viernes, enero 30, 2015

Niveles de vida, Julian Barnes

Trad. Jaime Zulaika. Anagrama, Barcelona, 2014. 143 pp. 14,90 €

Ignacio Sanz

«Juntas a dos personas que nunca habían estado juntas y se crea algo nuevo y el mundo cambia. Después… por una u otra razón, una de las dos desaparece. Y lo que desaparece es mayor que la suma de lo que había». Así comienzan, con pequeñas variantes, los tres relatos que configuran este libro que centra su mirada en el sentimiento de pérdida. Y nótese que digo libro y no novela. El primero de los relatos, narra ciertos acontecimientos históricos del siglo XIX protagonizados por pioneros de la fotografía y de la navegación aerostática, aquellos globos que, en sus primeras tentativas para alejarse de la tierra, dejaron algunos cadáveres en la amplias cunetas del Canal de la Mancha. El segundo relato centra su mirada en una historia de amor imposible entre la actriz francesa Sarah Bernhardt y el aventurero oficial inglés Fred Burnaby, uno de los pioneros en navegación aerostática. Cada relato se lee de manera independiente pero los personajes pasan de un relato a otro con cierta naturalidad, como si se tratara de un líquido contenido en vasos comunicantes. Pareciera que los dos primeros sirven para preparar el terreno del tercero donde Barnes muestra a pecho descubierto su corazón herido por la muerte de su mujer, cinco años atrás. Aquí, en este relato “La pérdida de profundidad” desaparece el rastro de fábula y Barnes, el gran Barnes, que tantas veces nos ha conquistado, describe su desconcierto sentimental a consecuencia de la viudez. El duelo. Y con el duelo nos habla de las reacciones de amigos y familiares, de su torpeza para digerir con naturalidad el golpe, del estupor de unos y otros para encarar la zozobra que arrastra consigo la muerte.
Lo que vemos es un corazón desnudo sometido a los estragos de la desolación. Un corazón que no encuentra su lugar en un mundo que, de pronto, ha dejado de tener sentido. El recuerdo sirve como consuelo. Pero el sentimiento de orfandad es tan grande que, a ráfagas, se instala en su cabeza la posibilidad del suicidio que lo libere. Sí, porque el mundo sin ella resulta insoportable. ¿Por qué no da el paso? Aquí viene la poesía. Ella sigue viva en sus recuerdos. Acabar sería acabarla. Qué fragilidad la del novelista desconcertado. Cómo echa de menos las creencias religiosas que a otros sirven de consuelo pero, como sabemos sus lectores en Nada que temer, él creció en una familia de racionalistas ateos y Dios no puede venir en su auxilio porque la razón rechaza los atajos. Y así, zarandeado por la desolación, evoca al periodista Pereira, de Tabucchi, viudo como él y que, como él, contaba sus pesares y sus cuitas al retrato de la mujer desaparecida. En fin, un desnudo integral en ese calvario que va, poco a poco superando, precisamente porque, a los cinco años, por fin, ha comenzado a verbalizar los sentimientos que ahora nos sirve en bandeja, cuando ya ha pasado lo peor de la tormenta, cuando la fiereza de la granizada comienza a remitir y Barnes, situado de nuevo en el mundo, empieza a ver un poco de luz, especialmente cuando sopla el viento del norte y su cabeza sueña otra vez con el sur, con Francia, el país que tantas veces ha orientado sus pasos hacia la felicidad en medio de las brumas que han ido envolviendo su vida.
Tras la lectura, el corazón queda empapado por la melancolía. Para eso sirve también la literatura cuando se escribe con elegancia, sin desgarros ni aspavientos, de manera sutil, como lo hace, con su magisterio habitual, el gran escritor que tantas veces nos subyugó.

