viernes, julio 20, 2007

Hechizo, Sarah Singleton

Trad. Gemma Gallart. Ilustr.: Alejandro Colucci. Destino, Barcelona, 2007. 218 pp. 13,95 €

Ángeles Escudero

«Hechizo cuenta la historia inquietante y fabulosa de una familia atrapada en el tiempo y condenada a vivir una noche eterna de invierno tras los muros de una impresionante mansión». He elegido para encabezar este comentario esta cita de Amanda Craig —publicada en Times on line— que aparece en la contraportada del libro porque resume mi impresión sobre esta novela. Pero, claro, hay mucho más que decir.
La sugerente y cuidada cubierta te envuelve, antes incluso de abrir el libro, en una atmósfera en la que se desarrollarán las doscientas dieciocho páginas en las que Sarah Singleton nos cuenta esta historia. La palabra "hechizo" aparece difuminada sobre una luna incompleta que, tapada en parte por una neblina incierta, corona una mansión con aire fantasmagórico. La figura de una niña de perfil, de pelo largo y tez extremadamente blanquecina, como privada de la luz del sol, nos pone en situación, nos hace visible el escenario.
El ambiente, buscando algún paralelismo cinematográfico, recuerda al de Los otros de Amenábar, sólo que no se trata en Hechizo de un no dejar pasar la luz tapando cualquier rendija por la que pudiese entrar el sol, sino que la familia protagonista está atrapada en el tiempo, y condenada a vivir los días de forma invertida tras los muros de la impresionante mansión en la que habitan.
«El libro estaba oculto en un cajón de embalaje de madera, en el desván situado encima del ala oeste de la casa, insinúa ya un misterio por resolver», dice la primera línea de la novela. Ya en el arranque, la autora nos propone la lectura de Century, cien años de hechizo, escrita por la misma protagonista de la historia, Mercy Galliena Berga, y fechada en 1890. La historia dentro de la historia comienza hablando de fantasmas. Mercy puede percibir los ecos de personas que ya han muerto. El recurso al más allá (o tal vez el más acá, que no todo está dicho en este terreno incierto) funciona a cualquier edad. Nos horroriza, nos perturba, e incluso ambas cosas a la vez lo que no podemos controlar, lo que escapa a lo que podemos medir, analizar o explicar. Pero, como bien conocerá la autora, ese es también el motivo por el que la muerte y la posibilidad de un después, nos atrae de forma irremediable. Además en literatura juvenil, o literatura que también pueden leer los jóvenes como es el caso, este tema ha dejado de ser tabú. Mercy ve fantasmas, y lo curioso es que lo asume de forma natural, quizás porque hasta lo más excepcional si se convierte en cotidiano se hace costumbre y pierde su poder de sorpresa o excepción. Lo que provoca miedo es lo inesperado, lo que conocemos nos da seguridad, y para Mercy, aunque vive una situación difícil, lo que realmente resultará duro serán las novedades que se van a producir en su rutina y que le llevarán a tener que tomar la determinación de actuar. Es el día en que encuentra un fantasma que no le es familiar, cuando se sentirá perturbada. Se trata de una mujer que se desliza bajo el hielo de un lago cercano a la casa. Esa visión dará comienzo a los cambios que se producen en Century.
Hay elementos recurrentes en argumentos de misterio pero que no por muy utilizado son un recurso menos efectivo. Mercy encontrará unas llaves en el lodo, quizás guiada por la mujer del fondo, y al cogerlas asumirá el reto de darle una explicación. Comienza entonces a ser consciente de que su situación no es normal: pasear bajo la luna, con un intenso frío, sobre la hierba helada; estudiar y comer a la luz de las velas, o con el resplandor de las llamas de la chimenea; e irse a dormir antes de que el sol despunte en el horizonte. La familia Berga esconde un secreto y Mercy descubre que tiene relación con la muerte de su madre, Tecla, aunque la historia esconde mucho más.
Se introduce en este punto un juego temporal, con las paradojas que ello conlleva. Nuestra protagonista ha de volver al pasado para tratar de solucionar el misterio. En ese tiempo pasado no la ven, la autora nos lo explica diciendo que sus mentes no registran su presencia. Mercy se ve a sí misma y a su familia antes de que el hechizo cayese sobre sus vidas y sobre la mansión. Hará varias incursiones al pasado y cada vez que regrese a su presente todo será un poco más difícil, y constatará el deterioro que sufre Century. La niña se verá obligada a escoger entre el único modo de vida que ha conocido hasta ese momento, y el cambio que le propone Claudius, un nuevo personaje que aparece en su vida y que la llevará a actuar deshaciendo la magia, cuestionando incluso la autoridad de su padre. Mercy es valiente y, aunque llega un momento en que no sabe en quien confiar, actúa. Se rebela por sí misma, y ayudada por su hermana buscará la forma de volver a vivir y no estar encerrada en una noche eterna y gélida.
Century aborda el tema de la inmortalidad, aunque de forma peculiar, y reflexiona sobre cómo la vida, cuando es efímera e intensa y por tanto finita, adquiere su auténtico sentido, el único quizás. La eternidad puede ser un castigo más que una utopía deseable. Es en este contexto donde la autora introduce una reflexión, que roza lo filosófico, sobre lo que nos da la vida. El aliento vital del que hablarán los presocráticos como origen de la vida; Ka, el espíritu animador de los egipcios; el alma inmortal de los esquimales, Inua. La autora se sirve en este punto de los autómatas, esos viejos habitantes de la literatura —de Hoffman a Ruiz Zafón— y lo hace de forma dramática pero creíble, reviviendo el mito de Frankenstein, o la vuelta a la vida al precio que sea.
Sin duda, lo que más atrae del libro es la maravillosa idea de cómo la literatura nos puede hacer libres, corrigiendo la realidad al reescribirla. La protagonista de Century, título original de la novela, encontrará en la nueva narración de los cien años ya transcurridos la fórmula para romper el hechizo.
Se cerrarán todos los círculos, se resolverán las incógnitas (que son muchas y que deberán resolver también quienes lean la novela) y en la última frase del libro, escrita por la propia protagonista, se hará patente que lo vivido se materializa cuando lo ponemos por escrito.
¿Y qué, si no, es la esencia de la literatura?

