viernes, marzo 30, 2007

Doble mirada: Ácido sulfúrico, Amélie Nothomb

Trad. Sergi Pàmies. Anagrama, Barcelona, 2007. 168 pp. 15 €

1.
Ada Castells

Que Amélie Nothomb es una exagerada, sus lectores ya lo sabíamos. Que es una excelente narradora de historias cortas y contundentes, también. En Ácido Sulfúrico (Anagrama, en castellano; Anagrama/Empúries, en catalán) hace gala de su doble habilidad: exagerar y narrar. En está novela, de apenas 140 páginas, nos deja bien retratados como espectadores de teleporquería.
Nothomb se inventa un programa televisivo que llega a la cota mítica del cien por cien de audiencia. Se trata de “Concentración”, la copia exacta de un campo nazi pero con una sola diferencia: hay cámaras que lo graban todo por deleite del telespectador. Se tortura, se hacen trabajos forzados, se escoge quien va a la muerte, se pasa hambre... Vaya, un escándalo de éxito irrenunciable. Naturalmente todos los bienpensantes se quejan de que exista un programa tan abominable. Naturalmente, nadie deja de mirarlo.
La escritora belga nos interpela con una pregunta bien clara: ¿Qué haríamos nosotros si se emitiera un programa como “Concentración”? ¿Apagaríamos la tele o lo miraríamos indignados? De hecho, la pregunta es: ¿Qué hacemos ante la teleporquería a la que ya estamos expuestos?
En la novela también encontramos las obsesiones habituales de Nothomb, como su relación con la comida, que ya se perfilaba con más precisión en Biografía del hambre, su novela anterior; o su manía de creerse dios, que ya veíamos en Metafísica de los tubos, para mí una de las mejores.
Quizá Ácido sulfúrico no es la mejor novela de Nothomb pero con ella pasa como con Woody Allen, no siempre está en un mismo nivel porqué es muy prolífica pero siempre se les detectan dos componentes que merecen la pena: el sentido del humor y una gran inteligencia.


