viernes, agosto 25, 2006

La guerra de la Cochinchina. Cuando los españoles conquistaron Vietnam, Luis Alejandre Síntes.

Edhasa. Barcelona, 2006. 510 págs. 28,50 €

Alberto Luque Cortina

La relación de España con Asia ha oscilado históricamente entre el desatino y la desmesura. En el corto trecho que separa ambos términos se abre paradójicamente un océano de incomprensiones que muestran nuestro absoluto desconocimiento del fenómeno asiático. En su libro La empresa de China, Manel Ollé narra cómo, tras la conquista española de Filipinas en 1565, se gestaron algunos planes esperpénticos para la conquista de China, como el de Hernando Riquel, quien, en 1574 —estimulado quizá por la «fiebre de Cortés» y convencido de que cualquier empresa era posible si se improvisaba con la suficiente antelación— afirmó en una carta a Felipe II que China podría ser vencida con «menos de sesenta buenos soldados españoles».
Por lo que respecta a la Cochinchina, la parte más meridional de Vietnam, la presencia española se limitó durante siglos a la controvertida labor misional de franciscanos, jesuitas y, muy especialmente, dominicos, y a alguna estrambótica aventura, como la del pirata y clérigo Pedro Ordóñez, descrita por Gerardo González de Vera en su libro Mar Brava. En este contexto plantea Luis Alejandre Síntes el episodio de la guerra de la Cochinchina (1858-1862), pasaje poco conocido de nuestra historia pero muy revelador, por cuanto muestra la errática política exterior de nuestro país desde Felipe IV.
Como es sabido, el asesinato en 1857 de varios misioneros españoles propició una incursión de castigo por parte de un contingente franco-español. Esta acción militar se prolongó durante cuatro años hasta que, el 23 de marzo de 1862, se firmó un tratado de paz por el que Francia se apropiaba de tres importantes provincias vietnamitas —Saigón era una de ellas—, germen de la futura Indochina francesa que se extendería por Vietnam, Camboya, Laos y Myanmar (Birmania). España, a cambio, obtuvo la discutible gloria de defender la expansión de la Fe católica.
Hasta aquí la historia “oficial”. Es en este punto donde Luis Alejandre Síntes, gracias a un excelente trabajo de documentación, reconstruye con precisión los sucesos de aquella guerra absurda que nada supuso para España, excepto el coste humano de los españoles que allí combatieron sin saber muy bien por qué. Dada la formación militar del autor —muy presente a lo largo de la obra y que condiciona algunos de sus comentarios— este libro se plantea como un homenaje a aquellos hombres, y especialmente al coronel Carlos Palanca, jefe de las fuerzas expedicionarias españolas, con quien el autor siente una clara identificación.
Esta invasión colonialista, desencadenada en beneficio exclusivo de los intereses franceses, se convirtió para el contingente español en una trampa donde la disentería, el calor y el cólera eran enemigos tan mortíferos como los vietnamitas. A estos adversarios habría que sumar otro, no menos importante: la ambigüedad de la política exterior española, acentuada por la dificultad de las comunicaciones —las noticias llegaban a la metrópoli dos meses después de que se produjeran— y una concepción trasnochada del mundo, materializada en algunas de las órdenes dadas al contingente español, como la de «no trabajar en días festivos y desplegar gran aparato para el Santo Oficio de la Misa».
Si bien podría esperarse mayor tensión narrativa al estilo de los nuevos historiadores ingleses —encabezados por Antony Beevor—, lo cierto es que La guerra de la Cochinchina constituye, por la documentación aportada y el análisis geopolítico desarrollado, una aportación fundamental para esclarecer uno de los episodios menos conocidos de nuestra historia.

