lunes, mayo 19, 2008

El guardián del tiempo, Jeanette Winterson

Montena, Barcelona, 2007. 330 pp, 18.95 €

Sofía Rhei

Las premisas argumentales de El guardián del tiempo son, por una parte, la existencia de dos figuras semejantes pero diferentes, las dos caras de un mismo problema caracterizadas mediante la obesidad y la delgadez (igual que las hermanas Brisalinda en Los hijos del vidriero, de Maria Gripe, o los dos hechiceros protagonistas de El ponche de los deseos, de Michael Ende), que desean controlar la gestión absoluta del tiempo a lo largo de la historia. Ambas figuras tienen un lado malvado, pero la trama siempre deja abierta la posibilidad de que en realidad el éxito de uno o de otro suponga un mal menor respecto a lo inevitable, y respecto al éxito de su rival. Es decir, que los personajes malvados poseen cierta dualidad moral. No así los protagonistas.
Silver es una chica huérfana cuidada por un personaje que la maltrata (sí, como en Dickens, Rowling, Dahl, Snickety, etc….), y sin embargo es avispada, despierta y resolutiva, aunque acusa las dificultades es capaz de superarlas sola, y además está sometida a una serie de dilemas morales más sutiles e interesantes de lo normal.
Gabriel, perteneciente a una ancestral comunidad subterránea (como en la maravillosa Neverwhere, de Gaiman, o la excelente serie de Artemis Fowl), a pesar de considerarse a sí mismo un outsider dentro de ella, es en realidad una personificación de todas las nobles virtudes de su pueblo, longevo y telépata. Uno de los capítulos más interesantes del libro es aquel en el que Silver y Gabriel conversan acerca de las diferencias culturales de sus realidades.
En cuanto al género, la novela empieza con un tono casi gótico, que se convierte en algo un poco steam-punk en cuanto pisan Londres, para irse deslizando luego hacia la ciencia ficción pura. El pretexto del robo de tiempo ya fue desarrollado por Ende en Momo, de manera más poética que cientificista, e incluso en Cristal Oscuro, la película de Jim Henson en la que se "exprimía" a ciertas criaturas para darle vitalidad a otras (como sucede en este libro). También hay una importante similitud con la serie más famosa de Phillip Pullman, especialmente en cuanto a los personajes (y al manicomio del futuro, donde se "experimenta" con lo más preciado de los niños).
Regalia Mason, la bellísima, fascinante y todopoderosa científica, está descrita siguiendo en línea recta la tradición que empieza con las malvadas madrastras de los cuentos de hadas, atraviesa La reina de las nieves de Andersen (y la de C. S. Lewis), pero recuerda, sobre todo, a la señora Coulter. Abel Darkwater también nos recuerda a muchos malvados egocéntricos y sin embargo excéntricos, brutalmente creativos, como los doctores Moreau y Frankenstein, por poner un ejemplo.
Hay una rica, cuidadosa y significativa caracterización de los lugares donde se desarrolla la acción, como la casa familiar de la protagonista (una mansión con voluntad propia que se convierte en uno más de los protagonistas, en una trama en la que dos esbirros gañanes son vapuleados a base de bien por el edificio que recuerda inevitablemente a Solo en casa) , la tienda de relojes de Abel Darkwater, el manicomio de Bedlam (en sus diferentes estratos temporales), el barrio de Spitalfields, las galerías subterráneas de los Arcaicos, el Vaticano de mentira, el Camino de las Estrellas y los demás lugares del futuro. La gran importancia que tiene la narración de los lugares siempre está entretejida con la trama, y con relación tanto de lo uno como de lo otro con el tiempo. De hecho, algunos de los lugares sólo existen en una de las líneas temporales, ya que han sido generados por ella.
Existe una función pedagógica referente a la física, y de hecho, en la novela aparecen como personajes científicos eminentes como Penrose y Hawking, e incluso el gato del famosísimo experimento de Schrödinger. Winterson trata de dar a entender de una manera ejemplificada algunos conceptos, como la idea de agujero negro, la posibilidad de viajar en el tiempo si se consigue superar la velocidad de la luz, etc…, e incluso inventa una serie de parámetros de su propia cosecha. En realidad, con todo el jaleo de viajes en el tiempo y realidades paralelas muy difícil habría sido que el libro no cayera en algunas incoherencias (por ejemplo, por qué sólo existe un reloj si los universos paralelos se desdoblan millones de veces cada día, página 317, etc).
Quizá parezca un libro difícil por los muchos elementos que contiene, pero en realidad no lo es tanto. Su complejidad argumental está adaptada a la capacidad de jóvenes lectores, aunque bien es verdad que acaso ciertos conceptos de la física teórica pueden sobrepasar la capacidad de comprensión de un niño. Sin embargo, libros con escollos parecidos (como, entre otros, El misterio de la isla de Tökland, de Joan Manuel Gisbert, cuyo final raramente es asimilado por los menores de 18 años) han obtenido una enorme popularidad gracias a la gran calidad del conjunto. Este es un libro que puede abrir muchas puertas: ya me hubiera gustado a mí leerlo con 11 años.

