viernes, diciembre 22, 2006

Poesía de la Guerra Civil española. Antología (1936–1939), ed. Jorge Urrutia

Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2006. Segunda edición corregida y aumentada. 440 pp. 18 €

Juan Marqués

No se sabe bien cómo lo hacemos pero siempre acabamos hablando de la guerra. Parecen tiempos adecuados para ello, aunque me temo que mucho más por cuestiones de modas e intereses crematísticos que por efemérides o leyes controvertidas. Si bien es cierto que el interés y el debate por la guerra civil española nunca se ha apagado, también lo es que en los últimos años tenemos que ver cómo una copiosa avalancha de libros de muy distinto valor está haciendo irrespirable el estado de la cuestión, y uno compadece a aquellos historiadores especialistas en aquel periodo que tengan que estar al día de lo que se va publicando sobre él. Recordaba hace pocos días Andrés Trapiello que de ninguna guerra se ha escrito tanto como de la guerra de España, pero no creo que se haya llegado nunca a los extremos absurdos de hoy, en los que es raro el día en que no salta a los escaparates un nuevo título; en los que se está reeditando o traduciendo todo lo que estuviese agotado, olvidado o inédito, sea cual sea su valor o actualidad; en los que se crean editoriales sólo para publicar estudios sobre cualquier aspecto de la guerra o de la dictadura, cubriendo así la desmesurada demanda que al parecer hay entre los lectores de todas las ideologías (supongo legítimo el lucrarse con el repaso superficial o apresurado de la guerra, pero no seré yo quien aplauda por ello ni quien comprenda a quienes pagan y leen libros tan poco útiles); en los que, para ensuciar definitivamente el panorama, se están escribiendo y sacando a la luz opiniones neofascistas y calumnias que en cualquier país civilizado supondrían un proceso judicial al autor y a su editor.
La literatura, por supuesto, no ha contemplado indiferente este fenómeno, y también en los últimos años ha frecuentado el recuerdo de aquellos años, con muy diferentes intereses y con muy distinto mérito. Ha habido mucha novela barata sobre la guerra (y más de una vil) pero si hacemos recuento y vemos que tras el estruendo y la confusión quedarán novelas como El jinete polaco de Antonio Muñoz Molina, Días y noches de Trapiello, Soldados de Salamina de Javier Cercas, El lápiz del carpintero y Los libros arden mal de Manuel Rivas, Los girasoles ciegos de Alberto Méndez, o los episodios que sobre la guerra ha contado Javier Marías en su todavía inacabada Tu rostro mañana, habrá que concluir que algo de todo esto habrá merecido la pena, y que varias novelas (y películas) recientes pueden acompañar con toda dignidad a los más rigurosos y limpios estudios e investigaciones que han aportado y están aportando los historiadores honrados y serios.
En este contexto, creo que también hay que celebrar la aparición de la que debe ser la mejor antología que tenemos hasta hoy de poesía inspirada por o para la guerra. Me refiero a la que Jorge Urrutia ha reunido y comentado en una sobresaliente edición donde no sólo la selección poética es atinada: Urrutia ha conseguido además un prólogo cuyo primer acierto es su título (“Poética para un desastre”) y que, a pesar de incurrir en alguna necesaria simplificación y en alguna innecesaria obviedad casi escolar (por ejemplo: “Conviene, pues, distinguir, el comportamiento del poeta como persona, de la función que cumple su escritura. Porque un poeta puede salvarse como escritor y actuar como u cobarde o un traidor, y viceversa, jugarse la vida en la acción y que sus escritos carezcan de interés literario”, p. 13) está bien ponderado y sobre todo muy bien informado, gracias al hábil manejo de una amplia y no fácil bibliografía. En él hace un breve repaso, a veces