martes, octubre 21, 2014

Nobles y Rebeldes, Jessica Mitford

Trad. Patricia Antón de Bes. Libros del Asteoride, Barcelona, 2014. 318 pp. 23 €

Ángeles Prieto Barba

Sin tener que proclamarse feminista, cualquier mujer de nuestros días se indignaría ante la injusta y anárquica educación recibida por esas hermanas singulares que conocemos como las Mitford, sobre todo si la comparamos con la del único hijo varón de la familia, Thomas, que estudió en Eton. Señoras que al conocerlas parecen sacadas de la serie Dowtown Abbey, con la particularidad de que en vez de tres fueron seis, todas distintas y a su pesar, famosas. Y es que son precisamente ellas las que simbolizan y hasta encarnan valores, desgracias e injusticias del desdichado siglo veinte.
Por eso las memorias de Jessica, la penúltima, están destinadas a proporcionarnos claves y justificaciones de sus comportamientos singulares, señalando con toda propiedad como culpables a las costumbres deficientes y trasnochadas de la clase aristocrática inglesa, que se vio obligada a adaptarse mal que bien a los adelantos técnicos, la economía pujante y las ideologías extremas del pasado siglo. No obstante, una enorme curiosidad por el mundo exterior y lecturas constantes las convirtieron en unos seres atípicos, pero dueñas asimismo de una cultura extraordinaria que percibimos en sus escritos. Y no sólo en los de Nancy, la primogénita, que terminaría siendo escritora de éxito, sino también en estos apasionantes recuerdos de infancia y juventud que nos proporciona Jessica con orden, soltura y calidad literaria incuestionable.
Tras las sonrientes fotos familiares de exquisitas criaturas hermosas, altas y rubias, era evidente también que existía una constante rivalidad entre ellas, todas en busca de ese hombre brillante y fuerte que les diera lustre y que les llevó a contraer, en algunos casos, matrimonios muy desdichados. No fue el caso de Jessica (Decca) que retrata a su primer marido Esmond Romilly, sobrino de Winston Churchill y desaparecido en combate durante la Segunda Guerra Mundial, como un héroe generoso, siempre intrépido y capaz de lo que fuera por conseguir sus ideales. Un arquetipo de esposo perfecto que ya estuvo larvando durante su difícil adolescencia hasta que lo encontró, casándose muy joven tras una trepidante huida y el consiguiente escándalo a la Guerra Civil española en la que participaron tan sólo unas semanas en Bilbao como corresponsales.
La rebeldía de Decca ante su familia y su entorno se matizará cuando sobrevengan los desastres que se habían ido larvando en dos de sus hermanas mayores: la hermosa Diana que se divorciará de un Guinness para unirse a un hombre casado, Sir Owald Mosley, fundador de la Unión Británica de Fascistas, por lo cual acabarían ambos en la cárcel y Unity Valkyrie, de premonitorio nombre, quien tras declararse la guerra entre Gran Bretaña y Alemania e invitada a abandonar la segunda, escribió un carta a su admirado Hitler y acto seguido, se pegó un tiro en la cabeza dejándola en estado vegetativo hasta su muerte nueve años más tarde. Decca no puede sentir menos que compasión por Unity y mucho pesar por Diana, pues a partir de ahí se abre entre ellas el más completo silencio y un océano de distancia, ya que Decca consagraría su vida a defender en América el sueño de igualdad de su primer marido, ingresando en el Partido Comunista norteamericano junto al segundo. Frente a estas tres hermanas extremistas encontramos a la testigo escéptica, lúcida y burlona de Nancy, la mayor, que nos relatará ridiculizando estos excéntricos affaires en la novela Trifulca a la vista, también en Libros del Asteroide. Y también a las dos que se mantendrán al margen: Pamela, consagrada a la vida rural de los terratenientes ingleses y Bárbara, la pequeña, duquesa de Devonshire y gran amiga de Patrick Leigh Fermor, que acaba de morir hace unos días.
Con estos mimbres, no tendrá duda el lector de que va a encontrarse con un libro escrito con el corazón, muy interesante y que dará mucho más de lo que promete porque está muy bien redactado y ordenado, con memorables episodios que invitan a la reflexión sobre los motivos que las pudieron conducir, y nos encaminaron a todos, a tantos desastres sufridos. Un libro, en definitiva, de provechosa lectura.