jueves, agosto 24, 2006

Poética musical, Igor Stravinski

Trad. Eduardo Grau. El Acantilado, Barcelona, 2006. 125 pp. 13 €

Ferran Esteve

Uno de los debates más estériles en los que podemos aventurarnos a altas horas de la madrugada es el de la modernidad. ¿Qué es moderno? ¿Qué no lo es? ¿Por qué estigmatizamos en ocasiones lo que suena antiguo y perdemos el oremus —la dignidad, como diría Makinavaja— ante lo que parece (y en ocasiones lo es) el último grito en cualquier forma de arte, y viceversa?
Ese es, en el fondo, el tema de las seis conferencias que componen esta Poética musical de Stravinski, un libro que se añade a las Crónicas de mi vida (Alba), publicadas meses atrás, a la hora de situar en el lugar que le corresponde a uno de los compositores más sensacionales del siglo XX. Dictadas en septiembre de 1939 en la Universidad de Harvard, las seis sesiones abordan temas tan aparentemente dispares como el fenómeno musical, la transformación en la música rusa, la interpretación o la composición, siempre con una misma idea subyacente en todo momento y expresada de las más diversas maneras: «El arte es constructivo por esencia. La revolución implica una ruptura de equilibrio» (p. 22). Arte y caos, tradición y revolución, armonía y cacofonía, Glinka y Scriabin... Hay una pugna constante en las charlas de Stravinski entre Apolo y Dionisos, entre la música que conoce las reglas y se sirve de ellas para explorar nuevas vías de expresión y la vacuidad del ejecutante, que toma el lugar del compositor a la hora de reinventar con ingredientes de su propia cosecha una obra, plagándola de matices efectistas que no hacen sino perjudicar el espíritu de la obra, entre la razón musical y la sinrazón del arte al servicio de una causa.
Stravinski presenta estas lecciones como una serie de confesiones musicales, no exentas de un rigor incontestable. De ahí que el autor se deje llevar, en algún momento, por algo que ya se advertía en sus apuntes memorialísticos antes mencionados: un cierto afán revanchista que convierte algunos de estos fragmentos, de una lucidez extraordinaria a la hora de juzgar los vicios de los intérpretes del repertorio romántico, por ejemplo, o a esa nueva clase de ejecutante en que, a su entender, se han convertido los directores de orquesta, en una pataleta contra un mundo que, siguiendo la senda apuntada por el compositor, ha perdido la curiosidad por entrenar su oído musical, por un oyente que ha cambiado el paseo hasta el auditorio por la música a través de la radio (curiosamente, 25 años más tarde, Glenn Gould daría carpetazo a su carrera pública alabando las virtudes de la tecnología y denostando el escenario, el lugar menos adecuado a su entender para hacer música).
Y sorprende. Sí, por supuesto que sorprende oír todo esto de boca de alguien que debió de ser el blanco de críticas por el estilo al estrenar, por ejemplo, La consagración de la primavera. Pero no engaña a nadie en el fondo el compositor ruso, pues si algo podemos decir de él es que se mantiene fiel a una manera de concebir el hecho musical: una introspección, un camino sincero y en ocasiones adusto, una defensa de la tradición como única manera de lograr el progreso verdadero del arte, cualquiera que sea su forma.

