viernes, noviembre 21, 2014

Todo lo que hay, James Salter

Trad. Eduardo Jordá. Salamandra, Barcelona, 2014. 384 pp. 20 €

Care Santos

Las novelas de James Salter no se pueden explicar. Quiero decir que nunca se me ocurriría tratar de convencer a alguien de que debe leerlas explicándole de qué tratan. Sería como tratar de explicar la vida para convencer a alguien de que vale la pena vivir. En las novelas de James Salter ocurren cosas, claro, como en todas. Los personajes van y vienen, celebran fiestas, comen -comen mucho, enseguida trato de explicar por qué-, beben, tienen sexo, se divorcian, viajan, son felices o infelices. Sin embargo, el lector siempre sabe que lo importante no es lo que hacen sino lo que sienten, lo que son cuando sienten.
Me parece obvio que Salter es un hombre sabio. Alguien que sabe de la vida, de la condición humana. Me pregunto qué será que le ha hecho así. ¿La guerra en la que combatió? ¿Haber vivido casi 90 años? ¿Haberse tomado su carrera literaria con una calma inusitada? ¿Haber tenido una intensa vida amorosa? ¿Haber tardado 30 años en escribir una novela? ¿Acaso la muerte de su hija, ocurrida siendo ésta muy joven y en dramáticas circunstancias? Quién sabe. En las entrevistas, el autor se muestra tan taxativo como en sus novelas: desconfía, dice, de los autores que dicen crear mundos de la nada, construir sólo con la imaginación. Él, reconoce, siempre habla de sí mismo, siempre escribe el mismo libro, la misma historia. Sin embargo, hace falta distancia. Hay asuntos tan dolorosos que no pueden ser material novelable. No ha podido novelar jamás la muerte de su hija, ha dicho. Aunque en sus novelas el dolor está presente, se palpa, se mastica. No hay nada que aprecie más en una novela que la sabiduría de su autor. Por desgracia, es una cualidad que no abunda.
Lo he leído ya casi todo de James Salter. Incluso un libro muy raro, nunca traducido al español, que se titula Life is Meals (La vida son las comidas), en el que el autor, en compañía de su esposa, da forma a un diario más o menos gastronómico en el que mezcla anécdotas literarias con autobiografía y también con recetas. Es interesante leer ese libro a pequeños sorbos, en paralelo a las novelas. Es interesante buscarles coincidencias. Por ejemplo, en Todo lo que hay, Bowman, el protagonista, toma huevos pasados por agua para desayunar. Lo hace en la temporada más feliz de su vida. En Life is Meals, Salter explica cómo se prepara un huevo pasado por agua y loa la feliz sencillez del plato, que contagia alegría a quien lo ingiere. Lo mismo ocurre con otras comidas, que sus personajes degustan en la ficción, y que el autor prepara en la intimidad de su casa.
Y es que los personajes de Salter rompen aquella vieja norma de la que habló David Lodge, cuando decía que los seres de ficción no suelen sentarse a la mesa a comer, sino a hablar. Hacer que los personajes coman da mucho trabajo al autor y además resulta innecesario. El homo fictius no necesita alimentarse, decía Lodge. Por eso los alimentos raras veces aparecen en la narrativa. Salvo en Salter. A Salter, por alguna razón que debe de tener más que ver con la cocina que con el escritorio, le gusta que sus personajes se alimenten. Lo explica, da detalles: qué platos, qué vinos, en qué restaurantes. Con qué finalidad. En esta novela, por ejemplo, el protagonista invita a ostras en París a una joven conquista. Es una escena que precede a una terrible venganza, en el momento culminante de la trama. No comen ostras por casualidad. En Salter las cosas nunca ocurren porque sí. Son ostras con intención, cargadas de dramatismo. En Life is Meals, por supuesto, el autor también habla de ostras. Por cierto, que en Anna Karenina, Tolstoi también las pone sobre la mesa.
Se me ocurren varias razones para recomendar la obra de Salter. Trataré de enumerarlas:
1) Sabe.
2) Demuestra que sabe. Sus personajes también saben.
3) Sus argumentos son falsamente apacibles. De pronto aparecen capítulos que son como ataques terroristas. Ejemplos tomados del libro que nos ocupa: 22, 26 y 27.
4) Escoge las palabras con la precisión de un poeta. Se aprecia incluso en la traducción. Mérito del traductor, claro. Hay que dar gracias siempre a los buenos traductores.
5) Dialoga como un dramaturgo. Qué placer sus diálogos. Qué difícil es encontrar diálogos como estos: precisos, brillantes, falsamente simples...
6) Nunca parece estar contando algo trivial. Todo bajo su mirada cobra trascendencia.
7) Es tan buen novelista como cuentista. La última noche es un libro de relatos indispensable. El cuento que le da título y que cierra el libro es de los que no se olvidan.