lunes, octubre 20, 2014

Tiempo de sembrar piedras, Tim Powers

Trad. Natalia Cervera, Adela Padín y Ana Quijada. Gigamesh, Barcelona, 2014. 204 pp. 16 €

Julián Díez

La literatura no racionalista se viene a dividir convencionalmente, desde Todorov, en fantástica (en la que los personajes vacilan al encontrarse ante situaciones no conocidas en nuestro mundo real) y maravillosa (donde los personajes viven inmersos en un mundo alternativo). Esa división tiene consecuencias más allá de lo puramente literario, en lo académico y comercial; en la primera categoría entrarían James o Cortázar; en la segunda, Howard o Tolkien. Una es respetada entre las formas sofisticadas de la literatura contemporánea; la segunda sólo últimamente es mirada sin displicencia.
El problema (la virtud) de Powers es que lidera un creciente movimiento que trasciende esa división. Escribe de manera dinámica, pero trufa sus narraciones de referentes cultos. Trabaja en el territorio del género especializado, pero no escribe de acuerdo con sus convenciones comerciales. Es demasiado friki para el establishment y demasiado culto para tener legiones de fans en los foros de internet. Parece obsesionado por los poetas románticos, también por los viajes en el tiempo.
Algunos de sus personajes saben que el mundo es distinto a como lo vemos, pero otros no; de hecho, su escenario es el mismo mundo que nosotros hemos dado hasta ahora como normal y en el que él cuela rendijas de duda y emoción, de abominaciones ilimitadas y aventuras inimaginables. Luego han recorrido en ese territorio muchos autores, desde John Crowley hasta nuestro José Antonio Cotrina; pero Powers, a su manera, fue pionero. También quizá sea el mejor.
Una plasmación de esa combinación está en su puesto como pionero del steampunk, de las historias retrofuturistas en ambientación decimonónica. Pero Powers en realidad no hizo más que visitar ese subgénero que en rigor debe más a sus compadres K. W. Jeter y James Blaylock con una extraordinaria novela, Las puertas de Anubis, que tampoco es canónicamente ajustada a él; casi toda la carrera del autor californiano se ha concentrado en esa fantasía histórica alternativa de la que forman parte casi todos los relatos de este volumen, que recoge seis anunciados como los mejores.
Para el lector que aún no haya disfrutado con Powers, este librito le ofrece catas de varias de sus virtudes, como el vuelo imaginativo, la ambientación y la prosa elegante, sin algunos de sus inconvenientes, como la tendencia a resultar prolijo y, en resumidas cuentas, desmadrarse. Tiene la característica además de ser un volumen extrañamente ordenado in crescendo; el primer cuento, “Dondequiera que se encuentren”, es el más flojo del volumen, y los mejores los tres últimos.
“Dondequiera que se encuentren” es un relato de viajes en el tiempo desde el punto de vista de un protagonista empeñado en dejar la historia lo mejor posible. Enrevesado y cerrado (ajustadamente) de forma algo forzada, da paso luego a “Un alma embotellada”, en el que ya vamos sumando más temas propios del autor: poesía, amores imposibles, fantasmas...
“El camino de bajada” sube otro poquito la apuesta, mostrándonos una sociedad secreta cuyas características no desvelo para no revelar el meollo de la historia, con personajes bien trazados e instantes de singular potencia visual. Cuando llegamos luego a “El reparador de biblias” ya hablamos de palabras mayores: resultan memorables tanto el escenario propuesto, un mundo en el que lo sobrenatural interviene de forma cruda en lo cotidiano, como su protagonista, que da título al cuento y ofrece una versión singularmente dura del ya tópico “intermediario con el más allá”. “Salvación y destrucción”, el relato más extenso del volumen, parece recoger casi todos los temas previos (viajes en el tiempo, amor por los libros y su poder, una realidad paralela siniestra, una poetisa maldita) para reconcentrarlos en otra historia de nivel muy alto, de las que dejan recuerdo.
Conviene avisar a quien haya disfrutado de los cuentos del volumen hasta aquí que quizá deba aplazar la lectura del relato final, “Tiempo de sembrar piedras”. La acción está situada a caballo entre una de las novelas clásicas del autor, La fuerza de su mirada, y la que acaba de publicar, Ocúltame entre las tumbas. Si bien puede leerse de forma independiente, quienes se sientan impulsados a leer a Powers más adelante tienen en La fuerza de su mirada una opción obvia; y en este cuento se dan como conocidos los hechos narrados en esa novela. Personalmente, prefiero otras novelas de Powers más directas (Las puertas de Anubis o En costas extrañas) a la brillante pero un tanto excesiva La fuerza de su mirada, con su historia alternativa del romanticismo inglés salpimentada de vampirismo y mitología. Se lea o no este último relato, “El reparador de Biblias” y “Salvación y destrucción” justifican sobradamente adquirir el volumen y dejarse llevar de la mano por uno de los muy pocos escritores de literatura fantástica que hoy cuentan con un mundo propio independiente de convencionalismos, y que es a la vez ameno y sofisticado.

