viernes, marzo 09, 2007

Kafka en la orilla, Haruki Murakami

Trad. Lourdes Porta. Tusquets, Barcelona, 2006. 592 pp. 24 €

Ángeles López

«Más, quiero más...» Ese es el estado anímico que sobreviene al terminar cualquier libro de Murakami. Como si se emergiera de un trance, una vez concluida la historia es cuando sus personajes te visitan para convivir contigo hasta tal punto, que resulta imposible sumergirte en otro libro durante varias semanas. Con avidez te descubres persiguiendo al malquerido Tamura en el rostro de cualquier niño que viaje en un vagón de metro; escucharás a Nakata en la esquina de una tarde charlar amigablemente con un gato siamés en el umbral de una celosía; rogarás al cielo que lluevan caballas o sanguijuelas y desearás tener un amigo bibliotecario transexual que te esconda en una cabaña cuyo balcón conecta con un pliegue en el tiempo.
La última novela del escritor del país flotante es un aparato de inverosimilitud construido a través de una búsqueda que es al tiempo una travesía... Una odisea ucrónica en donde aspectos del pasado se pueden transformar en algo actual, e instantes presentes se conjugan no sólo en pretérito sino también en futuro. Esta vez su protagonista no es un varón de treinta y tantos, amante del jazz, el alcohol y el cine negro. Se trata de un quinceañero huído de casa, sin más compañía que un alter ego invisible llamado Cuervo. Rebautizado como Kafka Tamura, el adolescente huye de un padre cuya sombría maledicencia le ha llevado a predecir, edípicamente, que matará a su progenitor y se acostará con su madre y su hermana, desaparecidas cuando el niño contaba cuatro años. De forma paralela, asistimos al relato del anciano Satoru Nakata que perdió sus recuerdos y parte de su inteligencia durante un coma colectivo durante la Segunda Guerra Mundial... Pero, a cambio, adquirió el preciado don de hablar con los gatos. Las dos historias no llegan jamás a converger por tratarse de los polos opuestos de una misión fatal que tiene que ver con una metafísica puerta, de la que ambos son llave y cerrojo.
Por su imaginería le conoceréis... Así, planteados estos mimbres narrativos asistimos al cumplimiento metafórico de la profecía, al más puro estilo de la factoría Murakami: a través de la presencia de felinos, largas disertaciones literarias, metamorfosis, suicidios, exploración de traumas, continuas masturbaciones, descubrimiento del sexo en brazos de mujeres maduras... Pero, en medio de tanta esquizofrenia resulta curioso advertir cómo el lector se busca a sí mismo a través de la deserción del pequeño Kafka Tamura, bajo el que se esconde un herido Antoine Doinel.
Con una prosa lavada, a fuerza de ser dolorosamente sencilla, huye de los habituales artificios del suspenso. El narrador es pasivo y muchos de sus argumentos se antojan absurdos, pero, pese a todo, se establece una corriente irresistible hacia cala renglón de la historia porque no es una ficción traposa y sí un bosquejo «imposiblemente posible». Como si de un híbrido literario entre Los cuatrocientos Golpes y Terciopelo Azul, se tratara.
Hacia el final del libro, en lo profundo de un bosque, Kafka Tamura se topa con dos soldados del ejército imperial que durante la guerra se introdujeron en un gusano espacio-temporal porque no podían soportar su destino de matar o morir. A partir hebras del inconsciente del narrador, asistimos a una novela que contesta a la incapacidad de vivir, a la apatía, el aislamiento, la angustia, la cólera y el sordo dolor.
Desde hace algunos libros lo de Murakami ha dejado de ser un secreto parar convertirse una verdad a gritos: que es un escritor de culto, uno de los mejores de nuestro tiempo. Nadie debería perder la oportunidad de leerle, y poder vivir una temporada instalados en su escéptica “raritud” de la que muchos desearíamos no regresar.

