viernes, noviembre 17, 2006

Crímenes ejemplares, Max Aub

Thule, Barcelona, 2006. 112 pp. 11,54 €

Carol París

No se culpe a nadie de estas muertes, de estos crímenes que, presentados de forma brillante y ejemplar, nos ofrece Max Aub; “Confesiones sin cuento: de plano, de canto, directas, sin más deseos que explicar el arrebato”, como aduce en el prólogo incluido en la presente edición. Publicados por primera vez en México, en 1957, entran, en la revisión de 1968, otros crímenes más que también aquí se reproducen: “Añado bastantes, otros quedan perdidos en cien libretas que no son de hojear con detenimiento, sería no más perder tanto tiempo para tan poco.” Un “tan poco” que no constituye una simple captación de benevolencia, sino que incide en el género al que pertenecen estas confesiones, estos arrebatos. Aub tenía plena conciencia de estar trabajando con algo nuevo: con microrrelatos o, si queremos caer en el problema de la denominación del género, con minicuentos, con relatos microscópicos, con historias mínimas, siguiendo a Tomeo, con relatos hiperbreves, según Faroni, con narraciones ultracortas o bien con otras ocurrencias como los descuentos o los textículos, recordando a Pizarnik y a Cortázar... calificaciones, todas ellas, que apelan a la dimensión de un género que, por su brevísima extensión, apuesta por la intensidad como eje central en sus procedimientos retóricos.
Cercanos por su fragmentación al hipertexto, en ellos Aub juega con multiplicidad de voces insistiendo en un yo indeterminado, otorgando un ambiguo valor testimonial a unas declaraciones que intuimos destinadas a un juez, pero que parecen oídas por casualidad. Rompiendo el marco escénico tradicional, estos narradores se mueven en un espacio suspendido, en el de la mera enunciación, en el que nos desvelan el móvil, siempre disparatado, de su crimen. Porque, realmente no importa quién se expresa; los que aquí confiesan son la representación de una, de cualquier, colectividad. Ya en la parodia y en la paradoja del título se observa una fascinación por la cultura de la muerte que remite a la situación vital de un autor que vivió momentos de la Segunda Guerra Mundial, de la Guerra Civil, el exilio en México... situaciones en las que pudo constatar que, para muchos, la vida no valía nada.
Para Aub, el escritor debía convertirse en la conciencia ética de su tiempo; en su extensa obra, estructuralmente inspirada en el proyecto galdosiano de los Episodios Nacionales como forma para englobar una totalidad, quiso reflejar los treinta mil posibles protagonistas de la Guerra Civil. Siempre creando a partir de la Historia, en Las buenas intenciones (1954) rememoró la España de preguerra y en La calle de Valverde (1961) describió el ambiente madrileño durante la dictadura de Primo de Rivera. Si en algunos de sus relatos, como los recogidos en Enero si nombre, o en la serie novelística de los Campos, Aub escribe bajo los presupuestos de un realismo trascendente, apostando por un ejercicio testimonial de la literatura que no describa únicamente