viernes, agosto 24, 2007

Calvina, Carlo Frabetti

Premio Barco de Vapor 2007. SM, Madrid, 2007. 128 pp. 6,95 €

Carmen Fernández Etreros

Un juego, un enigma, una ilusión... ¿A qué se enfrenta el lector cuando comienza a leer las primeras páginas de Calvina? Carlo Fabretti nos propone una lectura divertida y en ocasiones enigmática y peculiar. Su objetivo es hacer pensar y estimular la imaginación del lector juvenil y adulto. Como buen matemático, Carlo Fabretti, que ya ganó el Premio Jaén de Literatura Infantil y Juvenil, nos plantea un difícil problema y el lector no puede parar de leer el libro buscando la solución o quizás el fallo.
Contradicciones y preguntas invaden al lector en este relato sin límites: ¿Quién es Calvina? ¿Es un niño o una niña? ¿Dónde está su padre? ¿Está muerta su madre? Nada en Calvina es lo que parece ser. Los muertos están vivos, los locos cuerdos, los ladrones tienen buenas intenciones, las bibliotecas manicomios, el enano gigante... En la página 38 nos advierten: «Querido, las cosas no son siempre esto o lo otro; a menudo son esto y lo otro».
El mayor acierto de Calvina es la maestría del escritor para consolidar un ágil diálogo que atrapa al lector en sus garras sin dejarle escapar hasta el final. Carlo Frabetti usa con destreza trucos como el disfraz de los personajes, el engaño o la confusión. Se nota que conoce minuciosamente los desafíos de la literatura experimental y la trayectoria de autores como Italo Calvino o Georges Perec. También denota la huella en Calvina del indispensable Lewis Carroll y su Alicia en el país de las maravillas.
Carlo Frabetti aprovecha también las páginas de Calvina para hacer una meditada reflexión sobre los beneficios de la lectura. En la página 49 nos advierte la librera Emelina: «Pero si el libro es bueno, es decir, si estimula nuestra imaginación, si nos hace pensar y plantearnos nuevas preguntas, luego volvemos a la realidad con un poco más de fuerza y un poco más de sabiduría».
Como en un problema de matemáticas complejo, el resultado al enigma sin embargo se torna al final sencillo y fácil. Calvina deja entonces de ser un libro abierto sino que el propio autor valla su contenido y nos ofrece una única posible solución. En suma un libro juvenil diferente por lo original y un verdadero placer para el lector que tenga la suerte de sumergirse en sus páginas, ya que tendrá que plantearse nuevas preguntas y seguro que volverá a su realidad con más fuerza y sabiduría.

jueves, agosto 23, 2007

Artículos literarios en la prensa (1975-2005), Francisco Gutiérrez Carbajo / José Luis Marín Nogales (eds.)