jueves, julio 19, 2007

La biblioteca de los libros perdidos, Stuart Kelly

Trad. Miguel Candel y Marta Pino. Paidós, Barcelona, 2007. 392 pp. 26 €

Sofía Rhei

La biblioteca de los libros perdidos funciona, efectivamente, como una pequeño recinto de anécdotas, una guía de pistas, un conjunto de indicaciones y sugerencias, un recuento de fascinantes historias de autores tocados por la contradictoria fortuna del genio. Al sumergirse en sus páginas, esta “biblioteca” funciona como un hipertexto capaz de generar el deseo de investigar casi cada uno de los casos expuestos: textos literarios, como todas las obras teatrales de Agatón y alguna de Shakespeare y Molière, novelas de Malcom Lowry y Camoens, los diarios de Philip Larkin, poemas de Manley Hopkins y textos beat perdidos en el fragor de la época; y también textos teóricos, como el segundo libro de la Poética de Aristóteles (sobre el que se especula en El nombre de la rosa, de Umberto Eco) o los ensayos desaparecidos de Saussure y Bajtin.
Pero los artículos no hablan en todos los casos de libros que se perdieron, sino de libros que pudieron haber sido escritos, de libros inacabados. Estas dos últimas categorías configuran en realidad la mayor parte del libro: fantásticos proyectos literarios que nunca llegaron a ver la luz, porque las circunstancias no lo hicieron posible. «El filósofo Boecio nunca llegó a elaborar su demostración de que Platón y Aristóteles estaban en perfecto acuerdo […] y quién sabe si sir Arthur Conan Doyle no podría haber tenido la intención de revelar la verdadera historia que había detrás de “la rata gigante de Sumatra”, a la que Watson aludió en cierta ocasión mientras Holmes se hallaba ocupado en casos más inmediatos. ¿Habría sido Gaia, de Thomas Mann, la obra maestra que este creyó que podía ser?».
El estilo es concienzudamente sencillo, consigue serlo para poder insertar en sus accesibles párrafos algunos temas un poco más académicos de lo que es frecuente entre este tipo de ensayos concebidos para grandes tiradas. Consigue encontrar el equilibrio entre la lectura fluida y la aportación de datos poco conocidos respecto al devenir de los libros y los autores. La verdad es que es uno de esos libros que pueden ser agradecidos por muchos tipos de lectores, pues contiene las dosis de investigación y misterio, de historia, y de avatares literarios que forman parte de numerosos best-sellers actuales, con la diferencia de que todo lo que cuenta es verdad, o, al menos, lo parece.
Las ilustraciones de Andrzej Krauze enriquecen el texto con pinceladas de humor poético, y participan de esa rara cualidad atemporal que algunos ilustradores consiguen imprimir a sus dibujos.
Se podría emparentar este ensayo con Falsarios y Críticos. Creatividad e impostura en la tradición occidental, de Anthony Grafton (Crítica, 2001) y con Una historia de la lectura, de Alberto Manguel (Alianza, 2001). Pero, sobre todo, con la Invisible Library, un proyecto electrónico en el que se reseñan todos los libros que sólo existen dentro de otros libros.
Encuentro dos maneras de completar este libro: la primera sería incluir en él más autores procedentes de ámbitos no anglosajones, pues a pesar de que en el comienzo del libro se habla del inicio de la escritura y la literatura como algo vagamente global, después el compilador avanza muy focalmente hacia el contexto que conoce. La realidad es que sólo se recogen en el volumen literatos africanos de la antigüedad, cuatro escritores asiáticos y dos árabes. En este sentido, sería raro que un solo escritor poseyera los recursos bibliográficos de literaturas en idiomas muy diferentes, y se haría necesario un trabajo en equipo.
La segunda posible reparación me parece más necesaria, y la ausencia de este segundo grupo de escritores es menos justificable, a pesar de la disculpa que se incluye en el prólogo: «Virginia Woolf trató de imaginar a la hermana de Shakespeare, pero la naturaleza inexorable e inalterable del pasado da al traste con cualquier intento de poner un nombre a quienes se vieron privados incluso de una fantasmal existencia perdida». Stuart Kelly sólo nos habla de los libros perdidos que habrían sido más valiosos o importantes para el canon occidental, es decir, la clásica lista de los hombres, y entre casi 80 autores sólo encuentra la manera de hablar de cuatro mujeres (ni siquiera menciona la extendida teoría, que sí recoge el canonista Bloom, de que una de las primeras fuentes de la biblia pudo ser una mujer) como si no hubiera nada que decir respecto a tantas producciones literarias sistemáticamente olvidadas, desplazadas, ninguneadas por la crítica, por los antólogos, por libros excluyentes como éste.