desordenado pero manteniendo el mejor tono, a lo que supuso la poesía de trinchera, de retaguardia, de propaganda, necrológica... y a lo que se ha venido diciendo sobre ella. Habrá gente que, con mejores o peores razones, todavía no esté preparada o dispuesta a ver juntos y revueltos los nombres de los poetas que se mantuvieron fieles al bando de la ley y de la dignidad y los de aquellos que fueron o se hicieron cómplices del golpe militar, pero aquí se está hablando de literatura, y como muy bien han dicho otros en otros lugares, la literatura (y, en este caso, la poesía) debe ser juzgada ante “tribunales” literarios, muy diferentes de aquellos que, reales o figurados, absuelven o condenan los actos de cada individuo, y que ya han trabajado (y seguirán haciéndolo) a la hora de determinar quiénes fueron o qué hicieron personas como Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Manuel Altolaguirre, José Bergamín, Miguel Hernández o Rafael Alberti y, en el otro lado, José María Pemán, Dionisio Ridruejo, Rafael Sánchez Mazas, Manuel Machado, Agustín de Foxá o Leopoldo Panero, tratando cada una de las posturas no sólo según a qué bando se unieron, sino observando las actuaciones concretas y las distintas intenciones y motivaciones que a cada uno de ellos movieron y, en lo que aquí nos ocupa, les hicieron tomar la pluma, porque si no caeremos, como tantas veces se ha hecho, en la simpleza, en el maniqueísmo y, por tanto, en la injusticia. Creo que es un acierto que Urrutia los mezcle, porque leídos así es más fácil cotejar las diferentes líneas ideológicas y, sobre todo, cómo éstas podían determinar también sutiles diferencias u opciones poéticas, esas diferencias y variantes que Urrutia analiza con sagacidad, y que, de principio, están basadas en el muy distinto trato que la poesía recibió en cada una de las Españas enfrentadas en 1936: el bando republicano, mayoritariamente comprometido una vez más con la cultura, incentivando la lectura, escritura y publicación de poemas, organizando recitales y repartiendo libros o poemas impresos; el bando franquista, controlando y en buena medida ya censurando buena parte de lo que se escribía, imponiendo determinadas condiciones a los poetas “oficiales” y viendo con no muy buenos ojos los desahogos poéticos de sus soldados o afectos. Por lo demás, Urrutia tiene claro que “la calidad estética de la poesía escrita en la España constitucional es evidentemente superior” (p. 52). Así que la única separación que recoge esta antología es la temática, no la ideológica. El libro, en otro acierto de Urrutia, se divide en diferentes partes, según cuál fuese el foco de atención de cada poema (“Los combatientes”, “El dolor de la guerra”, “El final de la guerra”…), aunque no se sabe bien qué hacen los preciosos poemas de Machado o Cernuda sobre el asesinato de Lorca en la sección “Los héroes mayores”, donde se recogen necrológicas de José Antonio o loas a Franco, Mola, Líster, Millán Astray, Durruti o Pasionaria. Un poeta y un hombre como Lorca no debería verse allí, tan solo y mal acompañado entre fanáticos militares, legionarios dementes o exaltados “héroes mayores” con pistola.
Todo ello, insisto, constituye la mejor colección que conozco sobre la poesía inspirada por la guerra civil, y por tanto es éste un libro que sí era pertinente escribir y publicar, que sí debería perdurar en el tiempo y ser tenido en cuenta en el futuro, no ser arrastrado por el tiempo o condenado a la caducidad rápida y al olvido eterno que sin duda merecen tantos de esos libros oportunistas, manuales, compendios, panfletos y refritos a los que aludía al comienzo, cuyo único destino posible, lejos de cualquier biblioteca seria, debería ser el contenedor de papel para reciclar, o, casi mejor, la basura de la que nunca debieron salir.

