viernes, septiembre 22, 2006

Nieve y silencio, David Lorenzo Magariño

XXX Premio de Novela Corta «Gabriel Sijé». Agua Clara, Alicante, 2006. 90 pp. 10 €

José Gutiérrez Román

Una joven narra su relación con la muerte (y, por lo tanto, también con la vida) tras la desaparición de su madre y posteriormente de su hermano pequeño. Éste es el punto de partida de Nieve y silencio, la obra con la que David Lorenzo Magariño se hizo merecedor del XXX Premio de Novela Corta «Gabriel Sijé». Aunque es la primera novela que publica, no se trata de su primera incursión en este género, pues este autor, de veinticuatro años de edad, ya en 2004 fue finalista del premio «Ateneo Joven de Sevilla» con otra de sus obras. Lo habitual en estos casos suele ser destacar el hecho de que alguien tan joven haya sido capaz de escribir una novela tan madura. Nieve y silencio es un claro ejemplo de ello, si bien el mérito principal del libro no es la juventud de su autor, sino el conjunto de aciertos que ha sabido reunir en él (a saber: una cuidada estructura, la creación de unos personajes atractivos o el tono contenido que se mantiene durante la mayor parte de la historia). Resulta curioso comprobar, sin embargo, cómo en ocasiones la madurez de una novela reside precisamente en la carencia que tienen sus personajes de la misma. Esto es lo que ocurre en Nieve y silencio, donde la protagonista está inmersa en los vaivenes propios de la adolescencia, la madre vive amarrada a su sufrimiento, y el padre, ensimismado en su fe, adolece de un exceso de ingenuidad. La tía Ruth, por su parte, necesita trasladar la abstracción de sus cuadros a su vida. Y como parece claro que la sensatez no siempre acompaña a los años, es Israel, el niño, quien muestra mayores dosis de ésta a pesar de vivir (o quizá debido a ello) en su particular mundo onírico. Él es el único que acepta la muerte, la propia y la ajena, convirtiéndose en el punto de referencia de las reflexiones de su hermana, que se servirá de sus recuerdos para crecer y reconciliarse consigo misma.
Nos encontramos así con un brillante relato sobre las diferentes formas que tenemos de enfrentarnos al irremediable encuentro con la muerte, y que, al igual que sucede con la protagonista, tiene el don de reconciliarnos con el lado menos amable de la vida. Narrado con una prosa fluida y salpicada de ingeniosos guiños («¿Y quién la ayudará ahora a ir al baño?», pregunta el niño cuando su madre fallece), Lorenzo Magariño ha sabido aunar en esta novela una mirada piadosa hacia la debilidad y el dolor humanos junto con reflexiones (de corte existencial en su mayoría) llenas de lucidez, como la necesidad que siente la joven «de servir de tapón en alguna gotera del mundo», de llenar un hueco que de quedar vacío provocaría cambios en la vida de los otros. Del mismo modo, la novela está envuelta de sutiles claves líricas que definen las relaciones entre los diferentes personajes. Finalmente nos queda el “silencio” que recorre cada página y que, como afirma la protagonista, «es la última defensa» frente a «las palabras y los recuerdos», que «cortan y hieren». Después de leer esta hermosa novela, sólo resta sentarse bajo el árbol de la literatura de David Lorenzo Magariño a esperar que sus frutos “maduros”, como Nieve y silencio, sigan cayendo en nuestras manos.

jueves, septiembre 21, 2006

Todos nosotros, Raymond Carver

Selección, traducción y prólogo de Jaime Priede. Introducción de Tess Gallagher. Bartleby, Madrid. 2006. 272 pp. 17 €