Ah, por si alguien a pesar de todo quiere saber de qué va esta novela: Bowman, excombatiente en la Segunda Guerra Mundial, regresa a los Estados Unidos, donde tratará de superar sus recuerdos para emprender una vida normal. Encuentra trabajo en el sector editorial, conoce a una chica, se casa, progresa como editor, se divorcia, viaja, conoce otras mujeres, se acuesta con ellas, progresa más aún, encadena relaciones amorosas, conoce a la mujer de su vida, algo sale muy mal, se hunde, tiene un gran éxito profesional, aparece la memoria en su vida como síntoma de la edad, consuma algo así como una venganza terrible, conoce a otra mujer, se va a vivir con ella.
Nadie puede leer por otro, igual que nadie puede vivir por delegación. Por fortuna.

jueves, noviembre 20, 2014

Doble mirada: Parece que cicatriza, Miguel Sanfeliu

Talentura, Madrid, 2014. 144 pp. 13 €

1. Miguel Baquero

Miguel Sanfeliu ha escrito una novela formidable. Tenía ganas de empezar una reseña con una frase tan taxativa. Parece que cicatriza, como se titula el libro que acaba de publicar Talentura, es una novela breve, de poco menos de cien páginas, pero una gran novela más por lo que deja de contar que por lo que cuenta. Me explico:
Parece que cicatriza cuenta la historia de un joven, Roberto Ponce, que cierto día, atacado por el malsano virus de la escritura, decide hacerse novelista, abandonarlo todo —en realidad, a esa edad, no tenía nada más que su sueño— y, en contra de la opinión de sus padres que consideran el plan una insensatez, dedicarse durante un año a escribir con todas sus fuerzas, acabar una buena novela y, a partir de ahí… Roberto se instala en una pequeña casa y, en torno a ella y a la vida que lleva mientras rellena las primeras páginas, conoce a una serie de tipos extravagantes, soñadores —o mejor, ilusos— igual que él, tipos de cuya mano descubre la vida, las esperanzas, las decepciones y el amor, aunque sea mercenario. Esta primera parte de la novela está narrada en primera persona: Roberto es el protagonista de su vida y, aunque pronto advierte que el camino de escribir no es, en absoluto fácil, se mantiene de la ilusión, y del asombro continuo, y de la esperanza en que podrá lograrlo. Sin embargo…
El año va pasando, el gran argumento no llega, la novela no avanza... Finalmente, el joven no tiene más remedio que dar la razón a sus padres, conceder que su apuesta ha sido estúpida, que es muy posible que ni siquiera esté capacitado para escribir. «He sido un imbécil», admite; así que se resigna a la derrota y decide acogerse a la vida «normal».
Viene ahora un valle tranquilo y sin sobresaltos de nada menos que veinticinco, quizás treinta años; lo que ha ocurrido en ese lapso no se menciona porque quizás —porque seguro— no hay nada interesante que mencionar. Nos encontramos con Roberto convertido en otra persona hasta para él mismo: la historia se escribe aquí en tercera, como la de cualquiera. «En el televisor…» comienza significativamente esta segunda parte, porque Roberto se ha transformado en un mero espectador de las cosas que les ocurren a otros, e incluso a sí mismo: atrapado en un matrimonio aburrido, en un trabajo monótono…en fin, en lo que la mayoría, parece avergonzarse incluso de haber conocido, allá en su lejanísimos días canallas, a un sujeto que consiguió triunfar…aunque luego sabremos a qué precio —excelente es el retrato de esa estrella del rock patética y casi cincuentona intentando mantenerse rebelde y activa, a cualquier precio, entre una juventud que ya no es la suya—. Tan insignificante se siente Roberto que le vemos, a veces, angustiado por la idea de morir de pronto y extinguirse sin más… —de nuevo, muy lograda escena—. Pese a todo…
Parece que cicatriza, se llama la novela. Pero no acaba de cicatrizar. El protagonista —o, a estas alturas, dejémoslo sólo en personaje, aunque sin ánimo peyorativo— se ha reservado una habitación de su casa como estudio y, ahora delante de un ordenador, trata casi a escondidas, en los descansos de su rutina laboral, de las compras dominicales… de darle un estironcillo a su novela interrumpida, que aun así no avanza. Pero no, no acaba de cicatrizar la herida y cierto día siente unas irreprimibles ganas de volver atrás, a aquel barrio en que se malogró su sueño, donde conoció a aquellos tipos…
Hasta aquí. No voy a desvelar el final, aunque soy de la opinión de que cómo acabe una novela no cuenta tanto como la manera en que se va desarrollando una situación, se nos presentan unos caracteres, se plantea, en este caso, un problema vital. Escrita con una sencilla sencillez —no es error mío, es que Sanfeliu escribe con sencillez de veras—, la novela nos presenta, bajo el aspecto de ligeras, escenas de gran profundidad, como la de aquel tipo que busca trastocar su vida en un absurdo programa televisivo —animado por todos, como si ser un iluso televisivo tuviera más enjundia que ser un iluso literario—, y entre medias de escenas de gran calidad literaria hay algunas especialmente logradas, y emotivas, como la del cuadro que logra salvar del tugurio en que se ha convertido el bar donde masticaba sus ilusiones juveniles: una escena sencillamente impresionante.
Algunos errores —o a mí me lo parecen— nimios como el llamar a los personajes Roberto y Ramón, lo cual creo que puede llegar a confundir en la lectura, no impiden que estemos ante una novela magnifica.

