viernes, agosto 03, 2007

Inventando números, Gianni Rodari

Il. Alessandro Sanna. Tr. Xosé Ballesteros. Kalandraka, Pontevedra, 2007. 32 pp. 15 €.

Ana Gorría

Gianni Rodari, galardonado con el Premio Hans Christian Andersen en 1970, es uno de los escritores de literatura infantil cuya teoría más influencia ha tenido en la actual didáctica de la literatura, especialmente a raíz del título Gramática de la Fantasía.
Diplomado en magisterio, su vocación de escritor de literatura infantil surgió como consecuencia de una casualidad: en el ejercicio de su labor de periodista político en la publicación L’Unitá fue preciso incluir textos para lectores infantiles, textos que comenzó a publicar bajo el pseudónimo de Lino Picco y que conocieron de forman inmediata una excelente recepción.
Fruto del diálogo que siempre estableció con los niños (recorría las escuelas y exponía al juicio de éstos sus textos) publicó, entre otras, obras como El Planeta de los árboles, Cuentos largos con sonrisa, Las aventuras de Cipollino, Cuentos para jugar y Cuentos por teléfono, colección de setenta narraciones cortas que toman como motivo la relación entre una niña para la que es imposible conciliar el sueño sin oír las narraciones de su progenitor y su padre constantemente ausente por motivos laborales.
A esta colección de relatos pertenece Inventando los números, texto que hoy nos propone Kalandraka exento y con ilustraciones de Alessandro Sanna.
Inventando números sorprende una de esas conversaciones, diálogos, nocturnas y nos invita, con estos dos personajes a participar de esa descubrimiento a través del lenguaje que supone para Rodari la fantasía y que tiene como último objeto de conocimiento el mundo:
La mente es una. Su creatividad se ha de cultivar en todas las direcciones. Las fábulas (escuchadas o inventadas) no son "todo" lo que sirve al niño. El uso libre de todas las posibilidades de la lengua no representa más que una de las direcciones en que puede expandirse. Pero tout se tient, como dicen los franceses. La imaginación del niño, estimulada para inventar palabras, aplicará sus instrumentos sobre todos los aspectos de su experiencia que desafíen su intervención creativa. Las fábulas sirven a la matemática, como la matemática sirve a las fábulas.
En Inventando números, Rodari asume ese aprendizaje y esa potenciación de la experiencia a través de la creatividad. Cálculo, aritmética, nociones de teoría de conjuntos como la equivalencia, la medida,o la longitud no vienen presentadas como un fin en sí mismo, sino como posibilidades de desarrollo tanto cognitivo como emocional. Éstas nociones no se nos presentan como entelequias abstractas, alejadas de las estructuras de lo real, sino (y en diálogo con el lenguaje) como posibles causas de la transformación de la realidad.
El lenguaje participa de esa posibilidad de transformación. Cuestiona y asienta los fundamentos de lo real, para estimular nuestra "libertad de hablantes". Desde el principio, en Inventando números observamos el desarrollo de esa libertad, propia del lenguaje infantil y de las filastrocche, género de retahílas de la poesía popular italiana:

un extramillón de billardones,
una macronelada de trillones,
un cuatrillonardo y un marabillón.


Pero con procedimientos morfológicos asimilables a las jitánjaforas gracias a los cuales los niños pueden aprehender y desarrollar los patrones de creación léxica, en este caso, de los números ordinales y cardinales.
Inventando números no sólo estimula el crecimiento cognitivo de los niños que los lean, sino que ofrece una lección a compartir sobre el valor de las cosas, coherente con la postura ética que siempre prevaleció en vida del autor, sensible a la injusticia.

—¿Cuánto pesa una lágrima?.
—Depende: la de un niño caprichoso
pesa menos que el viento,
pero la de un niño hambriento
más que toda la tierra.