jueves, enero 29, 2015

Canta Irlanda. Un viaje por la isla esmeralda, Javier Reverte

Plaza & Janés, Barcelona, 2014. 360 pp. 20,90 €

Alberto Luque Cortina

Irlanda es, a su pesar, un país construido a la sombra de Inglaterra. La opresión sufrida durante siglos propició que los irlandeses conservaran su memoria y su identidad gracias a la transmisión oral, así que no es de extrañar que en su lista de héroes abunden los poetas. Por esta y otras razones encuentro que Javier Reverte (1944) no podría haber elegido mejor título para su, hasta la fecha, penúltimo libro de viajes: Canta Irlanda.
Se trata de una afinidad bellamente expresada. La atracción de Reverte por Irlanda no nace de sus experiencias viajeras, aunque es un país que conoce bien, sino que es anterior, y proviene de la literatura, pero también de la música y del cine. Reverte viaja a Irlanda para encajar las piezas de su puzzle personal. Por ejemplo, prefiere viajar a Cong, el pueblo donde se rodó El hombre tranquilo, la memorable película de John Ford, y se siente más a gusto escuchando música en un pub que visitando anodinas galerías de arte o plúmbeas catedrales. Es un paseante solitario con un bloc de notas que sigue la estela que han dejado sus mitos personales en el mar de la memoria. Más que nunca este es un libro de recuerdos y de hecho hay mucha nostalgia tranquila en Canta Irlanda.
El eje de su itinerario irlandés es esencial e inevitablemente literario. Rememorando el Ulises celebra el Bloomsday en Dublín (allí nacieron Yeats, Joyce, Swift, Wilde, Beckett, O'Casey, Shaw...). En un coche alquilado se dirige a Bellaghy, el pueblo del poeta Seamus Heaney, reconocido con el Nobel de Literatura en 1995 como también lo fueron Yeats en 1923, Shaw en 1925 y Beckett en 1969; visita Inniskeen, la patria del gran poeta Patrick Kavanag, y por supuesto la ciudad de Sligo «que es fea a rabiar», para encontrarse con el recuerdo del inmenso Yeats.
No es de extrañar que las páginas de Canta Irlanda estén moteadas de fragmentos de poesías y canciones populares irlandesas. Estas últimas son una expresión muy singular del carácter irlandés, y han hecho de sus pubs, que con frecuencia cuentan con las actuaciones espontáneas de músicos aficionados, un lugar esencial para entender el país. En ocasiones, escribe Reverte «cuando entonan una canción concreta, una balada triste o un himno por un patriota muerto, por lo general en lucha contra Inglaterra, el pub parece de pronto convertirse en un templo religioso y la canción toma el aire de un rezo. Los músicos cierran los ojos, el vocalista parece murmurar más que cantar y muchos de los parroquianos se unen con su runrún de fondo a la melodía».
Naturalmente, una parte importante de la narración transcurre en estos pubs, a veces hasta la hora de cierre. En uno de estos establecimientos, en el puerto pesquero de Skirren, Reverte encuentra un cartel que, muy significativamente, dice: «Si las palabras fueran clavos, los irlandeses habríamos construido una gran nación». En otros inicia conversaciones casuales con los parroquianos; ser español en Irlanda siempre es una ventaja. A través de estos diálogos fortuitos y de las pinceladas históricas marca de la casa, siempre tan efectivas, Reverte ofrece una visión cercana y global de Irlanda, de su historia, su literatura y de su conflictiva relación con Inglaterra.
Canta Irlanda es un libro amable, escrito con bohomía por un viajero "tranquilo" y sin complejos. Se trata de alguien que coge el autobús turístico para recorrer Belfast, o que sufre, y lo cuenta con su buen sentido del humor, un principio de ataque claustrofóbico en la cámara funeraria de Newgrange. En Achill, una isla de "violencia neolítica", conduce por una carretera estrecha que se abre a un precipicio y, cuando el viento arrecia con ferocidad, siente miedo y da media vuelta. Este Reverte más reposado sorprenderá a los lectores de su trilogía africana. A estas alturas el autor tiene poco que demostrar o demostrarse, y no tiene problema en afirmar que «todos somos turistas, incluidos los que se llaman a sí mismos viajeros», que bien podría servir de advertencia a algunos escritores de salacot.
Se trata, en definitiva, de una crónica amena y una tarjeta de visita para quienes deseen conocer este país. Como es usual en sus libros, el autor incorpora una interesante bibliografía que, en mi caso, suele ser embrión de nuevas lecturas y así promete ser con el Diario Irlandés de Heinrich Böll, pero echo de menos, por las constantes referencias musicales, una discografía selecta. A falta de pan incluyo con sus enlaces algunas canciones emblemáticas que aparecen, junto a muchas otras, en diferentes pasajes del libro, y que bien podrían servir de banda sonora al mismo. Cheers!