2. Pedro Domene

El mundo de Miguel Sanfeliu ofrece un espacio sin reglas donde bajo una aparente normalidad se vive una realidad distorsionada, en ocasiones tan asfixiante como angustiosa, y en igual proporción, se mezclan lo fantástico y lo real. En algún momento, puede ocurrir que todo empiece a transformarse y los protagonistas de la literatura de Sanfeliu deban enfrentarse a su propio devenir desde opciones muy diversas, como en algunos de los cuentos de sus colecciones, Anónimos (2009), Los pequeños placeres (2011) y Gente que nunca existió (2012), donde sus personajes encaran sus propios miedos porque no existe otra salida, o al juego real de la subsistencia desde ópticas y planos tan diferentes que solo se justifican con actitudes tan reales como si, de hecho, recibieran un fuerte traumatismo. Como señala el propio Sanfeliu, sus cuentos surgen de la necesidad de explicarse en una realidad propia, de manipularla e interpretarla, y es así como deja constancia por escrito, como la mayoría de sus protagonistas, para hablar de una realidad que no le gusta. Melancolía, desengaño y dolor compartido, son algunas de las actitudes que, de alguna manera, suponen en el narrador una visión fragmentada del ser contemporáneo, alejado de una esperanza, de una promesa de felicidad. Cuando Sanfeliu explora la psicología de sus personajes, dirige su atención al comportamiento y a esa reacción que moralmente se supone imperceptible, siempre a la espera de un drama mayor aunque significativamente pase inadvertido en la cotidiana observación. Su visión de lo rutinario pasa por el barrio, las amistades, el fracaso, el éxito, o las pequeñas confidencias sin mayor trascendencia.
Parece que cicatriza (2014) es la primera novela de Miguel Sanfeliu (Santa Cruz de Tenerife, 1962), cuyo protagonista y la historia misma quedan ligados a un intimismo y al propio anhelo de ligar una vida al mundo literario hasta que ese deslumbre juvenil se trueca en una insoslayable madurez que le aporta al personaje la visión de una trágica melancolía, sobre todo cuando observa cómo ha ido desarrollándose su vida. Tan es así que ese halo de nostalgia se complementa en una segunda, madurada parte que justifica que ese paso del tiempo, y deja su indeleble huella en todas y cada una de las generaciones a que pertenecemos, a esa época vivida, a ese sentimiento de derrota o de victoria, según las circunstancias. Roberto Ponce, a sus diecinueve años, decide llevar a cabo la mayor de sus aspiraciones: escribir en el plazo de un año una novela de éxito, y para ello necesita convivir en un ambiente bohemio, así que sus primeros amigos serán un pintor loco en permanente desacuerdo con su obra, un mal poeta que regenta el garito donde beben, “El Cubo de la Basura”, y un cantante callejero que no duda en saltarse la ética de una honrada vocación musical para triunfar; al hilo de todo, largas veladas de charla, un ambiente sórdido, frustraciones, borracheras, drogas y prostitución, y la inspiración que nunca llega y convierte todo en el final de una quimera obligando al joven Ponce a alejarse de aquel barrio donde quedan sepultadas las esperanzas de una vida de artista para casi todos ellos, salvo para el músico Emilio Ballester, alias Sonny Hog que triunfará en el mundo de la farándula.
En una segunda, calculada y profunda, parte un cuarentón Ponce se enfrenta a la rutina diaria, el atasco de tráfico cuando va camino de la oficina, el limpiacristales del semáforo, dónde aparcar, el trato rutinario y amistoso con los compañeros de trabajo, la mesa con papeles hasta arriba, la monotonía conyugal o el flirteo con su compañera Maite, y su persistente y obstinada dedicación a la literatura en sus ratos libres, porque no ha conseguido ese gran argumento, y escribir sigue siendo su vida, una herida abierta, que a lo largo de la narración se mantiene solo como una ilusión. Y lo más importante, el personaje percibe la constatación de la fugacidad de la vida, los dieciséis años que pasan por su hija, o la complicidad que se establece con el cuadro rescatado del sórdido local, donde ya nada es igual, «El Cubo de la Basura», titulado La Madeleine, de Ramón Casas, porque ese cuadro actúa como un catalizador de ese escritor en que podría llegado a convertirse Roberto Ponce, y nunca antes parece haberse dado cuenta. Sanfeliu ha convertido esta escena fugaz, en algo mágico e íntimo, un cierto minimalismo que le descubre al lector un auténtico juego de presencias y ausencias, la sombra de esa brillante soledad a que se resigna el personaje.
La apuesta de Miguel Sanfeliu en Parece que cicatriza es la firme convicción por alcanzar un sueño, tal vez uno propio en boca de su personaje, motivo más que suficiente como para sobrevivir a cualquier pesadilla que nos aceche.