jueves, marzo 08, 2007

Encyclopédie. El triunfo de la razón en tiempos irracionales, Philipp Blom

Trad. Javier Calzada. Anagrama, Barcelona, 2007. 464 pp. 22 €

Sofía Rhei

«La verdadera historia de la Encyclopédie comenzó con una pelea a puñetazos». Si nos encontramos con esta frase al abrir un libro (es el comienzo de uno de los primeros capítulos), podemos pensar que existen dos posibilidades: una, que se trate de un pirotécnico libro de divulgación pseudocumental, acaso entretenido pero escasa o defectuosamente argumentado, o dos, que estemos ante uno de esos ensayos que da gusto leer, y que se convierten en algo más que un ensayo. Afortunadamente, este libro es un excelente ejemplo del segundo caso, llevando a cabo una eficaz una indagación en el contexto y los procesos que dieron lugar a la elaboración de la enciclopedia francesa, y apuntando las repercusiones de la obra en aquel momento histórico. El interés de Philipp Blom por los proyectos de recolección del universo no es reciente, y su historia del coleccionismo To have and to hold se ha convertido en un volumen de referencia.
Aquí, el autor ha optado por hacer una selección equilibrada entre la ingente cantidad de material recolectado que se adivina al trasluz de las páginas, optando por una trama en la que se mezclan historia pública y privada, datos de archivo, comentarios filológicos, anécdotas y citas, sin abusar de ninguno de estos métodos. El ensayo comienza con un completo prólogo, que podríamos llamar panorámico, y que además de servir como enumeración de todos los proyectos enciclopédicos anteriores, es capaz de sumergirnos en los matices históricos fundamentales de la cuestión: lo que empezó siendo el proyecto de traducir la obra inglesa de Chambers tomó su propio camino sembrado de dificultades. Tras el prólogo, el autor nos lleva a las entrañas del París de la época con una rápida y eficaz mezcla de datos y sugerencias visuales que marca el ritmo narrativo, en el que se engarzan los retratos de situaciones y personas sin que decaiga el ritmo. Cada capítulo se inicia con una verdadera entrada de la Encyclopédie y con una reproducción de una de sus láminas (no necesariamente correspondientes), y la presencia de citas de la obra original acompaña al texto sin hacer que este pierda amenidad, sino todo lo contrario, puesto que los fragmentos escogidos para su reproducción o su resumen dicen mucho más de lo que parece, cuando no resultan chocantes, inesperados, o son francamente divertidos. No este el caso de la cita siguiente, perteneciente al artículo ABEJA, que más bien podría calificarse de profética: «Los zánganos son más pequeños que la reina, pero de mayor tamaño que las abejas obreras; […] se alimentan sólo de miel, en tanto que las obreras comen cera sin elaborar. A la salida del sol, estas últimas salen para su jornada de trabajo, mientras que los zánganos lo hacen mucho después y se limitan a retozar alrededor de la colmena, sin trabajar. […] La única utilidad de los zánganos es fecundar a la reina. Y, una vez lo han hecho, las obreras los persiguen y los matan.»
Las maneras de decir y no decir cobran una relevancia inevitable en un contexto en el que la carrera del saber corría tan pareja con los intereses religiosos y políticos. Blom nos cuenta la historia de las ideas que iban naciendo o siendo rescatadas, templándose a la luz de las velas, tomando su propia forma y mezclándose con otras, casi como si se tratase de formas biológicas de expansión inevitable.
