viernes, junio 15, 2007

El insurrecto, Jules Vallès

Trad. Manuel Serrat Crespo. ACVF Editorial, Madrid, 2007. 320 pp. 17 €

Miguel Baquero

Con El insurrecto, que acaba de aparecer en las librerías, se cierra la Trilogía de Jacques Vingtras, la obra de Jules Vallès cuyos dos anteriores volúmenes, El niño y El bachiller, ya reseñamos en este espacio. Se concluye así una magnífica labor, realizada por la recién creada editorial ACVF, que nos permite tener, por primera vez en castellano y en una sola editorial, esta trilogía, de enorme significación para la literatura francesa, capital para el movimiento naturalista y significativa en grado máximo como espejo de una época, el Segundo Imperio francés de Napoleón III, en que los artistas, en especial los literatos, del brazo con los obreros, comienzan a crear la base de una conciencia social y comienzan a pergeñar un discurso reivindicativo contra el burgués triunfante de la Revolución Francesa y que, tras los días de furor y guillotina, había vuelto a construir un sistema, mejorado y ampliado, de “aristocratismo” y exclusión.
A lo largo de las dos novelas anteriores de la trilogía, el joven Jacques Vingtras (trasunto de Jules Vallès) se ha ido poco a poco abriendo al mundo y a la realidad —mísera realidad— de sus semejantes, después de los días adolescentes de bohemia y soflamas románticas; esta evolución viene a culminar en El insurrecto, donde Vingtras-Valles, ya adulto, ocupa un lugar, y no ciertamente secundario, en las barricadas que se levantan en París y otros lugares de Francia en marzo de 1871. Estamos en los días de La Comuna, de la que Valles es uno de sus representantes, elegido por los sublevados. Días de banderas rojas, blusones de proletario, pañuelos al cuello, reuniones tumultuosos que concluyen en la famosa Semana Sangrienta de mayo, cuando el Ejército finalmente entra en París y aplasta a los sublevados.
«Sólo se resiste en el barrio de La Bastilla y en La Villette. Los versalleses fusilan indiscriminadamente, incluso a los heridos en las ambulancias. Una muchedumbre se venga asesinando en la calle Haxo a cincuenta rehenes (...) Decenas de miles de muertos durante la represión. Más de cuarenta mil prisioneros juzgados en consejos de guerra. Más de tres mil condenas a muerte. Más de cuatro mil condenas a destierro. Valles logra esconderse y escapar». (Tomado de la cronología al termino del volumen.)
En Londres, donde finalmente Vallès encontraría refugio, escribe su célebre trilogía, de la que este El insurrecto supone la conclusión. Escrito en sus últimos días (de hecho, Vallès nunca llegaría a ver la edición en libro), este último volumen no alcanza, justo es decirlo, el alto grado de calidad de los dos anteriores, y la abundancia de referencias a personajes políticos y culturales de la época, hoy ya olvidados, hace que la lectura de El insurrecto resulte en ocasiones bastante difícil, pese al extenso y titánico glosario con que se acompaña el libro y la extraordinaria traducción de Manuel Serrat Crespo. Sin embargo, y pese a la dificultad, El insurrecto resulta necesario como culminación de esta trilogía, una de las más brillantes de la literatura y una auténtica mano tendida, tanto por pensamiento como por estilo, de un hombre del siglo XIX hacia un lector de nuestros días.