viernes, octubre 17, 2014

Zeta, Manuel Vilas

Salto de Página, Madrid, 2014. 160 PP. 13,90 €

Arcadio García

En una entrevista de 2009 en el programa Pagina 2 de Televisión Española, con motivo de la publicación de su novela Aire nuestro, Manuel Vilas (Barbastro, 1962) decía que tenía la impresión de que en España había dos clases de novelistas: los que todavía se baten en la Guerra Civil y los que lo hacen en la Guerra de las Galaxias. Era la respuesta a la pregunta que más pronto que tarde le plantean en referencia a su relación con al grupo Nocilla, ése al que en su momento se reprochó que se hubiera emancipado de la literatura hegemónica para ofrecer una narrativa que incorporaba ciertos elementos que la tradición española ha considerado literaria y argumentalmente irrelevantes o poco trascendentes, como la cultura pop, las nuevas tecnologías, la televisión, Internet, etcétera. Sea cierta o no la adscripción de Manuel Vilas a ese grupo —sea cierta o no, de hecho, la propia existencia del grupo—, no se puede negar que los relatos incluidos en Zeta, obra publicada en 2002 por la desaparecida editorial DVD Ediciones que ahora rescata Salto de Página, constituyen una prueba de que en Manuel Vilas había desde el principio (tal y como, por otro lado, afirma el propio Vilas en el prólogo, una pieza deliciosa, cargada de humor e ironía que bien podría haberse incluido entre los relatos que prologa) una voluntad de emanciparse de la literatura que se ofrecía en ese entonces, y proponer unas narraciones que, particularmente en Zeta, a menudo no son tanto narraciones como monólogos interiores o yuxtaposición de reflexiones y sordos lamentos expresados en primera persona por una serie de personajes que, en rigor, podría ser perfectamente el mismo en todos los relatos, lo que a mi juicio proporciona al libro más apariencia de novela que de conjunto de cuentos, o, por lo menos, mucho más que España, una de las obras más conocidas de Manuel Vilas, de la que el autor, dicho sea de paso, sostiene que es una novela por más semejanzas que guarde con un libro de relatos al uso, con todas las salvedades que quepa observar el empleo de la expresión «al uso» aplicada al autor de Barbastro.
Zeta es la Zaragoza de Manuel Vilas, y Zeta es una de las protagonistas del libro, una presencia permanente, el escenario desolador por el que deambulan personajes sin expectativas, aquejados de una tristeza inmensa que sería insoportable sin la prosa irónica y maravillosa de Vilas. Tipos solitarios que mal que bien se han resignado a su suerte, y presencian impasibles cómo se desmoronan sus vidas y cómo aceptan malvivir entre los escombros. Víctimas, en suma, de ese capitalismo en torno al cual parece girar toda la narrativa del autor aragonés; el capitalismo no sólo como culpable de los problemas de la sociedad occidental sino, asimismo, como origen de la frustración más o menos resignada de no hallar alternativa que lo reemplace.
Así, los personajes que aparecen en Zeta podrían ser cualquiera de las personas que se han visto afectadas por la crisis actual desde que se desatara en 2008, luego leída hoy, doce años después de que se publicara por primera vez, Zeta no sólo no ha perdido actualidad, sino que está de absoluta vigencia, como si su reedición respondiera a la estrategia de un avezado editor que ha sabido rastrear e identificar los puntos en común que guarda la ficción de Vilas con la realidad que acontece en 2014. Basta leer los relatos para identificar el contexto social en el que se desarrollan con cualquiera de las ciudades españolas devastadas —moral, anímicamente— por la crisis, por las calles de las cuales se puede uno cruzar a diario con los personajes de Zeta, esos nuevos ricos que renunciaron a la condición de viejos pobres en busca de la ilusión de prosperidad que procura la adquisición a plazos de un patrimonio efímero, intangible, ilusorio.
Pero que el lector no se lleve a engaño, aunque lo sean no estamos hablando de relatos explícitamente pesimista, Manuel Vilas es un escritor en el que el humor es fundamental, y a pesar del fondo de amargura y de debacle moral (especialmente en esta primera obra, no así en las siguientes), maneja un registro personalísimo y muy reconocible que consiste en escribir aplicando a cada frase una suerte de teoría del iceberg de Ernest Hemingway sui géneris cuya parte visible lo constituiría el humor, la ironía, la mordacidad e incluso un cierto desenfado y irreverencia, mientras bajo la superficie se esconden todas esas tragedias personales.
Como cualquier otra obra, Zeta admite varias lecturas y yo me aventuro a proponer otra: el escritor en ciernes confinado en una ciudad sofocante que carece de alicientes para continuar escribiendo, y sin embargo lo hace y acaba alcanzando reconocimiento, y se toma justa revancha escribiendo un cuento con un narrador arrogante y pagado de sí mismo que acaba siendo ese prólogo de Zeta, tan heterodoxo y sobresaliente como el propio libro.