miércoles, agosto 23, 2006

El perfeccionista en la cocina, Julian Barnes

Anagrama, Barcelona, 2006. 136 pp. 15 €

Esther García Llovet

De la misma manera que cuando llevamos tiempo sin practicar el sexo creemos que los demás lo hacen a todas horas, así los que no pisamos nunca la cocina sospechamos que los que sí entran viven experiencias envidiables, de puro arrojo acrobático y por completo fuera de nuestro alcance. Al menos las que lleva a cabo El Perfeccionista en la cocina a mí me lo parecen. El Perfeccionista en la cocina. The Pedant in the Kitchen en el original, no es otro que Julian Barnes cuando abandona su despacho de Tufnell Park y se dispone a cocinar un guiso de liebre al chocolate para su invitado. Barnes entra en la cocina acompañado del Good Things, de Jane Grigson, uno de esos libros de cocina (cien) que Barnes guarda en lugares como el hueco de la lavadora, el cuarto de baño (seis) y otros rincones afines de la casa. Cuando no encuentra sitio los regala. A Oxfam.
Barnes ha escrito El Perfeccionista en la cocina para hablar de eso, de libros de cocina. El River Café Blue, el River Café Yellow y el River Café Green, por nombrar algunos. Y de recetas con ingredientes como el colinabo, la chirivía, la aguaturma, la remolacha forrajera y todas esas sabrosas delicias de la cocina británica. Coles y perifollo. Patatas cocidas con peras. Pura disciplina inglesa.
Como chef Barnes es el pedante que confiesa ser (me pregunto qué es un esparavel y dónde se mete) pero admite sus reservas frente a platos demasiado elaborados, aconsejando que, al igual que en un encuentro íntimo, uno tenga el derecho de poder decir: «No, esto no lo hago».
Y como buen cocinero nos confía pocas recetas (una de salmón relleno de pasas de Corinto y jengibre rallado que promete derretirse en la boca como el Chocolate Némesis) y un buen puñado de esas anécdotas algo desconcertantes que ocurren cuando se sientan más de dos personas alrededor de un plato de anacardos:
«Comí canguro en una comida literaria con Kazuo Ishiguro, que lo pidió con estas palabras: "Siempre me gusta comer el emblema nacional". ("¿Qué come en Inglaterra?", me gruñó un poeta que estaba cerca:"¿León?")».
O ése encuentro en una cena entre la marquesa de turno y Descartes, a su diestra. Descartes parece que estaba comiendo más de lo que a la marquesa le parecía lo indicado en un pensador de vida monástica y así se lo indicó. Descartes detuvo el tenedor en el aire. Lo dejó junto al plato. «¿Cree usted que Dios hizo las cosas buenas sólo para los idiotas?», le contestó a la marquesa. Luego siguió a lo suyo.
Pero volvamos con Barnes y la liebre y el libro de Jane. Barnes está en la cocina guisando una liebre en salsa de chocolate para un almirante jubilado («un setentón furibundo y apuesto que poseía un determinado historial amoroso»), que se encuentra sentado en el comedor junto a su mujer. La de Barnes. Solos. A lo largo de los aperitivos Barnes ha sido testigo de cómo el marinero le tira algún que otro trasto a su mujer. La de Barnes. Barnes está ahora frente a los fogones, a punto de derretir el chocolate en vinagre de vino convenientemente rebajado cuando oye la voz del almirante, («sonora y precisa, como quien está acostumbrado a dar órdenes») rugir al otro lado de la puerta:
—¿Qué hace uno cuando se enamora?
«Y desde aquella noche no he vuelto a verme tentado de guisar liebre con salsa de chocolate. Aunque de vez en cuando me pregunto a qué sabría un almirante asado».

Café: Para los que quieran seguir disfrutando con Julian Barnes, la casa recomienda El loro de Flaubert (Anagrama, 1986), Una Historia del Mundo en Diez capítulos y medio (Anagrama, 1997) o La Mesa Limón (Anagrama 2005).

Copa y puro: Para los que quieran seguir sentados a la mesa: Sírvase de inmediato, de MFK Fisher (la mejor prosista de América, según Auden), un librito algo decadente, un punto melancólico y muy divertido, en Anaya & Mario Muchnik (1991), o Confesiones de un Chef (Suma de Letras, 2002), por Anthony Bourdain, el cocinero que igual se mete un camarón vivo en la boca que cualquier cosa que pille por la nariz.
Buen Provecho.

