viernes, junio 08, 2007

Doble mirada: La Universidad Desconocida, Roberto Bolaño

Anagrama, Barcelona, 2007. 424 pp. 20 €

1.
Juan Marqués

Todavía es demasiado temprano para saber quién fue Roberto Bolaño y cuál fue su aportación a la literatura, pero parece evidente que el prestigio que se ha instalado sobre su nombre y su obra es mucho más que una moda o un malentendido pasajero. Después de la aparición de la apoteósica (y apocalíptica) 2666 (seguramente una de las mejores novelas escritas nunca en castellano, un sublime acercamiento al mal en el que sentimos que Bolaño estuvo a punto de acceder a una verdad desconocida e insoportable), que se unía a Los detectives salvajes, Amuleto, o esa obra maestra de página y media titulada “Jim” (cuento incluido en El gaucho insufrible), como muestras del talento abrumador del escritor chileno, nos llega ahora reunida toda su obra poética, tal como él —al parecer— la tenía ordenada y preparada.
La Universidad Desconocida es, desde luego, un libro irregular en todos los sentidos. Uno estaría tentado a decir que Bolaño era mejor prosista que versificador, pero parece fuera de lugar en autores tan grandes como él, en los que toda la obra participa de algo mágico y mayor. Sin embargo, creo que lo mejor de este libro está en los fragmentos en prosa, y especialmente en los que, bajo el título “Gente que se aleja”, ya se publicaron en Amberes: 57 párrafos en los que se insinúa una de esas historias inquietantes que él sabía forjar, concebidos desde un punto de vista explícitamente cinematográfico, como queda claro en “acotaciones” del tipo «Fundido en negro», «Primer plano de...», «La cámara se va alejando» (y es, por cierto, una película que podría dirigir David Lynch: bucles temporales, policías y detectives, pasillos siniestros, chalets abandonados, sexo mecánico, mujeres sin boca, un «jorobadito»...). Hay un personaje que afirma que «escribo para ver qué pasa con la inmovilidad y no para gustar» (p. 222) y no es difícil ver en ello una declaración de principios del propio Bolaño, así como, seguramente, cuando de otro (¿o el mismo?) personaje se dice que «Nunca ha pedido gran cosa de la vida, le basta con un cuarto y tiempo libre para leer» (p. 188).
Cuando escribía esas páginas, a comienzos de los años 80, trabajaba como vigilante en un camping de la costa catalana. Para entonces no podía saber que había superado ya el ecuador de su vida, pero quizá sí pudiera intuir que a partir de entonces su etapa de aprendiz de escritor se acababa y que iban a empezar a llegar los buenos resultados. Mientras tanto, seguía escribiendo furiosamente, y buena parte de ello en verso.
Pero también esta poesía en verso es vocacionalmente narrativa en Bolaño, y, desde luego, antisolemne, alérgica a cualquier intento de responder a las preguntas que no se pueden responder o que no tienen respuesta (aunque, paradójicamente, a veces con esa actitud se llega a una respuesta convincente): «El misterio del amor siempre es/ el misterio del amor/ y ahora son las doce del día y/ estoy desayunando un vaso de té/ mientras la lluvia se desliza/ por los pilares blancos/ del puente.» (p. 148).
A mí tampoco me gusta escribir sobre lo que no comprendo del todo, así que resulta difícil escribir sobre un libro como éste, tan preñado de misterios, tan lleno de interrogantes, desde su mismo título (esa Universidad que aparece aquí y allá en los poemas), y de obsesiones privadas: una tal Lisa, un tal Gaspar, Chile, México, Barcelona, los «detectives», la lluvia, los faros, o incluso ese omnipresente “Roberto Bolaño” que podría considerarse —muy significativamente— el protagonista del libro, el habitante principal de La Universidad Desconocida.
¿A quién se dirige ese precioso poema titulado “Tardes de Barcelona” y qué significa?: «En el centro del texto/ está la lepra.// Estoy bien. Escribo/ mucho. Te/ quiero mucho.» (p. 164). Quizá lo más fascinante de Bolaño sea precisamente la imposibilidad de descifrar completamente los enigmas que construye en sus páginas, en las que se baraja su vida íntima, su memoria, su fantasía, la literatura o la metaliteratura, y creo que en este libro podemos encontrar también la mejor definición posible de su obra, ahora y en el futuro: «Un sueño maravilloso/ que atraviesa países y años/ Un sueño maravilloso/ que atraviesa enfermedades y ausencias» (p. 402).