miércoles, julio 18, 2007

El desenterrador de vivos, Carlos Edmundo de Ory

Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona, 2007. 70 pp. 24 €

Alejandro Luque

Con Ory me sucede lo mismo que con mis grupos de rock favoritos: cuando parece que nada queda ya por inventar, en el momento en que todo alrededor suena precocinado, refrito, descafeinado, recalentado, siempre saben cómo refundar su propia música, cómo sacar de la chistera matices insólitos, e incluso hacer que los viejos acordes se nos revelen como recién salidos del horno, crujientes y sabrosos.
El último regalo de Ory acaba de ver la luz y se llama El desenterrador de vivos, una antología de poemas que, no por conocidos, dejan de conmover y aturdir como pueden hacerlo Smoke on the water o Back in black. Una edición preciosa llena de himnos. Y no me refiero a canciones patrióticas, a menos que dejemos claro que la patria de Ory es el mar y el amar. Eso y el lenguaje, la juguetería líquida e inagotable del diccionario, en la que el poeta se zambulle, bucea hondo, encuentra tesoros, visita vientres de ballena, se desespera, ríe hasta las lágrimas, invoca a César Vallejo y a Lautréamont... Y todo ese parque temático en apenas 60 páginas. El más doliente, el más divertido, el mejor de nuestros poetas amorosos, el más vivo —¡qué ochenta y pico años!— regresa con un libro lleno de lujos (y algunas lujurias), acompañado con un hermoso prólogo de Francisco Nieva, deliciosas ilustraciones, un CD con poemas musicados de Fernando Polavieja y Luis Eduardo Aute (del que destacaría esa bellísima versión de Cuando no cante más) y un breve documental de Álvaro Forqué.
De postre, 33 aerolitos inéditos a modo de bocados vitamínicos y un nuevo poema, Orinoco, en el que todos los atributos de Ory, su lucidez, su humor, su avasalladora humanidad, su dominio absoluto del verso, rozan el prodigio y hacen de El desenterrador de vivos todo lo contrario de un álbum conmemorativo: un certificado vigor y efervescencia. Como las guitarras de los buenos roqueros, la pluma eléctrica del poeta suena tan afinada como siempre y más cañera que nunca.