Cátedra, Madrid, 2007. 293 pp. 8,50 €

Doménico Chiappe

El título se refiere a literatos o, mejor dicho, gente que publica ficción, y que escribe en el periódico. No se trata de periodismo literario, aunque la introducción de los editores intente relacionarlos con Truman Capote, Norman Mailer, Tom Wolfe, exponentes de un mal llamado Nuevo Periodismo, que ya existía antes que las tretas comerciales de Wolfe. El periodismo literario requiere investigación. Lo que se encuentra en Artículos literarios en la prensa (1975-2005) son opiniones. Tienen muy buen estilo y poco trabajo de campo.
Son, eso sí, excelentes artículos de escritores españoles (sólo un extranjero, Vargas Llosa). Escritores todos que pertenecen al canon del mercado editorial actual: Vila-Matas, Monzó, Azúa, Ayala, Armas Marcelo, Caballero Bonald, Cela, Cercas, Delibes, los Goytisolo, Gimferrer, García Montero, Gala, Grandes, Landero, Lindo, Longares, Marías, Muñoz Molina, Marsé, Martín Gaite, Molina Foix, Millás, Mendoza, Montero, Pombo, Puértolas, Regás, Torres, Trapiello, Rivas, Umbral... Hasta 63 nombres conscientemente equilibrados en la balanza política. De Cebrián a Prada.
Quizás el orden elegido perjudique una idea general de la evolución, e incluso de la dicotomía, española. Se prefirió el orden alfabético en lugar del cronológico, que hubiera sido igual de poco polémico, pero que hubiera favorecido un retrato zoom que, al final, hubiera compuesto una gran panorámica. El trabajo de agruparlos por temas (difícil, sí, debido a la vastedad y soledad de los temas) me hubiera recompensado como lector.
Se habla o se roza cualquier tema: la guerra de Tormenta del desierto y la reciente invasión a Irak; las primeras elecciones González-Aznar, los Juegos Olímpicos, la crítica literaria, la muerte de la novela y sobrados elogios al libro, Chérnobil, 23 de febrero de 1981, la religión católica (sólo la católica) y Cataluña.
Mucho me gustaron las franquezas de J.J. Armas Marcelo que llega a narrar el reproche que Juan Benet hizo a Adolfo Suárez, ya desposeído de poder, durante una cena: «¿Por qué esta farsa de las autonomías si este país no iba por ahí en ningún momento? Suárez explicó hasta altas horas de la madrugada a un Benet absorto y curioso, atento como todos los demás comensales, las altas razones políticas de toda su trayectoria...»; la disquisición de Félix de Azúa: «Así que soportaron (la oligarquía catalana) a Franco porque sólo Franco les garantizaba la cómoda explotación del ríos gris, hosco, miserable de la inmigración (de otras regiones de España, como Andalucía)» y la crónica sin ataduras de Antonio Gala y su 23 de febrero de 1981.
O la nostalgia de Luis Alberto de Cuenca en “Melancolía”, un texto repleto de poesía que comienza con «Ya no te sirve tu ciudad. La han convertido en un inmenso basurero donde los ciudadanos escarban buscando su ración de podredumbre, donde la fuerza bruta impera y todos desconfían de todos». Resaltaron también los textos “Un día cualquiera y otros días” de Medardo Fraile, “Día de difuntos” de Luis García Montero, “Casualidades” de Manuel Longares y “El almohadón de seda” de Gustavo Martín Garzo.