2.
Elena Medel

Amélie Nothomb sólo se parece a sí misma. Identificamos sus novelas por el tono claro e ingenioso, sencillo y sorprendente: huye de las complicaciones estilísticas —sin más, narra—, y cada conclusión, cada comparación, dejan con la boca abierta, encadenan hallazgos. Nothomb es una de las autoras más personales de la actualidad: me cuesta situarla en un árbol genealógico determinado. ¿Qué autores han dejado rastro en su prosa? ¿A quiénes ha leído, a quiénes lee Amélie Nothomb? Sus libros recuerdan —mucho— a otros libros suyos, pero nunca suenan a novelas de otros.
Ácido sulfúrico no es una excepción: una obra, jugando con el título, corrosiva, y que pertenece al bloque de obras de ficción genuina de Nothomb —como Higiene del asesino, igual que Cosmética del enemigo o Diccionario de los nombres propios—, en cierto modo ensombrecido frente al éxito cosechado por sus libros de corte más autobiográfico. Las protagonistas de Ácido sulfúrico, Pannonique y Zdena, son secuestradas, encerradas en vagones, y trasladadas a un campo de concentración que nos retrotrae a la época del genocidio nazi. La primera es bella, inteligente, sensible; la segunda, fea, inútil, solitaria. «Telegenia» —el «conjunto de cualidades de una persona que la hacen atractiva en televisión», según el DRAE, procedente, qué curioso, del francés télégénie: una de las palabras más presentes en Ácido sulfúrico y, guiños del destino, el nombre de la empresa que representa a los concursantes del Gran Hermano español— obliga, y ambas se encuentran con el destino contrario al que apuntarían sus cualidades: Pannonique pasa a llamarse CKZ 114, pierde su identidad —su nombre— y es encerrada en el campo de concentración, y Zdena, rebautizada como Kapo Zdena, forma parte del escuadrón de torturadores, quienes explotan, maltratan y condenan a muerte a los presos. Su hermosura no libra a CKZ 114 de pasar hambre o recibir golpes, pero sí propicia que Zdena se enamore de ella, desencadenando una serie de acontecimientos —su hermosura, y el amor de la Kapo, convierten a CKZ 114 en diferente— que alterarán el rumbo trazado no sólo por los responsables del programa, sino por los propios telespectadores.
Dividida en cinco bloques —en los impares Pannonique/CKZ 114 toma la voz cantante, en los pares se escucha más a la kapo Zdena—, Ácido sulfúrico critica sin piedad al fenómeno de la telebasura, aunque quizá en algunos momentos ronde el lugar común y, sobre todo, resulte previsible. Desfallecimientos momentáneos, porque Nothomb se incorpora para firmar, y ya van unas cuantas, una novela concisa, certera y sin desperdicio. En Ácido sulfúrico encontramos, pero de otra manera, sus ya habituales reflexiones sobre la belleza —recordemos la muy celebrada Biografía del hambre—, la religión —igual que la protagonista de Metafísica de los tubos, Pannonique fantasea con sus cualidades divinas—, el poder —¿de qué trataba, si no, Estupor y temblores?— o la identidad —el intercambio de papeles, la importancia de sentir quién eres, ser consciente y reconocerte como tal, ya presente en Antichrista o la propia Estupor y temblores—. Amélie Nothomb sólo se parece a sí misma pero, por primera vez que yo recuerde —y soy una ferviente seguidora de su literatura— juega a ser otros: Diane Arbus y George Orwell. La semejanza con Orwell es evidente: Concentración nace de 1984, y su carga irónica, la caricaturización de sus personajes, bebe de Rebelión en la granja. En cuanto a Arbus, la fotógrafa que supo encontrar belleza en el horror —igual que Pannonique halla, en el bolsillo de su bata, onzas de chocolate que le permiten esquivar la condena del examen matinal diario— guía este viaje al submundo de nosotros mismos. No se alarmen ante la grandilocuencia de esta frase: en Concentración, Amélie Nothomb opta como nunca por el lado oscuro, desde el planteamiento de la trama hasta pequeños detalles como la historia, espeluznante y cruel, de la vieja y la niña.
El máximo logro de Nothomb continúa siendo Estupor y temblores, aquella historia sobre una joven europea empeñada en ser aceptada por su Japón natal, y los lectores continúan entusiasmándose —como decía antes— más con las historias sobre sí misma que con las de ficción. Ácido sulfúrico, no obstante, demuestra su validez para la fabulación, está a la altura de lo que esperamos de esta autora mitad continental, mitad Extremo Oriente. Y se lee del tirón, como todos sus libros —ayuda la brevedad, desde luego, pero también su prosa veloz, hipnótica—, y deja con ganas —muchas— de más.