2.
Esther García Llovet

Roberto Bolaño tenía cincuenta años el día de su muerte, pero sigue vivo con veinticinco y a los veinticinco sólo se pueden hacer tres cosas en este mundo, y hacerlas hasta el agotamiento: follar, perderse y atravesar el horror con los ojos muy abiertos.
Bolaño, Belano, Mario Santiago, los detectives, las drogadictas, los poetas, los asesinos, García Madero, las prostitutas, el jorobadito, los policías, los ladrones, el vigilante nocturno del camping de playa: todos veinticinco años. Sólo escribiendo se puede superar o se puede perpetuar esta edad y no morir nunca y eso hizo Bolaño dando diente contra diente: escribir hasta el agotamiento, que es lo más parecido a follar, perderse y atravesar el horror con los ojos muy abiertos.
A los siete ya escribía. Sería en Valparaíso o en Viña o en Quilpué. A los quince se marcha con su familia a México D.F, la ciudad DiFunta y el dos de octubre del 68 ocurre la matanza de Tlatelolco que luego relataría en Amuleto y en Los detectives salvajes. Entre el 72 y el 75 su vida se torna rabiosa, feroz y rocambolesca, aunque él quizás hubiera preferido denominarla rock-and-rolesca, al ritmo de Elvis Presley en un mustang blanco: vuelve en autobús a Chile (donde es detenido una corta temporada bajo la dictadura pinochetista), se va a El Salvador (y allí contacta con un grupo guerrillero entre los que se encuentran los asesinos del poeta Roque Dalton) y regresa a México en 1975. En el D.F. conoce a Mario Santiago (el Ulises de Los detectives salvajes) y fundan el Movimiento Infrarrealista al que se unen Bruno Montané, “Papasquiaro”, José Vicente Anaya y otros jóvenes poetas, reuniéndose habitualmente en la cafetería La Habana de la calle Bucareli.
En 1976, por razones familiares, se va a vivir con su hermana y su madre a Barcelona y a la Costa Brava. Trabaja como vigilante nocturno del camping “Estrella del mar”, como vendedor de bisutería, lavaplatos, estibador del muelle, vendimiador, sin dejar de escribir ni una sola noche, acostado sobre la mesa de una trastienda, «más pobre que las ratas». En 1979 escribe a dos manos Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce junto con Antoni García Porta. «Jugábamos al futbolín y planeábamos escribir un guión de cine», dirá G. Porta.
Ha publicado en México los libros de poemas Reinventar el amor y Muchachos desnudos bajo el arco iris de fuego. Trabaja de día y escribe de noche y algunas tardes se va a bucear a la escollera y mira los pulpos bajo el agua. Lee: a Nicanor Parra, a Sor Juana Inés de la Cruz, a Philip K. Dick, a Alfonso Reyes, a Borges, a Mark Twain, a Rodolfo Wilcock.
De los poetas, de la poesía, dirá en una entrevista al Playboy de Chile, muy poco antes de su muerte: «Son mejores los paracaidistas (poetas) que descienden envueltos en llamas o, ya de plano, aquellos a los que no se les abre el paracaídas».
En 1979 Roberto Bolaño ha cumplido ya los veinticinco.



(Cafetería Calle Bucareli. México D.F.)
«Parecía un gusano blanco con sombrero de paja y un Delicados
Colgando del labio inferior
Parecía un chileno de veintidós años entrando en el Café
La Habana
y observando a una muchacha rubia
sentada en el fondo»




(Calle Bucareli. México D.F.)

