viernes, febrero 16, 2007

Fiesta en la oscuridad, Diego Jesús Jiménez

Lectura de Pedro Luis Casanova. Bartleby, Madrid, 2006. 71 pp. 11 €

Marta Sanz

La reedición de Fiesta en la oscuridad (1976) se lleva a cabo en el ámbito de la colección Lecturas 21 de la editorial Bartleby: este proyecto tiene como objetivo rescatar fragmentos, ya descatalogados, de la obra de autores como Ángel González, Antonio Gamoneda o Félix Grande y, al mismo tiempo, actualizarla a través de la lectura de jóvenes poetas como Elena Medel, Carlos Pardo o Manuel Vilas. Se trata de conjurar el olvido y de poner en evidencia los prejuicios sin los que es imposible que se desencadene ningún proceso de lectura. Un libro nunca es el mismo libro. Lecturas 21 desacraliza —quizás el verbo sea exagerado porque ¿hasta qué punto se puede olvidar la palabra ritual?—, humaniza, aproxima los textos sagrados al lector inexperto, al lector joven y también a ese lector resabiado, que tiene más conchas que un mejillón, sometiéndolos a una lectura “profana” —para gran escándalo de algunos sacerdotes y/o iniciados que creen que sólo unos pocos tienen derecho a interpretar la Biblia de Gamoneda, González o Grande...—, a la vez que crea un espacio para que las voces nuevas accedan a esa profesión de votos culturales que pueda llegar a legitimarlos en el peliagudo campo de la poesía española actual. La iniciativa de los editores es arriesgada, inteligente —al mismo tiempo, “de cajón”— y esperamos que, con su vocación de matar dos pájaros de un tiro, consiga el éxito, siempre minoritario, del que disfrutan los libros de poesía.
En este contexto, Pedro Luis Casanova (1978), en sintonía con otros estudiosos como Molina Damiani o Manuel Rico, lee impecablemente el tercer poemario de Diego Jesús Jiménez (1942) desde una perspectiva política de repulsa a la represión franquista y de crítica frente a los derroteros por los que navega la transición española. El riesgo que asume Diego Jesús Jiménez es doble, porque mantiene abierta la herida moral, el posicionamiento ético, de la palabra poética y lo hace, además, desde una opción estilística que exige un esfuerzo de interpretación simbólica por parte de un lector que, a la altura del año 76, vivía en el momento de canonización de la ideología encubierta de ciertos poetas metidos en el saco de los novísimos, y a comienzos del siglo XXI se complace en la comodidad de la línea clara y de la legibilidad. Se trata de un riesgo ético y estético que Pedro Luis Casanova analiza sobre la coordenada de la historia de España a finales del siglo XX. Pero, más allá de la exégesis de Casanova, es necesario subrayar la singularidad de un poeta como Diego Jesús Jiménez que, pese a haber sido galardonado en dos ocasiones con el Premio Nacional de Poesía —por Coro de ánimas (1968) y por Itinerario para náufragos (1997)— y a causa de su posición excéntrica respecto a las líneas de fuerza de la poesía española de fin de siglo, todavía no ha sido lo suficientemente reivindicado...