jueves, marzo 29, 2007

Arthur & George, Julian Barnes

Trad. Jaime Zulaika. Anagrama, Barcelona, 2007. 523 pp. 23 €

Alberto Luque Cortina

Si pudiera establecerse algún paralelismo musical con Julian Barnes (1946) elegiría inmediatamente al compositor francés Maurice Ravel. Ambos son elegantes, sutiles, ingeniosos, fieles a sus raíces, y poseen un profundo conocimiento de la “orquestación”, musical en el segundo caso, literaria en el primero.
De todas ellas, quizá la cualidad más sobresaliente del escritor inglés sea su inteligencia para “deconstruir” una historia y reconstruirla para los lectores desde un nuevo y más sugerente prisma, en un proceso similar al utilizado por Ravel en La valse. Este es el caso de Arthur & George, la historia de George Edalji, un joven abogado inglés de origen parsi que, a principios del siglo XX, fue acusado de mutilar a un poney en un pequeño pueblo de Inglaterra, Great Wyrley, e injustamente condenado a siete años de trabajos forzados. Este hecho, acaecido realmente, ha pasado a la historia judicial inglesa por haber contribuido a la creación del Tribunal de Apelaciones. En su día, la intervención pública del polifacético escritor Arthur Conan Doyle, creador de Sherlock Holmes, fue determinante para rehabilitar al abogado Edalji. A medio camino entre el caso de Gerry Conlon, llevado al cine con notable éxito por Jim Sheridan (En el nombre del padre, 1993), y el caso Dreyfuss, que cuenta también con su correspondiente adaptación cinematográfica, el caso Edalji es no menos aleccionador y dramático.
Barnes, tras una ardua investigación, utiliza estos hechos para crear una historia en la que realidad y ficción se entremezclan, y recrear un gozoso fresco de la Inglaterra de principios del XX, un imperio en decadencia que se debate entre el conservadurismo y la modernidad. Aunque esta técnica podría hacer pensar en El loro de Flaubert —la extraordinaria novela que situó a Barnes entre los grandes del panorama literario internacional— ambas obras son muy diferentes, ya que mientras aquella se aproxima apaciblemente a los paisajes de la metaliteratura, Arthur & George transita por terrenos más convencionales en los que se entrecruzan con habilidad diversos géneros, desde el costumbrista hasta el policíaco.
Barnes, que ha escrito varias obras policíacas con el seudónimo de Dan Kavanagh, consigue en este caso crear una gran novela de misterio que adquiere en algunos pasajes atmósferas sumamente inquietantes y en otros recuerda, cómo no, a las aventuras de Sherlock Holmes, eso sí, desde una óptica deformante.
Arthur & George es también una novela costumbrista, muy “inglesa”, como lo son todas las obras de Barnes, tan inglesa como “francesa” es la música de Ravel. La contraposición entre el conservadurismo y la modernidad de la sociedad británica de principios del XX se perfila a través de los dos protagonistas: George (Edalji), de padre indio y madre escocesa, inglés de nacimiento pero cuyos rasgos orientales no pasan desapercibidos, es un defensor de la tradición y el orden establecido al tiempo que encarnación viviente de la típica flema británica. En la otra orilla, Arthur (Conan Doyle), “inglés” de pura cepa y con un apabullante árbol genealógico a sus espaldas, hombre de notable éxito económico y social, impulsivo y en ocasiones presuntuoso, puede permitirse el lujo de criticar a la sociedad que le respeta y admira. De alguna manera ambos, poseedores de una consistente moralidad, son representantes de una Inglaterra en transformación y por ello se complementan, a pesar de las grandes diferencias que presumiblemente deberían separarles.
Arthur & George es, en resumen, una nueva muestra del talento narrativo de Barnes. Lectura ágil, muy agradable, de ritmo inteligente, con una trama de suspense muy bien urdida, y con el sello de calidad del escritor inglés. Una propuesta sin duda interesante.