miércoles, agosto 22, 2007

Antenas, Adam Zagajewski

Trad. Xavier Farré. El Acantilado, Barcelona, 2007. 149 pp. 14 €

José Morella

En el desopilante libro (que todo periodista cultural debería tener permanentemente en su mesilla de noche para curarse de cualquier tipo de esnobismo) The Complete Polysyllabic Spree, Nick Hornby recoge las palabras de una periodista sobre la escritura de reseñas culturales, palabras que según Hornby son las más sabias que haya leído al respecto. Cuenta que a Sarah Vowell, que así se llama la señora, le pidieron una vez una reseña sobre un disco de Tom Waits, y ella, al escucharlo, pensó que «le gustaban mucho las baladas». De modo que escribió exactamente esa frase: «Me gustan mucho las baladas». Después no tenía nada más que decir. Pero necesitaba ochocientas palabras más para que le pagaran por la reseña. Eso es lo que a veces pasa. Te gusta algo, te engancha, te pasa una especie de calambre afectivo, de saludo de trascendencia directo al estómago. Eso es, básicamente, la poesía, si nos perdonan la economía de la definición. Y luego uno se queda sin habla.
Al intentar hablar de Adam Zagajewski, a mí también me pasa lo mismo que a Sarah Vowell con Tom Waits; cuando leo sus libros, solo diría una cosa: alucino con su capacidad de encontrar imágenes brillantes. Y ahora tengo que terminar la reseña, y siento que lo menos importante será cómo la escriba. El propio Adam Zagajewski habla de esta experiencia con el lector —pero con una fórmula infinitamente mejor que yo pueda inventar— en su libro de ensayos En defensa del fervor: la poesía es una antorcha encendida que el autor le pasa al lector, que se encargará de conducirla a otro lugar durante su vida, y de pasársela a otras personas. Esa antorcha a veces es un verso (Zagajewski tiene muchos de estos versos-antorcha), pero también puede ser una tonada de saxo, o una canción tonta de la que alguien hace una versión llena rabia o de desolación, o una escena en una película (no puedo reprimir un ejemplo que tengo reciente: Sergio Castellito y Vittorio Gassman, como nieto y abuelo, comiendo juntos, en silencio, en la cocina de la casa, en Familia, de Ettore Scola, escena que me hizo llorar como un grifo, y no me refiero al animal mitológico). Pero esta reseña tenía que ser sobre Zagajewski: resulta que se ha publicado un nuevo libro suyo en España, Antenas. Es delicioso, como todos los suyos, como Tierra de Fuego y Deseo, que contienen esas antorchas de las que hablábamos en cantidad fabulosa.
Me gusta infinitamente más el Zagajewski poeta que el ensayista; es decir, me gusta mucho más su poesía que su visión de la poesía, o mejor dicho de lo que tiene que ser buena o excelente poesía. Esta visión está atravesada de un esencialismo que, a pesar de sus constantes equilibrios por evitarlo, peca de cierto desprecio por otras aproximaciones al fenómeno poético. Le parece que la poesía actual está castrada de metafísica, de trascendencia, de falta de fe en la inspiración, en el rapto poético. No decimos que no haya algo de cierto en esto, pero Zagajewski engloba en su crítica un enorme cajón de cosas: todo aquello relacionado con las aproximaciones estructuralistas y postestructuralistas al arte, como si todo lo que ha sido relacionado con esas etiquetas fuera lo mismo: gente que recorta las posibilidades de la poesía, o de la poesía de altos vuelos, de la cual Zagajewski cree tener la clave. Cuando una poesía más económica con el lenguaje y menos llevada por la tentación de lo sublime resulta ser excelente, Zagajewski parece hablar de ella como simple excepción: eso es lo que hace, por ejemplo, con Eugenio Montale. Con todo esto no queremos decir que no valga la pena leer los ensayos de Zagajewski. Desde luego que vale la pena, por muchos motivos que no caben aquí. El simple hecho de ser una fantástica introducción a la cultura polaca contemporánea para los no iniciados es ya más que suficiente. Pero, a nuestro juicio, cuando quiere dar con la clave del fenómeno poético, no la encuentra.
Y lo curioso es que la tiene; tiene la clave: está en sus poemas. Pero no puede explicarla en sus ensayos. Por eso sus ensayos son eruditos y divertidos, pero no son grandes ensayos, como los de Octavio Paz o Borges. Al intentar defender lo sublime y elevado parece alguien que desea agarrar el contenido de un vaso de agua con la mano. El agua se escapa, solo queda de ella un charquito en la palma ahuecada. La mayor parte queda inexplicada, en el suelo, y la que ha quedado en la mano no es más que una clausura de su esencia: da más cuenta del continente (la forma de la mano, el equilibrio que se ve obligada a buscar para mantener el agua, su fisicidad opaca) que del contenido, que no es más que un resto. De alguna manera, este argumento mío puede desmontarme a mí mismo claramente, puesto que tal vez el fracaso (suponiendo que sea un fracaso, cosa que es un simple juicio nuestro) del ensayo de Zagajewski no sea sino un potente artefacto creado para hacer resonar más aún el éxito de sus versos. Versos geniales, antorchas. Ejemplos: Si supiéramos leer poemas con la misma atención con que estudiamos el menú en un restaurante de lujo... O este otro: El cine era tan pequeño que la película de Bergman apenas cabía. Un kayac inmóvil en el mar es, desde la lejanía, para Zagajewski, la aguja de una brújula. Los jubilados que van de excursión son vistos como seres que aprenden a andar/ por la tierra. Los turistas deambulan como los Padres de la Iglesia, por desgracia/ aquejados de una profunda acedía. Su profunda estética cristiana, todavía llena de esperanza, se adapta al paisaje de nuestro mundo, un mundo en que todo está plagado de las antenas del título. Antenas en cada tejado, en cada edificio. Antenas que son vehículos del flujo de comunicación del mundo contemporáneo, pero que no duermen, que vigilan, que murmuran y dicen: Mesías, ven finalmente.