A través o en el reflejo del ojo de un ciervo muerto, el poeta nos deja entrever la fiesta en la oscuridad: la muerte, el sexo, lo soñado, la experiencia de la naturaleza y la experiencia visionaria, esa realidad que escapa de los límites de su entrada enciclopédica y siempre es más laberíntica de lo previsible. Los fantasmas, los ecos, la vivencia del arte (“Sueña el recinto/ venenoso del verde...” en “La lágrima de San Pedro de El Greco”), lo que se desea, todo aquello a lo que se le tiene miedo configuran un concepto hiperrealista de la realidad en el que la exhaustividad y el primer plano total desfiguran los contornos legibles para el ojo humano. La realidad es objeto de una crítica que se opera a través de la emoción, de las visiones y de la conciencia. Es ésta una poesía versicular y surrealista, que se sobreexpone en su enunciación desgarrada, en su tono mayor que no permite las medias tintas ni los paños calientes y que sin embargo está llena de sutileza, profundidad y capacidad de penetración: pelamos una fruta, quitamos la corteza a un árbol, excavamos un hoyo en la tierra, practicamos una autopsia. El carácter visionario de la poesía de Diego Jesús Jiménez es una forma de neorromanticismo cívico que acalla el susurro, la voz bajita, de ciertos modos pseudomodestos de ciertos poetas de la experiencia —no todos: tampoco hay que despeñarse por esa forma, navajera y tan habitual en el campo de la poesía, de la simplificación que descalifica todas las voces que conforman una determinada tendencia o grupo—; lo que ocurre es que, a veces, la línea clara es insuficiente para expresar la conmoción y el aprendizaje del ser humano frente a la naturaleza, incluso frente a la naturaleza más familiar, como en “Amanecida en Cuenca”: los paisajes de Jiménez no son caballos que abrevan a la luz de la luna, así lo sugiere Casanova al alejar estos versos de la etiqueta camp, que sirvió para calificar algunas muestras de la obra de poetas tan sobresalientes como Antonio Martínez Sarrión.
Fiesta en la oscuridad nos presenta a un poeta que es un pintor y que es un “disfrutador” hiperactivo de la experiencia estética, como único recurso para conjurar el olvido y revolver la vida y a la vida: “En la pintura de El Bosco”, un pintor cosmogónico está en la mirada, en la realidad consciente y subconsciente de un poeta cosmogónico; la creación de mundos, el imaginario de Jiménez —la luz, la sombra, la iluminación, la caza, los pájaros con significados polimórficos y deslizantes—, es un procedimiento para entender el mundo interior de cada ser humano. Pero no lo olvidemos, la poesía de Jiménez es íntima y elegíaca (“¿Por qué siempre lo que se vive es el recuerdo?”), como la de Eloy Sánchez Rosillo, como la de Marzal o la de Vicente Gallego, pero también es inevitablemente dialéctica: igual que no sólo la luz es suficiente para iluminar los sentidos, tampoco se pueden desvelar los interiores sin atender al ruido de fuera, al exterior, a los manicomios y a los hospitales de esta Fiesta en la oscuridad, en definitiva, a la intemperie triste de la Historia.