miércoles, noviembre 19, 2014

El periodista despedido, Fernando Ontañón

Érazo Ediciones, Santiago de Compostela, 2014. 134 pp. 14 €

Ignacio Sanz

Se trata de la primera novela del autor que en 2010 publicó Relatos invisibles, un libro de cuentos. La novela viene avalada por el premio de novela corta “Dulce Chacón”. Lo que nos cuenta Ontañón es una historia rabiosamente contemporánea, el protagonista y narrador es, en efecto, un periodista despedido y perplejo que, para salir de su propio desconcierto hace recuento de su vida en la que se han ido sucediendo los tumbos y descalabros, tanto profesionales como sentimentales. La literatura puede ser una salida airosa para evitar la consulta del sicoanalista. La novela comienza de manera meridiana: «Me llamo Francisco Bueno y soy un periodista despedido. Uno de tantos». A partir de ahí comienza una trama curiosa que es también un reflejo fiel de nuestra época en la que no faltan trabajos precarios, rupturas sentimentales, traiciones pequeñas, miserias de todo tipo y, cómo no, corrupciones y sobornos que arrastran al narrador a hacer recuento de una vida que se va desgranando con elegancia ante los ojos perplejos del lector. Dicho de otro modo, uno podría responder que hemos llegado aquí, al presente de una España en bancarrota magníficamente retratada porque cada uno, en la medida de sus posibilidades, ha contribuido un poco a este estado de cosas. Y eso, pese a la sensibilidad del narrador, un periodista culto, que se maneja en bastantes registros musicales y literarios, un hombre sensible al que la necesidad empuja hacia los derrumbaderos insalubres de una Galicia que se adivina tras ciertas nieblas y ciertas curvas.
Me ha interesado mucho el estilo de Fernando Ontañón, la aparente sencillez con la que narra historias complejas. Los personajes que retrata aparecen llenos de matices, de pequeñas contradicciones que, en medio de sus dudas, de su inseguridad, reflejan muy bien no solo la inestabilidad de nuestro tiempo, sino las debilidades de nuestro carácter. Por lo demás vivimos una época tan rica en miserias que el autor no ha tenido que esforzarse demasiado para hacer un retrato crudo de lo que nos acontece sin necesidad de cargar en exceso las tintas. No es preciso caer en esperpentos cuando el esperpento y el desamparo reina entre nosotros.
«Me dejo ir sin demasiado esfuerzo, respirando el aire salobre que me llena los pulmones y me insufla nuevos ánimos, un optimismo que parece provenir del paisaje, de la mañana fresca y limpia, de la promesa de un día tibio de luz trigueña, de uno de esos días infantiles origen de todos los veranos del mundo.» Traigo a colación este párrafo, elegido al azar, para recalcar la elegancia del estilo, la capacidad sugeridora que empuja al lector, más allá de la trama, a seguir línea a línea, la historia de los personajes.
Por lo demás, mientras leía El periodista despedido recordaba tantas y tantas novelas protagonizadas por periodistas en nuestra narrativa reciente. Y es que la de periodista es una profesión que se presta como pocas a retratar los abismos de la modernidad, así como la precariedad laboral, los pequeños sobornos, las manipulaciones y pequeños engaños a los que con tanta frecuencia se ven obligados los profesionales en medio de la intemperie que acecha. Fran Bueno, el periodista despedido que protagoniza esta novela es tan sólo el retrato cabal de un profesional de nuestros días.
Espero que Fernando Ontañón siga en la brecha y, tras esta elegante y leve novela, siga haciendo nuevas entregas literarias. Arte no le falta.