«Un minuto de soledad
la frente apoyada
En el hielo de la ventana
Y los tranvías
En los alrededores
De Bucareli
Con muchachas fantasamales
Que se despiden
Al otro lado de la ventana
Y el ruido de los automóviles
A las 3. A.M.»




(Librería Calle Donceles. México D.F.)

«Libros para que lea mi hijo
La biblioteca de Lautaro
Que deberá resistir
Otras lluvias
Y otros calores infernales»



(San Miguel de Allende. México)

«Y viajaba como un trompo
Por los pueblos del norte de México
Sin atreverse a dar el paso
Sin decidirse
a bajar al D.F.»



(Veracruz, México)

«El recuerdo la hacía llorar en aquél cuarto del Hotel Trébol,
Espaciosos y oscuro, con baño y bidet, el sitio ideal
Para vivir durante algunos años. El sitio ideal para escribir
Un libro de memorias apócrifas o un ramillete
De poemas de terror (...)»



(Catedral Metropolitana. México D.F.)

«Luz que vi como una sola daga levitando en
El altar de los sacrificios del D.F., el aire
Cantado por el Dr. Atl, el aire inmundo que
Intentó atrapar a Mario Santiago. Ah, la jodida
Luz. (...)»

(*): En julio de 2006 fui a México D.F. en busca del rastro de Los detectives salvajes. Roberto Bolaño había muerto en Barcelona tres años antes. Mario Santiago había muerto en el 98, atropellado en la calle. Del D.F. que conocieron apenas quedó nada tras el terremoto del 85. Esto fue todo lo que encontré de ellos.
Los poemas corresponden a La Universidad desconocida.

