viernes, agosto 01, 2014



FELICES LECTURAS DE VERANO

La Tormenta volverá el 1 de septiembre

jueves, julio 31, 2014

La trabajadora, Elvira Navarro

Literatura Random House, Barcelona, 2014. 155 pp. 16,90 €

Ariadna G. García

Estamos cambiando de periodo histórico, económico y social. Occidente ha entrado en una nueva etapa. Europa vive una crisis sin parangón desde los años 30. El desempleo, el auge de los nacionalismos y precariedad actuales parecen invocados como demonios que no fueron bien exorcizados. Los escritores –algunos, al menos–, tienen puesto su punto de mira en las transformaciones que esta crisis está generando. De ahí, que regresen con fuerza la narrativa realista y la distópica, hermanadas por su espíritu crítico. La sociedad presente como materia novelable es el título del ensayo con que Galdós entró en la Real Academia de la Lengua. Hablaba, entonces, del nacimiento de la clase media («…que no tiene aún existencia positiva, es tan sólo informe aglomeración de individuos procedentes de las categorías superior e inferior, el producto, digámoslo así, de la descomposición de ambas familias: de la plebeya, que sube; de la aristocrática, que baja») y de la necesidad de que la literatura estudiase esta nueva forma de vida. El artículo data de 1897. Pues bien, hoy en día la sociedad realiza el camino a la inversa: asiste a la destrucción de la clase media y del sistema que la sostiene: el estado de derecho. De modo que los escritores, otra vez, deben (debemos) trasladar estos cambios a nuestras obras. Esta labor de testimonio, no exento de denuncia, la encontramos –entre otros– en: Rafael Chirbes (En la orilla), Fernando J. López (La inmortalidad del cangrejo) y Elvira Navarro.
La trabajadora se articula entorno a un relato literario insertado dentro de la novela que escribe, para superar sus traumas, la joven Elisa: escritora frustrada y correctora de estilo de un importante grupo editorial. Este juego, que dará lugar a reflexiones meta-literarias, es de los menos relevante del libro. De hecho, ese relato de ficción que escribe Elisa basándose en las experiencias de su compañera de piso (Susana), resulta demasiado rebuscado y artificial –fundamentalmente se centra en los peculiares encuentros eróticos de una mujer heterosexual con hombres y con mujeres (¿?), para acabar manteniendo una relación más o menos estable con un enano homosexual (¿?)–. Sin embargo, la segunda parte del libro realiza una acertada y lúcida cartografía del mapa moral, laboral y mental de los madrileños –y por extensión, de los españoles– de este siglo en que estamos.
Con una prosa pulcra, bella y cuidada, Elvira Navarro nos introduce en la mente de un personaje desgarrado por las circunstancias adversas y nos invita a recorrer el extrarradio de una capital que se va empobreciendo. Los escenarios físicos son proyección de los psicológicos y ambos nos retratan a una sociedad necesitada, enferma, desasistida y sin recursos para sobrevivir. No obstante, la delincuencia y los antidepresivos se alían, respectivamente, con las gentes desfavorecidas y con la propia Elisa. Siempre se abren hendiduras y pasadizos en las cámaras cerradas.
Elisa trabaja para el Grupo Editorial Término, a punto de entrar en un concurso de acreedores. Como diría Tomás de Iriarte, cobra: «o tarde o mal o nunca». Su precariedad le obliga a trasladarse a un humilde apartamento de Aluche. Las dificultades económicas la conducen a una depresión de la que se despeja caminando por los ensanches de la ciudad: San Ignacio de Loyola, Usera, Plaza Elíptica… En sus barojianos itinerarios descubre una nueva urbe, una ciudad okupada, que se extiende por la cárcel de Carabanchel y por los desangelados pisos de protección oficial.
Si Elisa es una licenciada sobrecualificada, con problemas personales y de subsistencia en un mercado laboral despiadado, Susana (su compañera de apartamento) presenta un cuadro clínico y profesional análogo. Es su espejo en diez años. De ahí que se obsesione con ella. ¿O es al revés? La escritura del texto en primera persona, por parte de Elisa, confiere muy poca credibilidad a cuanta información transmite la narradora, que, recordemos, escribe bajo el influjo de estupefacientes (aquellos recetados por su experto psiquiatra).
La trabajadora es una arriesgada novela de introspección que refleja las inseguridades y la falta de certezas de una clase media vapuleada por la crisis; encarnada en una joven sin ataduras familiares; en una licenciada-precaria como las hay miles. Una obra de mérito que conviene leer para reforzar la empatía y la solidaridad, ahora que aún hay tiempo de modificar las cosas.

