sábado, mayo 18, 2013

María Estuardo, Stefan Zweig

Trad. Carlos Fortea. Acantilado, Barcelona, 2012. 416 pp. 26 €

Miguel Baquero

Además de excelso novelista —¿cómo?, ¿qué todavía no has leído su Novela de ajedrez?— Stefan Zweig fue un biógrafo de primera línea; de hecho, muchas de sus biografías han servido de modelo a otros autores a la hora de relatar la vida de un personaje histórico con perspicacia psicológica, atención al detalle significativo, un profundo toque lírico en los momentos cruciales y, en el fondo y como remate de todo, una capacidad genial para captar el fondo social y humano de la época a través del protagonista de la biografía. El libro dedicado a María Antonieta, dentro de las figuras históricas tratadas por Zweig, es sin duda todo un clásico en este sentido; y en todo caso, es una narración impresionante tanto por su amenidad, como por su estilo narrativo, como por su calado psicológico.
Dos años después de la publicación de María Antonieta, en 1934, Zweig publicó la biografía María Estuardo, que ahora reedita Acantilado en una magnífica edición. No es, sin duda, una narración tan límpida y contundente como la que el autor austriaco trazó de la reina de Francia, pero ello no ha de achacársele al escritor sino a la figura biografiada y a las múltiples luces y sombras que la rodearon (luces y sombras que incluso hoy, siglos después, aún no han sido desveladas del todo y siguen manteniendo la realidad entre penumbras).
Convertida en piedra de choque, en plena época de la Contrarreforma, entre los partidarios del protestantismo (Inglaterra en especial, con su reina Isabel a la cabeza) y los defensores de la vieja Iglesia papista (Francia y España, sobre todo), es comprensible que la verdad en torno a María Estuardo, reina católica de Escocia, se haya desvirtuado y tergiversado en función de los intereses de unos y otros. Tanto más cuanto los avatares de su vida la hicieron perder el trono, ser apresada por los ingleses y finalmente llevada al cadalso tras un juicio (o remedo de) cuya resolución llegó a convertirse en “casus belli” entre Su Graciosa Majestad Isabel I y Su Muy Católica Alteza Real Felipe II, quien llegó a fletar toda una armada para conquistar la isla y poner fin a la ofensa intolerable cometida contra la vida de toda una reina ungida, con el resultado creo que ya de todos conocido.
Sabe Zweig, por tanto, que se está moviendo por un territorio resbaladizo, sembrado en su día de mentiras interesadas, exageraciones y ocultamientos. Sin embargo, desde la perspectiva del tiempo transcurrido, el escritor austriaco no tiene miedo de cotejar, por ejemplo, los documentos que se mostraron como inculpatorios para la Estuardo con sus características psicológicas, para concluir si tales documentos, o esas otras argumentaciones, son ciertos o tienen visos de haber sido manipulados. La biografía, así, pasa en muchos momentos a convertirse en una verdadera novela sobre las argucias de unos y otros, sus comadrejeos por las cortes europeas, la venalidad y la hidalguía de estos y aquellos… Al fondo, dando forma al cuadro completo, la persona de María Estuardo, compleja como todo ser humano, inteligente en ocasiones, de comportamiento estúpido a veces, imbuida de su majestad y al mismo tiempo cubierta de dudas. Y más al fondo aún de la reina de Escocia, como una presencia amenazadora, su Némesis, la reina Isabel de Inglaterra —¡sublime personaje!—, que de igual manera la tema, la odia, la admira…