No quedan al margen de esta lección estimulante las ilustraciones de Alessandro Sanna, adscritas al juego compartido entre la niña y su padre. De atractivos coloridos e imaginación (el uno es un bañador, el tres un canario en una jaula, el seis una mamá), no hacen más que enriquecer la cuidadísima y preciosa edición que Kalandraka pone a nuestra disposición.

jueves, agosto 02, 2007

Lá lámpara roja. Realidades y fantasías de la vida de un médico, Arthur Conan Doyle

Trad. Gregorio Cantera. Alba, Barcelona, 2007. 304 pp. 18,5 €

Juan Marqués

«Por lo general la clase médica siempre anda demasiado ocupada para llevar un registro de situaciones singulares o de acontecimientos dramáticos. […] Cuando se le pregunta a un cirujano por sus experiencias más llamativas, puede respondernos que o bien no ha sido testigo de nada que merezca la pena, o perderse en consideraciones técnicas. Pero, si fuésemos capaces de sorprenderle una noche en compañía de algunos de sus colegas, cuando el fuego de la chimenea está en su apogeo y el humo de la pipa nos apesta, y le planteásemos con sutileza alguna pregunta o alusión que le permitiera explayarse, escucharíamos algunos casos muy, muy reales, verdaderos frutos recogidos del árbol de la vida» (pp. 189-190).
Quien escribía esto era un médico que abandonó pronto y todavía joven el ejercicio de su profesión para entregarse a la creación literaria, gracias al éxito obtenido inmediatamente con las primeras aventuras de Sherlock Holmes, su más célebre personaje. En todos sus libros introduciría guiños a su formación médica, con detalles anatómicos o pequeñas digresiones sobre enfermedades o epidemias, pero fue ya casi al principio, en 1894, cuando Arthur Conan Doyle consiguió reunir una colección de quince cuentos (algunos publicados en revistas) más o menos protagonizados por cuestiones relacionadas con sus estudios, con su anterior trabajo.
Ninguno de los casos narrados parece «muy, muy real», y no proceden de experiencias vividas por Doyle durante su labor como médico en un hospital, en un ballenero y en una frustrada consulta privada, pero sí se aprecia en casi todos ellos la filantropía y la voluntad de cercanía a la vida que caracteriza toda la literatura de este autor superdotado. Lo suyo es imaginación realista, narraciones a veces al borde de la verosimilitud que sin embargo hechizan por su “verdad”, por su mágica eficacia, por su habilidad para escribir, con aparente sencillez, exactamente lo que quiere decir.
El subtítulo habla, con razón, de «realidades y fantasías», pero sólo dos veces se recurre a lo fantástico, una en un estupendo ejemplo de terror clásico (El lote 249, que los lectores españoles ya conocíamos gracias a alguna de las recopilaciones de la editorial Valdemar) y otra en un cuento humorístico, a pesar de narrar la ejecución —o, mejor, su intento— de un condenado a muerte (El desastre de Los Amigos). Todos los demás son relatos “realistas”. Ese voluntarioso ministro de exteriores a quien un doloroso ataque de gota tiene postrado en la cama sin dejarle atender urgentísimos asuntos («Bastó un segundo para que se olvidase del Mediterráneo, incapaz de pensar en nada que no fuese aquel enorme, rampante e inoportuno dedo gordo enrojecido» –p. 168–), ese joven y respetado noble que se disfraza para visitar a un especialista en sífilis, ese tierno conflicto generacional entre un viejo y tradicional médico y dos jóvenes recién licenciados que ya no comparten sus obsoletos y superadísimos métodos, ese médico rural que no puede soportar cómo una joven doctora se instala en su pueblo y le arrebata toda la clientela (y quienes acusan a Doyle de ser tan misógino, al menos, como su mítico detective, deberían leer este cuento, y alguno más de la serie), o la forma brutal en que un marido engañado venga la infidelidad de su mujer con un reputado doctor... constituyen un volumen precioso que devolverá al lector a esa hospitalaria literatura victoriana (o, en general, a la insuperable narrativa del siglo XIX) a la que uno podría dedicar décadas de felicísima lectura, y en la que de hecho tantos niños fuimos captados para siempre por los libros.
En Arthur Conan Doyle es simpático y reconfortante incluso su moralismo (a veces anticuado o cándido, a veces no tanto...), que consuela y crea complicidad incluso cuando no se acaba de estar de acuerdo con él. Dicho de forma inaceptablemente simple, es imposible escribir así si no se es un hombre bondadoso, íntegro, justo. Basten como ejemplo las líneas que cierran el último cuento y que suponen toda una hermosa (aunque algo ingenua) apología de los médicos, puesta en boca de un veterano profesor: «un médico tiene, además, muchas razones para mostrarse agradecido. No lo olvide nunca. Es tal el placer que se siente al hacer un pequeño favor que cualquier hombre pagaría por tener ese privilegio en vez de cobrar por ello. [...] sus pacientes son sus amigos, o deberían serlo. [...] Por si fuera poco, tiene la obligación de ser un buen hombre. No puede ser de otra manera. Porque ¿quién que se pase la vida contemplando sufrimientos que se aguantan con entereza puede mostrarse intransigente o perverso? Es una profesión noble, generosa y afable, y ustedes los jóvenes tienen la obligación de hacer cuanto esté en su mano para que siga siéndolo» (p. 299).