viernes, mayo 16, 2008

Lo mejor de la poesía amorosa china, AA.VV.

Selección y traducción de Guonjian Chen. Calambur, Madrid, 2007. 208 pp. 16.01 €


Ana Gorría

Ya en el principio, una tiende a observar ciertas muestras de entusiasmo conmovedor desde el título del libro: Lo mejor de la poesía amorosa china. Tal y como nos indica su editor, traductor y responsable de la selección de los poemas, el propósito de este libro es el de llegar a un lector universal —no necesariamente habitual—. Para ello, como nos refiere en la nota preliminar ha decidido «evitar las alusiones y metáforas muy propias de la lengua y de la literatura china, difíciles de entender para el lector español a causa de la enorme diferencia de cultura, y expresar al mismo tiempo, en una forma u otra, la idea que el autor quiere sugerir en cada circunstancia concreta, reduciendo así las notas en la medida de lo posible».
El libro tiene dos prólogos, uno en el que Luis María Ansón canta las bondades de la poesía y otro en el que el autor, hispanista y profesor de formación, nos da una somera visión de la historia de la poesía china con el fin de justificar los criterios de su selección y al mismo tiempo rebatir algunos lugares comunes en el ars belli que supone cualquier filología (también la sinóloga). Los poemas que encierra el libro abarcan desde los albores de la documentación de la escritura china hasta autores prácticamente contemporáneos como Gu Cheng o Bian Zilin.
Esta antología, por lo tanto, se mueve alrededor de dos polos: la conciencia de la lejanía de la cultura china y la intuición de que existen universales comunicables accesibles a todos: entre ellos está el amor, tal y como defiende Guojian Chen. Uno de los argumentos que Guojian Chen ofrece es la similitud entre un poema de Bécquer, «Podrá nublarse el sol eternamente (...)», y un poema de Feng Menglong, Inseparables. Se ha comparado también, me indica un amigo latinista, ciertos poemas de la china clásica con la poesía de autores latinos como Ausonio, dada la tendencia a la esencialidad y sensualidad al mismo tiempo de estas poéticas.
Un total de ciento veintiséis poemas en los que parece cumplirse el vaticinio de Michaux respecto a la lírica china: «La poesía china —dice Henri Michaux— es tan delicada, que jamás hospeda una idea (en el sentido occidental de la palabra). Un poema indica y los rasgos que indica no son lo más importante; no tienen una evidencia alucinante, la evitan, y ni siquiera la sugieren. Más bien, se deduce de ellos el paisaje y su atmósfera. Un poema chino es siempre demasiado largo; está ahíto de comparaciones. En la palabra azul está el signo de partir leña y el del agua, sin contar el de la seda. En la palabra claro, la luna y el sol a un mismo tiempo. En la palabra otoño, el fuego y el trigo».
En esta compilación, pese a que el traductor ha querido eliminar en la medida de lo posible la distancia cultural, las referencias a la vida cotidiana, al calendario, a la iconografía china son, evidentemente, numerosas. En los últimos poemas, los más recientes en la cronología se observa un desplazamiento hacia el paisaje urbano en poemas como “Paseando por la vieja ciudad” o “Calleja bajo la lluvia”.
En el resto del poemario aparecen imágenes asociadas al sentimiento amoroso, siempre subordinadas a la referencia al universo de lo vivo. El ser humano participa de la naturaleza. A su vez la naturaleza acoge al hombre, tal y como refirió para la pintura François Cheng en Vacío y plenitud en la misma línea que la apreciación sobre la creación de la atmósfera en el poema chino hace Michaux:


«Sin cabellos, ni sombrero, tampoco poseo refugio donde huir de este mundo. Me transformo en hombre dentro del cuadro, con una caña de pescar en la mano, en medio de aguas y cañas. Donde sin límites, cielo y tierra no son más que uno. (...)»

