viernes, junio 09, 2006

Dios es redondo, Juan Villoro

Anagrama. Barcelona, 2006. 284 págs. 15 €

Doménico Chiappe

La fotografía de Henri Cartier-Bresson en la portada del libro habla. Todos los sacerdotes miran el balón en juego. Resulta más apropiada que la archiconocida de Massat, en la que los seminaristas de Madrid patean la esférica, porque la mayoría de los gentiles miramos el fútbol desde las gradas o detrás de la pantalla y nos emociona más la periferia que lo que sucede en el terreno de juego. Los partidos del fanático no duran 90 minutos.
Dios es redondo es una crónica que rompe la frontera del texto periodístico para recorrer los senderos del ensayo. Villoro ha acostumbrado a sus lectores a sus interrupciones epifánicas, en la que se basa su voz narrativa. Esas sentencias rotundas e ingeniosas constituyen perfectos epitafios. De Javier Clemente, seleccionador de España en Francia 98, dice: «Desde la invención del café descafeinado no se veía un supresor de intensidad tan eficaz»; de Carlos Valderrama, el jugador colombiano de oxigenada melena: «el aburrimiento es la sofisticada diversión del dandy: el Pibe bosteza mientras patea portentos»; y de Ronaldo: «Es el único jugador que sólo compite contra sí mismo».
Ficcionador, una de las voces más sólidas del panorama actual, y cronista de varias aventuras alrededor del globo, Villoro se pasea por las ligas nacionales y por los mundiales. Al hablar de Nelson Rodrigues, el escritor-locutor que bautizó a Edson Arantes como Rey Pelé, dice una frase que bien describe el tono del libro: dice verdades que nunca se rebajan a ser objetivas.
Dios es redondo comienza como comienzan las buenas crónicas, con la exposición del cronista en toda su desnudez. «Es difícil aficionarse a un deporte sin querer practicarlo alguna vez. Jugué numerosos partidos y milité en las fuerzas inferiores de los Pumas. A los 16 años, ante la decisiva categoría Juvenil AA, supe que no podría llegar a primera división y sólo anotaría en el Maracaná cuando estuviera dormido». Y a partir de la dolorosa verdad, Villoro se dedicó a disfrutar del fútbol desde otro ángulo, como sólo lo disfrutan aquellos que nunca ganan o los que ganan siempre.
En el libro escruta comportamientos y sentimientos de casi todos los grandes del fútbol del último medio siglo. Cruyff, Di Stéfano, Beckenbauer, Baggio, Figo, Maradona, Pelé, Matthaüs, Rivaldo, Ronaldo, Ronaldinho, Zidane, que entablan un duelo con actores de las gradas, como Mick Jagger, la Cicciolina, Vázquez Montalbán, Italo Calvino o Samuel Beckett. Villoro despliega toda su capacidad para tejer coordenadas disímiles y convincentes.
Suprime tiempos y lugares para comparar dos selecciones o dos jugadores: «la selección colombiana de 1990 y 1994 jugó como si tuviera permiso para perder. En este sentido se apartaba de la gran selección peruana de México 70»; desmitifica: «en el fútbol moderno un equipo dirime intereses millonarios dos veces a la semana. Esto ha llevado a una tensa relación entre los remedios químicos y el peligro de que sean descubiertos», y asume un perspectiva del académico callejero: «El futbolista debe combinar el narcisismo del que desea mostrarse a toda costa, la vocación de encierro de una monja de clausura y la capacidad de tolerar hedores de un presidiario».
Se hace un recuento por el caso Figo, por la tragicomedia de Maradona y por los intríngulis de los dos últimos mundiales, en los que Villoro fue corresponsal de La Jornada. Lo mejor del libro, sin embargo, es el «tercer tiempo, ese rato de cervezas donde lo único mejor que ver un gol es recordarlo», porque promueve los recuerdos propios aunque no estén reseñados en las páginas que se leen. El gozo del fútbol y de la tribu.

jueves, junio 08, 2006

Solo con invitación: Salvador Gutiérrez Solís

El sentimiento cautivo
Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2005. 292 páginas, 15€

