viernes, diciembre 01, 2006

Muerte de un apicultor, Lars Gustafsson

Trad. Jesús Pardo. Nórdica Libros, Madrid, 2oo6. 208 pp. 15,00 €

Juan Marqués

En ese magnífico Mercado común que acaba de publicar Mercedes Cebrián, se leen los primeros versos de una oración a la que muchos nos uniríamos devotamente: “Oremos para que algo sueco o noruego/ nos ocurra”. Y algo nos ha ocurrido en el panorama editorial español con la irrupción de Nórdica Libros, un nuevo sello que al parecer va a hacer completo honor a su nombre y va a publicar títulos de autores escandinavos (o, más precisamente, nórdicos) o bien libros sobre aquellos fríos y fascinantes países que alguien tendría que fundar si no existiesen. Y no es que los escritores de aquellos lugares hayan tenido poca presencia en nuestras librerías (la novela que nos trae hoy aquí, sin ir más lejos, no es exactamente una novedad, sino la traducción de Jesús Pardo que ya se publicó en los ochenta), pero sí que han recibido en general poca atención, y por ello es de celebrar que alguien tome la valiente iniciativa de ir sacando una preciosa colección de la maravillosa y semidesconocida literatura de aquellos maravillosos y todavía semidesconocidos países que se llaman Dinamarca, Suecia, Noruega, Finlandia o (y aquí me pongo de pie) Islandia.
Lo propiamente nórdico, sin embargo, no tiene una especial presencia en Muerte de un apicultor. Excepto algún paisaje, cierta atmósfera inconfundible (ya en la tercera línea de la primera página del preludio, “el frío cortaba”), y algunos rasgos del carácter del protagonista y narrador de la novela, hay poco “color local”, aunque para sentirnos a gusto bastan los misteriosos topónimos que aparecen: esos Västeras, Amänningen, Sörby, Trummelsberg o Ramnäs que parecen remitir a algún lugar extraterrestre, pero, por alguna inquietante razón, también hospitalario.
Es una novela muy “individualista” al tratarse del testimonio personal de un hombre solitario condenado a muerte por un cáncer de bazo. En un prólogo muy prescindible (por lo poco elegante y lo poco hábil a la hora de conseguir lo que pretende), alguien (seguramente Gustafsson, sin apenas trasunto narrativo, pues se refiere explícitamente a la pentalogía que esta novela cierra) nos explica que lo que sigue son las anotaciones encontradas en los tres cuadernos que dejó Lars Lennart Westin (que comparte con su creador no sólo el nombre de pila sino, al menos, el año y lugar de nacimiento). Y esas notas, ordenadas por su falso editor constituyen algo así como el diario de ese hombre desde que sabe de su enfermedad (aunque, por no saber y así mantener alguna esperanza, quema sin leer la carta del hospital donde intuye que le comunican la fatal noticia) hasta que ésta termina con él. Entre un acontecimiento y otro, la crónica del apagamiento —insistiendo mucho más en el dolor físico que en la certeza de la desaparición— y, con ella, el repaso a sus cuatro décadas de existencia, empezando por lo más reciente —un matrimonio fracasado— y recordando después la no tan remota infancia, dada la juventud del personaje. A pesar de la brevedad de la novela, hay páginas suficientes como para que tenga notables altibajos en todos los