jueves, febrero 15, 2007

La mujer zurda, Peter Handke

Trad. Eustaquio Barjau. Alianza Editorial, Madrid, 2006. 120 pp. 6 €

Fernando García Calderón

El “descubrimiento” de un libro, de un autor, produce una alegría singular, justificando la ilusión de la lectura. Pero ¿qué hay del retorno a uno que lo fue todo para nosotros?
Hubo un tiempo en que el escritor y polemista Peter Handke era sólo un escritor. Al menos para muchos de los que se bebían sus obras. Me remonto hasta los años 70 y 80 del pasado siglo, cuando la Tierra giraba a otra velocidad y no existían los blogs. Casi nada. En aquella lejana Europa, Peter Handke publi­có El miedo del portero al penalty (1970; Alfaguara, 1979), Carta breve para un largo adiós (1972; Alianza Tres, 1976), Desgracia indeseada (1972; Barral Editores, 1975), El momento de la sensa­ción verdadera (1975; Alfaguara, 1981) y La mujer zurda (1976; Alianza Tres, 1979). Dio que hablar en una España que se desperezaba tras la pesadilla. Llegaron las películas en las que colaboró con Wim Wenders y se convirtió en eso que llaman autor de culto. O sea, un autor alabado por un puñado (aunque a veces el puño crezca hasta la desmesura) de seguidores y fanáticos.
El que ahora escribe fue uno de esos seguidores. Me enamoré del comienzo y del final de El miedo del portero al penalty y ya no me importaron las 137 páginas que quedaban en medio. Peter Handke entraba en mi particular parnaso, arrojaba las cítaras y los laureles por la ventana, y se acomodaba en el lecho de Melpómene, Talía y Erato sin afrodisiaco alguno del que valerse. Con La mujer zurda concluyó aquel periodo de exaltación de los dioses de la nueva lengua germana (otro Peter, Weiss, y Heinrich Böll completaban la extraña trinidad que mi buena fe había ideado). Aquel libro se me incrustó en un espacio indefinido que tenía por límites el bulbo raquídeo y el diafragma, punzando las sienes y el corazón, creciendo como el mejor cáncer, como el peor soufflé. La edición que ha visto la luz recientemente en esta bonita colección de bolsillo es la misma traducción de entonces.
Confieso ahora que elegí esta lectura con un doble afán: hablaros de la novela y transmitiros las impresiones literarias que, con los antecedentes indicados, causaba en mí el viaje a un tiempo que embalsamé con cariño. Un experimento, vamos, en vivo y en directo. Empiezo, pues, sin mar­car un punto y aparte, con determinación: La mujer zurda es una obra mal escrita. Desali­ñada, con un armazón endeble y unos personajes secundarios dibujados con un carboncillo grueso como un trozo de paloduz, sin un buen inicio y sin un remate que exalte los sentidos. ¿Por qué? Porque es fruto de una “sofisticada” manera de entender el relato. Handke trabaja y trabaja más allá de la búsqueda de la naturalidad, de la búsqueda del mérito de llamarse escritor. Ninguna de sus frases figurará en una antología por su calidad formal, ninguna destaca por su belleza. Sería más bien un guionista; un guionista al que no le interesara la literatura ni el cine. Sólo le interesa meternos en la cabeza un sentimiento. Y, en su herculana labor, pretende hacerlo sin hablar de ideas, sin hablar de las clásicas intimidades que tocan la conciencia o el lagrimal. El verbo mirar, la rutina raramente profanada, unos paisajes y unos objetos bastan. Las refe­ren­cias temporales tampoco importan. El uso del pretérito imperfecto permite saltar de escena en escena, sin que sepamos cuanto tiempo transcurre entre éstas. ¿Para qué? Para aislarnos del mundo exterior, para meternos en la piel de la protagonista o del cámara que la sigue con la frialdad del que acude al suceso y no echa una mano para salvar una vida porque lo relevante es que los espectadores sepan qué ocurre y cómo se muere. Leed las páginas 59, 60 y 61 de este libro. ¿Habéis sentido alguna vez agorafobia? La sentiréis, os lo aseguro.
Esa escritura recibió todo género de calificativos: neocínica, desalienada, observacional. Más de un crítico diría hoy que es artificiosa, que carece de ritmo, que se ven la tramoya y el tramoyista, que está pasada de moda. Seguramente tendrá razón. Pero, con todo, merece la pena leer La mujer zurda. Merece la pena conocer a esta Marianne que no es diestra (tampoco siniestra, que conste). Merece la pena acercarse a esta persona. Ahí reside el valor de la obra, y el de tantos otras obras de este autor. No dibuja personajes, no construye héroes. Presenta personas, de carne y hueso, y pocos lo igualarán en esas lides. Algo tan sobresaliente que se constituye en la esencia misma de la literatura. Historias y personas, no hay más.
………………

Dato obligado: Handke llevó a la pantalla su novela en 1978. Edith Clever y Bruno Ganz fueron sus protagonistas.
Zurrón de enlaces (en alemán):
http://www.tour-literatur.de/Links/links_autoren/handke_links.htm

Apostilla final: Sé que dejo sin respuesta la primera de las preguntas que formulé, la más íntima. ¿Qué sentimiento prevalece, tras tantos años, ante un libro que marcó nuestra biografía? ¿Cabe el desencanto? ¿Gana siempre el recuerdo? Mejor contestación que la mía será la de Hilario J. Rodríguez, que construyó Babel para expresarlo.

