viernes, septiembre 15, 2006

Solo con invitación: Luisa Castro


La segunda mujer
Premio Biblioteca Breve 2006. Seix Barral. Barcelona, 2006. 317 pp, 17 €.

Elena Medel

El crítico de arte Gaspar Ferré y la escritora Julia Varela mantienen una relación de opuestos: él, barcelonés, divorciado, con un hijo y cercano a los sesenta años, frente a ella, gallega en Madrid, que no supera los veinticinco. Su historia de amor protagoniza La segunda mujer: una historia agridulce entre dos personajes empeñados en ser no «un hombre mayor y una chica joven», sino «un hombre y una mujer».
Luisa Castro ha escrito una novela de planteamiento y desarrollo clásicos, organizada en cinco bloques de tono y escenarios definidos. El mejor es el tercero, “La ausencia”, en el que Julia estudia en Nueva York durante un curso, y en el que destacan las conversaciones de Julia con sus compañeros y vecinos, hilarantes, crueles, y el paralelismo entre la degradación de la actitud de Julia y el empeoramiento de sus viviendas: llega rebosando ambición, y termina entre ratas, en un apartamento, esperando a Gaspar. El narrador, en tercera persona y omnisciente, gana en subjetividad conforme la acción avanza, situando a Julia en el centro de la novela: ella enlaza los dos mundos, el rural gallego y el burgués catalán, las dos edades, es la extraña en el paraíso, quien lo abandona todo y huirá con las manos vacías.
Más allá del hilo principal noviazgo-matrimonio-separación, la novela ofrece otras líneas de lectura. Por ejemplo, el esperpento de algunas escenas: las conversaciones entre Gaspar y su madre, sus acciones y gestos de caricatura; las referencias del narrador hacia Julia como «la mejor escritora de su generación» en los momentos de peor ánimo; o la opinión de Frederic sobre la novela de Julia: «no le había gustado nada. Todo era demasiado real». Y homenajea a Henry James, Stendhal, Flaubert, Tolstoi, la radiografía realista del XIX, sin olvidar la mirada ácida y feroz de Castelao. La segunda mujer sigue, en cierto modo, el arquetipo de la novela naturalista, social, disecciona y muestra, adelgaza el lirismo de sus anteriores entregas narrativas. Y reflexiona, también, sobre la propia escritura, mediante la dificultad de Julia para escribir con Gaspar, y la libertad cuando, ya separada, en el cinematográfico final, la palabra escribir cierra —qué significativo— la novela.
Pero La segunda mujer es, sobre todo, una novela de personajes. Distintas voces, distintos ámbitos: aunque Julia se pregunte —por boca del narrador— si Gaspar y ella no pertenecen «a la misma especie», él se refiere a Galicia como «su país», «otro mundo». La novela retrata a una clase social que sólo acepta a quienes, por posición y origen, lo merecen: mezclarán su sangre, ocurre con la esposa de Frederic o con Julia, pero nunca serán como ellos. La caída del padre de Gaspar, el trabajo de Julia en el jardín, o la complicidad con la criada sobrepasan todo simbolismo: La segunda mujer es una novela sobre el miedo —y nuestra reacción— a lo extraño. En este sentido, superando incluso a Gaspar y Julia, el personaje más complejo y sugerente es Frederic, auténtico contrapunto de la joven escritora: el trabajo incansable de Julia para triunfar en la literatura —antes de mudarse a Barcelona con Gaspar— contrasta con la facilidad de su hijastro para aprobar una oposición, aburrirse, abandonar su cargo y triunfar como pintor.
Si el lector obvia prejuicios y olvida biografías, leerá con gusto una novela que provoca carcajadas y nudos en la garganta. Luisa Castro desarrolla una trama creíble con un estilo fluido, casi confesional, rápido, nuevo en su prosa. La segunda mujer ocupa tu tarde, atrapa hasta su desenlace, permite disfrutar, vez tras vez, de esta disección de la burguesía y su discreto —y discutido— encanto.