viernes, mayo 17, 2013

Gallinas de madera, Mario Bellatín

Sexto Piso, Madrid, 2013. 147 pp. 16 €

Ignacio Sanz

Gallinas de madera es un libro que contiene dos novelas cortas independientes y de estirpe metaliteraria. En la primera titulada. “En las playas de Montauk las moscas suelen crecer más de la cuenta”, se homenajea a Bohumil Hrabal, el gran escritor checo cuya muerte es un misterio que sigue flotando sobre la historia de la literatura europea. Hrabal vivía internado en una residencia de ancianos. En la cornisa se de la cuarta planta se posaban las palomas a las que él echaba de comer. Un día Hrabal se precipitó al vacío. ¿Suicidio acaso? Bellatín parte de este hecho minúsculo para divagar sobre el gigante de la narrativa checa y lo hace bajo los efectos delirantes que produce la ingesta de un líquido lisérgico. La visión de la realidad es deformada y aparecen moscas monstruosas, aves de rapiña, perros. Y aparece una y otra vez Bohumil, pero un Bohumil deformado por los efectos del líquido lisérgico, como en los esperpentos de nuestro Valle, pero aquí sometido a un discurso circular, como de melopea que repite y repite, pero al mismo tiempo envía rayos de sol, puntos de luz sobre la obra del gigante checo. El segundo relato, “En el ropero del señor Bernard”, el homenajeado es el escritor francés Robbe-Grillet con quien Bellatín sostuvo una conversación pública poco antes de morir. El señor Bernard pertenecía al Movimiento Literario Sumamente Innovador. Uno de los principios de este movimiento consiste en matar al padre, en empeñarse en que cada generación de escritores renueve sus fuentes de creación edificando su obra sobre las ruinas de la generación anterior. Bellatín envuelve al lector en un discurso melopeístico con referencias personales y múltiples desdoblamientos.
Por todo ello no estamos ante un libro fácil, como acaso no lo sea la literatura de Robbe-Grillet. Y sin embargo, en medio del bálago discursivo, encuentra el lector reflexiones lúcidas como las que hace sobre  El extranjero de Camús al referirse a los tiempos verbales con los que empieza esta inquietante novela. En cualquier caso se trata de disquisiciones sobre la escritura antes que sobre la vida.
«Me puse a escribir, imaginariamente, eso sí, porque no comprendo el mundo. Lo hice en la mesa donde me sirvió alguna vez una sopa hecha con restos de pájaros. Esto es todo. Para colmo, mientras más escribo, menos entiendo. Ahora no se qué va a pasar, sabiendo además que en el ropero del señor Bernard falta un traje, por si fuera poco el que más detestaba.»
Y, pese a todo, es decir, pese a esta atmósfera de cavilaciones concéntricas que abruman ligeramente al lector, a menudo salta la chispa, una chispa que empuja a seguir para encontrar el misterio que une a los parricidas.

