viernes, julio 27, 2007

Las vacaciones hipnóticas de Molly Moon, Georgia Byng

Trad. William McGrath. SM, Madrid, 2007. 64 pp. 14,96 €

Esther García Llovet

Agarraos al sombrero porque viene Molly Moon. Molly Moon tiene nueve años, nariz británica de patata hervida, ojos hipnóticos y los mismos vaqueros rotos que su autora, Georgia Byng, quien a pesar de su dinámico nombre es hija de un conde inglés y lleva con éste cuarto libro de la saga un inesperado éxito de ventas internacional. Molly Moon es huérfana, es un poco guarra, es fea y lo sabe y el único recurso que tiene para enfrentarse al mundo adulto es su capacidad para hipnotizar al personal y una perra carlina que se tira pedos mientras pasea por Central Park con un collar de diamantes. Porque Molly Moon se ha hecho millonaria con su técnica de hipnosis, ha llegado hasta Hollywood y ahora está en Nueva York, sola y hambrienta y con un ojo malo. Tiene pesadillas con calamares que bailan claqué y se aburre, así que hay que hacer algo pronto porque no hay peor amenaza pública que un niño de nueve años aburrido aunque no tenga más superpoderes que el fuelle de sus pulmones.
Molly salta de la cama a la calle con su perrita Pétula y a quien primero se encuentra es a un mendigo que juega al dominó y a partir de ese momento todo empieza a sucederse a la velocidad en la que caen las fichas del juego y con no menos ruido: para empezar decide cambiar la suerte del mendigo por el destino de un modelo que conduce un Lamborghini naranja y que los lleva a una sesión de publicidad con la fotógrafa Estefanía Rompeolas. Todo va sobre ruedas hasta que Molly se da cuenta de que el mendigo no da la talla como modelo y se lanzan a buscar a otro que sí la da y en la búsqueda le roban a Pétula con su collar de diamantes y acaban en la azotea de un edificio de Manhattan donde una pandilla de malandros, Cobra y Verdugo y Doris la Grande, la arrojan a un depósito de agua.
Al final el mendigo consigue salvarla gracias a que Molly no sólo ha cambiado su destino sino que además le ha devuelto la fe en sí mismo. A la larga esta es toda la intención del libro: descubre la confianza en ti mismo, quiérete mucho y aprende a hipnotizar a los demás con tus encantos. Hazles reír, halágalos y hazles preguntas interesantes. Más simple que el sorbete de gazpacho. Así que, como dice Molly Moon agarrándose a su gorro de lana:«Vale, colega, ¿a qué esperas? ¿Sabes conducir?»

jueves, julio 26, 2007

Afterpop. La literatura de la implosión mediática, Eloy Fernández Porta

Berenice, Córdoba, 2007. 264pp. 20€

Vicente Luis Mora

Ésa es otra de las razones para someter el nuevo paisaje al análisis (…) tradicional: que sea aceptado por el establishment. No pueden aprender del pop hasta que el Pop entre en las academias.
Denise Scott Brown, Aprendiendo del pop (1971)