A la cabeza de ese barco en aguas turbulentas nos habla de la fascinante figura de Diderot, entusiasta hombre del renacimiento con una gran cultura científica, histórica y literaria, que sin embargo tuvo una vida marcada por la persecución, el encarcelamiento, y la desgracia familiar de perder a sus tres hijos. Gran parte de la redacción del primer tomo de la enciclopedia, del que Diderot solo escribió casi la mitad, se llevó a cabo en prisión, pero este hecho, lejos de desanimar al joven erudito, dio lugar a situaciones como la siguiente: «Durante el primer mes de encierro en el calabozo de la torre del castillo, no le habían permitido tener ningún material de escritura. Y había improvisado una pluma con un mondadientes y tinta con vino y hollín, con los que había compuesto una “Apología de Sócrates” en los márgenes de unas Obras de Milton que tenía consigo».
Hay, sin embargo, otros personajes menos conocidos que aparecen en estas páginas reivindicados por el punto de vista contemporáneo: Malesherbes, el censor que no sólo no censuró la obra a pesar de las fuertes corrientes de oposición a ella, sino que protegió físicamente volúmenes y archivos en su propio despacho más adelante, cuando el proyecto tropezó también con el Parlement; el abbé Edme Mallet, que con sus irreprochables pero plomíferos artículos sobre religión quizá se llevó más clientes de la iglesia que los que acercó a ella (es fascinante la sugerencia de Blom de encontrar en él un San Manuel Bueno en versión erudita), y el Chevalier Louis de Jaucourt, que escribió 40.000 artículos («la mitad de las entradas de los diez últimos volúmenes»), a tiempo de salvar la enciclopedia, sufriendo además pérdidas económicas personales. El autor consigue que estos y los personajes históricos más conocidos (Rousseau, Madame de Pompadour, Grimm, el gran amigo de Diderot y de Louise d’Épinay, Montesquieu y Voltaire, etcétera) cobren vida gracias a luminosas descripciones de su aspecto y carácter y de la inclusión de anécdotas siempre reveladoras: los encuentros, desencuentros, amistades, rivalidades e intrigas de estos personajes consiguen atrapar a quien lee.
La idea que subraya Philipp Blom es la capital importancia que en el desarrollo posterior de los acontecimientos franceses y europeos tuvo el trabajo de los enciclopedistas. «Diderot, el hijo de un cuchillero, y D’Alembert, adoptado por un cristalero», quisieron dibujar una idea de progreso material que pasaba necesariamente por las técnicas, por las máquinas y por los oficios, como paso necesario para el progreso espiritual. Sin embargo, la neutralidad científica, lejos de ser percibida como un intento de objetividad, se interpretaba como una declaración de intenciones muy concreta que conllevaba agresión al sistema religioso y al político. Así pues, la Encyclopédie es un importante eslabón histórico entre todos aquellos que desembocaron en la toma de la bastilla, pero, sobre todo, es una de las piezas de otra cadena, que une sus tomos unos con otros desde la antigua Babilonia y la antigua China sin tomar más armas que las tablillas, las plumas o las imprentas: la defensa del conocimiento por sí mismo.
«A pesar de sus ideas progresistas, de su anticlericalismo y de sus críticas a las políticas oficiales, muy pocos de entre los enciclopedistas tuvieron un papel activo en la revolución, con la notable excepción de Alexandre Deleyre, que votaría a favor de la muerte de Louis XVI. Esto se debió en parte a razones generacionales —la mayoría de ellos tenía sesenta o setenta años cuando la revolución estalló—, pero fue asimismo un problema de orientación. Los enciclopedistas pretendían la evolución, no la revolución».

