viernes, septiembre 14, 2007

Solo con invitación: Ernesto, Gusti / Lola Casas

RBA-Serres, Barcelona, 2007. 40 pp. 13 €

Alicia Soria

Debo confesar que elegí este libro porque me lo recomendó uno de los chicos más listos que conozco, y yo siempre atiendo a los consejos de los chicos listos: se llama Adrià, tiene cinco años y cada noche pide que le lean una historia. Adrià tiene buen gusto, un robusto criterio y mucha experiencia paladeando libros ilustrados. Por el momento no le preocupan demasiado la construcción de la estructura narrativa ni la elaboración de metáforas innovadoras, pero es capaz de sumergirse en una historia y comprender a cualquier personaje (incluso si es de una especie animal distinta a la suya). Además, es la única persona que conozco que puede recitarte un libro entero de corrido. En definitiva, sabe disfrutar de la lectura, a pesar de que aún le cueste leer por su cuenta.
Al escribir esta reseña, debía elegir entre hacerlo como le habría gustado a Adrià o como les gustaría a mis colegas. Ante tal disyuntiva, recordé una viñeta publicada en Saturday Review en la cual una niña menudilla indica a su padre, mientras él sostiene un cuento: «Muy bien, ahora vuelve a leerlo, pero esta vez pon más énfasis en el desarrollo de los personajes y un poco menos en la mecánica del argumento». Y ya no dudé más.
Ernesto es un león hambriento. ¡El rey de la sabana siente un hambre feroz! De modo que mira a su alrededor, arrogante y decidido. En torno a él todo es pura expectación. ¿Qué le apetece comer hoy al señor de los animales? ¿Una gacelita ligera y exquisita? ¿un sustancioso búfalo, con cuernos y todo? ¿O una girafa, tan rica y altísima? Ernesto, el gran cazador, los desestima uno a uno: no vale la pena empezar a correr por tan poca cosa... Hasta que descubre la presa perfecta. ¡Una cebra jugosa, sabrosa, tiernecita! El león se prepara para atrapar a su víctima... se siente ágil, se sabe valeroso... se aproxima a la deliciosa cebra y... ¡sorpresa! La leona llega para decirle que deje de hacer el tonto, que vaya a recoger a los cachorros y que de cazar... ¡ya se encargará ella!
Seguir página a página a Ernesto mientras recorre su rincón de la sabana es un magnífico juego lleno de hallazgos. Las ilustraciones, realizadas sobre papel madera, combinan la pintura y el collage, y nos proponen pasar las horas rastreando objetos: pájaros hechos con cáscaras de cacahuete, monos cuyos ojos son chapas de refresco, insectos-bisagra... Indiferentes a su condición de “objets trouvés”, los bichos vigilan con interés los movimientos del fiero león. ¡Les va la vida en ello! La tensión se mantiene hasta el desenlace: ¿se comerá el león a la cebra? ¿o saldrá ella corriendo? ¿qué merendará hoy Ernesto? El texto, escueto y preciso, va colocando en cada página los elementos del suspense. Sin prisas ni precipitación, nos expone la situación y nos encamina para atacarnos con un final imprevisto y completamente antiheroico. El mundo animal sirve como ejemplo para la vida cotidiana del lector, sin falsear el contexto ni forzar la moraleja. Probablemente, un moderno Jean de la Fontaine se habría complacido en esta historia.
Los autores, Lola Casas y Gusti, decidieron ya hace tiempo dedicar su tiempo y talento a los niños. Lola es profesora y escritora, y ha desarrollado una interesante carrera como poeta para lectores jóvenes. Con más de catorce libros, a unos cincuenta poemas en cada uno, se arriesga a repetirse algún día... Y sin embargo, sigue sin repetirse. Por su parte, Gusti ha desplegado a lo largo de su trayectoria como ilustrador un estilo en constante renovación, genuino e inimitable. Ha trabajado para distintos estudios de animación, y es creador de algunos famosos personajes de dibujos animados. En el mundo del libro, es autor de más de 25 obras, traducidas a varios idiomas, y ha recibido una buena parte de los premios más reputados del sector: el premio Lazarillo de Ilustración (en dos ocasiones), el premio Nacional de Ilustración, el Apel.les Mestres o el premio Junceda.
Una vez más, Adrià me ha dado un buen consejo. Ernesto me proporcionó humor, suspense, asombro... Conocí animales creados con tuercas, cielos hechos de papel arrugado. Estuve en la sabana y casi me como una cebra. En la vida de un niño no hay espacio para el tedio. En la del adulto, tampoco debería haberlo. Unos y otros disfrutarán enormemente con Ernesto.