jueves, diciembre 21, 2006

Roma eterna, Robert Silverberg

Trad. Emilio Mayorga. Minotauro, Barcelona 2006. 398 pp. 18 €

César Mallorquí

La ucronía es el género literario que desarrolla sus tramas en mundos alternativos donde la historia ha seguido un curso distinto al real, debido a que un acontecimiento del pasado sucedió de forma diferente. Dedo su carácter especulativo, suele vincularse a la ciencia ficción, pues mientras ésta se pregunta “¿qué pasaría sí...?”, la ucronía se plantea “¿qué hubiera pasado sí...?”. Ejemplos de ucronía son El hombre en el castillo, de Philip K. Dick, donde las fuerzas del Eje ganaron la Segunda Guerra Mundial, Pavana, de Keith Roberts, que especula acerca de una victoria de la Armada Invencible, o En el día de hoy, novela en la que Jesús Torbado describe a la República vencedora de la guerra civil española.
Robert Silverberg (Nueva York, 1935) es uno de los grandes autores de la ciencia ficción anglosajona. Comenzó su carrera escribiendo novelas populares de segunda fila (y también divulgación histórica), pero a partir de la segunda mitad de los sesenta, influido por el movimiento New Thing, decidió ampliar el alcance literario y temático de sus obras. Y así, durante un inspirado periodo que concluyó en 1976, Silverberg produjo algunas de las mejores novelas de la ciencia ficción contemporánea, como El hombre en el laberinto (1968), Regreso a Belzagor (1970), Muero por dentro (1972) o la excelente novela fantástica El libro de los cráneos (1972). Posteriormente, tras cuatro años de desengañado retiro, regresó a la escritura, decantándose por una fantasía comercial (la serie Majipoor, por ejemplo) muy alejada de la brillantez y el compromiso de su anterior etapa. Roma eterna, su última novela, parece sin embargo recuperar, al menos en parte, la ambición de sus mejores trabajos. Aunque, en realidad, no se trata de una novela, sino de once relatos ligados por un tema común. Y ese tema responde a la pregunta: ¿qué habría pasado si el imperio romano no hubiera caído nunca?
Toda ucronía puede analizarse de dos maneras: atendiendo a la arquitectura para-histórica que propone, o según sus valores literarios. Y quizá los aspectos más endebles los encontramos al juzgar el texto desde el primer criterio. Para construir su ucronía, Silverberg parte del siguiente punto de divergencia: Moisés no consiguió llevar adelante el Éxodo, de modo que no llegó a existir el judaísmo y, por tanto, tampoco Cristo, así que el imperio romano nunca adoptó el cristianismo como religión oficial y, por tanto, no entró en decadencia. Es decir, Silverberg acepta la tesis de Renouvier, el primer teórico de la “historia contrafactual”, según la cual el cristianismo debilitó al Imperio Romano, precipitándolo hacia la caída. Personalmente, lo considero un argumento poco verosímil. El cristianismo no cambió a Roma: Roma cambió al cristianismo primitivo adaptándolo a sus necesidades políticas. De hecho, si algo ha perdurado del Imperio Romano ha sido precisamente la Iglesia Católica.
Los relatos que componen el texto están ordenados cronológicamente, comenzando el primero en el 1282 ab urbe condita —“desde la fundación de la ciudad”— (529 dC) y concluyendo el último en el 2723 a.u.b. (1970 dC). En ellos, asistimos al asesinato de Mahoma (lo que impedirá de nuevo el advenimiento del monoteísmo), al fallido intento de conquistar América (Nova Roma), a la invasión del Imperio de Occidente por parte del de Oriente, al resurgimiento del Imperio Occidental, a una revolución similar a la francesa y, por último, al advenimiento de la Segunda República. Ciertamente, el vuelo ucrónico que propone Silverberg no es demasiado arriesgado, en la medida en que su historia alternativa no se aparta mucho de la real. Por otro lado, la Roma que brota del texto es un imperio en perpetua decadencia, una sociedad estática a lo largo de los siglos y, por tanto, vagamente irreal; de hecho, imposible.
No obstante, Silverberg no se limita a elaborar un mero ejercicio de historia alternativa; ni siquiera creo que ése fuera su auténtico propósito. Porque el verdadero tema central de Roma eterna es el poder contemplado desde diversos puntos de vista: la ambición oculta, la traición, la erótica, la locura, la corrupción y, finalmente, la pérdida del poder. Como en toda antología, los relatos que componen Roma eterna varían en cuanto a calidad. Personalmente, los más conseguidos me parecen “Con César en las catacumbas”, que ilustra los extraños derroteros que sigue el poder al cambiar de manos, “Una avanzada del reino”, donde asistimos con ironía a los galantes devaneos de una mujer contradictoriamente adicta al poder, o “El reino del terror”, una ácida historia que muestra cómo las mejores intenciones pueden conducir al peor de los infiernos. Y, sobre todo “Cuentos de los bosques de Vindobona”, un relato melancólico y otoñal sobre la pérdida de la gloria y el poder, una magistral historia que deja en los labios un agradable regusto agridulce. El último cuento, “Hacia la tierra prometida”, que muestra a los hebreos en un siglo XX alternativo preparando el Éxodo hacia las estrellas, es en realidad un añadido totalmente desconectado del resto de los relatos, un tributo del autor, supongo, a su condición de judío.
En resumen, Roma eterna no es, ni mucho menos, lo mejor que ha escrito Robert Silverberg, pero contiene el suficiente número de elementos memorables como para recomendar su lectura; y, sobre todo, nos permite reencontrar, aunque sólo sea en algunos de los cuentos, al magnífico escritor que, hace treinta y tantos años, contribuyó significativamente a que la ciencia ficción alcanzase la madurez como género.