Elena Medel

¿Qué entendemos por literatura popular? ¿La deliberadamente orientada al gran público? ¿La que los propios lectores convierten en obra de masas? ¿Resultan incompatibles la calidad y la cercanía? Salvador Gutiérrez Solís provoca, desde sus primeros títulos, estas preguntas: un escritor de vocación mayoritaria, que desarrolla historias muy atractivas con un estilo sencillo y visualmente potentísimo, muy cinematográfico, atrapando desde las primeras líneas. Obras como La novela de un novelista malaleche o Spin off no desentonarían en el catálogo de una editorial todopoderosa, o sí: endiabladamente bien escritas, su carpintería revela a un autor de solvencia bastante superior a la media. Esta situación podría —debería— cambiar con El sentimiento cautivo.
Lejano por tono y tema a sus obras anteriores, El sentimiento cautivo es, desde su planteamiento, un texto de oficio. La estructura —fascinante— es, a la vez, un juego cervantino y de matriushkas: tras escribir un artículo sobre los creadores censurados en la Córdoba de la dictadura, un periodista recibe, de manos de una anciana, el relato de un año en la vida de la madre de un célebre pintor coetáneo a él. Es decir, el periodista halla un manuscrito —las memorias de Adela Guzmán— que presenta como novela, bifurcando la acción en dos planos: el de la narración de Adela —a su vez, narración de los hechos vividos con Mercurio, y de un alegórico viaje posterior en su busca—, que transcurre en los años 50, y el de la lectura de Julio, en la actualidad, que transforma su labor creadora conforme la lectura avanza y los secretos se descubren. La historia es sencilla: Adela Guzmán, propietaria de una droguería, huérfana, emprende una relación —mitad amistad, mitad amor platónico— con el pintor Mercurio, bohemio y polémico en la posguerra provinciana.
Sobresalen, fagocitando a Julio, Adela y Mercurio, atípicos por características y contexto en la trayectoria del novelista. En ellos reside, creo, el mayor hallazgo de El sentimiento cautivo: sufre el lector con ellos, se alegra con ellos, se identifica porque son creíbles. Aunque el tono de Adela coquetea con el tópico —«También le sorprende a Julio el estilo literario de su madre. Un estilo cursi, ñoño y recargado para su gusto, pero que denota cierto manejo del lenguaje y de las formas», escribe en los primeros capítulos Gutiérrez Solís, en un gesto quizás autoparódico—, especialmente en el viaje en tren, no cae nunca en él, evolucionando la actitud de la mujer conforme la narración avanza. Sin embargo, y por encima de Adela, la verdadera estrella es aquí Mercurio: un personaje apasionante y apasionado, dibujado a base de excelentes diálogos, de los que valen —sí, es una sugerencia— para varias novelas.
El sentimiento cautivo habla, en resumen, de la libertad: para pensar, actuar y sentir. Pero también reflexiona en torno a la creación libre, la de Mercurio, la de Germán Bonares, la del propio Julio Guzmán tras conocer sus orígenes. Desconozco si sus próximas novelas continuarán el rumbo que El sentimiento cautivo ha iniciado, o se acercarán más a relatos como La memoria del fotógrafo, incluido en la antología Golpes (DVD, 2004). Lo que sí es cierto es que El sentimiento cautivo marca un punto de inflexión en la trayectoria de Gutiérrez Solís, amplificando público y probando en un terreno diferente, mucho más emocionante, que consigue el que —a mi juicio— debe ser objetivo prioritario: conectar con el lector. ¿Literatura popular, entonces? Si el fruto es una novela como El sentimiento cautivo, bienvenida sea, pues.


Salvador Gutiérrez Solís: «Lo que más me apasiona de la literatura es la posibilidad de seguir aprendiendo»