martes, agosto 22, 2006

Meteoros (poesía 1962-2006), Antonio Pereira

Calambur, Madrid, 2006. 364 pp. 20 €

José Gutiérrez Román

Al igual que en ese anuncio de bombones donde unos remilgados aristócratas alaban el buen gusto de las recepciones del embajador, que les obsequia con unas delicias de chocolate, el comentario que se me viene a la boca después de saborear esta edición de la poesía reunida de Antonio Pereira es que, con su obra poética, Pereira «nos ha vuelto a conquistar» (en realidad, los actores del anuncio dicen: «están cojonudos», los bombones, claro; pero ya se sabe que con el doblaje se queda la mitad por el camino, y más si tienes la boca llena, como es el caso).
No es su figura de poeta la más conocida y reconocida de este autor leonés, que ha obtenido como cuentista su mayor prestigio. Por ello, y siguiendo con el tema gastronómico, uno puede adentrarse en la poesía de Pereira de tres modos diferentes: como si fuera un postre de exquisitas y pequeñas porciones con el que culmina el banquete de sus relatos; como un aperitivo para abrir boca antes de probar su narrativa; o simplemente como un delicioso plato único. Será un placer de cualquiera de las maneras. Los amantes de su cuentística comprobarán que sus poemas no la desmerecen en nada, y que incluso a veces unos y otros llegan a confundirse, como en el caso de algunos microrrelatos. De hecho, Pereira afirma que todo cuanto escribe es poesía o, al menos, tiene vocación de serlo.
Esta edición revisada de la poesía de Antonio Pereira, además de aunar todos sus libros de poemas (con lo que supone poder disponer de títulos ahora imposibles de encontrar), incluye su última obra, Viva voz (2006), y un epílogo, El poeta hace memoria, donde repasa, con una buena dosis de humor, las diferentes etapas de su quehacer poético y vital. Valga como ejemplo el relato sobre cómo su padre, pese a estar orgulloso porque se carteaba con escritores de la talla de Vicente Aleixandre o Jorge Guillén, no creyó en él hasta que apareció una reseña sobre uno de sus poemarios en L´Osservatore Romano, «giornale quotidiano político religioso»; o su etapa como lazarillo de Borges en Buenos Aires.
Dentro de Meteoros se recogen los siguientes libros: El regreso (1964), Del monte y los caminos (1966), Cancionero de Sagres (1969), Dibujo de Figura (1972), Una tarde a las ocho (1995) y el ya mencionado e inédito Viva voz (2006), así como dos breves conjuntos de poemas Situaciones de ánimo y Memoria de Jean Moulin (1962-1972). Sus dos primeros poemarios ya desvelan ese humor tan característico de su escritura, pero también nos encontramos con la solemnidad del poeta que, desde un fingido destierro, canta a las nuevas ciudades y a la vieja tierra natal. Son, éstos, versos que se dirigen a la vida modesta de los hombres anónimos, al amor como ciudad acogedora donde hacer «parada y fonda» y a la alegría del «aquí y ahora», si bien en Del monte y los caminos el poeta da un giro de conciencia y canta, con el sentimiento de culpabilidad del joven disoluto que ha disfrutado del mundo, a sus orígenes humildes, a la dureza de las vidas de sus paisanos, entregando su voz a “la poesía necesaria”, como en su hermosa oda a la ferretería («Yo sé que no resumo/ una fácil belleza./ Pero otro canto ahora/ de qué me serviría»). Cancionero de Sagres es un claro homenaje a Portugal, un recorrido por su historia, sus gentes y sus ciudades. Quienes amamos ese país nos sentimos como en casa al leer estas páginas, es decir, como si estuviéramos en Portugal. Si duda, el libro más completo de Pereira es Dibujo de figura, junto con el breve conjunto Situaciones de ánimo. Encontramos en estas obras, quizá las más personales del autor, muchos de sus mejores versos. Así, el poeta echa la vista atrás para rememorar su amanecer a otros cuerpos en antológicos poemas como Circulaban rumores, La casa de mi amigo era más luminosa («deben ser muy hermosos los pechos de las primas/ temblando en los desvanes, pero a mí me llamaban/ sólo para jugar») o Cuando ya el asaltante sabía los postigos. Son estos excelentes retratos de las triquiñuelas amorosas propias de los años de la posguerra española, parientes cercanos de poemas como Inventario de lugares propicios al amor de Ángel González. Igualmente reseñables son otros poemas como Del libro de la madre y Los suspensivos sí… En Una tarde a las ocho y en Viva voz, la poesía de Pereira se sirve de una estética más moderna, aprovechando en ocasiones la prosa poética e intercalando formas clásicas, como el magistral soneto amatorio Alba («Por despertar cosido a tu costado/ cómo agradezco, amor, la madrugada») con la poesía más desenfadada («Señor ya sabes mis cuidados con el butano y los grifos/ todo lo cierro bien pero es difícil desentenderse/ (…) te pido que un ratito te quedes responsable/ que aguantes todo esto mientras voy a un recado/ y cualquier día no vuelvo»). Es imposible que la literatura de Pereira no te arranque una sonrisa, aunque a veces esa sonrisa lleve implícito reírse de uno mismo.
Quizá el hecho de no haber sido adscrito a ninguna generación haya propiciado que la obra poética de Antonio Pereira haya pasado más o menos inadvertida. Sólo cabe desear que la edición este volumen ayude a que su poesía ocupe el lugar que se merece dentro de nuestras letras. Por lo pronto, sería de agradecer que en la próxima recepción del embajador se sirviesen los bombones junto a los poemas de Pereira. Si pasan por allí, o por cualquier librería, dense un capricho: pruébenlos.