miércoles, marzo 28, 2007

El batallón de los perdedores, Salvador Gutiérrez Solís

Berenice, Córdoba, 2006. 260 pp. 17 €

Amadeo Cobas

Éste no es un libro al uso. Es un collage en el que se entremezclan la novela, las últimas tecnologías (“quien no sale en el Google es que no existe”), el artículo periodístico, la biografía, el ensayo y hasta hay visos de trama policíaca. Salvador Gutiérrez Solís se transforma en Salvador Dalí, pintando una obra con un perpetuo tono divertido, en la que lo real y lo inventado se imbrican como las escamas de un pez escurridizo. Está tan logrado que cuesta saber cuándo un nombre existe en la realidad o es producto de la fantasía de este pintor de fantasmas. Porque de eso se trata también: de fantasmas. No se salva ni el apuntador. La sátira que hace del mundillo que rodea la escritura no es pequeña. Las fiestas y veladas literarias, los autores, los (más bien “las”) agentes, los editores, los críticos, los certámenes literarios (con crudeza suma cuando de los jurados se trata), aquí no queda títere con cabeza.
El protagonista, Germán Buenaventura, vuelve a la carga. Tras siete años de silencio, en el que nos sumió desde la aparición de La novela de un novelista malaleche (DVD Ediciones, 1999), Germán (¿o su alter ego, Salvador?) ha tenido tiempo para recargar la escopeta y descubrir lo fatuo que es el mundillo literario, las poses que se estilan en esos ambientes, donde las conversaciones densas proliferan, trufadas de arrogancia, cursilería y empalago, surcadas de adulación falsaria siempre pendiente de un favor; en definitiva, las paradas de monstruos o clubes en los que sólo ingresa quien domina con soltura el idioma que allí se maneja: el amiguismo.
Y lo hace con la sutileza de su pluma, cuando quiere, y una sorna constante, en ocasiones desternillante (hay escenas de verdad hilarantes, por ejemplo la entrevista que el protagonista “perpetra” con un boquiabierto Javier Cercas). La premisa es simple: el jefazo encomienda a Buenaventura que le escriba una novela sobre la guerra civil, pero distinta a lo que ya se ha escrito sobre este tema. Luego aquél pondrá su nombre a la obra. Esto es, que ejerza de “negro”. Al caradura de Germán no se le ocurre otra cosa más que contratar a su primo para que, a su vez, ejerza de “negro” para él, y escriba esa novela. Encima, se justifica: «En realidad lo mío es algo muy actual, muy de la especulación inmobiliaria, y lo que hago es subcontratar el trabajo porque lo único que cuenta es el resultado final».
El resultado final es una trama que se urde en torno a las peripecias del protagonista y los avatares de una editorial muy peculiar, con alternancias de la primera persona en la que narra Germán Buenaventura, con frecuencia de forma atolondrada, lo que obliga a la aparición de un narrador omnisciente que, en tercera, se ve impelido a aclarar aspectos oscuros... o que el protagonista principal ha tergiversado a su conveniencia.
No sé si Gutiérrez Solís ganará muchos amigos dentro del gremio con esta novela, porque a nadie le gusta que le mencionen sus defectos ni le saquen las vergüenzas a la luz. Novela escrita a contracorriente, donde lo mismo denuesta a los bestsellers que atestan los escaparates de las librerías y se hinchan a vender ediciones, como a los escritores que persiguen alcanzar esos éxitos de ventas sin ningún escrúpulo. Muchos de ellos repitiendo el consabido y recurrente tema de la guerra civil.
En resumen, un collage bien trenzado y muy recomendable para pasar un rato más que entretenido, redactado con soltura, casi descaro, poblado de personajes conmovedores, caracterizados sabiamente, y otros algo odiosos, como el caso de don Arturo, empeñado en demostrar que con dinero se consigue lo que haga falta. Si es preciso, hasta que alguien escriba una novela para que tú la pongas luego a tu nombre y ganes un premio literario.
¿Será posible tal cosa?