Luisa Castro: «Escribo de todo lo que los demás callan»

La segunda mujer es una novela de sentimientos extremos, al límite: desde el amor más pasional a la desesperación y el pesimismo. Sin embargo, casi como contrapunto, hay mucho humor en ella. ¿Fue premeditado? ¿Qué función ejerce?
—El humor siempre nace de la desesperación, y hasta del pesimismo, yo creo que una cosa va unida a la otra. Cuando escribía la novela desde luego no tenía en mente hacer una novela cómica o graciosa sino lo más real y cruda posible, lo más desnuda posible, y sobre la marcha surge el humor. Escribiéndola me reí, lloré, y esa es la gran función de la literatura, la liberación de emociones. El mundo de las emociones y las pasiones humanas es muy rico y complejo, las pasiones humanas nunca son puras, pues el ser humano no es puro, y si pretende serlo resulta ridículo; yo creo que de ahí procede el humor de La segunda mujer, de esas situaciones en las que todos nos reconocemos como seres fallidos, en esas actuaciones que creemos justas cuando en el fondo son equivocadas, o de esos pensamientos que todos tenemos y nos callamos, y que sólo cuando alguien se atreve a expresar nos dan la medida de nuestra comicidad y nuestra pequeñez. En el fondo La segunda mujer es la crónica de un personaje que se ríe de sí mismo desde la primera página, que es lo que me pasa a mí con mi vida desde que me levanto hasta que me acuesto. Y con eso es con lo que han conectado los lectores. Aunque no había ninguna premeditación, creo que yo soy así, hay cierta tendencia de mirar el mundo y mirarme a mí misma sin piedad, y a mis personajes les pasa lo mismo.

—Leyendo La segunda mujer es inevitable recordar uno de los artículos de Diario de los años apresurados, en el que hablabas de las diferencias entre tus referentes literarios y los de tu generación. La segunda mujer, en algunos momentos, recuerda a los novelones del XIX. ¿Es Julia Varela, en cierto modo, una heroína al estilo decimonónico?
—A toro pasado, cuando ya la novela estaba publicada, he reflexionado sobre eso, y sí, La segunda mujer le debe mucho a ciertas lecturas. Por ejemplo, el personaje de Mss Archer, de Retrato de una dama, de Henry James, puede muy bien conectar con Julia Varela. Mss Archer también es una joven que viene de una cultura moderna y desprejuiciada, la cultura americana, y que tiene que enfrentarse con los modelos aristocráticos más rancios de Europa, y acaba enamorándose del hombre más en sus antípodas, del más diferente a ella y del que más quebraderos de cabeza le puede dar. Pero ella se siente inspirada por este reto de las diferencias y las dificultades, en el fondo Mss Archer como Julia Varela tiene una curiosidad y una necesidad de conocimiento patológica, y es eso lo que la enamora. Por otra parte, también pienso que Julia Varela podría ser el contrapunto de una Madame Bovary o una Ana Karenina, en el sentido siguiente: Julia no cree en el amor romántico, es una joven racional, defiende una relación afectiva fundada en la convivencia y la igualdad, pero se ve arrastrada a la pasión. Esa pasión en la que no cree acaba desbordándola, y finalmente se ve incapaz de deshacer el entuerto usando la razón. Queda, por tanto, atrapada en un sentimiento que ella en principio desprecia. Y por otra parte, es un contrapunto de estas dos heroínas decimonónicas, porque al contrario que ellas, Julia es incapaz de engañar a su marido y serle infiel. Cuando se le presenta esa ocasión es cuando se da cuenta de que antes debe separarse de él. Es lo contrario a lo que hacen Madame Bovary y Karenina, pero es que yo tengo la teoría que estas mujeres son hombres, en realidad, su amor apasionado e infiel es un reflejo de un modo de ser masculino, el de Flaubert y Tolstoi.