la realidad, sino que también la comprenda para emitir un juicio, en Crímenes ejemplares el autor revela una curiosa y cínica alternancia entre estrategias “desficcionalizadoras” a la vez que “desrealizadoras”, presentando las confesiones de estos asesinos desde una óptica extrañante, objetiva y desapasionada que actúa como filtro distanciador y que convierten el asesinato en un acto lúdico y en un juego verbal en el que las víctimas sólo cobrarán importancia por el hecho de que alguien hablará de ellas cuando hayan muerto. La hipérbole, al ser crímenes que se basan en la desproporción causa-efecto, es la base de la comicidad. El humor sarcástico y la ironía corrosiva permiten rebajar la actuación de estas voces desquiciadas, que asesinan por cosas insulsas pero que les sacan de quicio, con motivaciones tan triviales como “Lo maté porque no pude acordarme de cómo se llamaba. Usted no ha sido nunca subjefe de Ceremonial, en funciones de Jefe. Y el Presidente a mi lado, y aquel tipo, en la fila, avanzando, avanzando…” o bien “Lo maté porque era de Vinaroz”, microrrelato que, en cierto modo, sintetiza todo el libro. Con ello, Aub también muestra que el lenguaje y sus retóricas pueden ser un arma para justificar lo injustificable.
La mayor parte de estos microrrelatos se componen mediante grandes elipsis que permiten economizar la narración y a su vez llegar a oraciones cargadas de ambigüedad: “Me la devolvió rota, señor, y me dio una penada... Y se lo había advertido. Y me la quería pagar, la muy... Eso, sólo con la vida.” Siguiendo con la necesidad de simplificación retórica, Aub también retoma de Galdós su intento por adaptarse a los tiempos mediante la incorporación en la escritura del habla cotidiana y que confiere al libro en su totalidad un ritmo muy ágil. Algunos microrrelatos se construyen además con los procedimientos del chiste, “Era tan feo el pobre, que cada vez que me lo encontraba, parecía un insulto. Todo tiene su límite” o de la adivinanza: “Lo maté por idiota, por mal pensado, por tonto, por cerrado, por necio, por mentecato, por hipócrita, por guaje, por memo, por farsante, por jesuita, a escoger. Una cosa es verdad: no dos.” Por otra parte, las influencias estilísticas (en ningún caso ideológicas) de autores como Mihura y Jardiel Poncela se dejan entrever con la inserción de algunos de los leit-motivs de la vanguardia española, como el tema, típico en esos años, de la visita alquilada.
Aunque los Crímenes ejemplares estén estructurados en cuatro secciones (“Crímenes”, “De Suicidios” —del que derivarán los Suicidios ejemplares de Enrique Vila-Matas— “De gastronomía” y “Epitafios”) que otorgan cierta cohesión, es la continua variación la que regula el funcionamiento de este conjunto de instantáneas, de declaraciones dispersas, de muertes mediocres, llenas de humor negro y sin ningún orden aparente, ya que como desvela el autor en el prólogo: “Siempre que pude evité así la monotonía, que es otro crimen.” Con todo, Aub nos ofrece unos Crímenes de los que vale la pena ser cómplices.