martes, agosto 21, 2007

En el espacio leemos el tiempo, Karl Schlögel

Trad. José Luis Arántegui. Siruela, Madrid, 2007. 558 pp. 45 €

Sofía Rhei

«Desde entonces, la geografía ha venido a ocupar una precaria posición intermedia». Esta frase, pronunciada en una conferencia de Carl Ritter, geógrafo, en 1833, es la que da origen a la argumentación de Schlögel sobre cómo la naturaleza mixta de la geografía (entre las ciencias naturales y la política) fue causa de una subordinación de su estudio a favor de otras disciplinas más sencillas de ubicar y tipificar, como la historia: «el patrón fundamental de la historiografía es la crónica, la secuencia temporal de acontecimientos. Ese predominio de lo temporal en la narración histórica como en el pensamiento filosófico ha adquirido poco menos que un derecho consuetudinario que se acepta tácitamente sin preguntar más». Concretamente en el caso alemán, explica, todo el campo semántico del término “espacio” estuvo durante décadas estigmatizado por su empleo en la retórica nacionalsocialista. El peso de la manera de decir las cosas es señalado frecuentemente como fundamental en la conciencia investigadora.
El autor, por tanto, aboga por una recuperación del punto de vista espacial complementándose al vector temporal a la hora de enfocar las situaciones sociopolíticas de la actualidad y del pasado, entendiendo que quizá en esa doble lectura, entendida como spatial turn, residan más respuestas que en una sola. Para ello, parte de dos clarísimos ejemplos de espacialidad determinante, que son la caída del muro de Berlín y los atentados del once de Septiembre, y a continuación expone diversos temas relacionados entre sí, como la relatividad o subjetividad de todos los mapas («Algunos mapas hacen visible lo invisible [...] Otros advierten de fronteras que no debemos transgredir. Algunos escogen un plano largo, una escala grande, y hacen así invisible aquello que uno sólo puede ver si se mantiene en plano corto, a pequeña escala. Quien se decide por dar realce y señalar lo uno también se decide por no dárselo ni señalar lo otro. Las imágenes de los mapas descansan sobre decisiones, prejuicios, elección.»), las modificaciones del mundo por la guerra; los guetos, cercos, fronteras y zonas de exclusión; el trazado rectilíneo del mapa de los Estados Unidos dibujado por Jefferson, tan semejantes a las paper partitions del áfrica colonial; la importancia histórica de puertos y costas; las zonas calientes y frías, los no lugares, la modificación esencial de los conceptos espaciales desde la generalización del uso de las redes electrónicas.
El libro está formado por pequeños capítulos que, salvo excepciones, tienen menos de diez páginas. El autor se preocupa por encontrar un foco de interés para cada uno de ellos, y por ambas razones, la lectura se hace ligera, a pesar del calado de los temas que trata. La estructuración de estos capítulos sigue un orden no cronológico, que agrupa los artículos en cuatro bloques: el primero de ellos sirve como marco teórico y expresa la intención de la obra en su conjunto, el segundo es una especie de teoría de la recepción y anecdotario de los mapas, el tercero habla de las improntas visuales del espacio físico, y el último bloque, a modo de conclusión, se emprende una defensa de la idea de Europa, atando algunos cabos que se habían planteado en capítulos anteriores, y se dedica una última entrada a «lo que hubiera podido suceder», a la ciudad ideal, a la ciudad futura.
Se trata, entonces, de una apuesta por un estudio complejo del espacio, teniendo en cuenta las nuevas prioridades morales de la cultura global. Es muy interesante la importancia que el autor concede a los mapas mentales, a los espacios literarios o virtuales, a la potencialidad. Muestra de ello es esta cita, que podría resultar paradójica en un libro dedicado el estudio de los lugares: «Los interiores son mundos en miniatura, universos, espacios vitales, estuches del hombre privado, de la mujer privada. Son incluso sucedáneos del mundo. Se puede emprender en ellos viajes alrededor del mundo y al pasado sin moverse del sitio, lugar ideal para “búsqueda del tiempo perdido”».