—Algunas de tus obras —pienso, sobre todo, en Viajes con mi padre— parecen surgir de tu propia biografía, desarrollándose en el campo de la absoluta ficción, alejándose de tu realidad. ¿Cuál es tu método de trabajo?
—Yo no tengo método. Acabo escribiendo de aquello que no me queda más remedio que escribir, de todo lo que intentas huir. No busco los temas, más bien huyo de ellos, hasta que no me queda más remedio que enfrentarlos, entonces llega el momento de darle curso a muchos sentimientos y situaciones que piden ser expresadas. Lógicamente, no se corresponden con mi vida, pero se originan en la experiencia, en los grandes conflictos de la vida. En realidad escribo de todo lo que los demás callan, todo lo que se considera vergonzoso.

—En el último año has publicado, además de esta novela, el libro de relatos Podría hacerte daño y el poemario Amor mi señor. ¿Forman, en cierto modo, un ciclo?
—Podría ser que sí. Desde luego Amor mi señor y La segunda mujer están muy conectados, ambos libros nacen de la experiencia dolorosa de una renuncia y una separación. De la necesidad de entender eso. En Podría hacerte daño, aparece un cuento que es de algún modo el precedente de La segunda mujer, pero es un cuento escrito hace al menos doce o trece años, o sea que los ciclos nunca sabes cuando empiezan y cuando acaban. Desde luego, si esto es un ciclo, Viajes con mi padre también formaría una parte muy importante de él, y sería algo así como los antecedentes de esa joven que aparece como protagonista en La segunda mujer, aunque no tengan el mismo nombre. Viajes... está escrito en flash back, o sea que cronológicamente lo que pasa en La segunda mujer es anterior al estado de la narradora en Viajes..., aunque éste haya sido publicado antes.

—¿En qué proyectos trabajas actualmente?
—No tengo nada entre manos. Tengo varias cosas en la cabeza, pero hace exactamente seis meses que sólo viajo y viajo, y espero el momento de volverme a sentar y disfrutar de un poco de paz y sosiego para escribir.

jueves, septiembre 14, 2006

Kim, Rudyard Kipling

Mondadori, Barcelona, 2006, 445 pp. 20 €

Francesc Miralles

Con motivo de esta bella edición de uno de los grandes clásicos de la novela de viajes, merece la pena revisar la piedra angular de este narrador de la Inglaterra colonial, que nació en Bombay en 1865 y alumbró, entre muchos títulos, El libro de la selva. También es autor del poema If (Si puedes mantener intacta tu firmeza / cuando todos vacilan a tu alrededor...) que tanto gusta a ciertos políticos y de frases lapidarias como «Llena cada minuto irrepetible con sesenta segundos que merezcan la pena».
Además de ser la obra más ambiciosa de Rudyard Kipling, Kim ha sido considerada ―tal vez junto con Un pasaje a la India de E.M. Forster― la novela más completa sobre la compleja sociedad hindú bajo el yugo colonial británico.
El protagonista de esta exótica peripecia es Kimball O’Hara ―Kim―, el hijo huérfano de un soldado irlandés. Este conocerá a un lama tibetano, a quien decide acompañar en la búsqueda de un río sagrado. Sin embargo, el viaje esconde una misión secreta, que será la antesala de la futura carrera de Kim en los servicios secretos.
Esta novela iniciática y de aventuras fue publicada en 1901 y desde entonces ha sido un punto de referencia para la literatura de inspiración orientalista, como el Siddhartha con el que Hermann Hesse acabó de cimentar en 1922 la idealización de la India. Quien haya visitado el subcontinente indio ―como el servidor que escribe estas líneas― habrá comprobado por sí mismo que este escenario trufado de sabios maestros, rituales sagrados, desapego e iluminación es más una creación de Occidente, la India en la que nos gusta creer, que la realidad de un país que en la época de Kipling ya tenía 250 millones de habitantes y había sido repetidamente saqueado por las potencias extranjeras.
Sin duda, Rudyard Kipling era el autor de cabecera de la arrogancia colonialista, y por eso fue definido por George Orwell como «el profeta del imperialismo británico en su fase expansionista». Y fue profeta en su continente, ya que en 1907 recibiría ―en gran parte gracias a Kim― el Premio Nobel de Literatura por su «poder de observación, originalidad de imaginación, virilidad de ideas y remarcable talento para la narración».
Y es innegable que Kipling tiene unas dotes excepcionales para hilvanar las historias que fue recogiendo desde su infancia, de la cual esta novela es en cierto modo una evocación sentimental. La búsqueda del río mítico —encarnación del grial, de la sabiduría o de la liberación— rige la segunda parte de la novela, en la que el autor británico despliega sus vivas y diáfanas descripciones:

Día tras día fueron adentrándose cada vez más en la tortuosa ordillera, y día tras día, Kim observaba como el lama recuperaba fuerzas […] Al pasar por debajo de la gran vía de acceso hacia Mussuri se recompuso, como un anciano cazador que se encuentra con una loma conocida, y en un momento en que debería de haberse desplomado por el agotamiento, se ciñó sus largos ropajes, inspiró una profunda bocanada de aire diamantino, y echó a andar como solo sabe hacerlo un montañés.

Este no es, en cualquier caso, un libro para lectores impacientes. Pese a la abundancia de diálogos y de situaciones variopintas, la historia de Kim se desarrolla lenta y morosa como los viajes en la India de 1900. La atención que presta Kipling a los matices exóticos y a los personajes que entran y salen aletargando la línea argumental es heredera directa de la novela victoriana, cuando los aristócratas tenían todo el tiempo del mundo para leer y gozaban penetrando en ambientes «pintorescos» en los que jamás hubieran puesto el pie.
Kim es entretenimiento escapista con un plus edificante, ya que Kipling había desgranado previamente lo bueno y mejor de la espiritualidad hindú para ensanchar el horizonte del burgués que toma el té ―tal vez cosechado en Assam o Darjeeling bajo condiciones infrahumanas― en un confortable salón.
Tal vez esta obra quede un poco lejos de la actual épica viajera y literaria, pero sigue siendo un testimonio único de los orígenes de nuestra visión de Oriente como parque temático donde solazar el gastado espíritu occidental.