miércoles, julio 30, 2014

El gato que venía del cielo, Takashi Hiraide

Trad. Yoko Ogihara y Fernando Cordobés. Alfaguara, Madrid, 2014. 160 pp. 16,50 €

Santiago Pajares

Lo más probable es que el nombre de Takashi Hiraide no os diga nada. Aun con el auge de la nueva literatura nipona no podemos clasificarlo más que como un desconocido o, estirando el término, un autor emergente (a sus 64 años). Tras trabajar durante nueve años en una editorial de Tokio, Takashi Hiraide lo dejó todo atrás para dedicarse por entero a la literatura. Y no le salió mal la jugada, ya que su primera novela El gato que venía del cielo ha sido traducida a multitud de idiomas y se ha extendido por todo el mundo, ganándose grandes críticas como la que le dedicó el Nobel de literatura japonés Kenzaburo Oé: «Desde lo más profundo de la poesía, Hiraide crea una nueva prosa.»
Lo más usual es escribir un libro con una premisa fuerte sobre la que poder contar los temas que interesan al autor, para que cuando la gente pregunte de qué va el libro, puedas decir: Va de esto. ¿Pero y si se hace al revés? ¿Y si se arma un libro alrededor de una premisa pequeña y débil, algo tan frágil que parece que podría romperse en cualquier momento? Indudablemente leeríamos esa historia con cuidado de que no se fuera quebrar en nuestros dedos. La historia de El gato que venía del cielo gira alrededor de un pequeño gato propiedad de unos vecinos, un gato llamado Chibi (que se podría traducir como pequeño). Los protagonistas de esta historia son una pareja que se ha mudado a una pequeña casa de invitados en el jardín de una gran casona. Una casa humilde, pequeña y práctica, pero emplazada en un hermosos jardín y donde encuentran la tranquilidad necesaria para poder trabajar desde casa. Este jardín está rodeado de vecinos, y uno de ellos tiene un gato, un gato pequeño que recorre el espacio entre ambas casas y poco a poco, comienza a introducirse en su vida diaria. Un gato, como ellos mismos dicen, que ha decidido adoptarlos a ellos como dueños. Esa pareja, sin mascotas, sin hijos, con nada más que el trabajo para llenar sus horas encuentra en ese pequeño animal alguien para centrar sus atenciones y de donde sacar pequeñas reflexiones psicológicas, que parecen brotar como las pequeñas flores del jardín en el que viven.
Pero no creamos que este es un libro sobre un gato únicamente, sino que sirve como excusa para hablar de un momento singular en la historia de Japón. A finales de los ochenta, tras la muerte del emperador, se produjo una inusitada crecida en los precios de la vivienda, lo que provocó que casi una generación entera de japoneses tuvieran que hipotecarse de por vida para comprar un hogar (¿Nos suena, verdad?). En ese momento económico nuestros protagonistas querrían comprar la pequeña casa donde viven alquilados para así preservar su felicidad, como si esta se pudiera envasar al vacío para que no caducase, pero se ven obligados, tras la muerte de uno de los dueños, a buscar otro hogar. Entonces se presenta un dilema: ¿Qué hacer con Chibi, el pequeño gato que les ha adoptado como dueños y que tantas alegrías les ha dado? ¿Serán capaces de alejarse de él? ¿Tan esencial se ha vuelto en sus vidas?
El gato que venía del cielo no es una novela para amantes del thriller, ni de las novelas históricas llenas de personajes. Solo disfrutarán de este libro los amantes de las cosas pequeñas, los observadores de pequeños detalles, aquellos que pueden buscar sin sonrojo la flor más pequeña del jardín. Este es un libro pequeño, como el pequeño gato Chibi, pero al mismo tiempo, fundamental en la vida de algunos lectores.