lunes, agosto 21, 2006

El sueño de Bruno, Iris Murdoch

Lumen, Barcelona, 2006. 405 pp. 21 €

Pilar Adón

Otra narradora soberbia, A.S. Byatt, en su ensayo Degrees of Freedom (1965) dedicado a las primeras novelas de Iris Murdoch, escribe: «Creo que se dedica con honradez a temas verdaderos y esenciales.» Leer a Iris Murdoch supone, siempre, zambullirse en un infrecuente deleite narrativo, tanto por sus argumentos, adictivos, como por las implicaciones intelectuales que conlleva el hecho de que las suyas sean novelas de personajes que se hallan en la persecución constante de un hedonismo espiritual y existencial. La prosa de Iris Murdoch (1919–1999) es la prosa de la seducción. Sus personajes hablan de arte, del amor, de viajes y, esencialmente, de filosofía porque, en realidad, su propia vida es una firme manifestación de ese arte y de esa filosofía, aunque, por otra parte, se hallen en un peligro incesante de caer en el más profundo de los abismos.
Es de agradecer por tanto a la editorial Lumen que esté rescatando ciertas obras prácticamente inencontrables de la autora dublinesa, para dedicarle una biblioteca en la que, hasta el momento, El sueño de Bruno supone el cuarto título. Obras, todas ellas, precedidas de un magnífico prólogo de Álvaro Pombo en el que éste describe cómo llegó a la lectura y a la fascinación por Murdoch. Hay que hacer notar, no obstante, que, por extraño que pueda parecer, el prólogo que ofrece Lumen para cada una de las novelas es siempre el mismo texto, lo que no deja de sorprender: el lector de Iris Murdoch al que se dirige Lumen es un lector de todas sus obras, es un lector fiel, que merecería —y también cada una de las novelas lo merecería— un trato más individualizado.
Determinadas contraseñas se mantienen a lo largo de la novelística de Murdoch. Puntos de referencia fijos que, transmutados, suelen aparecer en todas sus tramas. La mujer fría, intelectual, seria y distante, fea en una primera impresión, sin ninguna gracia física, que, finalmente, será el personaje más atractivo: así Honor Klein en La cabeza cortada o Lisa en El sueño de Bruno. O la presencia del elemento mágico, de lo inexplicable; la figura del “encantador” encarnada en un personaje que de repente se revela como un ser superior, y cuyas acciones tienen un cariz casi sagrado. Un ser fascinante que puede resucitar de entre los muertos para reclamar venganza y justicia moral por parte de su posible asesino, como es el caso de Peter Mir en La negra noche, o un “ángel vengador”como Nigel, el enfermero de El sueño de Bruno, que se convertirá en el desencadenante de cada pequeña tragedia al ir comunicando malas noticias justamente a aquellos que no deben conocerlas, a causa de su peculiar concepción de la verdad y de lo que es necesario. Personajes todos ellos que hablan del odio y del perdón; de la paz y del olvido: «Los seres humanos pocas veces piensan en las otras personas», dice Nigel cuando intenta auxiliar a un personaje que está a punto de suicidarse.
Para Murdoch, el arte de la observación se reviste de una minuciosidad que roza la indiscreción, casi lo chismoso. Su ojo analítico, penetrante, casi omnisciente, se centra en la persecución del amor, de la belleza, de la bondad y en todas las miserias que tal persecución puede implicar. En El sueño de Bruno, el personaje central, cuyo nombre da título a la obra, está agonizando en su cama convertido en un monstruo a causa de la enfermedad que padece y que no se menciona. Su cara se ha deformado grotescamente hasta dejar de parecer un rostro humano, hasta llegar a producir náuseas en aquellos que le ven por primera vez, y su cuerpo se ha convertido en una forma delgada y extremadamente frágil que se adivina bajo las sábanas. Y, mientras él sabe que se está muriendo y va desmenuzando lo que ha sido su existencia, a su alrededor una serie de personajes, satélites de ese viejo planeta doliente y moribundo, se enamoran y se odian, justifican la ausencia de un dios compasivo, suben a lo más alto por medio de la esperanza y descienden al infierno debido a diversos desengaños. Todo ello en torno al atemorizado, necesitado y dependiente Bruno, que recuerda los momentos más angustiosos de su vida y los más decisivos, cuando no supo reaccionar como se esperaba de él.
La escritora A.S. Byatt, en su ya mencionado ensayo Degrees of Freedom, escribe: «Miss Murdoch, en contra de lo que ella define como esa fácil idea de la sinceridad, situaría la dura idea de la verdad», refiriéndose así, de una manera indirecta y en términos generales, a lo que es el eje central de El sueño de Bruno: la búsqueda de la verdad, y de todas sus consecuencias, mediante una actividad casi obsesiva, sin bálsamos tranquilizadores. Una verdad que se revela en toda su crudeza, que pone al descubierto los fantasmas más recónditos de la psique humana y que suele dejar al final, casi siempre, un atisbo de una perdurable felicidad.