miércoles, marzo 07, 2007

El anarquista de las bengalas, Santiago Montobbio

March Editor, Vallbona de les Monges, 2005. 165 pp. 13,70 €

Román Piña

El azar ha querido que el mismo día que terminaba de leer Las vírgenes suicidas, estupenda ópera prima de Eugenides, un amigo me recomendase la novela de Arto Paasilinna Delicioso suicidio en grupo, Arcadi Espada publicase un extenso artículo sobre el papel/deber de la prensa en el tratamiento de los suicidios, y me metiese en un cine a ver Las vidas de otros, gran película alemana en la que un director teatral represaliado por la Stasi de la RDA en 1984 se cuelga en su casa.
Si uno de los grandes temas de todo arte es la muerte, deberíamos estar acostumbrados e inmunizados ante su presencia en forma de suicidio. Y también ante el suicidio por defecto, por omisión. Pues de hecho el arte, y muy en especial la poesía, es un típico recurso terapéutico para vencer la tentación de quitarse uno la vida, una herramienta útil para aplazar esa decisión traumática. A veces uno escribe para consolarse, para fabricarse muletas con que andar por la depresión o la melancolía, pero a veces también uno escribe al borde de la muerte, sin tonterías.
Leyendo los poemas recogidos en el libro El anarquista de las bengalas, de Santiago Montobbio, he creído estar leyendo una novela autobiográfica marcada por el convencimiento de que no vale la pena suicidarse, porque la muerte y la vida seguramente son la misma cosa. ¿Entonces? Entonces no nos suicidamos porque vivos al menos estamos seguros de poder escribir y leer. A Montobbio, un poeta triste, le intuimos salvado por una euforia azul, demasiado enamorado de las palabras, aunque sepa que no conducen sino a una «oscura travesía».
Onetti se identificó con el primer libro de Montobbio, Hospital de inocentes. La vida es una araña absurda, dice Montobbio, todas las mañanas nacen muertas, pero acepta que en la escritura, en buscar su nombre, quizá vive y vence la soledad y el miedo. “Huesos, miedo” son el centro mismo del poeta. Hablo de un poeta desnudo, que no juega, no inventa, no engaña, sino que se acoge a la literatura como forma de tomarle el pulso a las miserias. «Hablo en plural para fingir no estar tan solo», dice en el poema titulado “¿De parte de quién?”, y luego comprobamos que esa soledad se ha instalado para siempre. Este libro extenso nos habla de una vida gris, de un alma atormentada que declara: «el único modo en que me soporto es cuando me hiero». Ese gris no varía apenas, persiste. La voz del poeta siempre suena con el alma afectada por un resfriado. «Nos pasamos unos años creyendo que vivíamos»: hay una alusión permanente a la juventud perdida. Pero un poeta solo puede ser poeta siendo joven, aclara Motobbio en “Limbo”, la tercera parte de este volumen que consta de cinco. «Yo sólo sé escribir por amor y mientras baila un miedo». Más adelante cree que dejó de ser poeta como dejó de ser joven, pero que ahora escribe «garabatos, muertes, agujeros», para creer salvarse. Discrepamos: se salva. Tanta tristeza es soportable en tanto en cuanto Montobbio es capaz de sublimarla por la belleza, por la imaginación, por su audacia verbal. Un rostro de tortuga le recuerda a una mujer. Es apenas un rastro de humor en este océano de dolor.
Hay luz en la poesía de Santiago Montobbio. No molesta tanto egotismo, porque se evidencia necesario, no impostado. El suicidio se descarta porque «alguien desde lejos intenta que yo aún crea que tengo que vivir». En fin, este libro me ha impresionado, por la belleza y la libertad que esparce en tantos versos, escritos con el corazón mordido.