Marta Sanz

Todos nosotros es un título sacado de uno de los poemas de Carver, “En Suiza”: Todos nosotros, todos nosotros, todos nosotros/ intentando salvar/ nuestras almas inmortales, por caminos/ en algún caso más sinuosos y misteriosos/ aparentemente/ que otros. Los poemas de Carver son un canto, a causa de sus reiteraciones —no siempre retóricas, sino fundamentalmente temáticas— y son, además, un canto que trasciende la experiencia del yo y alcanza la “mutualidad” —el término es de Tess Gallagher, su colaboradora y amante esposa—. La poesía de Carver es inequívocamente estadounidense, carveriana hasta la médula, habla de una familia particular, de una hija borracha y maltratada por su hombre, de un hijo déspota, de un padre muerto, de una madre claustrofóbica, de una segunda esposa que es una tabla de salvación, de la vivencia del acabamiento manifestada en las formas del alcoholismo, de la necesidad de ruptura con los seres queridos —estremecedor es “El correo”—, de la escritura frustrada por el peso de la cotidianidad, de la bancarrota moral, física y económica y, al mismo tiempo, desvela que todo eso, lo malo y lo bueno, se comparte con el género humano. Así, el interlocutor de este poemario somos todos nosotros, lectores particulares y no tan particulares, pero sin duda lectores no exclusivos, ni difíciles ni raros, lectores que se reconocen en las vulgaridades y rarezas del autor, en sus sentimientos puros —la gratitud, el amor, la necesidad de compartir— y también en los mezquinos, como ese deseo irreprimible de que una madre sea borrada de la faz de la Tierra.
Esta bifurcación sentimental se refleja en poemas de agradecimiento hacia Tess Gallagher (“Protegiendo a la número uno”, “Felicidad”, “Donde el agua se une a otras aguas”) y en otros que expresan el resentimiento, ciertamente puritano, de un ex-bebedor (“Los viejos tiempos”) que recrimina a su hija ( “A mi hija”, “Mi hija y la tarta de manzana”), a su ex-mujer, a su hijo o a su madre (“Madre”, “Qué puedo hacer”) a través de una voz inmisericorde que rebosa intuiciones como la de que morir es ser olvidado por los otros: ése es el esfuerzo que él quizás pretende hacer para borrar a sus seres amados y odiados. En eso consiste la salvación del alma inmortal de Carver, porque, pese a lo que pudiera parecer en los versos de apertura, estamos ante una poesía laica, una poesía como exorcismo imposible de los fantasmas de la existencia tangible, de nosotros mismos como el fantasma de lo que una vez fuimos —un borracho, un cínico, un desgraciado—, escrita desde el paraíso, ya alcanzado, de una nueva existencia (“La propina”) en la que sólo la culpa, nunca explícita, por el deseo de aniquilación, de borrado en la escritura que queda en mero emborronamiento en el papel y en la vida, es una carga de la que el autor, impotente, quiere liberarse.
La mutualidad de la poesía de Carver en su relación con el lector se logra a través de la onda expansiva de esos círculos concéntricos que se van ensanchando hasta rozarnos la piel: el individuo, la primera familia, otras familia posterior y más próxima, los amigos, los escritores (Bukowski, Balzac, Antonio Machado, Seifert, Chejov, Joyce), una ciudad, una región, un país, la naturaleza y sus animales (el salmón, la trucha, el perro, un insecto) el mundo, otra vez todos nosotros... el poeta es capaz de lograr la universalidad por medio de estrategias lingüísticas de concreción: cuando Carver rompe un huevo, no rompe un huevo cualquiera, sino “el espléndido huevo de una gallina de raza Leghorn”. Y el lector, que no tiene ni idea de las peculiaridades de esa raza avícola, siente que esa minuciosa especificidad acerca la experiencia, por ejemplo, del derrumbamiento de un matrimonio a su propia cotidianidad, a ese reparar en los detalles más absurdos y particulares que preñan lo real de significado y que nos llevan a encontrar la trascendencia en las cosas comunes (“Zapatillas”.) La aparente ingenuidad del estilo carveriano —todos los estilos, los soeces y los barrocos, los limpios y los sonámbulos son amaneramientos, al fin, y lo único que al lector ha de importarle es su eficacia— se relativiza no sólo por lo intrincado de un proceso creativo en el que la corrección ocupaba un papel predominante, sino también por la cantidad de poemas que Carver dedica a la escritura; es muy bella la mise en abisme de “Tu perro se muere”: la satisfacción en la que se regodea el autor al comprobar lo bien que le está saliendo un poema a propósito del perro atropellado de su hija le provoca un sentimiento de culpa que puede ser fruto de otro poema, que a su vez puede desembocar en otro y en otro... un rosario alucinado del que sólo se dejan de pasar las cuentas al oír un grito proferido entre las cuatro paredes de la casa; “Domingo por la noche” es una poética que se resume en una invitación identificable también en los relatos carverianos: “Utiliza las cosas que te rodean”; los fanáticos de los cuentos de Carver van a encontrar una realidad complementaria en este libro; los lectores de poesía, una palabra que sobrecoge más allá de su relación con las narraciones breves. En Un sendero nuevo a la cascada se sucede una serie de poemas sobre el proceso creativo en el espacio de la cotidianidad: “Los bolsillos de su albornoz llenos de notas”, “Uno más”, “Carta”. Son sencillos, hermosos y reconocibles en el quehacer de los que se dedican a escribir.
La vitalidad y la generosidad irradian de poemas escritos desde la certeza de la muerte y, a la inversa, los escritos desde la intuición de la muerte o de la salud relativa resultan siniestros. La muerte sobrevuela Todos nosotros y a todos nosotros: en “Un sendero nuevo a la cascada”, tenemos la impresión de asistir a una escritura que es fruto de la mirada de un niño que, en realidad, es un hombre a punto de morir (“Los tirantes”, “Otro misterio”.) La muerte es una tierna profecía, un momento cariñoso y nada solitario, en “Mi muerte”, y algo feroz en su simplicidad coloquial en “Lo que dijo el médico”. Otras veces, la muerte es inasequible en todas sus acepciones: en “La cartera de mi padre”, hasta lo inasequible —el precio de la muerte y la conciencia respecto al hecho de que hay que morir— se pagan sin rechistar. Bien, así es la vida. Pero también la muerte aparece trenzada con una filosofía del amor que emana y se dirige a Tess Gallagher, porque el poeta se aferra a ella antes y después (“Cariño”, “Proposición”, “Ninguna necesidad”) de la noticia de su fin próximo. El amor verdadero, para Carver, radica en un instinto para su conservación, cifrado en conceptos como la prudencia, la bondad, la sinceridad o la lucidez... No sé si tal filosofía me convence, pero estoy segura de que, como todo el poemario, me perturba, y de que si yo fuera Tess Gallagher aún no habría podido dejar de llorar. Tampoco sé si después de leer estas páginas, cuyo atributo más sobresaliente es la autenticidad, su autor me resulta simpático, pero sinceramente, queridos, eso importa poco en el caso de los libros imprescindibles.