sentidos, y así, tras un capítulo significativamente titulado “Entreacto”, viene intercalada una pequeña narración titulada “Cuando Dios despertó”, que, aunque está en cierto modo fuera de la novela, al margen de la narración principal, es sin embargo y sin duda la cumbre narrativa de Muerte de un apicultor, diez páginas sublimes que convierten la novela en inolvidable, y en las que se cuenta exactamente lo que anuncia su título: el momento en el que, tras un sueño de veinte millones de años, Dios despierta y comienza a complacer todas las oraciones humanas acumuladas durante ese tiempo, provocando la más gigantesca y formidable confusión.
Ese relato, en el que, entre otras cosas, la humanidad descubre que Dios no era un padre sino una madre, adquiere una especial relevancia al estar escrito, dentro de la ficción, por alguien que va a morir, alguien escéptico y materialista que por otra parte “nunca había comprendido hasta ahora que toda la posibilidad de sentirnos, experimentarnos a nosotros mismos como algo compacto y ordenado, como un yo humano, está relacionada con la existencia de una posibilidad de futuro. La idea entera del yo descansa sobre la certidumbre de que también habrá mañana” (p. 109). O que se hace consciente de que “en el universo nadie está en su casa” (p. 183).
Siendo una novela fúnebre, tan definitivamente crepuscular, Muerte de un apicultor tiene la mala suerte de aparecer en las librerías a la vez que esa Elegía de Philip Roth (Everyman en su muy superior título original) que ha de ser ya considerada un hito dentro del género, pero también es curioso comprobar cómo las reflexiones de ambos relatos alcanzan a veces conclusiones casi idénticas: si el anónimo protagonista de Roth bromea amargamente con la posibilidad de escribir unas memorias simplemente tituladas Vida y muerte de un cuerpo masculino, el sueco comprende que “no soy más que un cuerpo. Todo lo que tengo que hacer, todo lo que me es posible hacer, sólo lo puedo hacer dentro de este cuerpo” (p. 137). Ambas novelas deberían ser leídas por todos aquellos que busquen libros que traten de las cosas verdaderamente importantes, y que lo hagan de una forma cruda, sin concesiones ni eufemismos, afrontando la realidad final como es, sin negar por ello —más bien al contrario— lo que la vida tiene de milagroso o de sorprendente, lo que el bíblico Libro de la Sabiduría llamó “nuestra porción y nuestra suerte”.
Algún lector podría confundirse o desconcertarse al leer cómo la última línea de la novela, el último apunte de su falso autor afirma que “siempre cabe esperar”, en lo que podría interpretarse como una última posibilidad de salvación, de redención, de vida..., como un final casi optimista para una novela naturalmente trágica. No creo que esa sea la intención de Gustafsson, sino tal vez una última broma casi macabra, una cruel ironía hacer escribir eso a alguien que inmediatamente después va a desaparecer. O quizá sea otra forma de sorprenderse y sorprendernos comprobando cómo es (cómo somos) cada hombre, incluso en los últimos minutos de existencia, realmente incapaz de concebir su propia extinción. “El hombre, ese curioso animal que vacila entre el animal y la esperanza” (p. 173).