lunes, agosto 20, 2007

El código de Arquímedes. La verdadera historia del manuscrito que podría haber cambiado el rumbo de la ciencia, Reviel Netz / William Noel

Temas de Hoy, Madrid, 2007. 374 pp. 19,50 €

Deni Olmedo

A pesar de que el título de este libro puede recordar en exceso a ciertos fenómenos superventas recientes, y seguramente haya sido elegido pensando en la posibilidad de venderlo como pseudoficción, para hacerlo más comercial, la aparición de un artículo el pasado mes de mayo en El País me animó a darle una oportunidad. Se había subastado en Christie’s el palimpsesto de Arquímedes: una copia escrita en griego antiguo de textos de este sabio de la antigüedad, borrado en la época medieval para reescribir sobre él (práctica habitual, ésta, debido a la escasez de pergaminos: una vez blanqueados, cada folio del pergamino original se gira noventa grados y se corta por la mitad, obteniendo así dos folios, de la mitad de tamaño, algo que estuvo muy relacionado con la aparición de la letra minúscula: al reducir la superficie útil se precisaba un método por el cual la escritura ocupase menos). Esta venta no pasó desapercibida a los responsables del Museo Walters, de Baltimore, que tras contactar con el anónimo comprador, encargaron al curador de libros William Noel que reuniese los medios necesarios para, no sólo restaurar el libro, sino sacar a la luz su primitivo contenido.
El análisis científico al que se sometió al palimpsesto es la excusa para realizar una semblanza de la figura histórica de Arquímedes. Se nos presenta como un erudito que despreciaba, no ya sólo a sus conciudadanos, sino a los sabios que poblaban las costas mediterráneas sobre el III adC. Euclides era el único al que consideró su igual: sabio que vivió en Alejandría alrededor del 325 – 265 adC, autor de la obra Los Elementos, que es una recopilación del saber científico impartido en el centro académico de Alejandría, del que era el líder. Fue autor de teoremas geométricos que aun hoy son materia de estudio (la suma de los ángulos interiores de un triángulo suman 180 grados, por ejemplo), además de ser un buen instrumento de razonamiento deductivo, y extremadamente útil en campos como la física, la astronomía (inspirado en él, en el siglo II Ptolomeo formuló su teoría, según la cual la Tierra es el centro del universo y los planetas, la Luna y el Sol giran en torno a él, describiendo círculos perfectos), la Química y en diversas Ingenierías. Pero sobre todo, en las Matemáticas: la Geometría de Euclides permaneció sin variaciones hasta el siglo XIX.
Arquímedes creó todo un método científico en el estudio de la geometría. A partir de ahí, desarrolló el cálculo del área del círculo, como una suma del área de infinitos triángulos contenidos en su interior, siendo por ello el creador del cálculo infinitesimal. Como resultado de todas sus investigaciones dio un valor al número π (pudiéndose definir este número como la proporción constante entre el perímetro de una circunferencia con la amplitud de su diámetro, como el área de un círculo de radio unidad del plano euclídeo —plano normal de dimensión finita—, o como el menor número real x positivo tal que sen(x)=0), con un error entre 0.024% y 0.040% sobre el valor real, usando un método muy simple: circunscribía e inscribía polígonos regulares de n-lados en circunferencias y calculaba el perímetro de dichos polígonos, comenzando con hexágonos circunscritos e inscritos y doblando el número de lados hasta llegar a polígonos de 96 lados. Fue inspiración para toda una generación de brillantes científicos, desde Regiomontano, Copérnico, Galileo hasta, especialmente, Leonardo Da Vinci, quien utilizó los tratados de Arquímedes, como base para los suyos propios, aunque en determinados aspectos, no consiguió superarle. Además, fue un brillantísimo estratega que impidió que su ciudad, Siracusa, fuese tomada por el ejército romano, aplicando sus conocimientos a la defensa de la ciudad: la Geometría, por ejemplo, inspiró la catapulta. O un sistema de espejos y lentes provocaron incendios en la armada enemiga reflejando la luz del sol.