Finnegan's Wake: Se trata, según Reverte, de una «canción popular muy conocida y cantada en Irlanda. De hecho, se considera una canción típica de pub, o sea, de borrachos», aquí interpretada por unos músicos callejeros en un pub llamado Sean Og, durante el festival de folk de Ballyshannon de 1988 (págs. 40 y 41).
Dirty old town: «Canción muy popular en Dublín que encierra una sutil crítica social». Fue compuesta por el poeta y cantautor Ewan MacColl en 1949 y aquí os enlazo la versión de los Pogues (pág. 43).
Whiskey in the Jar: «Canción popular sobre un tal capitán Farrell, asaltante de caminos» en la versión del conocido grupo irlandés de folk, The Dubliners (pág. 45).
Wild Rover: «Una de las canciones más populares de Irlanda y raro es el pub en donde no se canta al menos una vez cada noche. Sin duda es la canción favorita de todos los borrachos». Aquí están los Pogues otra vez, cerrando el concierto que dieron en el Town & Country el día de San Patricio de 1988, cantando Wild Rover con notable fidelidad a su espíritu (pág. 189 y 255).
Molly Malone: «Es quizá la balada más cantada en Irlanda (…). Es considerada como el himno oficioso de Dublín y trata de una bella muchacha (…) que murió de fiebres en plena calle». Aquí la interpreta Barry Dodd (págs. 333 y 334).
Sunday, Bloody Sunday: la archiconocida canción de U2 que recuerda los sucesos del Domingo Sangriento de 1972 (desde pág 231).

miércoles, enero 28, 2015

El expreso de Tokio, Seicho Matsumoto

Trad. Marina Bornas. Libros del Asteroide, Barcelona, 2014. 220 pp. 17,95 €

Santiago Pajares

Seicho Matsumoto fue uno de los grandes impulsores de la novela negra en Japón tras la segunda guerra mundial. Utilizó las tramas alrededor de los crímenes como una excusa para reflejar escenas cotidianas de la vida japonesa y criticar a la sociedad y al estado. Fue, de hecho, uno de los primeros autores nipones en introducir la corrupción política y policial en sus novelas como un elemento más de los crímenes que narraba. El sujeto de investigación no resultaba entonces el crimen en sí, sino la sociedad en la que el crimen era cometido. Matsumoto no recibió una educación formal, y desempeñó diversos trabajos antes de entrar como publicitario en Asahi, uno de los periódicos más importantes de Japón, teniendo que interrumpir sus tareas por la segunda guerra mundial. No empezó a escribir novelas hasta entrado en la cuarentena, pero decidió recuperar el tiempo perdido. Hasta su muerte en 1992, escribió más de 450 trabajos entre novelas, relatos y ensayos. Tanto fue así, que llegó a ser conocido como el Simenón japones.
Este libro que hoy recupera Libros del asteroide fue publicado por primera vez por entregas en una revista japonesa entre 1957 y 1958 y con el tiempo ha llegado a ser conocido como una de las novelas policíacas japonesas más famosas del siglo XX. Las entregas resultaron un éxito y fue inmediatamente reeditado en forma de libro. ¿Y por qué ese éxito? Porque El expreso de Tokio es una máquina de precisión, una novela donde el autor se basa en los horarios de trenes para resolver el crimen. El arranque de la historia es el descubrimiento de los cadáveres de un alto funcionario del gobierno y una camarera en una playa de la isla de Kyushu. Investigaciones posteriores revelan que para su cometido han tomado cianuro. Pero en lo que parece un caso corriente que se archivaría el mismo día crece la duda a raíz de un detalle insignificante. Por la factura encontrada en el chaleco del funcionario se puede deducir que ha comido sólo en el tren. ¿Y su acompañante, no llegó a tomar nada? ¿Un café o un té para acompañar a su pareja? El principal sospechoso tiene una coartada perfecta, y es que el mismo día que los amantes marchaban hacia la isla, él cogía otro tren hacia la otra punta del país. Tiene todo tipo de testigos y pruebas de todos los transportes que ha tomado hasta llegar a su destino, tantos y tan evidentes que parece algo armado por una mente criminal para no dejar resquicio a la duda. Y es ahí donde dos inspectores, uno en la isla de Kyushu y otro en Tokio, comienzan a analizar frenéticos todas las posibilidades de transporte que el sospechoso pudiera haber usado para estar en el lugar del suicidio. Como hemos dicho antes, Matsumoto hace una gran crítica social. Un departamento del ministerio (llamado departamento X en el propio libro) alberga un gran caso de corrupción, y que uno de sus funcionarios de alto nivel se haya suicidado entorpecería esa investigación. Así que no queda más que revisar concienzudos los horarios de trenes y buscar una solución. Además, como especifica el propio autor, los horarios de trenes que se citan a lo largo de la novela por todo Japón, son los vigentes en el año 1947.
Hay que hacer mención a la inmaculada edición de Libros del asteroide, que han conseguido convertir sus libros en un pequeño objeto de deseo. Y es que la precisión y el detalle no son sólo propiedad de los escritores y los investigadores de las novelas, sino de los editores que las publican.