miércoles, febrero 14, 2007

Viajes por el Scriptorium, Paul Auster

Trad. Benito Gómez Ibáñez. Anagrama, Barcelona, 2007. 185 pp. 16 €

Pablo García Casado

Soy un austeriano apasionado. Me enamoré de su escritura, como muchos, con aquella Trilogía de Nueva York. Inmensa, extraña, plural. Eran tres discursos interrumpidos, historias fragmentadas que no terminaban de encajar, correlatos interiores que trufaban el texto hasta convertirlo en un ente inorgánico semejante a la propia vida. Es una novela del hombre contemporáneo.
Su maestría se ha desplegado en títulos inolvidables, como Leviatán o La Música del Azar, pero también ha encontrado entregas poco o nada afortunadas, libros que simplemente defraudan. Estuve a punto de tirar Tombuctú por la ventana, o qué decir de El Libro de las Ilusiones, un tostón que parecía haber estado escrito por un negro a sueldo de Auster. Empecé a pensar en una factoría agotada sin nada que ofrecer.
Me equivocaba, como casi siempre. Porque ya Brooklyn Follies era un más que aceptable recorrido por los sumideros de la naturaleza humana. Pero estos Viajes por el Scriptorium recogen al mejor Auster de la década. Un libro complejo, que se inicia con un velado homenaje a Kafka, donde un personaje al borde del olvido intenta, sin éxito, reconstruir un pasado que ya no le pertenece. Una novela muy carnal, donde casi palpamos las heridas del protagonista, en un espacio completamente cerrado. Pero es además —no quiero revelarlo— una reflexión sobre el propio hecho de escribir, sobre el poder de los correlatos para definir nuestra propia vida.
Vuelve Paul Auster a esa narración incompleta e inquietante, donde culpa y deseo, mentira y violencia, se incorporan conscientemente a este diseño del hombre contemporáneo a modo de autobiografía. Una novela para reconciliarse con Auster, pero también para descubrirlo. Ojalá continúe por esta línea y se instale definitivamente como el gran clásico contemporáneo.

martes, febrero 13, 2007

De re coquinaria. Antología de recetas de la Roma Imperial, Marco Gavio Apicio

Edición de Attilio A. Del Re. Traducción de Juana Barría. Ilustraciones de Serena Palazzi. Alba, Barcelona, 2006. 295 pp. 39 €