—La Guerra Civil y la posguerra más inmediata son temas habituales en la narrativa española reciente; sin embargo, tu novela aborda una época más desconocida para los lectores. ¿Crees que revisar desde la escritura estos años es necesario? ¿Por qué crees que el exilio, y más el exilio interior, ha atraído tan poco a los escritores?
—La mal llamada Guerra Civil y sus terribles aledaños han sido el argumento de infinidad de novelas; de hecho, en la actualidad vivimos una auténtica eclosión del tema, en lo que ya casi podríamos definir como un nuevo género –que los estudiosos bautizarán próximamente. Algunos títulos son piezas claves sin las que nos sería muy difícil de entender la narrativa española del siglo XX, y del XXI, a tenor de las últimas publicaciones.
No situaría El sentimiento cautivo dentro de este grupo de novelas. El franquismo sólo dibuja un triste decorado que se repite en todas las dictaduras, y del que me valgo para contar otras historias. En El sentimiento cautivo apenas me detengo en la represión política o en los sucesos o efectos de la guerra, que suelen ser características fundamentales de las novelas a las que me refería anteriormente. Abordo la represión artística, pero, sobre todo, El sentimiento cautivo es una novela sobre la represión emocional o sentimental que padecieron millones de personas. Una represión masiva, la gran pandemia del franquismo. Lesbianas, homosexuales, ateos, amas de casa, matrimonios fracasados, hijos ilegítimos, relaciones humanas, vidas, en definitiva, condenadas a desarrollarse en las alcantarillas de la sociedad porque no coincidían con la moral que el régimen impuso.
El franquismo creó millones de islas emocionales, personas que lo desconocían todo, que ignoraban otras formas de vida, de relacionarse, otras formas de amar. Adela Guzmán es una de estas islas, y, a su modo, con más arrojo que lógica, quiso escapar de su isla, una vez descubierta la desconcertante luz de Mercurio, su única brújula en la tormenta. Se pega un buen chapuzón mi adorada Adela, pero creo que sólo el viaje, intentarlo, le mereció la pena…
—El humor (en forma de sátira, parodia o ironía) era una constante en tus anteriores novelas. Sin embargo, en El sentimiento cautivo ocupa un plano más que secundario... ¿La historia no lo pedía?
—Como lector me aburren profundamente esos escritores que repiten la misma novela, una y otra vez, a lo largo de su vida literaria. Como escritor lo que más me apasiona y atrae de la literatura es la posibilidad de seguir aprendiendo —formal/técnica/humanamente—, siempre en el camino, avanzando, sin ver ese rótulo donde debe aparecer la palabra «meta». En El sentimiento cautivo me he probado una vez más, de diferentes maneras: colándome bajo la piel de una mujer; adoptando una nueva voz; alejándome de todas mis anteriores novelas; construyendo una historia «más normal» sin renunciar a ser yo mismo; visitando registros y lugares que me eran desconocidos.
Indiscutiblemente, el tema, la historia, no dejaban mucho espacio para el humor y la ironía. No podemos olvidar que fueron cuarenta largos años de millones de lágrimas y apenas unas cuantas sonrisas, y casi siempre cautivas.
—¿Conoceremos los lectores otro año de Mercurio más? ¿O es un personaje cuyo ciclo ya se ha cumplido?
El sentimiento cautivo es el principio y final de Mercurio, Adela, Julio y todos los personajes que habitan la novela. No se me ha pasado por la cabeza mantenerlos o continuarlos en una nueva historia. Ya me tuvieron que aguantar mucho, los pobrecillos, con la que ya tuvieron que aguantar ellos, además, como para que les siga dando la tabarra…
—Tras el punto de inflexión que El sentimiento cautivo supone, ¿en qué proyecto trabajas actualmente?
—Me devano los sexos en una novela muy extensa que mis editores tratarán de liposuccionar, en la que se entrecruzan tres historias completamente diferentes, que podrían funcionar perfectamente individualmente, pero que globalmente adquieren otra dimensión, igualmente unitaria. Una novela muy contemporánea, muy urbana.
Igualmente, estoy bombeando sangre, malaleche y humor en el alocado corazón de Germán Buenaventura. O lo que es lo mismo: reviso el regreso del Novelista Malaleche, que para este otoño —presumiblemente— estará de nuevo en las librerías. Aún no quiero adelantar el título, pero sí puedo avanzar que es mucho más divertido, más tenaz, más incisivo y más metaliterario que La novela de un novelista malaleche.
Como antes decía: más camino, más aprender o intentarlo, buscar en el baúl de las palabras, querer contar las cosas de otro modo, o a mi modo, no sé.

miércoles, junio 07, 2006

Relatos, John Cheever

Emecé. Barcelona, 2006. 520 págs. (vol. 1) / 498 págs. (vol. 2). 22,50 € c.u.