jueves, noviembre 30, 2006

El duelo, Joseph Conrad

Edición e introducción de Julián Jiménez Heffernan. Trad. Mario Jurado. Berenice, Córdoba, 2006. 218 pp. 17,00 €

Alberto Luque Cortina

Más allá de la generosidad con la que la Historia trata a los vencedores, el talento de Joseph Conrad (1857-1924) se muestra especialmente en sus relatos, esa lectura incierta que se ubica entre el cuento y la novela, y que aporta una placentera dimensión al acto de leer. Con algunas excepciones —Lord Jim, quizá— las novelas “largas” de Conrad, como El Agente Secreto o la imposible Nostromo, resultan desmesuradas, y evidencian una afectada complejidad sustentada con debilidad en las diatribas morales de sus protagonistas, como si Conrad, a lo largo de la narración, se dedicara a rastrear en el interior de sus personajes la justificación de los actos que él les “obliga” a realizar. Por el contrario, los relatos cortos de Conrad suelen ser de una calidad y brillantez excepcionales, valga por caso La línea de sombra, Juventud, o El corazón de las tinieblas (este último si atendemos a la propia calificación del autor). Sin duda Conrad sentía una especial predilección por estas “distancias” literarias: Marlow, su alter ego, es un contador de historias, y las suyas suelen durar lo que dos botellas de whisky compartidas entre cuatro buenos amigos.
Dentro de este género, El duelo —que goza de una correcta versión cinematográfica a cargo de Ridley Scott (Los duelistas, 1977)— ocupa un lugar destacado, debido en buena medida a sus singularidades. En primer lugar, Conrad se basó en la historia real de dos oficiales franceses que, durante las guerras napoleónicas, mantuvieron una serie de lances de honor a lo largo de casi veinte años. Aunque buena parte de las narraciones de Conrad están construidas sobre los cimientos de su experiencia personal, en este caso el distanciamiento de los hechos narrados permite al lector un acercamiento más íntimo al pensamiento conradiano. Por otro lado, el autor opta por desprenderse del personalísimo traje verbal con el que suele vestir sus historias y adopta un lenguaje más claro y directo, cercano al estilo periodístico de la época.
Con el barro de los hechos reales —apenas diez líneas aparecidas en un periódico de provincias— Conrad construye un intenso relato de aventuras donde el sentido del deber y del honor alcanza límites absurdos, porque si bien los duelos entre caballeros exigían una causa de honor, en este caso el motivo es tan sutil, tan minúsculo o quizá impreciso, que los protagonistas dudan a veces de su existencia. En realidad no hay causa de honor, sino la visceralidad del encuentro entre dos caracteres antagónicos, aunque complementarios. Feraud, un hijo del pueblo llano, brutal, obsesivo, tragicómico, quiere acabar con D'Hubert porque encarna los valores de una clase social que detesta. El honor es para él una herramienta de la venganza, y el duelo una forma de igualdad. Para D'Hubert el duelo es una imposición absurda del destino que, sin embargo, acepta soportar, pues su elusión le haría indigno ante sí. En realidad se trata del mismo sentido (castrense) del honor que le impide preguntarse por las razones de ese otro duelo, el de Napoleón contra el mundo, que arrastra a ambos protagonistas por una Europa en llamas hasta los campos helados de Rusia.
La presente edición, a cargo de Julián Jiménez Heffernan, profesor de Literatura Inglesa de la Universidad de Córdoba, se ve enriquecida por la esmerada traducción de Mario Jurado y por la introducción del propio Jiménez Heffernan: un estudio exhaustivo alejado de los clichés clásicos que proporcionará a los iniciados una interesante lectura. Con esta obra la editorial Berenice inicia una serie sobre clásicos que, por el rigor de este primer volumen, promete agradables sorpresas a los lectores.

miércoles, noviembre 29, 2006

Bone, Jeff Smith

Guión y dibujo, Jeff Smith. Color, Steve Hamaker. Trad. Enrique S. Abulí. Astiberri, Bilbao, 2006. Cartoné. 144 pp. 15 €.