jueves, octubre 16, 2014

El balcón en invierno, Luis Landero

Tusquets, Barcelona, 2014. 248 pp. 17 €

Ignacio Sanz

Landero hipnotiza. Su prosa empuja al lector por una pendiente abajo de manera que le resulta difícil parar. Cuando este libro llegó a mis manos y lo abrí con la intención de echarlo una ojeada somera, me vi de un tirón arrastrado hasta la página 50 y llegando tarde a una cita. El lector que se echa a andar por sus páginas no se entera. Tengo un amigo muy leído que sostiene que Landero es el mejor prosista español vivo. Ya se sabe que este tipo de afirmaciones son relativas. ¿El mejor? ¿Cómo se calibra eso? Pero sí, algo poderoso esconde Landero para que su libro apenas haya durado un día entre mis manos. Es tan mágico lo que escribe, se desnuda con tanta naturalidad, muestra con tanta solvencia los desgarros y contradicciones de una sociedad, en este caso a través del afán de superación de una familia humilde, que el lector, a poco sensible que sea, se va a sentir involucrado en lo que cuenta.
A Landero se le frustró la novela que pretendía escribir. No sabemos si es una de sus añagazas. Qué más da. Apenas nos muestra las páginas iniciales en las que retrata a su padre como personaje de ficción, un tipo curioso y extraño. Bah, para qué seguir con la ficción, se dice, si le tengo vivo en la memoria. No tengo por qué impostar la mirada, sino sacarle vivo, como si yo fuera Velázquez. Y a fe que lo consigue. No sólo saca vivo a su padre, sino a toda la familia, una familia que, pasada por el tamiz de su mirada, llega hasta nosotros envuelta en una aureola épica.
Apenas hay alusiones políticas. Qué finura en un país con tantos redentores. Cuando habla de los poderosos, ya sean en Madrid o en Alburquerque, se refiere a ellos como la gente gorda. Eso quería su padre, que él llegara a ser uno de los gordos, que estudiara para abogado y regresara al pueblo como un triunfador. Acaso eso quisimos todos los que nacimos en aquellos años de posguerra: salir de la miseria dejando atrás las penurias. Hay una descripción magnífica que dura una página entera en la que Landero, como si fuera Cunqueiro, va enumerando los delicados y exóticos productos de las mantequerías del barrio de Salamanca en las que trabajó como repartidor. Parece Lazarillo. Y su madre, asombrada por la descripción de aquellas gollerías, les comenta a sus hermanas: ya de niño era muy mentiroso.
Los lectores de Landero van a descubrir en estas memorias, algunas de las fuentes de donde salen los personajes que han iluminado su obra de ficción como su padre o su primo Paco que, piruetas del tiempo, acabaría siendo su cuñado. Qué delicadeza y cuantas emociones arranca esta obra que, aunque centra su mirada en una familia extremeña emigrada a Madrid, es una obra que habla también de nosotros, los castellanos, los vascos, los aragoneses, los andaluces que hemos vivido un evolución paralela. Y habla también de la forja del escritor que no tuvo ni un solo libro en su casa. De cómo la literatura lo liberó de la orfandad e hizo de él un ciudadano de amplia mirada sobre el mundo. Todo eso nos lo cuenta Landero con esa elegancia exclusiva de los poetas con duende: «El mundo campesino de entonces era a menudo bruto y zafio, y era mucho el trabajo, mucha la miseria, mucha la servidumbre, pero también tenía los refinamientos propios de una cultura milenaria. Entre unos y otros sabían hacer primores con el barro, con el cáñamo, con el esparto, con el mimbre, con el corcho, con las cañas, con las juncias y juncos, con la madera, la piedra y la pizarra. Con mimbres finos hacían garlitos que tenían el empaque de una catedral y parecían pensados para pescar salmones y merluzas y no los humildes peces de la rivera o del regato, que así y todo tenían también sus nombres bonitos y exactos: jaramugos, burdallos, cachos, colmillejas».
Pues ahí queda esa pequeña muestra de una obra magnífica, breve para lo que el autor acostumbra, cuya lectura recomiendo viva, vivísimamente.

