar con él a cualquier precio. Así que él la ata y hacen el amor, y al principio la chica grita de dolor, pero poco a poco los gemidos de dolor se van confundiendo con los de placer y el espectador ya no sabe muy bien qué le pasa a la chica. Y entonces uno piensa: oye, ¿no es esto lo que ocurre siempre, en realidad, con el amor? ¿No es este dolor y placer al mismo tiempo, esta hiriente contradicción, lo que define a las más auténticas relaciones de pareja de nuestro tiempo y de todos los tiempos? ¿No es esto lo que Lorca quería decir en Bodas de Sangre cuando escribió: «¡Te quiero! ¡Aparta!»?
Eso distingue la buena ciencia ficción de la mala: la capacidad de darte armas para pensarte a ti mismo y a tu mundo desde fuera de ti mismo y de tu mundo. Cormac McCarthy lo hace, como Winterbottom. Sólo que mejor.
Cuando La carretera empieza, el mundo ya no existe: los animales se han extinguido. Solo hay frío, ceniza, una luz muy tenue y muy breve, casas abandonadas a los lados de la carretera y algunas personas con las que los dos protagonistas, un padre y su hijo pequeño, no quieren encontrarse para que no los maten y se los coman. Porque en estas condiciones tan difíciles para la vida ha resurgido el canibalismo. También está todo plagado de cadáveres que no se pudren, sino que parecen irse momificando. La madre del chico y mujer del hombre se quitó la vida cuando vio el percal. El texto es la filmación del espectáculo de las cosas cesando de ser. Es un Macondo inverso; si en Macondo una etiqueta escrita acompañaba a cada objeto para inaugurarlo, aquí las palabras se borran hasta no distinguirse. Se clausura en lugar de inaugurar. La ceniza que lo envuelve todo es, en realidad, un correlato paisajístico del olvido.
El texto de McCarthy no es sólo un certero aviso ecologista. También nos habla de nuestro pasado y nuestro presente. Por ejemplo, del holocausto. Durante muchas páginas uno tiene la sensación de que los personajes pasan por experiencias que uno ya ha leído antes en otros personajes, en otras novelas y películas, pero lo que más impacta es darse cuenta, finalmente, de que los «personajes» son personas, y que la historia fue real, la de los campos de concentración. Ratificas tu sensación cuando McCarthy usa explícitamente la palabra deathcamp. En un momento de la novela, el padre se dice a sí mismo: You will not face the truth (No encararás la verdad). Lo dice en el estilo de los diez mandamientos, en futuro imperfecto, como «no matarás» o «no desearás a la mujer del prójimo», de manera que no sabemos si está enunciando su propia debilidad (no tendrás fuerzas, al final, de encarar la verdad) o si es una especie de orden divina, una sentencia sagrada. Porque este es uno de los temas clave, si no el más importante, de la novela: cómo encarar —o no— la verdad. Por eso recuerda a los prisioneros de un campo de concentración nazi, y quien dice campo nazi dice gulag ruso o Guantánamo yanqui. Sobrevivir a la verdad insoportable. Ese tema no es el de una horrible distopía futura, sino el tema de toda la Historia de la humanidad. La ética y el mal. Lo curioso es que, en el futuro que se dibuja aquí, el campo de concentración no es un adentro, sino un afuera. El mundo mismo es el campo. No es un interior, sino la imposibilidad de un interior. El psiquiatra Victor Frankl, sobreviviente judío de los campos, escribió