miércoles, septiembre 20, 2006

La nieta del señor Linh, Philippe Claudel

Trad. José Antonio Soriano. Salamandra, Barcelona, 2006. 128 pp. 10 €

Ángeles López

Lírica y atroz la sexta novela de este profesor y guionista, comprometido en la docencia a discapacitados y presos, llamado Philippe Claudel (Nancy, 1962). Leer La nieta del señor Linh produce una sensación parecida a la de secarse con toallas mojadas. Se trata de una conmovedora novela, tan dulce como hiriente, en la que el novelista cambia de registro para reflexionar sobre el exilio —geográfico e interior— y la amistad sincera entre dos hombres. En un país occidental (¿acaso Francia?), un anciano emigra con su nieta, Sang Diû, que es su único tesoro (¿un ángel de la guarda?). El señor Linh ha perdido su familia, sus raíces y su país (¿tal vez Vietnam?)... Pero en el banco de un parque conoce a un hombre viudo. Aunque ninguno habla el idioma del otro, los dos seres solitarios logran entenderse poco a poco a través de la delicadeza, la confianza y los pequeños gestos, hasta edificar una amistad auténtica, poderosa e inamovible. Adjetivos precisos, metáforas contundentes y un uso del idioma tan discreto como contundente, para ofrecernos un inesperado recorrido por el alma humana y los claroscuros de la conducta, postulando un existencialismo nuevo y hondamente poético.
Como hiciera su admirado Simenon, Claudel es capaz de retratar atmósferas con escasísimas pinceladas y verter una mirada, contenida y certera, de los claroscuros de la conducta, muy en la línea de los novelistas rusos —más afín a Gogol que a Dostoiewsky—. Sin teatralidad, ni excesos, ni verbo superfluo o adjetivo inútil, el autor de Almas grises (Quinteto, 2006), ha construido una novela contenida que es una suerte de poemario donde uno quisiera instalarse, a pesar de su aspereza. Si alguna vida es posible ser vivida a fuerza de instantáneas, sólo es deseable si es Claudel quien la retrata y gobierna tras de su pluma. Instalado de nuevo en la bruma, lo mercurial, lo plomizo y lo ceniciento —La vida es un collar de heridas que cada hombre se cuelga del cuello, cada día más amargo que el anterior, que ya lo era bastante, (innegable “marca de la casa”)— la maravillosa aportación de este libro reside en la narración de una amistad entre hombres, hecha por otro hombre que no teme expresar la dulzura que le brota... Así como la suerte —ancestral— de entenderse dos almas a pesar de las palabras. Lo poco que necesitamos para sentirnos felices: un buenos días, el sonido de una lengua incomprensible y una mano apoyada sobre un hombro. Es la forma en que el autor entiende el mundo y sus alrededores. Personajes estilizados y acontecimientos tratados como ritos, crean un ritmo que permite al lector acomodarse en la historia. Escrito desde la voluntad sintética de resumir emociones con los mínimos recursos estéticos, las escasa páginas resultan certeras puñaladas de verdad. Dicen que sólo merecen la pena los libros que te cambian la vida y ese, precisamente, es el poder balsámico de la literatura de Claudel, artesano de la lengua y sus ficciones.