jueves, junio 07, 2007

Vila-Matas portátil: un escritor ante la crítica, Margarita Heredia

Candaya, Canet de Mar, 2007. 480 pp. 24 €

Miguel Sanfeliu

Enrique Vila-Matas no existe.
Decidido a abandonar el mundo real para convertirse en un personaje literario, se esconde en sus libros, se convierte en materia narrativa. Así que Vila-Matas no existe. La ficción ha terminado por engullirle. Utiliza mecanismos propios del ensayo para luego narrar sucesos inventados. Se ha convertido en un personaje de novela, algo extraño y despistado. Naturalmente, hay gente que no cree en esto y piensa que Vila-Matas es un escritor de carne y hueso, autor de libros ya indispensables en nuestra tradición literaria. Bueno, dejémosles soñar.
Muchos de estos soñadores se dan cita en el libro Vila-Matas portátil, en un intento por buscar a un autor de referencia, indispensable, ingenioso, que maneja la ironía de un modo magistral y mezcla la realidad con la ficción hundiéndose cada vez más en una niebla literaria de contornos que se difuminan, hasta el punto que no son pocos los que ya no saben cómo catalogar los libros de este autor: ¿Novela? ¿Ensayo? ¿Autobiografía? ¿Miscelánea? ¿Autoficción, como él mismo propone? Porque lo curioso del caso es que el personaje llamado Vila-Matas ha sido creado por un escritor que también se llama Vila-Matas.
Este libro que ofrece la editorial Candaya, se propone la ardua tarea de sacar al escritor de su mundo, explicar su misterio. Para ello, decide buscarlo rastreando en sus libros. Con este fin, se recoge lo que diversos autores han escrito sobre las obras de Vila-Matas a lo largo de los años, escritos que se catalogan en dieciséis secciones que corresponden a otros tantos títulos de la producción del autor barcelonés, desde “La asesina ilustrada” hasta “Doctor Pasavento”. Son textos rescatados de muy distinta procedencia: semblanzas, homenajes, retratos, críticas literarias… publicados en diversos medios y diferentes momentos. Su obra queda así escudriñada, con criterio profesional, extrayendo la esencia de un autor que se escabulle una y otra vez, pese a que conseguimos vislumbrarlo, asomarse tímidamente de vez en cuando.
El libro nace como un proyecto coordinado por Margarita Heredia, quien nos explica en el prólogo que Vila-Matas ya gozaba de un reconocido prestigio en México, aunque aún era un autor minoritario, cuando decidió escribir una tesis sobre él, en el año 1994. Pensó que encontraría documentación suficiente en España. Visitó la Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid, comprobando con sorpresa que Vila-Matas, sencillamente, no existía allí. Por extraño que le pudiera parecer, era más conocido en México que en España. Se dedicó pues a recopilar notas de distinta procedencia que hicieran referencia a este escritor. Desde entonces, mucho es, desde luego, lo que se ha escrito sobre la obra y la figura de Enrique Vila-Matas, y de ello quiere este libro hacerse eco, recopilando diversos escritos con el fin de obtener un retrato del mismo, firmados por autores de renombre como Mercedes Monmany, Roberto Bolaño, Sergio Pitol, Ignacio Echeverría, Rodrigo Fresán, Ignacio Martínez de Pisón, Sergi Pámies, Antonio Tabucchi, José María Guelbenzu, Juan Villoro, Justo Navarro, Ignacio Vidal-Folch, Álvaro Enrigue, Pedro Domene, Alan Pauls, Juan Antonio Masóliver Ródenas, Ray Loriga, Jorge Herralde, Juan Villoro y un largo etcétera.
Primero, el propio Vila-Matas se encarga de escribir una breve autobiografía que no tarda en desviarse hacia los terrenos en que la realidad comienza a mezclarse con la ficción, como es normal en él. Y a continuación realiza un rápido repaso a sus libros, dedicando unas breves palabras a cada uno, en las que nos explica qué es lo que pretendía con cada texto, hablando con sinceridad, aunque sin abandonar la ironía que tan bien cultiva. Por ejemplo, al referirse a su libro “Impostura” dice que en él se desaprovecha la historia debido a su “impericia juvenil”; y termina con una de esas frases vilamatianas que tanto fascinan a sus seguidores: «Desde entonces, el misterio de nuestra verdadera identidad personal es uno de mis temas preferidos, según los críticos».