miércoles, diciembre 20, 2006

La higuera, Ramiro Pinilla

Tusquets, Barcelona, 2006. 263 pp. 17,00 €

José Morella

Un niño de diez años ve cómo un grupo de falangistas entra en su casa de Getxo. Señalan una pared de tablones, falsa, y obligan al niño y a toda su aterrorizada familia a desmantelarla. Detrás está Simón García, maestro republicano. El niño sigue mirando. Ve cómo los falangistas deciden llevarse a su hermano mayor, de dieciséis años, junto con su padre. Asesinarán a ambos y los abandonarán en un descampado. Pero Rogelio Cerón, uno de los asesinos, se quedará atrapado para siempre en la mirada de ese niño. Obsesionado con el chiquillo, está seguro de que no bien cumpla dieciséis años, la edad a la que ellos consideran que un hombre ya puede morir, vendrá para vengarse y le matará. A los cadáveres de los rojos que quedaban en los caminos o en los alrededores de los pueblos nadie se acercaba, ni siquiera los parientes, temerosos de que se les relacionara con el difunto y se siguiera con ellos parecida medicina. Sin embargo el niño, con su cuerpo aún no desarrollado, con sus perplejos diez años y sin decirle siquiera a su familia lo que hace, decide salir una noche y, sin ninguna ayuda, cavar una fosa donde enterrar a su hermano y a su padre. Rogelio Cerón se planta con una silla en el punto exacto en el que el chico entierra a sus muertos, y se pone a esperar el día en que el chaval sea un hombre y le mate. Pasará allí, como un eremita, casi treinta años. El chico planta un hijuelo de higuera sobre la tumba, que Rogelio se ocupará de regar y cuidar.
Con esta trama teje Ramiro Pinilla su particular Antígona, la tragedia a la que llevamos tanto tiempo dando vueltas en este país sin ser capaces, ni los intelectuales, ni los políticos, ni gran parte de la sociedad civil, de ponerle un punto final: nuestra guerra. Antígona entierra a su hermano Polinices cuando Creonte, rey de Tebas, lo había prohibido expresamente. Ella representa la contradicción entre las leyes de la ciudad y las atávicas leyes de la familia. Ese niño de diez años afronta la misma contradicción, y Rogelio Cerón, falangista, decide acompañarle. Antígona es condenada a ser enterrada viva por su delito. No es nada casual, entonces, que Rogelio aluda al enterramiento en vida tanto para referirse a él, atrapado en el espacio y el tiempo como un reverso nada divertido del sombrerero loco de Alicia, como a Gabino García, el niño, que hará de los estudios en un seminario su particular entierro en vida. De ese modo, la Antígona de Pinilla es doble. La forman dos personajes, Rogelio y Gabino, que representan las dos Españas archisabidas, pero que se transforman en lo que Paul Preston llama la tercera España, aquella que no cabe, que no encaja en el bando en el que le tocó o quiso estar en un primer momento, y que, trágicamente, fue víctima de su alineación extemporánea en algún punto del conflicto. El texto dice, literalmente, que Rogelio es “un falangista distinto a todos”. Alivia que lo sea. Eso no significa que