En las últimas semanas la actividad editorial parece haber seguido el consejo de Lawrence Ferlinguetti en su Manifiesto populista: «Poetas, abandonad vuestros armarios, / abrid vuestras ventanas, abrid vuestras puertas, / habéis estado demasiado tiempo enterrados / en vuestros mundos de clausura». Las novedades se abren al mundo y ven con ojos de anuncio; se acaba de inaugurar en Gijón, dentro del Centro de Arte y Creación Industrial, el primer museo del videojuego, y no hace mucho leíamos unas interesantes declaraciones sobre la importancia de la cultura popular a cargo de Carl Goodman, Subdirector del Museum of the Moving Image de Nueva York (El País 05/04/2007, p. 39); a su juicio «La cultura popular, los videojuegos, más el videoarte, están siendo el motor del avance tecnológico. Están provocando un debate publico y una toma de conciencia sobre la propia tecnología». En efecto, la presión de la audiencia y los gustos del público son los verdaderos motores (en tanto mercado al que vender determinados productos) de la evolución de prácticas e incluso técnicas electrónicas e industriales. El mayor esfuerzo de los programadores y diseñadores de software o aplicaciones para instrumentos electrónicos viene de las llamadas interfaces o mecanismos de relación entre el aparato y el consumidor. La interface es el «rostro entre», la cara humanoide que la tecnología nos presenta a la hora de relacionarnos con el hardware. Lo que demandamos, por tanto, precipita la fabricación de lo que se nos ofrecerá. Si queremos sistemas de manejo más sencillo, se nos darán; lo común, incluso, es que se piense por nosotros y se adelante el producto a nuestros deseos. En muchas ocasiones, he deseado un ordenador portátil con el que pudiera escribir en mi cama, sin necesidad de tener la luz encendida: no sé si pensando en mí, los últimos modelos de los MacIntosh de Apple tienen un teclado que se enciende automáticamente por debajo, al advertir un sensor que no hay luz suficiente en la habitación. Eso no va a hacer que me pase a los Mac, pero me motiva a pensar que las marcas de PC deberían ponerse las pilas —fácil, perdón— para satisfacerme. Quizá esa “necesidad” de los usuarios lleve al descubrimiento de un tipo de luz o de lámpara que pueda dirigirse a los ojos sin molestarlos, no lo sabemos, pero sí que una investigación sobre otra cosa llevó, casualmente, al descubrimiento de la penicilina.
El público mueve. No nos cabe duda. Pero no seamos ingenuos, no hay nada democrático detrás, su poder no es político, sino económico, por más que todo lo económico acabe siendo, en algún momento, político. Pero la política del público consumidor no es activa, no es un poder que ejerza, sino que sufre. Las normas, ridículas y logradas tras años de esfuerzos y demandas, a favor de los consumidores y usuarios no son conquistas jurídicas, sino meras legítimas defensas ante el omnímodo poder de los empresarios disfrazadas de victorias democráticas. Hechas estas precisiones, volvamos al principio: el público mueve. Esto también lo saben los escritores. Y, conscientes de ello, manejan al articular sus estructuras, sus narraciones, mecanismos que puedan interesar al público para decidirse por su producto.
Es justo aquí donde comienza el debate sobre el pop, sobre la cultura popular, sobre el efecto de las masas en la creación literaria; un debate a medias entre lo sociológico y la teoría de la literatura que no ha tenido —como casi ningún debate, salvo el del canon y el compromiso de los escritores— apenas tradición o seguimiento en este país, caracterizado por el discurso monologuista y terco de la inmensa mayoría de sus críticos (de los que tienen discurso propio, que son los menos). Ese debate se alimenta ahora con una novedad importante, el primer ensayo del prosista y profesor Eloy Fernández Porta, Afterpop. La literatura de la implosión mediática (Berenice, 2007). Un libro denso, ambicioso y sugerente, que añade a la profundidad y conocimiento del tema de su autor dos cualidades escasamente difundidas en nuestro panorama crítico: el sentido del humor y una sanísima mirada a tradiciones culturales ajenas a la nuestra (en este caso, a la norteamericana).

El eterno problema de las jerarquías
La mayoría de las personas, incluso de cultura alta, siguen cerrilmente el diagnóstico pedagógico y reductivo por el cual el pop se ve a sí mismo como arte menor, como crítica del arte elevado. Denise Scott Brown, en un libro de 1971 que acaba de reeditarse, Aprendiendo del pop (Gustavo Gili, 2007), establecía la cuestión como más compleja: «la afición por toda la cultura pop es tan irracional como odiarla en su conjunto, y puede dar lugar a un subirse al carro del pop generalizado e indiscriminado, donde todo vale y en lugar de postergar el juicio, se lo abandona» (p. 28). Oponiéndose también a esa reducción, y analizando un espectro mucho más vasto, Fernández Porta aporta una idea que me parece valiosa: la distinción entre una cultura Alta y una Baja que incluiría el pop es insostenible. A su juicio, «el resultado ha sido una resituación de la jerarquía alto/bajo en el marco de la cultura pop. Existe, en efecto, una alta cultura pop, con una pátina respetable, y una baja cultura pop» (p. 25). A lo largo del libro se expone el modo en que esa tensión entre el tratamiento del pop como elemento y como campo de juegos se reproduce en varias artes actuales, de la música experimental al cine pasando por el cómic, para llegar a la literatura y explorar los caminos de relación entre pop y libros; a la altura de la página 158 Porta da las claves del auténtico conflicto: cómo verter la «cultura popular auténtica« a unas formas, como las del poema o la novela con vocación de exquisitez estilística, tradicionalmente consideradas como el no va más de la alta cultura, sin perder viveza. El cine, nos dice Porta, tiene más posibilidades, pero el escritor, ese «director de cine sin medios» (p. 160) tiene que lidiar con una contradicción casi estructural; el modo particular de resolverla, a juicio de Porta, denota la grandeza y valía de cada escritor.
La cuestión es que, como señala muchas páginas atrás, «el Pop es muy afectuoso: sólo hay que ver cómo regala espacios de popularidad a cualquier proyecto artístico que se preste» (p. 225); el pop es inclusivo y comprensivo, y acaba viendo aspectos poppys hasta en las cosas y tendencias más inverosímiles. Por ello es muy difícil para la crítica literaria saber dónde hay que poner el punto de mira, señalar cuándo se está trasvasando la política de lo culturalmente exigente para caer en la hipervaloración de lo degradado por la cultura de masas. Este debate, aún sin cerrar, tuvo uno de sus puntos álgidos en los planteamientos del crítico Leslie Fielder:

Esta tendencia igualitaria antijerárquica está quizá mejor ilustrada en la reciente crítica de Leslie Fiedler, uno de los profetas del posmodernismo, que defiende la extraña idea de que la crítica debería hacerse pop. Aunque se celo es quizá el del nuevo converso, su propuesta es muy sintomática, especialmente cuando escribe que cada vez está más interesado en la «clase de libros que nadie se congratula de haber leído» (por ejemplo, novelas del oeste, best-sellers baratos, novelas pornográficas y esos otros tipos de libros representativos de la literatura popular contemporánea). En cierto punto, Fiedler establece una clara distinción entre «el exilio elitista» del autor con poca audiencia y el «mundo del best-seller» como una forma de comunicación con el gran público vía pop (no se profundiza en el hecho de que los best-sellers no son seleccionados por el público sino impuestos a él por la manipulación comercial del mercado publicitario). (1) [Matei Calinescu, Cinco caras de la modernidad, Tecnos, Madrid, 1991, p. 132.]

Eloy Fernández Porta es una muestra, quizá la primera en nuestro país, de esa crítica que se ha hecho pop, desde luego en un sentido alto o noble del estilo, no en el más degradado, del que serían muestra las reseñas literarias de las revistas de tendencias o las notas sobre libros en las revistas de moda. Frente a otros modelos supuestamente más elevados, categorizables ya sólo de modernos por anacronía, y frente a otros de perspectiva cultural ínfima, la propuesta de Fernández Porta es una de las escasas que puede realizar una lectura semiótica de un producto cultural de nuestro tiempo y sublimar su discurso, interpretándolo desde una diagonal que reconoce sus valores populares pero, a la vez, es capaz de contextualizarla en un discurso alto-cultural que muestra su efectiva aportación. De hecho, lo realmente valioso de Afterpop es la capacidad de Porta de entrar en los sucesivos niveles de lectura de los libros mencionados en el ensayo, consiguiendo destripar los elementos de cada texto de modo que vemos cuáles son las reales influencias y modelos de escritura, más allá de las sobrelecturas (término de Eco que Porta admite y utiliza) que sobre esos textos concretos suelen hacerse. Denise Scott Brown ponía justamente ahí la clave de la cuestión: a su juicio, el análisis de la forma es determinante para la creación, ya que la forma influye sobre los creadores (Aprendiendo del pop, p. 19). Así que para entender zonas de lo real arquitectónico o de lo real literario hay que desmenuzar también las nuevas formas del pop y cómo éste construye la forma de los mensajes.
Esa es la clave, en efecto, y ese es el gran mérito de Fernández Porta, que sabe cómo llevar el método a la práctica. Por ejemplo, hablando de un libro presuntamente perteneciente a la alta cultura o alta literatura, Cuando fui mortal (1986), de Javier Marías, escribe Porta: «Tal es la razón definitiva que hace de [él] un libro realmente pop: los referentes, los temas y el lenguaje, por sí solos, no nos daban una respuesta definitiva, pero la indicación inequívoca que nos da el narrador acerca de cómo debemos –en calidad de público masivo pero sagaz– procesar e interpretar esos elementos es el dato fundamental» (Afterpop, p. 19). A ello habría que añadir su habilidad para incorporar otros elementos poco populares en la crítica literaria española al uso (la semiótica, el psicoanálisis, la teoría de la imagen), lo que le convierte en una sugestiva rara avis del análisis literario, cuyo trabajo hay que seguir de cerca, y con el que se podrá o no estar de acuerdo, pero sin obviarlo: hoy por hoy, hacer como si Fernández Porta no existiera es otra de las formas de evasión crítica, de estar fuera del mundo.
Por si ello fuera poco, hay que apuntar que Porta consigue hacer un libro agudo e ingenioso, con momentos de gran humor. Es desternillante el capítulo titulado «Premisa: pegatina hallada en un paquete de ferlosios», y dedicado a quien Porta llama Doctor No, Doctor NastiDePlastix o Doctor Nadie-nunca-nada-no, el pensador Rafael Sánchez Ferlosio, cuyos excesos moralistas (e hipotácticos) pone en solfa Porta con una retórica —sorpresa— megapoppy en parte heredada del maestro. Sí, junto al Ferlosio cura hay un terrorista de dibujos animados que Porta utiliza en contra del primero, en varias páginas de humor de mortífera puntería. Del músico Jim Zorn se dice que su obra abarca varios géneros; «ninguno sale con vida», sentencia Porta. También hay que apuntar la sagacidad sociológica del autor: el ensayo sobre la droga es excelente, y un anuncio televisivo posterior a la publicación del libro da la razón a Porta cuando sentencia que la publicidad de hoy se basa, sustancialmente, en los valores adictivos del producto y a la imagen del drogadicto como consumidor perfecto:

http://www.applesfera.com/2007/04/27-soy-un-adicto-la-nueva-publicidad-de-nike-para-el-binomio-nikeipod

Sin globalizar, poniendo sólo como ejemplo a Rodrigo Fresán (es curioso, como se verá en La luz nueva también para mí Fresán ejemplifica un entero estado de cosas), señala Porta que la actitud literaria Afterpop implica una superación de la actitud pop de los comienzos, y «se define por una ironía inestable y reconocida que se pone de manifiesto en una serie de continuos deslizamientos entre distintas maneras de abordar el permisivo caos de años de la cultura de consumo. En algunos casos se trata de una actitud retro (…) en otros, encontramos un gesto engagé» (p. 63). Ese deslizamiento caracteriza, según el autor, a todo un grupo de autores que han visto las ruinas de los primeros años del pop y las utilizan como un elemento más, sea para reivindicar la excelencia del consumo o para combatirla. Creo que no va Porta desencaminado: en efecto, idéntica postura afterpop tienen el Manuel Vilas que defiende la cultura consumista en sus poemas y el Jorge Riechmann que la critica furibundamente: ambos han entendido que, en cualquier caso, e incluso desde perspectivas contrapuestas, ése es el tema de nuestro tiempo. Aunque a mi juicio, y creo que Porta coincidirá conmigo, el ejemplo más representativo es el de Mercedes Cebrián, capaz de asumir en su literatura inclasificable ambas líneas de fuga: la cultura pop como clásico muerto al que uno puede respetar por igual llorándola o riéndose de ella (2). Ameno, complejo, apabullante por la vastedad de sus conocimientos y referencias, Afterpop se coloca en un lugar inaugural de la crítica literaria española del XXI; su autor es uno de los escasos críticos capaces de entender qué proponen los nuevos escritores, porque las referencias y lecturas que utiliza son las mismas que ellos utilizan en sus obras. La nueva narrativa en castellano tiene ya su crítico de cabecera.

NOTAS
(1) Matei Calinescu, Cinco caras de la modernidad, Tecnos, Madrid, 1991, p. 132.
(2) Chesterton decía que «la prueba universal para saber si una obra es verdaderamente popular, del pueblo, consiste en inquirir si pone en juego sin vacilaciones esos dos extremos de lo trágico y lo cómico».