miércoles, octubre 15, 2014

Viaje musical por Francia e Italia en el siglo XVIII, Charles Burney

Ed. y Trad. Ramón Andrés. Acantilado, Barcelona, 2014. 496 pp. 29 €

Luis Manuel Ruiz

Los manuales, que suelen trocear para masticar mejor, dividen la música del siglo XVIII en dos grandes mitades. La primera, cuyo inicio se pierde en las postrimerías del siglo previo, abarcaría hasta 1750 y correspondería al estilo denominado Barroco, con el bajo cifrado, la repetición de suites y fugas, los primeros balbuceos de la ópera y las severidades del contrapunto; de 1750 a 1800 tomaría el relevo el estilo clásico, la edad áurea de Haydn y Mozart, donde la melodía se libera de todas las trabas académicas que la afligían hasta la fecha y se logra un arte lineal y transparente, que copia los ángulos rectos de las iglesias neoclásicas y las cláusulas de los mamotretos de Kant. Eso dicen los manuales; la realidad, menos disciplinada, no habría aprobado un examen de Música: se pierde en cosas, autores y estilos que los maestros tienen poco tiempo para tratar.
El libro de Charles Burney es una excursión por ese reino intermedio. La fecha de su periplo, 1770, supone una fértil tierra de nadie donde los manuales se sentirían fuera de cobertura. El Barroco ha terminado, o casi, pero de ese Clasicismo que venía a tomar el relevo apenas contamos con leves chispazos. Los maestros con los que Burney conversa, los ejemplos musicales a los que recurre, las teorías en boga y las prácticas de interpretación no se acomodan con facilidad a ninguno de los bloques cronológicos con marca registrada. El violín, sin ir más lejos: sabemos que las partitas de Bach han de tocarse, si uno respeta el criterio histórico, con la caja sostenida contra el hombro, mientras que los conciertos de Mozart han de hacerse con la caja bajo la barbilla, igual que ahora. Burney se encuentra una incoherencia irresponsable, una docena de posibles alternativas que no se decantan claramente por una dirección y que son muestra obvia de un proceso en desarrollo. Lo mismo vale para las formas musicales: ¿qué es esa symphonia que recurre al conjunto de la orquesta sin una estructura fija, que lo mismo cuenta con tres que con cuatro movimientos o más y que a veces encabeza una obra teatral? ¿Qué son esas fantasías, rondós, arias, en los que el instrumento se pierde en solitario en busca de un armazón que le dé sentido y coherencia y lo mismo se enrosca sobre sí que se pierde en los vacíos de la tonalidad abierta?
Burney recorre un mundo sin cuajar, el mundo del style galant. Hoy se trata de una etiqueta especializada que se considera bisagra entre dos formas de arte absolutas, pero los autores (la mayoría olvidados) que practicaron esta fórmula estaban convencidos de guerrear en la verdadera vanguardia de su siglo. La Francia y la Italia que Burney franquea es la de Jean-Marie Leclair, la de Paisiello y Cimarosa, la de los hijos de Bach, uno en Londres y otro en Hamburgo, la de los experimentos con la flauta de Quantz, la del caldo de cultivo de los alemanes de Mannheim en que herviría la técnica del joven Mozart. Un estilo desenfadado y solar de raíz mediterránea que suele identificarse con la arquitectura rococó, más lleno de chispa y humor que el clasicismo vienés y menos pueril de lo que consideran ciertos críticos con arrugas en la frente.
Para atravesar ese cuadro que recuerda inevitablemente a los paisajes de Watteau, Burney apuesta por el diario de viaje, un género muy frecuentado por sus compatriotas que permite apreciar el color local y practicar lo mismo la antropología que el caricaturismo. En este sentido, el autor se revela un hijo apropiado de su siglo: un individuo atento, curioso, educado, en liza continua con sus prejuicios, convencido de que el primer precepto del aprendizaje es limpiarse a conciencia los oídos. La traducción y los comentarios eruditos de un gigante de la musicología como Ramón Andrés hacen de este libro un título imprescindible (uno más) en la biblioteca del aficionado, o de la persona con buen gusto sin más.

martes, octubre 14, 2014

Que levante mi mano quien crea en la telequinesis y otros pensamientos para corromper a la juventud, Kurt Vonnegut