martes, enero 27, 2015

Anoche anduve sobre las aguas, Irene Gracia

XXII Premio Juan March Cencillo. Pre-Textos, Valencia, 2014. 178 pp. 13 €

Pedro M. Domene

Mito, fantasía y realidad, el bien frente al mal, la virtud frente al vicio para contar una fábula que mezcla imaginación con realidad, o tal vez un cuento donde lo fabuloso y lo irracional convergen con una serie de leyendas mitológicas que enriquecen desde hace siglos la imaginación de cualquier escritor que se precie. A este tipo de relato se adscribió, desde hace algún tiempo Irene Gracia (Madrid, 1956), que escribe historias de un marcado anacronismo, donde seres mágicos y mundos de fábula se convierten y concretan en esa realidad en que vive la narradora madrileña y, a nosotros nos invita con su mágica escritura a formar parte de ella.
Anoche anduve sobre las aguas (2014) bebe de las fuentes del milagro bíblico más original, la castidad femenina y el mito de la virginidad. Y así Irene Gracia propone su particular versión frente al Maligno en la figura de dos primas, Elisa y Aura y el largo peregrinaje, sobre todo, de la primera para vencerlo en virtud de sus dotes espirituales, y a sus ansias místicas que favorecen la renuncia total del deseo carnal, y aun más en su insistente acercamiento al Amor Divino. Así que ambas jóvenes deciden ingresar en un curioso convento, ubicado en la isla de la Luna Llena, donde conviven, siempre, exclusiva y únicamente noventa y nueve religiosas. La historia queda enmarcada en dos espacios o escenarios creíbles, en una Venecia de vicio y lujuria, con dos aristócratas arruinados y libertinos, Bruno y Ulla, y otro en San Petersburgo, donde se desarrolla la historia de las dos muchachas, y queda enmarcado su expreso deseo de renunciar al mundo y a las tentaciones que reinan en él. Pero la novela va dejando atrás esas edificadas ansias místicas y las abundantes dosis de espiritualidad ascética con que sueña Elisa para convertir su historia en una obligada pugna contra el ángel de la virtud y el deseo, encarnado por el bruto duque Bruno y sus artimañas para vencer a la doncella, a quien ha secuestrado y pretende obligar a casarse con él. Y, una vez doblegada su voluntad, a saciar sus deseos sexuales alejándola así de sus manifiestas intenciones de mantenerse virgen y al servicio de Dios, enfrentándola a Luzbel que lucha con todas sus malas artes y se ayuda de la bruja Ulla que conseguirá drogar a la joven y así finalmente perder su doncellez y, por consiguiente, enterrar el mito virginal de la joven casta y pura.
Añoche anduve sobre las aguas, XXII Premio Novela Breve Juan March Cencillo, tiene un marcado carácter sufista, y/ o acercamiento a la santidad, y así cada instante, cada imagen que nos ofrece Irene Gracia, es de una certeza absoluta, incluso cuando le otorga a la protagonista el don de la levitación. Y como si se tratara de una clásica narración mística, con esos evidentes toques espirituales señalados, Elisa emprenderá su camino en unas islas seráficas, el de una perfección y de purificación supremas. Aunque solo al final sabremos que en esa búsqueda, que se inicia rumbo a su destino, y en un ruidoso aeropuerto moderno, saboreará todos los estados del alma, el de la pureza, la inocencia, el infierno y la perversión suprema. Una deidad corpórea, representa a todas las manifestaciones de los cuatro elementos subrayados, porque, sabemos, que el tiempo puede representar a toda una vida, o lo que es lo mismo, queda concretada en un minúsculo sueño, tan plácido como dañino, y entre el simple trayecto de un largo viaje de carnavalesca Venecia a una cosmopolita San Petersburgo.