Ricardo Triviño Sánchez

Había que estar loco para autoeditarse un tebeo en los años 90. Y, afortunadamente, Jeff Smith lo estaba. Tras ser rechazado allí donde presentaba su trabajo, prefirió el riesgo al suicidio y acertó, dando con su éxito en las narices de toda aquella conjura de necios.
Bajo la sombra de Tolkien, Smith desarrolla la historia del soñador poeta Fone, el megalómano materialista Phoney y el optimista buscavidas Smiley, tres primos de la extraña etnia Bone que tras ser expulsados de su poblado se extravían en un nuevo mundo lleno de humanos, dragones, nigromantes y monstrorratas. En el Valle, así se llama el lugar, conocerán a la bella joven Thorn y a su abuela Rose, una mezcla de adorable ancianita y curtido púgil poseedora de un gran secreto. Los caminos de los tres primos conducen y diversifican así una trama que va oscureciendo su tono cómico inicial ante el desarrollo subterráneo de una guerra de poder en la que se entretejerán amor, magia, misterio, acción y carreras de vacas (esto no hay que perdérselo).
La resurreción actual de la literatura fantástica llevada a cabo por J.K. Rowling y la espectacular adaptación cinematográfica de El Señor de los Anillos ha propiciado, sin duda, esta nueva edición de la obra, que ha traspado el restringido círculo de los aficionados a la viñeta. Entre las novedades se encuentra el nuevo formato, que no es el de revistas periódicas sino el de tomos de lujo. Este diseño, como acertadamente señalaba Will Eisner, es más parecido al de un libro que al de un tebeo, por lo que consigue prestigiar el objeto y atraer a un público antes reticente, tal como están demostrando las ventas.
Sin embargo, la gran innovación es el color. Era peligroso intentar colorear una obra con un entintado tan consistente como el de Smith, con el que consigue armonizar el estilo más caricaturesco de los Bone con un entorno y un elenco de personajes más realistas, pero cabe decir que el resultado es bastante bueno: aunque haya veces en que se peque de un exceso cromático, los colores vivos de ordenador potencian los rasgos dinámicos de un dibujo claramente influenciado por el cine de animación. Gran parte de este mérito se deben a la insistencia de Art Spiegelman, que considera la obra como un canto a la vida que debe elevarse más allá de la sobriedad del blanco y el negro, y al arte del colorista Steve Hamacker, que junto a Smith revisa viñeta a viñeta un arduo trabajo que todavía está por finalizar.
Esta edición de Astiberri es digna de ser disfrutada tanto por lo ya conocido, la amenidad de la historia y la expresividad y comicidad del dibujo de Smith, como por lo que hay que descubrir, un coloreado idóneo, e impecable a veces, y una cuidada encuadernación. Desgraciadamente, muchos aficionados verán el inconveniente del precio, y es que, en el mundo del cómic, parece que toda apertura a un mercado mayor ha de ir en dirección de ese hermano putativo llamado “literatura” y en detrimento del lector de toda la vida.

martes, noviembre 28, 2006

Viaje al Imperio de las Ventanas Cerradas, Krisma Mancía

I Premio de Poesía Joven “La Garúa”. Prólogo de Marta Agudo. La Garúa, Santa Coloma de Gramanet (Barcelona), 2006. 68 páginas. 5,50 €