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Gusti: «Lo que me interesa es disfrutar»

Hay aprendizaje en todos sitios, comenta Gusti mientras deja que su mirada corra en derredor. Acaba de mostrarme su admirable cuaderno de viajes, repleto de hermosos dibujos y bocetos tomados en lugares tan dispares como Quito o Collserola . Tan sólo se debe estar atento...

—Pero probablemente para mantener esa atención se ha de partir de una intensa curiosidad... ¿Tú haces un esfuerzo consciente para mantener ese interés infantil?
—Yo procuro trabajar de una manera espontánea y sin intención. Mi objetivo es disfrutar.

—En vista de tu prolífica obra, interpreto que ilustrar libros infantiles te proporciona buenas dosis de satisfacción...
— Sí, sí... ¡aunque hacer libros para niños es muy sagrado! Lo digo sin intención de santificarlo. Pero hay que tener en cuenta que crear libros para niños tiene una dimensión espiritual muy importante.

—Tu interés por esa dimensión ha tenido un peso notable en tu obra desde hace unos años. Tus viajes por Amazonia y tus experiencias en torno a la sabiduría tradicional y chamánica merecerían conversación a parte, desde luego. Pero también merece un momento de conversación tu interés por el mundo animal y su influjo en tus libros. Ernesto parece un buen ejemplo de ello...
—¡Claro! Los bichos tienen su espíritu, y cada especie tiene algo que contar. A mi me parece que en la evolución nosotros, los humanos, somos los más involucionados. Ernesto está dedicado a todos los felinos, y en especial al lince ibérico, que está en serio peligro de extinción, y dice algo así como que cada vez que desaparece un animal de la tierra un cachito de nosotros se va con ellos.

—A lo largo de tu trayectoria has recibido numerosas muestras de reconocimiento por parte del público y la crítica.¿Te anima eso a continuar creando libros infantiles, o añade a tu trabajo una carga de responsabilidad adicional?
—A mí lo que me interesa es disfrutar. Aunque me alegro de que me den un premio y me inviten a cenar. Pero me interesa mucho más el poder del niño, eso me motiva más. Yo soy un chico grande, y ahora estoy aprendiendo mucho de mi hijo Théo. Porque si te eligen para un premio y tienes que hacer un libro buenísimo, lo mejor es agenciarse un hijo de entre 7 y 8 años al que le guste dibujar...



Lola Casas: «Los niños huyen de la pedagogía»

«Yo me divierto muchísimo escribiendo para los niños» me explica mientras agita uno de sus libros, que ha traído a montones, «y eso es lo que quiero continuar haciendo: pasármelo bien».

—Gusti opina igual. Con razón Ernesto os salió tan gracioso...
— Sí, es importante trabajar con gente con la que te entiendas. Yo necesito trabajar en red, voy trazando una red de personas con las que comparto intereses y de ahí siempre salen cosas buenas. Gusti y yo ya hacía tiempo que hablábamos de trabajar juntos, pero la ocasión no surgió hasta que apareció Ernesto.

—Desde luego, partes de un conocimiento privilegiado del mundo infantil. ¿Cómo ha influido tu faceta de profesora en tu obra literaria?
— Yo he sido profesora de niños de todas las edades, y desde luego la convivencia diaria con ellos ayuda a comprender mejor sus gustos e intereses. Pero siempre he rehuido de la literatura pedagógica, no quiero que el afán por educar enturbie lo que escribo. De hecho, soy de la opinión de que los niños aprenden a pesar de los profesores: si no tuvieran maestros, también aprenderían. ¡Quizás hasta mejor!

—Sin embargo, Ernesto es un libro con mensaje...
—Es cierto, pero esquivamos la moralina. Los niños huyen de la pedagogía. Si quieres comunicarles una idea, debes hacerlo con grandes dosis de humor. ¡Y no sermonear bajo ningún concepto! El mensaje ya llegará a su destinatario... Algunas mujeres me han comentado que hicieron que sus maridos leyeran Ernesto. ¡Y por otra parte, hay niños de 18 meses que también lo están leyendo!