Miguel Baquero

John Cheever nunca tuvo demasiada suerte. Alcohólico durante muchos, demasiado años, su vida estuvo marcada por su condición bisexual, que nunca acabó de asimilar, y por su literatura, que no acababa de ver valorada a la altura de otros contemporáneos suyos como Hemingway o Capote. Solo al final de su vida alcanzó cierto triunfo, cuando sus relatos fueron premiados con el Pulitzer y cuando se le consideró el principal favorito para ser galardonado con el Premio Nobel. Y fue entonces, cuando estaba empezando a disfrutar del reconocimiento, cuando falleció, a los 70 años, después de haber escrito cinco novelas y más de ciento cincuenta cuentos, la mayoría de ellos para la revista The New Yorker.
Aparece ahora en las librerías, publicada por Emecé, una recopilación de los relatos de Cheever en castellano. Ya con anterioridad se han editado en nuestro país otras antologías del autor pero esta es, sin duda, la más completa. Quizás las más completa posible, porque hay ciertos relatos que Cheever, o sus herederos, siempre se han negado a que fueran reeditados. Se trata de cuentos que, él mismo Cheever confesó, fueron escritos en su día como mero recurso alimenticio, para conseguir llegar a final de mes, cuando no totalmente llevado por el alcohol, completamente borracho, más de lo habitual. Son quince o veinte cuentos, entre los cuales algunos de sus seguidores creen que hay verdaderas joyas, cuentos que han pasado ya al terreno de la mitología, de la búsqueda de tesoros, de la leyenda.
Al margen de estos cuentos, los dos volúmenes de relatos que presenta Emecé constituyen una oportunidad única para descubrir o volver a disfrutar con este autor que sin duda en la faceta de cuentista fue donde alcanzó sus mayores logros. Sería injusto destacar algunos relatos por encima de otros, pues estamos hablando de un nivel excepcional en todos los casos, pero cuentos como El nadador, El ladrón de Shady Hill, Adiós, hermano mío o El marido rural son una muestra del altísimo valor literario de Cheever.
Un valor, además, que no se agota en sí mismo, pues el peculiar modo de escribir cuentos de Cheever, la articulación de todo un mundo a partir de una anécdota, el tomar un hecho cotidiano, sin importancia aparente, y construir a partir de él todo un entorno, una atmósfera, una realidad, es algo que influyó sobremanera en los escritores estadounidenses (sobre todo los cuentistas) que vinieron detrás de él, en especial en Carver y los autores del llamado realismo sucio. Puede decirse que sin Cheever la literatura norteamericana no habría sido lo que es hoy, no habría evolucionado en esa dirección. Por ello, además de por el mero placer en sí de leer estos cuentos, estamos una obra de altísima importancia.

martes, junio 06, 2006

Un amor clandestino, Gilles Rozier

Traducción de Jordi Martín Lloret. Salamandra, Barcelona, 2006. 157 págs. 11,90 €

Fernando García Calderón

Un amor clandestino resistiría mal el análisis precipitado que mi primo el Nueves —apoda­do así por ser más chulo que un ocho— realizaría aplicando lo que él denomina «la infalible regla literaria de los dedos de una mano: argumento —a éste reserva el pulgar, más carnoso—, estructura, héroes, fondo y tono». Mi primo, aficionado a las paradojas, apoya su tesis levantan­do la siniestra, que luce seis hermosos dátiles. Cosas de la biología.
Para empezar, Un amor clandestino cuenta una historia sencilla, de las que se resu­men en tres o cuatro renglones. Habla de la Francia ocupada y de cómo alguien sin ideales mayores se esfuerza en salvar de los nazis a un judío polaco. Si sencilla es la historia, qué podría decirse de su estructura: el sujeto, ya anciano, toma el té con nosotros y nos relata aquellos años de la II Guerra Mundial, sus mejores años, sin apenas salirse de la línea recta. Alguna disqui­sición sobre los tiempos modernos, la pureza decepcionante de un CD sin las quejas del vinilo y poco más. Con estos mimbres, podemos imaginar qué clase de héroe resulta. Tenemos un protagonista que vendería a su madre por un libro de Thomas Mann, preferentemente La muerte en Venecia, y que no destaca por su sensibilidad ante los problemas ajenos.
A estas alturas mi primo ya habría tirado el libro. Yo, más tozudo que él, recomiendo seguir con la regla de los cinco dedos. La búsqueda del fondo en una obra ayuda a abrir más de una puerta. En ésta, sin duda, ocurre. Un amor clandestinoUn amor sin resistencia, traduciendo con fidelidad— no pretende hablar de la familia, ni del buen hacer de alguien capaz de jugarse la vida por llevar a su sótano a un perseguido y mantener una relación carnal, muy carnal, con él. Ni siquiera aspira a darnos un curso acelerado de aprendizaje de yiddish para conocedores de la lengua alemana, aunque en algún momento pudiera parecerlo. Habla, sencillamente, de la más íntima culpa, de la culpa con minúsculas, la que emana del pecado de omisión que nadie percibe o quiere percibir. Nuestro héroe, en plena vejez, tiene un último recuerdo hacia una señora que apenas trataba, que formaba parte del paisaje de su pequeña ciudad, que alguna vez lo abrazó con afecto. Era judía. Todos, también él, volvieron la cara cuando el invasor puso en marcha su particular sentido de la «limpieza».
Gilles Rozier desciende de judíos, según he podido indagar en nuestro socorrido Internet. Sus abuelos murieron en Auschwitz. La solapa del libro nos cuenta que es director, en París, de la Casa de la Cultura Yiddish. Sus novelas, breves, hablan de semitas de hoy, de judíos que sobrevivieron al sinsentido o del mismísimo MoisésLa promesse d’Oslo (2005), Par-delà les monts obscurs (1999) y Moïse fiction (2001) son ejemplos de lo que subrayo—. En Un amor clandestino —publicada en su país en septiembre de 2003—, Rozier hurga en la conciencia de una Francia no tan lejana. Y lo hace con el tono preciso, con un aguijón tan fino que apenas duele, con la cadencia desangelada de un protagonista educado pero distante, único en sus gustos, económico de gestos y de sentimientos, merecedor de ser conservado en el arcón de la memoria literaria. Para muestra, un par de botones: «... Yo no entendía por qué; suponía que porque eran judíos, o ajudiados, pero aún no comprendía muy bien el significado de esas palabras. Por lo general me horrorizaba no comprender las cosas, pero aquéllos eran tiempos de confusión y eslóganes rápidos»; «… si todos los jóvenes de mi generación se hubieran cargado a escondidas al alemán que se acostaba con su hermana […] en menos que canta un gallo nos habríamos librado del ejército del Reich.»
Un amor clandestino es un libro liviano, ameno, de apariencia digerible, que, leído con atención, se clava en la garganta antes de alcanzar el estómago y ser defecado, quedándose ahí por tiempo y tiempo. ¿Se puede pedir más?