Elena Medel

Muchas de mis experiencias lectoras más felices se vinculan al descubrimiento de un autor que, con las páginas, acabó ocupando un lugar privilegiado en mi mesilla de noche. Aún recuerdo, por ejemplo, el primer contacto con Federico García Lorca —la versión en Cátedra, casi diez años atrás, de Poeta en Nueva York—, o el flechazo que me condujo, Contemporáneos mediante, hasta Xavier Villaurrutia. El desconocimiento propio invita a sospechar de la ignorancia ajena, y durante un momento adoptas el papel de dueño y señor de un tesoro único. Eso sentí tras la lectura de Viaje al Imperio de las Ventanas Cerradas, de Krisma Mancía; un libro de cadencia alucinada e imágenes exuberantes pero, al mismo tiempo, dotadas de un mágico sentido de la concreción.
Viaje al Imperio de las Ventanas Cerradas —frente al título en minúsculas de la portada, el encabezado en mayúscula de cada palabra en el texto le otorga un mayor simbolismo— entrelaza un triple reflexión sobre el amor, la muerte y la condición femenina. Ejerce como guía una Ofelia que mixtura las creaciones de Shakespeare y Millais, merced a la cita inicial de Hamlet y al recuerdo que suscitan los versos del primer poema: «(…) su cuerpo escapa del paraíso/ como aire como lluvia como aliento de cedro// (…) ante un puente de algas/ mirando cómo las ramas del sauce besan las manos del arroyo». Mancía se desliza, en las primeras estrofas, desde la tercera a la segunda persona del singular, situándose antes como espectadora —descripciones y evocaciones frecuentan este Viaje—, y posteriormente como interlocutora de una Ofelia que, transmutada en Flaubert y Madame Bovary, lo invadirá todo con su voz lejana a la indolencia. La imagen —el cuadro: el cuerpo de la mujer rozando el barro, su blancura ante mortem— se congela y susurra cuanto piensan Ofelia y la mujer que habla de ella y con ella —en un guiño rimbaudiano: je est un autre—, recorriendo mundo y vida para cerrar el círculo y regresar, en los últimos poemas, a la calma suicida del origen.
Krisma Mancía explora los límites y extrema cada sentimiento: su amor es pasional y apasionado, la muerte obedece a una necesidad rotunda, es mujer y siente como tal. Sin embargo, más allá de la historia de Ofelia —o, mejor dicho, de la historia de la Ofelia reinterpretada por Mancía—, una figura se alza con el protagonismo de Viaje al Imperio de las Ventanas Cerradas: las palabras. El idioma y su uso experto, logrando el esplendor, convertido en plastilina que moldear a placer. Y es que el lenguaje baila en las manos de Krisma Mancía, erigido en puro festejo aunque la autora asegure que «Mil veces he muerto/ y ya no hay espacio para mi cementerio». Encontramos en Viaje juegos de rimas internas, mucha —y muy poderosa— sonoridad, otorgando razón a esos «dulces cantos» a los que Gertrudis alude en la primera página: Ofelia/ alguien clavó en la punta de mi pie…, o De las cosas pequeñas estás poseída… representan una clara muestra.
A simple vista resulta complicado eliminar a Shakespeare de la lista de referencias; no obstante, más allá del nombre vertebrador, las filiaciones de Mancía se localizan en el ámbito hispánico. Si nombramos a las escritoras confesionales —obliga la alusión constante al suicidio femenino—, reina sobre el resto Alejandra Pizarnik, aludida mediante dos citas —una inicial y otra antecediendo a un poema—, evocadas en los textos más breves, construidos casi a pinceladas —Que tu boca es un diminuto coral escondido…, Las puertas han dejado de parpadear…—, e incluso, probablemente, en los versos «Me mataría a los cuarenta años/ una tarde de invierno». Sin embargo, el eco más poderoso es el de Lorca: en otra de las citas iniciales, en los mantras con el amor como objeto, o en poemas como Llega diciembre con su larga cola de vejez…, que suena a actualización personalísima del insuperable “Ciudad sin sueño”. Incluso la omnipresencia del agua —Hay un dolor salado en tus ojos…— remite a la histórica alegoría de Manrique. Hilando fino encontraríamos, sí, una influencia foránea: el concepto de la naturaleza como espejo y expresión de lo amoroso —no sólo «el sauce», «las fuentes» o «las azucenas», sino también «los gatos» o «el perro»—, que remite al canto de Walt Whitman, inspirador nuclear —a su vez— de la magna obra lorquiana.
La voz de Mancía se muestra, pues, tan firme como sugerente. A este Viaje podemos acercarnos como si de un largo poema fragmentado se tratase —la conexión entre poemas, unas veces con palabras, otras con estructuras sintácticas o estróficas, es evidente—, siempre observado como un festín de intensidad y sabiduría poética. Krisma Mancía nació en San Salvador en 1980; Viaje al Imperio de las Ventanas Cerradas es su segundo poemario. Su ópera prima, La era del llanto (Dirección de Publicaciones e Impresos, 2004), permanece inédita en España. La calidad y particularidad de su poesía invitan a una difusión mucho mayor: no permanezcamos en el tópico, puesto que no es que Krisma Mancía dé que hablar en un futuro, sino que —si la lógica se tomase en serio— debería provocar, ya, comentarios y elogios encendidos. Ojalá su nivel no sólo se mantenga —qué vértigo el de su crecimiento—, y sepamos por aquí de sus avances futuros, disfrutándola tan lejos y —a la vez— tan cerca.