jueves, junio 14, 2007

En el nombre de la madre, Erri de Luca

Trad. Carlos Gumpert. Siruela, Madrid, 2007. 112 pp. 11.90 €

José Morella

La trama del libro que hoy recomendamos es conocida por todos ustedes. O más que eso: está engastada en ustedes. Explica la historia de una mujer, apenas una adolescente, desde el día en que le anuncian que será la madre de Jesús, el Hijo de Dios, hasta que el niño nace en un establo polvoriento. La novedad que Erri de Luca introduce está en el punto de vista de la narración, que es el de María, aquí llamada Miriam. De Luca es laico. Es un antiguo militante revolucionario comunista, que estudiaba hebreo por las noches cuando salía de la fábrica. Parece querer decirnos, a través de su prosa cuidada y sutil, que es necesaria una nueva aproximación, laica y culta, al problema de las religiones; y nos recuerda, sin hablar en absoluto de ello, sin comentarios extrínsecos, tan solo parafraseando el texto sagrado, que la historia de Miriam y Iosef es, también, la historia de dos personas enfrentadas con la sociedad a la que pertenecen: es decir, una historia política. Miriam está, en palabras de su prometido, Iosef, «llena de gracia». Esa gracia, en la novela de De Luca, no es, a pesar de ser una característica de lo divino, algo esotérico o inexplicable: es la capacidad de los que creen en algo (en este caso, en la palabra de Dios) para no dejarse caer. El castigo por quedar encinta fuera del compromiso matrimonial es la lapidación. Morir a pedradas. Iosef debería, según la ley, haberle lanzado la primera piedra a su novia. Como no lo hace y la protege de esa muerte horrible, los miembros de la comunidad les retiran a ambos el trato. Miriam acepta la palabra de Dios desde el momento en que un extranjero (no un ángel con alitas) entra en su estancia para anunciarle el asunto. Ella, ante un extranjero que se cuela en su casa, debería haber gritado y pedido socorro, pero no lo hizo. Creyó. La pareja no se rinde a la presión que la comunidad entera ejerce sobre ellos. Creen, y su fe les sostiene. Eso es lo que significan las palabras que Iosef le dice a Miriam: estás llena de gracia, esparces la gracia a tu alrededor. La gracia es estar investido de una fuerza que aísla y que protege contra la sociedad incrédula y rencorosa, cerrada a la fe. La gracia es ese vuelo de la gaviota sin mover las alas, ese planear con elegancia en medio de la tormenta en la que podría morir. ¿Qué diferencia hay entre esa actitud y la de Mahatma Gandhi, o la de Rosa Parks cuando se negó a cederle su asiento a un blanco en un autobús de Montgomery, o la de Alexander Solzhenitsyn en el gulag? Tal vez la diferencia es tan solo de grado. Tal vez Gandhi o Parks tenían algo de esa gracia de la que Miriam estaba llena. Lo que es seguro es que ellos también creían en algo y no se dejaron caer. Así, Miriam y Iosef pueden ser vistos como un caso prematuro de desobediencia civil, mucho antes de Thoreau.
Resulta interesante pensar esta lacónica obra escrita en prosa poética después de haber sido testigos del enorme éxito editorial de los tochos de Dan Brown, en los que se utiliza también el material bíblico —entre otros— para novelar. El éxito de El código Da Vinci se basa en dos elementos: hacerle creer al lector que adquiere cultura cuando apenas se le da información, y especular acerca de la vida de Jesús de Nazaret: si tuvo o no líos de faldas, si tuvo descendencia. Es decir, crear misterios secundarios en torno a Jesús, que es el misterio mismo hecho personaje de una narración. Miriam es fecundada por la palabra de Dios que entra en ella como un viento del desierto, y Jesús nace de ese viento. ¿Qué otro misterio necesitamos? El éxito de Brown es tal vez el síntoma de que estamos perdiendo la capacidad de sorprendernos ante los verdaderos misterios de la vida, los que están ahí desde siempre y que De Luca quiere recalcar: fecundar, gestar, parir. Mientras Brown anula lo básico de la historia de Jesús para plantar allí sus chismorreos, De Luca prefiere esconderse como autor y cederle la voz a la mujer protagonista, acercándonosla, dejándonos ver su humanidad frágil pero dura, la dulzura de su determinación. La palabra fecundadora, esa palabra creadora que preña a Miriam, señala también nuestra necesidad genética de narrar y de escuchar narraciones. Sin ficciones que aludan a nuestra finitud, sin literatura, estamos muertos, somos los habitantes de un planeta helado.
También es imposible no pensar en la historia del pueblo judío. De Luca salpica el texto de frases que funcionan como dispositivos de la memoria cultural del lector. El viaje que emprende la pareja para censarse en Belén (los romanos habían organizado un censo que obligaba a los judíos a acudir a sus lugares de nacimiento para inscribirse), con Miriam encinta y sentada en un burro, recuerda de una manera inevitable las palabras de George Steiner: ser judío es «haber preparado el equipaje». Tener las maletas siempre a punto, no tener casa. Walter Benjamin en Portbou, la diáspora de los judíos sefarditas. Pero también los palestinos actuales con sus grandes llaves colgadas del cuello, las llaves de las casas que les obligó a abandonar, paradójicamente, el Estado de Israel. También, por ejemplo, aunque no sean judíos, los senegaleses que llegan en cayuco a las Islas Canarias, y sobre todo los que no llegan, los que se traga el mar. Estos ni siquiera llevan equipaje: la maleta de Steiner es la marca de la civilitas, un mínimo, frágil salvoconducto que se erige en casa portátil y pasaporte en ese país no espacial que conforman los judíos por el mundo. Pero los del cayuco, esos no existen más que como detritus, como suplemento molesto, y, si los incluimos, la lista no se terminaría nunca. De Luca, napolitano, dice de su ciudad: «e arranqué de Nápoles como quien se arranca una muela: de raíz, pero sin poder replantarla en ningún otro lugar. A esa ciudad voy, pero no regreso.»