martes, noviembre 18, 2014

Llamémosla Ramdom House, Bennet Cerf

Trad. Íñigo García Ureta. Trama Editorial, Madrid, 2014. 296 pp. 24 €

Santiago Pajares

Es comprensible que de buenas a primeras el nombre de Bennett Cerf no te diga nada. Pero estoy convencido de que si eres aficionado a la lectura, el de Random House sí. Pues bien, Bennett Cerf fue el creador de Random House en 1927, que llegaría a ser uno de los grupos editoriales más potentes del mundo. De lo que hablamos aquí, son de sus memorias. ¿De las de Bennet Cerf o de las de Random House? De las dos, pues ambos nombres están unidos y es imposible separar uno de otro. Porque estamos muy acostumbrados a hablar de libros y de sus autores, pero no siempre nos podemos asomar a los entresijos de las editoriales y aquellos que hicieron posible publicaciones que ya damos por sentadas.
Bennett Cerf fue alguien que no sólo supo aprovecharse siempre de su buena suerte, sino que aprendió a crearla en cualquier situación. A lo largo de las páginas de este libro podremos adentrarnos en un sinfín de anécdotas sobre la publicación de libros ya clásicos. ¿Cómo consiguió Bennett Cerf que un tribunal de Estados Unidos declarase moral la publicación del Ulises de James Joyce -hasta entonces prohibido- y permitiese su publicación? ¿Quién ayudó a Truman Capote a llegar al pueblo de Kansas donde se desarrolla la novela A sangre fría? ¿Cómo se logra fichar a un autor completamente desconocido nueve días antes de que gane el premio Pulitzer"?
Random House creció y fue creando al mismo tiempo una estrategia de venta y distribución que ha ido evolucionando hasta nuestros días. Vivieron los libros en tapa de dura, las ediciones de lujo, las ediciones de bolsillo, los derechos de reimpresión, los acuerdos con productoras para la adaptación de novelas a películas... Fue creada en un momento en que los más afortundados tenían un aparato de radio en casa y se desarolló hasta que todo el mundo poseía un televisor. Pero este libro es, por encima de todo, un canto a la alegría de estar vivo y trabajar en algo que te gusta. Porque a Bennet Cerf le encantaba publicar libros y descubrir a nuevos autores, le apasionaba el negocio editorial. Si iba a una ciudad a dar una conferencia visitaba las librerías y hablaba con sus libreros, y si no encontraba sus libros en el escaparate, les ayudaba a colocarlos allí. Aprovechaba cualquier oportunidad para hacer publicidad de sus libros, como al asistir de invitado a programas de televisión. De alguna manera la gente que trabajaba con él, y los mismos escritores, sabían que lo daba todo por la editorial. Amigo de autores, dramaturgos, agentes, periodistas, estrellas de Hollywood (se iba de vacaciones con Frank Sinatra), sentía las relaciones sociales como una nueva forma de hacer negociso, y al contrario.
«Vamos a publicar libros, al azar», fue el comentario que le hizo a su socio Donald Kopfler y que daría título a esa nueva empresa. Una editorial que a lo largo de los años reuniría un catálogo de autores tan impresionante como Eugene O´Neill, William Faulkner, John Steinbeck, Truman Capote, James Joyce, Herman Melville y tantos otros que mencionarlos a todos haría esta reseña insoportable.
Pero detrás de todos ellos un nombre, Benett Cerf, alguien que en vida pudo elegir su propio epitafio: «Dejó a la gente un poco más feliz de lo que era cuando entró en la habitación».
Un libro imprescindible para cualquier aficionado a la lectura o trabajador del sector editorial.

lunes, noviembre 17, 2014

Calle Feria, Tomás Sánchez Santiago

Isla del Náufrago, Segovia, 2014. 632 pp. 24 € (De venta exclusiva en www.isladelnaufrago.com)