martes, marzo 06, 2007

Las curas milagrosas del doctor Aira, César Aira

Mondadori, Barcelona, 2007. 240 pp. 15,50 €

Inés Matute

La vanguardia nos enseñó —o quizá sólo nos convenció de ello— que se puede hacer literatura y ficción con todo, y que todo es ficción si el narrador se lo propone y dispone de los recursos necesarios. Y ese es, precisamente, el caso del prolífico César Aira.
Mondadori reúne en este libro tres originalísimas obras cortas de uno de los autores más reconocidos de la actual narrativa argentina, acompañados por un apéndice de textos sueltos a medio camino entre el ensayo y la reflexión íntima. Admitiré que he tenido que repasar el texto detenidamente antes de lanzarme a aplaudir sus logros, y también que, en la primera lectura, no quedé completamente satisfecha. Según dicen los expertos, el lector que no conozca las novelas más características de este autor —Cumpleaños, Canto castrato, Las ovejas, Moreira o Cómo me hice monja— encontrará aquí rasgos definidores de su quehacer en prosa, pero no llegará a captar todo lo que su literatura puede ofrecer, cosa que sí sucederá con quien le haya seguido desde sus inicios. De ser cierto, quedo parcialmente excusada.
El volumen se abre con la novela corta que le da título, la cual trata sobre el extraño doctor Aira, perseguido por su contrincante, el doctor Actyn, el cual está empeñado en destruir a Aira a través del ridículo público. Solitario, pobre y escéptico, Aira tiene, sin embargo, el don de hacer milagros, milagros que se solicitan con desgana y sin mucha fe. A medida que la historia va tomando cuerpo —el punto álgido coincide con el pasaje de la ambulancia, en cuyo interior viaja un enfermo incurable— nos vamos alejando de cualquier circunstancia siquiera verosímil, lo cual nos remite a escritores como Borges y Roberto Arlt (no mencionaré a Cortázar porque el autor sostiene que el mejor Cortázar es el peor Borges, y, personalmente, discrepo) invitándonos a sumergirnos en un surrealismo delirante, en una manera «disparatadamente alternativa» de concebir la realidad.
“El tilo” es una recreación de recuerdos infantiles, elaborada por un narrador cuyas circunstancias personales coinciden con las de César Aira, circunstancia de la que conviene olvidarse en aras de un mayor disfrute y aprovechamiento del texto. La voz escondida entre líneas intenta recuperar «aquel viejo yo» de niño peronista protegido por la sombra de un tilo monstruoso en la plaza de Coronel Pringles, lugar de nacimiento del autor. El hecho de haber traducido a Saint-Exupéry podría explicar la facilidad con la que Aira reconstruye el mágico mundo de la infancia, con sus lirismos, su cándido sentido del humor, su sinceridad y sus juegos aparentemente espontáneos pero de una complejidad muy trabajada. En “El tilo” se nos formula la siguiente pregunta: «¿Acaso no podemos pasarnos la vida tratando de entender la frase que dijo nuestro padre, allá en tiempos remotos, la única vez que rompió su silencio?».
“Fragmentos de un diario en los Alpes” es, a mi juicio, la mejor historia del libro, la más ágil y risueña, donde el ingenio mostrado en enumeraciones, clasificaciones e inventarios se pone al servicio de la descripción de una mansión en los Alpes en la que un escritor —tal vez el propio Aira, acogido temporalmente por unos amigos franceses— reflexiona sobre su oficio, enlazando pensamientos casi abstractos con sesudas observaciones acerca de la obra de Duchamp y Balzac. La evocación irá de la mano de la descripción, y lo trivial se confundirá con lo profundo. El personal universo de Aira se nos desvela aquí en forma de teatro de títeres y vitrinas de miniaturas, juguetes, álbumes y tebeos, objetos con un alto poder evocador que unas veces funcionan como catalizador de la creatividad del escritor y otras como llave al subconsciente colectivo. Nos enfrentamos pues a la narración en estado puro, sin otro fin que seducirse a sí misma.
No es un libro fácil, lo advierto, pero sí intenso y enigmático, en el cual la libertad creativa —con toques excéntricos, descabellado, absurdos— es su rasgo más destacado, un punto de arranque y también un fin en sí misma.