martes, julio 29, 2014

Las señoras de Paraná, Manuel Villar Raso

Autores Premiados, Sevilla, 2014. 325 pp. 16,99 €

Pedro M. Domene

Manuel Villar Raso (Ólvega, Soria, 1936) tiene el suficiente bagaje literario como para no defraudarnos con cada obra suya, o quizá mejor, no resulta nada extraño encontrarnos con una magnifica entrega cada vez que publica nueva novela, y en esta ocasión ocurre con, Las señoras de Paraná (2014), una historia de lo más sugerente, escrita con esa pasión que caracteriza el pulso narrativo de Villar Raso, con una prosa cuyo léxico, ejecutado con frases breves y contundentes, ofrece en igual proporción un ritmo ágil que nos lleva de una página a otra, de una pequeña aventura a la siguiente, y todo adornado con hermosas imágenes y un aire de fascinación que transforma la historia en una mágica visión de cuanto acontece; solo posible por la detallada descripción del mundo vegetal y animal de aquellas tierras pobladas de pájaros exóticos y de árboles milenarios. Se describe, concretamente, el Brasil de la Ilha do Mel, aunque se concretan, otras historias, en las inmediaciones del Iguazú, o en los parajes que cubren Curitiva y Paranaguá, al tiempo que el narrador traza, con su saga femenina, una mezcla de tragedia y de ensueño, donde el odio y el amor más desaforados atormentan la existencia de sus principales protagonistas. Y es esa soledad que queda tras el furor erótico, la que consume la vida de las mujeres, y el más absoluto de los olvidos afecta a esos hombres que amaron sin ser correspondidos al tiempo que, el autor, hurga en lo más ignoto de la condición humana para trazarnos un mapa dibujado de varias generaciones de sobresalientes personajes femeninos.
Las señoras de Paraná es una novela envolvente con un halo de realismo mágico que muestra una obra donde lo exótico se antoja diferente de lo ensayado anteriormente por Villar Raso, eso sí dueño de un mundo tan ancho como ajeno en el mejor sentido del indigenista Alegría por la exhuberancia de una naturaleza épica, repleta de estímulos sensoriales que despiertan todos los resortes de la emoción con que pueda quedar herido cualquier lector, y para sugestionarnos e implicarnos en una saga familiar donde las mujeres ofrecen lo mejor de su existencia: la pasión. Y lo más curioso de la novela es la cadena que empieza, primero Gabriela que le había dado catorce hijos a su Ignacio Coimbra y nunca le amó, y después sigue en Eliana que nunca llegó a perdonarle a Césare su desenfreno sexual con las jovencitas de Curitiva y las campesinas de San Geminiano, y tampoco llegó a amarlo, aunque tuvo con él dos hijos, y lo mismo ocurriría con Marcela que jamás quiso a (mi) papá —habla la narradora—, Vincenzo Agnelli, otro nuevo fracaso y de lo más sintomático para ella, casarse con un hombre a quien, evidentemente, no amaba y con el que tuvo tres hijas, y una es, Rossana, quien narrará la historia. Aunque, para que todo esto ocurriera, hubo un antes, los amores del aventurero portugués don Pedro de Oliveira con su esclava prodigiosa Sebastiana Vellozo, y la venganza que a esta le propinó quien fuera su verecunda legítima Ana dos Praceres. Y aun después, sobrevienen los fantásticos amores de la propia Rossana, la hija de Marcela, nieta de Eliana y biznieta de Gabriela con el micólogo holandés Jan Van Rijsted y el ornitólogo francés Édouard Baulieu, en Ilha do Mel, un paraíso de la vida primigenia. Es, en fin, la historia de unas mujeres desquiciadas a lo divino que, siempre, se casan con quienes no quieren y aman a quienes no deben, siguen las estrictas normas morales de aquel tiempo pero nunca las siguen y se convierten en las heroínas de otras tantas mágicas historias por contar en mitad de unos paraísos perdidos.
Los infortunios y las desgracias se suceden en esta cadena de historias que evocan, como hace cincuenta años, un ¿realismo mágico?, entrevisto, sin duda, tras leer, Las señoras de Paraná, por el tratamiento del lenguaje, la ambientación y, sobre todo, el tiempo dilatado, el real y el verbal empleado, conseguido por el tratamiento del léxico y lo sugerente de muchas de sus páginas; Villar Raso dilata el tiempo en los muchos acontecimientos que se concatenan acertadamente, o impone un trepidante ritmo para contar su historia que, en ocasiones, queda sumida en una atmósfera casi irreal, pero tan cercana por las similitudes que la hacen posible. Y, ese tempus, por increíble, no deja de resultar verosímil. Ese, y no otro, es el procedimiento del realismo mágico, del que el autor se sirve para situar al lector en una disyuntiva permanente: lo que parece es, cierto; pero lo que no es, se estima también por convicción propia.