Y esos críticos, que desfilan por las páginas de este volumen, si coinciden en algo es en clasificarlo como un autor raro. Probablemente sea la palabra “raro” la que más se repita a la hora de intentar definirlo. Ignacio Echevarría destaca como el principal atractivo de Vila-Matas: «una voz narradora embargada por una extraña mezcla de lucidez y delirio, de impostura y sinceridad, de incongruencia y arrebato». Juan Antonio Masoliver escribe que: «En cualquier página de Enrique Vila-Matas encontramos las páginas de un libro infinito siempre familiar y siempre drásticamente distinto». Rafael Conte no duda en afirmar que en la obra de este autor «Todo es juego, parodia, humor, cultura y desesperación, pero donde una evidente profundidad va desmintiendo siempre también su aparente ligereza». Toda una batería de alabanzas, rendidas a la grandeza e importancia de alguien que está reformulando los principios de la novela, mezclando géneros, respondiendo a retos personales que intentan delimitar qué cosa es la literatura y cómo la hacemos nuestra, cómo forma parte de nuestras vivencias del mismo modo, o aún con mayor intensidad, que la propia realidad. Está claro que ante la famosa dicotomía entre realidad y ficción, Vila-Matas se decanta por ésta última.
También encontramos algunas entrevistas a lo largo del libro, todas sin desperdicio, que nos permiten disponer de la visión del autor sobre su propia obra. Por ejemplo, a Ignacio Vidal-Folch le dice: «Todo escritor es un gran embaucador. Igual que lo es la propia naturaleza. Yo lo que hago es ficción». En otro momento Vila-Matas le confiesa a Rodrigo Fresán: «he ido creando tantos personajes e historias que yo siento de verdad aunque sean falsas que ahora me doy cuenta que nunca sabré quién soy por culpa de escribir». A Echeverría le desvela que: «el autor de mis escritos no soy yo mismo, sino otro personaje, el personaje fantasmal del escritor».
Todos los textos resultan interesantes y esclarecedores. En algunos se hace especial referencia a la personalidad del escritor, ya que los firman gente que lo ha tratado personalmente y nos brindan pequeñas semblanzas o nos narran curiosas anécdotas. De este modo, Christopher Domínguez Michael lo define como «uno de esos hombres-literatura que hacen fantástica la existencia». Ignacio Martínez de Pisón nos avisa de que le pueden ocurrir cosas muy raras a uno cuando viaja con Enrique Vila-Matas. Sergio Pitol dice que a este autor «le es imposible posar ante sus lectores o sus amigos como un intelectual pomposo, engreído, imperial, sino como un mero hombre de letras que jamás emite una respuesta absoluta, contundente ni totalitaria. Su elegancia, su cortesía, su sentido común se lo impedirían». Juan Villoro cuenta, entre otras cosas, que en el mismo momento en que Vila-Matas visitó México por primera vez, éste empezó a ser un lugar raro donde ocurrían cosas raras; y refiere la relación entre la preocupación de Vila-Matas por el suicidio y el hecho de que su última recopilación de artículos la publique la editorial Sexto Piso, llamada así precisamente porque ésa parece ser la altura ideal para lanzarse al vacío, concluyendo con el hecho de que Vila-Matas vive hace muchos años en un sexto piso. Y entonces levanto la vista del libro y caigo en la cuenta de que también yo vivo en un sexto piso.
El libro contiene, además, un DVD de treinta minutos de duración, que recoge un encuentro entre Vila-Matas y el escritor mexicano Juan Villoro. Un documento muy interesante, de gran valor para mitómanos, curiosos y devotos de las entrevistas y de lo literario en general. Es un complemento no menor para un libro que disfrutarán enormemente todos los amantes de la escritura de un autor inclasificable y gigantesco llamado Enrique Vila-Matas, quien en un momento dado nos confiesa que «quizá la literatura sea eso: inventar otra vida que bien podría ser la nuestra, inventar un doble».