martes, septiembre 19, 2006

La luz bajo el polvo, Ana Esteban

Ediciones del Viento, La Coruña, 2006. 168 pp. 15 €

Óscar Esquivias

Los últimos exámenes, la adolescencia, el verano, el mar, el descubrimiento del amor, la decepción... Con estos mimbres se han escrito multitud de relatos, pero pocos tan intensos y amargos como La luz bajo el polvo. La alegría parece totalmente ajena a la ciudad innominada en la que transcurren las vidas de Lucas y su madre, los protagonistas de la novela, el primero un adolescente cuyo tedio existencial sólo se alivia cuando comienza una relación con una muchacha de origen caribeño; la segunda, una mujer derrotada por la vida en todos los frentes: en el laboral, el sentimental e, incluso, el maternal, ya que la relación con su hijo está dominada por la incomunicación. Los retratos de ambos personajes (que yo he pintado con dos brochazos) son muy ricos y matizados y aquí está uno de los mayores méritos del libro: la sensación de verdad que transmite, su penetración psicológica, la riqueza de sentimientos.
Ana Esteban es una narradora hiperestésica que crea unas atmósferas inolvidables, a menudo asfixiantes (por ejemplo, el calor del verano que inunda las calles de la novela y que parece meterse en los pulmones de los personajes y también en los del lector). La novela está llena de olores, de sensaciones táctiles, de metáforas hermosísimas que flamean de repente en mitad de una narración aparentemente objetiva y distante, muy dura, que trata sobre algunos de los asuntos menos amables de nuestra sociedad: la degradación de la juventud, el racismo, la pobreza, la violencia doméstica, la alienación laboral... No es, sin embargo, una obra de denuncia social, o al menos, no sólo es eso: se trata de una novela profundamente poética, más cercana al símbolo que al testimonio, al estilo de como puedan serlo las de Dostoievski, pero de un nihilismo posmoderno. Para Ana Esteban no parece haber redención posible, se muestra implacable con sus personajes y el amor sólo se asoma en forma de aspiración inalcanzable; nos muestra un mundo en el que todos parecen condenados a la infelicidad. La ciudad de plomo en la que se ambienta la historia da la impresión de ser un lugar maldito donde no habita un solo hombre justo. Por otra parte, los personajes carecen de ideología y de religión, la política o Dios no existen y nadie pone en cuestión el orden de las cosas. Los personajes sobreviven como lo harían unos animales en la jungla, sin que tengan capacidad de decisión sobre ningún aspecto de su vida, sin esperanza de ninguna clase de justicia, aceptando los zarpazos de los depredadores como algo inevitable y natural.
Ana Esteban está en la tradición de la gran novela realista contemporánea y utiliza el sufrimiento de las vidas humildes para hacer un retrato de un lugar y una época (la España actual). Esto y, sobre todo, su estilo intenso y eficaz aseguran una lectura inolvidable. Merece la pena.