lunes, julio 28, 2014

Fabiografía, Fabio McNamara / Mario Vaquerizo

Espasa, Madrid, 2014. 288 pp. 17,90 €

Miguel Baquero

Tuve la inmensa suerte de ver a Fabio McNamara en sus días de gloria, cuando yo era poco más que un quinceañero y la Movida madrileña se hallaba en pleno auge. Y doy fe de que era un personaje fascinante, magnético; a mí al menos me dejó impactado por su espontaneidad, su transgresión, su vitalidad, la naturalidad admirable con que se situaba por encima de nosotros, pobres mortales contingentes, mientras que él era una rock-star despendolada habitante de un mundo de glamour. Ese engreimiento que en el noventa por ciento de las personas resulta insufrible, en McNamara quedaba tan auténtico que uno no podía evitar mantener clavados sus ojos (aún adolescentes) en aquella figura.
Luego, como es sabido, todo se fue disolviendo, con la ayuda muchas veces de una gotas de limón: vinieron programas de televisión clausurados, revistas que publicaban su último número, locales cerrados por reforma, cines vacíos convertidos en bancos, incluso viejos vinilos arrinconados por el formato digital. Tres o cuatro, no más, se instalaron en la cumbre y los demás —al menos los que estaban a mi alrededor— comenzamos a meternos en problemas realmente serios: ya se pueden imaginar, problemas económico-laborales-familiares y hasta financieros. Todo cayó en la desidia o sencillamente el cansancio, como anticipo de esta puta crisis malhumorada de hoy.
De Fabio McNamara, uno, como he dicho, de los personajes de la Movida que más me impactó en su día —el otro fue Ana Curra— hacía tiempo que había perdido la pista, pues entre que él salió del primer plano y que yo estaba demasiado ocupado, siempre demasiado ocupado, para buscar a nadie… Las últimas noticias que tenía sobre él no eran, desde luego, muy agradables, sino bastante sórdidas… pero, en fin, nada más sabía a su respecto hasta que, de pronto, me sorprendió verle en el famoso programa de televisión «Alaska y Mario», y enterarme de que éste, Vaquerizo, estaba trabajando en una biografía suya…
Quiero pensar que soy un tipo sin prejuicios. Conque, pese a que la primera impresión que me ocasionó el tal Mario, esposo de Olvido/Alaska, fuera detestable —me pareció entonces un tipo que alardeaba de tontuna, que es la degradación de la frivolidad—, seguí sin embargo atento a él para ver si mi juicio cambiaba en segundas y terceras impresiones. Y lo cierto es que sí, que me acabó pareciendo un tipo cuando menos divertido, más bien muy divertido, y desde luego no tan tonto como daba a entender. Así que cuando vi que estaba preparando una biografía de McNamara el asunto me intereso por triple motivo: 1) por ser Fabio quien era; 2) porque Vaquerizo, tras el flash repentino, parecía ser alguien bastante inteligente; y 3) porque igual aquella era, al fin, la «gran novela» de la Movida, esa novela, o biografía, o lo que sea, que hable de aquellos tiempos con la enjundia que, yo creo, merecen.
Pues bien, ya acabó Vaquerizo la biografía, ya la publicó, ya salió a la venta… y ya la he leído. Ignoro qué críticas habrá recibido en estos días —imagino que las habrá habido muy buenas, por ser Vaquerizo y la editorial quien es y poder permitírselo; y muy malas, así mismo por ser quienes son—. Yo quiero seguir pensando que no tengo prejuicios y allá voy con lo que, sinceramente, el libro me ha parecido. Por encima de todo, curioso, ameno… no otra cosa podía esperarse de un personaje tan festivo y unos tiempos tan deslumbrantes. Dicho esto —que para muchos basta: que un libro te haga pasar un buen rato y te mantenga sumido en la lectura—, voy a tratar de afinar un poco más, como corresponde a una reseña, aunque sea gratuita. En primer lugar, no sé si