miércoles, agosto 01, 2007

El último día de mi vida, Marcial Izquierdo

Bruño, Madrid, 2007. 95 págs. 7,50 €

Óscar Esquivias

En el viejo misal de mi abuela aparecía el siguiente comentario en la octava de Navidad (el día 1 de enero): «Procura tú empezar este año, y continuarlo después, como si fuese el último de tu vida, que, si no lo es, podría serlo, y alguna vez ciertamente lo será». No se puede decir que sea la forma más animosa de saludar al año nuevo, con ese tuteo tan directo, como si el propio dedo descarnado de la parca te señalara.
Esta idea (la fragilidad de la vida, lo imprevisible de la muerte) se repetía en otras páginas del libro: «Nadie es tan viejo que no pueda vivir un día más y nadie es lo suficientemente joven como para no morir hoy», insistía el misal. Había que vivir cada jornada como si fuera la última, aunque uno fuera un niño y rebosara salud.
Esto me impresionaba mucho de chaval, hasta el extremo de que cada vez que montaba en el coche de mis padres para ir al pueblo o volver a casa me iba despidiendo mentalmente del paisaje.
Aquellos que han sobrevivido a una experiencia traumática (un accidente o un atentado, por ejemplo) a veces repasan obsesivamente sus actos durante las horas previas a aquel azar que les cambió la vida. Al recordar sus gestos despreocupados no pueden evitar ver cómo cada uno de ellos les conduce inexorablemente hacia ese destino doloroso que desconocían. Una voz interior, al tiempo propia y ajena, comenta minuciosamente esta secuencia de recuerdos aparentemente cotidianos: bajo por el ascensor, me detengo a hablar con un vecino, hay cola en el quiosco, pierdo mi tren habitual, tomo el siguiente cercanías...). Esta voz retrospectiva que conoce el futuro pero que no lo puede cambiar es la que utiliza Marcial Izquierdo para narrar su primera novela, El último día de mi vida. De todas las obras destinadas a lectores jóvenes que he leído últimamente, ninguna me ha conmovido tanto como la de este catedrático de Filosofía del Instituto Félix Rodríguez de la Fuente de Gamonal (Burgos). Marcial Izquierdo ya había publicado (junto a otros autores) una Historia de la Filosofía (Ariel, 2004) y ahora se estrena con esta obra en el mundo de la literatura, y lo hace de la mejor manera posible.
¿Qué se cuenta en su novela? En principio, lo que el propio título anuncia: el último día de un muchacho, Miguel, que ha decidido suicidarse arrojándose al paso de un tren mercancías que llegará a su ciudad por la tarde. Miguel afronta las rutinas del día con absoluta normalidad (asiste a sus clases en el instituto, hace un examen, queda a comer con sus compañeros, se insinúa a una chica que le gusta, se emborracha con unos amigos). Lo que vamos conociendo de él nos indica que es un adolescente sin problemas graves y feliz, mejor dicho, inconscientemente feliz. El aire cotidiano de sus actos contrasta brutalmente con su determinación de matarse, pues es el propio Miguel (o, para ser precisos, esa voz retrospectiva dentro de Miguel) quien nos cuenta en primera persona todo lo que va pasando.
No todo es lo que parece. La novela tiene muchas sorpresas y no conviene desvelarlas aquí. El último día de mi vida está escrita con una sobriedad y una emoción irresistibles y se lee con avidez. Marcial Izquierdo, como hemos dicho, imparte clase de Filosofía en un instituto y, por tanto, conoce muy bien a los adolescentes y sus inquietudes. Su novela apasionará a los jóvenes porque, con absoluta naturalidad y eficacia narrativas, plantea asuntos muy importantes: no sólo la fragilidad de la vida, sino también la necesidad de que seamos conscientes y responsables de nuestros actos. En la novela de Izquierdo hay ecos de los temas eternos de la literatura: la cita con el destino (simbolizado por el tren que avanza imparable), el sentido del sacrificio y de la muerte, el poder de la amistad y la fuerza del amor.
Si yo tuviera un hermano adolescente, no dudaría en darle este libro. Es el mejor regalo que le podría hacer: una lectura conmovedora para reflexionar y enriquecer su experiencia de la vida. Absolutamente recomendable.