Palabras sobre la pintura,
Shitao,
en Vacío y Plenitud]


Las imágenes naturalistas son, en consecuencia, las que articulan la expresión de la mayor parte de los poemas del libro, un naturalismo que traza relaciones con el todo y que no resulta en absoluto un artilugio vacuo para la enunciación. La presencia además de una serie de melodías específicas de la cultura china sugiere las altas posibilidades líricas de estos textos ya que podemos imaginar que su modulación depende de la música a la que se adscriben, un punto de referencia que, por desgracia, no se encuentra dentro de nuestras posibilidades interpretativas para poder disfrutar de estos poemas.





Uno de los grandes hallazgos de esta selección de textos es, también, presentarnos la poesía en diálogo. De esta manera conseguimos no sólo establecer una relación de correspondencia entre los diversos fragmentos del libro sino también nos permite concebir la lírica como una expresión que necesita del otro. Más aún teniendo en cuenta la temática que da sentido al volumen. Esta decisión implica la incorporación de poetas chinas de las que se preservan testimonios poéticos en la correspondencia con sus esposos, tal y como nos indica Chen: «En esta edición he prestado especial importancia a las obras de las poetisas, que durante milenios han sido menospreciadas, como consecuencia de una sociedad feudal en que el machismo se manifestaba no sólo en lo político, económico y social, sino también en lo cultural, en la literatura. El papel de la mujer era despreciado hasta tal grado, que en algunos casos, aunque las obras se conservan y llegan a nuestros días por ser bien valoradas, no se conoce la autora sino como "esposa de fulano" o "señora de mengano" y es imposible averiguar su propio nombre y apellido».
El amor que da sentido a la antología no es en la mayoría de las ocasiones un motivo de celebración. Encontramos, sin caer en lo melodramático —dada la tendencia a la contención— rupturas, duelos, pérdidas. Incluso un poema como nota de suicidio y despedida se ha conservado y nos es legado por Chen en las páginas de este libro. La violencia que late detrás de esa China de guerras, de desplazamientos, de burocracias aniquilantes nos recuerda la China de los héroes de la escritura que han dibujado cineastas como Zhang Yi Mou o Chen Kaige.
Lo mejor de la poesía china amorosa es un buen volumen que viene a completar el esfuerzo que se está haciendo por conocer la todavía no demasiado diáfana en español tradición poética china. Frente al conocimiento del jaiku y al intento de incorporar sus soluciones expresivas en las posibilidades líricas del idioma, gesto que practicaron entre otros Ezra Pound o Tablada, tal vez sólo conozcamos bien a autores como Li Po o Du Fu. Ofrecer una perspectiva más amplia de esa gran nación literaria es el propósito de Chen en esta antología que al mismo tiempo nos demuestra que no llegamos a ser tan diferentes:

ENVIADO A MI ESPOSO

Las ocas mensajeras se han perdido
entre nubes y montes.
Mi carta debe de llegar,
a los tres meses, a tus manos.
No digas que no pesa nada
esa hoja de papel,
ya que lleva la carga
de mil tristezas por tu ausencia.


Chen Lianjie


(Siglo XVIII)