lunes, enero 26, 2015

Geografías apócrifas, José Luis Gärtner

Talentura, Madrid, 2014. 130 pp. 11,98 €

Miguel Baquero

La imagen no puede ser más gráfica y sugerente, y en eso se nota que el autor de esta novela, José Luis Gärtner (Granada, 1964) tiene amplia experiencia en el sector teatral: un hombre circula diariamente, y casi a la misma hora, por los pasillos de un centro comercial subido en una pulidora. Trabajador de la limpieza en la macrosuperficie, el protagonista la recorre rutinariamente, zigzagueando y volviendo una y otra vez sobre el lugar por donde acaba de pasar, a la velocidad ínfima que puede imaginarse.
La máquina es, en verdad, todo un descubrimiento literario, pues le permite a Gärtner «pasear» a su personaje con una calma inusitada en medio del barullo y la prisa de las compras; y al paso de su monótono trabajo, reflexionar sobre los distintos establecimientos frente a los que cruza, las personas que hay en ellos o los grupos que, sin reparar en él, le abren paso, y por entre medias de los cuales atraviesa como invisible. Para mayor —y más acertada— caracterización, el protagonista vive en el mismo centro comercial, en un cuartucho de servicio junto a las taquillas, de apenas unos metros cuadrados, que le han habilitado.
Subido a la pulidora, el personaje, día tras día, como se ha dicho, pasa por los mismos lugares, fantasea sobre la vida de los otros, discurre sobre lo que le rodea, imagina que un accidente acaba con su jefe... En resumidas cuentas, piensa. Piensa. Y a la primera conclusión que llega es a la que aconsejaba el sabio: antes de nada, conocerse a uno mismo, y el protagonista concluye que es nada, nadie. Y que, en consecuencia, nada tiene. Un gusto, quizás, bastante embarullado por la literatura, por la cultura en general; sueña difusamente con, un día, escribir un libro, pero quizás él es el primero que sabe que se está engañando a sí mismo. Que nunca escribirá, nunca hará nada, salvo pasar la pulidora un día y otro por el centro comercial.
Me parece escalofriante la imagen de ese hombre, que podría servir como magnífico símbolo de nuestro tiempo. Un hombre obligado a vivir en, y recorrer una vez tras otra, el centro comercial, pasar frente a las tiendas, junto a los consumidores, ignorado de todos, a una velocidad distinta a ellos que le permite recapacitar. Tal vez las reflexiones que vaya desgranando sobre la máquina no tengan tanto valor como la imagen en sí, aunque algunas ciertamente sean de gran categoría: «La gente anda tan preocupada por alcanzar la felicidad que se olvida de lo fácil que podría ser lo de estar a gusto»; o: «Los mortales hemos inventado relojes para recordarnos que el tiempo no transcurre, sino que se agota». Grandes frases, realmente, pero nada comparables, insisto, a la imagen de este hombre, del que poco más llegaremos a saber —salvo algunos retazos difusos de un pasado en el que vivió la frustración de un amor—, este trabajador que recorre los pasillos lentamente, conversando consigo mismo, y que en sus ratos libres acude al bar del centro comercial a embrutecerse.
Algunas objeciones —pero hablamos de detalles succionados o, mejor, pulidos por esa imagen que se lo traga y lo disculpa todo—: el tono demasiado escatológico del principio, con algunas reflexiones y escenas pueriles sobre el cagar y el mear —aunque tal vez tengan una segunda disculpa por el hecho de que el personaje sea un encargado de la limpieza y, como tal, se vea a menudo entre basuras—. Otro pero: el nombre del protagonista, Atanasio Ropero, que suena grotesco y como a chanza cuando claramente no era necesario; y el título del libro, Geografías apócrifas, cuyo tono pomposo no alcanzo a comprender a qué obedece ni cuáles sean esas geografías, pudiendo haber empleado un «La pulidora», por ejemplo, así de sencillo y definitivo.
Pero son detalles en medio de un relato dominado por esa gran imagen, excelente metáfora que Gärtner propone del hombre actual.