la manera en que «está contado» el libro «procede» o no, qué diría el propio McNamara. El libro está ideado como un monólogo continuo de Fabio en que cuenta su vida desde la infancia.,,, y yo aquí puedo entender la postura de Vaquerizo: retirarse a un muy segundo plano y dejar toda la voz a Fabio; porque si en algo coinciden quienes le conocen y le conocieron es que el fuerte de Fabio era y es su espontaneidad, su genialidad súbita, el rapto inspirado. Entiendo, pues, que Vaquerizo haya mantenido el tono fresco y desinhibido de quien está contando algo entre amigos, con abundancia de expresiones tal que «yo como que estaba ya muy harta», «era todo el rato así, que la veías y decías qué divina» o «venga jijijí y jajajá». Con esta base, claro que el libro es muy ágil y fácil de leer, pero incluso así cualquiera intuye que respetar el habla llana de un individuo no significa transcribir, por ejemplo, sus titubeos cuando duda entre qué palabra emplear o si acaso tartamudea en alguna ocasión —que no es el caso, pero si se descuida…—. Que aunque pueda ser buena idea respetar la originalidad, hay no obstante que pulirlo un poco, no es mera cuestión de ejercer de grabador. Ni que, como a Vaquerizo, lleguen a colársele incluso errores gramaticales, algún «contra más» y cosas así.
Uno piensa también que Vaquerizo, quizás, se ha dejado llevar demasiado por el fluir de la memoria de Fabio, sin interrumpir su perorata, por más que fascinante, para hacerle alguna pregunta. Aclarar alguna duda que pudiera quedar por el camino. Por ejemplo: incidir en el tema artístico. McNamara se declara a menudo pintor a lo largo del libro, pero es el caso que nunca le vemos hablando (ni se le pregunta, que es a lo que voy) sobre sus gustos pictóricos, sobre su estética, sobre cuál es su objetivo al pintar, qué busca… Bueno, sí, una vez nombra a Basquiat, a Warhol dos o tres, pero porque le fascina el personaje, y a Costus porque vivió con ellos. Pero no se registra ninguna visita al museo del Prado, por ejemplo, aunque lo tenga bien cerca, o al Reina Sofía, ni ninguna opinión sobre pintores clásicos.
Así mismo, no se encontrará nunca al autor/protagonista leyendo un libro —salvo un curso por correspondencia que hizo sobre temas místicos—. Hay, eso es cierto, una vasta y envidiable, adelantada y moderna cultura musical, pero en general faltan —escandalosamente— siquiera algunas reflexiones —siquiera una reflexión— sobre su fundamento teórico a la hora de pintar. Porque toda propuesta estética debe partir de un pensamiento previo; incluso a lo intuitivo debe llegarse como conclusión, como rechazo reflexionado de lo caduco y búsqueda consciente de lo primigenio. Pero sin fundamento, cualquier expresión artística es superflua… y sería una lástima, porque las reproducciones de cuadros de McNamara que se ofrecen al final parecen de mérito.
Yo entiendo que tanto Vaquerizo como McNamara puedan estar dentro de la cultura pop, del posmodernismo o como quiera llamarse, en que se adora lo frívolo y lo intrascendental, y que seguramente no buscasen con este libro más que el lector pasase un buen rato, echara unas risas y descubriese algunos detalles de la Movida que desconocía. En este sentido: objetivo cumplido. Pero uno piensa, al cerrar el libro, que se ha perdido una ocasión única de presentar a un personaje como algo más, mucho más, que un tipo que combinaba ropa y complementos como nadie y al que todo le sentaba bien. Una oportunidad de pasar a un plano más importante, más humano y universal… En fin, que la Movida de esos días queda en espera de esa gran novela —quizás nunca se produzca—, de esas páginas que desbrocen el camino que ya señalaron gente como García-Alix con sus fotos y El Ángel con sus poemas.