Pinilla, o su texto, pretenda parecer neutral en algún sentido. Ni mucho menos. Ahí está la higuera para atestiguarlo, esa encarnación del olvido imposible, del recuerdo vivo y silencioso. La higuera crece y sus raíces se nutren de los cuerpos muertos de la guerra. Pinilla recorre sin prisa la metáfora, nos hace pasar por cada rama extendiendo la imagen con paciencia de artesano: la higuera es el árbol de la muerte que abona el campo de la vida nueva. Quien se comiera los higos, se comería el fruto de la muerte y la haría, mágicamente, desaparecer. La magia está ahí, agazapada a punto de asomarse, sin hacerlo, durante toda la lectura. Cuando salen los primeros higos, Gabino los entierra para darles ritualmente de comer a sus muertos, y el ciclo de la naturaleza-memoria continúa. El país está lleno de muertos sin enterrar, de Polinices a la espera del grito de sus Antígonas. El conjunto de todas las tumbas potenciales de todos los Polinices, con todas sus higueras visibles o invisibles, trazan la trayectoria del recóndito laberinto de la memoria como las migas de pan de Pulgarcito o como el hilo de Ariadna. Hay que recorrer ese camino, grita Rogelio con su silencio sin sospecharlo siquiera. El silencio es casi un personaje más de la tragedia. Rogelio y Gabino no conversan jamás entre ellos durante tres decenios. Su voz está enterrada igual que la de Antígona, igual que la voz de la legitimidad republicana, que sigue aún, en el año 2006, bajo tierra. Tal vez más enterrada que nunca. Imposible no recordar la manera en que solía Franco comenzar sus discursos: “Sólo dos palabras, porque soy muy poco amigo de ellas”. Antígona, la que dice las cosas en voz alta, deberá callar.
Todo el mundo sabe que la llamada Ley de la Memoria Histórica, aparte de ser un pleonasmo, es bastante tibia. Los vencedores ya tienen su higuera: es una cruz horrenda en el Valle de los Caídos. Ya enterraron y honraron a sus muertos y llevan recordándolos exactamente setenta años. Para poder seguir adelante, parecen decir los protagonistas silenciosos de la novela, hay que acudir a los postes de la memoria de los vencidos, a todas las higueras, y volver a contar lo ocurrido, mil veces si hace falta, hasta convenir un relato, o como mínimo algunos relatos que nos sirvan. Porque la Historia, lo sabemos todos, no es un conjunto de datos: la historia es una invención. Pura inventio en el sentido clásico; esto es, una búsqueda de argumentos e ideas acerca de un tema, aceptables para el máximo número de personas. Es, en definitiva, una narración verosímil. Es un relato. El sentido de los hechos del pasado no es previo a esos hechos. No es una esencia, sino una proyección a posteriori, valga la redundancia. Una construcción que nosotros hacemos al mirar atrás. Como al mirar atrás sólo encontramos destrucción y caos, tenemos que pararnos todos juntos, poco a poco, y recoger los pedazos del puzzle, poniéndonos de acuerdo en cada pieza. La mejor ley que podrían hacer para conseguirlo es la que nos deje oír la voz de Antígona.