viernes, enero 23, 2015

Paul está muerto y otras leyendas urbanas del rock, Héctor Sánchez y David Sánchez

Errata Naturae, Madrid, 2014. 219 pp. 19,90 €

Salvador Gutiérrez Solís

No me cabe duda de que existen determinados títulos que actúan a modo de anzuelos: cuentan con la capacidad de “pescar” a nuevos y diferentes lectores. Paul está muerto y otras leyendas urbanas del rock, de Héctor Sánchez y David Sánchez, es un magnífico ejemplo para ilustrar esta afirmación, ya que tanto melómanos empedernidos, lectores habituales o simplemente curiosos pueden disfrutar, con semejante intensidad y placer, este libro.
Un libro que, en primer lugar, a simple vista, es un hermoso objeto, en su portada, así como en las estupendas ilustraciones creadas por David Sánchez para cada uno de los capítulos, y que se complementan a la perfección con los textos de Héctor Sánchez. Pero Paul está muerto es mucho más que un bello objeto, ya que logra, de una manera amena, pedagógica, ofrecernos un retrato nítido de buena parte de los más legendarios nombres de la historia del rock.
Elvis puede que siga vivo, tal y como canturreaba Calamaro en su canción, sopla ochenta velas en una cantina de Nuevo México. ¿Fueron Jagger y Bowie amantes ocasionales o todo es producto de un ataque de celos? Esos mensajes demoniacos, como tarareados por la niña de El Exorcista, cuando giramos el vinilo en dirección contraria. Artilugios sexuales de las más diferentes condiciones, tamaños y especies, acuáticos y terrestres; esa estrella del rock que aterroriza a los animales con los que se topa. La viuda permanentemente sospechosa, los “tiros” de Richards, el suicida club de los 27, automóviles que se arrojan a la piscina o la resurrección del Rey Lagarto.
La breve, pero intensa y a ratos atropellada, historia del rock está plagada de grandes leyendas, en infinidad de ocasiones no dejan de ser la flor de un rumor, de un bulo, que germinó a toda velocidad, que han soportado con vitalidad, camufladas tras la falsa máscara de la veracidad, el paso del tiempo y de las generaciones. David y Héctor Sánchez retiran las máscaras de estas leyendas y nos arrojan luz sobre lo realmente sucedido, que en determinadas ocasiones comenzó siendo una inocente y simple anécdota. El poder del rumor, el gusto por la mentira, el expansivo gas de la exageración.
Y Paul está muerto y otras leyendas urbanas del rock es, por encima de todo, un libro muy divertido, algo que se agradece especialmente, y que no está reñido con esa pedagogía que le reconozco. Como tampoco lo está con una narrativa más que convincente, que no renuncia a la información sin olvidar el sentido del humor o la ironía. Textos, como indicaba, perfectamente ensamblados a las ilustraciones, algunas de ellas con una asombrosa carga psicológica, y que consiguen mostrarnos un retrato más nítido, más preciso, más total, de lo relatado.
Es de agradecer la apuesta de la editorial Errata Naturae por ofrecernos diferentes visiones sobre todas esas propuestas culturales contemporáneas que tardan en ser reconocidas o estudiadas desde el academicismo, pero que, sin embargo, no tardan en ser asumidas y asimiladas por multitud de consumidores, puede que necesitados por ventilar los discursos mil veces escuchados y contemplados. Pedagogía, diversión, humor y aire fresco, también, casi un ciclón, en Paul está muerto y otras leyendas urbanas del rock.

jueves, enero 22, 2015

La cata, Roald Dahl

Trad. Iñigo Jáuregui. Ilust. Iban Barrenetxea. Nórdica, Madrid, 2014. 80 pp. 19,50 €