sobre ello en su obra El hombre en busca de sentido, y creó la Logoterapia basándose en sus propias experiencias. Frankl concluye que incluso en un ámbito en el que nada parece ya tener sentido, ciertas personas tienen posibilidades de sobrevivir: las que luchan por encontrar un sentido interior y lo encuentran. La actitud del padre y del hijo en La carretera es un ejemplo tierno y desgarrador de ello, a la altura del de un Maksymilian Kolbe o una Anna Frank, salvo que estos no eran personajes de ficción ni, por desgracia, pudieron sobrevivir a pesar de encontrar un sentido interior. Resulta increíble cómo la ficción y la realidad se retroalimentan: la historia de Anna Frank es una de las “novelas” más leídas que existen.
McCarthy es una maestro de lo circular: el padre le dice al hijo que tienen que “transportar el fuego”, de la misma manera que en la película de Jean Jacques Annaud En busca del fuego lo llevaban los hombres prehistóricos. Todo vuelve. La civilización empieza y termina igual: transportando fuego. Del mismo modo, los muertos no se pudren sino que quedan intactos en la misma posición en la que murieron: sentados tomando café, por ejemplo; cosa que en nuestro imaginario colectivo solo puede aludir al desastre de Pompeya. Todo vuelve. Más anecdótico, pero también curioso, es pensar en el título, The Road, y en otro título mítico, On the Road, el de la novela de Kerouac. Lo que ha hecho McCarthy eligiendo ese título es como si un escritor colombiano llamara a su novela Cien segundos de soledad. Es aludir voluntariamente a un clásico de su literatura. Cuando los de la generación Beat recorrían su carretera, McCarthy era un chiquillo. Pero lo que ellos abrían, la posibilidad de recorrer una arteria viva del mundo, esa carretera que rompía los moldes sociales y les permitía escapar de lo convencional, McCarthy lo cierra. La carretera es ahora lo único que hay y está muriéndose. El mundo entero está reducido a esa carretera, y ya no hay adónde escapar. La arteria se secará del todo. La vida se secará, dice McCarthy. Ya no se podrá estar «en» la carretera como algo distinto a estar “en” otro lugar, porque la carretera es el mundo y el infierno, y no hay otro lugar. Ya no hay “en”: por eso On the Road se acorta en The Road.
Pero tras crear un mundo en el que la única salida parece el suicidio, McCarthy tiene la capacidad que sólo los mejores tienen. Llevarnos a algún lugar a los lectores, pobrecitos de nosotros, que pululamos por encima de las páginas como un personaje más, gesticulando, pidiendo por favor —¡por favor!— que la cosa no termine como imaginamos. Danos algo, decimos, danos un punto de luz. Una ligera posibilidad de, una rendija para. Mendigamos cualquier cosa. Y McCarthy nos escucha. Nos da algo que no nos reconcilia de manera fácil con nosotros mismos, pero que tampoco nos hunde en la miseria total. Un final, en definitiva, de obra maestra. McCarthy exprime su trama mínima, la retuerce como una toalla húmeda hasta hacerle rezumar goterones de poesía límpida, profunda, llena de una honestidad existencial a la que ningún lector puede quedar inmune. Esas gotas bastan para empaparte de poesía. Te quedas chorreando poesía, y luego vas encharcándolo todo torpemente, llamando a tus amigos y a tu familia, hablando con tus vecinos, con tus compañeros de trabajo: recomendándola.