jueves, noviembre 16, 2006

Un hombre soltero, Christopher Isherwood

Trad. José Martínez de Aragón, revisada por María Casas y Mercedes Puigmartí. Apéndice: Entrevista de Winston Leyland a Christopher Isherwood (publicada originalmente en “Gay Shunshine Journal” Nº 19, 1973; trad. Eduardo Wards Simon). Debolsillo, Barcelona, 2006. 173 pp. 8’50 €

Óscar Esquivias

A mí las ediciones de bolsillo me huelen a tren, a monedas contadas, a novela que se compra a última hora en el quiosco de una estación remota, se mete en el bolsillo de la mochila y se va leyendo en un vagón o bajo la lona de una tienda de campaña. Seguro que la biblioteca de cualquier buen lector guarda estos libros azarosos y modestos, de páginas apretadas que guardan billetes de autobús y también algo intangible que sólo nosotros conocemos: nuestra memoria vital. Pues bien: ¡qué sorpresa y qué felicidad descubrir en esos expositores de estación las novelas de Christopher Isherwood! Entre tanta novela barata –en todas las acepciones del término– se agazapan también las de este autor, que contienen un peligro grandísimo: pueden cambiar la vida del lector ocasional y convertirlo, sin que lo sospeche, en un adicto a la literatura. A mí me gustaría tener dieciséis años, coger uno de sus títulos al azar, sin referencias, y leerlo por primera vez: hay tanta emoción, tal afán de plenitud en sus personajes, que siempre me da la impresión de que Isherwood escribe para jóvenes y que son ellos quienes mejor pueden aprovecharse de su lectura.
¿Juventud? ¿Emoción? ¿Afán de plenitud? Alguien podría pensar que Un hombre soltero (A Single Man, 1964) desmiente de plano todo esto. Isherwood redactó la novela con sesenta años y cuenta una historia poco juvenil: un día cualquiera en la vida de George, un maduro profesor universitario que no acaba de acostumbrarse a la ausencia de Jim, su novio, muerto hace poco en un accidente de circulación en el lejano Ohio (el relato está ambientado en California, en 1962). Los actos de la jornada de George, descritos con minuciosidad, son banales: lee sentado en la taza del váter, conduce, da sus clases, entra en un supermercado, hace visitas de compromiso, se emborracha... Es un hombre entristecido por su eufemística “soltería” (Isherwood no habría podido titular su novela Un hombre viudo, aunque es la “viudez” –la muerte del compañero amado– el asunto medular del libro); George intenta sobreponerse a su abatimiento sin encontrar fuerzas ni razones para hacerlo: la muerte parece que se lo ha arrebatado todo pero en realidad le ha dejado el omnipresente recuerdo de Jim en cada cosa que ve, piensa, siente o hace.
No se trata, sin embargo, de una historia sombría o tristona, todo lo contrario: la inteligencia y la lucidez de George iluminan todos sus actos, a pesar de que él se siente un inquilino en su propio cuerpo y tiene la impresión de que se mueve sólo por inercia. Él no lo sabe, pero hay algo poderoso y secreto que le guía: el destino. El lector pronto empieza a sospechar que algo importante está sucediendo bajo la apariencia de la cotidianeidad, que no está leyendo un simple relato costumbrista sino que asiste a algo profundamente simbólico. Isherwood nos da al final la clave que justifica todas las anécdotas que se han ido hilando a lo largo del relato y las ilumina con una nueva perspectiva. Para conocer esta clave el lector no tendrá más remedio que leerse la novela porque nosotros, por supuesto, no se la vamos a desvelar.
El estilo de Isherwood se caracteriza por su sobria naturalidad, alejada de cualquier efectismo. El libro está contado por un narrador en tercera persona que sólo nos muestra el punto de vista de George. Es una novela muy apegada a lo físico, a las necesidades y sensaciones del cuerpo, a veces desde la perspectiva más material. Isherwood parece recordarnos que todo es importante y forma parte de nuestra humanidad. Nuestra vida es tan corta y tan frágil que el gesto más banal –mear, bañarse en la playa, espiar a unos chicos que juegan al tenis, tirarse pedos disimuladamente– es una manifestación de la vida, incluso lo que podamos considerar más secreto y sucio. También, por supuesto, la homosexualidad. El lector actual quizá –ojalá– no la considerará digna de estos adjetivos, pero merece la pena subrayar que no siempre ha sido así y que George es uno de los primeros personajes de la literatura anglosajona que no viven su sexualidad como algo enfermizo, vergonzante o ridículo. Un hombre soltero es una novela que ilumina el mundo. Uno siente que sale enriquecido de su lectura, que ha ganado experiencia, que ha visto cosas hondas, importantes. Por eso creo que entusiasmará a los más jóvenes: porque no es una narración paternalista para leer en el sofá en pantuflas, sino que se parece a esas conversaciones que se tienen en susurros, de tú a tú, en una tienda de campaña.
Ahora los libros de bolsillo han cambiado mucho. Antes solían ser ediciones descuidadas que se desencuadernaban según se iban leyendo, con páginas repletas de texto escrito en letras diminutas que ponían a prueba la vista y la vocación del lector. Nada de esto sucede en Un hombre soltero. Debolsillo ha publicado una edición maravillosa y sólo espero que el anuncio que hacen en la portada de “Biblioteca Christopher Isherwood” signifique que van a incluir todas sus novelas. En la portada se ve a dos chavales que avanzan por la playa con sus tablas de surf, camino del mar. No tiene mucho que ver con el contenido de la novela, pero esto no es un reproche: estoy seguro de que a Isherwood le habría encantado esta ilustración. Espero que el gancho funcione y se vendan miles de libros.