jueves, mayo 15, 2008

Sauce ciego, mujer dormida, Haruki Murakami

Trad. Lourdes Porta. Tusquets, Barcelona, 2008. 392 pp. 20 €

Pablo Gutiérrez

En el prólogo de la colección de relatos titulada Sauce ciego, mujer dormida, Haruki Murakami explica con sencillez la diferencia entre escribir cuentos y escribir novelas: los cuentos son un jardín; las novelas, un bosque. La naturaleza humanizada de los jardines es serena y confortable, cada cosa queda en su sitio, flores separadas de otras flores en limpios parterres, quizá un arroyo falso, una fuente vieja, no sé. El bosque, en cambio, es denso y oscuro, la luz no traspasa la fronda compacta de los árboles, temes no encontrar el camino de vuelta a casa. Pero, dejando a un lado tanta verdura metafórica, Murakami confiesa a continuación que «uno de los placeres de escribir cuentos es que no se tarda tanto en terminarlos. [...] Entras en una habitación, terminas tu trabajo y sales.» Resulta un poco obvio, ya, pero creo que hay más sustancia de lo que parece en esa frase. Después de todo, es una reflexión —aunque sea una reflexión pequeñita— sobre el pasmo terrible que el escritor siente delante de esa cosa espectral y proteica que tan pomposamente llamamos novela.
El primer libro que leí de Haruki Murakami fue Tokio Blues. Lo leí de un soplo durante unas vacaciones, esos días largos de playa y vino suave. Probablemente puse mucho de mi parte para que me cautivara como lo hizo. Cuando los personajes me lanzaron la garra, yo ya les había ahuecado el cuello para que se sujetaran mejor. Dejé que se quedaran allí, me los llevé de paseo, les presenté a mis amigos, y me convertí en ese tipo tan pesado que siempre está hablando de Murakami. Antes de lanzarme a la segunda novela quise que pasaran la euforia y algunos meses. Me tomé mi tiempo, rechacé una, elegí otra, dudé, y finalmente una noche lo preparé todo para darme el banquete. El segundo Murakami sería Al sur de la frontera, al oeste del sol. Pero enseguida, ops-ops, enseguida vi que algo no iba bien. ¿Dónde estaban aquellas imágenes mudas, la hondura de los personajes sin rumbo, los contrastes, el silencio...? ¿Dónde? Murakami se había desvanecido, ay.
Volví a intentarlo, temeroso, con Kafka en la orilla, y pronto regresaron el entusiasmo y las frases subrayadas, el asombro, la extrañeza, la poesía diminuta y callada. Decidí recortar una fotografía suya y pegarla en la pared donde tengo, como un adolescente, las siluetas de otros seductores. Mu-ra-ka-mi dice debajo, en rojo.
Es decir: soy un convencido, terreno fértil, y por eso no sirvo para equilibrar el peso o el acierto que pueda contener Sauce ciego, mujer dormida, porque en cada relato yo he ido viendo la novela que no se escribió. Dice el autor que suele componer tiradas de cuentos entre una novela y otra, como si fuera un refresco o un laboratorio, probando y probando hasta que uno de esos cuentos se estira tanto que deja de serlo. Es divertido buscar semejanzas, adivinar qué falló, imaginar si ese pequeño personaje no es el reflejo o el origen de Ôshima, de Midori, de Reiko. Tal vez yo no sea un buen lector de cuentos, porque cuando leo uno tan bueno como “Los gatos antropófagos” me da lástima que Izumi desaparezca tan pronto, diez páginas son nada para Izumi, yo quiero doscientas, trescientas páginas de Izumi.
Como en sus novelas, los personajes que habitan los cuentos de Murakami siempre guardan silencio sobre lo que les muerde. No se atreven o no pueden decirlo, o tal vez ni siquiera saben con certeza qué les ocurre. Los lectores —al menos los lectores occidentales—, en ese acto tan racional que supone leer una narración, intentamos componer la pieza, buscar causas, motivaciones, impulsos ocultos: sentido. Como detectives sentimentales, trazamos hipótesis y conjeturas que deseamos ver confirmadas un poco más adelante. Los personajes de las novelas de Murakami suelen desconcertarnos pero, después de perseguirlos un tiempo, casi siempre atrapamos la clave: a Watanabe lo que le pasaba era que... en realidad Nakata no era sino...Por desgracia, ¡nada de eso es posible en el suspirillo de los relatos! Y el desconcierto para nuestras pobres mentes cartesianas es atroz: ¿qué le ha ocurrido a éste?, ¿por qué aquél dice eso? Hay un consuelo: un cuento termina exactamente donde empieza el siguiente, y en el siguiente puede que encontremos algo como: «Durante unos instantes permanecieron en silencio. Sobre la mesa, el café seguía enfriándose, perdiendo su transparencia. La tierra giraba sobre su eje, la luna alteraba de forma secreta la fuerza de la gravedad y decidía las mareas. En medio del silencio, el tiempo transcurría y los trenes pasaban de largo.»
«Otra cosa buena de los cuentos —dice también Murakami en el prólogo— es que no tienes que preocuparte por el fracaso. Si la idea no sale como esperabas, te encoges de hombros y dices que no todas pueden salir bien.» Para el lector esto es igual de bueno. Si en uno no encuentras el mágico señuelo, no hay problema, otro te espera al pasar la página. Y ese anzuelo quizá aguarde en “La luciérnaga”, o en “El séptimo hombre”, y muy posiblemente en “Un día perfecto para los canguros” y “El cuchillo de caza”.