—¿Crees hay cierta propensión a moralizar al público infantil?
—Tenemos tendencia a educar a los niños entre algodones, e incluso escribimos para ellos en esos términos. Pero el mundo no es de algodón, así que no puedes hacer niños de azúcar, ni de cristal... ¡aunque tampoco de piedra! Es importante que los niños adquieran valor para vivir. Si nuestros libros ayudan un poco a eso... ¡perfecto!

—Es una suerte dar con un adulto que te guía en el mundo del libro cuando eres un niño. Seguro que muchos te quedarán agradecidos para siempre.
—Tal vez... Yo siempre les digo a los chavales que ser lector no es una obligación, sino un privilegio. Así que quien quiera disfrutar de él... ¡adelante!

jueves, septiembre 13, 2007

Los números oscuros, Clara Janés

Siruela, Madrid, 2007. 104 pp. 12,90 €

José Manuel de la Huerga

Oí cantar a Clara Janés en una lectura de poesía a finales de los ochenta. Yo era un estudiante de literatura aplicado y me apuntaba a cualquier asunto que tuviera que ver con la escritura, especialmente con la poesía. (A este respecto sostenía el añorado Ángel Crespo que cuando alguien tiene diecisiete años y escribe poesía, tiene diecisiete años, y que si cumple cuarenta años y escribe poesía —sigue escribiendo poesía—, es poeta. Que cada cual, yo mismo, extraiga sus consecuencias.) En un momento de su lectura, interesantísima porque en aquella ciudad de provincias vino la poeta y traductora a abrirme el camino del Este –otros poetas desconocidos, encerrados voluntariamente, de las hoy extintas repúblicas comunistas-, Clara Janés dijo que iba a cantar. Yo, e imagino que el resto de la no muy numerosa concurrencia, nos quedamos de piedra. Había que tener valor para cantar a capella, en aquel ambiente intelectual exquisito. Pero ella lo justificó maravillosamente. No era especialista, lo iba a intentar, a pesar de sus limitaciones. No obstante, una fuerza interior, poderosísima, la obligaba a cantar para rendirle a la poesía el tributo que se merecía. Algo así como un impuesto de portazgo, a las puertas de la ciudad de la creación. Lo relacionó, inevitablemente, con la esencia de la poesía, ritmo y música, con los mantras, con la mística de la repetición, con las enseñanzas de aquel poeta de la noche que fue Vladimir Holan, a quien ella visitó y de quien parece que aprendió esa rara manera de cantar.
La canción apenas tenía letra. O yo no la recuerdo. Eran modulaciones extrañas, como el canto de las ballenas piloto, de delfines debajo del agua. Bellísimo. Y la concurrencia pasó de un estado inicial de sorpresa al de arrobo y entrega absoluta. Fue como una oración que quedó en aire y lo impregnó todo de cadencias irrepetibles. Suelo tener mala memoria de las lecturas de escritores, me quedo apenas con una sensación, de interés, de aburrimiento, de bochorno... Pero la lectura de Clara Janés en la Casa de Cultura Revilla de Valladolid, repito que a finales de los ochenta, se me ha quedado grabada de una manera vivísima e imborrable. Aprovecho aquí para reconocer públicamente la deuda impagable que tenemos con Miguel Casado y Carlos Ortega, coordinadores de aquellos “Martes de poesía”, que nos pusieron en contacto con las mejores voces poéticas españolas de finales del siglo XX.
He comenzado esta crítica con la vivencia anterior para situar al lector en la lectura de una poeta exigente donde las haya, personalísima y con una voz inconfundible. Su poesía resulta de la decantación de la mística española y sufí, del orfismo, del simbolismo francés, del surrealismo, de la poesía árabe y eslava. Su palabra no nos dejará indiferentes y, como los raros perfumes, puede producirnos extrañeza en una primera aproximación, nunca indiferencia.