miércoles, noviembre 15, 2006

La persona que fuimos, Lolita Bosch

Mondadori, Barcelona, 2006. 112 pp. 11,50 €

Elena Medel

Una narradora en primera persona, mujer, joven, siempre anónima, evoca su relación con G., los motivos de su alejamiento y su ruptura, la manera en que intentó recuperarle y recordarle. Lolita Bosch (Barcelona, 1970) presenta en La persona que fuimos —formato pequeño, generosos espacios en blanco para diferenciar entre la evocación, más simbólica y etérea, y el recuerdo, cimentado en la descripción— que conforman una bomba de relojería: una reflexión sobre el poder de los recuerdos y, al mismo tiempo, de la palabra. Los poemas leídos en compañía, las cartas balsámicas, el propio acto de escribir, se conciben como escape para la tristeza y la melancolía. Nada de metaliteratura, aun así: La persona que fuimos emana vida.
El libro está guiado por el concepto que lo titula, la idea clásica de que dos personas forman una cuando se aman. La obra carece de acción; nada sucede en ella, todo está enterrado. Es más confidencial que narrativa, y abundan las situaciones, los gestos, incluso los objetos —el dinosaurio, el pasillo— impregnados de valor simbólico, que significan más de lo que aparentan. Los personajes constituyen el mayor punto de interés de La persona que fuimos: en el centro de todo el protagonista absoluto, esa persona que fueron la narradora y G., único personaje cuando se habla en pasado, y bifurcado en dos al tratar del presente y/o la separación. A su alrededor orbitan personajes-satélite, secundarios, jamás superfluos: por ejemplo, Elena, cuñada de G. y amiga de la narradora, soporte en la fragilidad, o el padre de la narradora, que regala consejos olvidados en el acto, y necesarios después. Por otro lado, ante la dicción confesional, intimísima, que impera en La persona que fuimos, la pregunta parece obligada: el tono —y algunas referencias, como las muy explícitas del capítulo decimoquinto— invita a pensar en la autobiografía; la templanza, sin embargo, apunta a una peculiar reinterpretación de los mecanismos narrativos de plasmación del yo.
Disquisiciones teóricas aparte, brevedad y complejidad conviven armónicamente en La persona que fuimos. Bosch concibe la estructura de su libro como un puzzle: extiende las piezas cuya combinación desembocará en relato, aunque guarde en el bolsillo algunas de ellas para abrazar la elipsis, resultando un silencio, un sugerente vacío, que obliga a la imaginación. El carácter experimental de su escritura —con mucho de automático— se ve reforzado no sólo por este aspecto formal, sino por la inclusión de poemas —sobre todo de autores mexicanos: allí transcurre el núcleo duro de la acción, y allí residió Bosch durante diez años— que suponen la única flaqueza de la obra: no sólo no aportan nada a la acción —la cursiva es obligada—, sino que frenan la lectura y obligan a disminuir su intensidad, un riesgo si tenemos en cuenta la extensión de la obra.
Más relato corto que nouvelle, La persona que fuimos demuestra que el tamaño no importa cuando el asunto es la buena literatura. La historia engancha por cercana; sus palabras reconfortan. La escritura de Lolita Bosch, limpia, exacta, rebosa fascinación, otorga a lo cotidiano un barniz mágico, con sus historias remueve las nuestras propias, construye en La persona que fuimos un libro para leer de una sentada, y no olvidar fácilmente.