miércoles, mayo 14, 2008

Las vidas de Joseph Conrad, John Stape

Trad. Ramón Vila. Lumen, Barcelona, 2007. 544 pp. 22,90 €

Alberto Luque Cortina

Sobre Joseph Conrad (1857-1924) se ha escrito mucho. Él mismo dejó su testamento autobiográfico en sendas obras: El espejo del mar y Crónica personal, visiones muy personales de cómo Conrad se veía o quería que le vieran, y que no fueron sino el inicio de algunas deformaciones propiciadas a continuación por sus primeros biógrafos, y por aquellos otros de segunda generación que intentaron subsanar, a veces con notable inventiva, las lagunas de la vida del autor.
Como es sabido, Conrad nació en Berdichev, una población de mayoría polaca bajo dominio ruso que hoy pertenece a Ucrania. Su nombre bautismal fue Józef Teodor Konrad Korzeniowski, nombre que con buen criterio comercial cambiaría por el de Joseph Conrad al obtener la ciudadanía británica. Una infancia trashumante y desventurada le llevó, en su juventud, a enrolarse en numerosos barcos, en los que surcó buena parte de los océanos en su deseo, nunca satisfecho, de hacer carrera en la marina mercante. Sus experiencias le sirvieron para escribir sus primeras obras, algunas de las cuales se encuentran entre las grandes novelas inglesas de todos los tiempos, hecho doblemente meritorio para quien, nacido polaco, su segunda lengua de adopción fue la francesa.
La carrera literaria de Conrad estuvo llena de altibajos: a pesar del respaldo mayoritario de la crítica, su obra, salvo en casos puntuales, nunca obtuvo la masiva aceptación del público. Hoy sus libros tienen una gran aceptación y su influencia en otros autores es más que patente. Suele suceder que, cegados por el brillo de la creación, se tiende a iluminar las vidas de sus creadores, en la falsa presunción de que sus vidas deben estar a la altura de sus obras, pero se olvida que esto no es así y que, incluso, las obras de estos pueden ser muy irregulares. En el caso de Conrad la confusión es mayor, si cabe, pues tiñó sus relatos con experiencias personales, de los cuales algunos entusiastas biógrafos dedujeron lances extraordinarios, peligrosas aventuras, y amores imposibles.
En este sentido, la biografía de John Stape es muy clarificadora, no sólo porque aporta nuevos materiales, como algunas cartas inéditas, sino también porque realiza un esfuerzo por diseccionar el personaje de carne y hueso basándose en los hechos, no en las hipótesis. Surge así un perfil no siempre favorecedor: el Conrad maduro es un hombre quejicoso, abrumado por sus deudas, reales o ficticias, y con tendencia a la depresión. El Conrad juvenil es, sin embargo, menos nítido, ya que Stape, con buen criterio, se limita a exponer los hechos comprobados y evita las conjeturas. Así, sucesos como el intento de suicidio del entonces joven escritor permanecen irresueltos, mientras que otros quedan descartados, tal es el caso del contrabandeo de armas para los carlistas, o aparecen con una nueva luz: al parecer Conrad nunca apoyó a Roger Casement, el defensor de la causa africana, de quien aseguró que era «un hombre sin ideas».
Frente a las brumas de la juventud, la madurez Conrad queda ampliamente dilucidada gracias a la abundante correspondencia aquí incluida, que constituye uno de los pilares de esta obra. Más allá de sus relaciones, a veces conflictivas, con otros escritores como Henry James, Stephen Crane, H. G. Wells, Ford Madox Ford, J. M. Barrie, T. S. Eliot o Cunninghame Graham, entre otros, es particularmente esclarecedor el proceso creativo de Conrad (es sabido que novelas voluminosas como Lord Jim, El Agente Secreto o Nostromo, comenzaron siendo breves relatos). Sus vacíos creativos, su incapacidad para cumplir con los plazos de entrega impuestos por su agente, sus decepciones y sus expectativas casi nunca satisfechas ofrecen un panorama muy interesante de la trastienda de la creación literaria, de sus brillos y sus sombras.
En definitiva, un libro riguroso, bien escrito, ameno; muy recomendable para los numerosos seguidores de Conrad y para aquellos interesados en las estepas grises que a veces constituyen el único paisaje del oficio de escritor.

martes, mayo 13, 2008

Últimas cartas a Kansas, Sofía Castañón

I Premio de Poesía Joven “Pablo García Baena”. La Bella Varsovia, Córdoba, 2008. 56 pp. 6 €