miércoles, julio 25, 2007

Mi abuelo, Valerie Mréjen

Trad. Sonia Ortega. Periférica, Cáceres, 2007. 96 pp. 11 €

Enrique Redel

Se ha comparado a Mi abuelo, de Valerie Mréjen, con ese fenomenal experimento de la literatura ready-made llamado Je me souviens (Me acuerdo), obra violentamente inclasificable firmada por el que, a justo título, puede ser considerado el mejor escritor en lengua francesa de la segunda mitad del XX, Georges Perec. Conozco bien la obra de la que dicen que Mréjen bebe. Yo fui a París —cuando fui por primera vez—, porque quería visitar a Perec. Ustedes me dirán: pero si Perec lleva veinte años muerto. Cierto, pero eso da igual. Fui de todos modos a París a ver a Perec, está en Père Lachaise, en la división 82 del cementerio, en el columbario. Y me hice una foto con él, que he tenido colgada al lado de mi silla en todas las editoriales en las que he trabajado. Su contemplación me inspira, igual que a otros les inspiran las puestas de sol, o los campos de amapolas, o el skyline de Nueva York. A mí me inspiran los restos de Perec.
Je me souviens es una obra tremenda, inabarcable, caprichosa, que yo leí en francés hace ya muchos años sin entender un pimiento. La leí varias veces, y seguía sin entender nada. La excelente traducción, sin embargo, que Yolanda Morató publicó en Editorial Berenice, ha acabado de demostrarme que no era yo el que no enganchaba con Perec por mi poco o mal francés, que Je me souviens no está hecha para mí. La mayoría de sus referencias me son ajenas, me pierdo en sus laberintos intrahistóricos, en sus pequeñas bromas privadas que quizás le digan algo a sus coetáneos, pero que a mí me dicen más bien poco.
Pero Mi abuelo, de la videocreadora y escritora francesa Valerie Mréjen, es otra cosa. En lo que a este lector se refiere, supera a la obra de Perec por los flancos, trasciende sobrada y merecidamente a su modelo formal. Esta pequeña delicia pop que nos ha regalado Valerie Mréjen es algo diferente, y se lee diferente, y se disfruta de verdad, no como una obra que hay que leer porque es un referente de una época, que lo es, sino porque te agarra desde el principio y no te suelta. Periférica, que hace gala de un tremendo tino a la hora de elegir sus apuestas, siempre solidísimas, con Mréjen ha dado en el clavo. El lector de Mi abuelo podrá encontrar en Mréjen a una semejante que pulsa los resortes de lo real, no de lo contingente, y que lo hace derrochando una comicidad explosiva, un desparpajo casi punk. Al granado catálogo de objetos y referencias entrañables para el recuerdo de una generación, Mréjen añade algo importante: el relato descarnado en primera persona de una vida que se retuerce, que palpita, que respira, que nos hace vibrar porque es parte de nuestra vida, velada por el cristal de lo irónico. La saga familiar de la obra de Mréjen es de las que marcan época. El abuelo del título, con el que la obra abre fuego, se nos presenta como una especie de donjuán de suburbio, una especie de desflorador de inmigrantes y secretarias, que acostumbra a invitar a su propia hija a las orgías que se monta con sus amantes. A partir de aquí todo puede pasar. Pero el abuelo es solamente una excusa, un cebo, un primer paso para desgranar una autobiografía truncada con la que, de modo curiosísimo, nos sentimos realmente identificados. Los meandros de la obra, cuando nos internamos en ella, son sin embargo de naturaleza agridulce: pasamos de la carcajada al estremecimiento en un solo párrafo. Es constante la presencia de la muerte, del inexorable paso del tiempo: las maneras levemente anticuadas de vivir, de expresarse, de comportarse, los apodos y los apelativos trasnochados, pero que forman parte de nuestro disco duro. Estas cosas saben hacerlas bien solamente unos pocos.
Valerie Mréjen, además de una escritora con un oído prodigioso, es una francotiradora incisiva, que dispara donde duele, y que tiene la extraña habilidad de entresacar, con una prodigiosa economía de medios, caracteres, retratos, anécdotas que son antológicas por lo auténticamente verídicas y creíbles que son, maneras de pensar y de vivir. Para eso hay que valer.