martes, julio 17, 2007

El bosque del cisne negro, David Mitchell

Trad. de Víctor V. Úbeda. Tropismos, Salamanca, 2007. 389 pp. 18 €

Care Santos

Admiro a los narradores que saben envolverme con sus historias. Siempre deseo que me contagien algo. Por eso admiro, incluso superlativamente, a David Mitchell, londinense, sólo un año mayor que yo (es decir, nacido en el año 1969) y poseedor de uno de los talentos narrativos más espectaculares que he conocido. Puede ser que la traducción, en ocasiones, sea un tanto descuidada, puede ser que ciertas filigranas estilísticas del original —si es que las tiene— se pierdan en nuestras versiones castellanas, pero todo eso es superfluo al lado de la portentosa capacidad del autor para tejer telas de araña de ficción en las que atraparnos a nosotros, pobres moscas siempre revoloteando alrededor de las mentiras que otros traman.
Este hombre es capaz de todo: puede escribir una novela compuesta por más de media docena de nouvelles contadas por otros tantos narradores en la que aborde temas tan osados y diferentes entre sí como el conflicto político y moral de un investigador forzado a poner su conocimiento en manos del poder, la vida de un espíritu encarnado en un árbol japonés o las dramáticas peripecias de unos ladrones de arte; o bien puede salir airoso de una estructura en la que las historias vayan apareciendo unas dentro de otras para luego armar un rompecabezas de cajas chinas en el que todo encaje, incluso los varios emplazamientos repartidos por diversos países del mundo. Lo primero lo hacía en Ghostwrittens o Escritos fantasma. Lo segundo es la columna vertebral de El atlas de las nubes. Ambas han sido publicadas por editoral Tropismos que, por fortuna, está dispuesta a continuar sirviéndonos más platos suculentos cocinados por Mitchell.
(Abro un paréntesis para apuntar la cantidad de concomitancias que existen entre los universos y los modos de contar de escritores como Mitchel y directores de cine como el mexicano Alejandro González IñárrituBabel— o el estadounidense Paul Thomas AndersonMagnolia—. Es la visión del rompecabezas, de las pequeñas piezas que encajan para componer la totalidad. Acaso sea éste un modo de ver el mundo que nos pertenece en exclusiva a los que hemos llegado a la madurez en plena era de las tecnologías, cuando Internet ya es una realidad a la que es imposible permanecer ajeno y cualquier cosa que ocurra en cualquier parte del mundo se conoce en en el otro extremo al instante.)
La novela que ahora acaba de aparecer es una de las más premiadas del autor y también una de las peores, según mi opinión. Lo cual no significa que no pueda ser lo mejor que mucha gente haya leído en su vida. Aquí, Mitchell parece haberse propuesto dejar a un lado los alardes formales y, simplemente, contar. Simplemente. Eso es, exactamente, lo que hace: echa mano de su enorme talento para crear situaciones, de su no poca habilidad para caracterizar personajes y de sus superlativas dotes como psicólogo (la psicología siempre mejora al novelista) y nos cuenta la historia de Jason, un chico de 13 años que habita en un mundo tan feroz como el de cualquiera de nosotros. Un mundo en el que su padre tiene un amante, su madre tiene problemas y excentricidades, su hermana tiene un novio pelirrojo y pijo, sus amigos tienen hermanas, y pesadillas y calentones y todos ellos tienen una guerra (la de las Malvinas) y un pueblo pequeño en el que o te buscas la vida o te mueres de asco.
Confieso que me cargan los narradores infantiles. Entre otras cosas, porque nunca son verosímiles. Siempre chirrían. Siempre piensan demasiado, o deducen demasiado, o van de listillos o de llorones o se atribuyen funciones que no les corresponden. Incluso cuando cuentan las cosas como por casualidad, como fingiendo no darse cuenta, me resultan cargantes. He de decir, no obstante, que en esta novela Mitchell ha conseguido vencer esa enorme reticencia mía. La comencé diciéndome: «Qué lástima, ésta no me va a gustar». 30 páginas después ya me había seducido, como siempre, gracias a su gran inteligencia, su no menos escasa mala baba y su narratividad sin límites. Al fin y al cabo, eso es lo que le susurraría al oído al autor de cualquier libro que comienzo: «Vamos, chaval, camélame». Lo cual, no hace falta que lo diga, a estas alturas, no es nada fácil.
Y Mitchell sólo tiene 38 años. Lo cual significa, como en los chistes, una cosa buena y una mala. La mala es que se le van a ocurrir muchas más historias que contar y muchos más modos originales de hacerlo antes de que se muera o se vuelva tonto (o me muera o me vuelva tonta yo). Lo cual, para cualquier narrador que pretenda hacer lo mismo aunque sea en otro país y en otro idioma, es lo peor que puede ocurrir. La buena es que podré seguir leyéndole durante mucho tiempo. Ojalá también les duren a los de Tropismos las ganas de publicarle. Amén.