miércoles, junio 06, 2007

Puente de pájaros, Barry Hughart

Trad. Carlos Gardini. Bibliópolis, Madrid, 2007. 256 pp. 18,95 €

Julián Díez

Buenas noticias: todavía quedan por ahí obras inéditas que suponen un verdadero jalón en el territorio de la literatura fantástica. Si la acumulación de novedades de género de los últimos años —un vendaval de títulos en muchos casos clónicos e indiferenciables, en demasiadas ocasiones de trabajosa inmersión y difícil recompensa—, había generado en algunos veteranos como yo mismo una mezcla de hartazgo y desorientación, aquí viene una novela repescada que vale muchísimo la pena. Un clásico de hace veinte años del que nada sabíamos. Un título, en suma, que nos devuelve la fe.
Puente de pájaros no debería haber permanecido fuera del alcance del lector castellano hasta hoy. Es una novela divertida, escrita con gran finura; uno de esos raros hitos —particularmente en nuestro campo— en los que amenidad y criterio literario se dan la mano. Además, ganó el Premio Mundial de Fantasía, ex aequo con una novela celebrada como clásico, Bosque Mitago, de Robert Holdstock. ¿Por qué, entonces, dar de lado esta pequeña joya de Barry Hughart durante veinte años? Supongo que la respuesta es sencilla: la acción se desarrolla en una antigua China mítica. Un tema aparentemente poco comercial y escasamente apetecible. Sinceramente, creo que la razón será un apriorismo de este tipo, puesto que al editor de cualquier colección le hubiera bastado leer tres páginas de Puente de pájaros para tener ganas de seguir disfrutando de su fino sentido del humor.
Se me ocurre mencionar un paralelismo entre esta obra y otra publicada por Bibliópolis, Tú, el inmortal, de Roger Zelazny. Ésta fue también ex aequo en un premio, el Hugo, y ensombrecida en parte por la otra ganadora, Dune. Las dos obras vencedoras son novelas célebres, narraciones corpulentas, con una pirotecnia poderosa, que han cautivado a generaciones de lectores —sobre todo Dune, claro—. Pero tanto Tú, el inmortal como Puente de pájaros son, por su parte, trabajos de gran finura, de acabado exquisito, que ofrecen auténtica satisfacción al lector y merecen contar cada uno con su hueco en la gran historia del género. Bueno es que Bibliópolis haya tenido el buen juicio de recuperar ambas.
El punto fuerte de la trama son las pequeñas anécdotas que se acumulan en torno a la peripecia de la pareja protagonista, el joven fortachón Buey Número Diez y el anciano sabio y borrachuzo Li Kao, que mira a las muchachas hermosas pensando lo que hubiera hecho con ellas cuando sólo tenía noventa años. Ambos aventureros se comportan como dos clásicos pícaros, sacando partido de las debilidades ajenas con su desparpajo, en sucesivas aventuras originadas en la búsqueda conjunta a la solución de una enfermedad que sufren los niños de la aldea del primero.
Lejos de resultar cansino por el barroquismo algo empalagoso que suele acompañar a las emulaciones de la cultura oriental por parte de los occidentales, el pulso narrativo de Hughart es verdaderamente impecable. En el relato no paran de ocurrir cosas, y las florituras que en el estereotipo atribuimos inmediatamente al lenguaje chino son empleadas con sabiduría para aumentar los efectos expresivos —y, notablemente, cómicos— del relato. Al lector, como le ocurrirá a mí, le surgirá la sonrisa en los labios en más de una ocasión ante las brillantes salidas de Li Kao o el ingenio que progresivamente se incorpora al comportamiento de Buey Número Diez. La galería de secundarios, descritos con pinceladas y contundentes motes, contribuye de manera clave a que el relato eluda el peligro —que a veces parece acecharle— de caer en la reiteración.
Deseo muy especialmente que en esta ocasión mi reseña sea útil. Se trata de un título que podría pasar fácilmente inadvertido, y que sin embargo puede convertirse en una de las revelaciones de la temporada si el boca a boca —eso que funcionaba antes, cuando curiosamente existían menos medios de contacto entre los lectores— echa a rodar. No es fácil divertirse de manera inteligente con un libro en la actualidad, y por ello hay que celebrar Puente de pájaros como se merece.