martes, julio 24, 2007

Sudd, Gabi Martínez

Alfaguara, Madrid, 2007. 343 pp. 17,50 €

Amadeo Cobas

El río Nilo, en su recorrido por el sur de Sudán, surca una zona pantanosa conocida como Sudd. Son praderas que se inundan y que dependen, en su extensión, de las precipitaciones que se hayan producido. Por eso su cauce y caudal varía de un año a otro. En las áreas menos profundas, las matas de papiro llegan a ser tan tupidas que a veces la vegetación se entrelaza hasta conformar islas. He aquí el escenario de la narración. El trasfondo es el que tristemente viene a definir un continente en sempiterna guerra: África. Aunque en el punto de partida de la narración es esperanzador: se supone que la guerra ha finalizado, o al menos ha alcanzado una tregua. Se supone… Desde esas dos premisas: un territorio y una situación extremos, zarpa la embarcación que patronea Gabi Martínez, que tiene forma de novela de viajes. Porque al autor se le ha ocurrido dar forma a un viaje en barco por las aguas del Nilo, con el conflicto armado recientemente agotado —tras hacerse acreedor al dudoso mérito de ser la guerra más larga y cruenta del mundo. Un viaje de placer, aparentemente. Un viaje multicultural, donde se dan cita militares, políticos, empresarios, occidentales y orientales, en fin, una amalgama de personalidades y culturas que van a propiciar situaciones extremas cuando la placentera travesía deviene en un mar de problemas. En efecto, cuando esas matas de vegetación encierran a La Nave entre sus fauces, sujetándola, impidiendo el normal transcurso de su singladura y le provoca una deriva indeseada, es decir, cuando la aquietada marcha de una vida se agita con la turbulencia de las bravas aguas del río, surge lo peor de cada uno de nosotros, valga la metáfora. Ahí cobra fuerza la novela, trascendiendo la narración de un viaje para convertirse en una trama psicológica. Bien propiciada, desde luego. Porque la premisa que desemboca en la atmósfera asfixiante que describe Martínez al quedarse tripulación y pasajeros del barco varados, es tan simple como una diversión: un juego de tiro al plato que se inicia sobre cubierta, para matar el rato, trae como consecuencia el ataque que sufre La Nave, a cargo de unos desconocidos, provocando varias muertes a bordo. ¿A quién se le ocurre? A unos occidentales ociosos, de viaje por África. Es un despropósito organizar un juego consistente en disparar allí donde los rescoldos de la guerra todavía humean. La respuesta tiene todo su sentido.
A partir de ahí nace el miedo. Se producen situaciones ridículas: nadie osa atravesar de proa a popa o cambiar de banda sin hacerlo a cuatro patas o a gatas, protegidos por la borda por miedo a los francotiradores que desde tierra puedan divisarlos. Y sobre todo se produce una sofocación desde el momento en que la vegetación engulle y detiene a la embarcación. Acaban apareciendo el hambre, las enfermedades, la desesperación, los conflictos. Asoma lo peor de cada uno, no cabe duda. Nuestro narrador en primera persona es un traductor español. Gracias a él conocemos la variopinta «fauna» que puebla esta nave. Desde exploradores alcohólicos y drogadictos con una única obsesión: localizar con sus prismáticos el vuelo de un picozapato; el soldado con innumerables muertes a sus espaldas, tras su participación en la guerra funesta, que se arrepiente de todo y quiere dejar atrás la vida anterior, negándose a matar a nadie más, y que se ve envuelto en este fragoroso mar en el que toca matar para salvar la piel; el capitán de la embarcación que se ve sobrepasado por las circunstancias cuando hay que racionar los alimentos y establecer turnos de guardia para evitar hurtos y revueltas; su hija, que es la obsesión del propio capitán y de una psicóloga francesa sexagenaria que ha vivido todo y no se arrepiente de nada; el político que quiere mandar; las distintas facciones que se forman con la crisis… En fin, un viaje apacible que se vuelve una trama angustiosa, muy bien llevada por Gabi Martínez, que se desenvuelve con rigor en lo paisajístico, bien descrito, y con soltura a la hora de abordar las caracterizaciones de personajes tan diversos como los que pueblan esta novela coral. Feliz viaje. Para los atrevidos que quieran conocer el peligroso Sudd…

lunes, julio 23, 2007

Zeppelín, José Manuel Martín Peña

Premio Internacional de Cuentos Manuel Llano. Pre-Textos, Valencia, 2007. 60 pp. 8 €