viernes, julio 25, 2014

Infieles y adulterados, Juan José Millás

Nórdica, Madrid, 2014. 96 pp. 19,50 €

Pedro M. Domene

El maridaje entre relato e ilustración no es algo novedoso, significativo o un hecho que presuponga echar las campanas sal vuelo. Aunque si se trata de aunar fuerzas entre el narrador Juan José Millás (Valencia,1946) y algunos ilustradores, Pablo Auladell, Miguel Gallardo, Antonia Santolaya o Eva Vázquez por enumerar algunos de los dibujantes, un total de catorce, y subrayar que se trata de lo mejor del panorama ilustrador de hoy, el esfuerzo merece la pena, sin duda alguna. A Millás le van las distancia cortas, eso es indudable, buena prueba de ello sus innumerables columnas periodísticas o relatos cortos profusamente editados, de memorable aceptación entre el público lector. Surge así el mejor ejemplo de poligamia absoluta; aunque, claro, en este caso es literaria y plástica.
Infieles y adulterados. Cuentos de adulterio (2014) cuenta catorce breves historias, ilustradas con otros tantos dibujos, y un hilazón común: sexo e infidelidad, perversión y amor. Versiones distintas sobre las relaciones de pareja donde lo íntimo y el deseo son vistos desde una óptica de profunda ironía, aunque el alma humana asoma por los rincones de estas páginas donde los hombres sueñan, se dejan llevar por perversiones sexuales sádicas, o se sienten turbados por irrefrenables deseos prohibidos. Lo aceptable y lo más convencional luchan en estas historias porque los apetitos sexuales de sus protagonistas rozan esa zona imposible que supone el deseo y el atrevimiento, en ocasiones tan surrealistas como cotidianas y así Millás establece un catálogo de esposos y amantes, pícaros y mentirosos que desarrollan sus habilidades en distintos terrenos de la intimidad más humana. En realidad, como afirma el propio narrador, «No hay estadísticas fiables sobre el número de adulterios que se cometen en el mundo cada hora, cada minuto, cada segundo, pero son tantos que casi estamos a punto de afirmar que la base del matrimonio es el adulterio. Más aún: la base sobre la que se sostiene la realidad es el adulterio». Los adúlteros pueden actuar por la tarde y por la mañana, de noche o de madrugada, incluso desarrollan sus capacidades en días laborables y fines de semana.
Por títulos tan sugerentes como “El bígamo”, “Una hija como tú”, “Un hombre vicioso” o “Pasiones venéreas” se pasean hombres (casi todos los protagonistas, lo son) que engañan a sus esposas con las de otros hombres, en hoteles apartados de la actividad humana, “carnívoros” en sofás-cama de apartamentos con olor a cebolla, otros son infieles de pensamiento, de palabra o de obra, familiares que coinciden a la puerta de un prostíbulo o mujeres insatisfechas, la nómina de personajes es tan amplia como la perspectiva desde la que se puede observar y juzgar una infidelidad. El adulterio más humano, más real, el adulterio que puede manifestarse en un breve pensamiento o una mirada, en una acción exquisitamente planeada o en un descuido del subconsciente, queda representado, de una manera magistral, en este libro con las ilustraciones que dicen mucho con muy poco, imágenes que se entienden igual en España o en cualquier lugar del mundo. La infidelidad, por decirlo de alguna manera gráfica, rezuma una fragancia a moralina que, en ocasiones, “aturde” a sus protagonistas. Emilio Urberuaga, ilustra la historia “El paraíso era un autobús”, que cuenta en un espacio breve la magia de un enamoramiento efímero. «Todos nos hemos sentado en el autobús o en el tren y nos hemos enamorado durante cinco segundos de alguien». A lo largo de la historia literaria, el adulterio o la infidelidad no ha dejado de despertar el interés de los escritores por lo que añade de conflicto al relato y permite presentar situaciones personales de íntimo desgarramiento y, sobre todo, mostrar las convenciones sociales y morales, bastante más permisivas, con el hombre e intransigentes en el caso de la mujer.

jueves, julio 24, 2014

Tierno bárbaro, Bohumil Hrabal

Trad. Kepa Uharte. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2014. 128 pp. 17 €