lunes, julio 16, 2007

Ahora es el momento, Tom Spanbauer

Trad. Aurora Echevarría. Mondadori, Barcelona, 2007. 576 pp. 24,90 €

Emilio Ruiz Mateo

Cuando vives en una escuálida casa blanca en medio de un campo de alfalfa en mitad de Idaho y lo único que sabe hacer tu familia es trabajar, aprendes a buscar milagros. Rigby John Klusener tiene 17 años y hace autostop en una cinematográfica carretera camino de San Francisco. Se ha puesto una flor en la cabeza, porque una vez escuchó ese consejo en una canción de la radio: Si vas a San Francisco, no olvides llevar flores en el pelo. En su corta biografía ha vivido lo que supone pasar de una habitación con ventanas sucias y olor a cerrado a un horizonte que dibuja arrebatos y alegrías mayores. No odia a su familia, pero la sabe culpable. No sabe bien qué vendrá después, pero intuye que el secreto sólo está en una actitud: esperar.
Tom Spanbauer continúa llevando a la práctica lo que enseña en sus talleres literarios de Portland (Oregón), la “escritura del riesgo” (dangerous writing), ese mirar hacia nuestro interior y llegar a las zonas silenciadas, dolorosas, que bajo nuestros miedos han ido ocultando verdades. Peligroso el daño que podemos experimentar al hacerlo, pero el fruto, al menos en Spanbauer, es un recuerdo que se convierte en literatura viva. En La ciudad de los cazadores tímidos contó las experiencias de un emigrante del Far West en Nueva York. Sin duda para escribirla “se arriesgó” a recordar aquellos años que pasó en esa ciudad malviviendo mientras daba a luz su primera novela, Lugares remotos. Lo que en Ahora es el momento nos narra probablemente se parece mucho a su propia infancia y pubertad en Pocatello (Idaho). La sabiduría del autor nos hace acompañar a Rigby John Klusener en el descubrimiento de lo que quiere ser de mayor: sus sueños, su sexualidad, su fe en una vida trascendental...
Porque, en efecto, hay misticismo en la novela, un misticismo que bebe de tradiciones indias americanas y ayuda al protagonista a romper con lo que fue para acabar, o al menos intentarlo, siendo lo que en verdad es. El aprendizaje de Rigby John Klusener podría haber configurado un relato de frustraciones y miserias varias, pero Ahora es el momento parte de una base de optimismo y fe en el futuro que se lo impide. Si a esto añadimos una especial atención hacia lo sensorial (son abundantes los momentos en los que compartimos olores, sensaciones táctiles y otros estímulos con el protagonista), la novela se convierte más en una fiesta que en un reconocimiento de pasados dolores. Los protagonistas fuman y descubren trascendencia en el humo: Fumar es rezar. Se manchan las manos con la tierra, sudan, buscan refugios oscuros y húmedos y reciben consejos en medio de un funeral que sólo en las novelas de Spanbauer pueden darse: Folla hasta perder el sentido.
La prosa del americano es limpia, transparente en sus intenciones, siempre dispuesta a favorecer a la historia frente a la firma. Nada es excesivo ni demasiado adjetivado en la novela: prefiere Spanbauer subrayar repitiendo frases que barroquizando. Me llamo Rigby John Klusener. Soy libre y sencillo, y voy a recorrer el mundo en busca de lo que llevo dentro. Ésta será la sencilla conclusión a la que llegue nuestro protagonista, pero para alcanzarla tendrá que pasar por infinitas y tediosas comidas familiares, peleas de pandilleros a lo James Dean, bailes de instituto, muertes infantiles y más de un corazón lastimado. Historias vulgares que Tom Spanbauer va engarzando sin estridencias, como el buen contador de historias y enemigo del aburrimiento que es. Podrá gustarte más o menos su lectura, pero difícilmente te aburrirás acompañando a Rigby John Klusener mientras espera que un conductor se apiade de él camino de San Francisco.