martes, noviembre 14, 2006

Travesuras de la niña mala, Mario Vargas Llosa

Alfaguara, Madrid, 2006. 375 pp. 19,50 €

Care Santos

Al envejecer, la gente se hace cómoda. O más reticente a cambiar de casa, de ambiente, de amistades, de ciudad... Ya no hablemos de ideología, de mitología o de paraísos. Eso pensaba mientras leía esta última novela de Vargas Llosa, en la que el autor peruano, ya sobrepasados los 70, parece haber escogido aquellos territorios ¿ficcionales? donde más a gusto se ha sentido para ubicar en ellos una acción novelesca que parece creada con una sola premisa: disfrutar. No sólo él, por supuesto —¿sería eso legítimo? Lo sería, sin duda— sino con él, todos los lectores que se acerquen a estas páginas.
La peripecia parte del despertar a la juventud del protagonista, Ricardo, y su grupo de amigos limeños —podrían ser perfectamente los personajes de Los cachorros, pero acaso más felices— cautivados por la belleza de dos chicas más o menos exóticas que irrumpen en su círculo, a quienes llaman "las chilenitas". Después de contarnos los avatares de un verano cargado de emociones y de hormonas en circulación («los enamoramientos se deshacían y rehacían y al salir de las fiestas de los sábados las parejas no siempre eran las mismas que entraron»), nos narra el autor, amparado en un narrador-protagonista, el desengaño que supuso la desaparición de Lily, una de las niñas, de quien se había quedado prendado. Y qué significó descubrir poco después que su enamorada era en realidad una impostora: ni chilena, ni de clase social acomodada, como le había hecho creer.
Luego Ricardo parte hacia el sueño de París, estudia leyes y se establece en la capital francesa, más o menos como hiciera el propio autor. Con la primera desaparición de Lily, que cierra el primer capítulo, acaba de trazar Vargas el resumen de todo lo que vendrá: en realidad su novela será una sucesión de apariciones y desapariciones de la misma mujer, transformada, sucesivamente, en el ideal femenino con que sueña Ricardo (y no sabemos cuántos más): la mujer fácil, inteligente, bella, sofisticada y poco aprensible.
En realidad, la niña mala vista a ras de suelo es una arribista dispuesta a casi todo por conquistar lo único que le interesa en el mundo: poder y dinero. Seguramente, más lo segundo que lo primero, aunque su olfato le dice que lo primero es condición indispensable de lo otro. En su carrera desenfrenada hacia la cúspide, que la lleva de la guerrilla cubana pro castrista a las embajadas de París o Londres, y más tarde a una vejez desasosegante, va tropezando una y otra vez con ese único vestigio de su pasado que es Ricardo, con quien mantiene una relación ambigua basada en el coqueteo, la utilización, la fugacidad y puede que ciertos sentimientos nobles que nunca afloran del todo.
A pesar de que nunca alcanza con el protagonista las altas cotas de inmoralidad que sí practica con otros de sus hombres, esta falta de escrúpulos del personaje es, a un tiempo, lo que lo hace odioso y adorable, terriblemente humano pero también terriblemente poderoso. Se trata del mayor hallazgo de esta novela: la Niña mala es, por sí misma, un monumento a la ficción. De ese modo tan real, tan cercano a los modelos del mundo real, en que saben serlo los grandes personajes. Para decirlo con palabras del autor-narrador:

La verdad, había algo en ella que era imposible no admirar, por esas razones que nos llevan a apreciar las obras bien hechas, aunque sean perversas.

No sería descabellado practicar un poco de antropología literaria y encontrar parentescos entre Lily y Madame Bovary, acaso la mujer adúltera con quien más ha intimado Vargas Llosa. Tienen en común muchas cosas. También Lily practica la promiscuidad urgida por la búsqueda de algo que no encuentra en ninguna parte porque tal vez no existe. En el fondo, son mujeres tan ocupadas en crear su propio personaje que no tienen tiempo de disfrutar de la vida ni de dejar que los demás la disfruten. Le dice Lily a Ricardito:

Tú nunca vas a vivir tranquilo conmigo, te lo advierto. Porque no quiero que te canses de mí, que te acostumbres a mí.
A lo largo de las más de cuatrocientas páginas del libro, vemos a Lily convertirse de niña con ínfulas en mujer fatal, reinar en las fiestas de sociedad gracias a su sofisticación y su gracia, y luego asistimos a su declive, a su decadencia y su enfermedad —que tampoco logran humanizarla— y hasta llegamos a conocer su pasado de la mano de la somera investigación limeña de Ricardo —ya casi al final de la historia—, preludio a un final propio de la protagonista de una ópera romántica. Y lo mejor de todo es que nos lo creemos. Creemos esa vida novelesca incluso en sus episodios más increíbles, como el de los desmanes japoneses de Lily en manos de una especie de yakuza despiadado y amante del sadismo. También logra Vargas Llosa emocionarnos con un desenlace en el que ya nos resulta imposible no sentir simpatía por los dos personajes principales. Mientras ella muere, él se pregunta:

¿Se podía llamar historia de amor a esta payasada de treinta y pico de años, Ricardito?