jueves, mayo 16, 2013

Grandes borrachos daneses, Lars Bang Larsen e Ignacio Vidal-Folch

Alfabia, Madrid, 2013. 111 pp. 6 €

Anna Maria Iglesia

«¡Dios míos!», exclama el narrador, «¡Me gustaría saber qué fuerza demoníaca empuja a los daneses a beber de una forma desaforada, como si ignorasen o despreciasen olímpicamente las previsibles consecuencias de una adicción tan ruinosa!». No se halla respuesta a lo largo de este breve e irónico libro publicado por Alfabia y de curioso título: Grandes borrachos daneses. Sus autores, Lars Bang Larsen e Ignacio Vidal-Folch realizan un viaje sui generis alrededor de Dinamarca y la “empapada mentalidad danesa”; un viaje marcado por retratos costumbristas y saltos temporales que no buscan dar una respuesta a la exclamación anterior, sino mostrar con ironía, parafraseando a los propios autores, la empapada historia danesa.
Si el alemán Nieztsche hablaba del eterno retorno, un danés bien podría hablar de la eterna borrachera, de la perenne atadura a la botella; pero los daneses no son los únicos a estar indefensamente ligados a este objeto. De hecho, a tierras danesas, cuentan los dos autores, llegan cada años miles y miles de noruegos en busca de un vicio demasiado caro en sus gélidos lares. Viajan los noruegos, como también viajan los jóvenes ingleses verano tras verano; en ferry, los primeros alcanzan las tierras de sus vecinos, mientras, los segundos, en vuelos cada vez más baratos, llegan a las cálidas y baratas –al menos con respecto a su economía- tierras de esta Europa del sur. Sin embargo, lejos de las degradantes escenas que protagonizan los jóvenes anglosajones y que la televisión no duda en mostrar con escrupuloso detallismo, Vidal-Folch y Larsen rememoran anécdotas históricas en las que el alcohol, el arte de la bebida, se convierte en un ingrediente, en un elemento narrativo indispensable no sólo para los hechos, sino, y sobre todo, en tanto que condimento sarcástico y costumbrista de la narración. No hay que detenerse siempre en lo escabroso y los dos autores lo saben bien, porque en el hábito del beber los matices son importantes, narrativamente hablando, se entiende.
Se tiende en demasiadas ocasiones en buscar mensajes moralísticos, enseñanzas cívicas y condenas contundentes de los malos hábitos. No busque, estimado lector, ni unos ni otros; Grandes borrachos daneses no es un texto apologético, pero tampoco de denuncia. Se trata de un juego paródico; un ejercicio en el que el arte de la narración se entremezcla con estilo periodístico —ai las, que dirían los trovadores, ¿adónde fueron los Larra?—, con ese periodismo que no se detiene en la última hora, sino que encuentra su objeto en la cotidianidad, próxima o lejana, pero siempre oculta tras los imperativos de la información diaria. A lo largo de este ejercicio de estilo, Vidal-Folch y Larsen rescatan del anonimato a personajes singulares, Jumbo cogorza, Jens Evenses o Jens Paras. ¿Creaciones de la imaginación o personajes reales? En un ejercicio, que bien podría ser tildado de borgesiano, los dos autores no dejan de referenciar a cada uno de los personajes de la narración; las fechas concretas, los lugares, los testimonios directos o referencias a publicaciones son algunos de los elementos a los que los dos autores recurren para borrar la frontera que separa la ficción del reporterismo. No se trata de invenciones, parecen indicar, al menos en apariencia, estas verosímiles referencias, pero, como ya bien sabía Borges, la verosimilitud es un elemento más de la ficción; Grandes borrachos daneses ¿es un reportaje periodístico? ¿Es una recopilación de anécdotas de la historia “empapada” danesa? ¿es una ficción? Es precisamente la ausencia de respuesta a estas cuestiones la que hace de este texto un texto singular, pues propone distintas claves de lectura, todas válidas, pero ninguna definitiva.
«A los borrachos no se les perdona nunca», escribió Bukowski, pero a los escritores se les perdona todo; de la misma manera que «los borrachos se perdonan a sí mismos porque necesitan seguir bebiendo», el lector perdona siempre a los escritores porque necesita seguir leyendo. Consciente de su absolución, Grandes borrachos daneses sigue planteando un juego al que resulta imposible sustraerse.