Los números oscuros es su última entrega. Es poesía que bebe de las fuentes anteriores y que avanza en el territorio pantanoso de la especulación: la matemática imaginal. Alguno se pondrá en guardia sobre propuesta tan arriesgada, pero déjenme explicarme. Todo al final se coloca en el espacio de la lógica poética, incluidas sus hermosas e imprescindibles paradojas. Escribe la poeta, con esa voz que viene de las sibilas y de los profetas: «Los números oscuros son cifra de lo incomunicable y a la vez ensanchan la propia visión.» El poeta-vate se adentra en la oscuridad del bosque, de lo desconocido, y de él extrae la luz, el agua. Pero es en la oscuridad de los números, de las cifras, donde debe adentrarse para traernos lo incomunicable, lo que vuela de los pentagramas, la música, el murmullo que canta, incomprensible en lo lógico, balbuceo germinal. Luego, sabremos más, después de leer el libro: algo que nos adhiere a la tierra y al agua, algo que nos disuelve en la vida, nos hace irrepetibles y nos olvide. Por eso la veta mística de Juan de la Cruz y de otros místicos europeos o asiáticos está presente y alienta en alguno de los pequeños textos, como un viejo arcano al que se vuelve: «Ya no tengo piel. Y, debajo, mi cuerpo se ha desvanecido. Tengo sólo tus ojos, Si cierras los párpados, muero.» Y poco después: «Cuando volví a abrir los párpados, me hallé despierta al abandono de los sentidos.»
Los poemas son textos breves en prosa, con una voz que se remonta a versículos sagrados de una religión muy antigua, la que pretende descubrir el secreto/tesoro de todo. Por eso es curioso que la voz de Clara Janés sea siempre asertiva, enunciativa, como una salmodia monocorde, apenas exclamativa y sólo en un par de veces interrogativa. Y digo que es curiosa la voz por atractiva, segura de su inseguridad, cuando lo más habitual es que el lenguaje especulativo matemático o científico se asiente en la duda como metáfora inicial, de la que partir. La voz de la poeta sólo se pregunta en uno de los textos clave: «¿Qué significa ahora el cofre negro sin sus números? ¿Qué llenará su fondo inabarcable?» Sin embargo, hay que recordar la antigua sentencia: un problema/poema que no tiene solución, no es un problema/poema. Y aquí, en Los números oscuros, la voz del poema nos aporta soluciones, oscuras sí, pero soluciones. De ahí, quizá, la ausencia de preguntas en el texto.
El lenguaje es austero, seco, ajustadísimo, pero muy sugerente. Al registro místico y de poesía hermética, de larga tradición simbolista, de la nada, el abismo, el abandono, la rosa, la infinitud, la música, el vuelo, la nieve y la luz, debemos solapar un lenguaje formalista de innegables referencias matemáticas: «Me dije: el cero ocupa el lugar de una potencia sin contenido, y hay en mí signos en espera que ocupan el de una o varias cifras por venir.»
Una vez más, Clara Janés se sitúa en el grupo de esos poetas fieles a su tradición y sin embargo siempre disconformes, insatisfechos, buscadores de nuevos registros que enriquezcan su voz personal y propongan otras metas a las que la poesía nunca puede ni debe renunciar, porque este encargo “oscuro” es inherente a su esencia.
Propongo su lectura, abierta, reposada, a aquel que busque algo distinto a las voces complacientes de lectura lineal y superficial a las que nos tenemos fácilmente acostumbrados. Estoy convencido que el lector que desconociera esta voz volverá a ella y se remontará en su corriente para encontrar las primeras fuentes de la autora.