lunes, septiembre 18, 2006

Parpadeos, Eloy Tizón

Anagrama, Barcelona, 2006. 142 pp. 12 €

Andrés Neuman

Eloy Tizón (Madrid, 1964) es, más que un narrador, un tejedor. Su prosa avanza en delicadas ondas que parecen urdidas con una paciencia distinta, con una labor lenta y colorida que ha deparado un mundo sensorial infrecuente en la narrativa española. Autor de tres novelas y de otra excelente colección de cuentos, Tizón es dueño, o mejor dicho explorador, de una prosa inconfundible hasta en las comas. De un estilo completamente personal cuyo milagro es, sin embargo, el de su propia improvisación: imagino a Tizón poniéndose a escribir como quien se sienta al piano, cerrando los ojos y tanteando una posible melodía. Ángel García Galiano escribió a propósito del autor que la sintaxis es un movimiento del alma; y uno estaría tentado de acusarlo de rimbombante sino fuera porque, efectivamente, al leer a Tizón uno cree asistir no tanto al nacimiento de una historia como a la formación de un ritmo, de una respiración que será, antes que nada, el soporte del cuento. Y qué soporte, demonios, qué soporte.
En su poética incluida en El arquero inmóvil (volumen colectivo de ensayos sobre el relato breve recién editado por Páginas de Espuma), Tizón se refiere a la importancia capital de la voz como eje de su propia escritura. Los cuentos de Tizón no cuentan, cantan. No miran: parpadean. Todo es melodioso, efímero y aéreo en sus narraciones, en cuyo centro despierta un personaje hablador que absorbe la trama y seduce al lector con su ternura agridulce. Vista, voz y caricia son el trinomio, la sinestesia afortunada de toda su obra. Fijándose en la sucesión de los títulos, uno descubre una serie coherente de visiones, tactos y voces súbitas: Velocidad de los jardines, Seda salvaje, Labia, La voz cantante, y finalmente estos Parpadeos.
Estos nuevos parpadeos, que constan de 13 relatos de nivel desigual, aunque de factura primorosa en todos los casos. Para evaluar el nivel medio del conjunto, no se me ocurre mayor elogio que este: cualquier relato flojo de Tizón (y este libro quizá los tenga, como a mi gusto es el caso de “Estrellas, estrellas”, “Cimas blancas…” o “Retrato robot”, donde el ingenio parece desbancar a la sutileza) contiene sí o sí un puñado de intuiciones conmovedoras y pasajes de una altura raramente hallable entre sus contemporáneos. En cuanto a los mejores aciertos del libro, Parpadeos ofrece como mínimo cuatro piezas maestras: “Pájaro llanto”, sobrecogedor soliloquio poemático que abre el libro; “El inspector de equipajes”, cuyo exquisito desenlace le provoca a uno ganas de ir a abrazar a Iriarte, su atribulado protagonista; “Teoría del hueco”, que merecería figurar en cualquier antología tanto de miniaturas narrativas como de reflexiones sobre el cuento; o esa deliciosa evocación titulada “El mercurio de los termómetros”, desarmante elegía cómica sobre una tía de provincias, sobre todas las remotas y universales tías de provincias. Estas cuatro piezas, en especial las dos últimas, suenan escritas en tal estado de gracia literaria que a uno no le queda más remedio (como suspiraba Vallejo) que odiar a su autor con todo afecto.
La química emocional de Tizón, siempre en tenso equilibrio, da lugar a verdaderas perplejidades que lo convierten en un experimentador de primera sin necesidad de alardes obvios o ñoñerías tipográficas: sus páginas logran bondades malvadas, alegrías tristes, distancias íntimas, ironías piadosas, sátiras sin burla, epifanías cómicas. En Parpadeos se despliega un ovillo de vidas mínimas tocadas de un suave surrealismo, un inventario de magias modestas. En uno de los relatos de ciencia–ficción del libro, el narrador nos habla de un fantástico «simulador de presencias» que transporta al usuario a ciertos «islotes benignos». Simulador de presencias, también Eloy Tizón nos abre las compuertas de su nave sensorial y nos persuade para aterrizar en islas tan benignas como insospechadas. El día que averigüe cuál es el combustible del artefacto, prometo fugarme bien lejos y birlarle a Tizón sus cuentos y sus cantos. De momento, eso es lo que se ve desde la ventanilla. Y ahora pueden volver a parpadear.