Care Santos

Aunque no descubra nada, lo diré: Roald Dahl es un fuera de serie. Uno de esos escritores que jamás decepciona, que consuela, reconcilia, hace feliz. Da igual de qué traten sus relatos, en ellos siempre hay algo interesante que merece ser sabido y un modo excelente de decirlo. Sus cuentos avanzan hacia un final con vuelta de tuerca que nunca es excesivo, y que siempre coloca las cosas -y a las personas- en el lugar exacto donde deben estar. Hay en su literatura, en toda ella, desde la infantil hasta los relatos autobiográficos, una idea de justicia subyacente, un mundo en equilibrio. Los malos lo son sin explicaciones, como en la vida misma. Los buenos juegan con la ventaja de su candidez. Da gusto volver a Dahl, por mucho que lo hayamos frecuentado antes.
La cata -Taste, en su versión original- cuenta una cena entre seis personas. El anfitrión es inglés y el escenario, una casa londinense. Entre los invitados se sienta un famoso gastrónomo, experto en vinos raros. El anfitrión es un sibarita de pacotilla, más bocazas que entendedor, deseoso de impresionar a su importante huésped. Las mujeres actúan como meras comparsas, en realidad esto no es una cena: es un duelo, una pelea de machos. Luego tenemos al narrador, discreto, en segundo plano. Un narrador-testigo, que cuenta en tercera persona, sin énfasis, sin implicación emocional, casi se diría que da fe. Típico de Dahl: mostrar con crudeza pero sin detenerse en juicios morales. No le hace falta: en tres frases ha logrado describir a la perfección a un personaje para que sepamos cómo hay que tratarle. Pratt, el gastrónomo, por ejemplo, no fuma por no estropearse el paladar y habla de los vinos como si fueran personas. ¿Qué más hay que decir? El anfitrión, en cambio, Schofield, parece avergonzarse "de haber ganado tanto dinero con tan poco talento". Habla sin parar. Es pedante, odioso, aunque nadie nos lo diga.
Una vez presentados los personajes, comienza el combate. Dahl es un autor muy teatral, aunque -que yo sepa- nunca escribió teatro. Este cuento podría convertirse en una pieza breve representable y sospecho que funcionaría de maravilla. Como ocurre en las piezas dramáticas, el diálogo es en realidad la trama misma: los dos duelistas sentados a la mesa se enzarzan en una discusión que da pie a una apuesta. Una apuesta descabellada, osada, inmoral, muy dahliana. Porque el autor siempre lleva a sus personajes un paso más allá de lo permitido. Y hecha la apuesta, claro, sólo cabe ver en qué acaba. A eso dedica unas cuantas páginas más. Páginas de diálogos fascinantes, que avanzan con una naturalidad que nos permite imaginarnos sentados a esa misma mesa, con los tres matrimonios británicos. Porque aquí, nótese, todo es muy pero que muy británico.
Los lectores de Dahl, incluso los lectores que ya conocíamos este cuento (titulado Gastrónomos en la edición de sus cuentos completos de Alfaguara), esperamos con ansia sus finales. La sorpresa que siempre llega, como si el autor esperara ese contrapunto, ese acto de justicia, esa frase que lo descabeza todo, para decidir que la historia ha terminado. Aquí llega también, servida por el único personaje de quien nada esperábamos, y es un final demoledor. Es decir, de los que consuelan, permiten firman un armisticio con el mundo y hace feliz. Si no han leído a Dahl, háganlo. Debería ser obligatorio. En todas las mesitas de noche de los hoteles debería haber un libro suyo. Y lo mismo en las cárceles, en los hospitales, en las salas de espera, en las oficinas de hacienda, en los bolsillos delanteros de los aviones.
Pero esta edición es una magnífica noticia también para los muy lectores de Roald Dahl. Es una edición exquisita, ilustrada, uno de esos libros del que uno no quiere desprenderse, que enseña a los amigos de buen gusto. Iban Barretxea ha captado a la perfección el espíritu del relato. Sus ilustraciones enfatizan el aspecto teatral y presentan la cena como un escenario a la italiana, en el que vemos evolucionar a los personajes. La acción parece mínima a simple vista, aunque el lector sabe que no es así. Las escenas, deliciosamente detallistas, acompañan al texto con exquisita perfección, mostrando el más difícil todavía de las emociones de los diferentes personajes. Añaden el paso del tiempo -ausente en el cuento- y presentan el brutal contraste entre el dramatismo de la situación y el muy burgués escenario. Son tan magníficas, tan sutiles -el detalle de mostrar al narrador de espaldas, por ejemplo-, que me atrevo a afirmar que el lector pasará más tiempo mirando las ilustraciones que leyendo el cuento de Dahl. Y hará bien, porque son ilustraciones muy poco comunes. Logran lo que no parecía posible: mejorar el cuento.