miércoles, septiembre 12, 2007

La posada de las dos brujas y otros relatos, Joseph Conrad

Trad. Javier Alfaya y Barbara McShane. Alianza, Madrid, 2006. 165 pp. 6,25 €

Doménico Chiappe

Cuatro cuentos sobre los hombres de mar. “La posada de las dos brujas: un hallazgo”; “Juventud”; “El socio” y “Una avanzada del progreso”. Probetas de ensayo de lo que sería luego El corazón de las tinieblas, tanto por el tema como por la experimentación técnica que Conrad aplicó en estos textos cortos y que le sirvió para medir el ritmo de la narración. Anotaciones tomadas en cuenta y cálculos perfeccionados luego en la osada dosificación de la tensión.
Para la época en que Conrad escribió cada uno de estos relatos, ya era un maestro de la «sensación de que algo es inminente», como lo definió muchos años después Carver. En el texto que da nombre al libro, el narrador cuenta lo que leyó en un manuscrito de aspecto «aburrido», una historia donde dos hombres se admiran mutuamente, dos marineros, «lobos de mar». Un percance los detiene en tierra, y allí desaparece Tom Corbin. El señor Byrne no quiere creer que haya desaparecido como un ladrón, como apunta la evidencia y decide indagar qué pasó con su amigo, aun a riesgo de su propia vida. Intuye que la gente de la posada de Vizcaya, donde transcurre el relato, esconde el misterio y se dirige, solo, hasta allá.
En “Juventud”, Conrad cambia la voz. Un marinero ya viejo recuerda cuando navegó como segundo oficial, y lo ingenuo e incluso necio que era. La historia está llena de suspense: el viejo barco debe ser reparado una y otra vez y el capitán es un tozudo que pretende atravesar el océano como sea. Las ratas abandonan el barco cuando terminan de calafatearlo. Los marineros se burlan de la supuesta intuición de estos animales para saber cuándo naufragará un barco. Trasladan a las bodegas la carga, carbón, que ha sido llevada y traída una y otra vez, y zarpan. En altamar se inicia un incendio.
Los últimos dos son antecedentes más directos de El corazón de las tinieblas. “El socio” es el relato más logrado de los cuatro. El juego de diálogo entre un viejo marino y un joven arrogante, representa un choque cultural y generacional, y da paso a una historia paralela interrumpida por los muy bien caracterizados conversadores. El socio al que se refiere el título es un inversor que tiene su dinero en el barco, empresa única, de dos hermanos. Uno es el capitán, el otro el administrador que permanece en tierra. El socio quiere hundir la nave para cobrar el seguro y pasar el capital a un producto farmacéutico. Con la venia del administrador, contrata a un rufián para que encalle la barca cuando el capitán se distraiga. Lo logra, pero durante el rescate las cosas a bordo se complican: el truhán quiere chantajear al socio; el capitán aparece muerto. ¿Suicidio de honor?
El último relato se ubica en las mismas selvas de El corazón de las tinieblas; con el tráfico de marfil de fondo y la colonización inhumana que la codicia produjo en África. Un retrato triste de la locura y la avaricia. Conrad, como Melville, conocía el mar porque vivió de su explotación. Primero, surcándolo; luego, comprendiéndolo (al mar y a los hombres de mar) y dibujándolo con la palabra escrita.

martes, septiembre 11, 2007

La caligrafía secreta, César Mallorquí

SM, Madrid, 2007. 288+32 páginas, 7,60 euros.

Julián Díez

Es un placer pasar páginas. ¿Cuánto tiempo hace que no leyeron un libro en el que perdieron la noción del tiempo, en el que de repente habían pasado treinta minutos sin consultar el reloj, las páginas consumidas? A mí me ocurre con frecuencia con las novelas de César Mallorquí, que confirma en cada uno de sus títulos la literatura de evasión más tradicional, la aventura digna y sin ínfulas, ha dado en refugiarse en los estantes del juvenil.
El problema de este tipo de novelas, a mi entender, es que no pueden ser empleadas por los lectores como arma ofensiva. Tanto por la delgadez de su lomo, como por la falta de pretensiones de su construcción. A nadie se le ocurriría presumir con un libro como La caligrafía secreta bajo el brazo para subrayar jerarquía intelectual. Tampoco descubriremos aquí verdades ocultas largamente que ya era hora de que salieran a la luz. En cambio, emplea algunos mecanismos usados por esos libros, tanto los cultistas como los ocultistas, para pergeñar con ellos una historia. Con su propia personalidad, con sus propios defectos, pero en la tradición de Stevenson, en la de Poe, en la de Verne. La tradición que debería ser el tronco central de la novela —con todos los respetos para Joyce o Proust, pero cada uno en su sitio— si la literatura quisiera mantenerse en un puesto de privilegio como vehículo de cultura popular.
Mallorquí no tiene pudor en su propósito de interesarnos y no se priva a la hora de emplear herramientas con las que atraer nuestra atención como lectores. Nos traslada a una época atractiva, la Francia inmediatamente previa a la Revolución, en la que el calígrafo —y algo más— don Lázaro Aguirre, su sobrina, su aprendiz y su guardaespaldas intentarán desvelar un misterio atraídos por una antigua amistad. Son personajes verosímiles, fuertes, sólidos, con matices pero sin almas torturadas. También hay amor imposible, recuerdos de un pasado oscuro, malvados morbosos, viajes, crímenes.
Como herramientas para dar forma a su historia, para hacer posible que las páginas pasen sin pensar, el autor emplea un lenguaje rico pero directo, maneja el ritmo a su conveniencia y facilita con todas sus energías que el tiempo que invertimos en conocer su trabajo sea una experiencia grata. Eso sí, el didacticismo muy característico del subgénero es necesario acumularlo en el debe.
La mayoría de los libros deberían ser como éste; dado que no es el caso, conviene que disfrutemos los que hay sin pudor, sin necesidad de convertir nuestra lectura en un argumento de realce personal, con el mismo placer con el que ya somos capaces de disfrutar de comidas humildes y sabrosas sin estar sujetos a la necesidad de aparentar opulencia.