lunes, marzo 05, 2007

La vida es una suave quemadura, Francesc Miralles

Edebé, Barcelona, 2007. 182 pp. 8,30 €

Care Santos

Seguro que más de uno se asustaría si de pronto un amigo escritor le dijera que pretende escribir una novela espiritual y a continuación citara el Siddharta de Herman Hesse y recitara algunos versos de Lanza del Vasto, todo eso mientras se toma una copa en un bar clandestino llamado Albricias. Antes de entrar en harina, explico quién diantres es Lanza del Vasto: un discípulo de Gandhi, activista en favor de la no-violencia, que nació en San Vito del Normanni (Italia) en 1901 y murió en Murcia en 1981. Además de pacifista y filósofo, el hombre fue poeta. Sus enseñanzas fundamentales, y algunos de sus versos, quedaron plasmados en su obra Peregrinación a las fuentes (que en nuestro país publicó Seix Barral en 1998) donde relata sus primeros días en la India y el camino que recorrió hasta despojarse de su personalidad de hombre occidental.
Algo parecido le ocurre a Víctor, el personaje principal de esta novela, quien después de una serie de experiencias tan insatisfactorias como esclarecedoras decide abandonar su vida regalada junto a un padre que le presta mucho más dinero que atención y refugiarse en el monte más cercano al lugar donde vive, que resulta ser el Tibidabo, junto a su ciudad, Barcelona. En el monte, como se espera de la novela, Víctor encontrará las revelaciones que está buscando, pero no será del modo en que podría desear el lector ansioso de misticismo (dudo: ¿existirá un lector así?), sino de la mano de diversos personajes, a cuál más original e interesante: la quasi-bruja a quien todos llaman "Madre", que prepara té junto a su choza con techo de uralita; Max, el viejo profesor derrotado por sus propias circunstancias y Fiona, la hija del multimillonario que pasa las vacaciones sola en una casa enorme de la zona alta de la ciudad. Todos ellos, en mayor o menor medida, son personajes con sorpresa. En ese sentido, Max se lleva la palma, cuando al final de un capítulo desvela uno de los detonantes de su vida (y de la trama).
Y si hablo de sorpresas y detonantes es porque ya hace algunas novelas que Francesc Miralles me sorprende con sus trazas de buen contador de historias. Se trata, advierto, de un autor al que lo mismo le da escribir un libro de referencia sobre el zen en la empresa que una pequeña joya sobre la cocina de ciertos éxitos literarios (por ahora, sólo disponible en catalán: L'autoajuda al descobert, Ara Llibres, 2006), que una novela negra (de pronta publicación en Algaida editores: Mátame eternamente) o una supuesta novela bienintencionada, que acaba convirtiéndose en un canto a la sencillez y la búsqueda de la verdad propia: Amor en minúscula (Vergara, 2006). Por no citar sus libros de viajes o los infantiles y juveniles, porque el espacio, pese a la libertad que permite este sitio, es reducido, y porque cada una de estas obras merecería su propio comentario. Quede claro, pues, que estamos ante un autor que se desenvuelve con soltura en todos los terrenos, además de un novelista capaz de enfrentarse a casi todo manteniendo al mismo tiempo una evidente marca de la casa: gusto por contar historias y buen ritmo. No son prendas pequeñas, cuaquiera que escriba y cualquiera que lea lo saben.
Volvamos ahora al asunto de la novela espiritual. Por supuesto, ésta lo es: una novela sobre la que también se proyecta la sombra de Francesco d'Assissi, que cuenta cómo un joven se hastía de su vida de abundancia y decide buscar la verdad y el bien absolutos. Y los encuentra, claro. Encuentra, sobre todo, razones convincentes para regresar a su vida y añadirle el ingrediente que le faltaba, que no es otro sino la bondad, entendida de un modo más o menos adolescente y práctico. Así, la trama habla de nosotros mismos, y al mismo tiempo del sentido de este sin sentido en el que todos andamos de aquí para allá.
No podemos olvidar, además, que se trata de una novela para jóvenes, a la que los adolescentes llegarán mayoritariamente a través de su profesor de literatura. Alguien podría temer que un argumento así no les interesase, pero caería en aquel error de pensar que hay asuntos buenos y asuntos malos, cuando lo único que realmente hay son buenos o malos modos de aproximarse un autor a un asunto. En este caso, Miralles sabe bien para quién está hablando, y es hábil. El interés del lector joven vendrá dado, en primer lugar, por el caracter del protagonista (despegado del mundo como lo están muchos jóvenes) por sus decisiones valientes en contra de su padre —el enfrentamiento intergeneracional es un clásico que suele funcionar entre jóvenes de cualquier edad, condición y país— y, por supuesto, la ambigua historia de amistad con Fiona o las peripecias de ese grupo de frívolos amigos aficionados a andar sobre la cuerda floja.
Así pues, Miralles tiene ya su novela espiritual. Y todos nosotros, una obra inetiquetable que merece la pena conocer y ponderar. Albricias.