La respuesta es clara, y la conoce el lector: por supuesto que sí.
Hay más. El otro de los grandes temas vargasllosianos, la política, está también muy presente. La peruana y la latinoamericana, con algún que otro guiño a la época en que él mismo optó a la presidencia de su país y fue derrotado. Y para el final dejo lo obvio: el soberbio estilo, que regala al lector un castellano memorable, plagado de peruanismos pero siempre universal. Es Vargas Llosa en zapatillas, tumbado en su sofá, invitándonos a conversar mientras tomamos café.
Un gusto.

lunes, noviembre 13, 2006

La chica sobre la nevera, Etgar Keret

Trad. Ana Bejarano. Siruela, Madrid, 2006. 184 pp. 15,90 €

Miguel Sanfeliu

Etgar Keret es un joven autor israelí. Nació en 1967 y tiene una considerable obra a sus espaldas. En su país goza de gran popularidad y, poco a poco, su literatura va traspasando fronteras. Tuve noticias de su existencia hace unos años, a raíz de la lectura de la crítica que del libro El chófer que quería ser Dios escribió Mercedes Monmany. Me pareció muy interesante lo que allí se decía y salí en busca del libro. Un libro que, al parecer, no existió. O no en nuestro país, pues sólo pude localizarlo a través de internet, editado en Argentina por Emecé. En fin, un misterio como otro cualquiera. Cuando por fin me encontré con la portada del libro La chica sobre la nevera, de Etgar Keret, ediciones Siruela, en la mesa de novedades de una librería, me abalancé sobre él como un endemoniado.
La lectura de este libro proporciona una experiencia que no deja indiferente. El universo de Keret es original, mezcla de fantasía y realidad, de magia y de muerte, de imaginación y de miseria, de lo que debería ser y de lo que, por desgracia, acontece a nuestro alrededor. Sus personajes son seres que se mueven entre dos planos, que transitan por la atroz realidad con la mirada y los anhelos de un niño. Jóvenes que no quieren perder la inocencia, que se dan cuenta de que las tragedias que les rodean les impiden llevar la supuesta vida feliz estandarizada por los cánones occidentales actuales. En Cumpleaños sin mago, un joven periodista está preocupado por la sorpresa que sin duda su madre le deparará en la celebración de su cumpleaños, mientras es enviado por su periódico a cubrir el reportaje sobre una lluvia de meteoritos, pese a que él quería ocuparse del caso de un colono al que le han hundido la cabeza con un ladrillo. Una progresión incómoda, narrada con un estilo directo, cierto tono ingenuo y un punzante sentido del humor. Lo que es, lo que deseamos y lo que debería ser. El vértigo de la vida moderna, la insensibilidad de un mundo desquiciado que rueda cuesta abajo sin control. Debajo de las situaciones más duras, encontramos la mirada del niño ingenuo, como el del enternecedor primer relato Romper el cerdito. Y esta mirada infantil se encuentra presente en todo el libro, hasta el punto que alguno de los relatos se llega a disfrazar de cuento inocente para asestarnos un nuevo golpe, como en La triste historia de la familia Nemalim. También la compleja realidad israelí está presente en todas las historias, como en Listo para disparar, una presencia constante y asfixiante. La tragedia, el horror, la muerte, resquebrajan el frágil mundo de los protagonistas, que desean aferrarse a la imaginación que protege los sueños felices. La magia constituye una presencia importante que impregna todo el libro, llegando a convertirse en elemento central de algunos de los relatos, como Abram Kadabram, aunque a veces, como ocurre en La escuela de magia, no sea suficiente para retener a la mujer de la que uno se ha enamorado.
Su estilo se nutre de diferentes fuentes, resulta muy visual, y no es difícil percibir la influencia de los videoclips, el cine y los cómics. Algunos párrafos resultan casi oníricos. Se trata de historias muy breves, apenas unas pocas páginas, que son como bofetadas encadenadas. Por sus tramas deambulan personajes atormentados, como el mago de cuya chistera ya no salen conejos sino horrores indecibles; el hombre más bueno del mundo, cuya bondad resulta ser una maldición; el padre que, a los cincuenta años, deja de ser el campeón del mundo a los ojos de su hijo; el muchacho que identifica unas zapatillas de deporte alemanas con su abuelo muerto en el Holocausto; la soledad de esa niña que queda castigada arriba de la nevera o la del joven que añora a su padre muerto, antiguo miembro del servicio secreto.
Un humor negro y a veces cruel se nos clava en el corazón. Algunas historias se quedan en mero apunte, fragmentos incompletos que no terminan de funcionar como relatos y que contribuyen a formar esa imagen un poco inconexa, de collage, que tiene el libro. En cualquier caso, un autor interesante al que hay que estar atentos.