lunes, noviembre 27, 2006

Cell, Stephen King

Trad. Bettina Blanch Tyroller. Plaza & Janés, Barcelona, 2006. 464 pp. 21,00 €

Elia Barceló

Antes de empezar este comentario, tengo que dejar claro que soy una rendida admiradora de Stephen King y he leído sobre un ochenta por ciento de su obra, para no exagerar. Cualquiera que le eche un vistazo a la bibliografía de King se dará cuenta de que es casi imposible asegurar que uno lo ha leído TODO, pero me estoy acercando a ello. Descubrí a King hace casi treinta años, por casualidad, como suelen suceder las cosas importantes, mucho antes de que fuera conocido en España, y la primera novela que cayó en mis manos —en inglés— fue Salem’s Lot. ¡Qué buen libro! ¡Qué tensión, qué dominio para dosificar la inquietud y el miedo del lector, qué excelente juego con su modelo, Drácula, de Bram Stoker!
A partir de ese momento, he sido una fiel lectora de King (salvo de sus obras de fantasía que, de alguna extraña manera, nunca han conseguido prenderme), y la compra anual de la nueva novela ha sido siempre para mí una pequeña fiesta y una gran alegría: El resplandor, La zona muerta, Misery, It (¡qué gran historia!).
Sin embargo, con el paso de los años, ha habido novelas que no me han gustado en absoluto —Los tommyknockers, por ejemplo; Buick 8—, otras que no me han apasionado —Retrato de Rose Madder, El cazador de sueños— y otras que me han devuelto el King que más me gusta —La milla verde, la primera historia de Corazones en la Atlántida—.
Hace dos años, creo recordar, King anunció que se retiraba, que no escribiría más historias, y yo pensé: «Imposible. Este hombre es un narrador compulsivo; sólo hay que esperar a que no aguante más.»
Y, efectivamente, el año pasado publicó Cell y yo esperé, como siempre, a que apareciera en bolsillo para leerla, sin muchas esperanzas después de Buick 8, todo hay que decirlo.
El domingo pasado, por fin, en un aeropuerto, la vi, la compré y el lunes la había terminado.
Como apreciará cualquier aficionado, aunque no lea la dedicatoria —a mí se me pasó al principio, con el ansia de leerla— la novela es una muy bien conseguida unión entre La noche de los muertos vivientes, la película de George Romero, y Soy leyenda, de Richard Mathison, con la primera ganando en la estética y la segunda en la idea.
No soy una gran aficionada a las historias de zombis o seres de la misma filiación; sin embargo, en esta novela, lo que sucede y los resultados del desastre global resultan tan creíbles que el lector no la percibe como un homenaje a Romero, sino más bien como una reflexión lúcida, y por eso bastante triste, sobre ciertos postulados de Freud, Jung, Darwin, y Konrad Lorenz sobre los seres humanos y en los que no puedo entrar porque se van desvelando poco a poco a lo largo de las páginas del libro.
En Cell, King nos ofrece, depurado y mejorado en mi opinión, lo que ya hizo hace un montón de años (1978) en Apocalipsis (The Stand), es decir, una visión del fin del mundo, esta vez traído por una señal electrónica que pasa a través de los teléfonos móviles enloqueciendo a sus usuarios. Pero si en Apocalipsis el encuadre era tan amplio que parecía todo el tiempo una película de romanos y el elemento religioso tenía una importancia enorme y no siempre bien dosificada, en Cell todo está más condensado y resulta más intenso por ello. Los más de treinta años de oficio se notan y se aprecian. Esta es la odisea de un pequeño grupo de personas normales en un mundo que ha dejado de ser normal.
En Cell sabemos lo suficiente de los personajes como para entenderlos e identificarnos con ellos, pero no más de lo necesario. El muy comentado error de King de dedicar dos páginas al currículum vitae de todo personaje secundario que se ponga a tiro, ha desaparecido en esta novela. Del mismo modo, el procedimiento habitual en King de dedicar el primer capítulo (o incluso dos o tres) a cimentar la realidad cotidiana de una pequeña ciudad estadounidense que después se convertirá en un infierno ha dejado de tener validez en Cell. Esta vez, tras sólo tres páginas de trasfondo y normalidad, se desencadena la catástrofe absoluta que no cesará hasta el final.