miércoles, junio 13, 2007

El infierno, José Luis Gracia Mosteo

Premio de Novela Corta Fundación Dosmilnueve. Huerga & Fierro, Madrid, 2007. 152 pp. 14 €

Amadeo Cobas

Asegura José Luis Gracia Mosteo que los escritores, al morir, vamos de cabeza al infierno. No hay salvación posible, así que vaya cada uno haciendo su reserva. ¿Y por qué nos toca semejante condena? Por haber imitado al creador, por jugar a dar vida, por quitarla, administrando a nuestro antojo el tiempo que han de subsistir los personajes creados por nosotros mismos.
En el infierno. Allí están Lope de Vega, de tan inusitada capacidad escritora como tan salaz coleccionista de amantes; Alonso Quijano en el umbral de la muerte, haciendo balance de las aventuras de un caballero al que conoció, un tal don Quijote de la Mancha; Mallarmé y su soberbia por recrear la belleza; Sender está por causa no de sus pecados de juventud, sino por los de vejez...
Y allí está Gracia Mosteo, con más merecimiento que ninguno, por crápula, escritor sin pelos en la lengua y adulador de mujeres bonitas. Que, como él mismo diría: son todas.
Pero en este libro hay más. Porque esta obra está trufada de erudición, donde el autor muestra su paciente búsqueda (como «ratón de biblioteca» se define) en la biografía de los autores retratados, condenados a purgar sus excesos en el infierno, destacando a su vez esa capacidad suya de crítico literario avezado, de ésos que saben diferenciar las virtudes del buen literato de los trucos de un pasable narrador. No falta humor. Ese humor socarrón aragonés del que hace gala, visual e irreverente: «siempre he pensado que Dios es un fisgón pero también un plasta: a todas las horas sermoneando». Tampoco faltan vituperios hacia la parcialidad de algunos críticos que pululan por la «República de las Letras», a los que conmina a «abrir el libro y leer».
¿Por qué? Porque como él mismo dice: «Dios es el tiempo, y el reloj, su profeta». Y este reloj devora sus propias horas, las de pedir cuentas, y en la duodécima debe rendirlas el propio Mosteo, luego de ser insultado por sus compañeros de letras, que le han precedido en la caída en el infierno. Destaca un tal Borges, que se ensaña sobremanera con el autor recién caído, al que lo mismo denomina bisoño como mal escritor.
En definitiva, en El infierno, con el látigo en la mano, José Luis Gracia Mosteo fustiga los egos de muchos escritores inmortales, sacándoles los colores con ánimo en ocasiones conciliador y en ocasiones enrabietado por el desmoronamiento de la imagen que tenía del ídolo. Debería estar prohibido que llegue a nuestros oídos la vida secreta de los héroes, de cualquier clase que sean, que han jalonado nuestro crecimiento, para evitar que conozcamos sus miserias. Y se nos derrumbe el ídolo.