Miguel Baquero

La nostalgia puede ser una sustancia peligrosa cuando cae en según qué manos: me estoy refiriendo a esos tipos que toman su infancia o su adolescencia y la idealizan de tal forma que acaban por provocar en el lector una hiperglucemia, un exceso de azúcar en la sangre. Y si acaso no caen en la cursilería, lo más normal es que los autores se retraten a sí mismos, en su época juvenil, como heroicos luchadores, grandes seductores, pioneros de toda modernidad y vanguardistas avant la lettre.
Zeppelín es una colección de relatos con la que José Manuel Martín Peña (Castuera, 1964) ha ganado recientemente el Premio Internacional de Cuentos Manuel Llano, convocado por el Gobierno de Cantabria. En Zeppelín se aborda el tema clásico de la nostalgia mediante el recuerdo de los años infantiles y juveniles en una España (años ochenta) donde la apertura hacia lo moderno y europeo convivía día a día, rincón a rincón, con bolsas de ese subdesarrollo tanto material como moral que se había ido incubando durante cuarenta años. En esta colección de cuentos, Martín Peña nos narra, de modo impresionista, a leves pinceladas que hay que ver desde la distancia para captar el color general del cuadro, la vida de unos jóvenes en aquella España ilusionada en que todo parecía ser posible.
Estamos hablando de esa España, en concreto ese Madrid de los suburbios, donde los chavales de clase media que empezaban a viajar a Londres, aunque solo fuera con el pensamiento, e integrarse en las corrientes musicales, eran recibidos al llegar a casa por unos padres que hacía apenas unas décadas habían huido del arado. Padres que todavía conservaban las viejas costumbres, supersticiones y prejuicios de la España profunda, y que no pueden dejar de contemplar con odio sordo el ascenso de otro, hasta hace poco, descamisado como ellos. Frente a estos padres, como pocas veces ha estado una generación frente a otra, chavales que, confundidos por el tropel del mundo, no se atreven a tomar una decisión sobre su vida y pasan los días repartiendo propaganda, tomando botellines en el bar, trabajando de cualquier cosa eventual, saliendo para delante de cualquier modo. Toda esta gente que hoy anda en torno a los cuarenta años y que tuvo que crearse, con mayor o menor fortuna, sus propios referentes, e importar a toda prisa los modelos de fuera.
El gran logro de esta colección de cuentos pequeña, poco más de cincuenta páginas, pero sentida y entrañable como pocas, es que su autor, Martín Peña, se integra en ese grupo de personas sin pretender, como hacen tantos otros, destacar sobre el común por una supuesta gran personalidad o una más supuesta aún sensibilidad artística. En un cuento, por lo demás de muy atractiva técnica, como “Galería de personajes”, en que mediante la presentación de una veintena de jóvenes el autor consigue formar una panorámica humana del barrio, el mismo autor se incluye en ese grupo sin ningún protagonismo ni privilegio moral, como uno más de tantos como crecieron en Vicálvaro en los años ochenta, uno más de tantos como se creían grandes artistas y tipos de un gusto exquisito, y uno más de tantos como finalmente han acabado arrumbados en un empleo sin futuro o, aún peor, en un empleo con futuro.
Zeppelín es una pequeña historia, contada al oído, sobre la juventud (aquellos días en que nos echábamos unas risas) en la que todos nos reconocemos de alguna manera. Y ya no digo aquellos chavales que vivieron la dura época (una historia que todavía está por contar) de la Transición cultural; son unos cuentos en los que cualquier persona que un día haya tenido sensibilidad, y que ve como todo, poco a poco, va entrando en una vía muerta, puede reconocerse. Es la eterna historia de la humanidad, la crónica de los sueños rotos, pero narrada, como apunté al principio, sin sentimentalismos baratos, sin lamentaciones inútiles, sin grandes aspavientos.
Junto con esta forma sensible de presentar la nostalgia, no de regodearse en ella, en Zeppelín descubrimos a un magnifico narrador y, sobre todo, a un excepcional constructor de ambientes y transmisor de sensaciones. Un autor de palabra medida: muy pocas, por no decir casi ninguna, están de más en estos relatos, muy poco es en realidad superfluo y, en ocasiones, nos encontramos con frases que nos conmueven por su enorme contundencia: «No hay nada tan triste como caminar junto a alguien que va pensando en sus cosas». Un escritor, en suma, de excelente gusto, de los que siempre se agradece descubrir.