Alba González Sanz

Cada cual escoge un territorio mítico desde el que encarar el mundo y el de Sofía Castañón en su segundo libro es un Oz que no se nombra mucho pero cuyos trayectos describe en estos poemas con paso firme. Últimas cartas a Kansas es uno de los libros que obtuvo exaequo el I Premio de Poesía Joven “Pablo García Baena”. El anterior poemario de esta autora fue otro premio, el Asturias Joven en 2006, titulado Animales interiores.
Sofía Castañón (Gijón, 1983) nos hace ahora destinatarios de unas cartas que cuentan esa vieja historia del crecer y abandonar la casa de la infancia y la primera adolescencia desde el punto de vista de quien se sabe incapaz de volver porque en esa Kansas «sigue Penélope/ tejiendo mantas/ para niños perdidos»; porque las «niñas mayores» no pueden ser como sus abuelas, pero tampoco contradecirlas: no pueden asumir la espera, desconocer el lugar habitado, ignorar su carácter radicalmente presente.
Dice José Luis Piquero en su prólogo que estamos ante un texto triste y la poeta elige para abrir su libro una frase de Helena o el mar del verano (novelita también de contar una historia de infancia de retorno imposible) que permite hablar de una tristeza reposada, consciente porque nos dice: «pienso en el destierro voluntario/ en la ausencia como rutina». Y entonces, aunque sea árida la vida hipotecada, muchos y quién sabe si correctos los pasos dados («Saturno nos devora primero/ por los pies») podemos pensar que los zapatos mágicos de la leyenda de Oz, aunque referentes, no serán usados para volver a casa y se han quedado abandonados en la fotografía luminosa que sirve de portada al libro.
Últimas cartas a Kansas tiene mucho de road movie versificada y el lector se va a dar cuenta de que la poeta domina el género: no en vano nos envía cartas, cartas a un pasado mientras ella programa su huida («Caminamos/ hasta encontrar nuevos carteles/ y nuevos tipos de cerveza, nuevas/ paradas de autobús y otras caras/ que no supieran nombres antiguos»), aunque todos los neones de una nueva ciudad, de una nueva vida que se busca con alevosía si bien se sabe que lo lógico es la añoranza —dueña y señora, en el fondo, de todos los momentos bajos— no evitan que a veces se cuele el echar de menos «a los monstruos/ cuando dejan de vivir/ debajo de la cama».
Pocos viajes se hacen en soledad y mucho menos este que nos ocupa y que tiene por argumento abrazar otra vida (quizá decir: otros cuerpos). Tal vez si Últimas cartas a Kansas no es un libro enteramente triste es porque la voz que nos escribe no se ha lanzado al camino sin un cuerpo ajeno por refugio. Es obvio que la mitad de crecer es abandonar la individualidad infantil para necesitar desesperadamente la compañía de los otros y este conjunto de poemas no está al margen de esa percepción.
He escrito antes road movie y puedo añadir que si algo caracteriza la poesía de Sofía Castañón en sus dos primeros libros es, entre otras cosas, la gran potencia de las imágenes que invoca, el buen uso que hace de esa cámara (verbal, en este caso, si bien profesionalmente ella compagina la escritura con la producción audiovisual) que apunta directa a donde duele, a donde impacta, dotando de un significado renovado a ese montón de palabras sencillas que emplea, pues más de una vez ha dicho esta poeta que no le interesa sacralizar el lenguaje para apartarlo de las cosas que importan.
Las mitologías próximas, como este Mago de Oz revisitado, corren el riesgo de lo obvio y de no saber hacer de ellas nada nuevo. Creo que no sucede así en este viaje, donde la referencia se ha tomado de modo integral y Sofía Castañón ofrece otra lectura global y propia a la que no le falta coherencia; no en vano termina explicando que «con la vida/ en una caja de latón/ me alejo de casa». Y esa vida tiene forma, tal vez, de corazón que late, tic-tac, y que acompaña.