lunes, junio 05, 2006

Contra natura, Álvaro Pombo

Anagrama. Barcelona, 2005. 568 pp. 22 €

Andrés Neuman

Puede que no sea la mejor de todas sus novelas, y puede que sus 550 páginas resulten por momentos excesivas, pero cualquier novela mediana de Álvaro Pombo basta para superar con holgura el nivel de la mayoría de libros que cada año se publican en España.
Contra natura es una suerte de tratado contemporáneo sobre la homosexualidad masculina en nuestro país, una indagación en sus raíces, pedagogía y evolución desde el franquismo de los seminarios a la posmodernidad de Chueca. La novela dibuja un cuadrado de moral sexual, o de sexo moral, en el que cada lado es un personaje que vive su condición desde una perspectiva diferente según su temperamento, generación e ideología. Desplegando morosas espirales, Contra natura emprende un análisis (a ratos brutal, a ratos delicado) de las emociones y apetitos de esos cuatro personajes, cuyos cuerpos y almas se cruzan a lo largo del argumento en un constante, lúbrico enroque. Todo ello es cierto, y su trascendencia sociológica (incluyendo sus polémicas y muchas veces discutibles moralejas) está fuera de duda.
Ahora bien, más allá de ese valor sociológico, o digamos que por entre las piernas del asunto, se cuela otra cuestión no menos extraordinaria y que marca la diferencia entre cualquier ensayo interesante sobre la cultura gay y la novela de un narrador maestro: el lenguaje. El lenguaje es la verdadera libido de Contra natura, el quinto amante del libro y, sobre todo, el primero de Pombo. De poco servirían las consideraciones filosóficas o las profundas (y agotadoras) disquisiciones de la novela, sin la carne viscosa, impulsiva y extrañamente poética de su estilo. Por su propia naturaleza extrema, contra natura de toda convención clásica, el estilo del autor obliga al lector a tomar inmediato partido estético: Pombo disgusta o fascina, repele o atrapa. No cabe la tibieza en su lectura, ni tampoco en el personaje desaforado, cómico e irritante que su autor ha construido para el público, o para defenderse de él.
La omnisciencia de Pombo, su voz exagerada, es un festival óptico y una carnicería psicológica. Y, si no fuera porque a uno le da grima la palabra ‘prosodia’, se aventuraría en doctorales observaciones acerca del laberinto rítmico y la pasión orquestal de su sintaxis. Es, en definitiva, el nuevo concierto de la orquesta contranatural de ese señor tan raro, tan pedante y tan potente que escribe con lírica inteligencia, con vísceras pensantes. A Pombo y platillo.