Trad. Ramón de España. Malpaso, Barcelona, 2014. 118 pp. 17,50 €

Care Santos

Ignoro si Kurt Vonnegut (1922-2007) y James Salter (1925) se conocían. No creo que fueran amigos. Algo me dice que no se habrían llevado nada bien. En los últimos días, sin embargo, he leído a ambos con intensidad. Sus libros han convivido con resignación en mi mesita de noche. El caso es que no he podido evitar que una cita de Salter influyera sobre mi lectura de Vonnegut. La cita es la siguiente: "El humor proviene en gran medida de la indiferencia". Que Vonnegut me perdone. O no.
Kurt Vonnegut es uno de los menos serios de los escritores serios que conozco. Siempre me ha fascinado su biografía: el éxito literario le llegó tarde, a los 47 años. A lo largo de su vida trabajó en diversas cosas, sobre todo en la compañía General Electric, hasta que pudo dedicarse a escribir. En parte, debió esa decisión a la existencia de un buen número de revistas literarias centradas en la literatura de género -ciencia ficción y terror-, para las que escribió centenares de relatos. Más tarde la televisión hundió buena parte de estos semanarios, de modo que Vonnegut tuvo que ingeniárselas como pudo. Tenía siete hijos. Escribió sin descanso. Cuando murió a los 85 años, seguía haciéndolo. 
Para muchos, Vonnegut es el autor de Matadero cinco, una de las mejores novelas que he leído en mi vida, centrada en su experiencia como combatiente en la Segunda Guerra Mundial y el traumático bombardeo de Dresde, del que fue testigo. El libro es fácil de encontrar, tanto en su traducción al castellano (Anagrama) como al catalán (Proa), de modo que quienes aún no conozcan al autor ya saben por dónde deben empezar. Lo siguiente deben ser los cuentos. Hay dos buenas colecciones disponibles: Mire al pajaritoMientras los mortales duermen, ambas publicadas por editorial Sexto Piso. Y un consejo: si pueden, lean a esta generación de autores estadounidenses formados en las revistas de género (Richard Matheson, Fredric Brown, Shirley Jackson, el propio Vonnegut..) y comprobarán que lo popular bien hecho también es un arte.
Siento el consejo. Es lo que tiene leer este libro de Vonnegut. A una le asaltan deseos de aconsejar a quien se ponga por delante. Porque esa es la intención, en teoría, de los nueve discursos que lo componen. Sólo que Vonnegut no es un consejero muy ortodoxo. Tampoco es el consejero que buscarían unos padres para iluminar el futuro de su vástago. Para entendernos: es necesario que quien le contrataba supiera de antemano a quién estaba contratando si no quería matar al rector de un soponcio.