José Miguel López-Astilleros

A finales de 2006 se le otorgó a Tomás Sánchez Santiago (Zamora, 1957) el XI premio Ciudad de Salamanca de novela por Calle Feria. En 2007 la obra fue editada por Algaida. Siete años después es muy difícil encontrar un ejemplar de la misma, puesto que quien tiene el privilegio de poseer uno y haberlo leído, no se desprende de él, por algo será. Esta nueva edición en Isla del Náufrago, revisada y corregida por el autor, viene a poner a disposición de nuevos lectores una obra que creemos imprescindible, con ello sale gozosamente del silencio al que se la había condenado desde hacía años. No es cierto el tópico de que a los poetas se les suele resistir la prosa. El caso de T. S. S. es un ejemplo claro y evidente. Sin dejar de ser en todo momento un gran poeta, también es un gran escritor de ensayos, relatos y novela, como lo atestigua esta obra.
Calle Feria podría ser la calle de Zamora donde se crió Tomás, pero también la calle donde crecimos cada uno de nosotros, nuestra calle mundo, donde tras lo anecdótico se esconde el descubrimiento de lo extraño que son los seres humanos a ojos de un niño, un adolescente o un adulto melancólico; así como extrañas y perversas son las consecuencias políticas y sociales de una feroz guerra civil, que impregnaría de grisalla la vida durante muchos años, de cuya tristeza era difícil escapar, como no fuera por medio de la imaginación y el humor, o el cine. Esta Calle Feria es la espina dorsal en torno a la cual se tejen múltiples relatos que, amalgamados en su diferencia, conforman su historia ficticia y real a la vez, que es la de los pequeños comerciantes y quienes por allí se aventuran, que a su vez refieren otras historias, hasta llegar al relato de personajes humildes, de lo minucioso y de los objetos donde recala la cotidianeidad y la trasciende con un lirismo esencial. No obstante, hay que matizar que nadie espere un impronta costumbrista en todo esto, sino poética. En esta calle se dan cita palomeros, sastres, barberos, confiteros, zapateros, guarnicioneros y toda una pléyade de dependientes y comerciantes, cuyas actividades comerciales muchas de ellas han desaparecido hoy día, y que junto con los míticos viajantes procedentes de tierras lejanas son los protagonistas, pero no sólo ellos, sino las palabras y los relatos que se intercambian. Asistimos, por ejemplo, al discurso filosófico de un barbero prodigioso, a las crónicas cinematográficas de un crítico amateur, a quien la censura oficial de aquellos años intenta reconvenir, al descubrimiento del erotismo y la sexualidad de dos amigos que comparten el mismo amor, como prueba de amistad e inquebrantable lealtad, y que más adelante se cuentan uno a otro historias como la del hombre del tatuaje de la serpiente, el cuento maravilloso sobre el encargo que recibe Paulino, el zapatero, o el de una humilde limpiadora, que se comunica con su hijo emigrado a Cuba a través de un singular reloj de pared, o una fantasía sobre el poeta Federico García Lorca.
El estilo es fragmentario, como en buena parte de la narrativa moderna. No sólo incluye narraciones más o menos clásicas, más o menos cervantinas, sino otros géneros literarios como crónicas periodísticas, informes gubernativos, ensayos poéticos, como el que trata sobre la pintora Delhy Tejero, en el cual se nos narra con intensa emotividad y lirismo el retrato que le hizo a una confitera, víctima del poder autoritario que ejercía el hombre, su marido, sobre la mujer, su esposa; pero también una apología del pequeño comercio, así como las tribulaciones de un personaje en un supermercado moderno y el menosprecio irónico del mismo. Dos características esenciales son el humor, diseminado casi por todo el libro, unas veces reflexivo, otras veces amargo, paródico o simplemente lúdico; y la otra se refiere al lenguaje, que va desde un clasicismo ejemplar, a un vanguardismo que nos recuerda a Georges Perec o a Julián Ríos; ambas características pueden verse al unísono en el divertidísimo “Monodia de la E”; aunque aparte de este, son constantes las diferentes perspectivas estilísticas y léxicas desde las que se nos muestra la realidad a la que hace referencia el texto.
Calle Feria está escrita con la lentitud de una cocción al amor de la lumbre, sin prisas y sin plazos, haciendo que cada una de las palabras, escogidas con sabiduría y tino, liberen todo su sabor al conjunto, de modo que el entramado de historias se erige así en una construcción firme, de una dureza diamantina en el cuidado del lenguaje y una exquisita sensibilidad en el trato de la materia narrativa, de los personajes y de la memoria de un tiempo que alberga vidas y emociones, esplendorosas en su revelación a través de las palabras, del mismo modo que las traídas por los viajantes «Y era en esos juegos de palabras donde los niños aprendíamos un abecedario decimal y lleno de relámpagos que ya nos acompañaría para siempre, nos estañaba en la boca con la saliva dulce de nombres que jamás se oían en otros espacios de la ciudad, la ciudad gobernada por el gemido indigesto propio de un país con olor a orín envejecido, encelado en conservar en hielo negro, amortecida y triste, la canción de la vida» (págs. 74 y 75).
Debido a que la expresión “obra maestra” ha perdido todo su valor a fuerza de calificar con ella a libros comerciales e insulsos, diremos que Calle Feria es más que una obra maestra, es un libro ameno, divertido y profundo, que cualquier lector sensible agradecerá, entre tanta hojarasca. Al menos esa ha sido nuestra experiencia lectora, que a buen seguro se repetirá en quien se decida a pasear por esta Calle Feria. Y además el tamaño de los tipos de esta nueva edición es generoso, algo de agradecer en un libro de estas dimensiones.