lunes, mayo 12, 2008

Firmin, Sam Savage

Trad. Ramón Buenaventura. Seix Barral, Barcelona, 2007. 224 pp. 16,50 €

Sofía Rhei

Firmin, como una gran cantidad de los héroes y antihéroes más populares, combina una serie de patologías (la vertiente paródica de estas aporta no poco del alivio cómico, aunque casi toda la novela es un tira y afloja del mismo con el no menos necesario alivio trágico) con una serie de virtudes que, como dice Justo Navarro en la contraportada, son «los efectos que produce el haber crecido devorando libros». Sin embargo, podríamos aplicar la misma vara de medir a la psicosis, el egocentrismo, el voyeurismo y el quijotismo, incurable y voluntario alejamiento de la realidad, que padece esta rata bibliófila.
El argumento podría resumirse en muy pocas líneas. Sólo tiene una trama, que está narrada en orden cronológico, con abundante incursiones subjetivas del narrador-protagonista al mundo de sus sueños. El libro está tensado únicamente por los deseos e inquietudes de Firmin, por lo incompatible de su voluntad de comunicación con el resultado de su atenta (y a veces errónea) observación y fascinación por los humanos.
La mencionada contraportada de la décima edición de este libro está poblada por una serie de comentarios firmados por una serie de escritores (Eduardo Mendoza, Donna Leon, Rodrigo Fresán, etcétera) en los que se tiene, como mínimo, cierta confianza. La mayor parte elevan la historia del ratón Firmin, devorador de libros tanto por la via digestiva como por la intelectual, a libro memorable, «caído del cielo», «excelente», «acontecimiento».
Además de lo carismático que pueda resultar este estudio de carácter, de lo sugestivo que resulta ubicar la narración en una librería de viejo, y del valor documental de reconstrucción de una época (los sesenta) a través del bosquejo de breves escenas y personajes que Firmin entrevé mientras corre y se esconde, no encuentro en este libro ese pequeño núcleo de mensaje nuevo, de verdad nunca antes dicha, que permite distinguir a los libros merecedores de tales epítetos.
El viejo argumento del edificio original y entrañable, que a pesar de sus insustituibles cualidades está pendiente de demolición, no acaba, como ocurre a menudo, con la victoria del pequeño sobre el gigante; de hecho, si hubiera que entresacar una moraleja del conjunto de circunstancias de la novela es que Firmin, haga lo que haga, no puede ganar, a pesar de su excepcionalidad, y todo su éxito ante la existencia ha de limitarse a conseguir migajas y breves momentos de efímera felicidad. Firmin no puede sobrevivir como rata normal porque la literatura ha destruido esa posibilidad, sin aportarle nada a cambio más que una serie de espejismos imposibles de alcanzar. ¿Y a esto lo llaman «un símbolo de amor por la lectura»?
Por supuesto que se trata de una narración curiosa e interesante, capaz de provocar no pocas sonrisas y de aprender, ya que sirve de catálogo de algunos libros (que dan la impresión de ser muy queridos por el autor, de hecho, en lo tocante a lo autobiográfico, entre el personaje de Jerry, el escritor bohemio antisistema, y la biografía del propio Savage, parece haber más de un par de puntos en común) que fueron clave en los sesenta por uno u otro motivo, como Peyton Place, Nuestra Señora de las Flores, The ginger man, De ratones y hombres. Está maravillosamente escrito y la traducción de Ramón Buenaventura es capaz de transmitirlo a base de mucho cuidado y mucho talento. Contiene imágenes memorables, y creo que es esta cualidad de vividez e intensidad la que se ha granjeado la simpatía de millones de lectores.