Estamos ante un género típicamente estadounidense, hacedor de muchos textos melifluos y bienintencionados: el discurso de graduación universitario. Como broche de oro a los fastos de graduación de las nuevas promociones, las universidades invitan a una celebridad a dirigir a sus jóvenes unas palabras. Se supone que esas palabras deben animar, felicitar y aconsejar a partes iguales. Y allá va nuestro autor, armado con su sentido del humor, su ingenio, su ideología de izquierdas y su gran bagaje personal a subir a estrados de Illinois, Chicago, Syracuse, Indianápolis o Houston. Comienza a leer y les dice a los (sospecho que atónitos) graduandos cosas como éstas:

Cantad en la ducha. Bailad con la radio. Contad historias.

Comed mucho salvado.

Ser compasivo es la única buena idea que hemos tenido hasta ahora.

Tomad conciencia de la felicidad experimentada y sabed cuánta es suficiente.

Da igual la edad que tengamos: nos aburriremos y nos sentiremos solos
durante el resto de nuestras vidas.

Me doy cuenta de que este comentario que estoy escribiendo sería mucho mejor si me limitara a copiar algunas de las citas que he recopilado en estas páginas. Por ejemplo, aquellas en las que Vonnegut alude al arte y al cometido de los artistas:

Es tremendamente difícil aprender a leer y escribir. Puede ser la tarea de toda una vida.

La función del artista consiste en que a la gente le guste más la vida.

La única prueba que necesito de la existencia de Dios es la música.

Toda la literatura gira en torno a cuán tedioso es ser un ser humano.

Los artistas (...) escogen una pequeña parte del mundo
y la convierten en lo que debería ser.

La ignorancia absoluta es la madre de la originalidad.

Todo esto sin dejar de ser él mismo. Es decir, siendo en todo momento mordaz, inteligente, hipercrítico con el mundo que le ha tocado vivir, con la raza humana y con los poderosos. Vonnegut no deja de ser un antisistema, una molestia para el american way of life, un niño de campo que sigue celebrando la vida sencilla, recordando a su tío Álex, reivindicando el presente y atacando a lo más sagrado para los estadounidenses, desde Obama a Roosevelt pasando por el petróleo o el dinero. En sus palabras:

No existe la más mínima posibilidad de que América se convierta en humanista y razonable. Ello se debe a que el poder nos corrompe y a que el poder absoluto nos corrompe por completo. Los seres humanos somos chimpancés borrachos de poder.

No sé qué hacen leyendo fascinados sobre Vonnegut. Lean a Vonnegut. Otro día hablaremos de James Salter.