viernes, noviembre 14, 2014

Cuentos de detectives victorianos, selección de Ana Useros

Trad. Catalina Martínez Muñoz. Alba, Barcelona, 2014. 630 pp. 34 €

Julián Díez

Lo de recomendar un libro que contiene material que no es bueno literariamente hablando siempre resulta algo peliagudo, siempre tiene algo de escamoteo al lector. Y sin embargo aquí estoy -de nuevo, pero esa sería otra historia- en esa coyuntura: este es un volumen que vale mucho la pena... Y que está salpicado de textos que encontraré muy comprensible que el lector deje a la tercera página algo espeluznado por un estilo melodramático, truculento o tosco. Contenidos que además chirrían todavía en forma más notable cuando llevan de vecinos a Charles Dickens y Wilkie Collins, por sólo citar los dos nombres más copetudos de los que también aquí se incluyen sus textos.
Pero este es nuestro un tanto vergonzante pasado, el de los amantes del relato policial. Un género popular que en algún momento ocupó el espacio que hoy es propiedad de la telebasura más heavy metal, pero en el que poco a poco se fueron insertando escritores de creciente calidad hasta ser desde hace ya unas cuantas décadas un reflejo vivo y dinámico de la sociedad contemporánea.
El mérito de este volumen está precisamente en suponer un testimonio destilado de la evolución del género y de su tiempo en su primera era relevante: la de la Inglaterra victoriana. Y en particular, desmentir con hechos, o mejor dicho, con historias, la impresión existente de que el relato detectivesco se fragua en ese periodo en torno al impacto de dos supernovas: Edgar Allan Poe y su Auguste Dupin, y Arthur Conan Doyle y su Sherlock Holmes.
Aquí están los demás, los buenos y los malos pero relevantes en términos puramente históricos. Por lo que hay historias que hacen suspirar por más material de sus autores, en particular los relatos de Grant Allen, M.P. Shiel, George Sims y Robert Barr; todos ellos creadores de series con detectives con características propias, concebidos evidentemente al hilo del éxito de Holmes pero con personalidades alternativas. La Lois Caley de Allen, sobre todo, fue un personaje de notable éxito en su momento del que apenas hay forma de contar hoy por hoy con material de lectura, pese a lo contemporáneo de alguna de sus características como mujer detective liberada. El relato presente aquí de la serie y que supone su inicio, "La aventura de la anciana cascarrabias", deja un irremediable deseo de saber más.
Son pues los últimos relatos de este gozosamente grueso tomo los que justifican más su adquisición para el lector medio; historias ya desprovistas de la necesidad de justificaciones, inmersas en los propios convencionalismos del género para bien más que para mal. Sin embargo, para quien alberga un puntín bizarro como el que esto escribe resultan en cambio mucho más curiosos los primeros cuentos del volumen, de los que apenas hay referencias previas accesibles en castellano. El libro se abre con "La cámara secreta", de William E. Burton, anterior por cuatro años (1837) a "Los crímenes de la Rue Morgue" y recientemente reivindicado, por tanto, como primer relato detectivesco de la historia, si bien no había estado accesible al lector español hasta el momento. El cuento es malo, pero divertido más allá de su valor histórico.
La esforzada seleccionadora, Ana Useros, incluye también numerosos ejemplos de "casebooks", relatos de "historias verídicas" precursores, para entendernos, del tipo de material que luego conoceríamos ampliamente en España en las páginas de publicaciones tipo "El caso". Sin embargo, je, aquí hay otro nivel; no hablamos de crímenes cutres de la España negra sino de la Inglaterra rural del ferrocarril primitivo y los vicarios en abadías tardogóticas, o del Londres megasiniestro de la revolución industrial acechado por la sombra del Destripador. Son, pues, historias con sus propios mecanismos de fascinación, aunque resulten estilísticamente cargantes; de las aquí presentes, mi recomendación va para los "casos verídicos" del ex policía de Edimburgo James McLevy, menos sensacionalistas.
Las opciones poco convencionales escogidas para representar a Dickens, Collins y Conan Doyle quedan perfectamente justificadas para dar cuerpo al volumen y contextualizar los textos restantes. Para mí, en suma, un libro imprescindible, y creo que también para estudiosos del tema; espero haber dado argumentos suficientes a quien lea estas líneas para que el lector sin especial curiosidad por el género determine si siente interés.