miércoles, septiembre 26, 2007

Lo que ya no recuerdo y otros cuentos, Valeria Parrella

Trad.: Romana Baena Bradaschia. Siruela, Madrid, 2007. 112 pp. 14’90 €

José Gutiérrez Román

La persona que me regaló este libro me dijo que lo eligió al azar, movida por una intuición. Y acertó de lleno, pues ha sido una de las lecturas que más he disfrutado en los últimos meses.
Lo que ya no recuerdo y otros cuentos encierra una selección de cinco relatos pertenecientes a los dos libros publicados por esta joven autora, con los que ha conseguido el “Premio Campiello Ópera Prima” 2004 y ser finalista del prestigioso “Premio Strega” en 2005. Aparte de esto, poco sabemos de Valeria Parrella (Nápoles, 1974), o quizá mucho si atendemos a su narrativa, que la define como una de las voces más sugerentes y prometedoras de la literatura italiana actual. En este primer volumen de su obra en español sus editores han optado por seleccionar varios relatos que tienen como nexo de unión el hecho de transcurrir en Nápoles. Al desconocer el resto de su obra no podemos juzgar si hubiera sido más acertado publicar alguno de sus libros completo, pero sí estar seguros de que los cinco cuentos aquí presentados gozan de una calidad indudable.
Parrella nos habla de la complejidad de las historias sencillas, de las familias y sus mecanismos internos, de la soledad, del amor en minúsculas, del autoengaño, de las personas que se desesperan y se ilusionan, o sea, de nosotros mismos. Y todo ello envuelto en el marco de una ciudad tan apasionante y desconcertante como es Nápoles. Se puede decir que ella es un personaje más, pues de soslayo aparece en todos los relatos. Es ese aliento invisible de la camorra, el de la degradación, las drogas y la piratería de todo tipo, el de una ciudad que tiene dos caras perfectamente encajadas para no mirarse la una a la otra. Pero también es el aire popular y festivo de los barrios humildes, la religiosidad mezclada con la superstición, la sonrisa y la determinación ante la desgracia.
En el cuento que da título al libro, la protagonista narra su deseo iniciado ya en la niñez de llevar una vida sencilla, lejos de las proyecciones megalómanas de sus padres. “Montecarlo” es uno de esos relatos que dicen todo de manera subliminal, mientras nos sumerge en la especulación inmobiliaria y las tramas políticas, y a su vez en la soledad de una mujer empeñada en luchar contra los elementos. “La carrera” habla del asesinato de un hombre y de las consecuencias positivas y negativas que supondrá en la vida de su esposa. Mateo es el protagonista de “Siddharta”, un joven que trabaja en una imprenta donde se realizan copias piratas de libros y que no es capaz de tomar las riendas de su vida y hacer lo que realmente le gusta. “p.G.R.” es el último y el más brillante de todos los relatos, en él una treintañera en plena crisis nos muestra los entresijos de lo que ha sido su vida hasta ese momento: una historia familiar condicionada por una madre con la que no se entiende, la sensación de haber sido expulsada del «tercer mundo» de la periferia que la vio crecer y, a la vez, el desencanto de no pertenecer a un grupo social superior. Este cuento ejemplifica también el desengaño y la frustración de muchos jóvenes relegados por el mercado laboral a puestos para los que no les hacía falta haber pasado por la universidad. Con un fino sentido del humor, Parrella plasma ese estado de apatía vital en el que nos “damos cuenta de que nos estamos traicionando a nosotros mismos”. Pero lo mejor de este libro es, sin duda, su estilo: esa mezcla de concisión, agilidad narrativa y la cuidada psicología de los personajes que logran envolver al lector en cada uno de los relatos.
Seguro que adivinan cuál va ser uno de los próximos libros que regale.