El trabajo se estructura en dos partes: en la primera, William Noel nos explica (siempre usando para narrar la primera persona, llegando por momentos a tomar el aspecto de un diario de viajes) cómo el tratado llegó a sus manos por encargo, la búsqueda del equipo humano y técnico adecuado para mostrar el verdadero contenido del libro, y la búsqueda que realizó por todo el mediterráneo de las huellas de Arquímedes: desde la Biblioteca Vaticana a Turquía, buscando pistas de la antigua Constantinopla, y de allí al monasterio de Santa Catalina, en el Sinaí. En la segunda, separada de la primera por una serie de fotografías del equipo investigador y del propio libro, nos describe pormenorizadamente el tratamiento al que se sometió al palimpsesto para la recuperación de los escritos originales, la restauración y su transcripción: para ello se desencuadernó y se fue tratando folio a folio. Reviel, el coautor, digitalizó el contenido, llegando a usar un disco duro externo de… ¡300 GigaBites! Para la recuperación se usaron técnicas de imagen multiespectral, para lo que se iluminaron los textos con haces de distintas longitudes de onda, superponiendo los resultados en un ordenador. Pero lo que realmente hizo que la investigación avanzase espectacularmente fue el uso de los rayos X sobre el libro: Se empleó el anillo acelerador de electrones-positrones de la universidad de Stanford, para bombardear los folios con radiación de Sincrotón. Una gran paradoja: una técnica que se creó para destruir átomos, servía ahora para descifrar las entrañas de la obra, aprovechando para ello las propiedades magnéticas de la tinta empleada en la primitiva redacción del texto, calibrando el haz a las longitudes de onda más adecuadas. El resultado fue espectacular: donde antes se leían oraciones marianas, de repente aparecieron, como por arte de magia La cuadratura de la parábola, Sobre conoides y esfenoides, Sobre los cuerpos flotantes, el Stomachion (dolor de tripa), un primitivo juego de 14 piezas que se pueden combinar de distintas maneras para obtener un cuadrado (por lo que se le considera el padre de la combinatoria matemática) y que es tan complicado que se comprende por qué se le llamó así, y una de las obras más importantes de las matemáticas de todos los tiempos: El Método, que es una metodología de demostración, que no de descubrimiento, y en el que describe cómo consiguió sus resultados, valiéndose de ingeniosos argumentos físicos y matemáticos, en especial su propia Ley de la palanca.
Willian Noel y Reviel Netz nos contagian el entusiasmo por la recuperación de una obra que se consideraba perdida desde hace siglos y logra que toda la descripción técnica y de conceptos científicos sea amena. Consigue captar la atención del lector con un cierto nivel matemático y al profano, que podrá encontrar en el libro, sobre todo en su primera parte, un libro cuasi-histórico, por momentos divulgativo, por momentos narrado como una novela, manteniendo su interés por conocer quién fue Arquímedes, y por qué el palimpsesto es tan importante para la ciencia y la cultura. Y sobre todo, hace que nos formulemos una pregunta: si fue capaz, en el siglo III adC, de llevar el conocimiento científico a un nivel que los sabios del siglo XVI no lograron superar, ¿qué habría sucedido si sus trabajos no hubieran desaparecido, si las generaciones posteriores hubieran podido beneficiarse de sus conocimientos y, a partir de ellos, desarrollarlos aún más? Quién sabe donde estarían hoy la Física y las Matemáticas.
¡Eureka!