miércoles, septiembre 13, 2006

Caravanas, Mark Kneece y Julie Collins Rousseau

Norma Cómics. Barcelona. 2006. 166 pp. 12 €

Guillermo Ruiz Villagordo

Digamos que me gusta fijarme en pequeños detalles y armar mi parodia de discurso sobre ellos. Aparte de la portada, que presenta a Josh, el joven protagonista del cómic, con una mirada desafiante y una pala que le va a acompañar en buena parte de la historia, una de las viñetas más reveladoras de lo que vamos a encontrar es aquélla en la que la directora de su instituto le impone una insultante chapa sonriente que reza Be a winner!. Sé un ganador. Eso es todo lo que puede ofrecer a un alumno del que no sabe nada ni le importa no saberlo y con el que cumple una función casi administrativa: un lema gastado y vacío imposible de aplicar en ciertas circunstancias. Por ejemplo, si tu casa, una miserable caravana, es una pocilga en la que tienes que cuidar constantemente de tus tres hermanos pequeños porque tu madre es una borracha y drogadicta que se acuesta con cualquiera que le dé lujos inútiles como televisión por cable cuando ni siquiera hay algo decente que comer. Qué decir si encima ésta mata a un hombre y una vez más la responsabilidad recae sobre tus hombros y te ves obligado a hacer que el cadáver no sea descubierto, lo que no resulta nada fácil rodeado por un amigo medio colgado, un traficante con ínfulas de místico y un perro al que le encanta escarbar donde no debe. Y para colmo una chica muestra interés por ti precisamente en estos momentos en que tratas de averiguar si lo que estás haciendo es enfrentar la realidad u ocultarla.
Mezcla de una dureza estremecedora con un humor tan ácido que bordea sus propios límites, grotesco de principio a fin en sus planteamientos y en su resolución, esta microvisión de las capas bajas de la sociedad estadounidense no deja títere con cabeza. El que se encuadre en una colección titulada “Cómic noir” revela cuál es el destino del género negro (sea cómic, novela o película) en la actualidad: el crimen sin detective ni investigación, la violencia desatada sin objeto, los personajes sin personalidad más allá de cierta voluntad extraña que los arrastra a un destino oscuro y previsible.
Pero no me conformo con mis propias palabras, así que las enfrento a las de alguien más — llamémosle Sergio, llamémosle amor que se atreve a decir su nombre— que leyó este cómic antes que yo:
«Trazos violentos, miradas cargadas de ira, sombras incluso en los huecos vacíos del papel. Mugre al final de cada página. Soledad, falta de fe, pasajeros rígidos en la estación sin esperar el tren, sin esperar el cambio. Agilidad en un cómic rápido de leer, lento de digerir, aislado en acontecimientos. El lenguaje pasa una vez más a mero complemento, lo visual envía al que lee un sentido completo que recuerda a esa vertiente americana "anti-americana" presente en el cine comercial que se disfraza de independiente, en el que "La tierra de las oportunidades" se convierte en un gran vertedero de vicios escondidos, de habitaciones pequeñas con niñas prostitutas, de padres psicópatas, de vivos muertos con camisetas llenas de grasa, de palabras sin decir, de iras y de armas antes que de motivos. Personajes atormentados. Hijos de una América desencantada, residentes en casas de hojalata, carentes de un entorno amable, que aún así persiguen el sueño prometido sentados en el asiento de atrás y contemplan las estrellas donde la pólvora y los rastros de maquillaje en el cuello de la camisa se mezclan con perfumes que esconden la sangre que no duele... la sangre congelada.»