martes, diciembre 19, 2006

Sobre la belleza, Zadie Smith

Trad. Ana María de la Fuente. Salamandra, Barcelona, 2006. 476 pp. 18,50 €

Guillermo Ruiz Villagordo

La tercera novela de la gran esperanza negra británica Zadie Smith es un homenaje a Regreso a Howards End de E. M. Forster. Eso era lo único que sabía con certeza antes de emprender su lectura. Por eso me pareció que lo mejor sería leer la obra homenajeada y rellenar en parte mis lagunas en cuanto a literatura inglesa de corte victoriano.
Y he aquí que lo que me encuentro desde las primeras páginas es un calculado remake en el que hay de todo: capítulos que se estructuran de manera idéntica, como el intercambio epistolar del primero sustituido aquí por uno emailístisco; frases perfectamente reconocibles que se mantienen tal cual, como la que abre sendos capítulos segundos; escenas replanteadas sobre una misma base, como aquélla en la que asistimos junto con los Belsey a un concierto y compartimos las reflexiones de Zora sobre la obra que suena, recreadas con la misma delicia que en el original, con el juego añadido de cambiar la composición musical de la que se habla. Esta sensación de simple “puesta al día”, muy fuerte al comienzo, se va diluyendo a medida que avanza la trama, reconociéndose a partir de entonces sólo algunos momentos claves (lo que por otra parte también tendría explicación en mi caso porque era al comienzo cuando tenía la lectura forstiana más fresca y podía establecer con mayor claridad las comparaciones). Pero no deja de ser una sensación, porque de simple nada de nada.
Pero, ¿para qué enredarse en hablar de las semejanzas con la obra de Forster si no es en absoluto necesario conocerla para acercarse a esta otra? Pasemos entonces a la historia, que transcurre en el ambiente académico de Wellington, exclusiva universidad americana donde se encontrarán los archienemigos Howard (¿les recuerda algo?) Belsey y Monty Kipps, enfrentados por sus personales visiones sobre Rembrandt y por sus concepciones políticas, liberal la de uno y conservadora la del otro. Junto con este territorio concreto —el mundillo universitario, con sus peleas internas, su superficialidad, su orgullo—, privilegiado hasta el punto de gozar de un tratamiento propio de un personaje más, encontramos otro más íntimo, el abstracto mundo de las relaciones sentimentales y sociales en todo tipo de ámbitos —blancos y negros, profesores y alumnos, marido y mujer, padres e hijos de una generación y de otra—, de una complejidad considerable y sin embargo expuesto con una sencillez y naturalidad portentosas. Sus protagonistas principales son la familia de Howard, compuesta por sus tres hijos —Jerome, recientemente convertido a la fe cristiana; Levi, apasionado por la causa haitiana y en general cualquiera que tenga que ver con su raza; y Zora, estudiante aplicada y ambiciosa— y su esposa Kiki, una antigua activista en tiempos delgada y hermosa y ahora sólo hermosa, a la que le es infiel con una profesora amiga de ambos. Del resto de personajes, no hay que dejar de mencionar a Carl Thomas, el “chico de la calle”, hip-hopero genial, al que Zora quiere salvar de su condición incorporándolo al ambiente universitario “rebosante de oportunidades” y conseguir de paso algo de él.
Destacar que los personajes de mayor entidad son de raza negra, a excepción del cincuentón Howard, oveja “blanca” de su familia. Esto permite a la autora revisar y profundizar una amplia gama de roles sociales mediante los que romper (o no) con tópicos manidos: el poeta urbano, el vendedor de top manta, el inmigrante pobre caribeño junto al inmigrante rico caribeño, el explotado dependiente de una tienda de discos, el académico triunfante, la obesa feminista... Es evidente que la “cuestión negra” abarca una parte considerable de la novela, pero lo cierto es que hay mil y una cuestiones que son debatidas aquí y allá. Su gran riqueza consiste en analizar diversas posiciones en cierto sentido radicales y las consecuencias tanto de mantenerlas como de vulnerarlas —puesto que cada personaje se posiciona respecto a algo frente a otro— y hacerlo mediante un narrador omnisciente que nos permite conocer su punto de vista sin intermediarios patentes.
Ahora que lo pienso, yendo más allá, el homenaje de la autora al exquisito inglés no se encuentra sólo en esta obra sino en el tono satírico, la potente introspección de sus personajes, la condensación de órdenes sociales en un microcosmos narrativo, de sus otras dos novelas. Pero si hubiera que destacar algo verdaderamente profundo que una de manera singular Sobre la belleza con Regreso a Howards End es la creación de unas personalidades fuertes, unas actitudes y unas ideologías enfrentadas con tragicómica convicción en una farsa realista de perfecta credibilidad, una de las tareas más complicadas a las que puede hacer frente un escritor.