José Miguel López-Astilleros

Desde que en 1988 apareciera la primera traducción al español de Trenes rigurosamente vigilados, se ha venido traduciendo y editando la obra de Hrabal, que además ha tenido desde entonces muy buena acogida entre los lectores. Tierno bárbaro es la primera vez que se publica en España, damos por ello la bienvenida a una obra que sin duda contribuirá a completar el conocimiento de este gran autor checo. Fue escrita en 1973, cuando el régimen soviético lo había apartado de la vida civil y vivía en su casa del bosque de Kersko, su publicación por tanto tendría que esperar, pues sus obras estuvieron prohibidas hasta los años sesenta, y vueltas a prohibir tras la Primavera de Praga (1968).
Todo el libro es un alegato a favor de la amistad que compartió con su amigo, el poeta y pintor Vladimir Boudnik, con quien tuvo muy estrecha relación, hasta que este se suicidó meses después de que los tanques soviéticos entraran en Praga. Así pues, el protagonista principal es Vladimir, acompañado frecuentemente por el mismo narrador, trasunto del mismo Hrabal, y el filósofo y también poeta underground Egon Bondy. De todos modos, en la personalidad recreada de Vladimir Boudmik atisbamos muchos rasgos de la del autor, de hecho hay un momento en que el narrador dice que ambos son como los dos epicentros de una misma elipsis. En cambio, Bondy, marxista crítico con el poder reinante, ofrecerá un punto de vista que oficiará de contrarréplica a distintos hechos y pensamientos de Vladimir. Aparecen otros muchos personajes como artistas, cineastas y sobre todo personajes humildes, muy queridos tanto por Boudnik como por Hrabal. La estructura narrativa consiste en ir dando cuenta de unas anécdotas o hechos vitales, que, convenientemente amalgamados, van dibujando el perfil artístico y humano tanto del protagonista como de su peculiar manera de estar en la vida. No hay un hilo argumental cronológico claro en esta obra, lo cual la dota, a nuestro parecer, de frescura y veracidad, hasta parecer casi una improvisación, a semejanza de algunos recuerdos, que suelen salir a borbotones emocionales, sin clasificaciones temporales entre ellos, aunque no por ello estemos ante un texto caótico de difícil lectura, ni mucho menos, como tampoco ante un biografía.
Si la melancolía, el humor, la tragedia y la sensualidad son rasgos de la literatura checa, este libro encarna todas esas características, que son tanto las del escritor como las de su carácter personal. Habría que añadir la ternura que aparece en el mismo título, una ternura que el protagonista esparce sobre cada objeto de su mirada, sea material, animal o humano, nada escapa a esa candidez, a ese deseo de regresar a los orígenes maternales, intrauterinos. Vladimir siempre encuentra el lado artístico en todo lo que hace, dice y piensa, se podría decir que convierte su propia vida en arte. El narrador dice sobre él «…en todo el mundo nadie te perdona que quieras vivir en paz y a costa de la ebriedad, y por tanto del universo…» (pág. 35), lo cual quiere decir que es un disidente vital, en abierta pugna contra la mediocridad y la grisura del ambiente. Frente a este vitalismo, encontramos el suicidio como tema recurrente, en Vladimir y en Hrabal, recordemos que este último también se suicidó, o se cayó desde la habitación del hospital donde estaba internado, según la interpretación oficial. Son varios los personajes que flirtean con el suicidio, hasta el punto de convertirlo incluso en algo grotesco, pero que acaba en tragedia.
Uno de las características más sobresalientes es la ironía y el humor, negro en muchas ocasiones, que llega a la carcajada desternillante y grotesca a menudo, como cuando un pintor de paredes se acerca a ellos en una taberna y les cuenta lo siguiente «Señores, soy un hombre casado, eso no es que sea nada interesante, pero señores, vivo con mi suegro en una habitación dividido por una cortina. Mire, que mi suegro se coma mi comida, no es nada interesante, pero señores, cuando por la noche tras la cortina hago el amor con mi propia mujer, veo en la cortina la silueta de mi suegro, masturbándose en mis narices con tanta habilidad que cuando me llega, a él también le llega, señores, ¿cuándo encontrarán así a un suegro en el mundo?» El humor y la ironía no sólo se decantan en un efecto paródico del tema que trata, sino que le sirve para profundizar incluso en el pensamiento filosófico.
Dice Milan Kundera que Hrabal es «La encarnación de la Praga mágica, una unión del humor terrenal y la imaginación», pero habría que añadir que en este caso todo eso está expresado con poderosas imágenes poéticas (los cuervos y las cornejas son «pequeños Diógenes negros»). Quien haya leído alguna obra de Bohumil Hrabal, no debe caer en el error de creer que ya lo conoce, porque como dice Monika Zgustova, su biógrafa, «Cada libro suyo es distinto a los demás», todo un alarde de imaginación y sensibilidad.