martes, junio 05, 2007

Alumbramiento, Andrés Neuman

Páginas de Espuma, Madrid, 2006. 166 páginas. 14€

Luis Manuel Ruiz

Se ha hablado de él como el clásico indiscutible de nuestra generación, esa entidad difusa que abarca a los nacidos entre el 68 y el 86, y revisando su abultado currículo cuesta no rendirse al dictamen: Andrés Neuman ha sabido comprimir en ocho años de carrera una bibliografía que disculparía a cualquier otro escritor menos prolífico o versátil. Iniciado en el campo de la poesía con una adaptación personal de los postulados de la Escuela de la Experiencia, Neuman se lanzó enseguida al género en el que parece hallarse más cómodo y que sin duda le ha ofrecido mejores frutos, el relato corto, picoteando también en la novela experimental o la new age —así, La vida en las ventanas (Espasa, 2002), una iluminadora reflexión sobre el universo paralelo de Internet—. Concentrado, más sintético que analítico, el estilo de Neuman da lo mejor de sí en las distancias cortas, y por ello no sorprende que se haya atrevido incluso con esa exigente variedad de la poesía que es el aforismo. El desigual resultado se halla en cualquiera de los decálogos, dodecálogos o folletos de instrucciones narrativas que suelen cerrar sus libros de cuentos, o en el muy curioso y atípico El equilibrista (Acantilado, 2005).
Alumbramiento, la obra que nos ocupa, transita por los mismos rumbos de sus anteriores recopilaciones: textos de extensión irregular, con un estilo abrillantado y con frecuentes concesiones a la lírica que se encargan de orear, o al menos de intentarlo, los aspectos menos descubiertos de nuestra experiencia cotidiana. La primera parte del libro se compone de una serie de cuentos que procuran alumbrar (el título no es ocioso) el rol masculino tal y como nuestra sociedad lo ha concebido para hacer hincapié en sus límites y contradicciones. El texto que abre el volumen y le presta nombre define ya los objetivos de esta primera parte: en un quirófano, un hombre va a dar a luz. Del punto de vista que Neuman adopta parece poder desprenderse que la masculinidad renuncia a menudo, por superstición, por hábito, por presión social, a una zona de sombra que podría contribuir a enriquecerla y a aproximarla a ese lado contrario del que tradicionalmente se la desvincula, el mundo de la mujer, si es que esa expresión posee algún sentido. La segunda parte, tal vez la más conseguida, contiene una exhibición del talento de Neuman para la miniatura: según él mismo define esta colección de microrrelatos o short shorts, se trata de “una colección de chispazos narrativos, otra forma de alumbramiento”. Con su habitual desenvoltura para la frase corta, nos ofrece un ramillete de reflexiones, chistes, agudezas sobre los temas que le son más predilectos: la ambigüedad del deseo, la distancia entre el ser y sus sucedáneos, la educación sentimental de la primera infancia. Tras una tercera parte dedicada a divagaciones irónicas sobre el mundo literario y sus alrededores (la traducción, la lectura, el autor y sus dobles), el libro se cierra con los acostumbrados códigos de leyes con que Neuman sigue instruyéndonos en el arte de la escritura creativa y que algún día, supongo, recogerá bajo un título común como Instrucciones para dar cuerda a un cuento o algo similar. Uno puede estar de acuerdo o no con su poética, pero es de justicia reconocer que esta continua labor de feed back y la meditación sobre la propia labor literaria contribuyen a iluminar muchos aspectos de la profesión que a menudo pasan desapercibidos en el acto de la escritura.
En suma, Alumbramiento parece un capítulo más de la ingente obra que Neuman construye desde sus inicios: una epopeya en estilo menor de nuestras perplejidades cotidianas, una mirada tierna, lúcida, humorística al mundo que nos envuelve y que en ocasiones no coincide con las postales que tratan de retratarlo.

lunes, junio 04, 2007

Por el camino de Ulectra, Martín Casariego

IV Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil. Anaya, Madrid, 2007. 173 pp. 9 €