lunes, diciembre 18, 2006

Iniciaciones, Israel Centeno

Periférica, Cáceres, 2006. 92 pp. 11,00 €

Guillermo Busutil

El poeta, editor y narrador venezolano Israel Centeno se confiesa hijo del boom. Una declaración de principios que resulta lógica por ser del país de Rómulo Gallegos y de Salvador Garmendia, dos excelentes maestros de la literatura hispanoamericana, por pertenecer a una generación que comienza a escribir en los años setenta bajo el domino literario y mediático de Vargas Llosa, García Márquez, Cortázar, etcétera, y porque en la poética de la narrativa de Israel Centeno subyacen las voces de aquellos autores del boom que, a través de su literatura, reflejaron el conflicto cosmopolitismo/americanismo y el problema de cómo enfrentarse con la realidad latinoamericana. Dos argumentos inherentes en la obra de Mallea y de Carpentier, entre otros, que también están presentes en Iniciaciones, la novela corta publicada por Periférica con la que Israel Centeno desembarca en el mercado español.
Una novela corta a cuatro voces (las de Andrés, Amelia, León y Bárbara) encargadas de presentarle al lector los extraños y turbulentos lazos de una familia estigmatizada por el sexo, la violencia, el deseo de escapar de una realidad tribal y machista y por la derrota de los sueños. Elementos que explican la infidelidad de Amelia con el hermano de suy marido, la relación de rechazo entre Andrés y su hermanastra Bárbara, el odio inicial de Andrés hacia el padre “oficial” en el que terminará convirtiéndose, y la equidistancia emocional que separa a León de su primo Andrés. Cada uno de ellos dibujado literariamente como prisioneros de un asfixiante acuario familiar, en el que impera el secreto, la dominación sexual (ejemplarmente resuelta en las relaciones del padre y de Andrés con la mucama María Margarita), las pulsiones promiscuas de ese período adolescente en el que se difuminan los límites del deseo, y la prohibición del incesto, y también la desorientación propia que afecta a los tres protagonistas jóvenes de la historia. Un tapiz de personajes aristados y de emociones turbulentas y contradictorias que determinan el juego de alianzas y de rechazos que existe entre los miembros de la familia, y que sirven para convertir la adolescencia en el movedizo magma de un territorio interior, en el que los tres jóvenes representan, como ya hizo el argentino Roberto Arlt en El juguete rabioso, esa desesperación que produce el sentirse desorientando.
Al mismo tiempo, Centeno juega con el binomio de las voces femeninas y masculinas para indagar en el fenómeno latinoamericano de las migraciones, de la querencia hacia el cosmopolitismo europeo y la vuelta de la urbe a la provincia. Todo ello reflejado en el hecho de que son las mujeres de la historia quiénes buscan la huida y la salvación viajando a Europa para imbuirse de una cultura definida por la bohemia de la libertad y por las vanguardias artísticas. En cambio, los hombres simbolizan en Iniciaciones la violencia y lo tribal de una cultura más totémica y basada en la tiranía de la sangre y en la resolución de la derrota aceptada. Y precisamente es esa mezcla de conflictos y promiscuidad afectiva, cuya esencia es el doble filo de la pasión, la que determina que cada personaje contemple la realidad/su realidad como si fuese un extraño (al igual que hizo Borges a lo largo de su obra) y que finalmente se produzca esa necesaria e inevitable metamorfosis con la que los adolescentes se transforman en seres adultos.
Por tanto, la exquisita nouvelle de Israel Centeno es un curioso puzzle, tanto en su estructura narrativa como en la presentación caleidoscópica de la trama, que explica ese curioso y arrebatado mundo interior de la adolescencia, a la vez que apunta una amarga crónica social sobre la propia confusión ideológica y emocional entre lo criollo y Europa y también de la propia Latinoamérica en la segunda mitad del siglo XX.