Care Santos

Cuando se evoca un banquete romano, los lectores de Petronio no podemos dejar de pensar en aquellas pantomimas excesivas del banquete de Trimalción, en El Satiricón. No es inapropiado el ejemplo, puesto que en aquella recreación burlesca de una velada gastronómica patricia, pueden apreciarse ya muchos de los refinamientos que encontramos en este tratado "de las cosas de la cocina", que pasa por ser el primer manual gastronómico de la historia. No es del todo exacto: hubo uno anterior griego, de quienes los romanos tomaron las técnicas y gran parte de los ingredientes, y que luego se encargaron de engordar —lo mismo que sus caprichosos estómagos— a fuerza que engordaba también el Imperio.
Las biografías de los gastrónomos romanos son tan jugosas como las aportaciones que hicieron a las mesas de sus conciudadanos, o a las nuestras. Tenemos, por ejemplo, a Lucio Licinio Lúculo (117-57 adC), a quien por lo visto se debe la aclimatación del cerezo al clima europeo. O Vitelio, famoso por su glotonería, de quien se cuenta que llegaba a consumir 1.200 ostras en un solo banquete. Una flota entera abastecía su mesa y según contó Plinio el Viejo, gastaba una verdadera fortuna —1.000 millones de sestercios al año— sólo en la materia prima de sus banquetes. Se suicidó, por cierto, cuando temió que su tren de vida se viera afectado por la disminución de sus rentas.
Marcus Gavius Apicius (25 adC-?), el autor de este recetario, no fue menos particular. Vivió durante los reinados de Augusto y Tiberio. Era conocido por sus costumbres sofisticadas y su gusto por lo exótico, además de por ser el inventor del paté de foie y por incorporar a sus recetas algunos elemetos exóticos. Entendámonos: "exóticos" a la manera romana: aquellos a quienes se dirigían estas recetas no conocían los cítricos —salvo el pomelo—, utilizaban el arroz sólo como espesante para salsas y aún tardarían unos catorce siglos en atreverse a comer una alcachofa. Por supuesto, en su dieta faltaba todo lo que llegó de África (café, plátanos, berengenas...) y de América (tomate, patata, pimiento, pavo, alubias, judías verdes, cacao...). En cambio, eran aficionados a las especias que llegaban de Asia, las hierbas, las frutas y verduras, y a algunos manjares entonces muy sofisticados: las lenguas de loro, la vulva de cerda estéril o el garum, una salsa a base de pescado fermentado que se producía en algunas ciudades españolas —Tarraco y Cartago, sobre todo— como en ninguna otra parte.
Entre las dificultades de la lectura de este manual, tenemos todos aquellos ingredientes que se conocían en la Roma imperial y que no han llegado hasta nosotros. El silfio, una droga que Nerón consumía con gusto y que se utilizaba sobre todo en la cocina, hoy extinguida. O la oveja salvaje italiana, que corrió la misma suerte. También hay dudas a la hora de interpretar las fuentes: no se conocen con exactitud a qué se refieren los nombres de ciertos ingredientes. Desconocemos las diferencias entre los distintos tipos de pan que cita el autor, o entre un embutido y otro. Igualmente, no sabemos cuál era la receta exacta del tan apreciado garum. Como no ha sido posible averigiar a qué personajes corresponden exactamente los nombres que en ocasiones da el autor como inventores o enriquecedores de las recetas.
El original sufrió una suerte azarosa. Fue adulterado, desmembrado y enriquecido en diversas épocas. Las últimas aportaciones podrían ser del siglo VIII, aunque tampoco se sabe con seguridad. Queda suficientemente subrayado, pues, que no se trata de un manual de cocina al uso, ni de un libro fácil. Ni por su lectura ni por las recetas que contiene, aunque no hay que descartar el experimento de probar alguna de las más asequibles, como la de los caracoles a la cazuela o las múltiples maneras de preparar los cardos.
La edición que ha elegido Alba está más dirigida al comprador de regalos navideños que al lector de clásicos. No se puede negar que es hermoso ese gran formato, como lo son las ilustraciones de Serena Palazzi a partir de frescos y mosaicos de la época imperial. Pero se echa en falta algo más. Un buen prólogo, por ejemplo, más centrado en el lector español, que complemente el más ajeno de la edición italiana; asimismo, algunas notas al final de los capítulos habrían ayudado a rellenar lagunas. Tal y como está, el libro se convierte en un extraño término medio: resulta excesivo para quienes buscan un libro de cocina —incluso para los más intrépidos— e insuficiente para quienes desean arqueología de los fogones.
Con todo, es la única edición de la obra de Apicio que puede encontrar el lector interesado. Y sólo eso ya la convierte en digna de atención.

lunes, febrero 12, 2007

El ministerio del dolor, Dubravka Ugresic

Trad. Luisa Fernanda Garrido Ramos y Tihomir Pistelek. Anagrama, Barcelona, 2006. 300 pp. 18 €