De los tres grados del terror que el mismo King define con magnífica lucidez en Danza macabra: el terror, el horror y la repulsión, en esta novela tenemos, sin lugar a dudas, una enorme cantidad de ejemplos del tercer tipo, el más básico, el más grosero de los miedos, siempre en palabras del mismo King. Y sin embargo, a pesar de que gran parte del texto avanza a través de imágenes en la mejor tradición del gore à la Romero, la combinación que nos ofrece con escenas tranquilas, intimistas y en algunos casos incluso líricas (y que no puedo detallar para no estropearle la novela a quien aún no la haya leído), hace que el texto no caiga en lo simplemente repugnante, sino que se eleve con frecuencia sobre lo visceral para darnos los mejores escalofríos, así como el impulso para la reflexión que debe ofrecer una buena novela de terror si pretende algo más que ser un shocker que se lee y se olvida.
A pesar de que la novela tiene 464 páginas en su traducción española, no se hace larga en ningún momento y el lector no tiene la impresión de que esta vez King está escribiendo de más para compensar a su público por el dinero invertido en la compra (cosa que ha confesado en varias entrevistas respecto a novelas anteriores). Al contrario, hay muchas cosas que no quedan explicadas y muchos datos que nunca llegamos a conocer. Parece que, en esta obra, ha decidido que menos es más, y yo lo veo como una muestra de oficio, dominio y veteranía.
La traducción al español, de Bettina Blanch Tyroller, es correcta en general, y en muchas ocasiones ha acertado plenamente en las expresiones coloquiales y vulgares que King utiliza con tanta soltura. El problema es que, cuando traduce párrafos llevados por el narrador (sin diálogo), Blanch se decanta por una lengua de registro considerablemente alto que hace rechinar muchas veces los diálogos, tan de andar por casa y, mucho peor, otras veces esa lengua elegante contamina incluso los diálogos. En lugar de elegir expresiones correctas pero neutras como «se forzó (o «se obligó») a controlarse», Blanch elige términos como «se conminó a controlarse» (153); del mismo modo que en los diálogos usa verbos como «espetar», «proferir», etcétera, donde King, como todos los anglosajones en general, se limita a un «decir», o comienza preguntas de diálogo coloquial con un «acaso»: «–¿Acaso crees que puedes coger tu coche?» (65).
Y un error (esta vez del corrector de la editorial, imagino) que me gustaría comentar es que en un momento de la novela aparece una nota con muchas faltas de ortografía y de sintaxis, escrita por un niño. La carta tiene tantas faltas que el personaje que la lee siente el impulso de disculparse por ellas. En la traducción española, aunque se mantiene el párrafo en que se hace referencia a la cantidad de errores, la carta está perfecta, sin un solo fallo. También a cargo del corrector va el que el «insanus» latino, o «insane» inglés («demente», «loco», en español) quede convertido en «insano» (263), con lo que no se le hace ningún favor al lector.
De todas maneras, en mi opinión, la traductora ha hecho un buen trabajo. Es muy difícil traducir el lenguaje coloquial y profundamente estadounidense de King porque está tan imbricado con la vida cotidiana de su país que más que traducirlo habría que trasladarlo, y eso no siempre sale bien ni resulta creíble.
Cell es una novela altamente recomendable para lectores del género de terror y de lo mejor que ha producido King en los últimos años. La tensión está magníficamente bien llevada, los personajes son no sólo creíbles sino entrañables, tiene algunas imágenes poderosísimas y el final no decepciona (no se asusten, no se lo voy a contar) aunque tengo que confesar que, una vez metida en ese mundo, yo hubiera podido leer unos cuantos capítulos más, pero toda historia tiene que terminar en algún punto y el que King ha elegido es un buen punto para cerrar el libro.
Para los que no sean lectores de terror lo mejor es buscar en este mismo blog otra novela que leer, ya que los no iniciados se encontrarán con algo que supera claramente el nivel de tolerancia de un neófito en el género.
Los aficionados, sin embargo, la disfrutarán página a página y, si no pueden dormir, será porque no quieren apagar la luz hasta haber terminado la novela.