martes, marzo 27, 2007

La cosa en sí, Andrés Trapiello

Pre-Textos, Valencia, 2006. 730 pp. 35 €

Juan Marqués

A estas alturas hace falta tener muchos prejuicios o leer con muchas dioptrías (o, simplemente, no leer) para no advertir o no saber que lo que esta haciendo Andrés Trapiello con su Salón de pasos perdidos es el mayor proyecto narrativo que se está llevando a cabo en este país, y seguramente en nuestra lengua. Y lo de “mayor”, desde luego, no es sólo por lo voluminoso (van catorce entregas que, reunidas, rozan ya las diez mil páginas) sino por la trascendencia de lo que en ellos se va tejiendo, convirtiéndose tomo a tomo (y con mucho más silencio y humildad de lo que alguno pudiera pensar) en una particularísima y preciosa crónica de lo que nos está pasando. Estoy seguro de que en el futuro estos libros serán aún más leídos que ahora, ya que de ellos tendrá que quedar lo que más importa: no tanto lo que tienen de divertido y malicioso paseo por las cloacas y las tripas de la “vida literaria” nacional, sino la vida y poesía que rebosan de las páginas dedicadas al campo extremeño, al Rastro, a las gentes sencillas y humildes que se cruzan en su camino, o a su familia y amigos. Trapiello cita muy a menudo (sin —insisto— el menor asomo de soberbia) aquella declaración en la que Stendhal aseguraba estar escribiendo para el lector de ochenta años después. Los que lleguen a estos diarios dentro de ocho o más décadas quizá puedan comprender algo de este tiempo, al encontrar en ellos mucho de nuestras miserias y debilidades y de las tristes cosas que nos ocupan y preocupan, pero también el testimonio de lo mejor que tenemos (esos pueblos todavía no completamente abandonados, ese amor por ciertos libros y por aquellos que los editan, los guardan, los cuidan..., esas ciudades hermosas y continuamente amenazadas —en este caso, claro, Madrid o León, pero también Sevilla («...la ciudad más hermosa de España» —p. 697—), Roma, México D.F., Cartagena de Indias...—) y también de lo mejor que, sin duda, tendremos siempre (esa ternura y limpia intimidad al escribir sobre las personas con las que se comparte la vida, esa compasión hacia los débiles y los derrotados —que convive con la ironía o incluso dureza con la que Trapiello habla sobre poderosísimos políticos, banqueros, periodistas, académicos, profesores o escritores laureados e “intocables”—, o esa fidelidad y cariño hacia los amigos, entre los que destaca, una vez más, su devoción por Ramón Gaya, del que tanto ha aprendido...).
«Yo sé, Señor, que a la hora de la muerte todo parecerá como es en sí», se lee en el bíblico Eclesiastés, y no sé si en la muerte (ni, mucho menos, en «el Señor») pensaba Trapiello al poner ese título a estos cuadernos del año 2000, pero sí en algo muy cercano: en la verdad profunda de las cosas, en esas misteriosas revelaciones que sólo parcialmente recibimos y comprendemos, pero que nos ayudan a intuir y aceptar el misterio que nos rodea, la incertidumbre, los caprichos de la suerte y el tiempo... que, en efecto, quizá sólo cuando todo acabe adquieran un sentido completo. Los que acudan a este libro leyéndolo a saltos para encontrar cotilleos, desahogos o ajustes de cuentas quedarán excluidos de su magia, de su espíritu, de su verdad, y sólo se llevarán las migajas más vistosas, entretenidas y prescindibles de un libro que es mucho más que eso, y que, en cierto sentido (y como debe de ser), está muy por encima de sí mismo. Para irritación de algunos puristas del género (de los que este libro se pitorrea a conciencia) Trapiello no nos está contando su vida sino la nuestra, la de todos, la vida en sí...; la parte de vida que él conoce y contempla, la que le ha correspondido, y en la que todos estamos implicados.
Andrés Trapiello es fundamentalmente un poeta (y uno de los mejores que tenemos) y a la luz de sus versos hemos de acercarnos a estos diarios. Unos y otros suponen lo mejor de una obra literaria integral en la que también hay preciosas novelas, ensayos insustituibles o artículos exactos, lo cual se completa con la actividad de Trapiello como editor, tipógrafo, ilustrador, prologuista, conferenciante, crítico literario... Todo es uno, y todo responde a ese «trabajo gustoso» del que hablaba Juan Ramón Jiménez (otra continua presencia en la obra de Trapiello), a ese amor por la literatura que le ha llevado a hacer aportaciones fundamentales y, por fortuna, cada vez más reconocidas.
Augusto Monterroso recordaba (en “Memorias del subdesarrollo”, en Movimiento perpetuo) que la biblioteca de su barrio era tan pobre que sólo tenía libros buenos. Yo miro mis pocas estanterías y, cerca de las novelas y ensayos de Trapiello, veo en un lugar privilegiado sus libros de poemas y sus diarios. En mi humilde biblioteca, pues, cuánta riqueza...