Dos impresiones distintas pero complementarias. Es lo que tiene la lectura. Ahora le toca a otro dar su opinión.

martes, septiembre 12, 2006

Curso de librería, Fernando San Basilio

Caballo de Troya. Barcelona, 2006. 256 pp. 11,90 €

Román Piña

Me comprometí a recomendar un libro gratis cada dos meses en La Tormenta en un vaso y toca cumplir. Gratis no porque el libro lo regalen, no. Lo que es gratis es este texto. Eso me exime de escribir una reseña por lo profesional. Quien agita la tormenta me dice que aquí se puede ser heterodoxo, y no puedo estrenarme con mejor muestra. Si entendemos por heterodoxia el caos total.
La primera novela de Fernando San Basilio, Curso de Librería, salió hace no muchos meses. Pero yo la leí hace por los menos tres, y escribir sobre ella tanto tiempo después sin releerla no es muy serio.
Veamos. Esta es la historia de un curso, pagado por el INEM, en la academia Diderot de Madrid. Un curso que no existe, como supongo que no existe la academia. O quizá sí. Pero en todo caso un curso inverosímil y, sobre todo, muy nuevo. Dos grupos de adultos, procedentes de distintos oficios u ocupaciones, estrenan el primer Curso de librería de la historia de España. No es fácil rechazar la impresión de que Fernando San Basilio en persona haya estado matriculado en este curso inverosímil, y tan real. ¿No son inverosímiles los contenidos de tantas asignaturas de la enseñanza tradicional reglada? Una titulación que acreditase capacidad y conocimientos para vender libros no es nada descabellado. Apenas tiene unos años la pequeña carrera de “monitor de guardería”. Muchos venimos pidiendo ya cursos de doctorado en paternidad o relaciones conyugales. Criticamos en tertulias de café el intrusismo en odontología o periodismo. No vamos a escandalizarnos porque se haya creado un módulo profesional de vendedor de libros. Todo lo contrario. Los escritores lo esperábamos hace tiempo, por la cuenta que nos trae. Por eso San Basilio ha dado en el clavo.
Un narrador en primera persona, cuyo nombre no llegaremos a saber, nos cuenta esta experiencia piloto. Demuestra San Basilio tener un buen dominio del tema. Ha pisado muchas librerías. Habrá incluso vendido libros, robado libros, ligado entre libros. Habrá discutido con libreros. Se ha enfrentado al gran monstruo de la comercialización de los libros en su primera novela, como en un exorcismo para buscarse la vida como escritor.
Es un escritor maravilloso. A mí la primera página del libro ya me avisó de que la novela iba a ser una delicia. Tiene una prosa hipnótica, humilde, musical, rítmica y cómica, sí, salpicada de travesuras con cuentagotas, para no saturar. El narrador nos conquista porque se nos confiesa. No se toma muy en serio a sí mismo. Es un periodista defenestrado, por tramposo. Ahora acepta humilde un destino de aprendiz en las aulas, en el curso de librería, con otros náufragos como Paz, Esteban, Gerardo… Lo que San Basilio hace es montar una fábula muy amena para dar un lúcido y crítico repaso al mundo del libro. Al universo, si se quiere, reducido a la dimensión de una librería. Los personajes están vivos, los vemos. Recuerdo a Alfonsina, la profesora estrella, y su historia de nostalgia de tiempos mejores, cuando se codeaba con los grandes escritores como relaciones públicas de la Casa del Libro. Recuerdo los vermuts de los alumnos y sus charlas sobre literatura. Recuerdo la ironía amable que rezuma el libro. Los diálogos con chispa.
Quienes escribimos, leemos y tenemos algo que ver con las librerías, creo que disfrutaremos leyendo este libro, tan lleno de sentido común, de aciertos, de poesía camuflada o raptada. Un retrato genial de un mundo muy nuestro.