viernes, mayo 09, 2008

Pólvora negra, Montero Glez

Premio Azorín 2008. Planeta, Barcelona, 2008. 325 pp. 22 €

Miguel Baquero

Ya su primera novela, Al sur de tu cintura, firmada como Roberto del Sur y publicada por Ediciones Vosa hará cerca de diez años, Montero Glez. mostró unas señas de identidad precisas y contundentes. Arraigado en los ambientes más canallas, establecido con especial delectación en los bajos fondos y entre los tipos más patibularios, Montero ha ido desarrollando, a través de sus sucesivas novelas, un estilo personal e inconfundible. Un estilo de frases bruscas, como escritas de madrugada, a la turbia luz de una farola en un arrabal de las afueras, entre prostíbulos y tugurios de mala muerte; un estilo de adjetivos que se diría mascullados por un lado de la boca en medio de una pelea a navaja abierta, entre un estruendo de vasos que caen y sillas que se derriban. En la larga decena de años que lleva ejerciendo como escritor, Montero Glez. ha permanecido fiel a su apuesta, sin aflojar en momento alguno la tensión ni buscar refugio en lo amable, cómodo y convencional, lo que demuestra cuánto hay de auténtico y genuino en su propuesta estética y con que fuerza y compromiso vive Montero Glez. la literatura.
Sin embargo, quienes apreciamos esta sinceridad, tan extraña hoy, en un escritor, y nos deleitamos con la fuerza que inevitablemente se desprende de cada una de las páginas así escritas, advertíamos (yo al menos) que Montero Glez. corría el peligro de quedar atrapado en su universo, de que este mundo de trileros, putas, trapicheros y demás gente del bronce amenazaba con cerrarse en torno de él y acabar por asfixiarle. Era preciso, y yo creo que el autor era consciente de ello, abrir el campo, dejar de dar vueltas sobre sí mismo y avanzar. ¿Cómo conseguirlo, no obstante, sin renunciar a la autenticidad, sin plegarse a los dictados de la moda, sin dejar realmente de sudar y dejarse la piel en cada página?
Difícil decisión.
Leo en las páginas de agradecimiento de esta novela que, en un determinado momento, Montero Glez. se topó con el libro de José Esteban Mateo Morral, el anarquista, y a partir de ese momento siguió tirando del hilo de diversas biografías, estudios y novelas basadas en el anarquismo ibérico, un movimiento por el que Montero Glez. era inevitable que se sintiera visceralmente inclinado. La conexión con el anarquismo, de largo historial en nuestro país, abrió (casi puede oírse el crujir de las puertas, algo oxidadas ya por el desuso) a Montero Glez. un campo extenso, inmenso y explanado para su disfrute.
Pólvora negra está centrada en la figura de Mateo Morral, el anarquista que, en mayo de 1906, arrojó una bomba en la calle Mayor de Madrid al paso de Alfonso XIII, el rey de aquel entonces que acababa de desposarse con no sé ahora mismo ni importa quién. El atentado fracasó por unos segundos, por apenas unos metros que hubiera recorrido el carruaje. Seguramente, si los caballos hubiesen llevado aquel día el paso de costumbre, la historia de España habría cambiado de forma sustancial, y quizás también la de Europa y la del mundo. ¿O no? En fin, no es éste el sitio para entrar en estos futuribles, como tampoco es Pólvora negra la simple crónica de esos hechos. Es más. Mucho más.
El intento de regicidio le sirve a Montero Glez. para describirnos cómo era el panorama en el que se movían los anarquistas de la época, un movimiento enraizado en los bajos fondos, entre los tipos más miserables (sin ánimo peyorativo) de la época y en los ambientes más sórdidos que tan caros son al autor. Un arroyo por el que también se movían los policías encargados de prevenir a estos elementos. Un mundo de suciedad, tristeza, perversión y delito al que también descienden los que se dicen más nobles y aristócratas llevados de sus más bajos instintos. Una cochambre, en fin, sobre la que vienen a sustentarse toda la historia de España. Porque, sobre la simple anécdota del atentado, hay en la novela de Montero un afán de intentar comprender aquel tiempo del que venimos; no en vano, pasan por las páginas de esta novela desde Lerroux a Primo de Rivera, Romanones o Ferrer Guardia, hay espacio para los periodistas y aun para los toreros de la época, cruza por delante el mismo Valle Inclán y hasta hay un momento para detenernos en el burdel de la calle Aviñó de Barcelona, donde ejercían algunas señoritas.
No es, sin embargo, esta reconstrucción de la época un ejercicio pintoresco tan a la moda hoy día, como tampoco constituye lo castizo un simple recurso en Montero Glez.; muy al contrario, los personajes históricos, así como los “guapos”, los “chulos” y “las gachíses” que cruzan por esta novela, son personajes vivos, sensibles, que no actúan conforme a lo que dicen de ellos las enciclopedias ni a lo que ordena su tipología sino que obran con rabia, con fuerza, con pasión y deseo. Impresionante es la figura del teniente Beltrán, el encargado de cerrar el cerco sobre Mateo Morral; es Beltrán un hombre brutal y resentido tanto contra los de su clase, porque no le dan lo que él cree que se merece, como contra los anarquistas, porque sabe que, de algún modo, son mejores que él. Su brutalidad es la tragedia de quien se siente pobre y mediocre pero se niega a asumirlo.
Al tratar con su peculiar estilo esta capítulo de la historia de España, bajo la excusa del atentado contra el rey, de sus preparativos y de la persecución posterior, Montero ha pretendido (y en mi opinión logrado) hurgar en las entrañas de lo español, descubrir debajo de toda la cosmética recientemente adquirida esa mugre, esa roña, esa caspa nunca bien erradicada que nos impide en todas las ocasiones sacudirnos nuestra miseria y progresar realmente (no hablo en lo económico) como nación. Una mugre que efervescía en la época en que Mateo Morral preparaba su bomba casera en la soledad de una pensión. Son «las ocho y media de la tarde del primer domingo de junio del año 1906, reinando en España Alfonso XIII y en el cante Antonio Chacón. Aprieta el calor en Madrid y de las cloacas sube un tufo tan intenso como para marear a un perro».