miércoles, mayo 15, 2013

El problema de Spinoza, Irvin D. Yalom

Trad. José Manuel Álvarez-Flórez. Barcelona, Destino, 2013. 464 pp. 19,50 €

Luis Manuel Ruiz

En la pequeña población de Rinjsburg, a cuarenta kilómetros de Amsterdam, hay una casita de grandes adoquines con tejado a dos aguas y ventanas emplomadas que contiene un museo. Las dos salas de que consta ofrecen al visitante detalles nimios de la vida tal y como tenía lugar cuatrocientos años atrás: una cama con dosel y sábanas de Holanda, jofaina, espejo, escabel; un conjunto de útiles de aspecto desconcertante que, si el profano no lee el prospecto que recibe a la entrada, jamás llegará a reconocer como herramientas para la manufactura de lentes; un escritorio con candil y un armario donde se acumulan centenar y medio de libros gruesos como sacos, todos ediciones originales del siglo XVII y anteriores, en seis lenguas, holandés, portugués, español, hebreo, latín y griego. Es la biblioteca de Spinoza: una radiografía, como si dijéramos, del interior de su cerebro, una imagen al trasluz de la mente que alumbró el sistema metafísico más detallado y sorprendente de la historia de las ideas. Poseer la biblioteca de Spinoza significaría algo así como apropiarse de su alma, de los prodigios y vislumbres que llegó a contener: sería el correlato más acabado de ese viejo ritual mediante el cual las tribus del pasado pretendían asumir el valor o la fuerza del rival devorando su corazón. Un hombre quiso devorar el corazón de Spinoza, es decir, robar su biblioteca. Fue Alfred Rosenberg, ideólogo nazi, miembro de la plana mayor del NSDAP y uno de los responsables directos de la masacre de seis millones de judíos en la Segunda Guerra Mundial. Rosenberg detestaba a los judíos, pero admiraba a Spinoza. Eso le ponía en un aprieto: en un dilema insoluble entre cuyas aguas se mueve la novela de Irvin Yalom que reseño aquí.
El nudo gordiano que Yalom ha elegido tiene su enjundia. Un filosofastro mediocre deslumbrado por la claridad de un pensamiento como no se ha visto jamás; un huérfano necesitado de aceptación social siguiendo los pasos de un hombre que renunció a la sociedad para poder entregarse a la búsqueda de una certeza; un fabricante de prejuicios, abatido él mismo por un montón de ideas heredadas sobre un pueblo que no tiene derecho a la vida, enfrentado a alguien que dedicó toda su vida, o gran parte de ella, a la destrucción de los prejuicios. Yalom sabe explotar esta veta de contradicciones con tino profesional: no en vano ejerce la psiquiatría en Stanford y sabe lo suyo de explorar los recovecos más laberínticos de la duda y el vértigo. El método que el autor elige para aproximarnos a este choque entre dos mentalidades imposibles de reconciliar es uno que también empleó en títulos anteriores dedicados a otros ancestros filosóficos de la Modernidad. Si en Un año con Schopenhauer (The Schopenhauer Cure, 2005) revelaba las posibilidades salutíferas del gran pensador alemán y calvo, y en El día en que Nietzsche lloró (When Nietzsche wept, 1992) retrocedía al historial sentimental del autor del Zaratustra para explicar su rebelión contra el universo, nos propone ahora un sesgo psicoanalítico que explique, a la par, la huida de Spinoza del medio en que creció y se educó y el odio y la adoración alternativos de Rosenberg frente a ese medio, que pretende aniquilar.
La fascinación literaria por la figura de Spinoza, ese santo laico, no es nueva. De 1837 data el texto pionero de Berthold Auerbach Spinoza: Ein Historischer Roman, continuado a finales del siglo XIX por la pieza teatral de Israel Zangwill The Lens Grinder, y, ya en 1913, por Amor Dei: Ein Spinoza Roman, del propagandista del racismo biológico y futuro nazi Erwin Kobenheyer. Entre las aproximaciones más recientes se cuentan las de Isaac Bashevis Singer (Spinoza of Market Street, 1963) y Goce Smilevski (Conversation with Spinoza, 2006), o, por citar un par de ejemplos de aquí cerca, Ricardo Menéndez Salmón (La filosofía en invierno, 1999) y Juan Arnau (El cristal Spinoza, 2012). Escritores del más diverso pelaje han dedicado poemas, obras de teatro y novelas, sobre todo novelas, a este hombre sin sustancia, de biografía inequívocamente tediosa, que revolucionó el panorama de la filosofía moderna con sus premisas, a saber: que Dios no mora en las alturas, sino en la casa de al lado; que no tiene sentido rezar porque no nos oye; que nuestra alma y nuestro cuerpo son lo mismo y que un picor en el talón también tiene reflejo en una idea, una sospecha, un miedo; que cambiar el mundo significa cambiarte a ti mismo; que la alegría es el sentimiento obligatorio de cualquiera que se encuentre responsablemente en el mundo y pretenda medrar en él. Yalom rastrea algunos de los hitos de este ideario a través de los sucesos más reseñables de la existencia de quien lo engendró, que son pocos: el hérem o excomunión que lo alejó de la comunidad judía de Amsterdam en 1656; la puñalada trapera con que un integrista portugués intentó poner fin a sus herejías dos años después; el paciente, infinito pulido de lentes en una trastienda; las discusiones con Van den Enden y los colegiantes; la exuberancia de la vida interior, secreta, invisible, por debajo del rostro de un hombre acusado de frialdad y a menudo incomprendido. Alternando capítulos pares e impares, Yalom combina la vida de Spinoza con la de su némesis: así, en escenas que ganan sabor con el contraste, asistimos también a la incompetencia de Rosenberg en el instituto de bachillerato en que estudia, a sus primeros escarceos con el partido nacionalsocialista, su amistad con Eckart y Hitler, la depresión final en que le hunde el fracaso de su indigesto El mito del siglo XX, obra de lectura obligatoria en las escuelas arias donde se revela que la causa de la degeneración mundial radica en el judaísmo. El problema de Spinoza al que hace referencia el título se plantea, así, del siguiente modo: cómo es posible que una raza degenerada y nociva produjera la mayor mente que ha conocido la humanidad. Pero, aplicando las herramientas psicoanalíticas de las que el autor se sirve tan a gusto, el problema puede llegar más lejos e interrogar directamente al lector: ¿cómo es posible despreciar a quien no se conoce? A menos, claro es, que el desprecio no sea sino otra versión u otro nombre de la propia ignorancia.