martes, julio 31, 2007

La muerte de Virgilio, Hermann Broch

Versión de J.M. Ripalda sobre trad. de A. Gregori. Alianza, Madrid, 2007. 568 pp. 22 €

Elvira Navarro

Dice Platón en el libro X de la República: «Cuando te encuentres con panegiristas de Homero que digan que fue este poeta el que educó a la Hélade y que es digno de que se le acoja y se le preste la debida atención en lo que concierne al gobierno y a la dirección de los asuntos humanos, hasta el punto de adecuar la vida propia a los preceptos de su poesía, deberás prodigarles tu cariño e incluso besarles, como si se tratase de los mejores ciudadanos, concediéndoles que Homero es el poeta más grande y primero de los trágicos. Sin embargo, no olvidarás también que en nuestra ciudad sólo convendrá admitir los himnos a los dioses y los elogios a los hombres esclarecidos. Si en toda manifestación, das cabida a la musa voluptuosa, el placer y el dolor se enseñorearán de tu ciudad y ocuparán el puesto de la ley y de la razón más justa a los ojos de los hombres de todos los tiempos». Y dice el Virgilio de Hermann Broch: «Nada puede el poeta, ningún mal puede evitar; se le escucha únicamente cuando magnifica el mundo, pero no cuando lo representa tal como es. ¡Sólo la mentira es gloria, más no el conocimiento! ¿Y sería posible, pues, pensar que a la Eneida le tocaría ejercer otra influencia, una influencia mejor? ¡Ay, se la ensalzará, porque todo lo que él ha escrito ha sido ensalzado, porque también en ella se leerá solamente lo agradable y porque no existían ni el peligro ni la perspectiva de que pudieran escucharse advertencias; ay, le era imposible engañarse o dejarse engañar por esperanzas; demasiado bien conocía a este público, para quien la grave labor del poeta, la auténtica, que aguanta el conocimiento, consigue tan poca atención como la de los esclavos del remo!».
Leídos atentamente, se advierte que los textos guardan un acuerdo en qué es lo más importante (el conocimiento) y un desacuerdo en quién lleva a cabo dicha labor. Así, mientras que para Platón el poeta se rige por la «musa voluptuosa», para Virgilio éste indaga en la sabiduría, y es el público el que desoye sistemáticamente la voz de “la razón más justa”, por decirlo platónicamente. Ahora bien, ¿encarna la Eneida dicha voz? ¿no se trata de una simple epopeya escrita por encargo del Augusto para la gloria eterna de Roma? ¿ha desatendido Virgilio su deber de artista para hacer mera propaganda del emperador?
La muerte de Virgilio, novela total que Hermann Broch (Viena, 1886-New Haven, 1951) concibió durante cinco semanas de encarcelamiento en Alt-Ausse tras ser detenido por la Gestapo (la terminaría en el exilio gracias a la asistencia del P.E.N. Club de Londres y a una beca Guggenheim), se hace cargo de la muy kantiana problemática de qué deba ser el arte al dramatizar las últimas horas de la vida de Virgilio. Decimos kantiana porque la mirada del sabio de Königsberg planea sobre todas y cada una de las reflexiones que sobre la estética se hacen en la novela, sea para negarla, sea (las más de las veces) para afirmarla. Recordemos que para Kant el sentido último de la obra de arte es trascendental, y que esta palabra no significa pura metafísica vacía, sino que remite a las condiciones de posibilidad de toda experiencia. En este marco, el arte es posible gracias a la existencia de una ley moral, y se convierte en falso cuando se queda en el ámbito del mero entretenimiento o peor aún, de la pura propaganda. La duda sobre si la Eneida es una obra de arte verdadera o simplemente se trata de literatura panfletaria constituye el pistoletazo de salida de la novela de Broch, que mediante un delirante monólogo interrumpido por algunos largos diálogos que servirán de contrapunto a las conclusiones siempre parciales (hay en la forma del discurso una suerte de movimiento hegeliano en tesis, antítesis y síntesis), pretende abarcar no sólo el sentido del arte, sino el del hombre mismo y el universo.