martes, junio 12, 2007

Lucille (vol. 1), Ludovic Debeurme

Dibujo: Ludovic Debeurne. Rotulación: JMP. Trad. Manel Domínguez. Norma, Barcelona, 2007. 544 pp. 29,50 €

Ricardo Triviño

Leer Lucille de Ludovic Debeurne resulta un extraño placer. Produce compasión, horror, alegría, esperanza, desapego, empatía, ternura, amargor. Sumerge al lector en tal cúmulo de emociones que le impide detenerse, lo impulsa a seguir buscando cuál será el futuro incierto de esos dos adolescentes tan distintos y a la vez tan parecidos.
Lucille es hija única y vive con su madre desde el divorcio. No tienen problemas económicos y su casa es grande, pero detesta su cuerpo y no come, deja que su figura se consuma, esperando ser la mariposa que abandona su pasado de gusano. Arthur es hijo de pescadores y vive con sus padres y su hermano. Carga con el peso de la familia y la responsabilidad le impide marcharse, a pesar de que su verdadero deseo sería huir lejos, muy lejos. Ambos anhelan otra vida, otros cuerpos. Dos historias que corren paralelas hasta que se cruzan en un nimio, diminuto suceso. Y luego otra vez, y otra vez, hasta su fuga.
Los dos personajes marcharán a la desesperada, sin saber a dónde, intentando deslastrar inútilmente el peso de la vida atada a sus tobillos, porque su vida son sus pies, sus manos, sus brazos, sus labios, sus oídos. Ellos arrastran su propia cárcel, y Debeurne sabe que el mayor problema de los habitantes del llamado primer mundo es la no aceptación de uno mismo, ya sea por razones psicológicas o sociales. El hormiguero del bienestar rasga su máscara mediática, espada de Damocles, para mostrar la insatisfacción de sus insectos y su extrema debilidad. Capítulo tras capítulo, se intercalan ilustraciones inquietantes de humanos con cuerpos de abeja, oruga, mosca, que miran fijamente al lector entre suplicantes y acusadores.
Partiendo de un dibujo feísta, que recuerda al de Paco Alcázar, Debeurne va modificando su estilo. De las desazonadoras imágenes de los primeros capítulos, de personajes con cabezas enormes, calaveras llenas de incesantes pensamientos y ahogos, Lucille y Arthur van estilizándose, van volviéndose bellos sin sustituir sus cuerpos, simplemente superando la deformación culturalmente inculcada, asimilándose a través del amor, frase un tanto cursi que refleja perfectamente el mejor remedio para las enfermedades del alma. Ambos se quieren y rompen las barreras que cada persona construye diariamente a su alrededor, fingidos muros de protección para una celda de aislamiento. Hablan, explican sus preocupaciones, sus miedos, y prueban a solucionarlos conjuntamente. Se desahoga el uno en el pozo del otro. Comparten la ansiedad de vivir en el mundo actual.
Debeurne evita el recuadro de las viñetas y permite que el dibujo corra libremente por la página, dándole una composición fluida que ayuda a la lectura de un tema tan denso. Al irse puliendo el estilo, volviéndose más limpio, menos recargado, se percibe cierta sensación de tranquilidad, de liberación. Los diálogos son de una sinceridad y una contundencia a prueba de piedras, sintetizando a la perfección las ideas principales. La rotulación de los mismos ha sido acertadamente hecha toda a mano, sustituyendo la uniformidad tipográfica tan extendida hoy en día en el ámbito del cómic por la tradicional escritura a mano, con sus letras, aunque imperfectas, únicas y por eso hermosas.