martes, mayo 14, 2013

La saga del sagú de Slattery, Flann O’Brien

Trad. Antonio Rivero Taravillo. Nórdica, Madrid, 2013. 96 pp. 12,50 €

María José Montesinos

Flann O’Brien, seudónimo de Brian O’Nolan, también conocido como Myles na Gopaleen y que firmó igualmente como Cruiskeen Lawn, es para algunos el más grande escritor irlandés después de James Joyce, quien leía sus novelas con lupa. Casi ciego como estaba, el autor de Ulises no quiso perderse El tercer policía, probablemente la mejor de las obras de O’Brien (y cuyo sofisticado ingenio creativo confesaron haber copiado los guionistas de la serie ‘Lost’) y siempre recalcó la admiración que sus libros le producían. El ingenio y la maestría en el uso del lenguaje, así como su profunda ironía son las principales características de este dublinés que, como trabajador del Estado, utilizó numerosos seudónimos para publicar sus novelas o sus colaboraciones periodísticas, conocidas por su causticidad.
En toda su obra, pero sobre todo en esta de La saga del sagú de Slattery, O’Brien me recuerda a otro ilustre irlandés, Jonathan Swift, por su humor y el atrevimiento humorístico. El clérigo Swift publicó, durante el enfrentamiento entre campesinos y los terratenientes por los usureros alquileres sobre las tierras que estos imponían a aquellos, un opúsculo (‘Una modesta proposición para impedir que los hijos de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o para el país’) en el que sugería que los campesinos dieran sus hijos a los propietarios para que se los comieran y así los padres no sufrían por no poder alimentarlos. Este arranque de humor negro, y de denuncia social, se me viene a la cabeza cuando en La saga del sagú de Slattery la mesiánica Crawford MacPherson llega, desde Estados Unidos, a los lares del potentado Ned Hoolihan (un apellido tan parecido a ‘hooligan’) con una misión trascendental: sustituir la patata (“el cultivo de los gandules”) por el sagú, una planta oriental, fecunda y muy saciante. El objetivo: evitar que el hambre y la pobreza lleven más irlandeses a América. La señora MacPherson da buenas razones para ello: más de un millón de esos “pícaros” irlandeses escaparon a Estados Unidos durante las hambrunas del XIX y a punto estuvieron “de arruinar América. Crecieron y se multiplicaron e infestaron todo el continente, empapándolo de crimen, alcoholismo, licor ilegal, atracos a bancos, asesinatos, prostitución, sífilis, políticas poco limpias y el catolicismo romano”.
Hoolihan da todo su apoyo a estos planes (al punto de encontrarse incluso sospechosamente casado con la extravagante MacPherson) porque anteriores proyectos suyos de vender a los campesinos unas semillas manipuladas por él genéticamente no fueron nada bien acogidas por ellos. El debate transgénico es uno de los modernos argumentos que encontramos en este libro, en el que también se habla de los la instalación de casinos como muestra de progreso. Gracias a esta iniciativa conoceremos a otro personaje extravagante: el honorable doctor Eustace Baggeley, quien anda preparando su mansión para esta industria del ocio. El médico vive entregado al refinamiento y a las drogas, que no duda en prescribir y administrar a sus asalariados, y la perspectiva de un casino le parece que añadirá grandes alicientes a su vida, además de incrementar su fortuna. Contra todo pronóstico, hace buena migas con la señora MacPherson que incluso, con gran remango y sagacidad cual precuela de Jessica Fletcher, encuentra a un operario desaparecido, librándolo de una muerte cruel causada por el descuido, la borrachera y el trabajo, que siempre han sido males muy graves. Las escenas jocosas se suceden en este libro, además de reflexiones sobre las especies invasoras, la globalización… y muchos otros asuntos ‘modernos’ que aparecen esbozados en este libro aunque, lamentablemente, O’Brien murió en 1966, antes de poder acabarlo. Sin embargo, el mejor O’Brien está presente en cada párrafo y sus devotos agradecemos mucho a la editorial Nórdica poder disfrutar de él.