La novela está dividida en cuatro partes, correspondientes a tres estados agónicos y a la muerte. La trama que las recorre es mínima, y en ella Broch da forma a lo que los manuales de literatura aventuran sobre Virgilio, a saber: que antes de morir mandó quemar la Eneida, de la que abominó bien por el asunto de la propaganda del que ya hemos hablado, bien porque no estuviera contento con la calidad de los versos. La primera parte, Agua-El arribo, cuenta la llegada de las naves del César al puerto de Brindisi, en una de las cuales viaja Virgilio enfermo, aunque sin plena conciencia de la gravedad de su estado. El agua, elemento primordial del que brota la vida, representa aquí el surgimiento de la conciencia de la muerte (de ahí también lo simbólico de El arribo, que en este caso es a su propio fin). En la segunda, Fuego-El descenso, se narra la duermevela del poeta, que en su delirio desciende a los infiernos de su vida y su obra, lamentándose de la futilidad de lo escrito para más tarde ensalzarlo y luego, dándose una de cal y otra de arena, admitir que su intuición a veces estuvo cerca de llevar su poesía al necesario terreno del conocimiento, pero que sin embargo había fracasado, por lo que era menester quemarla. Esta necesidad de destruir la obra es doble y tiene un carácter moral: para el poeta es la única posibilidad de salvarse, pues no vale jugar a la pureza y al mismo tiempo dejarse llevar por la vanidad de lo escrito («el lugar del sacrificio debía ser casto, casta la ofrenda, casto el sacrificante»); para la comunidad, no dejar monumentos inútiles, cantos al poder terreno, siempre corrupto y mentiroso, del que la Eneida es un ejemplo («¡Sí, y éste era el pueblo, el Pueblo Romano, cuyo espíritu y cuyo honor él, Publio Virgilio Marón (...) no había por cierto descrito, pero sí tratado de ensalzar! ¡Ensalzado y no descrito..., tal había sido el error, ay, y estos eran los ítalos de la Eneida! Desventura, un lodazal de desventura»).
En la tercera parte, titulada Tierra–La espera y que, como su propio nombre indica, es un despertar a lo terreno real en la espera de la muerte, Broch cambia el monólogo por el diálogo con tres personajes: Plocio Tucca, Lucio Vario y el emperador Augusto, a los que Virgilio expone su deseo de quemar la Eneida. Escandalizados, estos tratan de convencerle con argumentos que recorren todos los clichés sobre lo excelso del arte, algunos tan bien argumentados que hacen dudar a Virgilio y a los que el lector, sobre todo si escribe y tiene la cabeza llena de lo altísimo de su tarea como es mi caso, de buena gana se acoge. Virgilio, en cambio, no se agarra a ninguna tesis sobre las glorias de la escritura, y es sencillamente su amistad con el César lo que le lleva a desistir de sus propósitos. La cuarta y última parte, Éter–El regreso, narra la muerte del poeta y su fusión con el todo, con la unidad, a través de alegorías cristianas en las que él, convertido en Adán y fusionado con Eva en el Amor del Sol y las estrellas, viendo surgir el Verbo en una celebración de la copertenencia entre ser y lenguaje, concluye que lo que está más allá del lenguaje (más allá de toda tematización por éste) es la condición para decir el mundo.
No puedo alargarme mucho más con esta reseña; sin embargo, no quisiera dejar de señalar lo que a mi juicio es lo más interesante de la monumental novela de Broch, de pleno vigor en la actualidad por lo que tiene de:
1) denuncia del poder al que sirve el arte: sobre la belleza, dice Broch, se edifica el poder más monstruoso, como el del César Augusto gracias a la Eneida;
2) denuncia de la huera poesía (o lo que es lo mismo: del huero arte) que se mueve por criterios meramente esteticistas, descuidando el objeto de su decir («La belleza no puede vivir sin aplauso; la verdad se cierra al aplauso»);
3) apuesta por una narración conceptual que funciona sorprendentemente bien y desdice a quienes militan (y hoy son legión) por la narración de acciones estilo escuela de escritores norteamericana, de indudable efectividad, pero que no debe, como a menudo ocurre, convertirse en dogma; y
4) denuncia del poder mismo y de las instituciones que lo sustentan y de la falsedad de la soberanía del pueblo en una sociedad de masas: «Sí, en el viejo Estado rural que tienes ante tus ojos, aquellas instituciones tenían aún su buen sentido, el ciudadano podía abarcar aún los problemas públicos, la asamblea popular conservaba siempre su justa voluntad, verdaderamente libre. Hoy, en cambio, tenemos que vérnoslas con cuatro millones de ciudadanos romanos, hoy tenemos frente a nosotros gigantescas masas ciegas, y éstas siguen sin tino a cualquiera que sepa presentarse con el manto ambiguamente tentador de la libertad así, ocultando bajo un ropaje capcioso lo mal que está compuesto y remendado con harapos de fórmulas superadas y vacías». Cuatro millones de ciudadanos romanos… ¿qué podríamos decir nosotros sobre la falsa soberanía y la pseudolibertad de hoy, si sólo en Madrid somos ya esos cuatro millones?
En fin, lean La muerte de Virgilio y reflexionen. Tal vez si pensamos todos acontezca algo de “verdad”.