lunes, septiembre 11, 2006

Narrativa completa. Vol. 1, H. P. Lovecraft

Valdemar, Madrid, 2006. 832 pp. 33 €

Ángela Vallvey

Howard Phillips Lovecraft (Providence, Nueva Inglaterra, EEUU;1890-1937) es uno de esos autores clásicos del siglo XX, maestro de oscuridades y pesadillas, que escribió con mayúsculas el género del terror y la fantasía. Nunca salió de su ciudad natal, y según contaba Borges, era «muy sensible y de salud delicada, fue educado por su madre viuda y sus tías. Gustaba, como Hawthorne, de la soledad, y aunque trabajaba todo el día, lo hacía con las persianas bajas». Podemos imaginarnos a aquel niño solitario, de imaginación desbocada, resguardado entre faldas, inseguro de su aspecto físico, escondiendo la cara entre libracos antiguos que lo rescataban de las garras del mundo real para sumergirlo en historias en las que él, y nadie más, manejaba los hilos del mal y, por lo tanto, estaba a salvo de ellos. “El soñador de Providence” siempre pisó con más firmeza la tierra inconsútil de los sueños que la de la vida.
El nacimiento del autor coincide con el de varios movimientos que transformarán la literatura y las artes: una lucha contra el Naturalismo imperante, un sincero esfuerzo encaminado hacia ciertas formas de idealismo, a la vez que surgía una suerte de esteticismo desengañado y jactanciosamente exhibicionista. De repente, se puso de moda ser “decadente” y neurótico, toques muy “fin de siglo” que el buen gusto de algunos estetas les impulsaba a lucir como un traje del gusto mundano del momento. El simbolismo estaba en boga, primero en Francia y después en otros países. En Rusia, la “generación de 1885”, enemiga del utilitarismo y las preocupaciones sociales, cuenta con miembros que buscan lo bello en el arte puro. Hacia 1900, el simbolismo francés parece agonizar, o transfigurarse en distintas escuelas. El Neorromanticismo surge en Holanda en 1895, y hacia 1900 en Alemania, invadiendo como una epidemia, poco a poco, los países del Norte. Podría dar la impresión de que la inteligencia y la razón han caído en desgracia y que su descrédito contrasta, no sólo con el favor de que goza el sentimiento, sino con la sólida reputación del instinto y la “sensación”. La literatura, por tanto, se vuelve subjetiva, casi indiscreta. El intelectualismo y el historicismo están muy pasados, las ideas de Nietzsche facultan la inversión de los viejos valores morales; las esquemáticas simplificaciones de la filosofía de Bergson incitan a contemplar la inteligencia como un mero instrumento para la acción, y a revolucionar el concepto de “tiempo”. La física de Einstein ha renovado la idea del universo. El psicoanálisis de Freud otorga al inconsciente, y al instinto sexual, un papel fundamental en la volición humana, esto es: en su destino. Junto a la voz del espíritu, ahora se empieza a escuchar el rugido del instinto. La vida sexual de las personas empieza a ser descrita en algunos países con una crudeza inédita, y las “anomalías” y “perversiones” comienzan a ser descritas con verdadera fascinación, cuando no con abiertas simpatía y estima.
Sin embargo, también el pragmatismo de William James y del propio Bergson, la filosofía católica y neotomista de algunos contemporáneos, y un sutil pero imparable renacimiento religioso, propicia la vuelta a la religión de algunos escritores incrédulos, y en las naciones protestantes varios autores célebres se convierten al catolicismo. Los problemas morales ocupan, así, el espacio de la literatura y cierto pesimismo sombrío comienza a empapar el retrato que ésta hace de la sociedad y las costumbres.
En los Estados Unidos, la corriente realista coincidió con los inicios de la literatura en el centro y el oeste de la Unión, una vez finalizada la Guerra de Secesión. La novela se instaló en un territorio virgen y, en el este, libre de convenciones morales y religiosas, hundió sus raíces hasta crecer como una planta sana y briosa, reflejo de una sociedad nueva, en contraste con la decadencia europea.
Este es el panorama en el que podemos inscribir a Lovecraft, el personaje, junto con su obra: un producto atípicamente americano, aunque sea asimismo profundamente americano. Discípulo de Poe, es un poeta del temblor que captó como nadie el horror “cósmico” que produce estar vivos.
A propósito de su narrativa dijo el autor que «la causa por la que escribo relatos fantásticos es porque me producen una satisfacción personal y me acercan a la sensación vaga, escurridiza y fragmentaria de lo maravilloso, de lo bello y de las visiones que me llenan con ciertas perspectivas (…) Elijo los cuentos sobrenaturales (weird stories) porque coinciden con mis inclinaciones personales: uno de mis anhelos más fuertes es el de lograr la suspensión o violación momentánea de las irritantes limitaciones del tiempo, del espacio y de las leyes naturales que nos aprisionan y frustran nuestra curiosidad de indagar en las infinitas regiones del cosmos, lejos de nuestro análisis y más allá de nuestra visión. Estos cuentos enfatizan el elemento del horror, porque el miedo es nuestra emoción más fuerte y profunda, y aquella que mejor se presta a desafiar los cánones de las leyes naturales. El horror, lo desconocido y lo extraño, están siempre estrechamente conectados y tan íntimamente unidos que es difícil crear una imagen convincente de la destrucción de las leyes naturales, de la alienación cósmica y de lo llegado del exterior sin basarla en el sentimiento de miedo y terror. La razón por la cual el factor tiempo tiene un papel tan importante en muchos de mis relatos se debe a que este elemento se destaca en mi mente como la cosa más profunda, dramática, espantosa y terrible del Universo. Siento que el conflicto con el tiempo es el tema más poderoso y prolífico de toda expresión humana». (Notes On Writing Weird Fiction; texto publicado póstumamente en 1937; traducción de Pablo Morlans; puede encontrarse en un “dossier Lovecraft” bastante completo e interesante publicado por Malacandra, revista on-line de literatura fantástica).
Sólo cabe saludar con entusiasmo el proyecto de la editorial Valdemar de publicar la Narrativa Completa de H. P. Lovecraft, cuyo primer volumen —en una edición del exquisito Juan Antonio Molina Foix, con esmeradísimas traducciones de él mismo y de Francisco Torres Oliver y José María Nebreda— festejamos aquí como no podía ser de otro modo.
Salud y buena lectura, amigos.