lunes, marzo 26, 2007

El coleccionista de almas perdidas, Irene Gracia

Siruela, Madrid, 2006. 228 pp. 18,90 €

Félix Palma

A finales del siglo XIX todo era posible. La incipiente ciencia aún no había establecido los límites del mundo, todavía no había decidido qué podía suceder y qué no dentro de sus fronteras, pero cada nuevo invento contribuía a avivar la ilusión de que cualquier idea de la imaginación podía llevarse a la práctica, sensación que reflejaron los novelistas de la época, con Julio Verne y H. G. Wells a la cabeza. Fueron las exposiciones universales y las ferias, como la del Cristal Palace, aquella ballena traslúcida varada en Hyde Park en cuyo vientre se acumularon los logros de la industria británica para mayor gloria del Imperio, o la de París, donde la Torre Eiffel ejerció de emblemático pórtico de entrada, las encargadas de ordenar los frutos de aquella ciencia candorosa, encarnados para la posteridad en unas máquinas profusas de remaches y bielas y gruesos caños de tuberías, que cada cierto tiempo exhalaban lúgubres bufidos de vapor, y que hoy se nos antojan tan ingenuas como entrañables. De aquel descorche de inventos —surgieron el fonógrafo, la bombilla, el cinematógrafo, las vacunas, la turbina de vapor, el telégrafo— que llevó al director de la oficina de patentes de Nueva York a solicitar el cierre del servicio, arguyendo que «ya estaba inventado todo lo que podía inventarse», sin duda el más curioso, desasosegante y literario, por razones obvias, es el autómata, réplica mecánica de un ser animado, que el suizo Pierre Jaquet-Droz llevó a su máxima expresión.
Las postrimerías del siglo XIX y su ciencia bobalicona, abrevadero idóneo del fantástico, que hace unas décadas propició el subgénero etiquetado como steampunk, es el periodo escogido como escenario por la escritora madrileña Irene Gracia en su última novela, El coleccionista de almas perdidas, una de las obras finalistas del último premio de la Fundación José Manuel Lara de Novela. Vaya por delante que no estamos ante una novela histórica —esperemos que alguien la escriba pronto, dado lo atractivo del material— pues Irene Gracia no es precisamente una escritora convencional interesada en fabricar novelas digeribles para leer en los aviones, como muestra su trayectoria, jalonada de obras tan personales como Mordake o la condición infame, Hijas de la noche en llamas o Fiebre para siempre, que le valió el premio Ojo Crítico.
Como hemos dicho, la novela arranca a finales del siglo XIX, pero abarca hasta la primera gran guerra, pues se trata de la narración de una vida, la de Anatol Chat en este caso, miembro de una peculiar familia atrapada en el sueño demiúrgico de la fabricación de réplicas humanas. Con un derroche de imaginación inusual en estos lares, Gracia nos sumerge de la mano de sus pintorescos personajes en el mundo de lo pequeño, donde lo insignificante se vuelve bello y el tiempo parece coagularse, un mundo donde enseguida se disuelven las fronteras que separan la realidad de la fantasía a causa de la obsesión constructora de los Chat, que les lleva a confeccionar réplicas inclusos de los muertos, convirtiendo la novela en un retablo de personajes de cuya humanidad acabamos desconfiando. «Tú le darás cuerda a tu hermana y yo a mi mujer», anuncia el padre de Anatol en un representativo pasaje de la novela que recoge su idea seminal: ¿qué da la vida? De un modo sesgado, discreto, casi inevitable, la novela plantea cuestiones filosóficas y teológicas de candente actualidad. La peripecia principal se halla espolvoreada de cuentos de distinta extensión, a la manera de Las mil y una noches, que revindican el placer de contar, otro acto de creación. Dichas historias acarician con ecos de Poe, Hoffmann y otros promotores de la literatura de terror gótica una obra poliédrica que, debido a los enamoramientos desmesurados, deseos transcendentes y alucinaciones varias que teledirigen a sus personajes, podríamos calificar, si tuviésemos que venderla a una productora de Hollywood, como un Blade Runner filtrado por el realismo mágico.
Pero como suele ocurrir con las buenas novelas, El coleccionista de almas perdidas no es de fácil lectura. Gracia no presta especial atención a los nudos que articulan la trama —el modo terriblemente hermoso pero exento de dramatismo con que despacha la muerte en globo de la madre y la hermana de Anatol es una clara muestra de ello—, optando por una uniformidad lírica que confunde lo importante con lo accesorio, obligando al lector a estar pendiente de cada detalle y buscar los simbolismos ocultos en la acción. El coleccionista de almas perdidas es, pues, una novela atípica, que desdeña los cómodos caminos de la intriga esculpida a base de golpes de efecto para aventurarse en las sendas menos accesibles de la parábola sutil, una novela que discurre con una cadencia casi musical entre bellísimas escenas oníricas que cada cual debe interpretar, y que si bien perderá muchos lectores en su empinada lectura, sin duda recompensará a todos aquellos que logren llegar a su cumbre, pues habrán conocido el quehacer de una escritora inconformista y original, que huye de las inertes historias al uso, sabedora de que una novela, al igual que un autómata, no es sino un mecanismo que pretende emular la vida.