lunes, mayo 13, 2013

Los años Sputnik, Baru

Trad. Ana Sánchez. Astiberri, Bilbao, 2013. 208 pp. 25 €

Jamie Valero

«Me he propuesto como objetivo poner en primer plano, en todos mis álbumes, a la gente humilde, a las clases trabajadoras, a los olvidados de la Historia». Esta declaración de intenciones vertida por el autor galo Baru es la definición perfecta de su trayectoria historietística y, a un nivel más concreto, de este Los años Sputnik que nos ocupa. La obra nos propone un viaje por la memoria y el pasado de su creador que nos conduce hasta Sainte Claire, ciudad obrera situada al norte de Francia, a finales de la década de los 50. Para ello, Baru opta por ponernos en la piel de un muchacho llamado Igor que ejerce la función de narrador y eje central de la trama. Los juegos infantiles de Igor y su pandilla monopilizan buena parte de la narración, entremezclados con pinceladas de la realidad social de la época que nos permiten asistir a distintos acontecimientos como la visita de un líder comunista, la huelga de trabajadores en la fábrica de carbón de la zona, la mezcla de orígenes y de culturas que conviven en Sainte Claire a causa de la inmigración, entre otras cuestiones. Baru retrata estos sucesos desde la perspectiva fresca y tantas veces lúcida de los niños, sin entrar a hacer juicios de valor sobre los hechos que narra, dejando apenas entrever su subjetividad en la simpatía mostrada hacia las clases humildes. Los años Sputnik es un cómic narrado sin grandes pretensiones ni artificios, pero que a pesar de todo consigue alcanzar una notable profundidad, sobre todo en lo que respecta al retrato de los personajes. Además, al usar los juegos de los niños como principal motor de la trama, la lectura resulta muy ágil y entretenida, y más de uno sonreirá ante estas páginas al recordar el compañerismo, las rodillas despellejadas y la inagotable energía vital de su infancia. El hecho de que el punto de vista adoptado parezca tan inocente, no impide que también reflexionemos sobre preocupaciones que aún persisten hoy en día. Entre otras, la dificultad de una familia inmigrante para integrarse en una ciudad extranjera, la introducción de los niños en cuestiones políticas que aún no tienen edad ni ganas de comprender, o la inseguridad de las clases humildes, que muchas veces deben viajar de un lugar a otro siguiendo la errante trayectoria laboral del padre de familia. Esta edición publicada por Astiberri recopila los cuatro álbumes que componen la obra íntegra y supone un acercamiento más que recomendable al trabajo de este autor, de quien ya hemos visto en nuestro país otros cómics como La autopista del sol (Astiberri, 2003) y Un cero a la izquierda (Dibbuks, 2009). Un ejemplo de las grandes posibilidades que ofrece el cómic como medio para retratar nuestro entorno con un genuino sabor humano.