lunes, septiembre 10, 2007

El corazón helado, Almudena Grandes

Tusquets, Barcelona, 2007. 933 pp. 25 €

Pedro M. Domene

Almudena Grandes (Madrid, 1960) revisa una época importante de la reciente historia de España y se permite una auténtica lección porque, entre otras muchas, nos descubre las sombras de un dramático pasado familiar en una monumental y ambiciosa novela de casi mil páginas. Julio Carrión, miembro de la División Azul y hombre de negocios durante el franquismo, deja, a su muerte en marzo de 2005, una gran herencia y abundantes episodios desconocidos del pasado que uno de sus hijos y una misteriosa joven tendrán que desvelar. Un relato sobre una de las muchas páginas de nuestra historia reciente que nos devuelven, una vez más, la mirada a nuestra guerra civil, el vergonzoso exilio, la larga postguerra o la España democrática de hoy. Y todo para rescatar de la memoria alguna de esas sombras que asolan a nuestro pasado, para desenterrar —o dejar enterrados para siempre— la miseria y el dolor de tantas generaciones.
El corazón helado (2007) es una novela, como ha escrito la propia Almudena Grandes, «sobre la memoria y la reelaboración sentimental, ideológica y moral de la historia».
El entierro de Julio Carrión desencadena y justifica todo el relato, sobre todo arrojará nuevas luces sobre un conflictivo pasado tras la aparición de Raquel Fernández Perea, una desconocida que junto a Álvaro, hijo del difunto, llevará a cabo la reconstrucción de algunos de los episodios más oscuros en la vida de ambas familias para así saldar las cuentas de una cruel verdad nunca desvelada. Al margen de la anécdota inicial, de la verdadera historia a contar, como telón de fondo, como verdadera trama, con una arquitectónica y majestuosa estructura narrativa por la que Almudena Grandes merece un señero puesto en las letras españolas contemporáneas, sobresalen la crónica sobre la rebelión militar, con abundantes datos y una perfecta ambientación, la defensa y caída del Madrid republicano, la derrota de la capital y las consecuencias posteriores, incluida la venganza, la represión, el expolio, los asesinatos y el exilio como otro de los muchos apuntes interesantes para leer sin descanso El corazón helado.
Dos narradores alternativos tomarán la palabra a lo largo de la narración, y esto fundamentalmente para contar el haz de historias que culminarán en una sola.
Divida en tres grandes partes, los capítulos impares son los narrados por Álvaro Carrión que cuenta cómo se produce su enamoramiento de Raquel y el posterior descubrimiento de su pasado. Los capítulos pares están contados por un narrador omnisciente en tercera persona encargado de reconstruir, fragmentariamente, la historia de los Fernández, con sus avatares en la guerra civil y sus desgracias, su paso por los campos de refugiados en el país vecino, su resistencia en la II Guerra Mundial, la pérdida de sus propiedades en España y su regreso al país como tantos exiliados tras la muerte del dictador. Ambas voces tejerán la densa y compleja historia que Almudena Grandes ha querido contar, permitiéndose esa alternancia narrativa para podamos seguir la vida de ambas familias, el sufrimiento individual de muchos de los personajes retratados y sobre todo, esa visión de las dos Españas, imagen tan denostada durante décadas.
La sombra del realismo más galdosiano planea sobre esta novela río, tanto por la estructura narrativa como la complejidad de las historias familiares y la caracterización de sus personajes: Julio Carrión, oportunista, que muy pronto se apuntó a los vencedores, Ignacio Fernández, íntegro en su actitud humana y política, Teresa González, maestra republicana y mujer luchadora, Paloma Fernández, portadora de esa gran tragedia y, sobre todo, los protagonistas Álvaro y Raquel, salvados, después de todo, por la fuerza del amor.
Almudena Grandes ha escrito una obra de una indiscutible fuerza narrativa, repleta de vida, con esas pasiones y sentimientos opuestos que le otorgan a su desmesurada extensión el valor de las grandes obras, sin que por ello no estemos obligados a señalar que la conveniencia de haber podido aligerar algunas de sus partes para nada hubieran rebajado el auténtico valor de una de sus mejores obras.