martes, septiembre 25, 2007

Gozoso extravío, Antonio Tudela Sancho

Multiversa, Valladolid, 2007. 156 pp. 12 €

José Manuel de la Huerga

La locura y sus límites difusos, que tanto placer lector han dado a los letraheridos de este lado de la realidad literaria, es el tema elegido por Antonio Tudela para su opera prima en narrativa. Tudela ya había publicado varios títulos en el género del ensayo, pero con Gozoso extravío presenta su pasaporte, completo y ambicioso, para el territorio de la ficción. El autor nos entrega una novela corta, en tono de comedia ligera, donde se ponen en tela de juicio viejos y nuevos tratamientos de algunas escuelas psiquiátricas muy conocidas en el pasado siglo. Dos modelos de terapia (uno horizontal y democrático, asambleario, traído por los pelos por el uruguayo Glussac, aunque paseado por el París lacaniano, y otro desmitificador del diálogo con el enfermo y dependiente de la medicación intravenosa eficaz, auspiciado por el todopoderoso doctor Leandro Martín Rubio) se someten a revisión por los ojos enajenados de dos pacientes residentes en Quinta Chicharra: Evaristo Hidalgo, insigne latinista y abogado, y Casimiro Gorospegui, inquietante especialista de la obra de Gonzalo Suárez. En fin, la pareja imprescindible para jugosos diálogos delirantes.
La nouvelle comienza con un golpe de estado al achacoso doctor Carmona, último seguidor de Glussac, el uruguayo fundador de Quinta Chicharra, ese beatífico reducto en medio de ninguna parte, con su generoso espacio verde que se convertirá en marco de los paseos de Evaristo y Casimiro. La propuesta no puede ser más sugerente: la investigación, supuestamente demenciada, de la teoría de la conspiración. ¿De qué manera accedió al poder Martín Rubio, largando, y con qué modos, al viejo Carmona que a los pocos días fue “emotivamente” enterrado en una colina de Quinta Chicharra? Y ahí tenemos a Evaristo que, con la connivencia de las Sombras, visita la habitación del difunto Carmona. O a Casimiro que en uno de los paseos melancólicos con su inseparable Evaristo a limpiar la lápida de su doctor venerado, le confiesa al amigo sus terribles averiguaciones, eso sí, por métodos paranormales. Escenas ambas, divertidas y entrañables al mismo tiempo entre todas las que componen la narración.
La novela está certeramente estructurada, los personajes bien perfilados, con una sólida historia a sus espaldas, apenas en unas páginas esbozada, de manera que la obra resulta bien proporcionada en la fórmula de información, argumentación y desarrollo de la pequeña intriga. Creo que no se le puede pedir mucho más a una primera novela, no exenta en algún caso de excesos verbales, pero que a la postre no desentonan en el acento general “rioplatense” de inteligente ironía que impregna todas las páginas.
Pero lo que a mi juicio muestra mejor el savoir faire del autor es ese permanente deslizamiento entre los dos territorios (realidad y ficción, cordura y locura) que mantiene al lector en constante vela de actitudes, frases y silencios de, vamos a decirlo, los dos bandos de la obra: los buenos locos y los ambiciosos médicos del presente, frente a los alocados doctores del pasado. La voz de Laura que percute en la conciencia de Evaristo y de la que el lector es consciente por la habilidad del escritor nos da en buena medida la dosis exacta de cómo se puede sostener un estado de inquietante vigilia por el camino, muy poco practicado por otros narradores, de la sugerencia y la contención. Unos sólidos conocimientos en materia de filosofía, lenguas y literaturas clásicas hacen el resto de un mosaico compuesto con la habilidad de quien no quiere desvelar nunca esa verdad terrible que acucia, de un lado y otro, a locos y cuerdos.
No quiero terminar la crítica sin dedicar unas palabras a la preciosa edición que la editorial Multiversa ha preparado, como viene siendo costumbre desde hace cuatro años. La regadera de lata que nos recibe en la portada de la obra habla del esmero, de la lectura atenta y cómplice que su editor, Rafa Vega, hace con todas las novelas, cuentos infantiles y ensayos que publica en sus tres colecciones, por el momento. Sólo deseo que ese anhelo de sacar a la luz pequeñas obras de arte, editadas con el mejor de los gustos, no naufrague en el proceloso mar del todo vale en edición de libros. Aunque en el caso de Rafa Vega doy fe de que esto es poco menos que imposible.