sábado, mayo 11, 2013

Sólo con Invitación: Robespierre, Javier García Sánchez

Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2012. 1.200 pp. 27,90  €

Angeles Prieto Barba

Robespierre, cuántas erres belicosas. Qué difícil encontrar, a lo largo de esa historia oficial de progreso que nos inculcan, y que consagra a tanto canalla, un personaje más cubierto de oprobio que éste. Figura histórica de un periodo crucial que determinó el destino del nuestro, a la que me asomé hace muchos años, aunque no tantos como Javier García Sánchez lleva estudiándolo, gracias a a esos dos Robespierres, hombre y mujer*, del Cádiz de las Cortes, cuya ejemplar historia conocí indignada pues también debieron acatar, y de manera injusta, un destino aciago. Desde que ejecutaron a Maximilien, con el viejo sueño de la igualdad social derrotado, vivimos en un Termidor perpetuo. Hoy día, aún más voraz, más vulgar y más chusco. También el Terror se recrudeció y se extendió hasta lo inimaginable. Cerca de la Estatua de la Libertad, aún anda.
Esa podredumbre termidoriana que impregna nuestra educación, a mayor gloria del Dios Capital y de la Diosa Economía, la encontramos instalada también en esas mesas librescas cubiertas de novedades: insulsas novelitas románticas, negras, históricas, de fantasía o ciencia ficción escritas en serie, a mayor gloria del mercado que las consagra, y que no tienen otro objeto que mantenernos distraídos y ajenos, dentro de la caverna platónica sin cuestionarnos nada. Por eso, no hace falta alguna preguntar al autor la razón de este esforzado despliegue literario de mil doscientas páginas muy densas, ni por qué lo ha escrito como lo ha escrito. De hecho, él mismo nos responde en su obra que un libro sobre el Terror necesitaba dimensiones terroríficas. Las que debe tener y tiene sin sobrar nada, mi aplauso por ello.
Esta apasionada y elegante narrativa de no ficción, mucho más cercana a Alejo Carpentier que a Anatole France, viene además muy bien estructurada en doce capítulos que se corresponden con los meses del calendario revolucionario, acoplando así ese tiempo lineal en el que vivimos desde esta precisa Revolución que aceleró el ritmo de la Historia, con el ciclo vital de la Naturaleza, a fin de explicar mejor motivaciones y causas. Pues demasiado largo es el memorial de agravios del que resarcir a aquel hombre tímido, miope, frugal, íntegro y serio que murió por no renunciar un ápice a sus postulados revolucionarios, y que Javier García Sánchez nos desbroza en esta narración, no sólo con profundidad y rigor histórico, ateniéndose a hechos y documentos, sino también retratando fiel a ese elenco de seres viles (Fouché, Barras, Tallien, la Cabarrús, otros diputados del Pantano) que propició su ejecución. Personajes que desataron luego el llamado Terror Blanco, indebido color para un periodo atroz, en el que la cantidad de sangre derramada nos obliga a cuestionarnos el motivo de que ante la historiografía éstos carden inocua lana, mientras los jacobinos se lleven toda la fama del horror revolucionario.
Conmueve este Robespierre, pero deslumbra su mano derecha Saint Just, ese otro gran personaje de fulgor coherente sin el cual no puede entenderse al primero y en nuestra retina lectora permanecerán, precisos y conmovedores, los grandes cuadros que García Sánchez traza del París de los espías, la Máquina y sus víctimas, la Convención y sus debates, el paseo hasta el cadalso, el grito doloroso ante la crueldad gratuita de uno, también el silencio y la mirada digna del otro en nuestras conciencias. Y esas dos muchachas secundarias impagables, la que posa dócil su nuca ante el verdugo y la niña delatora, qué hermoso contraste femenino con aquellas dos huerfanitas de Griffith donde Danton y Robespierre aparecían como seres abyectos e inmorales. En toda la obra impera también la mirada atónita y desconcertada ante los hechos y no sólo en Sebastien, nuestro personaje de enlace, ese examen del que sospecha y teme, pero no puede evitar, el desastre que se cierne. Mirada que compartimos todos los que hemos vivido algún tipo de catástrofe. Y la culpa, por acción u omisión, que salpica igual que esa sangre propiciada por el Terror imparable, hijo del odio y del miedo a partes iguales.
Es banal, en cualquier recensión de nuestros días, etiquetar libros bajo los epígrafes “bueno” o “malo”, pero con este además sería un gesto absurdo, prepotente e inútil de quien recuerda y ha leído hasta el final una narración apasionada, tenaz e incorruptiblemente literaria, sin lugares comunes, sin una sola errata, sin concesiones al mercado. De quien ha podido por ello presenciar también, a través de estas páginas, el más digno y apropiado homenaje al sueño de un mundo mucho más justo que éste que hoy habitamos. En cualquier caso, nos encontramos en la vida con libros que logran hablarnos de lo que somos y también con aquellos que en modo alguno nos atañen. Sólo los primeros perduran. Como este intenso Robespierre, de Javier García Sánchez, que se instala en la memoria y que en ella perdura para siempre.