Marta Sanz

No sé muy bien de qué hablamos cuando nos referimos a un libro infantil o juvenil, porque me cuesta mucho delimitar la imprecisa idea de ese tipo de receptor: ¿cómo acotamos lo que es un niño o un joven?, ¿por lo que vemos alrededor?, ¿por los hijos que tenemos o nos gustaría tener?, ¿por el niño que fuimos? Cuando yo era una niña, no recuerdo haber leído muchos libros para niños; sólo aquellos cuentos troquelados con versiones de Perrault, de los hermanos Grimm o de Hans Christian Andersen. Cuentos con princesas de pelo verde dibujadas por María Pascual. Después, los libros de Enyd Blyton. Un poco más tarde, cuando era una niña vieja o una mujer joven, me acuerdo de haber empezado a leer obritas cortas de una literatura no concebida específicamente para adolescentes. Tal vez el primer libro “en serio” que yo leyera —¿recuerdas tú ese libro?— fuese Marianela de Galdós o Silvia de Nerval o las Rimas de Bécquer, quizá El extraño caso del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde... enseguida los textos que nos obligaban a leer en el colegio: el Mío Cid, el Lazarillo, los sonetos de Garcilaso, cosas sueltas de Quevedo y de Góngora, las Cartas marruecas y Adiós, cordera de Clarín. Hacer memoria y desvelar estas intimidades me desnuda un poco, pero también me lleva a darme cuenta de que quizá sin los cuentos troquelados, los tebeos femeninos —aquella Esther y su mundo, dibujada por Purita Campos— y las historias de misterio de Enyd Blyton, no hubiese adquirido el gusto por la ficción, por el lenguaje, a la vez que perdía el miedo a afrontar un conjunto de páginas escritas que casi siempre era demasiado gordo y frente al que siempre se encontraba algo mejor que hacer... Por el camino de Ulectra de Martín Casariego es un libro que bien puede servir de puente entre el consumo de esos cómics japoneses, que se leen de atrás hacia adelante, y la atención hacia otras propuestas que a veces producen rechazo en un lector que necesita de cierto proceso de maduración, como los huevos o las crisálidas. Pero decir que Por el camino de Ulectra es sólo un puente es poco decir, porque es más: es un libro que nos obliga a pensar en nosotros mismos como lectores y a cuestionar algunas frases hechas del mundo en que vivimos.
Martín Casariego no trata a los jóvenes como idiotas porque tampoco acostumbra a tratar a sus lectores adultos como idiotas; se mantiene al margen de la corrección política y escribe una novela en la que la muerte, el amor, el sexo, la enfermedad, las alienaciones cotidianas e incluso Dios no constituyen temas tabúes para el adolescente, sino, al contrario, son el eje a partir del cual se articulará su crecimiento y su calidad como ser humano. Ningún tema es demasiado complejo para un niño; así lo demuestra Casariego en la pág. 44: un diálogo entre los protagonistas de esta historia recorre la filosofía occidental desde Leibnitz hasta el existencialismo con una habilidad didáctica no exenta de sentido del humor (Miguel zanja la conversación con un: «No me gusta hablar de estas cosas, me angustio (...) Siento que no soy nada...") Con tanto respeto trata el autor a sus lectores que incluso asume el riesgo de una extensión de 173 páginas que podría echar para atrás a los más desacostumbrados a descodificar y apropiarse de la palabra escrita. Y ése es justamente el asunto del libro, “ulectra”, anagrama de lectura: la reconquista de un derecho que a la altura del siglo XXIV ha sido abolido en un mundo de ciencia ficción que, como pasa a veces tanto en la obra de Martín como en la de Nicolás Casariego, es deudor del imaginario poético de Pedro Casariego, poeta fundamental del final siglo XX en España. En esta novela se alude a La canción de van Horne, una de las obras de Pedro Casariego, y la parafernalia de la ciencia ficción, el regusto a viñeta de cómic, la capacidad visual de las palabras de Martín son sin duda un homenaje a la obra poética de su hermano. La ciencia ficción, género político, es una herramienta para desvelar amenazas de nuestro tiempo. Un romanticismo elegiaco y valiente, como el de la poesía de Pedro, empapa las aventuras de Glaster, Miguel, Flecha y el osito Nico, su periplo hacia un Ordenador central que recuerda la llegada de Dorothy a Oz... Andamos necesitados de formas de acción como este libro, en el que la aventura es aventura por y desde una causa, con un propósito, y no un cúmulo de azares vertiginosos, espectaculares y estúpidos.
Estimular, animar, dar razones para leer es un objetivo de cualquier curso, centro o institución educativa responsable, pero en Por el camino de Ulectra se va más allá en ese propósito: se aborda el problema del analfabetismo, no como carencia de información, sino como falta de sentido crítico y de capacidad para personalizar los procesos de lectura: un profundo analfabetismo, reconocible en nuestro entorno, que no tiene nada que ver con la falta de datos —de hecho, en el mundo verosímil y futurista que Casariego prefigura, las personas tienen implantado un chip de información en el cerebro—, sino con la imposibilidad de elegirlos, de aprenderlos y fijarlos por uno mismo en un ejercicio de incomparable libertad. En definitiva, Martín Casariego no está únicamente repitiendo el cansino rittornello de que leer es bueno, leer es bueno, leer es bueno —también puede ser malo y alienante— sino que está criticando la identificación del espeluznante overbooking tecnológico e informativo que nos atenaza, con el auténtico saber cultural. A través del viaje iniciático de sus protagonistas, el autor abre la brecha hacia otro viaje que puede durar toda la vida: el de comenzar a leer profundizando, desde el principio, en el significado de la lectura.