jueves, noviembre 13, 2014

Galveston, Nic Pizzolatto

Trad. Mauricio Bach Juncadella. Salamandra, Barcelona, 2014. 282pp. €

Salvador Gutiérrez Solís

Para una legión de serieadictos, la primera temporada de True Detective ha sido el gran acontecimiento del año. En mi caso particular, tras la vacía orfandad que sentí a la conclusión de Breaking Bad, gracias a la nueva propuesta de HBO recuperé mi posición/opinión frente a la pequeña pantalla. True Detective, más allá de su trama, con evidentes brechas en su desarrollo –el dislate del capítulo número 4 es el mejor ejemplo-, nos ofreció una espectacular pareja de policías, llamativos por sus oscuras personalidades, por la degradación que nos ofrecen, por sus peculiares tics, las más propicias criaturas para desenvolverse en ese universo pantanoso, sudado y húmedo por el que la serie transcurría.
Pero hablemos hoy de Galveston, la primera novela del guionista de True Detective, Nic Pizzolatto. Publicada originalmente en 2010, años antes que la emisión de la serie en nuestro país, muchos hemos sido los que hemos acudido, como moscas a la miel, al reclamo de la solapa, “del guionista de…”, y que ciertamente ha funcionado, tal y como indican las listas de libros más vendidos. Puede que muchos de los lectores se hayan acercado a la novela esperando más truedetectives, y también los habrá que hayan leído Galveston atrapados por el lenguaje que su autor, Nic Pizzolatto, desplegó en la aclamada serie de televisión. Puede que unos y otros se hayan sentido decepcionados, al no encontrar lo que esperaban. En cualquier caso, acudamos a una frase hecha: las comparaciones son odiosas, sobre todo cuando se comparan elementos completamente diferentes, que emplean soportes, técnicas y vocabularios completamente diferentes. Por tanto, aunque cueste trabajo olvidar, porque es realmente brillante, leamos Galveston sin tener en cuenta que Pizzolatto es el guionista de True Detective.
Desde este punto de vista, que es el lógico, y coherente, delimitadas las fronteras, considero que Galveston es una estupenda –y a ratos sublime- novela, por diferentes motivos. Es más, me atrevería a calificarla como una inusual y soberbia ópera prima. Es intensa, nos ofrece una trama redonda, circular, sin descensos apreciables, fulgurante en determinados pasajes, eléctrica y punzante. Es hipnótica, adictiva, Pizzolatto te atrapa desde la primera línea, te agarra de la mano y no permite que te separes hasta el punto y final. Y es coherente, nada de lo que sucede en Galveston es gratuito o vacío, todo es necesario, incluso crucial, para asimilar y comprender la historia en su integridad.
La mayoría de los lectores habrán encontrado decenas de evidentes referencias en la novela de Pizzolatto: Hammet, Ellroy, Eastwood, Wenders, Peckinpah, Tarantino, Huston, Ford… Es más, en el arranque de Galveston nos encontramos con una serie de personajes y situaciones que ya hemos leído y contemplando en multitud de ocasiones, como uno de esos estribillos que creemos haber escuchado con frecuencia en el pasado, como un eco de la infancia. Pizzolatto se entrega a los tópicos, a los símbolos, para posteriormente interpretarlos a su manera. Demostrándonos el autor que tal vez ya estén contadas todas las historias, pero que aún es posible contarlas de diferentes maneras, transformándolas en nuevas historias. Y, sobre todo, Pizzolatto consigue que nos sintamos dentro de sus personajes. Que nos duelan los golpes que reciben, que padezcamos con semejante frialdad la soledad, la distancia, el desprecio, el desapego… Esta capacidad para introducirnos y secuestrarnos en su juego es la gran habilidad que Pizzolatto despliega en Galveston. Complicidad, emoción, tensión a raudales, en una primera novela que marcará, sin lugar a dudas, el comienzo de una brillante trayectoria literaria.