* Postscriptum. Es justa una referencia a la maravillosa edición de Malpaso. Vonnegut dice que le gusta el naranja, que es un color "cargado de vitamina C" y de asociaciones alegres. Imagino que esa es la razón por la que los cortes de este libro, y su faja, sean de color naranja. Se agradece el detalle. Me gustan los libros hermosos y los editores detallistas. Pero hay algo más. Siguiendo unas sencillas instrucciones que el editor facilita en la última página, podemos adquirir gratuitamente el e-book. Es decir, que por el precio del libro tenemos ambas versiones: digital y en papel. Por fin. Por fin un editor que entiende cómo hacer las cosas.

lunes, octubre 13, 2014

El patio inglés, Gonzalo Garrido

Alrevés, Barcelona, 2014. 157 pp. 14 €

Juan Laborda Barceló

Un diálogo entre un padre y un hijo nunca resulta baladí, pues aunque el tema pueda ser frívolo, las cargas emotivas que se transmiten en el camino no son gratuitas. Todos nos vemos deformados en el espejo de nuestras vivencias. Nos toca por lo sentido, por la evidencia. Cuando, además, esta dialéctica se inicia producida por un suceso traumático su sencillez resulta hiriente.
El título de la novela nos lleva a un descenso, puntual y concreto, a los infiernos. Pablo, un chaval de dieciocho años, se lanza al vacío desde el tercer piso de la vivienda familiar. Allá abajo, en El patio inglés, se abren las fauces del suicidio. Es un gran tema, tan áspero de abordar como delicado de analizar. Aquí reside uno de los múltiples aciertos que esconden estas letras. Gonzalo Garrido, con una valentía poco habitual en el mundo editorial actual, se aleja del género negro que visitó exitosamente en su primera novela, La flores de Baudelaire, para atreverse con un comprometido salto sin red: una creación íntima.
Es esta una obra breve, personal, pequeña en sus formas, pero profunda en sus contenidos. El padre dolido, y sus pensamientos en forma de torrente, y el hijo suicida, establecerán un diálogo imposible a través de estas páginas. En ellas, con una serie de monólogos intercalados, se dibujan grandezas y miserias, incomprensiones y anhelos, desencuentros e ilusiones que suman un todo hasta llegar al momento crítico.
Las letras del padre son sentidas, pensadas y expuestas bajo la luz de una razón exenta de grandes esperanzas. La virtud conformista de la mediocridad es, a los ojos del hijo, un pecado. Las penas heredadas, el conflicto con su propio padre, un trabajo gris y un matrimonio inevitablemente apagado por el paso del tiempo son sus ingredientes diarios.
El joven, producto sin saberlo de las mezquindades pequeñoburguesas de sus progenitores, muestra en su diario todo un mar de dudas. Quizá sea esta, en contra de lo que puede parecer, una de las más vitalistas muestras de exploración personal que encontramos en el ser humano. Las entradas están especialmente conseguidas, puesto que reflejan tanto la inseguridad como el deseo de encontrarse inherente a cualquier adolescente, pero a su vez esconden mucha verdad, como si la búsqueda fuera el camino mismo. Allí encontramos esa intensa sinrazón de la juventud transformada en la más sartriana angustia de vivir. A pesar de la apatía, de los desengaños amorosos y familiares, de la ira hacia la vida y hacia los padres, recoge una sabiduría universal. Su drama personal no deja de ser ejemplo de la introspección más inquisitiva. Las piedras del camino, los desamores, los otros, la política, los estudios, la creación, uno mismo… la existencia, en suma, no le dejará ver el bosque entre las ramas.
Las certezas enfrentadas del ser maduro y de su astilla, contrapuestas por la esencia misma de la paternidad, son la base de la novela. Se trata de un viaje del que es imposible apearse pues nos veremos identificados, interpelados o rechazados a partes iguales por las reflexiones íntimas de ambos familiares.
Las penas e ilusiones de los protagonistas, padre e hijo, no dejan de ser una intensa radiografía del individuo y de la sociedad que los acoge. No importa que sea el Bilbao de los años ochenta o el Madrid de ayer, las ansias de construir a nuestra imagen y semejanza, de cincelar a nuestros vástagos y de perpetuarnos en esta tierra son las mismas. Los hijos, por su parte, deberán siempre esmerarse por romper el molde. Es la vida, tal cual. No se pierdan esta novela, les llegará muy dentro.