* Pedro Pascasio Fernández Sardinó y Maria del Carmen Silva, redactores del Robespierre español, 30 números.

Javier García Sánchez: "Sé que ya no puedo aspirar al éxito. Por tanto, sólo me resta luchar por la inmortalidad"


Javier García Sánchez (Barcelona, 1955), es uno de los escasos autores literarios que aún campean en la narrativa española, un superviviente de mejores épocas. Sólido autor de una veintena de títulos (Mutantes de invierno, Teoría de la eternidad, La dama del viento sur, Última carta de amor de Carolina von Günderrode a Bettina Brentano, El mecanógrafo, La hija del emperador, El amor secreto de Luca Signorelli, Recuerda, Crítica de la razón impura, La historia más triste, Continúa el misterio de los ojos verdes, Oscar, La aventura de correr, Los otros, La mujer de ninguna parte, Falta alma, Dios se ha ido, El alpe d'Huez, Ella Drácula, K2, Júrame que no fue un sueño) siempre heterogéneos, arriesgados e intensos, nos presenta ahora este fabuloso Robespierre como culmen de su obra.
 
¿Cuándo y por qué surgió tu interés en las figuras de Robespierre y Saint-Just?, ¿qué vislumbraste en ellos para dedicarles luego tanto tiempo y esfuerzo?
—Hace más de treinta años pude comprobar, atónito, cómo ciertos hechos, y sobre todo ciertos datos, referidos a la práctica de lo que se llamó la Grande Terreur, no coincidían en absoluto. A partir de ahí, de biografía en biografía -aunque todas convencionales, se entiende- empecé a pensar: “Pues si Robespierre no pudo haber hecho esto o lo otro, ¿por qué entonces le culpan absolutamente de todo?”. Hasta que aparecieron en el horizonte los trabajos de Albert Mathiez. Aquello certificaba la magnitud de una conspiración mayúscula, cuyos nefastos efectos en la Democracia perduran en la actualidad. La Revolución Francesa empezó como un sueño casi colectivo y acabó en apenas un año, verano de 1794, envuelta en una gran mentira y en un formidable baño de sangre. Eso es lo que intento denunciar: la mecánica del Terror.
De otro lado, ya en 1985 el desaparecido Rafael Conte me convenció de que uno de los grandes personajes de la Historia Contemporánea era Saint-Just, y entonces me precipité en Saint-Just, alter ego del Incorruptible. De hecho, Rafael me llamó siempre Saint-Just, lo cual me llena de orgullo. Que él no estuviese aquí cuando nació la novela es uno de los dolores que, en relación a Robespierre, me acompañará constantemente. Y sin duda Saint-Just es, junto a John Lennon, el personaje de mi vida.


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