Miguel Sanfeliu

Una de las mayores tragedias ocurridas el pasado siglo fue la guerra de los Balcanes. Yugoslavia quedó segmentada y en ella sucedieron algunos de los episodios más trágicos del pasado siglo XX. Muchos de sus habitantes tuvieron que marchar a buscar fortuna a otros países, entre ellos, Dubravka Ugresic (y los personajes de este libro). De esta escritora croata ya se habían publicado en España dos obras: la novela El Museo de la Rendición Incondicional (Alfaguara, 2003) y el interesante libro de artículos Gracias por no leer (La Fábrica, 2004).
La desintegración de Yugoslavia deja a gran cantidad de gente diseminada por diversos países que, pese a sus supuestas diferencias, proceden de un lugar común que les ha marcado. La búsqueda de esos recuerdos nostálgicos se convierte en la clave para que las personas sientan que tienen más aspectos en común que diferencias entre ellos. La patria que ya no existe, la «ex-Yugo», se muestra como algo que va más allá de un espacio físico.
“Estábamos en todas partes. Y ninguna historia era lo bastante personal ni lo bastante conmovedora, porque la muerte ya no conmovía a nadie. Había habido demasiadas muertes”.
Tanja Lucic consigue un trabajo como profesora interina de lengua y literatura serbio-croata en la ciudad de Amsterdam. Sus alumnos son exiliados, desarraigados en un país extranjero, cuyo origen se encuentra en los nuevos países que han surgido tras la desintegración de la antigua Yugoslavia y que les cuesta reconocer como propios, porque cambian demasiado deprisa y desaparecen sus puntos de referencia. Los trabajos que consiguen en Amsterdam son precarios y mal remunerados. El trabajo mejor pagado (en negro, por supuesto) es el que conocen como el del “Ministerio” y que consiste, contra lo que podría parecer, en trabajar en un taller de ropa para sex-shops, haciendo referencia el nombre a la denominación de un club porno sadomasoquista de La Haya: “El Ministerio del Dolor”. La razón fundamental que tienen para estudiar serbo-croata es porque es lo más fácil y sirve para alargar la estancia en el país si no tienes visado, además de ser un camino rápido para obtener un titulo holandés o una beca. Ante esta perspectiva, Tanja decide no complicar más las cosas a sus alumnos y, tras asegurarles que todos conseguirán buena nota, inicia unas clases que se van transformando en una especie de sesiones de terapia de grupo donde se comparten nostalgias, vivencias y opiniones que van recuperando un pasado que les une. Se trata de “un proyecto, un juego en la clase, un «trabajo» de catalogación de la cotidianidad de la antigua Yugoslavia”.
Lejos de sentirse como ganadores de una patria, se sienten como si les hubieran arrebatado su pasado. “De pronto, todos nos habíamos quedado sin testigos, sin padres, sin familia, sin amigos, sin conocidos, sin allegados con los que repetir el material de nuestras vidas”. Deben superar los escollos de todo aquello que supuestamente les diferencia para volver a recuperar un espacio común, a través de las películas, programas de televisión, canciones, chistes nacionales, episodios de la infancia... Es un camino tortuoso ante el que la protagonista alberga serias dudas: “al prohibir recordar el pasado común, los ideólogos de los nuevos estados habían provocado el efecto contrario: la prohibición incrementaba la atracción. Me preguntaba si al estimular el recuerdo destruiría el aura dorada”.
Lo que trasluce detrás de la prosa limpia y directa de Ugresic es una reflexión sobre la identidad, sobre las raíces, sobre aquello que conforma la memoria colectiva del ser humano. Personas que han huido de la guerra y que se dejan llevar por la vida, diseminados por diferentes países, y que se refieren unos a otros como “los nuestros”. En ese “los nuestros” entran todos: bosnios, croatas, serbios, albaneses... Sufren las consecuencias de una guerra que buscando reafirmar la propia identidad les ha abocado a vagar como almas en pena, reconociéndose como compatriotas y como enemigos, con un pasado en común y un futuro incierto, muchos de ellos esforzándose por encontrar una identidad nueva en otro lugar, arrastrando su bagaje personal en bolsas de plástico de rayas azules, rojas y blancas, acostumbrándose a vivir con un permanente desasosiego y a contener una infinita nostalgia.
Hacia el final podemos leer: “El regreso al país del que hemos venido es nuestra muerte, quedarnos en los países a los que hemos llegado es nuestra derrota”.
Pese a que la autora huye del dramatismo y marca una eficaz distancia con lo que nos cuenta, lo cierto es que se va apoderando del lector un sentimiento de tristeza, de impotencia ante el sufrimiento de esa gente que ha perdido su pasado y que intenta salir adelante, como si chapotearan en una gran masa de arenas movedizas. Dubravka Ugresic compone una obra compleja desde la que, con un tono aparentemente aséptico y salpicado de pequeñas dosis de un humor amargo, expone su rabia, su indignación y su dolor.