lunes, septiembre 24, 2007

Leyendas de Bécquer, varios autores

451, Madrid, 2007. 233 pp. 13,50 €

Pedro M. Domene

Un loable intento para difundir nuestros clásicos es el que está llevando a cabo el reciente sello 451 Editores, con ediciones de ¡Mio Cid!, Lazarillo de Tormes, Leyendas de Bécquer y Tragedias griegas, hasta el momento. Propósito que, evidentemente, siempre hay que celebrar, pero sobre todo si se trata de nombres de la trascendencia de Gustavo Adolfo Bécquer, un autor que, como señala Lorenzo Silva —responsable de la edición de esta especie de «Bécquer revisado»— perdura porque su lenguaje es exquisito, su capacidad de sugerir y suscitar emociones, inmensa, y su intuición del misterio, el dolor y el mal, extraordinaria. La propuesta de Leyendas de Bécquer, un Bécquer reloaded, siguiendo la definición de Silva, es captar, en esencia, el espíritu de los originales, capaz de trascender a la actualidad, en una especie de diálogo apasionado entre generaciones de narradores tan distantes. Los autores seleccionados Elia Barceló, Juan Bonilla, Carlos Castán, Fernando Marías, Marta Sanz, Juan Bas, Mercedes Abad y el propio Lorenzo Silva, componen una nómina lo suficiente atractiva como para garantizar el éxito de una antología puesto que, según el deseo del editor, de eso se trata. Casi todos los autores, exceptuando Barceló, Marías y Sanz, han publicado algún libro de relatos, algunos casi con dedicación exclusiva, y lo que se pretende de ellos, al menos así puede imaginarlo un lector interesado, es que sus textos, actualicen al autor sevillano, partiendo, eso sí, de premisas semejantes, incluida la atmósfera y la historia a contar.
Diversos estudiosos han valorado la trascendencia literaria de este puñado de historias que, Baquero Goyanes calificaba de «modélicas narraciones en prosa en las cuales la poesía brota no sólo de un lenguaje cuidado, musical, colorista, sino también, de la belleza de sus temas». Y, aún añade el especialista que «el secreto de estas leyendas estaría situando a idéntico nivel la calidad de su prosa y su valor como forja de un mundo poético». En este mismo sentido, aunque con una profundidad poética mayor, Luis Cernuda, con una aguda distinción puntualizaba que, «paralelamente a como aproxima el verso a la prosa, trata también de acercar la prosa al verso, no para escribir una prosa poética, sino para hacer de la prosa instrumento efectivo de la poesía».
Merece la pena hacer un repaso de las leyendas escogidas, quizá las más efectistas y conocidas por su tema y tratamiento, porque, además, conviene resaltar los puntos de vista esgrimidos por estos autores y el resultado final. Los ojos verdes, vista la historia como la obsesiva visión de una irrealidad que magistralmente traslada Lorenzo Silva a una protagonista contemporánea, personificada en una prometedora ejecutiva con final trágico; El beso, con asombrosos elementos fantásticos, reconocibles por la habilidad de Elia Barceló para ambientar su relato en una funeraria a donde uno de los chicos sorprende a sus amigos, besando a una joven difunta; El Miserere, música y fantasía dominan en un relato que Juan Bonilla justifica sobre una perdida partitura del músico Ackerman para así reinventar una visión miserere del mundo; La promesa, los amores de Margarita y Pedro que Carlos Castán traslada a una compañía de cómicos, con primer actor incluido que cumplirá, finalmente, su promesa; El Monte de las Ánimas, donde Alonso y Beatriz vuelven, en el cuento de Fernando Marías, a vivir un intenso amor, trasladado magistralmente a una actualidad convencional en la que la atmósfera persiste, aunque en esta ocasión con una Beatriz rendida a los pies de un Alonso altivo y casquivano; el no menos interesante y magistral Maese Pérez, el organista, o el espíritu del prodigioso músico ciego que Marta Sanz traslada al protagonismo de una joven que adquiere el compromiso de sustituir a su padre muerto, aunque con algunos sucesos no menos fantásticos que en la propia leyenda, con apariciones incluidas y una atmósfera creíble. Publicada como segunda leyenda, en el orden cronológico, por el escritor sevillano, La cruz del diablo, versa sobre el eterno concepto del mal, ese caballero a quien sus súbditos asesinan, pero regresa para volver a sus tropelías aunque finalmente es vencido con una oración de San Bartolomé; quizá la más fantástica de todas las historias reunidas que Juan Bas ensaya con lenguaje lo menos convencional posible; y, finalmente, La corza blanca, una de las más sutiles leyendas del andaluz universal, la transformación de una joven en corza blanca, tema muy europeo, y que Mercedes Abad pasea por Europa hasta una Ibiza turística, envuelta en el glamour de la isla y en una descarnada visión del mundo de las drogas, capaces de transformar a cualquier ser humano; una espléndida metáfora, quizá uno de los cuentos más conseguidos, adaptado en todas las posibilidades que ofrece la narración breve, la precisión, el tema y el lenguaje, tan medido con conseguido.
Nunca resulta fácil reinventar, trasladar ambientes, incluso personajes desde un original, si hablamos ciento treinta años después, incluso en literatura, aunque si es esencialmente posible porque algunos de estos autores contemporáneos han optado por una simple variación, otros han conservado la atmósfera y el espíritu y poco más, actualizando, de alguna forma, unas historias que no dejan de cautivar a quienes ven en Bécquer al representante de la mejor literatura europea del momento, discípulo del idealismo germánico de fondo que diferencia al sevillano del resto de los románticos españoles. Por aquellas y por estas leyendas, hay que decirlo, pervive una ardiente imaginación, un ansioso deseo de silencio y una no menos deseada soledad y, esto, es lo mejor que se puede afirmar del resultado final.