lunes, julio 30, 2007

Jet Lag, Santiago Roncagliolo

Alfaguara, Madrid, 2007. 344 pp. 19,50 €

Elena Medel

Algunos libros cambian el mundo, remueven sus cimientos, asemejan su efecto al de un terremoto; otros no consiguen más que enervar a quien los compra y lee, y destruir —de paso— unos cuantos árboles. En un nivel intermedio, el más frecuente, archivaríamos aquellas obras que no zarandean al lector, que permiten que su vida transcurra tal y como lo hacía, pero que entretienen durante el tiempo de lectura. Jet Lag, de Santiago Roncagliolo (Lima, 1975), se situaría en este anaquel. Puntualicemos, por si acaso: Jet Lag no es un libro al uso, sino la recopilación de los textos más jugosos escritos durante un año —del final de 2005 al final de 2006— en su blog. Quizá por esta criba, y seguro por el oficio e ingenio de Roncagliolo, el resultado es un libro divertidísimo incluso en los momentos más incómodos, y menos dados a la risa. Y es que el autor, a mi juicio, triunfa en las distancias cortas, aunque pensar en Pudor (Alfaguara, 2004) signifique imaginar qué maravilla habrían parido Sam Mendes y Alan Ball. Ensoñaciones aparte, las habituales crónicas de Roncagliolo en El País —si no han leído su artículo sobre Kazajistán del mes pasado, no tarden— comparten con su bitácora esa mirada entre inocente y mordaz, entre ingenua y cargada de mala leche, aspirante a objetiva pero revelada incisiva, que es lo mejor de Jet Lag.
Jet Lag: un libro para asombrarse, para conocer países y costumbres, para saltar de título en título o de nombre en nombre como saltamos de link en link al navegar. Y también para degustar textos entrañables como el dedicado a su editor en Italia (“El último romántico”, del 14 de febrero), kafkianos (“La magia de la burocracia”, del 27 de junio) y descacharrantes de puro surrealista (“Macho peludo”, del 28 de diciembre de 2005, en que refuta los argumentos de Jorge Volpi sobre King Kong; o “La ciudad y el perro”, del 25 de julio, cuyo pretendido tono aséptico y periodístico basta para revolver al lector en la hamaca). El único fallo reside en la disposición de contenidos, y no sé si es achacable al propio Roncagliolo. Jet Lag se divide en cuatro bloques: “Por favor, abandonar antes de las 12”, crónicas de viajes; “Retratos hablados”, encuentros con personajes famosos o anónimos, pero siempre peculiares, desde el escritor Xavier Velasco al político Alan García, pasando por un anónimo asiduo a las presentaciones de libros en Sevilla; “Mentiras piadosas”, con reseñas de películas, libros e incluso páginas web y campañas publicitarias; y “El efecto popstar”, la parte más breve pero quizá la más interesante —y personal, y por tanto propia de un diario; ¿qué opinaría Philippe Lejeune de Jet Lag?—, en la que plasma la gira y resaca tras la obtención del Premio Alfaguara. Las entradas se organizan según su temática, y a su vez por orden cronológico: sin embargo, encontramos referencias como «A raíz de mi blog de ayer» (“Parte de combate”, del 14 de julio, en la página 76), cuando la entrada inmediatamente anterior (“Negra”, en la página 74) figura como publicada el 10 de julio. El índice confunde aún más, pues en él aparecen los títulos, pero no las fechas; la investigación culmina en el blog, y es que la entrada referida (“La patria, la soberanía y todas esas cosas con mayúsculas”, del 13 de julio) no se ha incluido en Jet Lag. Los quebraderos de cabeza que habría ahorrado añadir un índice cronológico, o eliminar la marca temporal...
Una sombra tenue, no obstante, para un libro que me ha robado horas de siesta junto a la piscina, y que demuestra que un buen narrador conserva su talento incluso frente a los encargos más nimios. El blog de Santiago Roncagliolo, este mismo Jet Lag, no transformará nuestra sociedad, no decidirá vidas, pero sí nos alegra durante unas horas, que ya es mucho.