lunes, junio 11, 2007

Mi hermano Étienne, Óscar Esquivias

Edelvives, Zaragoza, 2007. 222 pp. 8,70 €

Pedro M. Domene

En las primeras páginas de Mi hermano Étienne, una voz se queja de lo pronto que la villa ha olvidado a sus hombres célebres; a aquéllos que como él, ¡pobres muchachos!, lucharon por la libertad y la gloria de la nación. La Historia siempre abandona a sus héroes pero, con este relato, que muestra el signo de los valientes algunos años después, un octogenario narrador pretende preservar la memoria de uno de ellos, su hermano, para que todos sepan que el más generoso de los hijos de Francia, nació en La Savarite, una aldea cercana a Montbrun.
Étienne Galeron solicita, al comienzo de la novela, la ayuda de su hermano pequeño Roch, el personaje-narrador, que vive con el resto de la familia en un pequeño pueblo de los Pirineos Meridionales, a la espera de esos acontecimientos que una Revolución convulsa provocará en el ánimo de algunos ciudadanos franceses que no terminan de asumir los cambios propiciados por la república. Roch ansía la vuelta del valiente hermano, confinado en un seminario de la Borgoña, porque éste le ha enviado una misteriosa misiva donde le comunica que ha abandonado sus votos para alistarse en el ejército; en realidad, éste y no otro, es el motivo y la trama novelesca para contar una historia que persigue, por encima de todo, descubrir la verdad de esa terrible decisión adoptada por el hermano, un relato que contribuye, además, a esclarecer esas posteriores misiones secretas encomendadas contra los españoles que se irán desvelando en los capítulos siguientes o para que, de alguna manera, nunca se pierda la memoria de estos hechos.
Óscar Esquivias (Burgos, 1972) ya se había aventurado en la narrativa juvenil con una anterior entrega, Huye de mí, rubio (2002), ambientada en esa brutal realidad de violencia que viven algunos de los países centroamericanos en la actualidad. Quizá la finalidad de estos relatos, exclusivos de un público lector joven, sea precisamente la de ensayar historias creíbles que incluyan no pocos interrogantes que obliguen a reflexionar a esos lectores tan cómodos como exigentes y, por otra parte, descubran el valor que supone la vida en situaciones adversas, o la importancia del bienestar y la felicidad, la angustia o el dolor, tanto el propio como el ajeno, la amistad o la enemistad, el bien o el mal, la libertad y la justicia o lo hermoso de un concepto tan vilipendiado como el de la paz, en definitiva.
En esta ocasión, Esquivias se sirve de un trasfondo histórico, diciembre de 1793, cuando la Revolución Francesa proyecta su mayor momento de radicalismo, para reflexionar también sobre algunas de las cuestiones apuntadas porque la Historia ofrece, en igual proporción, la enseñanza de un pasado y de unos acontecimientos que, indiscutiblemente, se concretan en un futuro presente. Mi hermano Étienne cuenta parte de una historia familiar: el narrador tiene doce años en el momento de la acción, vive bajo la autoridad del severo abuelo Galeron, con su madre, viuda, y sus dos hermanas, porque el hermano mayor, Adrien, ha muerto en la guerra y Étienne, quien le precede, ha huido del seminario, y lo ha convertido en su confidente a través de una carta donde le da detalles de su paradero y cuenta cómo se ha alistado en un escuadrón de húsares porque pertenece al círculo cercano del ciudadano Robespierre. Paralelamente, y para configurar mejor la ambientación histórica gala, otros personajes deambulan por la casa (un enigmático y oscuro maestro de música, el señor Ribalet), se cuentan algunos episodios graciosos acerca de la cercana familia Lescoteaux y la señorita Agathe, se siguen las doctrinas del padre Nief que vista frecuentemente la casa, o el joven valiente vive las desventuras del judío Vidal. En las páginas que siguen a esta somera introducción, se decide la suerte y la aventura que corren algunos de los miembros de esta familia, mientras otros temen por sus vidas; episodios protagonizados por el joven Roch, quien se arma de valor para localizar el paradero de su hermano, porque el mismo Robespierre le ha encargado una secreta misión que a nadie debe desvelar, ni siquiera a sus seres más queridos que (como cabría esperar) temerán por su vida, confinado como está en las mazmorras del castillo de Foix, de donde logrará huir con la ayuda de su hermano pequeño.
Esquivias logra ambientar, con sabiduría, una obra pretendidamente juvenil, aunque con la maestría de un narrador que dosifica los datos históricos incorporados a su relato, así como la acción contenida y creíble que sostiene la historia contada. Al margen de aparecer en una colección para jóvenes lectores, bien vale echarle un vistazo a esta novela que se propone mostrarnos buena parte de un pasado, junto a alguno de los valores humanos más elementales.